El demonólogo

Andrew Pyper · Capítulo 24 de 26

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El demonólogo

Capítulo 22

22

 

E l Mustang arranca y, al instante, somos engullidos por el verdor del bosque. Recuerdo haber hecho este trayecto múltiples veces en el asiento trasero del Buick familiar de mi padre, un monstruo con paneles interiores de madera que conseguía abrirse camino con facilidad por el escurridizo barro y las grandes rocas gracias a las resistentes suspensiones de antaño. La del Mustang, en cambio, permite que notemos todos los baches y nos asustemos cada vez que un neumático vacila.

Finalmente cruzamos un último velo de maleza y aparece la vieja cabaña de los Ullman. La llamo así, pero en realidad no era nuestra. Ni tampoco es exactamente una cabaña.

Se trata de un bungaló con paredes de aluminio y un par de diminutas ventanas con cortinas a cada lado de la puerta. Es el tipo de casa prefabricada que se puede encontrar en los vecindarios de rentas bajas de ciudades industriales, solo que en este caso está en mitad de un bosque del norte de Ontario, como si un tornado se la hubiera llevado y la hubiera dejado caer aquí.

Salimos del coche y nos apoyamos un momento en él para recuperar la sensibilidad de las piernas. El aire es sorprendentemente frío. En el patio repleto de hojas no hay marcas de ruedas, ni ninguna otra señal de que alguien haya estado aquí desde hace semanas (o, seguramente, más tiempo).

—Y ¿ahora qué hacemos? —pregunta O’Brien.

—Mirar, supongo.

—¿Qué se supone que estamos buscando?

—No importa. Lo que sea nos encontrará a nosotros.

Una ráfaga de aire abre la mosquitera de la puerta principal, unida al marco por una única bisagra, y se oye un herrumbroso chirrido. De repente me encuentro a mí mismo caminando hacia ella sin ninguna intención clara de abrir la puerta que hay detrás, pero eso es exactamente lo que trato de hacer. Tiro de la manija y la empujo con el hombro por si está atascada en el marco.

—Cerrada —digo.

—¿No hay puerta trasera?

—Seguro que también estará cerrada.

—Echemos un vistazo de todos modos.

Sigo a O’Brien hacia la parte de atrás y, de repente, el río queda a la vista. Está al final de una pendiente de apenas setenta metros de ondulante hierba en la que crecen unos cuantos retoños. La corriente parece más fuerte de lo que recordaba. En el centro se forman remolinos y, por los laterales, veo pasar ramas sueltas a toda velocidad. No es muy ancho —unos treinta metros, más o menos—, pero no se me ocurriría intentar cruzarlo. No estoy seguro de que lo haya hecho nunca nadie.

Al otro lado, el bosque oscuro de árboles nudosos y secos.

—Tenías razón —anuncia a mi izquierda O’Brien mientras intenta abrir la puerta trasera que hay en lo alto de una tarima oscurecida por el moho—. Está completamente cerrada.

Cerca de donde me encuentro, veo una roca del tamaño de una pelota de fútbol. La cojo con ambas manos y me uno a O’Brien.

—Tendremos que hacerlo por la fuerza —digo, y dejo caer la roca sobre la manija, con lo que la arranco de cuajo. La puerta se abre entonces medio metro.

O’Brien es la primera en entrar. Descorre las cortinas y deja que la escasa luz disponible entre en el salón. Prueba los interruptores, pero no funciona ninguno.

—Los detalles son distintos. Pero sí, me resulta familiar.

—Entonces ¿por qué no entras?

—Porque huele al pasado.

—A mí solo me huele mal.

—Bingo.

Sin embargo, finalmente entro. Y, en efecto, huele mal. El olor a madera húmeda y a hojas de pino apenas disimula otro nauseabundo, el de una criatura que antaño estuvo viva y cuyo cadáver ahora se encuentra atrapado o envenenado debajo de los tablones de madera o detrás de la pared. Una desagradable sorpresa cuando los propietarios actuales decidan volver, si es que algún día lo hacen.

Y luego están las paredes turquesas de la cocina. El color original de la pérdida.

—Voy un momento afuera —dice O’Brien, y cuando pasa por mi lado me fijo en que todavía parece más enferma que antes.

—¿Estás bien?

—Aquí me cuesta respirar.

—Sí, huele bastante mal.

—No me refiero a aquí dentro. Fuera también. —Me coge de ambos antebrazos—. En este lugar hay algo extraño, David.

«Siempre lo hubo», estoy a punto de decir. Sin embargo, antes de que pueda ayudarla, O’Brien me suelta y sale a la tarima por la puerta trasera. Desde el salón puedo ver cómo se inclina y, con las manos apoyadas en las rodillas, respira con dificultad.

Por mi parte, ahora que ya estoy dentro aspiro con fuerza y la vida que había enterrado llena mis pulmones al instante, de tal modo que lo recuerdo todo de dentro afuera.

Lo primero que aparece es mi hermano. Lawrence. A unos pocos metros y mirándome con la misma mezcla de afecto y obligación que cuando estaba vivo. Era dos años mayor y siempre fue alto para su edad, razón por la que solían tomarlo por alguien más maduro o, como decía nuestro padre, más capaz de «arreglárselas» (refiriéndose más bien al hecho de que lo aguantara a él).

Él a veces lo llamaba Larry, pero yo nunca lo hice. Ni él era Larry ni yo Dave. Ambos éramos demasiado serios, taciturnos y reservados como para referirse a nosotros con un diminutivo. Tampoco es que Lawrence fuera un niño asustadizo. Como cambiábamos tan a menudo de escuela, me protegía de los abusones y me defendía de las burlas de los grupos de niños, sacrificando con ello sus oportunidades de inclusión (era un niño atlético y no le faltaban invitaciones) para evitar que estuviera solo.

Quién sabe lo feliz que podría haber sido —lo felices que ambos podríamos haber sido— de haber tenido otro padre. Uno que no bebiera tanto. El nuestro lo hacía casi con orgullo, como si alguien lo hubiera desafiado a una competición autodestructiva y no pensara perder. Además del whisky, su principal interés consistía en conseguir alquileres cada vez más baratos en lugares cada vez más remotos, esforzándose por bajar nuestros gastos —ya en el nivel de la pobreza— del mismo modo que otros padres lo hacían para encontrar mejores trabajos en mejores ciudades.

Mi madre se quedó con él porque lo amaba. Durante los diecisiete años que transcurrieron hasta que ella falleció por causas naturales (por aquel entonces todavía llamaban así a los enfisemas causados por el tabaquismo), no me ofreció ninguna otra razón. Aunque puede que la autocompasión también tuviera algo que ver; ese gusto que tenía por lo trágico y su tendencia a recrearse en «lo que podría haber sido».

En cuanto a nuestro padre, si bien nunca encontró una forma de demostrar su amor por nosotros —estaba demasiado ocupado para ello, demasiado distraído evitando a los cobradores e intentando conseguir algún anticipo del trabajo eventual que estuviera realizando—, tampoco era especialmente cruel. Nunca hubo bofetones, ni azotainas con cinturón, ni encierros en armarios. Jamás hubo, en verdad, ningún tipo de castigo, salvo el hecho de que no estuviera presente en nuestras vidas. Mi padre era un vacío móvil que ocupaba un espacio en el sillón del salón, o a la cabeza de la mesa de la cocina, o tirado en el suelo del baño de los lugares que pagábamos un par de meses, y de los que luego nos pedían que nos fuéramos cuando ya no lo hacíamos.

Por aquel entonces nadie consideraba que la depresión fuera una enfermedad. De hecho, nadie lo llamaba siquiera depresión. La gente decía que se sentía «decaída» o «baja de moral», o que se había dejado ir a causa de un «mal de amores». En las raras ocasiones en las que hablaba de ello, nuestro padre (que todavía arrastraba de un lado a otro media docena de cajas de libros que había adquirido durante sus años de formación y su breve carrera como profesor, y que se consideraba a sí mismo un hombre de infravalorados conocimientos) prefería el término melancolía. Su alcoholismo estaba justificado porque era el único modo mediante el cual podía mantenerla a raya. Hasta ahora no me he dado cuenta de que aprendí la palabra de él.

Fuera de la cabaña, veo a O’Brien sentada en el borde de la tarima, balanceando los pies sobre la hierba.

—¿Te encuentras mejor?

—Me temo que eso es mucho pedir —dice.

—¿Prefieres esperar en el coche?

—Estoy bien aquí. Solo necesito tranquilizarme.

—Si me necesitas, avísame.

—¿Adónde vas? —O’Brien levanta la mirada hacia mí.

—Voy a bajar hasta el río a echar un vistazo —digo.

—No lo hagas.

—¿Por qué?

—El río…

—¿Qué le pasa?

—Puedo oír voces. Miles de ellas. —Extiende una mano temblorosa y me coge las puntas de los dedos—. Están sufriendo, David.

«El dolor que siento cuando mis pies entran en contacto con el agua del río…».

Tess también las oyó. Y, si bien yo no, creo que O’Brien sí lo hace. Lo que significa que es ahí adonde he de ir. Una conclusión a la que O’Brien llega antes incluso de que yo lo haga, pues me suelta los dedos sin que yo tenga que tirar de ellos y vuelve la mirada a sus pies balanceantes.

La pendiente hasta el río es más pronunciada de lo que parecía desde la cabaña, y da la sensación de que uno es arrastrado hacia el agua con mayor rapidez de la que querría, como si fuera víctima de una especie de resaca invisible. Esta parte de la propiedad ha sido despejada varias veces durante los últimos años, de modo que, a pesar de que los árboles del bosque están a punto de reclamarla, todavía sigue siendo un pedazo de tierra sin sombra. Recorro el camino hasta la orilla del río cegado por el sol. Sus rayos iluminan la superficie, y las aguas en llamas parecen dirigirse a mí.

Y, sin embargo, no es más que un río. Solo contiene memorias y voces en la misma medida que nosotros.

—«La mente es su propio lugar» —digo en voz alta.

Unas palabras mágicas que traen a mi hermano de vuelta. O, si no a él, sí el recuerdo de su grito.

Aquel día recorrí la misma pendiente por la que acabo de bajar y permanecí en el mismo lugar que ahora. Estaba buscando a Lawrence, a quien mi madre había permitido levantarse de la mesa del desayuno antes que a mí. Yo sabía que estaría aquí. Puede que pescando, o cazando ranas con un frasco, o representando alguna especie de obra de teatro improvisada en la que yo quería un papel. El río era el lugar al que solíamos venir para sentirnos libres de nuestros padres y de esos ruidos y olores hogareños que a otros niños les resultan reconfortantes.

Desde aquí, Lawrence podía haber ido a la derecha o a la izquierda. A lo largo de la orilla había un estrecho sendero que se extendía varios kilómetros a cada lado de los terrenos de nuestra casa, y en su curso teníamos unos cuantos lugares secretos favoritos. Así pues, me quedé un momento ahí de pie, limpiándome las migas de la barbilla e intentando adivinar qué dirección tomar en primer lugar. Y, de repente, oí el grito de Lawrence procedente del este. Igual que lo oigo ahora.

Corro con la cabeza gacha bajo las arqueadas ramas de los sauces y noto su azote en mi espalda. En dos ocasiones casi resbalo y me caigo al agua, pero consigo recuperar un precario equilibrio. Mientras avanzo, no dejo de hacerme la misma pregunta que me hice entonces: «¿Grita alguien así cuando se está ahogando?».

Entonces lo puse en duda. No el hecho de que mi hermano hubiera resbalado y caído al agua, ni que hubiera sufrido un accidente y estuviera en peligro, sino que, si tal era el caso, soltara un chillido como ese. Parecía más una expresión de pavor que una petición de ayuda. Como si algo más que el río estuviera intentando llevárselo por delante.

Ahora encuentro una respuesta. Una que de niño no supe ver: «Uno solo grita así cuando están ahogándolo a la fuerza».

Lawrence me ve emerger del bosque y detenerme sobre una roca plana. Estaba esperando mi llegada. Las puntas de sus pies apenas tocan el suelo de roca y estira el cuello para no tragar agua. Un momento que, cuando sucedió, debió de durar un segundo o incluso menos, pero que ahora sucede a cámara lenta y revela una verdad que entonces pasó con demasiada rapidez y para la que yo era demasiado joven. O dos verdades.

Lawrence me mira a los ojos desde la orilla del río. El Otro Lugar al que nunca íbamos. La orilla que temíamos y en la que se encuentra Tess en su sueño real.

La segunda cosa que advierto es que mi padre está de pie encima de Lawrence. Una de sus manos sujeta la nuca de mi hermano, la otra le rodea el cuello.

No está intentando salvarlo, sino hundiéndolo.

Y entonces lo hace.

Mi padre también ha estado esperándome a mí. Para que fuera testigo. Para dejar su marca en mi alma.

Lawrence forcejea junto a la orilla. Tiene el cuerpo en horizontal, como si estuviera aprendiendo a nadar y mi padre fuera su inatento profesor. Es una configuración que me condujo a malinterpretar la escena. Creí que mi padre estaba procurando agarrar a mi hermano para sacarlo del agua y que los forcejeos de este no hacían sino entorpecer su rescate. La situación me pareció suficientemente confusa para construir a su alrededor una historia alternativa. Una mentira que me contaría desde aquel día hasta el día de hoy.

Sin embargo, cuando Lawrence se queda al final quieto y mi padre levanta la mirada, no tengo ninguna duda de lo que transmiten sus ojos. Un triunfal odio. La satisfacción que uno siente cuando se lleva por delante tres vidas de golpe.

Es mi padre quien sujeta a Lawrence. Pero se trata solo de su cuerpo. Mientras lo miro, su rostro se transforma hasta mostrar la presencia que lo habita. Una calavera de afilados rasgos. La barbilla puntiaguda y los protuberantes pómulos —demasiado anchos, demasiado altos— tiran de la piel. Es la verdadera apariencia del Innominado. El rostro de Belial.

Ni siquiera eso satisface la malicia del demonio.

Libera a mi padre de su presencia y contemplo cómo este vuelve a ser él mismo. Ve lo que ha hecho. Y luego me mira a mí.

Mi padre. No Belial, ni un espíritu. Es mi padre quien miró a los ojos de su hijo pequeño y dijo la verdad que sentía su corazón: «Deberías haber sido tú».

De repente oigo la voz de O’Brien. Un grito lejano, procedente de fuera de la oscuridad.

—¡David!

Aprieto a correr y regreso por donde he venido. No son más de doscientos metros, pero ahora el camino se me hace más largo. El río salpica la orilla y chapotea bajo mis pasos. Tengo la sensación de que el corazón se me va a salir del pecho.

Vuelvo a oír su voz. Esta vez más débil. No llega a ser un grito, sino una especie de eco vacío.

—¡Corre!

¿Me está diciendo que me dé más prisa o advirtiéndome que me vaya? Tanto da. Belial está aquí. Lo sé. Lo he visto. Por alguna razón, sin embargo, el grito de desesperación de O’Brien ha escapado a su influencia.

Cuando dejo los sauces atrás y comienzo a subir la pendiente, lo primero que veo es la furgoneta. Blanca, nueva, de alquiler. Con matrícula de Ontario, UN MUNDO POR

DESCUBRIR [17] . Se encuentra aparcada justo en la esquina de la cabaña, delante del Mustang.

Luego veo a O’Brien. Está tumbada en la entrada trasera de la casa, con la cabeza incómodamente apoyada contra la madera, el cuerpo desparramado y agitando las piernas sin control. No deja de relamerse de forma repetida los blanquecinos labios como si se preparara inútilmente para dar un discurso.

Lo último que veo son las heridas. Hasta que me arrodillo a su lado no advierto los cortes formando una cruz que le han infligido en el pecho. La sangre tiñe de rojo la tela de su camisa.

—Tienes que marcharte —dice con voz quebradiza.

—No pienso ir a ninguna parte. He de llevarte a un hospital.

—Nada de hospitales.

—Esto es distinto.

—Me refiero a que no saldría viva aunque lo intentaras.

Respira hondo y, al hacerlo, se le abren las heridas. Procuro cubrirlas con las manos, pero hay demasiados puntos de entrada. Su cuerpo sigue caliente, pero al aire libre se está enfriando por momentos.

A pesar de todo, está en calma. Mantiene la mirada fija en algún punto por encima de mi cabeza. No parece asustada, ni estar sintiendo ningún dolor. Una última descarga de adrenalina. Una última intuición o visión, verdadera o falsa.

—Puedo verla, David.

—¿A quién? —pregunto, aunque sé perfectamente a quién se refiere.

—A ella… te está esperando.

—Elaine…

—Está aguantando. Pero… duele. Ella…

—Elaine, no…

—… Necesita que tú también creas.

O’Brien baja la mirada y me abraza con los ojos. Es el único modo de decirlo. Me mira como si me hubiera rodeado con los brazos y me apretara fuertemente contra ella para que pudiese sentir los últimos latidos de su corazón. Ahora mismo no tiene fuerzas suficientes para levantar la mano y menos todavía para abrazarme, de modo que lo hace con la mirada. Y me sonríe levemente.

Cuando me inclino hacia ella, O’Brien muere.

Todo queda en silencio. No es que los pájaros dejen de cantar o el viento de soplar a causa de la situación, sino que vuelve a hacerse el silencio que había antes. Solo se oye el río a mi espalda. El agua choca contra las rocas en una especie de aplauso continuo.

Me apoyo en el marco de la puerta. En el cielo hay una colección de nubes de esas en las que se ven formas de animales o caras, pero ahora no veo nada. Se supone que en este momento debería sentir algo, algo inequívoco. Tristeza. Rabia. Pero el agotamiento ha adormecido por completo mis sentidos.

Y soy consciente de que quienquiera que le ha hecho esto a O’Brien sigue aquí.

Como si mis pensamientos lo hubieran convocado, de repente veo a alguien en el río con el agua por los tobillos. Está inclinado y tiene las manos dentro del agua, ocupado en una tarea que desde aquí no puedo ver bien.

Por un momento, se me pasa por la cabeza escapar. Debería poder ponerme en pie sin que me viera, rodear la cabaña y subir al Mustang. Ser el primero en recorrer de vuelta el sendero hasta la carretera. Pero sabe que estoy aquí. Y sabe que estoy pensando eso mismo y no le preocupa más que si se le hubieran desabrochado los cordones de los zapatos.

El Perseguidor solo se vuelve cuando ya he bajado la pendiente y me encuentro a unos cuatro metros detrás de él. Lo suficientemente cerca para ver que está lavando un cuchillo. La hoja es larga y el mango de goma. Es el cuchillo que dejamos a su lado en la almohada del motel.

Echa un vistazo por encima del hombro y, al verme, sonríe a modo de bienvenida. Lo hace con frialdad. Es la mirada con la que un animal mira a otro para tranquilizarlo antes de hacerle daño.

Lentamente, se vuelve hacia mí. Todavía tiene los pies en el agua. La corriente se lleva los restos de sangre que había en la hoja del cuchillo, las perneras del pantalón y las goteantes puntas de sus dedos.

—¿Has bajado hasta el río solo para lavar el cuchillo o querías darme alguna posibilidad de huir?

—No vas a ir a ninguna parte —dice—. Le he quitado las bujías al Mustang.

—Podría correr.

—No llegarías muy lejos.

—También está la furgoneta.

—Sí —afirma. Luego saca las llaves de su bolsillo y las agita burlonamente en el aire —. También está la furgoneta.

De golpe, todo mi cuerpo es plenamente consciente de sus intenciones y, aunque lo intento, no puedo evitar echarme a temblar. El Perseguidor lo advierte y vuelve a sonreír con su no sonrisa.

Saca uno de los pies del agua.

—¿Por qué una furgoneta? —pregunto, pues hablar es mejor que no hacerlo.

—Para los cadáveres.

—Habría jurado que este lugar era ideal para hacer desaparecer un par de cadáveres.

—Enterrarlos no es el único modo de hacerlo —dice negando con la cabeza como si lo decepcionara que la gente siguiera cometiendo ese error—. Y, ¿sabes qué? Este sitio no me gusta ni un pelo.

El Perseguidor saca el otro pie del agua y se queda en la orilla. Por primera vez, advierto la sangre que hay en su chaqueta. No son salpicaduras de la de O’Brien —esas las tiene por todas partes: las mejillas, la punta de la nariz—, sino de un corte en el costado, justo encima de la cadera. Un óvalo de sangre que se ensancha en el algodón.

Sigue mi mirada y luego asiente como si el agujero en su cuerpo no fuera más que una tarea ligeramente molesta de la que ya se encargaría más tarde. Como recoger la ropa de la tintorería. O sacar dinero del cajero.

—Tu novia dio mucha guerra para ser una mujer enferma —dice.

—¿Te gusta matar a mujeres?

—Ni me gusta ni me deja de gustar.

—Tus jefes —digo—. ¿Qué es lo que temen?

—No tienen que darme ninguna explicación sobre sus decisiones.

—Conjetura algo.

—Diría que te has acercado demasiado a algo —dice, y da un paso adelante. Sigo estando por encima de él, pero de una zancada ha recorrido la mitad de la distancia que nos separaba.

—¿Acaso la Iglesia no aprobaría que el documento se hiciera público? —sugiero mientras intento pensar en un plan—. Solo con el pánico que se generaría, ganaría unos pocos millones de conversos.

—No se trata de cambiar la mentalidad de la gente, sino de conservar lo que ya tienen. Mantener el equilibrio. Si algo no está roto, no dejes que un jodido capullo se lo cargue o algo así.

—Algo en lo que tú los ayudas con mucho gusto.

—Me pagan para ello —dice con un tono de cansancio que parece sorprenderlo incluso a él—. Ya he hecho esto varias veces.

—Un sicario de la Iglesia. ¿No perturba eso la conciencia de un monaguillo de Astoria?

—¿Eres católico, David?

—Mis padres lo eran. O, al menos, se consideraban como tales.

—Aun así. Sabes lo que es seguir órdenes sagradas.

—No matarás.

—La excepción más frecuente. Pero bueno, el experto eres tú, ¿verdad?

Esta vez su risa es genuina. Pero se ve interrumpida por el intenso dolor que siente en el costado. El Perseguidor se inclina un momento pero luego vuelve a erguirse.

—Podrías decirles que me escapé —propongo.

Nada en su expresión indica que me haya oído siquiera. Da otro paso hacia mí. Y luego otro más.

Está esperando que salga corriendo. Tiene los brazos algo separados del cuerpo y las rodillas inclinadas, listo para saltar en cuanto yo comience a correr cuesta arriba. Seguramente confía en atraparme antes incluso de que pueda dar un solo paso.

Por eso lo cojo desprevenido cuando aprieto a correr hacia él.

Ni siquiera tengo en cuenta el cuchillo. Solo pienso en moverme con la suficiente rapidez y llegar a su altura antes de que tenga tiempo de reaccionar.

Casi funciona. Le golpeo la parte superior del pecho con las palmas de las manos al tiempo que él arremete con el cuchillo. No llega a clavármelo, pero sí consigue hacerme un corte en la camisa. Una línea roja se dibuja en mi pecho de hombro a hombro.

Con rapidez, vuelve a blandir el arma, sin vacilar. Yo, en cambio, me detengo inútilmente un cuarto de segundo para pensar, pero lo golpeo otra vez. Es poco más que un empujón, más bien el tipo de contacto que uno podría tener con otra persona en el metro a hora punta, pero resulta suficiente para que uno de sus pies retroceda ligeramente en busca de un apoyo más firme. En vez de eso, sin embargo, arranca de raíz un pedazo de hierba y resbala. Yo vuelvo a arremeter.

Ambos caemos al suelo, envueltos en un torpe abrazo del que ninguno de los dos puede liberarse. Él está debajo y yo encima. Seguimos así cuando llegamos al agua.

Es un forcejeo demencial. Nos damos puñetazos en los costados. Tragamos agua.

Al poco ya no nos peleamos, sino que solo intentamos mantener las cabezas por encima de la superficie. Bajo mi cuerpo, puedo sentir el miedo del Perseguidor con tanta intensidad como el mío. En vez de hacerme vacilar, su terror me aclara la mente. Quiero que sienta todavía más miedo. Y eso hace que todo se acelere.

Coloco la rodilla encima de su codo para que no pueda clavarme el cuchillo en los intestinos o el pecho. Sí puede alcanzarme las manos, pues ahora las tengo alrededor de su cuello. Buscando su tráquea. Aprieto con todo el peso de mi cuerpo y noto que algo cede. Él sigue arremetiendo con el cuchillo hasta que la hoja alcanza la base de mi pulgar y me la clava. Una vez dentro, atraviesa la carne con facilidad y llega al hueso. A pesar de que su rostro pasa del carmesí al púrpura y luego a un color prácticamente negro, sigue clavándome el cuchillo de forma metódica. Yo sigo sin soltarlo. El dolor es tan intenso como si hubiera un animal encerrado en mi interior que intentara salir a base de arañazos y mordiscos, pero no lo suelto. Con un último impulso, el cuchillo del Perseguidor llega al otro lado y mi pulgar cae al agua. Se aleja flotando en la corriente, oscilando juguetonamente y dejando una aceitosa mancha en la superficie. Lo contemplo y siento cómo la vida escapa de mi cuerpo del mismo modo que lo hace la del hombre cuya cabeza meto bajo el agua. La mantengo ahí, observando las burbujas que salen de los agujeros de su nariz y de sus labios. Luego se detienen.

Un velo de inconsciencia me nubla la vista. Aun así, no lo suelto. No lo hago ni siquiera cuando pierdo el conocimiento y me derrumbo.

No lo suelto.