El demonólogo
Capítulo 10
10
E n Venecia no reconocí al hombre de la silla, pero al oír hace unos instantes el nombre de Marco Ianno, lo he recordado. Este colega fue testigo del momento menos profesional de mi carrera. Sucedió en una conferencia inusualmente pomposa que tuvo lugar en la Universidad de Yale hará unos siete u ocho años. Se rumoreaba que se trataba de un encuentro financiado por Roma. «Futuro/Fe» era su título, como si la fe fuera un producto venido a menos y estuviera necesitado de una imagen de marca con más gancho (lo cual supongo que es cierto). Los más importantes académicos, filósofos y expertos de todo el mundo se reunieron para discutir «los problemas a los que se enfrenta el cristianismo en el nuevo milenio». Mi trabajo consistía en ofrecer una versión más concisa y en PowerPoint de mi conferencia habitual sobre cómo el Satán de Milton es un temprano defensor de la disolución del patriarcado. «El diablo tiene problemas paternales», comenzaba diciendo para ganarme a la audiencia.
Después de mi charla, se encendieron todas las luces de la estancia para un breve turno de preguntas y respuestas. El primero en ponerse en pie fue un teólogo cuyo trabajo conocía, un sacerdote ataviado para la ocasión con el hábito completo — alzacuello incluido—, y que era conocido por ser uno de los consejeros del Vaticano encargados de idear defensas que contrarrestaran las progresivas modernizaciones que estaba sufriendo la doctrina de la Iglesia. Se mostró educado y me hizo una sencilla pregunta sobre una cita o algo acerca de lo que no había podido tomar nota. Sin embargo, algo en ese hombre me puso instantáneamente en su contra. Mis respuestas a sus preguntas posteriores se fueron volviendo cada vez más agresivas, hasta que, al cabo de unos minutos, estaba insultándolo abiertamente desde el atril («¡Puede que eso que lleva alrededor del cuello impida que el oxígeno le llegue al cerebro, padre!»). De repente, pareció que la estancia comenzaba a agrandarse y a contraerse como si se tratara del fuelle de un gigante. Yo estaba fuera de control y no podía parar. Era como si, de forma involuntaria, estuviera interpretando un papel, alguien completamente distinto de mí. Recuerdo el sabor herrumbroso en mi boca cuando me mordí el interior de la mejilla y comencé a sangrar.
Y entonces todo se volvió todavía más extraño.
El sacerdote se me quedó mirando, desconcertado, como si acabara de advertir algo en mí. Retrocedió un paso y chocó con las piernas de quienquiera que estuviera sentado detrás. Tuvo que extender y agitar los brazos para no perder el equilibrio.
—¿Cómo se llama? —preguntó.
Y no pude responder. No pude, porque ya no lo sabía.
—¿Profesor Ullman? —dijo una nueva voz procedente del fondo del auditorio en un tono amable y que transmitía empatía.
Era una voz con acento perteneciente a un hombre que se acercaba a mí con tal determinación y una sonrisa tan familiar que, cuando finalmente llegó a mi lado y me cogió por el codo, tuve la sensación de que lo conocía de toda la vida.
—Me temo que el tiempo asignado ya ha terminado —dijo el doctor Marco Ianno mientras, con un movimiento de la cabeza, le indicaba a la gente de la primera fila que «él se encargaba de eso»—. ¿Qué le parece si vamos a tomar un poco de aire fresco, profesor Ullman?
En cuanto salimos al patio, volví a sentirme yo mismo. O, en cualquier caso, lo suficientemente cerca de mí mismo para darle las gracias a Ianno y asegurarle que ya estaba bien y que solo necesitaba regresar a mi habitación para descansar. Fue el final de una actuación vergonzosa, por la que más adelante pedí perdón por escrito con la falsa excusa de una fiebre repentina. Un episodio inquietante, sin duda, pero que ya había quedado atrás.
Y, sin embargo, Ianno, un hombre al que solo conocía por sus escritos y al que no volvería a ver hasta la habitación de Santa Croce, me llamó tiempo después de marcharse de aquel frío patio de New Haven y me dejó un mensaje que tomé por una mala traducción del italiano y que no he recordado hasta que el Perseguidor ha mencionado su nombre hace unos minutos.
«Lo que le sucedió en Yale también me ha pasado a mí —dijo—. Creo que estábamos equivocados al considerarlo meras palabras, profesor».
No voy directamente a casa. No es que me preocupe que el Perseguidor me siga o eche la puerta abajo cuando esté dentro. Eso no serviría de nada: sabe que lo que busca no se encuentra en el apartamento. Lo más probable es que ya lo haya registrado. Seguramente ha mirado en los lugares más obvios. Ahora quiere que le diga lo que necesita saber. La próxima vez empleará métodos de persuasión más duros.
¿Por qué no le doy el documento a George Barone y ya está? No me costaría nada. Y creo que si lo hago me dejaría en paz. Le preocupaba dejar algún rastro, y matar a un profesor de la Universidad de Columbia dejaría más restos que un pago en efectivo. Nada más fácil que acompañar a mi Perseguidor a la sucursal del Chase Bank de la calle Cuarenta y ocho con la Sexta Avenida dentro de un par de días (cuando las instrucciones legales me permiten volver a acceder a la caja de seguridad) y entregarle el ordenador portátil y la cámara, únicas pruebas de mi conversación con el fallecido doctor Ianno.
Pero no puedo hacerlo. Porque, si el Perseguidor quiere esa grabación —o si quienquiera que le está pagando su tarifa la necesita tanto como parece—, es que tiene un valor. Sin él, puede que no me hagan más visitas ni sea receptivo a más señales. Aunque quedarme con lo que el Perseguidor ha llamado documento me ponga en peligro, no tengo otra alternativa que hacerlo y seguir siendo un objetivo. Solo si me buscan podré mantener mi papel en esta historia. Y si bien no tengo ni idea de por qué andan detrás de mí, he de permanecer en el espectáculo para encontrar un modo de llegar a Tess.
Una cosa está más clara ahora que el Perseguidor se ha presentado: hay menos tiempo del que imaginaba.
Llamo a O’Brien. Ella descuelga el teléfono a mitad del primer timbrazo.
—¡David! —dice aliviada—. ¿Dónde estás?
—Aquí, en Nueva York.
—Entonces ¿por qué me estás evitando? Soy tu amiga, capullo.
—Lo siento.
—¿Qué sucede?
—No estoy seguro de cómo explicarlo.
—No hace falta que te diagnostiques a ti mismo, solo dime qué has estado haciendo, porque sé que sucede algo. Tu viaje sorpresa a Venecia, lo que sucedió con Tess, la ausencia de llamadas desde tu regreso… No es propio de ti, David.
—Estoy hecho un auténtico lío.
—Claro que estás confuso. Lo que te ha sucedido es inimaginable.
—No es solo lo de Tess. Hay… aspectos de su desaparición que no puedo explicar.
—¿Desaparición? Fue un suicidio, David.
—No estoy tan seguro.
Se queda un momento callada, asimilando lo que he dicho.
—¿Te refieres a cómo paso?
—Me refiero al por qué.
—Está bien. ¿Qué más?
—He tenido… visitas.
O’Brien permanece en silencio, considerando lo que acabo de decir. Y dándome la oportunidad de contárselo todo. De repente, sin embargo, temo que si lo hago por teléfono, en la calle, pueda oírnos alguien. Puede que el teléfono esté intervenido. «Hoy en día es muy fácil hacerlo, ¿no?». Y lo último que quiero es poner en peligro a mi amiga. Ya tiene suficiente con lo suyo como para que encima el Perseguidor llame a su puerta.
—Estás verdaderamente raro —afirma ella.
—Tienes razón. Toda esta cháchara emocional y sin procesar se está convirtiendo en algo retorcido y paranoide. Pero no es más que eso, cháchara.
O’Brien se queda callada. Parece comprender que mi reticencia a decir nada más no se debe a un cambio de tema, sino a mi preocupación por la privacidad. En cualquier caso, cuando vuelve a hablar lo hace en un código que solo conocemos nosotros dos.
—Bueno, me gustaría que nos viéramos —dice—, pero ahora mismo estoy hasta el cuello corrigiendo tesis, y también tengo pendiente poner nota a un montón de exámenes de estudiantes de primer año. Un verdadero pandemonio.
Esa palabra. El palacio de los demonios. Nuestro lugar de encuentro.
—Lamento oír eso. Habría estado bien vernos.
—Sin duda. Otra vez será. Pronto, ¿de acuerdo? Cuídate, David.
—Gracias. Tú también.
Cuelga.
Y yo tomo un taxi.
—A la estación Grand Central —le digo al conductor, y este se adentra en la corriente de tráfico que se dirige al centro.
Al menos, se suponía que nos dirigíamos al centro. El conductor debe de ser nuevo. O va colocado. O tal vez ambas cosas. Tras recorrer un tramo de la avenida Columbus en dirección sur, hace un brusco e inesperado giro a la izquierda que me empuja hacia la puerta. Luego da la vuelta a la manzana y, cuando tiene la oportunidad de corregir la trayectoria, sigue adelante en dirección a Central Park West.
—Le he dicho Grand Central. La estación de tren —exclamo a través del receptáculo para pagar del panel de plexiglás—. ¿Acaso sabe algo que yo no sé?
No me contesta. En un momento dado, se acerca a la acera y se detiene a la altura de la calle Setenta y pico.
—¿Por qué ha parado?
Golpeo el plástico. No se vuelve.
—Siga avanzando —digo señalando hacia delante.
—Ya ha llegado —dice el conductor en un tono de voz apenas audible, pero suena como si se acabara de operar de los dientes y tuviera la boca entumecida y babeante.
—Voy al centro.
—Este es el lugar al que… ha de ir.
No se mueve. Por el espejo retrovisor, solo una parte de su rostro es visible. Y la mitad de este queda oscurecida por unas gafas de sol y la barba, negra y larga hasta el pecho como las que llevan en Oriente Medio. Abreviando, tiene aspecto de taxista.
Salvo por la lengua que asoma entre sus labios, reluciente y obscena. De repente, el tipo comienza a agitar la punta como si estuviera saboreando el aire.
En cuanto salgo y cierro de un portazo, sale pitando. Intento memorizar el número de la matrícula, pero casi al instante se pierde entre el tráfico. Un maltrecho coche amarillo entre tantos otros.
Me encuentro media manzana al norte de la calle Setenta y dos. Frente a la fachada del majestuoso edificio de apartamentos Dakota que da al parque. No en el extremo sur en el que dispararon a John Lennon (lugar de visita para una incesante cantidad de morbosos turistas), sino en el norte, famoso por nada. Si el conductor quería que viera el escenario de uno de los crímenes más famosos de Nueva York, se ha equivocado en eso también.
Decido que detrás de esto hay algo.
Es un acto tanto de voluntad como de deducción. Ya no hay accidentes, solo significados y profecías. De la noche a la mañana, me he convertido en un intérprete fundamentalista de esos que creen ver confirmaciones del Gran Plan por todas partes (ya sea en la cara de la Virgen María que se adivina en el perfil de una nube o en la disposición de las letras de pasta en una sopa).
Me ha dejado en la esquina norte del edificio Dakota. Norte del Dakota.
Dakota del Norte.
El mapa que cuelga de la pared de la habitación de Tess. El estado que seleccionó para su proyecto escolar. O, ahora que lo pienso, el estado que le asignaron.
—¿Por qué Dakota del Norte? —Recuerdo que le pregunté el día que trajo el mapa a casa y comenzó a buscar cinta adhesiva para poder pegarlo.
—No lo sé. Lo eligieron por mí.
—¿El profesor?
—No —dijo, haciendo ver que estaba abstraída rebuscando en un cajón de la cocina.
—Entonces ¿quién, cariño?
No me contestó, pero sus hombros se tensaron como si la respuesta hubiera acudido a su mente justo antes de coger el celo del cajón y correr hacia su cuarto. Así es como recuerdo el momento ahora, si bien entonces no me pareció más que otra muestra de la impaciencia de una preadolescente ante la insistencia de su padre.
Ahora tiene otro significado.
Si la razón de mi deambular es buscar señales, puede que esta sea una de ellas. Tanto si forma parte del equipo de los buenos como del de los malos, el conductor me ha traído aquí por alguna razón. Al igual que los apóstoles, se supone que he de ver significados en las coincidencias. Tengo que hacerlo, por el bien de Tess.
Fe ciega. Aunque en mi caso no se trata de fe en el Paraíso, sino en aquellos que están en guerra con él.