El demonólogo
Capítulo 20
20
A l salir del hospital le cuento a O’Brien que Kevin me ha recitado algo. Ella no me pregunta cuál es su significado, ni adónde nos indica que vayamos a continuación. Se limita a sentarse detrás del volante y comenzamos a recorrer las calles de Jupiter, bordeadas de palmeras. Es un mundo de aparcamiento fácil y letreros enormes. En la calle no hay nadie. Intento ver a alguna persona entrando o saliendo de su coche, pero no lo consigo. El tráfico es la única señal de vida. Sosegados jubilados conduciendo el último de los automóviles clásicos de Detroit y en busca de alguna ganga, de algo que hacer. Sus expresiones humanas han quedado reducidas a chistes cutres en matrículas personalizadas.
—Estoy cansada —anuncia O’Brien. Y, efectivamente, se le nota. Es un agotamiento profundo, más allá del cansancio físico. Me la quedo mirando y me doy cuenta de que, más que la enfermedad, es su nueva concepción del mundo lo que ha consumido el color de su piel.
—Regresemos al motel —digo—. Deberías descansar.
—No hay tiempo.
—Túmbate media hora. Te sentará bien.
—Y ¿tú qué harás?
—Seguir conduciendo.
Después de dejar a O’Brien en el motel, me dirijo a un destino que no tenía en mente. El parque infantil. El lugar en el que siete niños vertieron la sangre de otro sobre la arena de los columpios.
Ahí ahora no hay nadie. A estas horas los niños están lavándose los dientes. Mi momento favorito del día con Tess. El ritual del baño, el pijama y el libro. Una sucesión de reconfortantes actos que llevábamos a cabo sin falta noche tras noche. Gracias a esa sencilla repetición, podía conseguir que las cosas fueran mejor.
Esta noche, no. Dondequiera que esté Tess, se encuentra fuera de mi alcance y no puede oírme susurrar «Erase una vez…» o la letra de You Are My Sunshine.
Y, sin embargo, canto para ella. Me siento en uno de los columpios y procuro no desafinar. Una nana desolada a la luz del crepúsculo: «You make me happy when skies are
gray [10] …».
De repente aparece un niño caminando por la hierba.
Tiene la misma edad que Kevin Lilley y sus compañeros de clase. Es un niño bien parecido, necesitado de un corte de pelo y ataviado con una camiseta de los Rolling Stones, la de la boca y la lengua sobre fondo negro. Avanza con indecisión y rigidez, como si acabara de levantarse tras dormir mucho rato en una posición incómoda.
Se sienta en el columpio contiguo al mío y baja la mirada a sus pies. Casi se diría que no ha advertido mi presencia.
—Eres Toby —digo.
—Lo era.
—Pero ahora estás muerto.
Ese comentario lo confunde. Después parece darse cuenta de algo y su expresión pasa a ser primero de profunda tristeza y luego de mera desesperanza.
—Le pertenezco —dice.
—¿A quién?
—No tiene nombre.
—¿Hay una niña contigo? —inquiero—. ¿Una niña llamada Tess?
—Hay muchos niños.
—Eso es lo que él te ha dicho que digas, pero sabes más cosas, ¿no? Dime la verdad.
Cambia de postura y hace una mueca. Parece como si se hubiera tragado un cuchillo de carnicero y estuviera intentando que le doliera menos.
—Tess —asiente—. Sí. He hablado con ella.
—¿Estáis en el mismo lugar?
—No. Pero se encuentra… cerca.
—¿Puedes llamarla?
—No.
—¿Por qué no?
—Porque no se nos permite hacerlo.
Las lágrimas asoman a mis ojos. Me los seco con la manga.
—¿Qué te pasó, Toby? —le pregunto—. Cuando estabas vivo.
Da patadas a la arena con las puntas de los zapatos.
—Un hombre me hizo daño —indica.
—¿Quién?
—Un amigo… que no era un amigo.
—¿Un adulto?
—Sí.
—¿Cómo te hizo daño?
—Con las… manos. Las cosas que me hizo… Las cosas que me dijo que me haría si lo contaba…
—Lo siento.
—Tenía que ponerle fin, eso es todo. Mi madre tenía unas pastillas… Tenía que ponerle fin.
Levanta la vista y me mira. No es más que un niño. Terriblemente asustado y al que le arruinaron la vida antes de que tuviera la oportunidad de crecer del todo.
De repente, su rostro se ensombrece. Sin ninguna otra alteración física, sin la metamorfosis que he visto en los rostros de las otras personas a las que el Innominado ha poseído. La parte Toby del niño desaparece y queda únicamente una cáscara. Un chico que una vez fue humano sentado en un columpio. Sin vida, pero más allá de la muerte.
Luego se mueve otra vez.
Posa sus ojos sobre los míos. Cuando habla, lo hace con una voz que ahora ya conozco tan bien como si formara parte de mí. Resuena en el interior de mi cabeza del mismo modo que los empastes de los dientes dicen que captan las frecuencias de radio.
—Hola, David —dice.
—Sé quién eres.
—Pero ¿sabes mi nombre?
—Sí.
—Dilo.
—Hazlo tú.
—Entonces ya no sería una prueba, ¿no?
—No lo dices porque no puedes.
—Sería una equivocación por tu parte conjeturar lo que puedo o no puedo hacer.
—Necesitas que lo diga.
—¿Ah, sí? Y ¿eso por qué?
—Eso te proporcionaría una sustancia de identidad, por superficial que fuera esta. Cuando se dirigen a ti por tu nombre puedes fingir que eres más humano.
El chico frunce el ceño. Aunque no es más que la expresión de un niño petulante, casi ridícula en cualquier otro contexto, ahora es suficiente para que se me acelere el corazón.
—Tess está llorando, David —precisa—. ¿No la oyes?
—Sí.
—Cree que ya no vendrás a por ella. Lo que significa que será mía cuando la luna…
—¡No!
—¡Di mi nombre!
Esta vez, la voz revela el odio que conforma su verdadero carácter. Al pronunciar las palabras, los agrietados labios de Toby se llenan de burbujas blancas de saliva.
—Belial.
Finalmente, lo digo. El nombre del demonio escapa de mi boca y recorre el aire como una criatura alada que hubiera estado oculta en mi interior y ahora regresara apresuradamente a su propietario.
—Estoy muy contento —dice el niño. Y es cierto: la voz regresa a su tono anterior y una vacía sonrisa se dibuja en sus labios como si unos ganchos invisibles tiraran de sus comisuras—. ¿Cuándo lo descubriste?
—Creo que una parte de mí lo ha sabido desde que te oí hablar por boca de Tess en Venecia. Me ha llevado todo este tiempo confirmarlo. Aceptarlo.
—Intuición.
—No. Ha sido más bien tu arrogancia. Tus pretensiones de urbanidad. Esa falsa sofisticación.
El niño vuelve a sonreír. Ahora ya no tan contento.
—¿Eso es todo?
—Y tu retórica —prosigo, deseoso de conservar su atención—. Tú eras el gran persuasor del consejo estigio.
«Del lado opuesto se levantó Belial, más gracioso y humano en su actitud; el Cielo no perdió un ser más hermoso; para la dignidad y las hazañas más altas parecía ser creado; pero todo él falso y vacío era».
La elegante voz que calmó el llamamiento a las armas de Moloch e instó a esperar a que la ira de Dios se apaciguara antes de llevar a cabo un ataque sorpresa en el Paraíso. «El supremo enemigo pudiera con el tiempo atenuar su furor, y, tan remoto, tal vez podría no importarle mucho si ofensas no causamos». Amante de la fama y la vacua erudición. «Aunque oírlo resultaba agradable…, sus pensamientos eran ruines». Al fin y al cabo, ese es el significado de su nombre, Belial: «Sin valía».
El rostro del niño vuelve a quedarse inerte. Permanece inalterable, inmóvil. Aun así, no deja de impulsarse con los pies en la polvorienta tierra. Un lento ir y venir que me obliga a mover la cabeza para seguirlo con la mirada. Un mareante péndulo.
—John y tú tenéis mucho en común —dice.
—He estudiado la obra de Milton. Eso es todo.
—¿No te has preguntado nunca por qué siempre te has sentido tan atraído por ella?
—Todo arte es merecedor de estudio.
—¡Pero es mucho más que eso! Es autor de la crónica más elocuente de la historia sobre la discrepancia. ¡La rebelión! Por eso, en sus versos, John ofrece una imagen tan comprensiva de mi maestro. Está de nuestro lado, si bien secreta e inconscientemente. Como tú.
—Estás equivocado. Yo nunca le he hecho daño a nadie.
—No se trata de hacer daño, David. La violencia o los crímenes no son más que residuos del mal, cuestiones menores comparadas con las del espíritu. Y lo que John y tú tenéis en común es el espíritu de resistencia.
—¿Resistencia a qué?
El niño no contesta. Se balancea hacia delante y hacia atrás en el columpio sin impulsarse con los pies ni tocar siquiera el suelo. Tampoco aparta sus ojos de los míos. Las cadenas chirrían a modo de réplica de un dolor infligido del mismo modo.
—Has pasado toda tu vida adulta estudiando la religión, la cristiandad, las obras de los apóstoles… Y, sin embargo, no crees en Dios —dice al cabo de un rato. Luego vuelve a quedarse en silencio.
No, es algo más que un silencio. Es una interrupción del tiempo. La realidad se desmorona.
Hace un instante, ambos estábamos sentados en sendos columpios de lona de un parque infantil de la Florida suburbana. Al levantar ahora la mirada, compruebo que, si bien seguimos sentados en los columpios, más allá de nuestro pequeño rectángulo de arena hay un bosque. Los árboles están demasiado juntos, y secos y famélicos a causa de la escasez de agua en una tierra de color ceniza. Intento ver qué hay entre los troncos pero solo atisbo más árboles inclinados y el terreno llano y sin fin. Es una visión de los bosques que había al otro lado del río y que mi hermano y yo temíamos de pequeños. Un lugar al que no llega el aire, ni el canto de los pájaros, ni ninguna voz salvo la del niño. La oigo en mi cabeza, susurrándome las Escrituras: «Y el Señor dijo a Satanás: “¿De dónde vienes?”».
No puedo verlo, pero sé que algo nos observa desde los árboles. Es una densidad tan grande que curva el aire, una especie de gravedad lateral que expande y contrae todo a su alrededor. Su insondable silencio no comunica nada más que una voracidad atemporal e insaciable. Este es el territorio por el que deambula. Consumido por el dolor.
«Entonces Satanás respondió al Señor, y dijo: “De recorrer la tierra y de andar por
ella”»[11].
Vuelvo la mirada a la arena del parque infantil. Intento mantenerla ahí y prestar atención únicamente a las palabras del niño, ahora pronunciadas en voz alta.
—¿Por qué no? —dice, continuando la conversación como si yo hubiera detenido el tiempo y ahora hubiera vuelto a ponerlo en marcha—. ¡Porque no puedes aceptar la noción de su absoluta bondad! Has sufrido demasiado (a tu manera, en tu melancolía) como para servir incondicionalmente a un Señor tiránico. Su bondad no deja de ser otro nombre posible para Autoridad. Su palabra es la orden escrita de un padre ausente. Tu mente crítica no te deja otra opción salvo ser consciente de eso. Y esa es la razón por la que me recuerdas a John.
El niño levanta la mirada al cielo. Al principio agradezco que aparte sus ojos de mí. Pero entonces comienza a hablar con otra voz —la verdadera, un susurro húmedo y lleno de odio— y me doy cuenta de que es eso y no su mirada lo que nunca olvidaré. Esa voz citando al poeta será la que narre el resto de las pesadillas que tenga en mi vida.
—«Hacer el bien jamás será Nuestra misión, sino hacer siempre el mal Nuestro único deleite, por ser él Contrario a su voluntad suprema a la que nos resistimos».
Cuando termina, el niño vuelve a mirarme. Su voz es nuevamente la que el demonio ha escogido para dirigirse a mí:
—Desafiante resistencia. Eso es lo que nos une, David.
—Yo no estoy de tu lado.
—¡Desde luego que sí! —El niño da un salto antes de que haya pronunciado la última palabra—. Siempre lo has sabido. Como John, que estuvo con nosotros desde el principio.
—Eso es mentira.
—¿Ah, sí? Su mejor amigo de la infancia murió en el mar. Su primera esposa lo abandonó al poco de casarse. Fue suspendido de Cambridge por discutir con su tutor. Estuvo en prisión por sus opiniones disidentes. Al igual que nosotros (y que mi maestro, su personaje más memorable), se resistía a la servidumbre. Era un rebelde, sensible a todos los estragos e injusticias de la vida. El Paraíso perdido es la malinterpretación más maravillosa que jamás haya tenido lugar, ¿no te parece? Se supone que pretendía justificar la forma de actuar de Dios para con el hombre, pero en realidad consiste en una justificación de la independencia y la libertad. Fue, para su época, el mejor ejemplo posible de lo que se podría llamar propaganda demoníaca. Mi obra maestra.
—¿Tu obra maestra?
—Todo poeta tiene su fuente de inspiración. Y yo fui la de John. Bueno, en realidad más que eso. Le di las palabras. Él se limitó a firmarlas con su nombre.
—Tu arrogancia te ha cegado.
—¿Cegado? ¡Era John quien estaba ciego cuando escribió su poema! ¿Se te ha olvidado? Fue entonces cuando pidió ayuda. Suplicó inspiración a la oscuridad que lo rodeaba. ¡Y yo fui quien acudió! ¡Sí! Fui y le susurré mis dulces naderías al oído.
«El diablo miente, David».
—Y una mierda.
—No seas ordinario, David. A blasfemias no me vas a ganar.
En un extremo del rectángulo de arena de los columpios, un par de gaviotas se pelean por lo que parece ser una pila de huesos de pollo. Puedo ver la pequeña caja torácica y el pequeño cráneo. Antes no estaban ahí. Como tampoco los huesos de pollo.
Los pájaros se picotean en los ojos y se muerden en la parte de atrás del cuello, tirando y arrancándose plumas y carne. Los árboles se acercan todavía más para poder ver las primeras gotas de sangre.
Toby levanta entonces la mano y la agita en el aire. Las gaviotas levantan el vuelo y se van. A sus chillidos se unen otros procedentes del bosque.
—Sé lo que estás pensando —dice el niño—. Si fui yo quien dictó a John lo que debía escribir, ¿por qué nos retrató de forma tan desfavorable? Ya sabes la respuesta, David. Estaba limitado por su época. Elogiar abiertamente a Satán y sus ángeles caídos era imposible. Habría sido ilegal. Así pues, nos retrató como los antagonistas del poema al tiempo que claramente declaraba sus simpatías por nosotros. Contéstame a lo siguiente: ¿quién es el verdadero protagonista del poema? ¿Dios? ¿Adán?
—Satán.
—Como tú mismo has defendido repetida y apasionadamente en tus admirables ensayos.
—No es más que un argumento académico.
—¡Anda ya! ¿Por qué has dedicado entonces tu vida a ello? ¿Por qué te has molestado en convencer a tus colegas y adoctrinar a tus alumnos acerca de algo que, en la época de John, habría sido considerado blasfemia? Se debe a que eres uno de los nuestros, David. Y no eres ni mucho menos el único.
Tanto su discurso como la serpenteante lógica de su retórica resultan tan desorientadores que, de vez en cuando, he de bajar la mirada para asegurarme de que mis pies tocan el suelo. Aunque, ¿qué es «suelo» aquí? ¿Qué es «tocar»? En cuanto miro de nuevo al niño vuelvo a tener la sensación de movimiento. Es como un mareo en tierra firme.
—¿Por qué Tess? —digo tras tragar saliva—. ¿Por qué yo?
—La retengo para mantenerte concentrado. Todo poeta, todo narrador, necesita motivación.
—¿Así es como me ves?
—Lo que tú llamas documento demuestra nuestra existencia. Pero tú, David, eres mi mensajero. Y el mensaje es tu testimonio. Todo cuanto has visto, todo cuanto has sentido.
No es el columpio lo que me hace estar tan mareado. Es todo el mundo, el marchito jardín, lo que da vueltas.
—¿Me dejarás verla? ¿Hablar con ella?
—No has llegado al final de tu viaje, David.
—Dime adónde he de ir, pues.
—Ya lo sabes.
—Dime qué he de hacer.
—Deja atrás a la mujer. Sigue deambulando.
—Pues quienes deambulan terminan llegando a ti…
—¡No es rendición lo que busco! No te estoy esclavizando, sino liberando. ¿Es que no lo ves? Soy tu fuente de inspiración, tal y como en su momento fui la de John.
Una parte de mí sabe que su argumento es débil. Pero no puedo rebatir nada de lo que dice. Es como si fuera una comida pesada y carente de elementos nutritivos que se encuentra alojada en mis intestinos. No me deja otra alternativa más que seguir hablando y preguntando para intentar no pensar en el ser hambriento del bosque. Sin levantar la mirada, sé que ha salido de los árboles. Se está acercando.
—Propaganda —digo—. Eso es el documento para ti, ¿no? Eso soy yo para ti. Puedo ayudarte a defender aquello que tú no puedes.
—La guerra en el Paraíso nunca ha tenido lugar en el infierno, ni tampoco en la tierra. El campo de batalla se encuentra en la mente humana.
«La mente es su propio lugar y puede hacer en ella un cielo del infierno y del infierno un cielo».
—John se dio cuenta. Y también el otro Juan. [12]
—Te refieres al Apocalipsis.
—Un libro que no hay que tomar demasiado literalmente.
—¿Cuál es tu interpretación?
—El anticristo blandirá armas de persuasión, no de destrucción —dice el niño en un tono de voz más alto y firme—. La bestia no se alzará del mar, sino de vuestro interior. De todos y cada uno de vosotros. Uno a uno. Y de un modo adecuado a sus propias dudas y frustraciones. A su dolor.
—Has decidido emprender una campaña.
—¡Una cruzada!
El niño abre la boca como si fuera a reír, pero no le sale. Es una capacidad que el Toby original debía de tener, pero que quien ocupa su cuerpo ahora no ha conocido nunca.
—El Apocalipsis es una visión del futuro de la humanidad —digo razonando sobre la marcha—. Mateo, en cambio, ofrece una visión de tu futuro. «¿Qué tenemos que ver
contigo, hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?»[13]. Tu cruzada fracasará. Está anunciado. «Tiempo». Estás destinado a morir en el lago de fuego.
El chico parpadea. Y, de repente, su expresión se ensombrece como si fuera a llorar. Por primera vez parece realmente un niño.
—Hay mucho que hacer antes de que eso suceda —replica.
—Pero sucederá. No lo niegas.
—¿Quién puede negar la voluntad del Padre celestial? —dice.
—Perderás.
—¡Moriré! Eso es lo que tengo en común contigo. Con la humanidad. Todos cargamos con el conocimiento de nuestra propia muerte. ¿Dios? ¡Él seguirá existiendo, claro está! Eterno. Indiferente. La bondad pura es fría, David. Por eso abrazo la muerte. Te abrazo a ti.
Durante un terrible momento, temo que vaya a hacerlo. Quiero ponerme en pie y apartarme de él, pero permanezco inmóvil en el asiento del columpio, aferrado con fuerza a las cadenas.
El niño, sin embargo, no intenta abrazarme. Se limita a ofrecerme una vez más su sonrisa vacía.
—Espero que hayas apreciado mi regalo.
—No sé de qué me estás hablando —digo, aunque al instante sé a qué se refiere.
—El hombre que estaba disfrutando de tu mujer de un modo que tú jamás has conocido. No te preocupes, el profesor Junger no volverá a proporcionarle placer nunca más.
El niño vuelve a sonreír.
—Hoy va a hacer calor —dice con la voz de Will Junger.
En algún lugar no muy lejano se oye el ruido de algo pesado moviéndose a través de la maleza. Puede que varias cosas, pero en todo caso con una única mente.
—A ver si lo comprendo —digo, con la esperanza de que una nueva pregunta borre la terrible mueca de su rostro—. ¿Me ves como un cruzado? ¿Tuyo? ¿Y de tu maestro?
—Los tiempos han cambiado desde que John escribió su poema —susurra el niño con nostalgia—. Ahora vivimos en una época documental. La gente exige veracidad. Verdad inmediata. Un poema ya no nos serviría para presentar nuestros intereses. Necesitamos pruebas. Aunque estas tampoco son suficientes. También te necesitamos a ti, David. Tu relato personal. Una voz humana que hable por nosotros.
—Que diga que en el mundo existen auténticos demonios.
—Es una vieja historia —dice bajándose del columpio—. Pero también es verdad.
El muchacho comienza a alejarse. El espacio entre nosotros se endurece a causa del frío que deja a su estela.
—¡Lo haré! ¡Pero deja en paz a Tess, por favor!
Levanto la mirada y el bosque oscuro ha desaparecido. Ahora vuelve a ser un parque infantil bordeado por una alambrada metálica. Más allá se ven unas casas baratas con las cortinas echadas. El gutural zumbido de sus aires acondicionados recuerda a un canto gregoriano.
El niño se vuelve. Aunque su expresión sigue siendo la misma, ahora puedo sentir la potencia de su odio con mayor intensidad. El velo de su encanto ha caído, dejando a la vista algo más cercano a su verdadera naturaleza. La intensa agonía de una cuchilla atravesando un nervio. Un nauseabundo olor a podredumbre.
«Huele como a tierra».
—Tienes que hacer un último descubrimiento. Una última verdad. Tu verdad, David —dice.
Luego, sigue caminando. No deja de observarme a pesar incluso de estar de espaldas a mí. La sombra del chiquillo se va alargando en la hierba hasta convertirse en la de una imponente bestia.