El enigma Vivaldi
Capítulo 10
que esto supone para mí, que también te amo por tu infinita paciencia conmigo.
–¿Cómo hubieses reaccionado si anoche me hubiese negado a dedicarle el tiempo a buscar la clave? – la interrumpió Lucio.
–No lo sé. Pero por nada del mundo -María esbozó una sonrisa llena de picardía- hubiese dejado de irme a la cama contigo.
–Ciertamente, el destino nos tiene reservados vericuetos sorprendentes en el camino. ¿Quién iba a decirme que el objetivo de mi venida a Venecia iba a convertirse en una gran decepción y que este viaje iba a cambiar el rumbo de mi vida de la forma que lo ha hecho?
En aquel momento del bolso de María salió el estridente ruido de su teléfono móvil.
– Pronto?
El gentío que había en el Metropole le dificultaba la audición. Hizo un verdadero esfuerzo para saber, al menos, quién le llamaba.
Le pidió que le hablase más alto. Cuando pudo saber el nombre, la expresión contraída de su rostro desapareció y se iluminó. No podía creerlo.
Tapó con la mano el teléfono y le dijo a Lucio:
–¡Es Michelotto!
– Come? Quando?
– Prego dottore.
María había sacado un bolígrafo de su bolso y anotó en una servilleta de papel unas líneas. Luego leyó en voz alta:
– Via dei Poscarii, 283. Bene, bene. Grazie milla, dottore.
María cerró su teléfono y dejó escapar un suspiro. Apretó un puño y con la otra mano hizo la señal de la victoria. La cara de Lucio reflejaba la expectación con la que había seguido la conversación.
–Es Michelotto. La arpía le ha dado mi nombre y mi número de teléfono. Dice que me recibirá mañana por la mañana, a las diez. En su propia casa.
Capítulo 10
María había decidido abandonar el atuendo de una alumna y vestirse como una señorita que ya ha culminado su licenciatura. Se puso un traje de chaqueta rojo, de falda estrecha y chaqueta de solapa, que realzaba su
figura; camisa blanca de seda y bolso y zapatos de tacón mediano, rojos.
Levemente maquillada y con las puntas de su melena peinadas hacia adentro consiguió un estilo clásico de ejecutiva moderna, más cerca de los treinta que de los veinticuatro años que tenía.
Lucio, al verla, quedó impresionado y un punto de celos rozó, como un débil aleteo, su corazón. No pudo contener una exclamación:
–¡Guapísima!
–¿Qué crees que pensará Michelotto?
–¡Que tu propósito es seducirle!
María le sacó la lengua en un gesto infantil.
En la calle la atmósfera estaba cargada de humedad y hacía más fresco que otras mañanas; había llovido durante la noche y el cielo estaba encapotado. Sin duda el otoño empezaba a ganarle la partida al verano.
Caminaron cogidos del brazo hasta una parada de vaporetti que había muy cerca del Bucintoro, en el canal San Marcos.
Hubieron de esperar unos minutos a que llegase uno de aquellos transportes acuáticos.
–¿Estás segura de que es mejor que no te acompañe? – La pregunta de Lucio tenía el tono de una súplica.
–Estoy segura de que sería mucho mejor, que yo sepa Michelotto no es un experto en música y lo que vamos a ver es una partitura. Pero ayer, con los nervios y el ruido, no le dije que me acompañaría otra persona.
–¡Tampoco es eso un crimen!
–No, desde luego que no. Pero no tengo confianza con el dottore para presentarme en su casa con un desconocido… Si fuese en su despacho de la facultad, sería otra cosa.
–Con que un desconocido, ¿eh? – Las palabras de Lucio estaban a medio camino entre la broma y la ofensa.
–No seas tonto, cuando hablo de un desconocido, me estoy refiriendo a él. ¡Y además, Lucio, es su casa! Me parecería de pésimo gusto presentarme allí con otra persona. Te prometo que a la primera oportunidad que tenga le diré que conozco a un experto en Vivaldi que puede prestarnos su colaboración.
En aquel momento llegaba el vaporetto que María tenía que tomar, comprobó que llevaba en el bolso un pequeño paraguas plegable y se despidió de Lucio con un ligero beso en la punta de los labios. Las últimas
palabras de éste, mientras ella pasaba la pasarela, llegaron a sus oídos confundidas con el ruido del motor y el golpeteo del agua en el casco de la embarcación:
–Llámame en el momento en que salgas de la reunión. Estaré en la Pietà buscando la aguja, por si acaso…
La casa de Stefano Michelotto era un palazzo antiguo, probablemente de finales del siglo XVII. La planta baja articulaba sus dependencias en torno a un patio cuadrado rodeado por un claustro abovedado que sostenían columnas sobre las que cabalgaban arcos de medio punto. En el centro había una fuente de formas complicadas, coronada por una taza, de la que brotaba un chorro de agua. Los techos de las dependencias eran muy altos, al gusto veneciano, y estaban decorados con complicadas composiciones de buena factura, pintadas al temple, donde se ponía de relieve la suntuosidad propia del barroco. El mobiliario podía definirse con una sola palabra: exquisito. La planta principal abría a la fachada una hilera de balcones.
Cada uno de los vanos estaba coronado por un arco de medio punto, creando un movimiento grácil y elegante, que se complementaba con la balconada corrida de la segunda planta, también jalonada por arcos de medio punto.
La puerta exterior la formaban dos pesadas hojas de madera, tachonadas con relucientes adornos de bronce. Había un llamador en una de ellas y en la otra una ranura para depositar el correo. María miró el reloj, faltaban dos minutos para las diez. Aspiró aire y pulsó el interfono, que se encontraba en la jamba de la puerta, dos veces con un intervalo de una fracción de segundo.
Transcurrió casi medio minuto sin respuesta.
Cuando María iba a pulsar de nuevo, una voz, distorsionada por la tecnología, le preguntó:
– Pronto?
–Buenos días. Soy María del Sarto y tengo una cita con el dottore Michelotto a las diez.
Sonó un chasquido en la cerradura de la puerta al saltar el pestillo.
María empujó la pesada hoja de madera de roble y entró en un zaguán ante el que se abría una hermosa cancela de hierro con cristales emplomados, a través de los cuales pasaba una matizada claridad que venía del interior. Las paredes estaban recubiertas en la parte inferior de un zócalo de mármol
verdoso y pintadas de un verde más suave hasta una fina greca, adornada con motivos vegetales, que había unos diez centímetros antes de llegar al techo. En el centro pendía una lámpara de hierro forjado con motivos que hacían juego con la cancela.
Una mujer de buena apariencia, vestida de negro, con cofia y delantal de encaje, abrió la cancela y la invitó a pasar. La condujo hasta una salita y le preguntó si deseaba tomar algo.
–No, muchas gracias.
Le pidió que aguardase allí un momento, el dottore la recibiría enseguida.
Transcurrieron un par de minutos, que María aprovechó para curiosear por la habitación. En una de las paredes había un soberbio ejemplar de espejo veneciano que no tenía menos de doscientos años, flanqueado por unos apliques estilo imperio de bronce y cristal. En las otras dos paredes colgaban sendos cuadros de la escuela veneciana. Había un sofá de formas clásicas, tapizado en damasco rojo, a juego con las cortinas que enmarcaban la ventana que daba luz a la estancia desde el patio de la casa, y a ambos lados de la puerta sendas sillas estilo imperio. El dorado de la madera denotaba el paso del tiempo, pero la tapicería, también en damasco rojo, había sido renovada. En el centro había una pequeña mesa de roble escocés, de forma ovalada y con patas torneadas, sobre la cual había una delicada pieza de capodimonti.
Estaba observando uno de los cuadros -una escena mitológica de ninfas y sátiros- cuando la doncella apareció de nuevo y le rogó que la siguiera.
Salieron al patio y bordeándolo por el claustro llegaron hasta una puerta decorada con casetones, que se abría en una de las esquinas. La sirvienta golpeó suavemente con los nudillos y sin esperar respuesta abrió una de las hojas lo justo para asomar la cabeza.
–Señor, la visita que esperaba.
Abrió la puerta de par en par y se hizo a un lado para dejar paso a María.
Stefano Michelotto estaba materialmente atrincherado tras una mesa de despacho de grandes proporciones en la que reinaba, aparte de dos rimeros de papeles apilados a ambos lados, el más completo desorden. Había libros diseminados, unos abiertos y otros cerrados, papeles, lápices, un par de
plumas, algunas cartas y otros adminículos que completaban un panorama de trabajo.
Físicamente Michelotto parecía más joven de lo que en realidad era.
Vestía impecablemente y su figura delgada y esbelta era atractiva.
Conservaba el pelo, cuya blancura total aportaba a su imagen un toque de distinción. Sus ojos, azules y grandes, eran fríos. Era un hombre de mundo y de modales exquisitos al que la vida, al menos aparentemente, no había tratado mal.
–¡Mi querida María! ¡No sabe -Michelotto siempre trataba a sus alumnos de usted- el placer que me produce verla! – Se había levantado, como si la presencia de la joven fuese toda una sorpresa para él. Había algo de estudiada cordialidad en su actitud.
–El placer es mío, dottore. Quiero, además, agradecerle un vez más su llamada de ayer -respondió María con calculada corrección.
–¡No tiene importancia! En el momento en que mi secretaria me comunicó que había ido a verme, resultó un placer ponerme en contacto con usted. ¡Es tan grato recibir visitas de antiguos alumnos! Eso significa que no sembramos en el desierto, como a veces tenemos la impresión de que ocurre.
Cogió con elegancia la mano de María por la punta de los dedos y la besó, rozándola apenas con los labios.
–¡Tome asiento, por favor, tome asiento! – Con el brazo extendido le indicaba una pareja de cómodos sillones tapizados en piel.
María se sentó en el borde del sillón, las piernas juntas e inclinadas a un lado. Dejó el bolso sobre su regazo y unió las manos entrelazando los dedos. Stefano, antes de sentarse, le preguntó:
–¿Qué va a tomar? ¿Café? ¿Té? ¿Un zumo, tal vez?
La sirvienta esperaba junto a la puerta alguna instrucción.
–Muchas gracias, dottore, tomaré un zumo de naranja, si es posible.
–Carla, un zumo de naranja para la señorita, por favor.
–¿El señor tomará algo?
–Nada, nada, muchas gracias.
Una vez solos, Stefano Michelotto comentó:
–Hace algo más de un año que no nos habíamos visto ¿verdad? Desde el final del anterior curso.
«La arpía le ha dado toda la información que necesita para quedar como los ángeles», pensó María.
Sin darle tiempo para que ratificase su comentario, Michelotto le preguntó, sin mayores preámbulos:
–Bueno, mi querida María, ahora explíqueme, ¿cuál es el motivo que ha dado lugar a tan agradable visita?
Era el mismo dottore de siempre: extrovertido, enérgico y dispuesto a abordar de frente cualquier asunto, por muy complejo que fuese.
–Verá, dottore, antes de contarle la causa por la que le he pedido que me recibiese, permítame que le agradezca que lo haya hecho con tanta rapidez, en su propia casa y sin saber cuál es el asunto que quiero plantearle.
–María, ahórrese explicaciones vanas. La verdad es que no ando sobrado de tiempo, pero le reitero que ha sido un placer recibirla. Y ahora
¡vamos al grano!
–Muy bien -respondió María-. La causa por la que he recurrido a usted está relacionada con sus conocimientos de criptografía. Nunca olvidaré todo lo que nos contó en aquel curso de verano, en Rávena.
Stefano Michelotto frunció el ceño:
–¿Por mis conocimientos de criptografía?
En aquel momento sonaron unos suaves golpes en la puerta, seguidos de la aparición de la sirvienta, quien portaba en una pequeña bandeja de plata una copa con zumo de naranja, que depositó en una mesita auxiliar junto al sillón donde estaba sentada María.
–¿Algo más, señor?
–Nada más, Carla, muchas gracias. Cierre la puerta cuando salga.
María, ¿me decía…?
–Verá, dottore, ha llegado a mi poder una extraña partitura musical. Si lo desea, más adelante puedo explicarle cómo ha sucedido. Tengo el convencimiento de que encierra un mensaje en clave.
–¿Por qué piensa eso, María?
–¿Conoce la historia que se cuenta acerca de la pertenencia de Vivaldi a la Fraternitas Charitatis?
–¿La Fraternitas Charitatis? – preguntó Stefano retrepándose en su sillón.
–Sí, una sociedad secreta cuya misión era la de controlar determinado tipo de conocimientos, cuyos miembros deseaban, por alguna circunstancia,
que no tuviesen difusión.
–¿Gentes que controlaban el saber, según sus criterios? – preguntó el dottore con manifiesto interés.
–Más o menos.
–¿Qué sabe usted de esa… esa…?
–¿ Fraternitas Charitatis? – le ayudó María.
–¿Qué sabe de la Fraternitas Charitatis?
–Se trata de una sociedad esotérica o mistérica, cuyos miembros mantienen en secreto su pertenencia a la misma. Se afirma que surgió en época muy antigua, antes de Jesucristo, en Alejandría, en torno a la famosa biblioteca. Allí, al parecer ejercieron las primeras labores de control sobre un determinado tipo de saberes, cuya difusión consideraban que podía resultar peligrosa.
Stefano Michelotto asentía con leves movimientos de cabeza. Aunque tenía el rostro ligeramente contraído, parecía disfrutar con el relato de María. Desde luego había perdido ese deseo acuciante de ir al grano con que la había apremiado hacía sólo unos instantes.
–Dicha sociedad -continuó María- extendió sus tentáculos por todas las ciudades importantes del orbe y, al parecer, pertenecieron a ella muchas personalidades relevantes de todos los tiempos. Como le he comentado, Vivaldi fue uno de ellos. Parece ser que su viaje a Viena, que afrontó en los últimos meses de su vida y en unas condiciones muy difíciles, está relacionado con un descubrimiento extraordinario que había realizado…
–Lo que me está contando resulta de lo más interesante. ¿Qué era lo que Vivaldi había descubierto?
–No lo sabemos, dottore.
–¡Una pena! – exclamó Michelotto, quien parecía lamentarlo sinceramente.
–Ahí es donde entra en juego la partitura de la que le he hablado.
–¡Ah, la partitura en clave!
–En esa partitura es donde Vivaldi daba a conocer, mediante un texto cifrado, qué fue lo que había descubierto.
–¿Cómo está tan segura de que esa partitura, que ya le anticipo que es una fórmula extraña de cifrar un mensaje, contiene ese secreto de Vivaldi?
–Verá, dottore, hay muchos datos que apuntan a ello. Cualquiera que conozca los avatares de la relación de Vivaldi con la Fraternitas Charitatis
sabe que el músico envió a Tomasso Bellini, que era en aquel momento el primer patrono del Ospedale della Pietà, un mensaje cifrado comunicándole su secreto. Es lo que se conoce como el secreto del cura rojo. Hay constancia de que Bellini recibió el texto de Vivaldi y que se celebró una reunión de los miembros venecianos de la enigmática secta para tratar del asunto. Bellini afirmaba que no había llegado a su poder la clave para descifrar aquel mensaje y, lo que era más grave, que el mensaje le había sido robado. Por alguna circunstancia el gobierno de la Serenísima había tenido conocimiento de aquel envío y trató por todos los medios a su alcance saber cuál era el secreto que tan celosamente Vivaldi pretendía ocultar. A partir de ese momento se pierde toda noticia sobre Bellini, sobre otros dos miembros venecianos de la secta y del texto cifrado remitido desde Viena.
–Todavía no me ha dicho por qué cree que esa partitura de la que me ha hablado es el texto que contiene el mensaje del compositor. Pero antes, mi querida María, acláreme una duda. Si Vivaldi deseaba que el secreto ocultase lo que quiera que fuese que había descubierto, ¿cómo es que lo ponía en conocimiento del tal Bellini?
–Porque la Fraternitas Charitatis no tenía como objetivo que tales saberes se perdiesen, sino controlarlos. Aunque no puedo afirmarlo, la extraña sociedad ha difundido conocimientos, que había controlado durante siglos, en el momento que ha considerado que no constituían un peligro.
–¿Me permite otra pregunta? – Michelotto se mostraba solícito.
–Las que usted guste, dottore.
–He observado que cuando habla de la Fraternitas Charitatis -ya se había aprendido el nombre- unas veces lo hace en presente y otras en pasado. ¿Sabe si en la actualidad la sociedad sigue existiendo?
–Lamento no poder responderle a esa pregunta. Aunque no tengo ninguna razón para pensar que haya desaparecido.
Stefano Michelotto asintió en silencio, mientras se pasaba la mano por su mandíbula en actitud meditabunda.
–¿Me cuenta lo de la partitura?
–La música no escondía secretos para Vivaldi. Leer en un pentagrama era lo más normal del mundo para una persona como él. Por lo tanto no debe resultar extraño que utilizase una partitura para esconder un mensaje en clave. Bellini era, como le he dicho, patrono principal de la Pietà. El
envío de Vivaldi se realizó en 1741. La partitura de que le hablo ha aparecido en los fondos documentales del archivo de la Pietà.
–Eso es interesante -apostilló Michelotto.
–Todavía hay más. Estaba escondida en un libro de cuentas, ¿adivina de qué año era el libro?
–¿Mil setecientos cuarenta y uno?
–En efecto.
–Perdone, María, si le parezco indiscreto o entrometido, pero ¿cómo ha encontrado la partitura?
–En realidad no he sido yo quien la ha descubierto.
Los ojos, fríos y penetrantes, de Stefano se agrandaron a la par que arqueaba sus blancas y finas cejas:
–¿Eso significa que alguien más está al tanto de todo este asunto?
–Se trata de un músico español. Un violinista devoto de Vivaldi llamado Lucio Torres, que ha venido a nuestra ciudad para asistir a unas Jornadas Musicales y también a investigar sobre su obra. Le han permitido acceder al archivo de la Pietà y por casualidad ha tropezado con la partitura.
–¿Conocía ese músico español la relación de Vivaldi con la Fraternitas Charitatis?
–No, no sabía nada al respecto -respondió María.
–En ese caso, ¿cómo es que relacionó la partitura con el supuesto mensaje que el músico envió a Bellini? Debo pedirle disculpas, una vez más, por mis preguntas. Por nada del mundo, mi querida María, quisiera que tuviese la sensación de que la estoy sometiendo a un interrogatorio inquisitorial, ni siquiera examinándola. ¡Pero me parece tan apasionante su relato…!
–No tiene por qué excusarse, dottore, he sido yo quien ha venido a solicitar su ayuda. Ya le he dicho que la partitura es muy extraña desde un punto de vista musical. Es una composición que carece de armonía; es más, se trata de notas cuya interpretación es un conjunto de sonidos poco agradables. En algún momento los sonidos son horribles. Según Lucio Torres se han sobrepasado todas las normas. Se ha utilizado la llamada cuarta tritono.
–¡La cuarta tritono! – exclamó Michelotto.
–Así es, dottore-, la combinación de notas prohibida por la Iglesia. Se la consideraba la música del diablo. Fue precisamente todo esto lo que hizo
que Lucio Torres reparase en aquella partitura y me lo contase.
–¿Cómo conoció usted al tal Torres?
A Stefano Michelotto no le pasó inadvertido el rubor que cubrió el rostro de María, un rubor que no pudo disimular el maquillaje que llevaba.
–No tiene por qué contestarme. Ha sido una impertinencia por mi parte.
–No, dottore, no se preocupe. Conocí a Lucio -Michelotto reparó que se refería al español por su nombre de pila- porque se aloja en el hostal de mi familia, el Bucintoro. Hemos congeniado.
–¿Por qué no la ha acompañado el señor Torres? Tiene mucho que decir en este asunto, ¿no le parece?
–No me pareció correcto que viniese a una entrevista que yo había solicitado a título personal y que, por añadidura, iba a tener lugar en su propia casa.
–No me hubiese molestado, en absoluto, dadas las circunstancias. En fin, espero conocerle porque estoy seguro de que nos vamos a ver en los próximos días. No sé si ése era su propósito, María, pero ha logrado excitar mi curiosidad hasta un límite que ni siquiera puede sospechar. ¿Ha traído consigo la partitura?
–Tengo aquí una copia. – María abrió el bolso, sacó la fotocopia que llevaba y se la entregó al profesor.
Michelotto desdobló los pliegues del papel y fijó su atención en los pentagramas y en las notas que lo llenaban. Tenía clavada la mirada, la respiración contenida, el cuerpo inmóvil. El silencio era total, absoluto.
María se dio cuenta de que también ella tenía la respiración contenida y permanecía tan inmóvil como el dueño de aquella hermosa casa. No podría decir cuánto tiempo transcurrió hasta que Stefano levantó la vista, la miró a los ojos y le preguntó:
–¿Sobre la clave no se sabe nada?
–Nada. – María acompañó su lacónica respuesta con movimientos negativos de su cabeza.
–¿Tiene algún inconveniente en que me quede con la copia?
–En absoluto, la he traído para usted. ¿Puedo preguntarle su opinión?
Stefano Michelotto meditó la respuesta antes de contestar. María temió haber sido inoportuna.
–Creo que habrá que trabajar a fondo. Pero es un reto fascinante y, además, toda esa historia de la Fraternitas Charitatis y los secretos y
misterios que la rodean… No será fácil. Pero le aseguro que vamos a arrancarle al prete rosso su misterio, su secreto. Ya lo verá.
–Estoy segura de ello -comentó María en voz baja.
–Varias cosas antes de que se marche. – Michelotto daba la reunión por concluida-. En primer lugar, le propongo que nos hablemos de tú. Yo te hablaré de tú, a cambio de reciprocidad. ¡Vamos a ser colegas! ¿Aceptas?
María estaba un poco turbada. Apenas pudo balbucear un sí.
–En segundo lugar, te propongo que nos veamos pasado mañana aquí, en mi casa, a la misma hora de hoy. A las diez. ¿Te viene bien?
–Me viene perfectamente.
–En tercer y último lugar, me gustaría que Lucio Torres asistiese a esa reunión, ¿serías tan amable de invitarle?
A María se le había iluminado el rostro. Fue algo que tampoco pasó inadvertido a Michelotto.
–Creo que aceptará encantado.
–Bien, en ese caso, has de disculparme. Son cerca de las doce y tengo otros compromisos. Espero tener noticias agradables pasado mañana cuando nos volvamos a ver.
–Quiero darle las gracias por su interés, dottore. -María se puso de pie.
–Quie-ro dar-te las gra-cias S-te-fa-no. Hemos quedado en eso, ¿no?
–Quiero darte las gracias, Stefano -repitió María.
–Eso está mejor. Te acompaño hasta la puerta.
Cuando el dottore Michelotto volvió a su despacho sacó una agenda de piel de uno de los cajones de su escritorio y buscó cuidadosamente. Luego marcó un número de teléfono.
–¿ Herr doctor Drexler? ¿ Herr doctor Karl Drexler, de Munich?
–¿Quién lo llama, por favor?
Michelotto se extrañó con aquella pregunta. Estuvo a punto de colgar, pero contestó:
–El dottore Stefano Michelotto, desde Venecia.
–Aguarde un momento, por favor.
A Stefano le había extrañado que hubiese atendido la llamada otra persona que no fuese el propio Karl. Anotó en su mente que tendría que preguntarle la causa de ello. Transcurrió un tiempo excesivamente largo para una espera telefónica. Pero Michelotto no parecía tener prisa. Miraba la partitura que tenía encima de la mesa y trazaba sobre un papel, con un
lapicero, líneas que no formaban ninguna figura. Era una forma de aguardar la respuesta a su llamada. Por fin surgió una voz recia.
–¿Stefano?
–¿Karl?
–Sí, soy yo. Me pasan nota de que me has llamado, ¿cómo estás?
–Perfectamente. ¿Qué tal estás? ¿Y Gertrud?
–Todos muy bien. ¡Cuéntame!
–Tendrías que venir a Venecia lo más rápido que te fuese posible.
–¿Qué ha ocurrido?
–No te lo puedo explicar por teléfono, pero es un asunto del máximo interés; si no lo fuese no te habría llamado. Es urgente que llegues a Venecia cuanto antes, créeme.
–Está bien. Está bien. Tal vez hoy me sea imposible. Pero da por hecho que estaré ahí mañana.
–Una pregunta, ¿quién ha cogido el teléfono?
–No te preocupes, es mi ayudante, la persona de quien ya te he hablado.
Será una valiosa aportación.
–No albergo ninguna duda, pero no debes confiarte, ni con nada ni con nadie.
–Otto es persona de toda confianza, te lo garantizo. Si no fuese así no hubiese levantado el auricular. Yo no podía hacerlo en ese momento y no deseaba que la llamada se perdiese.
–Está bien, está bien -concedió Stefano-. Si te es posible, Karl, llega a Venecia mejor hoy que mañana -insistió Michelotto.
–¿Tan urgente es?
–Más de lo que te puedas imaginar. Hasta pronto, Karl. – Y colgó el teléfono.
Karl Drexler era un prestigioso cirujano bávaro, vivo ejemplo de hombre hecho a sí mismo. Su padre fue un funcionario del Reich, muerto durante la guerra, al igual que su madre y su única hermana, en uno de los bombardeos aliados sobre Munich. Tenía trece años cuando terminó aquella conflagración y estaba solo, en medio de un mundo destruido. Pertenecía a esa generación de jóvenes alemanes que tuvo que abrirse paso en los difíciles años de la posguerra y arrimar el hombro para reconstruir su devastado país. Terminó su enseñanza media e ingresó en la facultad de medicina muniquesa; pudo pagarse sus estudios trabajando de noche como
guarda de un almacén. Aprovechaba las largas noches de vigilia para estudiar; asistía a clase por la mañana y dormía por las tardes, así pasaron seis largos y difíciles años. El último de ellos con mayores problemas porque el catedrático de cirugía, que había calibrado su valía, le incorporó con escasos emolumentos -de hecho la única forma de entrar en el cerrado círculo de la medicina universitaria alemana- al departamento. Aquello significaba permanecer en la facultad de lunes a jueves hasta las ocho de la noche. Apenas le quedaba tiempo para dormir porque iniciaba sus funciones de vigilante a las doce de la noche y allí permanecía, hasta las siete de la mañana, de lunes a sábado. Cuando salía le quedaba el tiempo justo para ducharse, desayunar y acudir a la primera de sus clases. Recuperaba sueño los fines de semana: no tenía ayudantía en la cátedra los viernes por la tarde y disponía los sábados desde las ocho de la mañana hasta las doce de la noche. Como la noche de los domingos no trabajaba en el almacén, aquel día hasta se permitía salir con Gertrud, una compañera de facultad que estudiaba dos cursos por debajo del suyo.
Aquellos años de dureza y disciplina en un entorno lleno de grandes dificultades y carencias templaron su temperamento, moldearon su personalidad y le prepararon para asumir cualquier empresa que hubiese de acometer en el futuro.
Al concluir la carrera, el sueldo de su ayudantía creció lo suficiente como para dejar el trabajo del almacén. Dos años después ganaba la titularidad de esa ayudantía. Tras cuatro años de trabajo era uno de los cirujanos más eminentes de la facultad y la persona en quien su maestro, Erhard Wilhem, tenía depositadas todas sus expectativas. Éstas se hicieron realidad al hacerse con la cátedra de su maestro, a la jubilación de éste, con sólo treinta y seis años. Ya por entonces había puesto de manifiesto que no sólo era un excelente neurocirujano, sino un investigador de talento.
Su fama desbordó las fronteras de Alemania y su figura se convirtió en referencia obligada en congresos, seminarios, jornadas y simposios. Sus investigaciones sobre las neuronas cerebrales y la duramadre habían abierto nuevos campos de conocimiento. Los avances del equipo que dirigía en el terreno de la lucha contra la enfermedad de Alzheimer eran los más importantes del mundo. Desde hacía algunos años, su nombre sonaba como un cualificado aspirante al premio Nobel de medicina.