El enigma Vivaldi

Peter Harris · Capítulo 5 de 28

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El enigma Vivaldi

Capítulo 5

– Il prete rosso -señaló María.

– Il prete rosso -asumió Lucio-; sin embargo, un año después de recibir las sagradas órdenes, dejó de decir misa. Es un hecho que no deja de llamar la atención, aunque se arguyó como causa el asma que tenía desde su nacimiento y que le afectaba de tal forma que le imposibilitaba para celebrar la liturgia con la dignidad requerida por tales ceremonias.

–Ésa es la explicación oficial que se quiso dar a algo que, como tú has dicho, resultaba insólito. Pero la verdad es otra muy distinta.

–¿Te refieres a que, en opinión de algunos, su amor por la música era mucho más fuerte que su vocación religiosa y que el cumplir con sus obligaciones eclesiásticas le privaba de un tiempo y una concentración que necesitaba para componer y ensayar?

–Ésa es la versión oficial profana. Pero, como te digo, la verdad fue muy diferente.

Lucio se quedó mirándola con la sorpresa brillando en sus ojos. María se acababa de convertir, precisamente aquella noche, en una revelación acerca de Vivaldi.

–Está bien, ¿cuál es esa historia extraña que se cuenta de Vivaldi?

–Ah, por fin he logrado que el erudito -comentó burlona- se muestre receptivo. ¿Has oído alguna vez mencionar una sociedad llamada Fraternitas Charitatis?

–¿ Fraternitas qué…?

– Fraternitas Charitatis, una especie de secta esotérica a la que Vivaldi perteneció.

Lucio frunció el ceño y tras un breve silencio respondió:

–Pues no, no tenía conocimiento de nada de eso.

–Entonces, escucha con atención porque vas a llevarte una gran sorpresa.

Capítulo 5

La reunión convocada con toda urgencia se celebraba en el sótano de una casa del campo San Stefano, entre la piazza San Marcos y el Gran Canal. El edificio era un almacén de maderas destinadas a entibar construcciones. A pesar del movimiento de carga y descarga, de la presencia de factores y de compradores, era un lugar, aunque parezca

extraño, que ofrecía cierta discreción, precisamente por causa del continuo trasiego de gentes que por allí pululaban. El lugar tenía, además, la ventaja de formar un chaflán, lo que le hacía contar con tres entradas, dos por tierra y una por el canal, que podían convertirse en tres salidas si las circunstancias lo requerían.

Las siete personas reunidas habían llegado por itinerarios diferentes y a distinta hora, entre las diez y las once y media de la mañana, cuando el fárrago del negocio era mayor y cualquier movimiento podía pasar más inadvertido.

La sala donde estaban congregados quedaba aislada por completo del exterior, salvo por la puerta de entrada, si no se tenía en cuenta una salida de emergencia disimulada en la pared y que sólo podía abrirse accionando un mecanismo secreto. Era una construcción sólida de forma cuadrada y quince pies de lado, construida con bloques de cantería perfectamente ensamblados. La luz la proporcionaban cuatro antorchas situadas en cada uno de los lados. El mobiliario se reducía a una mesa ligeramente alargada y a los siete asientos que la rodeaban.

Todos eran gentes de edad y, aunque ninguno de ellos era propiamente un anciano, para ellos la juventud era ya un recuerdo en la lejanía del tiempo.

Tomasso Bellini tomó la palabra para saludar a los asistentes, pero nada más comenzar tuvo que escuchar las protestas de la mayor parte de los presentes, que le increpaban el que les hubiese reunido allí sin haber tomado las medidas de seguridad habituales, lo que suponía un grave riesgo. Esperaban que las razones del convocante justificasen la reunión.

Cuando la ronda de protestas hubo concluido, Bellini, con voz sosegada, comenzó su explicación.

–Como comprenderéis, las razones son de peso y fundamento; creo que tardaréis muy poco en compartir mi opinión. Por otro lado, debéis saber que he calculado los posibles riesgos que entrañaba esta reunión y he tomado todas las medidas a mi alcance para reducirlos hasta allí donde es humanamente posible y la verdad es que -miró uno por uno a todos- aquí nos encontramos, sin que se haya producido ningún contratiempo. Pero no perdamos un instante y vayamos al asunto que nos ha convocado.

El rostro de Tomasso Bellini dejaba entrever un aire sombrío. Sin embargo, la voz del patrono principal del Ospedale della Pietà sonaba con

el aplomo habitual:

–Nuestro hermano Vivaldi ha realizado un extraordinario descubrimiento que permitiría sacar a la luz uno de esos misterios cuya divulgación provocaría una conmoción en el común de las gentes.

Ante aquellas palabras los presentes parecían haber olvidado sus protestas. Todos siguieron con atención lo que tenía que comunicarles.

–El hallazgo que el hermano Vivaldi ha realizado es la consecuencia de años dedicados al estudio y la meditación. Para hacer determinadas investigaciones y dar por concluido todo lo relacionado con dicho asunto hubo de abandonar nuestra ciudad y realizar un viaje a Viena, por ser ése el lugar donde había de realizar las últimas comprobaciones que estableciesen de forma definitiva la certeza de su descubrimiento. Como es natural, la explicación de la causa de su viaje fue la de acudir a la llamada de un mecenas, enamorado de su música, que le fue imposible rechazar. Ya sabéis que corrieron rumores acerca de tan largo viaje, sin un motivo excepcional, a una edad como la suya, cercana a los setenta años. Sin embargo, el hecho de que el hermano Vivaldi hubiese sido un viajero impenitente ayudó a atemperar aquellos comentarios, así como el hecho de que en Viena la tradición y la importancia de la música hayan hecho de aquella ciudad un lugar de peregrinación para las gentes relacionadas con dicho arte.

Hubo gestos de asentimiento.

–Allí, como os he dicho, realizó las comprobaciones necesarias para dar por válido el trabajo realizado. Cumplida la misión que le había llevado a Viena, realizaba los preparativos necesarios para regresar a nuestra ciudad, cuando cayó enfermo. Se trataba de una dolencia de consideración y muy pronto comprendió que sus días estaban contados, salvo que Dios Nuestro Señor dispusiese otra cosa, por lo que tomó una decisión de suma importancia: remitirme con todas las garantías a su alcance, por si la Providencia le tenía reservado que el final de sus días se produjesen en Viena, un texto donde quedaba recogido y salvaguardado el conocimiento que había alcanzado. Su deseo, en cumplimiento de lo que nos manda nuestra Santa y Caritativa Hermandad, era que no se perdiese tan importante descubrimiento y que tampoco saliese a la luz pública porque, dadas sus características, está clasificado entre los que deben permanecer bajo custodia y en el secreto hasta que las circunstancias nos indiquen, a

nosotros, guardianes del saber, que ha llegado el momento en que pueda ser divulgado.

–¿Ha llegado a vuestro poder el envío realizado por el hermano Vivaldi?

– preguntó uno de los reunidos.

–Así es, llegó hace exactamente veintisiete días -respondió Bellini.

–¿Y habéis dejado transcurrir todo este tiempo sin darnos noticia de ello?

Quien formulaba la pregunta no podía evitar en sus palabras una carga de extrañeza y una cierta indignación.

Hubo murmullos de descontento.

–Sosegaos, sosegaos -indicó Bellini acompañando sus palabras con movimientos de manos que invitaban a la tranquilidad-, hay un cúmulo de circunstancias que dan cumplida explicación a este retraso.

El patrono principal del Ospedale della Pietà tendría ahora que convencer a sus correligionarios de la Fraternitas Charitatis de que había una explicación para justificar el tiempo transcurrido entre la llegada del mensaje de Vivaldi y la convocatoria de la reunión que, por lo que a él se refería, hubiese deseado no celebrar nunca. Sus verdaderas intenciones eran las de poner a buen recaudo el texto que le había hecho llegar el músico y no dar cuenta a nadie de su existencia; de ese modo se habrían evitado las numerosas complicaciones y problemas que estaba seguro se derivarían de poner en conocimiento de los demás hermanos de la fraternidad lo que Vivaldi le había enviado. La verdad era que se había visto impelido a convocar por fuerza la reunión, porque los hermanos Galeazzo Moroni y Filippo Bembo, cada uno por su cuenta, le habían manifestado su extrañeza de que no se hubiese procedido a la celebración de una reunión de la logia veneciana, habiendo recibido una comunicación tan importante de micer Antonio Vivaldi.

Esos comentarios indicaron a Bellini que el astuto músico, como una garantía más, había dado noticia a otros fratres del envío que le había remitido, aunque no les había facilitado información alguna de su contenido.

El responsable en Venecia de la Fraternitas Charitatis carraspeó ligeramente para aclararse la voz.

–Los hechos acaecidos en las últimas semanas, y de los que son conocedores Moroni y Bembo, explican la causa del retraso. El envío de

Vivaldi es un texto en el que se da cuenta del arcano que ha conocido.

–¿Cuál es el contenido de ese arcano? – preguntaba un enjuto individuo de mirada estrábica cuya blanca barba contrastaba con el negro bonete que cubría su cabeza y que tenía calado hasta las mismas cejas; su nombre era Guido della Marca.

–Eso es algo que ignoro. – La respuesta ejerció en Bellini el efecto de una liberación, propia de una pesada carga que era, tal vez, la que le tenía con el ceño fruncido y la angustia reflejada en la expresión de su rostro.

–¡Que ignoráis su contenido! – La exclamación había salido de varias gargantas a la vez.

–Así es, hermanos. Ignoro su contenido porque el envío fue remitido de forma codificada.

–Eso es lo normal, de acuerdo con las normas establecidas en nuestra hermandad -indicó uno de los presentes-, pero también se os haría llegar por conducto diferente la correspondiente clave para descifrarlo.

–En efecto, en efecto -asintió Bellini-, y ésa es la causa que explica en gran parte el retraso para la celebración de esta reunión.

–No alcanzo a comprender… -dejó caer Della Marca, con aire compungido y un tono que delataba un profunda decepción. Daba la sensación de que su interés estaba centrado exclusivamente en conocer el enigmático descubrimiento realizado por Vivaldi.

–He esperado ansioso varias semanas -Bellini parecía dominar la situación- al aguardo de que llegase el código. Pero hasta la fecha la clave no ha llegado a mi poder.

–¿¡Pretendéis hacernos creer que se os ha enviado un texto codificado, sin que se os haya dado la cifra para desentrañarlo!? – Quien formulaba la pregunta se había puesto de pie. Su humanidad era la de un corpulento gigante.

Bellini le miró con cara de pocos amigos; la pregunta planteaba una duda sobre el crédito de lo que acababa de decir.

–Así es, hermano. Ignoro la razón por la cual no he recibido la cifra, pero así es.

–No me negaréis que eso resulta un tanto extraño -insistió el gigantón.

–No tengo más remedio que daros la razón. Pero ésa es la realidad con la que nos encontramos. Aunque, tal vez, haya una explicación que nos permita vislumbrar un rayo de luz.

–¿Cuál es esa explicación? – Fueron varias las voces que la reclamaban.

–No sé si sabéis que el frater Vivaldi ha fallecido en Viena. – Gestos de sorpresa y movimientos negativos de cabeza acogieron aquella revelación-.

Lo que conozco acerca de su muerte es muy poco. Sólo sé que el óbito se produjo pocos días después de que me enviase su mensaje y que su vida se prolongó el tiempo suficiente para que le hubiese llegado acuse de recibo del envío que me había efectuado.

–¿Cuándo se produjo, entonces, la muerte de micer Vivaldi?

–No puedo precisaros la fecha con exactitud, pero creo no equivocarme si afirmo que hubo de producirse hace al menos una semana. Yo tuve conocimiento de ello ayer, a la caída de la tarde, a través de gentes que han venido de Viena. Teniendo en cuenta que en el viaje se invierten entre cinco y siete días, haced vosotros mismos la cuenta.

–Descanse en paz el alma de nuestro hermano -dijo un individuo que hasta entonces no había abierto la boca y que tenía por su indumentaria trazas de clérigo.

Todos los presentes respondieron con un amén. Luego surgió un silencio que tenía algo de respetuoso, pero que rompió el corpulento Galeazzo Moroni.

–Creo que el frater Bellini debería enseñarnos el mensaje que recibió y que es el motivo de esta reunión. He de poner en conocimiento de esta asamblea que tanto el frater Filippo Bembo como yo teníamos conocimiento de que el frater Vivaldi había hecho llegar un mensaje al frater Bellini.

Tomasso Bellini guardó silencio durante unos segundos antes de responder. Parecía buscar en su mente las palabras que iba a pronunciar.

–Lamento no poder satisfacer vuestro deseo -se dirigió directamente a Moroni- porque… porque he de comunicados una terrible noticia: el mensaje cifrado que me envió Vivaldi no está en mi poder.

–¿Qué queréis decir exactamente con que no está en vuestro poder? –

preguntó un Moroni cada vez más alterado y cuyo requerimiento estaba reforzado por el rumor de desaprobación que surgió entre los presentes.

–Alguien ha robado el mensaje. – La respuesta de Bellini trajo un profundo silencio.

Pasados unos instantes, tras la sorpresa inicial, se produjo un revuelo generalizado. Todos los presentes, salvo Bellini, hablaban a la vez.

Proferían exclamaciones de asombro o incredulidad. Cuando mayor era el desconcierto, sonaron con fuerza unos golpes en la puerta. El silencio fue total.

–¿Quién es? – preguntó Filippo Bembo, dueño del almacén de maderas y del lugar donde estaban reunidos.

–¡Mi señor Filippo, abrid rápido! ¡Es urgente que conozcáis lo que ocurre! ¡Por la santa madonna! ¡Abrid rápido!

Bembo se encogió de hombros de forma significativa y acudió presto a la puerta.

–No sé qué puede ocurrir, pero es la voz de Giusseppe, el encargado del almacén.

Bembo descorrió los dos cerrojos que aseguraban la maciza puerta de roble. Apareció un individuo con el rostro descompuesto y las facciones desencajadas:

–¡Señor, señor, ha llegado un oficial al frente de dos escuadras de soldados! ¡Han cerrado las puertas del almacén para que nadie pueda salir!

¡Andan registrándolo todo y haciendo preguntas!

–¿Qué es lo que preguntan?

–¡Preguntan por vos y por… y por…

–¿¡Y por quién más!?

–¡Por algunas de las personas aquí reunidas! ¡Preguntan por el señor Moroni y por el señor Bellini! ¡Deben de tener información de que se está celebrando esta reunión!

–¡Preguntan por las tres personas con las que Vivaldi se había comunicado! – exclamó Guido della Marca, que parecía el más sorprendido de todos.

Los presentes cruzaban miradas unos con otros. La incertidumbre, la sorpresa o el miedo era lo que reflejaban sus ojos.

–¿Te han seguido? – preguntó Bembo a su encargado.

–No, señor, al menos eso creo. Me parece que he logrado escabullirme en medio de la confusión originada por la presencia de los soldados. Logré esconderme tras una pila de madera, luego gané las escaleras y crucé sigilosamente las dos galerías que conducen hasta aquí. He cerrado las puertas detrás de mí. Pero no tardarán mucho rato en llegar, señor.

–No perdamos tiempo. Giusseppe, gracias por avisarme. Espero poder pagarte este favor. Regresa al almacén y muéstrate sorprendido, hazte de

nuevas ante la situación que se produzca y niega la existencia de la reunión.

Di que tu amo no está en casa. ¡Vamos, rápido!

–¡Pero señor, os encontrarán!

–¡Giusseppe, haz lo que te digo y ten confianza en mí!

El encargado obedeció sin rechistar y se marchó cerrando la puerta tras de sí. Galeazzo Moroni fue a echar los cerrojos. Bembo le tomó por el brazo:

–No lo hagas.

–¿Que no asegure la puerta?

Por toda respuesta Bembo se dirigió hacia una de las antorchas y gritó a los presentes:

–¡Alcanzad las otras antorchas! ¡Rápido!

Sus palabras se confundieron con el ruido que hacía una parte de la pared al girar sobre sí misma. Se abrió un hueco por el que se atisbaba una densa oscuridad desde la que penetró un fuerte olor salino y a moho.

Bembo avanzó con decisión hacia la oscuridad.

–Recoged cualquier cosa que pueda denotar nuestra presencia y seguidme.

No fue necesario que lo repitiera; la negrura de aquella oquedad empezó a iluminarse con la luz de las antorchas mientras la estancia donde habían estado reunidos quedaba sumida en la oscuridad. Bembo colocó su antorcha en una argolla que había en una de las paredes del túnel donde el grupo había penetrado. Otra vez se produjo el ruido de la pared al cerrarse.

–¿Comprendes por qué no era conveniente echar los cerrojos?

Galeazzo Moroni asintió con la cabeza.

–¡En marcha! – ordenó Bembo-. ¡No debemos entretenernos!

El grupo que formaban aquellas siete personas a la oscilante luz de las antorchas tenía un aire espectral, mientras avanzaba por un túnel excavado en los cimientos de la casa-almacén del maderero Filippo Bembo. Era una galería entibada, como las de las minas, por la que apenas quedaba espacio para que avanzase una persona. Galeazzo Moroni lo hacía con la cabeza gacha y en algún tramo poniéndose de costado. El agua rezumaba por algunos lugares, aunque el aspecto del túnel era sólido.

Caminaron en silencio durante unos minutos, aunque ninguno de ellos, atenazado por la emoción, podría precisar el tiempo que estuvieron bajo aquella galería subterránea, cuya existencia todos ignoraban, salvo Bembo,