El enigma Vivaldi
Capítulo 13
–Insisto en que la pista que hemos seguido era falsa. No me preguntes ahora por qué hago esta afirmación, pero no albergues ninguna duda de que así es, querida. Estábamos completamente equivocados, pero ahora lo sabemos y sabemos mucho más…
–¿Eso quiere decir que todo nuestro esfuerzo y nuestro tiempo ha sido en vano? ¿Que también hemos perdido los últimos cuatro años?
–Quiere decir exactamente eso pero también que hay noticias que te parecerán increíbles -dijo aquello con tal tranquilidad que consiguió irritar más a Camila.
–Te veo muy seguro de lo que dices. ¿No estaremos una vez más al comienzo de otro camino equivocado? – Había una calculada malicia en sus palabras. Una ironía que había hecho temible a la Strozzi.
Stefano Michelotto acusó el golpe porque, a diferencia de la resistencia que había mantenido con los demás citados en su casa, decidió decir algo de lo que sabía.
–No, no estamos al comienzo de otro camino equivocado porque esta misma mañana me ha llegado, ahora no voy a contarte cómo, la información de que por una casualidad un violinista español ha descubierto el verdadero texto que guarda el secreto del prete rosso.
A Camila Strozzi se le cayó la copa de champán que sostenía en su mano y se estrelló contra el suelo con gran estrépito. Muchos de los presentes miraron descaradamente hacia donde estaban y varios de ellos se acercaron solícitos.
Capítulo 13
Camila Strozzi era la única hija y heredera del general Giambattista Strozzi, quien había desempeñado varios cargos de alta responsabilidad en el ejército italiano. El primero, después de una brillante hoja de servicios, fue el mando de la base militar de Tarento, la pieza fundamental del sistema defensivo de la OTAN en Italia. Luego formó parte del alto mando de la Alianza Atlántica en Bruselas y, por último, fue jefe del Estado Mayor italiano. Una brillante carrera con la que había cumplido, como varios de sus antepasados, con la tradición de los Strozzi de que un miembro de la familia siguiese la carrera de las armas. Así había sido desde la época en
que, desde el Piamonte, Víctor Manuel II había impulsado la unidad italiana.
Su única descendencia era Camila, por lo que la tradición familiar debería continuar por otra de las ramas porque, aunque Camila podía haber ingresado en el ejército, se negó a satisfacer cualquier posibilidad en este sentido. La inicial decepción que en su padre había producido el nacimiento de una hija, aumentada con la noticia de que su esposa después de aquel parto había quedado imposibilitada para volver a concebir, fue borrándose con el paso del tiempo hasta transformarse en orgullo. Camila se reveló primero como una chiquilla inteligente y dotada de altas capacidades, y después, cuando dejó atrás la adolescencia, se convirtió en una mujer bellísima. En la familia se decía que nunca habían visto al general tan ufano como cuando la llevó del brazo el día de su puesta de largo, al ser presentada en sociedad. En ella recayó el título familiar, y desde la muerte de su padre era la condesa Strozzi.
Camila había estudiado derecho en la Universidad de Bolonia y arte en la de Roma. Era una mujer cultísima, a la que se le conocía un solo error: su matrimonio. Constituyó en menos de un año un rotundo fracaso -sólo tenía veinticuatro años-, pero sirvió para poner de manifiesto ante el mundo su resolución y hasta dónde era capaz de llegar si tenía que enfrentarse con algo o con alguien. Dejó constancia de que era mejor no tenerla como enemiga. Desde entonces cobró fama entre los círculos donde se desenvolvía de mujer altiva, peligrosa y que, llegado el caso, no se andaba con muchas contemplaciones. No eran pocos los que, pese al magnetismo de su figura y al atractivo que tenía, preferían no estar muy cerca de ella.
También habían llamado la atención a algunas de sus amistades los largos viajes que realizaba -que la quitaban durante meses de la circulación- sin que se supiese su paradero, creando a su alrededor una atmósfera que rodeaba a su figura de misterio.
Se contaba que había tenido varios amantes, pero eran relaciones pasajeras de las que se desprendía con facilidad. Los automóviles eran una de sus pasiones. Durante algún tiempo vivió muy de cerca la farándula que rodea el mundo del automovilismo de Fórmula Uno. Una vez al año, después del carnaval, con la llegada de la primavera daba una fiesta de disfraces en su palacio de Venecia, junto al Vendramín, que por aquella época del año se convertía en el casino de la ciudad. Era una reunión de
personas muy heterogéneas, desde políticos a escritores, gente de la bohemia o individuos que marcaban la pauta en el mundo de la buena sociedad; allí se reunían deportistas, tiburones del mundo de los negocios, artistas o simplemente amigos de Camila, lo cual no era poca cosa. Cada año sorprendía a sus invitados con una novedad. Alguna causó verdadero escándalo, como cuando contrató a una docena de refinadas prostitutas, que pasaron por elegantes modelos. Durante la comida que precedía al baile se fueron quitando ropa, poco a poco, hasta quedar completamente desnudas; los invitados estaban estupefactos. No era una idea original, se la había copiado a Harold Robbins, el novelista americano, famoso autor de best sellers. El escándalo fue monumental. Durante semanas no se habló de otra cosa en ciertos círculos venecianos. Algunos rumores la hacían consumidora de cocaína y la relacionaban con grupos mafiosos, pero nunca nadie había podido demostrar nada.
Camila Strozzi llegó a casa de Stefano un minuto después de las dos.
Había ordenado a su chófer que aminorase la marcha. Mejor diez minutos después que un minuto antes. El mayordomo la acompañó hasta la biblioteca. Abrió la puerta y, anunciando a la dama, la hizo pasar. Allí estaban los tres invitados: Alister MacFarlaine, Étienne Clermont-Lafargue y Karl Drexler. La conversación que mantenían quedó interrumpida y Stefano avanzó hacia ella.
–¡Mi querida Camila! ¡Cuánto honor! – Se acercó a los labios la mano que ella le ofreció con cierta languidez.
–¿Ordena algo el señor?
–Nada, Angelo, nada, gracias. Cuida de que en el comedor esté todo a punto cuando vayamos.
–Descuide el señor.
Angelo hizo una respetuosa inclinación de cabeza y se retiró cerrando tras él la labrada puerta de casetones.
Los tres caballeros saludaron a Camila con afecto medido y una estudiada consideración. Lo que en Drexler fue una ostentosa reverencia que le llevó a inclinarse desde la cintura, a la vez que sus tacones se unían en un saludo que tenía un aire prusiano, en Clermont-Lafargue se convirtió en una inclinación de cabeza y una expresiva sonrisa. Alister MacFarlaine saludó a Camila con un beso en la mejilla; era una mezcla de la flema que había aprendido en Eton y los ancestros que agitaban su sangre escocesa.
Stefano les invitó a tomar asiento. Había dos cómodos sillones de orejas, tapizados en cuero, que formaban parte del mobiliario de la biblioteca, y otros tres tipo chester tapizados en terciopelo verde, que habían sido colocados allí para la reunión. Todos esperaron a que Camila tomase asiento. Una vez más hacía gala de la fama de mujer elegante que envolvía su figura. Llevaba un traje de chaqueta verde muy claro, con botones que le subían hasta el cuello, pendientes de esmeraldas y un reloj Cartier en su muñeca.
–Antes de que pasemos al comedor creo que debo daros algunos detalles sobre la necesidad de esta reunión y la urgencia de la misma. –
Stefano no podía disimular la satisfacción que rebosaba-. Quiero, en primer lugar, daros nuevamente a todos las gracias por estar aquí; por haber acudido a mi llamada, dejando a un lado otros asuntos siempre importantes.
Pero lo que he de comunicaros, como vais a tener ocasión de comprobar, me obligaba a citaros con premura.
–¡Suéltalo de una vez, Stefano! – La sangre escocesa de MacFarlaine se había revelado con toda su energía.
–Como sabéis, nuestra hermandad nos había encomendado a las cinco personas que estamos aquí dedicar nuestro esfuerzo al descubrimiento del enigma del cura rojo. – La voz de Stefano Michelotto había cobrado un fondo de solemnidad-. Ese encargo nos llegó hace ya varios años. Eran, como todos recordaréis, las vísperas de las navidades de 1995. La razón se encontraba en que afloraban numerosos indicios sobre el intenso trabajo de varios grupos de investigadores sobre los templarios y la posibilidad de que se desvelase el secreto de la orden. Un secreto que en nuestra fraternidad ha sido tradición vincular al enigma de Vivaldi. Para acometer nuestra tarea lo único que teníamos eran las referencias históricas de que el misterio desentrañado por el cura rojo tenía alguna de sus claves en Viena, adonde había acudido y le había sorprendido la muerte. También se sabía que había enviado a Tomasso Bellini, compañero de la Fratemitas Charitatis, un texto en clave donde explicaba el misterioso descubrimiento que había realizado.
Hemos invertido mucho tiempo, mucho esfuerzo y muchos medios para encontrar una pista segura que nos condujese a nuestro objetivo. Una tras otra, no tengo necesidad de daros detalles, las hipótesis con las que hemos trabajado se han derrumbado como castillos de arena. Últimamente habíamos seguido una senda que nos hizo concebir fundadas esperanzas de
acercarnos a nuestro objetivo en las proximidades de Edimburgo. En este momento, como ya os he adelantado, estoy en condiciones de afirmar que, una vez más, nuestros esfuerzos han resultado vanos.
El silencio en la biblioteca era total, absoluto, sólo se escuchaba la agitada respiración de MacFarlaine. Las palabras de Stefano quedaban ahogadas entre las estanterías que llenaban paredes tapizadas de libros, del suelo al techo, y las pesadas alfombras que cubrían el suelo.
–Todos os estaréis preguntando que no os habré hecho venir a toda prisa para deciros que nos hemos equivocado otra vez.
Hizo una pausa para aumentar la expectación y pronunció la frase que había preparado para la ocasión:
–He descubierto nuestro fracaso porque hemos alcanzado nuestro objetivo.
–¿Qué quieres decir con que hemos alcanzado nuestro objetivo? –
MacFarlaine había fruncido el ceño.
–Muy sencillo, mi querido Alisten por una vía inesperada y desconocida hasta ayer por nosotros, ha llegado a nuestro poder el documento que encierra el enigma de Vivaldi. ¡Mi querido amigo, tenemos en nuestras manos el enigma del prete rosso!
Étienne Clermont-Lafargue se levantó del sillón chester en el que estaba sentado y mirando sin pestañear a Stefano le preguntó:
–¿Tenemos en nuestro poder el documento que nos revela el secreto de Vivaldi? – En sus palabras latía la incredulidad.
–Yo no he dicho que tengamos el documento que revela el secreto de Vivaldi, mon cher ami.
La ilusión que había apuntado en los ojos de los tres hombres se desvaneció de forma instantánea. En los ojos del anfitrión brillaba, sin embargo, una alegría que contrastaba con lo que acababa de decir. Dejó pasar algunos segundos antes de explicarse. Al hacerlo su voz sonaba tan solemne como al principio:
–Lo que he dicho es que tenemos el documento que encierra el secreto de Vivaldi, no que ese documento nos revele el secreto. Existe una notable diferencia entre una cosa y otra.
Quien ahora se puso de pie fue Drexler.
–¡Creo, Stefano, que lo mejor que podrías hacer es explicarnos con detalle todo lo concerniente a este asunto!
–Sentaos un momento, os lo suplico. Es tan simple lo que voy a deciros que sólo necesitaré unos minutos.
El francés y el alemán tomaron asiento.
–Lo que tenemos en nuestro poder es el documento; en realidad se trata de una fotocopia, donde Vivaldi dejó consignado su secreto. Ese documento está en clave y será necesario descifrarlo.
–¿Dónde está ese documento? ¿Podemos verlo? – MacFarlaine dio un largo trago a su vaso de whisky.
–Por supuesto que sí.
Stefano se levantó, se dirigió a un pequeño secreter empotrado entre las estanterías y sacó cinco copias de la partitura, cada una de ellas protegida por un plástico. Sin decir palabra, las repartió entre los presentes y se quedó con una de ellas. MacFarlaine rompió el silencio que se había hecho. Sus palabras sonaron como un bufido:
–¡Por todos los demonios del averno, Stefano, esto es una partitura!
–Una partitura en la que Vivaldi escondió su secreto. – Las palabras del paleógrafo sonaron tranquilas, con el tono de quien domina la situación.
–¿Una partitura? – preguntó sorprendido Drexler.
–¡Qué mejor forma de expresarse para un músico! – fue la respuesta de Michelotto.
–¿Cómo sabes que este papel -Camila agitó su copia- guarda el enigma del prete rosso?
–Ésa es una buena pregunta -apostilló el escocés.
Haciendo gala de una capacidad de síntesis que ponía de manifiesto las dotes pedagógicas de Stefano, éste les explicó cómo había llegado a su poder aquella partitura, la extraña música que contenían aquellas notas y la forma en que se había producido su descubrimiento.
–¡Un golpe de fortuna! ¡La suerte que durante años nos ha sido esquiva se ha aliado con nosotros! – comentó Drexler.
–¡No sé cómo no se nos ocurrió buscar en la Pietà!
¡Nuestra obsesión con los templarios nos ha llevado a París, a Rosslyn, a Rennes-le-Château!
–¿Y la clave? ¿Dónde está la clave? – preguntó Camila.
–Eso es algo secundario, querida, teniendo a nuestra disposición todo lo que Stefano sabe -afirmó MacFarlaine.
–No tenemos la clave. En ese caso ya poseeríamos el secreto.
Precisamente la joven de que os he hablado ha acudido a mí para que le ayude a desentrañar el mensaje que se esconde aquí.
–¿Cuál es el grado de dificultad para descifrar el texto? – preguntó Clermont-Lafargue.
Antes de contestar, Stefano Michelotto meditó la respuesta:
–Aunque no es mucho el tiempo que le he dedicado, apenas hace veinticuatro horas que está en mi poder, no os quepa duda de que arrancaremos el secreto que contienen esas notas. No sé cuánto tiempo tardaremos, espero que no sea mucho. Pero tened por seguro que estamos en el final de nuestro camino.
Todos asintieron con la satisfacción pintada en el rostro. Sólo las facciones de Camila eran inescrutables. Su pregunta, cuando todos se disponían a acudir al comedor para dar cuenta del almuerzo, sonó como un trallazo:
–¿Y si esto fuese falso? – Levantó su partitura.
–Eso no es posible -replicó contrariado Michelotto.
–¡Por qué no ha de ser posible! – Camila hizo la afirmación con aplomo-. ¡Esto ni siquiera es un documento original que, al menos, nos permitiese algunas certezas!
Stefano se limitó a responder que tenía plena confianza en la persona que le había hecho llegar la partitura y, un tanto recuperado de la impresión recibida, a modo de reto, dejó caer una pregunta en el aire:
–¿Qué iba a ganar esa chica viniendo a contarme una mentira?
Camila, que era un duro adversario, le replicó:
–¿Y por qué iba a venir a contártelo?
–Porque sabe que me dediqué a la criptografía, especialidad en la que hubo un tiempo fui uno de los mejores de Europa. – Al fin había encontrado Stefano un argumento ante al acoso de la Strozzi. Miró el reloj, dando a entender que la cuestión quedaba zanjada:
–Y ahora, mis queridos amigos, ha llegado el momento de pasar al comedor.
Las sombras lanzadas por Camila habían, sin embargo, sembrado la duda en el grupo.
–¿Tenemos la posibilidad de despejar las razonables dudas que Camila ha planteado acerca de la autenticidad del documento? ¿Habría alguna
forma de acceder al documento original de la partitura?
–La mayor posibilidad -Stefano contestó con desgana- se encuentra en la reunión que mantendremos mañana con esa joven que ha puesto en mis manos el documento, y con ese violinista español que fue, según os he dicho, quien lo encontró en el archivo del Ospedale de la Pietà. No creo que haya obstáculos para acceder al documento original.
–¿Tenías prevista esa reunión de antemano? – preguntó Camila.
–Estaba prevista y espero que sirva para despejar cualquier duda sobre la autenticidad de la partitura.
–¿Qué haremos con esa pareja de jóvenes? – preguntó Drexler con aire sombrío.
–Sobre ese particular hablaremos más tarde. Ahora vamos a comer.
–¿A qué hora se celebrará la reunión? – insistió Camila.
–A las diez en punto, y todos vosotros asistiréis a la misma.
La comida sirvió para relajar la tensión que había aflorado minutos antes. El comedor era una pieza alargada, muy luminosa, que daba a una de las galerías del patio central. Como toda ella, estaba amueblado con un gusto exquisito. Las paredes arrancaban con un zócalo de madera de nogal que llegaba hasta una altura de algo más de un metro. Estaba formado por paneles alargados, separados por medias columnas. El resto de la pared estaba tapizada en seda. El mobiliario del comedor era de estilo español.
Sillas y sillones con asientos y respaldos de cuero finamente trabajados y policromados.
Todo el menaje denotaba elegancia y buen gusto: sobre el mantel de hilo blanco con minúsculos bordados, cubertería de plata y vajilla de porcelana blanca, lucía una soberbia cristalería veneciana en tonos rosáceos y bordes dorados. La comida, como no podía ser menos, estaba pensada para agasajar adecuadamente a los comensales: vichyssoise, carpaccio de salmón adornado con angulas y solomillo de buey guarnecido con setas. El postre, delicadas milhojas con una leve capa de crema de vainilla. Todo acompañado de selectos vinos de la tierra.
Durante toda la comida sonaron suavemente, como música de fondo, varias de las sonatas para violín, el Concierto 121 en re mayor y el Concierto para mandolina y orquesta de cuerda, todo ello de Vivaldi.
A la misma hora que en el palazzo de Stefano Michelotto el anfitrión atendía a sus invitados, en una trattoria de la Riva degli Schiavoni, en la