El enigma Vivaldi

Peter Harris · Capítulo 16 de 28

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El enigma Vivaldi

Capítulo 16

Sólo el deseo de hacer algo que le situase por encima de aquella gentuza de guante blanco, según sus propias palabras, y el deseo de complacer a María llevaron a Lucio, una vez más, al archivo de la Pietà. María le había acompañado hasta la puerta del antiguo Ospedale y le había indicado el lugar concreto donde buscar el que ya era un codiciado objeto de deseo.

Lucio pensaba que no tenía mucho sentido lo que María le había propuesto, únicamente había estado de acuerdo en que había que hacerlo sin perder un instante. Michelotto y aquella gente empezarían a moverse, si es que no lo habían hecho ya.

–Lo que te pido no va a llevarte más de quince minutos y, como te he dicho, no sería la primera vez que alguien ha actuado de esta manera. No perdemos nada por intentarlo. Sé que la posibilidad es remota, pero será mucho más fácil que continuar esa búsqueda que tan penosa se te hace.

Además, no creo que dispongamos de muchas más oportunidades para bucear en los fondos documentales que ahí están guardados. Michelotto, si tu hipótesis es cierta, moverá los hilos de su influencia para ser él quien pueda acceder al secreto que se esconde entre esos papeles. Te esperaré paseando por aquí.

Cuando Lucio Torres subía por las marmóreas escaleras que le conducían a la buhardilla donde se ubicaba el archivo -no había tenido ningún problema con el portero, que ya era uno de sus temores- notó cómo el corazón le latía cada vez con más fuerza. La sensación empezaba a convertirse en desagradable y aumentaba su desazón cada segundo que transcurría. Por su cabeza pasaron las angustias que vivió la tarde en que salía del archivo, llevándose aquella maldita partitura. Se dio cuenta de que la causa de su inquietud estaba en las últimas palabras que María le había recalcado: «En todo caso no te olvides de la partitura».

Otra vez tendría que salir de allí en las mismas condiciones que lo había hecho anteriormente. No quería ni pensarlo, sentía cómo su cuerpo ardía y había comenzado a sudar. Se sentía francamente mal.

Estaba subiendo los últimos peldaños cuando pensó en marcharse y en por qué no había utilizado el ascensor. Aspiró aire hasta llenar los pulmones y metió la llave en la cerradura de la puerta. La confianza que le tenía el

portero se mantenía intacta. Pensó en ello como una forma de darse ánimos.

Una vez dentro del archivo logró tranquilizarse. Estuvo un rato sentado, sin hacer nada y tratando de poner la mente en blanco.

Buscó el libro de cuentas donde había encontrado la partitura y se lo llevó hasta la mesa, lo abrió y pasó las páginas que le llevaron a lo que buscaba. Allí estaba la partitura. La apartó con cuidado y se puso a leer el texto de aquellas cuentas, sin encontrar nada que le diese alguna pista. La intuición de María de que Tomasso Bellini hubiese dejado allí algún tipo de mensaje que permitiese acceder a la clave se desvanecía conforme pasaba las páginas. Sólo había dos columnas con anotaciones de contabilidad.

Dos piezas de lienzo blanco para sábanas: 4 ducados y medio.

Una arroba de sal: medio ducado.

Cuatro fundas de lona rayada para colchones: 2 ducados y cuartillo.

Cuarenta libras de galleta: 8 ducados.

Seis cuarterones de madera de pino para diversas reparaciones: 3

ducados.

El salario del porquero correspondiente al mes pasado: 4 ducados y medio.

Allí no había nada que hacer, Bellini no había dejado ninguna pista. Con el ánimo decaído, cogió la partitura, cerró el legajo y se levantó para colocarlo en su estante. Algo pasó por su mente que le llevó a detenerse y volver a su asiento. Abrió el libro por la página donde había leído los apuntes y comenzó a pasar hojas. En todas ellas se apuntaban las invariables columnas de asientos contables. Llegó a la página donde estaban las anotaciones que cerraban el mes y la firma de Tomasso Bellini. Allí había unas líneas en las que se señalaba que se cerraba los asientos correspondientes al mes de la fecha y se recogía el resumen de gastos e ingresos habidos. Presentaba un saldo negativo y se invocaba a Nuestra Señora de la Pietà para que cubriese con su manto protector a la benéfica institución. Lucio se fijó en la fecha: a 30 días del mes de septiembre del año del nacimiento de Nuestro Señor de 1741.

Entrecerró los ojos, como si aquel gesto le ayudase a pensar. El 30 de septiembre era posible que Bellini ya hubiese desaparecido. La muerte de Vivaldi había acaecido el 28 de julio. Se fijó en la firma que cerraba las cuentas de aquel mes y ¡no era la de Bellini!

Buscó en su memoria para recordar cómo había visto la partitura por primera vez y se dio cuenta de que la vio salir del libro.

¡Por lo tanto no podría determinar entre qué páginas se encontraba! Pero si Bellini desapareció poco después de la muerte de Vivaldi, probablemente eso había ocurrido durante el mes agosto, porque el maestro había muerto el 28 de julio.

Pasó un mazo de hojas hacia atrás y buscó el final de agosto. Se encontró con que aquellas cuentas tampoco habían sido firmadas por Bellini. Buscó el mes anterior y allí estaba la firma del hombre a quien Vivaldi había confiado su terrible secreto. Sin embargo, contra el pronóstico de María allí no había ningún dato que revelase algún indicio en relación con la clave de la partitura del prete rosso. Leyó el remate de las cuentas mensuales. El saldo era positivo, se invocaba la protección de Nuestra Señora de la Pietà y se cerraba con la fecha de final de mes a 30 días del mes de julio del año del nacimiento de Nuestro Señor de 1741.

No había nada que hacer. María había tenido una intuición, pero había quedado sólo en eso. Había pensado que Bellini, siguiendo los dictados de la Fraternitas Charitatis, habría dejado alguna pista para que se pudiese buscar la clave. Pero no había sido así. Lucio cerró, desilusionado, el voluminoso libro de cuentas, cogió el legajo y lo colocó en el estante correspondiente. Echó una mirada a los legajos con un fondo de nostalgia.

Tenía consciencia de que era difícil que volviese por aquel lugar, donde había vivido momentos de fascinación y otros muchos de tedio. Tomó la partitura en sus manos y se la guardó en el bolsillo. Con ella en su poder, tal vez, podrían meter baza en la partida que, sin duda, estaba jugando Michelotto. Pensó también en el trago que iba a pasar hasta que se viese en la calle; sólo el amor que sentía por María le daba fuerzas para repetir tal cosa.

Cerró la puerta del archivo y comenzó a bajar las escaleras lentamente, como si temiese llegar al final de las mismas. Otra vez le invadió ese acaloramiento que le indicaba el aumento de una tensión difícil de controlar, notó como comenzaba a sudar y un temblorcillo en las manos. Si el temblor aumentaba, cuando llegara al vestíbulo parecería un azogado.

Decidió sentarse en uno de los escalones. Trató, una vez más, de poner la mente en blanco, algo que hacía poco rato había sido un bálsamo para su agitado espíritu, pero no podía. Pensó en la última firma de Tomasso Bellini

como patrono mayor de la Pietà. Tuvo una sacudida, su cerebro le estaba avisando de algo. Dio un tirón y se puso de pie. ¡Cómo no se había dado cuenta! ¡Cómo una mente tan analítica como la suya no se había percatado de algo tan importante como aquello! Subió los peldaños de dos en dos.

¡Era posible que María llevase razón!

Entró en el archivo, cogió el libro de cuentas de 1741 y buscó ávidamente la página donde se cerraban las correspondientes al mes de julio.

A 30 días del mes de julio del año del nacimiento de Nuestro Señor de 1741.

¡Allí estaba la clave!

Buscó las páginas en que concluía cada mes: 31 de diciembre, 31 de enero, 28 de febrero, 31 de marzo, 30 de abril, 31 de mayo, 30 de junio, 30

de julio…

¡Julio tiene treinta y un días! ¿Por qué Tomasso Bellini había cerrado las cuentas un día antes de acabar el mes? ¡Allí estaba la clave que Bellini, a su vez, había dejado para llegar a la clave que permitiría desentrañar el enigma del cura rojo! ¡Malditos venecianos! ¡Allí nada era lo que parecía ser y nada estaba nunca claro, sino que se hacía necesario interpretarlo!

Pero ¿qué indicaba aquel 30? ¿Dónde tenía que buscar?

Reparó en que los folios del libro de cuentas estaban paginados. ¿Tal vez la página 30? Buscó presurosamente, pero allí no había nada. En la página de la izquierda apuntes de gastos y en la derecha apuntes de ingresos. El color de las anotaciones era marrón, pero de intensidad muy diferente, en función de la cantidad de tinta que en cada momento tuvo el cálamo, y los trazos muy fuertes. Como en tantas otras páginas las anotaciones correspondientes a los ingresos eran mucho menores y más de la mitad de la página estaba en blanco.

¡Bellini estaba indicando otra cosa que no era la página 30 con aquel número! Pero si no era la página, ¿qué podía ser?

–¡Maldito Bellini! – Lucio se dio cuenta de que había maldecido en voz alta.

Mientras, intentaba buscar la explicación al número 30. Le llamó la atención que la parte de página sobrante estuviese en blanco porque había observado que las partes que quedaban en blanco por el desfase del número de asientos contables eran inutilizadas con unas líneas ondulantes de arriba

abajo, como forma de evitar que se anotasen datos posteriormente. Pero aquélla había quedado en blanco. Acarició distraídamente el papel y notó en las yemas de sus dedos el grosor de la tinta. Sus dedos recorrieron también el papel en blanco. Notó algo extraño. Miró el folio y lo volvió a acariciar, ahora con una clara intención: comprobar que la sensación percibida por su tacto no había sido una ilusión. Pasó los dedos varias veces, con mucha suavidad, por el papel y confirmó que en la parte que estaba en blanco presentaba al tacto la existencia de unos trazos. ¡Pero allí no había escrito nada!

¿No había escrito nada?

Recordó haber leído en alguna parte o ¿tal vez se lo había oído decir a María? ¡No, se lo había escuchado a Michelotto: para ocultar mensajes se utilizaba una tinta invisible! Una tinta que tenía un nombre especial que ahora no recordaba. Pero sí recordaba que para hacerla visible era necesario pasar por la escritura zumo de limón.

A Lucio se le iba a salir el corazón por la boca. ¡María estaba en lo cierto! ¡Bellini había dejado una pista que, sin duda, conduciría hasta la clave! ¡Había descubierto la pista, pero no podía acceder a ella en aquellos momentos en que el tiempo corría en su contra!

¡Zumo de limón! ¿Dónde podría encontrar zumo de limón?

No sabía de cuánto tiempo dispondría porque tenía la convicción de que Michelotto estaba dando los pasos necesarios para acceder al archivo, pero no le quedaba más remedio que conseguir un limón. Necesitaba un vulgar limón. Sacó la partitura que guardaba en su bolsillo y la metió en el libro por página diferente a la 30 -todas las precauciones en las circunstancias en que se encontraba le parecían pocas-. Marcó el número del móvil de María y le dijo, sin mayores explicaciones:

–María soy yo, necesito un limón.

–¿¡Qué dices!?

–¡Que necesito un limón! ¡No pierdas tiempo! ¡Trata de conseguirme uno mientras bajo! ¡Por ahí cerca habrá una frutería, digo yo!

–Pero ¿para qué quieres…? – Se quedó con la palabra en la boca porque se había cortado la comunicación.

María aguardaba paseando calle arriba y calle abajo, curioseando en los escaparates para matar el tiempo y disimular la espera. Buscó con la vista

una frutería, pero no veía ninguna. Tras curiosear en el escaparate, entró en la tienda y preguntó a la dependienta.

Había una, dos bocacalles más arriba, a la izquierda. María caminó lo más deprisa que pudo. La estrecha falda que llevaba, por debajo de las rodillas -elegancia a tono con Michelotto-, no le permitía correr. Llegó a la frutería y compró dos limones, que pagó a un precio exorbitante, porque no se esperó a recoger el cambio. Sabía que la búsqueda que estaban realizando era contra el reloj. Pensó en la razón por la que Lucio le había pedido un limón y llegó a la conclusión, mientras regresaba a la puerta del viejo Ospedale della Pietà, que aquello era una buena señal. Cuando divisó a Lucio que la esperaba impaciente, cayó en la cuenta de por qué necesitaba un limón. Había descubierto algo que estaba escrito con tinta simpática.

–¿Qué has encontrado? – le preguntó con ansiedad.

–Creo que hemos atrapado al maldito Bellini, pero no puedo perder un instante. ¡Dame el limón! ¡Creo que tardaré poco!

–¿No puedes decirme nada? – María estaba ansiosa.

–¡Lo que no puedo es perder tiempo!

Cuando se volvía para entrar en el edificio, María no pudo contenerse:

–¡Ten cuidado! ¡No dejes ninguna pista!

Sin volverse, Lucio asintió con varios movimientos de cabeza, en señal de que había recibido el mensaje.

Cuando llegó a la buhardilla que albergaba el archivo se dio cuenta de que con los nervios y las prisas no se había procurado ningún instrumento cortante. Partió el limón utilizando la hebilla del cinturón. Fue suficiente, porque el jugo de la fruta empezó a gotear sobre el papel. Valiéndose de una cuartilla, lo extendió por la superficie, blanca de la página y como por arte de magia las palabras fueron tomando cuerpo. En muy poco tiempo había aparecido un texto en el que podía leerse lo siguiente: La clave para descifrar el mensaje del frater Vivaldi, contenido en la partitura que podrá hallarse entre las páginas de este libro, se encuentra bajo la protección de los santos Giovanni e Paolo, bajo los pies de san Sebastiano y oculto por san Vincenzo Ferreri, gracias a mi antepasado. Que Dios Nuestro Señor perdone mis pecados y tenga piedad de mi alma.

–¡Vaya galimatías! ¡Maldito Bellini!

Lucio copió en un papel aquel texto. Antes de cerrar el libro recordó las últimas palabras de María: «¡No dejes ninguna pista!». Aunque no era fácil

llegar a aquel texto, si él lo había conseguido cualquier otro podía hacerlo y Michelotto no era cualquier otro. Además, él había facilitado la labor a otros buscadores al poner al descubierto lo que Bellini había dejado oculto.

No sabía qué hacer para llevar a la práctica el consejo de María. En aquel momento sonó el móvil. El sonido le indicó que era María quien le llamaba. No pudo contener una exclamación:

–¡Será impaciente!

Pulsó la tecla y le soltó un:

–¡No seas impaciente, amor mío! ¡Bajaré en cuestión de minutos!

–¡Escúchame, Lucio! ¡Michelotto y otros tres tipos a quienes no conozco acaban de entrar en la Pietà! Por lo que puedo ver están hablando con el portero. ¡Tienes el tiempo justo para marcharte! ¡Corre!

–¡Escúchame con atención! ¡No cierres el teléfono y dime cuándo cogen el ascensor!

Sin pensárselo mucho, Lucio tachó con bolígrafo, hasta hacerlo ilegible, el texto escrito con la tinta simpática. Luego, guardó en su bolsillo la partitura y el papel donde había copiado el texto de Bellini. Cerró el legajo y lo colocó en su sitio, con mucha dificultad al hacerlo con una sola mano; con la otra sostenía el teléfono pegado a la oreja. Justo cuando terminaba, escuchó la voz de María:

–¡Lucio, están entrando en el ascensor! ¿Qué es lo que haces? –

preguntó angustiada.

–¡Espérame abajo! – gritó al teléfono y lo cerró.

Salió rápidamente y vio que el ascensor venía por la cuarta planta. Cerró la puerta y se lanzó escaleras abajo, procurando no hacer ruido. Había bajado el primer tramo, cuando oyó el chasquido del ascensor al detenerse.

Siguió bajando peldaños, que le alejaban del peligro, mientras oyó abrirse la puerta y palabras sueltas de la conversación de Michelotto y sus acompañantes. Cuando sintió golpear en la puerta del archivo, había bajado dos tramos más de escalera. Un grito maldiciéndole llegó a sus oídos cuando estaba llegando a la planta baja. El portero no estaba allí, eso significaba que había subido acompañando a Michelotto. Eso se llamaba tener suerte. Dejó la llave sobre la mesa de la portería y salió a toda prisa.

En la calle, María le aguardaba en la acera de enfrente, cruzó sin mirar y la cogió de la mano. Se perdieron por la primera bocacalle. Habían logrado escapar por segundos, pero eran conscientes de que en Venecia había pocos

rincones seguros para ellos. Se alejaban con toda la rapidez que les permitía la falda de María y con la discreción de que debían hacer gala. ¡No dejar pistas! ¡No llamar la atención!

Decidieron acudir al Bucintoro para coger lo preciso y buscar un lugar seguro. Mientras caminaban, cogidos de la mano, María preguntó:

–¡Dime qué has encontrado, por favor, no aguanto más la incertidumbre!

–Tenemos la partitura original y he localizado un mensaje de Bellini, en el que indica el lugar donde está la clave.

A María se le iluminó la cara y dio un apretón en la mano de Lucio.

–¡Lo hemos conseguido! ¡Vamos a conocer el secreto de Vivaldi!

Llevaba razón cuando estaba segura de que Bellini había recibido la clave de Vivaldi y por alguna razón no quiso compartir con sus compañeros de la Fraternitas Charitatis aquel secreto. ¿No crees que tiene que ser algo extraordinario para que actuase de ese modo?

–Supongo que sí. Pero vete a saber qué era algo extraordinario para un individuo del siglo XVIII. Tal vez ahora nos parezca un juego de niños.

Siguieron caminando y Lucio, sin detenerse, giró la cara y la miró.

Estaba radiante, transformada. Aunque no quería desilusionarla, Lucio creyó que debía decírselo todo.

–No cantes victoria tan pronto. Sois una gente enigmática y complicada.

–¿Por qué me dices eso?

–Porque Bellini nos ha dejado, a su vez, otra clave para llegar a la de Vivaldi.

–¡No me lo puedo creer!

–¡Pues créetelo, porque es la pura verdad!

–¿Qué dice esa clave?

–María, amor mío, bastante he hecho con copiarla y tacharla para que quien la busque no pueda encontrarla.

–¿Qué es lo que has tachado?

–La clave de Bellini. El muy zorro la había escrito con tinta invisible…

–¡Para eso querías el limón!

–Para eso precisamente.

–¿Y lo de tacharla?

–He seguido tu consejo: ¡no dejar ninguna pista! ¿Lo recuerdas?

–Sí, ¡pero tacharlo!