El enigma Vivaldi

Peter Harris · Capítulo 27 de 28

Páginas del PDF

El enigma Vivaldi

Capítulo 27

creo que algunos de ellos, como ese Licci, están completamente perturbados.

Capítulo 27

La Caravella era uno de los mejores y más elegantes restaurantes de Venecia. La decoración recreaba el ambiente de los antiguos barcos de vela, aquellos que dieron el poder naval a Venecia cuando dominó buena parte del Mediterráneo. La noche era fresca, pero no fría. Lucio y María llegaron a la hora prevista, iban vestidos elegantemente, pero informales.

Preguntaron por una reserva a nombre de Guido Ranucci; el mâitre les acompañó hasta donde ya aguardaba el párroco a quien acompañaba otra persona. Era un reservado, alejado de miradas y oídos indiscretos. Al verles llegar se pusieron de pie. El párroco hizo las presentaciones.

–Eminencia, esta joven tan atractiva es María del Sarto, el señor es Lucio Torres, un músico español que visita la ciudad.

María sintió la fuerza de una mano cálida cuando el cardenal la cogió suavemente para besarla. La voz de aquel hombre era envolvente, seductora.

–Encantado de conocerte, María -monseñor estrechó después la mano de Lucio y le saludó amable-, bienvenido a Italia, señor Torres.

Después Ranucci, haciendo un gesto cortesano, les presentó a su acompañante.

–Tengo el placer de presentaros a su eminencia el cardenal Giambattista Gambini, máximo responsable de los Archivos y Bibliotecas del Estado Vaticano.

–Llámenme Battista, mis queridos amigos.

Retiró la silla donde iba a sentarse María y la empujó suavemente; cuando la joven se asentaba, hizo un movimiento perfecto.

El aspecto del prelado era imponente. Tendría poco más de sesenta años, en todo caso muy bien llevados. Mediría cerca de uno noventa, conservaba intacto el pelo, blanco grisáceo, que peinaba hacia atrás con ligeras ondulaciones. Tenía el mentón cuadrado, unos penetrantes ojos negros y estaba perfectamente rasurado. Su piel, broncínea, apenas tenía señaladas algunas arrugas en la frente. Vestía un impecable traje gris marengo y en los puños de su camisa, azul muy pálido, había unos gemelos

de oro en cuyo centro relucía una punta de brillante; eran discretos, pero señalaban el poder de su dueño. La corbata, de seda italiana, tenía unos diminutos dibujos de un azul más intenso que el suave tono del fondo. Todo en él era elegante: sus ademanes, la forma de sentarse, hasta la manera en que desdoblaba la servilleta para ponérsela sobre las piernas. Su aspecto emanaba poder, su presencia imponía y abrumaba.

–Quiero agradeceros vuestra amabilidad por aceptar la invitación de Guido -se refirió al párroco por su nombre- de compartir mesa con nosotros.

–El placer es nuestro -le respondió María con un hilo de voz.

En aquel momento el mâitre se acercó solícito y pidió permiso para ofrecerles lo mejor de la carta. Ponderó una pasta con salsa de cangrejo, una especialidad típicamente veneciana, y unas gambas al Oporto. Las sugerencias tuvieron eco en María, Lucio y Ranucci. Pero el cardenal pidió un carpaccio de salmón y un filete de pechuga de poularda con queso gratinado y espinacas. El vino elegido, por sugerencia del purpurado, fue un afrutado Padano.

Acabadas las cuestiones de intendencia, Ranucci planteó la causa de aquella cena. Lo hizo en forma de breve resumen, ya que todos estaban más que informados acerca del asunto que allí les había convocado. Terminó con unas palabras de disculpa hacia María y Lucio.

–Lamento haber hecho uso de una argucia para obtener tu número de teléfono, pero de alguna forma tenía que conseguir una manera fácil de ponerme en contacto contigo.

María aceptó las excusas.

–También yo tengo que dar una explicación de mi presencia aquí en vuestra grata compañía. – La voz de Gambini sonaba envolvente, diplomática-. Su Santidad, personalmente, me ha encargado esta misión que, estoy seguro, concluiremos de forma satisfactoria para todos.

«El mismísimo Papa está al tanto de todo esto», a María le dio un escalofrío sólo pensarlo.

–Desde hace más de dos siglos la Iglesia tiene conocimiento de la existencia de un misterioso secreto -el cardenal hablaba con un italiano perfecto, no tenía una entonación concreta, sonaba armonioso, como música- relacionado con Antonio Vivaldi. Nuestro deseo ha sido siempre que ese secreto hubiese permanecido por los siglos de los siglos como tal.

Pero la divina providencia y los avatares de la vida -miró a Lucio- no han

querido que sea así. En todo caso, nuestro deseo sobre el mantenimiento del secreto no ha variado un ápice por el hecho de que en estos días se hayan producido ciertos acontecimientos.

–¿Con la expresión «ciertos acontecimientos» se refiere su eminencia al descubrimiento de la partitura y la clave que permite descifrarla? – preguntó Lucio desafiante.

–Battista, Lucio, llámame Battista.

–Excusadme, eminencia, pero me cuesta…

El cardenal esbozó una sonrisa condescendiente.

–Es una forma de denominar el extraordinario descubrimiento que has realizado. Como iba diciendo -continuó Gambini-, el más ferviente deseo de Su Santidad, así me ha encargado que os lo transmita, es que el secreto se mantenga inalterable. Estamos aquí reunidos para determinar la manera más adecuada de que el deseo del Santo Padre pueda cumplirse. Ahora, mis queridos amigos, me gustaría escuchar cuál es vuestro punto de vista sobre este asunto.

Tras aquellas palabras se hizo un breve silencio, que María rompió:

–¿Podría su eminencia responderme a una pregunta?

–Es posible. – Gambini acompañó su respuesta de una halagadora sonrisa.

–¿Aunque cometa su eminencia una indiscreción?

–Hija mía, no hay respuesta indiscreta, sino pregunta impertinente.

María comprendió que con aquel hombre era difícil sostener una controversia.

–¿Conocía la Iglesia el secreto del prete rosso?

El cardenal clavó sus brillantes ojos en la joven veneciana. Aquella mirada, que seduciría a la mujer más templada, era, sin embargo, una mirada cuyo fondo tenía algo de inquietante. María sintió miedo. Estaba arrepentida de haber hecho la pregunta y, por un instante, deseó desaparecer, pensó que debajo de la mesa estaría mejor.

La voz del prelado sonó más cálida que nunca.

–Mi querida María, voy a contarte una historia que deberás olvidar, también nuestro amigo Lucio deberá no acordarse de ella nunca más, y que ocurrió hace muchos años. Exactamente, doscientos sesenta y dos. – Las cabezas de los dos jóvenes se convirtieron por un instante en máquinas de calcular: 2003 menos 262 eran 1741. ¡1741, el año…!-. Un correo llegó al

palacio papal procedente de Venecia. El jinete y la cabalgadura estaban exhaustos. El mensajero llevaba una carta de un prócer veneciano para Su Santidad Benedicto XIV, que hacía poco que había subido al solio pontificio, y unas instrucciones muy precisas: sólo la depositaría en las manos del propio Papa. Hubo dudas, disputas y opiniones encontradas sobre si se accedía a una petición como aquélla. Así pasaron dos días. Al final, aunque era algo inaudito, por insólito, se decidió acceder. Se tomaron todas las medidas de seguridad que la época permitía: dos guardias escoltaron al mensajero, que accedió a que la entrega se efectuase ante el Papa, pero sería un miembro de la curia quien tomase el pliego y se lo entregase al Santo Padre, los guardias tendrían las espadas desenvainadas.

Ni el curial ni el Papa se quitarían los guantes para evitar un envenenamiento por contacto con el papel. Algunos de los que se habían mostrado contrarios argüían que todo podía ser una añagaza para atentar contra la vida del Sumo Pontífice. Así fue como el mensajero pudo ser recibido por Benedicto XIV, quien, de esa forma, recibió el mensaje que el prócer veneciano le enviaba y lo leyó. Por cierto, no os he dicho el nombre de ese prohombre: se llamaba Tomasso Bellini. ¿Os suena de algo? – Una sonrisa maliciosa apareció en la boca del cardenal.

»El conocimiento del contenido de la carta produjo en Benedicto XIV

tal conmoción que sufrió un desmayo. Muchos creyeron que había sido envenenado por algún procedimiento desconocido hasta entonces y que el veneno estaba en aquel papel; de los venecianos de aquella época podía esperarse cualquier cosa. En realidad, el veneno del papel era de otro tipo.

La causa de aquel desmayo, que nadie conocía realmente, fue muy comentada en los círculos vaticanos. Se explicó como una consecuencia de los excesos penitenciales de Su Santidad, quien, una vez repuesto, ordenó reunir al grupo de curiales que constituían el núcleo de gobierno de la Iglesia en aquel momento, seis cardenales, y se encerraron en su gabinete privado. Les hizo jurar, uno por uno, ante unos evangelios, poniendo en juego la salvación de su alma, que ninguno de ellos, jamás, sacaría a la luz lo que iba a revelarles en el más alto de los secretos. Todos juraron, dando como prenda el destino de sus almas en la vida eterna. Sólo entonces Benedicto XIV les confió el contenido de aquel mensaje. El secreto se ha mantenido como tal hasta hoy, en el sentido de que no ha sido divulgado.

Aquellos hombres de Dios mantuvieron su juramento.

–¿Cómo se sabe, entonces, que el Papa les hizo jurar y por qué juraron?

– Lucio creyó haber cogido en una incongruencia a Gambini.

–Eso, hijo mío, sí lo contaron porque no formaba parte del secreto. – La voz del purpurado era templada-. Acordaron, además, que la carta fuese guardada en los fondos secretos del Archivo Vaticano, con la denominación de intocabile. A lo largo de estos doscientos sesenta y dos años sólo los máximos responsables de custodiar los secretos que se guardan en el Archivo Vaticano, cuando acceden al cargo, bajo un juramento especial, y los Papas, al vigésimo día de haber accedido al pontificado, según una norma no escrita, pero que se convirtió en tradición de obligado cumplimiento que se ha mantenido desde entonces de forma inexorable, han tenido conocimiento del contenido de la carta enviada por Tomasso Bellini al papa Benedicto XIV.

–¿Conoce su eminencia el contenido de esa carta? – A María la pregunta se le había venido a la boca.

–Lo conozco. Y para que no me preguntes el porqué o el cómo te lo diré ya, porque, como ha dicho Guido, soy el responsable de los Archivos Vaticanos. Añadiré que, poco después de que en Roma se recibiese aquella carta, una misión diplomática vaticana, en la que iban catorce expertos bibliotecarios, se desplazó hasta Viena y, con un especial permiso de la emperatriz María Teresa, a la que se prometió apoyo en su lucha contra Federico II de Prusia, investigaron en la Biblioteca Imperial. Desde entonces, el llamado Libro de las Edades está también bajo custodia especial en el Archivo Secreto Vaticano.

Lucio y María no acababan de salir de su asombro. Estaban paralizados.

A pesar de ello a la joven le quedó resuello para hacer una pregunta muy dura:

–¿La Iglesia conoce desde entonces la verdad sobre lo que realmente aconteció en torno a la muerte de Cristo?

Gambini la miró de hito en hito.

–La Iglesia no, hija mía, un puñado de hombres.

–Un puñado de hombres entre los que se encuentran todos los que la han dirigido y gobernado desde entonces, con prerrogativas excepcionales para ejercitar sus funciones -respondió Lucio suavemente.

–Un puñado de hombres que han llevado sobre sus espaldas un peso terrible, pero que eligieron el menor de los males -respondió Gambini-. Para

varios de ellos resultó tan insoportable, que no lo resistieron y en vuestra mente, tal vez, estará presente alguno de los que no pudieron. – El cardenal mojó sus labios en el vino de su copa-. Para otros, sólo se trata de un texto, de una versión, de un libro cuyo contenido es discutible, de algo sin más sustento que un escrito que se relaciona con la herejía de que se acusó a los templarios. Frente a ello todo el poder de Roma.

En aquel momento dos camareras llegaron con los primeros platos.

–Estas señoritas no podían llegar en mejor momento -las saludó Gambini a la par que les dedicaba una espléndida sonrisa, haciendo gala de su saber de hombre de mundo. Cuando se hubieron retirado, comentó-: Mientras comemos olvidad esa historia que, como habréis comprobado, es una de las muchas fantasías que se rumorean acerca del contenido de los fondos secretos del Archivo Vaticano.

Ni María ni Lucio podían comer.

–Exactamente, ¿qué es lo que quiere su eminencia de nosotros? –

preguntó Lucio.

Gambini soltó el cubierto, se limpió los labios con la servilleta y dio un pequeño sorbo a su copa de vino.

–Tomasso Bellini fue un buen hombre y un buen cristiano. La historia cuenta que cuando tuvo conocimiento del contenido del mensaje que Vivaldi le había hecho llegar, sufrió una terrible crisis de conciencia. El secreto que escondía la partitura era terrible. Tan terrible que decidió no compartirlo con sus hermanos de la Fraternitas Charitatis. Pero creía en la misión encomendada a los miembros de dicha hermandad. No compartió el secreto, pero no lo destruyó. Tomó la decisión de ocultarlo de manera que no resultase fácil su localización y menos aún la posibilidad de descifrarlo.

Lo dejó en manos de la providencia. – Gambini bebió otro sorbo de vino y continuó-: Como buen cristiano decidió también poner en conocimiento del Papa el terrible secreto que había alcanzado a conocer, pero como buen miembro de su hermandad no reveló dónde estaba el documento que contenía el secreto que Vivaldi había descubierto. Sólo reveló en su carta al Papa la existencia del Libro de las Edades y el lugar donde Vivaldi lo había localizado. Lo que nosotros queremos es que todo siga como ha estado estos doscientos sesenta y dos años, y para ello necesitamos tener en nuestras manos la partitura y la clave que obra en vuestro poder.

–Lo que nos pide, sencillamente, es que le entreguemos la partitura y la clave, supongo que para guardarla junto con la otra documentación en el Archivo Secreto del Vaticano, bajo siete llaves -señaló María.

–Llámalo de esa forma. Pero yo añadiría algo más.

–¿Algo más?

–La Iglesia siempre ha sido generosa con quienes han mostrado su colaboración con ella. Además puede brindaros su apoyo para hacer frente a una situación como la que os encontráis en este momento.

–No acabo de entenderos, eminencia.

–Es muy sencillo, María. En este momento las dos ramas de la Fraternitas Charitatis saben que esa… esa…, llamémosla documentación, está en vuestro poder. ¿Creéis que van a cejar en su empeño para apoderarse de ella? Os puedo asegurar, sin temor a equivocarme, amigos míos -miró alternativamente a Lucio y a María-, que no os dejarán tranquilos un instante hasta que hayan conseguido su objetivo, y es bueno que sepáis que están dispuestos a cualquier cosa con tal de conseguirlo. Nosotros podemos hacer que una de las facciones se olvide por completo del asunto.

–¡Los beatos! – exclamó Lucio.

Gambini no pudo evitar una sonrisa.

–Exacto. Por lo que respecta a Michelotto y compañía, que son gente poderosa, podemos brindaros protección. Cuando sepan que no tenéis lo que ellos desean, habrán perdido todo el interés por vosotros. Si están dispuestos a hacerse con la partitura y la clave, tendrán que vérselas con nosotros. Las fotocopias que tienen no les sirven para nada. ¿Por otro lado…? – El cardenal dejó la pregunta en el aire y dio otro sorbo a su vino.

–¿Por otro lado, eminencia? – Gambini había aguardado hasta que María le formuló la pregunta.

–Ya os lo he dicho antes, la Iglesia es generosa con quienes colaboran con ella. En resumen, además de quitaros un problema de encima, esa documentación es… es… ¿cómo diría yo? Una cuestión intocable. Exacto, intocable es la palabra. Podríamos cerrar un acuerdo que fuese beneficioso para ambas partes.

María tenía cada vez más claro que la propuesta del cardenal era una fórmula excelente para quitarse aquel problema de encima. Por otra parte,

¿qué podían hacer ellos con aquella partitura y la clave que la desentrañaba? ¿Venderla a algún medio de comunicación de carácter

sensacionalista? Tal vez estarían dispuestos a pagar una bonita suma porque una revelación como aquélla desencadenaría un escándalo y es posible que tuviese consecuencias imprevisibles, aunque María sabía de sobra que la Iglesia había capeado temporales muy fuertes. Al propio Gambini no le había temblado la voz cuando le había dicho que, al fin y al cabo, lo que tenían no era más que un papel. Sin embargo, su interés era muy grande, como ponía de manifiesto el que una persona como Gambini estuviese cenando con ellos.

En el pequeño reservado sólo se escuchaba ahora el tintineo de los cubiertos sobre los platos. Cuando el cardenal terminó con su carpaccio, colocó su cubierto sobre el plato, la pala y el tenedor juntos y perpendiculares a él. Estaba esperando la pregunta de alguno de los dos jóvenes. Para ganar unos instantes, se limpió los labios con la servilleta y bebió agua.

–¿Cuál es su oferta? – preguntó María.

Gambini la miró a los ojos y esbozó una sonrisa, casi imperceptible. Era la sonrisa de un triunfador.

–Más que una oferta yo os pediría que vosotros nos hicieseis una propuesta.

María se encogió de hombros y miró a Lucio. Estaba, una vez más, desconcertada. Aquel hombre le ganaría todas las batallas que sostuviese con él. Si el Vaticano tenía que dar una imagen de poder, Giambattista Gambini era el modelo.

En franca retirada, María pidió una tregua.

–¿Tiene que ser ahora? – preguntó.

–Podemos terminar la cena, Guido y yo subimos a la terraza del restaurante y gozamos de la vista nocturna de Venecia y de la brisa del Adriático, mientras vosotros decidís… Aunque pensándolo mejor, vosotros subís a la terraza y contempláis el panorama, os aseguro que es espléndido, y nosotros aguardamos aquí. No hay prisa, podéis tomaros todo el tiempo que necesitéis, La Caravella está abierta hasta la madrugada.

Gambini tenía razón. El panorama que ofrecía la terraza era espectacular. Podía verse, tenuemente iluminada, la fachada de San Marcos y parte de la piazza. A la derecha, muy cerca, las dos blancas cúpulas de Santa María de la Salud, obra del veneciano Baltasar Longhena. Un poco más lejos, iluminada en medio de la oscuridad de las aguas, resaltaban las

luces de San Giorgio Maggiore. A la izquierda quedaba el Gran Canal, que podía verse como una serpiente iluminada.

Era una lástima que el estado en que se encontraban no les permitiese disfrutar de aquella visión como se merecía.

–¿Qué piensas de lo que nos ha contado Gambini? – preguntó María, arrimando su cuerpo al de Lucio.

–Si ayer me hubiesen dicho que alguien nos podía quitar de encima a los de la Fraternitas Charitatis, hubiese hecho cualquier cosa que estuviese a mi alcance, incluido el desprenderme de la partitura y la clave, por conseguirlo.

–¿Por qué dices ayer?

–Porque creo que somos ambiciosos por naturaleza. Hoy, cuando nos ofrecen una posibilidad real de conseguirlo, ya no me conformo con alejar el problema. – Giró la cabeza y miró a María a los ojos-. De todas formas, lo que a mí me interesa verdaderamente lo tengo aquí… -Y le dio un largo beso.

María se estrechó contra él para sentir el calor de su cuerpo.

–Es posible que estemos dejando pasar una oportunidad única de pedir lo que ni siquiera nos atrevemos a soñar -los ojos de María brillaban de una forma especial-, pero desde hace rato no dejo de pensar que lo mejor es que entreguemos a Gambini la partitura y la clave, y que ellos se las arreglen con los de la Fraternitas Charitatis. La tranquilidad en la vida es algo que no tiene precio. Si estás de acuerdo, bajamos y le decimos que mañana mismo le haremos la entrega, que no queremos nada a cambio. ¿Qué me dices?

Lucio no necesitó ni un segundo para responder:

–Que estoy de acuerdo. No sé si algún día nos arrepentiremos de lo que vamos a hacer, pero ahora creo que es lo mejor.

–¿De veras no quieren nada por entregarnos la partitura y la clave? – El rostro de Gambini reflejaba perplejidad, pero en sus ojos se podía percibir un fondo de gratitud.

–Ésa es nuestra decisión, eminencia. No queremos nada. Sólo que nos prometa que la Fraternitas Charitatis sólo será un recuerdo en nuestras vidas.

–Podéis tenerlo por seguro. – El aplomo y la fuerza de las palabras del cardenal eran una especie de certificado de garantía de su promesa.

–Sólo queda un pequeño problema -señaló María.

–La partitura no es nuestra, como tampoco lo es la clave. El caso de la clave, estando aquí el padre Ranucci, está resuelto. Él es el párroco de Zanipolo.

Guido Ranucci asintió con la cabeza.

–Pero la partitura pertenece al archivo del Ospedale della Pietà. La tenemos por una deferencia especial del comisario Aldo Tarquinio a quien hemos de devolvérsela en unos días, según le habíamos prometido, para que de nuevo la depositara allí.

Una vez más la sonrisa asomó a los labios del cardenal.

–No os preocupéis. Ese archivo pertenece a la Iglesia, aunque parte del edificio esté siendo usado por un organismo del Estado. El Ospedale della Pietà era una fundación eclesiástica. Nosotros nos encargaremos de solucionarlo todo. ¿Cómo has dicho que se llama ese comisario?

–Aldo, Aldo Tarquinio, eminencia.

Gambini anotó en un pequeño bloc el nombre.

–El propio comisario os dirá que todo está arreglado, mañana mismo.

–En ese caso -indicó Lucio- podemos vernos mañana a las diez de la mañana en Torcello. Si a su eminencia le parece bien, le estaremos esperando a esa hora en el comedor del Locanda Cipriani. Su eminencia pagará el desayuno.

Gambini pensó un momento.

–Lo siento mucho, pero no podrá ser a las diez de la mañana, asuntos de gran interés me lo impiden. Si os parece bien en el mismo sitio, pero a las nueve de la noche. En lugar de un desayuno, será una cena y, por supuesto, corre de mi cuenta. ¿Algún inconveniente?

–Ninguno -contestó María-. A las nueve en el Locanda Cipriani.

Tomaron una última copa y charlaron sobre los días pasados. Ahora lo hacían distendidamente, pero los momentos de angustia habían sido horribles.

María y Lucio pasaron el día encerrados en la casa de Torcello. Aldo y Giulietta se habían marchado por la mañana, después de que los jóvenes les contasen, con pelos y señales, la cena con Gambini y la decisión que habían tomado. El comisario afirmó que era una sabia decisión y Giulietta no cabía en sí de gozo.

Aldo Tarquinio, sin que María y Lucio lo supieran, ordenó que se montase un discreto servicio de vigilancia. No quería sorpresas desagradables. Le había sorprendido el hecho de que el cardenal alegase asuntos urgentes para posponer la entrega de la partitura y la clave.

«¿Qué podía haber más urgente que hacerse cargo de aquellos papeles?», había dicho cuando la pareja se lo contó.

Aunque no lo dijo, el asunto no le daba buena espina.

María y Lucio estuvieron tensos todo el día, aguardando a que llegaran las nueve. Hicieron el amor dos veces y comieron poco. Ninguno de los dos, por causa de la excitación, tenía apetito. También a ellos les había resultado extraño cuando Gambini les dijo que le era imposible citarse por la mañana, pero no le dieron mayor importancia. Cuando Aldo mostró su sorpresa, una especie de temor se apoderó de ellos.

A las seis de la tarde sonó el teléfono móvil de María. Se temieron lo peor.

–¿Diga?

»¡Hola, Aldo! ¡Qué susto me has dado!

»Estupendo, estupendo. – María tapó el micrófono del teléfono y le dijo a Lucio-: Dice Aldo que ya está resuelto todo lo del archivo de la Pietà.

–Muy bien, muy bien. Me parece magnífico.

–Adiós, adiós. Muchas gracias por llamar.

–Gambini ha cumplido su palabra. Ha llegado un fax a la comisaría resolviendo el asunto.

A las nueve menos diez salieron de la casa, estarían en Cipriani en pocos minutos porque el hostal estaba muy cerca. Cuando llegaron, Gambini y Ranucci les estaban aguardando. Verlos hizo que desapareciese parte de la tensión.

El cardenal había reservado una mesa en uno de los pequeños comedores individuales del establecimiento. El dueño, que los recibió personalmente, les dijo que aquel comedor era el preferido de Ernest Hemingway cuando pasaba allí alojado largas temporadas. Era un lugar confortable e íntimo, que se prestaba a hacer confidencias.

–¿Qué tal el día? – preguntó Gambini, después de haber ayudado a María a sentarse.

–Si le digo la verdad a su eminencia, un poco tenso. Casi, casi aguardando a que llegase esta hora.

El prelado sonrió.

–Todo en esta vida llega, María. Todo, lo que deseamos y también lo que no.

Después de pedir la comida -a los dos jóvenes se les había ido despertando el apetito conforme se relajaban-, Lucio sacó la partitura y se la entregó a Gambini. El cardenal la desdobló cuidadosamente y fijó la vista en los pentagramas; al cabo de unos segundos, dijo burlonamente:

–Vivaldi pudo haberse esforzado un poco más. ¡Es francamente mala!

Todos rieron la ocurrencia. Después María sacó de su bolso la caja de taracea y se la entregó.

–Aquí está la clave, eminencia.

Con el cuidado de quien descubre una cosa muy valiosa, el cardenal abrió la caja y sacó el papel que había en su interior, lo desdobló, lo miró y exclamó:

–¡Vaya galimatías! – El cardenal Giambattista Gambini, destacado miembro de la curia y celoso guardián de los secretos vaticanos, estaba de un humor excelente. No era para menos-. Disculpad un momento.

Se levantó, salió del recoleto comedor y volvió un par de minutos después. Portaba dos paquetes de tamaño muy desigual. Uno pequeño, poco mayor que la caja que había guardado dos siglos y medio la clave de Bellini, y se lo entregó a María.

–Esto es para ti.

–¿Qué es? – preguntó la sorprendida joven.

–Ábrelo y lo verás.

María rasgó el papel y se encontró con una caja de piel granate. La abrió y no pudo contener una exclamación:

–¡Oh! ¡Esto es para mí!

–De parte de Su Santidad.

María exclamó:

–¡No me lo puedo creer!

–Pues créelo porque es así.

Le enseñó a Lucio el contenido de la caja: un aderezo de relucientes brillantes montados en oro blanco. ¡Era la joya de una reina!

–¡Pero, pero… esto vale una fortuna!

–Lucirá espléndido el día de tu boda. – Miró a Lucio-. Espero que eso no tarde mucho. Toma, Lucio, esto es para ti.

Gambini le entregó el otro paquete, mucho mayor de tamaño; era estrecho para la longitud que tenía. Lucio se levantó y lo colocó sobre su silla. Rasgó el papel y apareció una caja de vulgar cartón. La abrió y se encontró con la funda de un violín; cuando lo vio, se quedó mudo de la sorpresa. ¡Aquello… aquello era un Stradivarius!

–¡Santo cielo!

–No apuntes tan alto, muchacho, es también un regalo de Su Santidad, pero no viene del cielo.

–Eminencia…, yo… yo no puedo.

–Estoy seguro de que le sacarás sus mejores sones. Y ahora ¡vamos a comer! ¡Tantas emociones me han despertado el apetito!

Habían acompañado al cardenal y al párroco de San Giovanni e San Paolo hasta el embarcadero, donde les aguardaba una lancha que llevaba en sus costados el escudo del patriarca de Venecia. Gambini besó a María y abrazó a Lucio; al despedirse, les susurró:

–Si alguna vez os puedo ser útil, ya sabéis dónde encontrarme. El lugar no tiene pérdida.

Estaban ya embarcados cuando María le preguntó al purpurado:

–Eminencia, perdone la indiscreción, pero ¿tan urgentes eran los asuntos que tenía pendientes por la mañana, como para retrasar la entrega hasta esta noche?

–Valoradlo vosotros mismos. Están en vuestras manos.

El ruido de los potentes motores de la lancha ahogó las últimas palabras de Gambini y, desde luego, no pudo escuchar las palabras de agradecimiento que María y Lucio le repitieron una vez más.

Los dos jóvenes regresaban abrazados y con sus regalos por el camino enladrillado que desde el embarcadero conducía hasta la plaza donde estaba la catedral y la basílica de Santa Fosca. Una luna pletórica hacía clarear la noche con reflejos de plata.

–Si algún día le contamos esto a nuestros nietos no lo creerán -le dijo María a Lucio, en un susurro antes de besarlo.

–Primero se lo contaremos a nuestros hijos.

–Tampoco lo creerán.

–Siempre podremos enseñarles el aderezo y el Stradivarius.

* * *