El enigma Vivaldi

Peter Harris · Capítulo 6 de 28

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El enigma Vivaldi

Capítulo 6

hasta que llegaron al final del túnel, que estaba cerrado por una reja de hierro. Cada uno rumiaba sus propios pensamientos sobre lo extraordinario de la situación: la noticia de que el mensaje de Vivaldi había sido robado y la presencia de un grupo de soldados con información sobre la reunión que estaban celebrando y de la presencia en la misma de, al menos, tres de ellos, que habían tenido noticia, por mano del propio Vivaldi, del enigmático mensaje en el que comunicaba su descubrimiento.

Bembo, que había encabezado la marcha, abrió la cerradura de la reja con una llave que sacó de uno de sus bolsillos y subieron por unas escaleras empinadas y tan estrechas como el túnel, hasta que llegaron a una trampilla de madera por la que accedieron a una sala en la que flotaba un nauseabundo olor a podrido. Acababan de llegar al sótano de una curtiduría situada a la espalda de la piazza San Marcos.

Habían logrado escapar momentáneamente a la larga mano de la Serenísima, pero el miedo había hecho presa en ellos y los interrogantes que cada cual se formulaba habían sembrado la desconfianza. Todo resultaba muy extraño y confuso.

¿Quién más sabía de aquella reunión? ¿Cómo había llegado a conocimiento de las autoridades su celebrado? ¿Cómo era posible que conociesen el lugar, el día y la hora en que estaban citados? ¿Por qué conocían los nombres de las personas a quien Vivaldi se había dirigido en relación con el asunto que les convocaba?

Además había que añadir la revelación de Bellini. Afirmaba no haber recibido la clave para descifrar el mensaje codificado que Vivaldi le había hecho llegar… Y lo que era más grave, ¡decía haber perdido el texto!

Eran demasiadas preguntas sin respuesta. Sólo se tenía la certeza de una cosa: entre ellos había un traidor, porque de otra forma era imposible que los acontecimientos se hubiesen desarrollado de esa manera.

La preocupación era palpable en todos con sólo mirar sus rostros.

Además, tres de ellos: Bellini, Bembo y Moroni sabían que no podrían regresar a sus hogares. Su vida en aquellos momentos no valía ni la ropa que llevaban puesta.

Capítulo 6

Cuando María llegó al punto en que la historia que relacionaba a Vivaldi con la Fraternitas Charitatis estaba en el momento en que los miembros de la fraternidad habían logrado escapar de los soldados, tras abandonar precipitadamente la reunión que celebraban en la casa del maderero Filippo Bembo, la góndola en la que habían paseado por el Gran Canal había llegado al final de su recorrido.

El gondolero, con la maestría de quien conoce el oficio, acercó el costado al embarcadero y tras cobrar los treinta euros ajustados de antemano, ayudó a desembarcar a María y Lucio, quienes abrazados se encaminaron hacia la Riva degli Schiavoni.

–¿Qué ocurrió después de la precipitada fuga de la casa de Bembo? –

preguntó Lucio, vivamente interesado por la narración.

–Eso te va a costar un capuchino en un cafetín que está justo a la espalda del palazzo de los dogos, muy cerca del puente de los Suspiros. Es un lugar delicioso y a propósito para un rato de agradable conversación.

Lucio la besó en el cuello.

–¿Eso significa un sí a mi propuesta?

–Sí, con la condición de recibir un anticipo.

María se detuvo, se puso delante de él y pegándose a su cuerpo le dio un apasionado beso. La presión de sus muslos, su pelvis y sus pechos hizo que Lucio se estremeciese de placer. Luego, reanudaron la marcha.

–Lo que se sabe acerca de lo que sucedió después es muy poco, o al menos lo es respecto a lo que cuenta la historia -señaló María-. Parece ser que tanto Tomasso Bellini como Galeazzo Moroni y Filippo Bembo fueron detenidos en los días siguientes.

–¿Parece ser?

–Sí, porque de lo único que hay certeza es que desaparecieron sin dejar rastro. Todo apunta a que fueron localizados por agentes del gobierno, detenidos e interrogados. El resultado de esos interrogatorios no ha salido a la luz. Tal vez se encuentre perdido en los fondos de alguno de nuestros archivos un documento que revele qué ocurrió, ya sabes la afición de los gobernantes de mi ciudad a dejar constancia de sus hechos y andanzas.

Aunque es de suponer que de algunos, por su propia naturaleza, no quedase nada reflejado en la documentación.

Lucio asintió con la cabeza.

–Pero conociendo los procedimientos que empleaba la Serenísima para alcanzar sus objetivos -apostilló María-, ya te puedes imaginar lo que pasó.

Aunque eso no tenga ningún rigor histórico.

–¿Se sabe qué fue del descubrimiento de Vivaldi?

–Sigue siendo un secreto sobre el que ya entonces cayó un velo de oscuridad que el tiempo no ha hecho sino acrecentar.

–¿No lograron arrancarle una confesión a Bellini, a Bembo o a Moroni?

– insistió Lucio.

–No parece que así fuera porque se sigue hablando del enigma de Vivaldi, del enigma del prete rosso. Todo apunta a que ni Moroni ni Bembo sabían gran cosa acerca del mensaje enviado por Vivaldi a sus compañeros venecianos de la Fraternitas Charitatis, salvo que había hecho llegar un texto cifrado a Bellini, que era, aparte del propio Vivaldi, el personaje fundamental de esta historia. Pero según sus propias palabras, no le había sido enviada, o al menos no llegó a sus manos, la clave para descodificarlo y, por si ello no era suficiente, también según su testimonio, alguien le había robado el texto.

–Sobre la pérdida del mensaje enviado por Vivaldi y la clave para desentrañar el misterio que contenía, ¿sólo se tiene el testimonio del propio Bellini? – preguntó interesado Lucio.

–En efecto, lo que ha levantado no pocas sospechas acerca de esta extraña historia. – Después de una pausa, María apostilló-: Lo más verosímil es que Bellini se llevase el secreto a la tumba. Nunca sabremos si realmente le habían robado el mensaje que Vivaldi le envió y si la clave llegó o no a sus manos.

–¿No es posible que le hiciesen hablar cuando fue detenido? Había torturas muy refinadas y los venecianos tuvieron fama de ser maestros en ello.

–Creo que los españoles tampoco se quedaban atrás en tales menesteres.

La Inquisición, que aquí también asentó sus reales, tuvo allí su principal base. – A María no le había gustado la alusión a los torturadores venecianos.

Lucio le presentó excusas.

–No ha estado en mi ánimo ofender tu orgullo cuando, además, me tienes atrapado con tus historias.

–¿Con mis historias?

Era la pregunta que el violinista había previsto. La giró hacia él y la besó con fuerza.

–¡Tonto! – fue la exclamación de María cuando despegó sus labios.

–¿No crees que Bellini hablase?

–Lo más probable es que no, porque, si hubiese confesado algo, se sabrían las consecuencias. Y no las hubo. Sobre resistir las torturas que presumiblemente le aplicaron para hacerle hablar es posible que, sintiéndose perseguido, como en efecto estaba, hubiese tomado algunas medidas.

–¿Algunas medidas?

–En aquella época estaba muy difundido el uso de venenos. Desde el Renacimiento los italianos fuimos maestros en la confección de venenos, bebedizos y pócimas; hubo, incluso, un lucrativo comercio de elixires de todo tipo hacia diferentes puntos de Europa. Es muy probable que Bellini se hiciese con alguno de ellos o ya lo tuviese dispuesto y se sirviese de él una vez que fue detenido o incluso antes de serlo, para evitar los tormentos que le aguardaban.

–Pero veo que todo son conjeturas. Nada puede afirmarse. – La voz de Lucio denotaba cierta decepción.

–¡Claro que todo son conjeturas! ¡Por eso se habla del enigma del cura rojo!

–¿Y cómo es que se sabe de la existencia de la reunión y de la huida por la galería hasta la tenería? – preguntó Lucio.

–Porque había un traidor entre los congregados en el almacén de maderas. Fue quien informó a las autoridades de todo lo que te he contado.

Dejó una confesión por escrito, que ha llegado hasta nosotros.

–¿Quién era el traidor?

–Guido della Marca. Lo sabemos porque firmó la declaración, en ella indicaba que era cura párroco de la iglesia de San Giorgio Maggiore.

Habían llegado a un pequeño café que abría sus puertas en una recoleta piazzeta. En su parte posterior se abría una terraza cuyas vistas daban al Gran Canal. Al otro lado se alzaba una hermosa construcción, de aire conventual. Tomaron asiento en una mesa apartada, en la que sobre un mantel de cuadros rojos y blancos lucía una vela protegida por un quinqué.

El ambiente se prestaba al romanticismo y a las confidencias.

Pidieron dos capuchinos y quedaron en silencio. María miraba a Lucio, quien parecía dar vueltas a alguna idea en su cabeza. Después de un rato, preguntó:

–¿Qué sería lo que Vivaldi le contaba a Bellini en ese mensaje?

María le miró a los ojos y esbozó una sonrisa burlona:

–¡Ésa sí que es una buena pregunta! Esta ciudad, caro mio, es la ciudad de los secretos. La ciudad de los misterios. Venecia no sería Venecia si no la hubiese envuelto el misterio a lo largo de su historia. En ninguna otra parte del mundo se cuentan historias como las que aquí tuvieron lugar y en todas ellas hay un fondo común: el misterio, el secreto. Eran misteriosas las celebraciones. Sus instituciones estuvieron mucho tiempo rodeadas de un halo y un secretismo que las hizo singulares, entre los gobiernos de la época. El misterio envolvió durante mucho tiempo sus deliberaciones… Y

dime qué es, a la postre, el carnaval, sino una fiesta donde lo misterioso es parte esencial.

–Debió de ser algo de suma importancia para el gobierno veneciano, cuando éste lo persiguió con tanto ahínco.

–Así debió de ser. Pero todo lo que se diga en ese terreno son meras especulaciones. Y, como no podía ser de otra forma, algunas se han hecho.

– Las últimas palabras María las dijo con la clara intención de captar la atención de Lucio. Tuvieron el efecto deseado, porque la pregunta surgió rápida.

–¿Como por ejemplo?

–Se ha pensado -comentó María- que podía tratarse de la famosa fórmula del llamado fuego griego. Ya sabes, la sustancia que utilizaron los bizantinos para incendiar las flotas enemigas. Dicen que lo llevaban en sus barcos y lo lanzaban con unas mangueras sobre las embarcaciones contra las que luchaban. Incluso el agua ardía, según rezan las crónicas de la época. En diferentes ocasiones el fuego griego les permitió decantar a su favor el curso de guerras que les eran desfavorables y gracias a él salvaron situaciones muy difíciles.

–¿Y cuál era la fórmula de ese fuego griego?

–Se perdió, como tantas cosas, tras la caída de Constantinopla en poder de los turcos en 1453. No se sabe en qué consistía.

–¿No se han hecho ensayos químicos para buscar esa fórmula?

–Parece que se han hecho muchos, pero sin resultados satisfactorios. El fuego griego sigue siendo un misterio. ¿Te imaginas lo que significaría para una potencia como Venecia, que basaba su fuerza en el poderío de sus flotas? Piensa en lo que hubiese supuesto contar con un arma tan poderosa como ésta en un momento, a mediados del siglo XVIII, en que su declive era una triste realidad.

–Los dogos de aquella época hubiesen dado cualquier cosa por hacerse con un arma como aquélla -corroboró Lucio.

–También se ha dicho que el descubrimiento de Vivaldi estaba relacionado con el llamado tesoro de los templarios, cuyas fabulosas riquezas se perdieron cuando la poderosa orden militar fue atacada por Felipe IV de Francia, siempre falto de dinero, para apoderarse de sus riquezas, y fue disuelta por el papa Clemente V, en connivencia con el monarca francés, al acusar a los templarios de herejía.

–¿Dices que perdieron sus riquezas?

–En realidad, se desconoce el paradero de esas riquezas, que los templarios tuvieron tiempo de poner a buen recaudo. Ha sido objeto de una búsqueda continua desde el mismo momento de su desaparición en 1314.

Durante siglos ha corrido un rumor insistente: el tesoro de los templarios fue escondido en el sur de Francia, en una zona próxima a un pueblecito llamado Rennes-le-Château. Parece ser que Vivaldi viajó en varias ocasiones a esa comarca del Midi francés. Según algunos su mensaje daría las claves para llegar hasta el punto exacto donde los templarios escondieron su oro.

–Otro asunto tentador para cualquier gobierno -comentó Lucio.

–Cierto, pero como te digo todo son puras elucubraciones, sin mayor fundamento que la fantasía de quienes las han propuesto. En todo caso se trataba de algo que tenía una importancia extraordinaria. Tanta como para que Vivaldi, a una edad muy avanzada, viajase a Viena para atar los cabos que aún le quedaban sueltos, y que hechas las comprobaciones necesarias decidiese ponerlo a buen recaudo, en manos de la Fraternitas Charitatis, la organización secreta a la que pertenecía y cuyo fin primordial era ser la guardiana de un tipo de conocimientos que no debían perderse, pero que tampoco debían difundirse.

–¿Qué es lo que se sabe de la Fraternitas Charitatis? – preguntó Lucio.

–Lo que ya te he comentado. Parece ser que su existencia es muy antigua. Algunos remontan su origen a la época helenística, hacia el siglo III antes de Jesucristo en la ciudad de Alejandría donde había una intensa vida cultural y se daban cita gentes portadoras de algún tipo de saber. Allí encontraron cobijo y medios para desarrollar su labor sabios procedentes de las escuelas griegas. Seguidores de Pitágoras, discípulos de Platón y de Aristóteles, también gentes que tenían información sobre el conocimiento hermético del Egipto de los grandes faraones. También allí recalaron los restos del saber de los pueblos asentados en Mesopotamia, representantes de las culturas surgidas en las riberas de los ríos Éufrates y Tigris; gentes cuyos conocimientos sobre astronomía, astrología, matemáticas, botánica o medicina aún nos causan asombro. Como tú sabes, en la biblioteca de esta ciudad…

–¡La famosa biblioteca de Alejandría!

–Donde estaba depositado -continuó María- todo el saber acumulado durante siglos por la humanidad, la que organizó en los comienzos del siglo III antes de Cristo Demetrio de Falera, dando cabida en sus salas a setecientos mil ejemplares. ¡Todo el saber de la humanidad! Un saber que había permitido teorizar sobre la esfericidad de la Tierra, los movimientos de los planetas, el descubrimiento de siete de ellos; formular importantes principios de física, que permitieron progresos que luego se perdieron y la humanidad ha tardado siglos en volver a descubrir y establecer científicamente.

–¿Tanto se sabía entonces? – le preguntó un intrigado Lucio.

–Imagínate, Demócrito, por increíble que parezca, hablaba ya de la estructura atómica de la materia.

Lucio escuchaba atónito el caudal de conocimientos que María demostraba con aquella explicación.

–Era un saber que, por ejemplo, había permitido construir la famosa pirámide atribuida al faraón Keops, cuya técnica constructiva nos sigue sorprendiendo cinco mil años después y cuyas medidas encierran para aquellos que posean las claves adecuadas muchos más misterios de los que ni siquiera estamos en condiciones de imaginar.

–¡Qué bárbaro! – resopló Lucio.

–Pero, por otro lado, era un secreto a voces que allí había depositados libros muy especiales cuyo contenido daba a su poseedor un poder

ilimitado. Entre esos libros estaba La Historia del Mundo de Beroso.

–¿Quién era Beroso? – Lucio estaba atrapado por la conversación.

–Era un sacerdote babilonio del dios Baal-Marduk que, perseguido en su país natal, encontró refugio en Grecia. Fue contemporáneo de Alejandro Magno y nos dejó constancia de sus experiencias con seres extraordinarios, a los que dio el nombre de Akpalus. Eran mitad peces y mitad hombres.

Ellos le enseñaron todo lo referente a las grandes civilizaciones del mundo antiguo. También había allí obras de un tal Manethón, sacerdote egipcio de quien se dice que conocía los secretos de Toth. Es incluso posible que la biblioteca alojara el Libro de Toth.

Para Lucio era como si un mundo del que no había tenido noticia se abriese ante él.

–Sin embargo, nada de eso ha llegado hasta nosotros. Como sabes -

prosiguió María-, la biblioteca sufrió diferentes incendios que acabaron por convertir en humo buena parte del conocimiento allí depositado. Es como si una especie de conspiración hubiese buscado, hasta conseguirla, la desaparición de unos conocimientos que había interés en que no se difundiesen.

–¿Tú crees que hay gente así? – El violinista no salía de su asombro.

–Por supuesto; el primer incendio lo llevaron a cabo soldados de Julio César. Parece ser que se salvó una parte importante de la biblioteca. Sufrió otro ataque por parte de la emperatriz Zenobia, aunque también en esta ocasión una parte de los documentos pudo salvarse de la destrucción. A finales del siglo III después de Cristo, el emperador Diocleciano le asestó un nuevo golpe en su intento de destruir todos los textos que diesen alguna pista acerca de la fabricación de oro o de plata que, según se decía, era uno de los saberes alcanzados por los antiguos egipcios. Su objetivo era evitar que un posible enemigo alcanzase un conocimiento que le convirtiera en una amenaza para el imperio que gobernaba.

–¡No me lo puedo creer! – Lucio hacía movimientos negativos con la cabeza.

–¡Créetelo! La leyenda dice que los autores de algunos de esos manuscritos eran el mismísimo Hermes Trimegisto, el sabio Salomón, o el misterioso Pitágoras. La destrucción definitiva se produjo en el año 646 y fue llevada a cabo por orden del califa Omar, quien consideró que todo conocimiento que no estuviese en el Corán era innecesario o era malo, por

lo que debía ser destruido. Si alguno de esos valiosos tesoros para el saber humano logró escapar a las arremetidas de los enemigos de la biblioteca, ha sido celosamente guardado.

–¿Qué tiene que ver la Fraternitas Charitatis con todo esto que me cuentas en relación con la biblioteca de Alejandría, aparte de que el origen de esta misteriosa organización sea contemporáneo de la fundación de aquélla?

–Se dice que fueron sus miembros quienes movieron los hilos necesarios para que la misma fuese destruida.

–¡Ésa es una historia a la que no niego su parte de interés, pero que carece de fundamento! ¡Una especie de conspiración urdida para controlar a su antojo determinados conocimientos! ¡Venga ya, María! – exclamó Lucio de forma desdeñosa.

–Ése es, por increíble que parezca, el objetivo de la Fraternitas Charitatis. Veo que has seguido con interés todo lo que te he contado -

respondió María con cierta ironía, no exenta de enfado.

Lucio alargó la mano para coger la de María que posaba sobre el mantel, pero ésta la retiró. Estaba enfadada y en aquel instante no tenía ganas de caricias. Lucio se dio cuenta de lo poco delicado que había sido con su comentario. No vaciló en pedirle excusas.

–Lo siento, de veras que lo siento. No he querido ofenderte y mi comportamiento ha sido grosero. Te ruego que me disculpes. ¡Es que es todo tan increíble! – Lucio estaba visiblemente azorado.

Después de un breve silencio María retomó la conversación. El enfado quedaba atrás.

–No sé si la Fraternitas Charitatis estaba detrás de las sucesivas destrucciones sufridas por la biblioteca de Alejandría. Me he limitado a contarte algo de lo mucho que he leído acerca de esa misteriosa secta de la que, al parecer, Vivaldi fue un miembro activo. Pero has de saber, porque hay documentos que lo avalan, que la misma existió. Será mejor que lo dejemos estar, esta noche es demasiado hermosa para que la estropee una sociedad secreta que existió para preservar al mundo de no sé qué males sin cuento que podían abatirse sobre él. ¡Como comprenderás, gentes como ésas, que se consideran por encima del común de los mortales, al que tú y yo pertenecemos, no gozan de mis simpatías! ¡Actuaban como los dictadores, para quienes los pueblos son siempre menores de edad y por lo