El enigma Vivaldi
Capítulo 12
urgente de hablar. Decidió volver a aquella maldita partitura.
Durante casi dos horas había concentrado su atención en ella y sólo había logrado familiarizarse con las notas colgadas de los pentagramas, pero ni un ápice de información. El prete rosso había utilizado una fórmula poco habitual, notas musicales, para preservar de miradas indiscretas lo que hubiera allí escondido.
Sintió una punzada en el estómago, había llegado la hora de tomar algo y reponer energías. Levantó la mirada y la dejó perdida en el vacío.
–¡Aunque hayas echado a tu secreto las siete llaves del infierno, yo las abriré una a una! ¡Por mucho que te empeñes, tu secreto, antes o después, dejará de serlo! ¡Fortalezas más difíciles he rendido!
Capítulo 12
La forma en que María le había dicho que era lo más importante de su vida sacó las reservas de energía que le quedaban a Lucio para seguir buscando en el archivo de la Pietà. Aunque no albergaba esperanzas de que su esfuerzo sirviese para gran cosa, se aplicó a la búsqueda con los cinco sentidos. Era la única forma que tenía de responderle a María.
Mientras él revisó durante la tarde una buena cantidad de legajos, entre ellos numerosas actas correspondientes a las reuniones del patronato, a través de las cuales se podía seguir el pulso de la institución en todo lo referente a su gobierno y funcionamiento -renunciando al caudal de información que allí había sobre Vivaldi-, María regresó al Bucintoro, donde tenía que ayudar a su madre en asuntos relacionados con el hostal.
Stefano Michelotto había logrado a las cuatro y media hablar con Alister MacFarlaine.
–Está bien, Stefano, veré cómo puedo organizar el viaje. Veré la forma más rápida de llegar a Londres y luego a Venecia. Espero que tanta prisa merezca la pena. ¿No me puedes adelantar nada, ni una pequeña pista a modo de anticipo?
–¿Alguna vez te he defraudado? – le espetó el veneciano, quien a continuación se despidió y colgó el teléfono.
Aquel escocés gruñón tenía algo de montaraz. Era un sujeto de contrastes en quien se había revelado, por encima de la exquisita educación que había recibido en Eton, la sangre terrible de uno de los clanes que
mayores resistencias había ofrecido a todo lo que oliese a inglés en los verdes valles, azules lagos y viejas montañas de su Escocia natal. Era inmensamente rico. Tanto que no sabía muy bien a cuánto ascendía su fortuna, la cual estaba distribuida en propiedades por medio planeta, en las que explotaba maderas preciosas en las selvas amazónicas, plantaciones de azúcar en las Antillas, caucho en Nueva Guinea y cultivos avanzados en varias zonas de California, amén de poseer acciones en compañías petrolíferas: se decía que tenía el 2% de la British Petroleum y que era el accionista mayoritario de una concesión de gas en Argelia. También era dueño de importantes paquetes de acciones en empresas de comunicaciones, en las que se empleaba la tecnología más avanzada. Tenía casas en las principales capitales del mundo, aunque su residencia estaba fijada en su querida Edimburgo, donde vivía la mayor parte del año. Se decía también que algunas de sus casas no las había pisado en su vida.
Era un solterón empedernido al que se le habían conocido numerosas mujeres a lo largo de su ya dilatada existencia, pero ninguna había logrado hacerle pasar por el altar, pese a los denodados intentos de algunas de ellas.
Tenía un verdadero enjambre de sobrinos y sobre su testamento corrían las más variadas versiones -algunas inverosímiles-, aunque la verdad era que nadie conocía su contenido. Circulaban rumores que señalaban, incluso, que no existía ningún testamento. Era el protector principal de media docena de instituciones culturales y de beneficencia a las que anualmente entregaba sustanciosos donativos. Cuando acudía a algunos actos sociales, muy pocos, y siempre relacionados con esas sociedades de las que era mecenas, lo hacía invariablemente vestido con el atuendo y todos los adminículos de la más estricta y rancia etiqueta escocesa. Pertenecía a la orden de San Andrés y se contaban historias acerca de su vinculación a la oficialmente extinguida orden del Temple, sobre la que se decía que en Escocia había desafiado el paso del tiempo y los dicterios de la Iglesia católica. Lo que estaba fuera de toda duda era su afición al whisky, aunque nadie podía afirmar que lo había visto borracho.
Stefano Michelotto estaba confortablemente sentado en un sillón de su despacho, fumando un aromático tabaco holandés en pipa y tomando un té al que siempre añadía una nube de leche. Eran los primeros minutos que dedicaba a relajarse desde que por la mañana había recibido la visita de María del Sarto. No imaginaba que aquella encantadora criatura fuese a
alterar sus planes de la manera que lo había hecho. Después de haberse asegurado la presencia en Venecia, antes de que transcurriesen veinticuatro horas, de Drexler, Clermont-Lafargue y MacFarlaine, podía aflojar la tensión durante unos minutos. Sin embargo, aquella partitura que María había dejado sobre su mesa no dejaba de sonar en su cabeza, y no le permitía un instante de reposo.
Hizo un esfuerzo y trató de poner su mente en blanco como una forma de distraerse. Pensó que después de un rato de descanso, aún dispondría de un par de horas antes de vestirse adecuadamente para acudir a la inauguración de la temporada de ópera en La Fenice, que además era el estreno del famoso palacio de la música veneciana, después del pavoroso incendio que lo había destruido ocho años antes. Si el estreno de la temporada de ópera era, junto con la Mostra de cine, el baile de Carnaval en el Casino y la Fiesta del Mar, uno de los grandes momentos de la ciudad, en esta ocasión revestía un carácter singular: La Fenice volvía a abrir sus puertas. Si eras alguien en Venecia habías de estar en esos eventos, donde se reunía la gente que verdaderamente tenía poder. Ahora, con la reapertura del teatro después de años de obras y restauraciones, sólo los más escogidos tendrían un asiento aquella noche.
La Compañía de Danza, Música y Ópera de Venecia iniciaría la temporada con un estreno sonado, como no podía ser de otra forma: La Bohème de Puccini, al que seguiría La flauta mágica de Mozart y, para cerrar el programa de otoño, Verdi y su Nabucco. Si acudir al estreno de la temporada era un acto social al que no podía dejar de asistir, escuchar la música de Verdi era para él como una liturgia. Además, Nabucco le traía siempre recuerdos de su infancia. Cuando acudió a escucharla por primera vez, siendo un niño de diez años, con su abuelo paterno, conoció la historia de su estreno en Milán, cuando una buena parte de Italia estaba sometida al poder de Austria. La representación se convirtió en un acto de exaltación patriótica para los nacionalistas italianos, que suspiraban por la unidad de su patria y por la expulsión del dominador extranjero. Su abuelo le contó haber oído de labios del suyo cómo a la salida de L'Scala las calles de la capital lombarda se llenaron de manifestantes que gritaban «¡Libertad!» y exigían la salida del opresor austríaco. Eran los tiempos de Víctor Manuel, de Camilo Benzo, más conocido con el nombre de Cavour, que era el título nobiliario de su familia, de Massini, de Garibaldi, de D'Azzeglio y de Verdi.
Gigantes que hicieron que Italia, hasta entonces retazos, se convirtiese en una realidad.
Aquellos pensamientos le habían proporcionado una distracción de varios minutos, ejerciendo sobre su agitado espíritu un efecto benefactor.
Dio los últimos sorbos a su taza de té y fumó despacio. Le encantaba verse envuelto en el aroma de su propio humo. Eran las cinco y media cuando dio por concluido el descanso. Abandonó la comodidad del sillón donde estaba y se sentó en su bufete de trabajo, y Con la lámpara de un potente flexo iluminando las notas de aquellos pentagramas, se concentró otra vez en la tarea. A pesar de su experiencia como criptógrafo, todo el esfuerzo realizado hasta entonces sólo le había servido para comprobar que allí no había música, sino unas notas cuya finalidad era esconder algo. La joven que le había involucrado en aquello tenía toda la razón al denominar como ruidos desagradables lo que de allí surgía y que algunos compases eran verdaderamente horribles.
Cuando a las siete dio por concluida su tarea, sin ningún avance, tenía un principio de jaqueca y los miembros entumecidos a causa de la concentración. Se daría una ducha y vestiría un esmoquin adecuado para la ocasión. El comienzo de la representación estaba fijado para las nueve.
Los esfuerzos de Lucio Torres en la Pietà fueron tan infructuosos como los de Stefano Michelotto.
Había hojeado con minuciosidad otro puñado de legajos, sin encontrar nada allí. María estaba segura de que aparecería en el momento más inesperado, como había ocurrido con la partitura. Pero como decía Lucio, una cosa era encontrarse por sorpresa con algo que no se busca, y otra muy diferente buscar, esperando la sorpresa, algo que se cree que no va a encontrarse.
A pesar de que consideraba baldío su esfuerzo, aquella tarde el violinista español había realizado su búsqueda con más ganas. Sin duda, había influido en ello el almuerzo en el Metropole. ¡Cómo no iba a estar dispuesto a hacer el pequeño sacrificio que significaba aquella tarea, en la que lo único que tenía que lamentar era el tedio y la pérdida de tiempo que significaba, por el amor que sentía hacia aquella mujer!
El pasar páginas de legajos se había convertido en un acto rutinario.
Había momentos en que al pasar hojas -lo cual era un riesgo para alcanzar lo que buscaba- su mente divagaba en otros asuntos. ¡Qué diferentes
estaban siendo aquellos días en Venecia a lo que había imaginado y planeado! Las Jornadas Musicales que habían sido la razón principal de su viaje habían desaparecido. Llevaba seis días sin asistir a ellas. Lo más curioso de todo era que no le interesaban en absoluto y no le importaba.
Desde luego había influido en ello la desorganización, las ausencias de algunas de las atracciones del programa y la falta de alicientes durante los días en que asistió. Y por lo que había leído en la prensa la situación no había mejorado y las críticas iban en aumento. Sólo se salvaba el concierto de Anne-Sophie Mutter, la prestigiosa violinista alemana que algún medio de comunicación había calificado su actuación de sublime. Lamentaba no haber estado allí, pero en su momento ni siquiera se había acordado. El concierto coincidió con la tarde en que había descubierto la partitura y los acontecimientos de las horas siguientes. Tal vez iría al acto de clausura porque estaba prevista la presencia de Isaac Stern y aquello eran palabras mayores.
En otros momentos era su imaginación la que entraba en funcionamiento y trataba de vislumbrar cómo sería su vida con María.
¡Había ocurrido todo tan deprisa! En algún instante pensó si tal vez no se había precipitado, si no había corrido demasiado. Pero rápidamente alejaba de su mente aquellos pensamientos. ¡Estaba tan enamorado! Para después de Navidad, y sólo faltaban tres meses, se habría casado con María. ¡Qué sorpresa iban a llevarse sus padres cuando les contase todo aquello!
Un poco antes de las seis decidió que por aquel día ponía punto final a la infructuosa búsqueda. Volvería al Bucintoro, donde había quedado con María a las siete. Estar con ella era lo que verdaderamente le apetecía.
Hablar, aunque fuese de aquella partitura que no había vuelto a tocar, hacer proyectos sobre el futuro, acariciarla, besarla y hacer el amor. Cuando se acordaba de que se había iniciado la última semana de su estancia en Venecia le embargaba una sensación de tristeza, que procuraba sacudirse rápidamente porque le dejaba abatido.
El estreno de La Bohème estaba siendo un gran éxito. Stefano Michelotto buscó la ocasión para hacer un aparte con Camila Strozzi; había decidido no llamarla por teléfono porque sabía que se encontraría con ella en La Fenice y prefería decirle de viva voz lo que tenía que comunicarle.
El eminente paleógrafo llegó al pequeño salón donde en el descanso se agasajaba a los vips cuando estaba ya muy concurrido. Saludó con gestos de
cabeza y sonrisas, algún apretón de manos y una frase amable, mientras buscaba a Camila con la mirada. La encontró en medio de un grupo en el momento en que uno de los camareros les ofrecía unas copas de champán.
Como siempre, Camila Strozzi resplandecía. Era una mujer de un magnetismo natural que se percibía en todos y cada uno de sus gestos, al que colaboraba una belleza poco común. En sus formas y modos estaba impreso el paso de generaciones de aristócratas; aquello era algo que no se aprendía, se heredaba.
Llevaba un vestido de fiesta negro, largo y ajustado, sin ningún adorno y generoso escote en la espalda. Lucía un espléndido collar de perlas al cuello con pendientes a juego y un reloj cuadrado de diseño avanzado. El verde de sus ojos marcaba un acusado contraste con el negro intenso, casi azulado, de su pelo. Lo llevaba muy corto, tanto que sólo una belleza como la suya era capaz de aguantar.
Michelotto se acercó a su objetivo, saludando a diestro y siniestro.
Cuando llegó al grupo donde estaba Camila, brillante como una diosa, no tuvo reparo en solicitarle un momento su atención, sin importarle la conversación que mantenía el grupo. No estaba para más cumplidos que los imprescindibles.
–Querida Camila, como siempre, eres un placer para los ojos -le dijo tomando la mano que ella le extendía-, ¿puedes concederme un instante, con el permiso, naturalmente, de estos caballeros?
Camila Strozzi era una de las bellezas oficiales de la alta sociedad veneciana. Rondaría los cuarenta años. En ella se combinaban la elegancia natural, la belleza en su sentido más clásico y el buen gusto para vestirse y adornarse. Se decía que había sido la tentación de Versace y que las ofertas para ejercer como musa de la famosa firma habían llegado al extremo de ofrecerle un cheque en blanco en el que podía poner la cantidad que desease. Había sido una vana ilusión. La de los Strozzi era una de las mayores fortunas de Italia y Camila hubiese considerado inadecuado trabajar como modelo.
Apenas se habían alejado del grupo del que la había sacado Michelotto cuando su voz, melosa hasta el punto de que parecía susurrar cuando hablaba, comentó:
–Mi querido Stefano, estás tan elegante como siempre. ¿A qué debo el honor de tu atención?
–A lo largo de hoy he hablado con Drexler, con Clermont-Lafargue y con MacFarlaine. Todos estarán mañana en Venecia.
Camila lo miró con los ojos entrecerrados, como si le molestase la luz, y le preguntó extrañada:
–¿Qué razón hay para que todos vengan mañana a Venecia?
–Los acontecimientos se han precipitado -respondió el criptógrafo, mientras cogía un canapé de caviar.
Ahora Camila le miró fijamente a los ojos, tratando de escudriñar sus pensamientos.
–¿Qué quieres decir con eso de que los acontecimientos se han precipitado? – Su voz había perdido la dulzura cortesana de que hacía gala cuando la timbraba para que fuese escuchada en público.
–Se ha producido -esbozó una sonrisa hipócrita a alguien que le saludaba desde lejos- un suceso inesperado. Todo el trabajo que hemos realizado se ha revelado, una vez más, falso. Hemos seguido un camino equivocado.
Las palabras de Stefano debieron de producirle mucho efecto porque, sin darse cuenta, había elevado el tono de voz.
–¡Cómo que hemos seguido un camino equivocado! ¡En varias ocasiones nos habías asegurado que, al fin, transitábamos por la senda correcta!
–Serénate, querida -la voz de Michelotto era casi un susurro-, esa gente nos está mirando. – Decía esto con una sonrisa cristalizada en su boca.
–¡Explícame qué es eso de que hemos seguido un camino equivocado! –
El tono era más bajo, pero el fondo de malhumor era el mismo. Ahora fue Camila quien sonrió a alguien e hizo un saludo con la mano.
–Ahora no puedo darte muchas explicaciones, querida. Ya somos la comidilla de todos esos… Pero puedo anticiparte, cosa que no he hecho con ninguno de los otros, que además de descubrir que una vez más no estábamos haciendo lo correcto, el asunto ha dado un giro de ciento ochenta grados. Es tan importante lo ocurrido que he considerado necesaria la presencia de Drexler, de MacFarlaine y de Clermont-Lafargue aquí y con carácter de urgencia. Ni que decir tiene que tu presencia es tan necesaria como la de ellos. Mañana nos reuniremos a las dos en mi casa. Espero no alterar gravemente tus planes.
–Pero ¿qué es lo que ha ocurrido? ¡No me dejes así!