El enigma Vivaldi

Peter Harris · Capítulo 21 de 28

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El enigma Vivaldi

Capítulo 21

«No me cabe la menor duda de que han tirado de la anilla, pero la pregunta es ¿por qué escudriñaron en el retablo? La anilla no está ni a la vista, ni es fácil acceder a ella desde aquí. Es posible que haya más fondo del que nos pensamos en este asunto. Pero en fin, lo importante es que el cuadro está en su sitio y que la desaparición del Bellini está resuelta. Ahora habrá que dar muchas explicaciones, porque -miró hacia la puerta principal de la iglesia- ahí fuera habrá un buen jaleo.»

Capítulo 21

En las cadenas de televisión y las emisoras de radio el robo del Bellini se había convertido en centro de atención preferente. Se habían desempolvado de los archivos historias de robos de importantes obras de arte. Se habían abierto varios debates sobre la falta de seguridad que había en el rico patrimonio histórico de Italia en general y de Venecia en particular. Expertos en arte señalaban, con grandes diferencias, el valor de la obra robada, la importancia de Bellini en la creación de la escuela renacentista de pintura veneciana o calculaban la pérdida que suponía el robo de una obra de arte como ésa. Se hacían cábalas sobre los autores y la actividad de bandas organizadas dedicadas al tráfico ilegal de obras de arte.

Mientras se tronaba, se especulaba, se discutía, se acusaba o se disparataba sobre el robo, en la sacristía de la iglesia de Zanipolo el comisario Tarquinio y el padre Ranucci improvisaron una comparecencia ante los medios de comunicación. Los carabinieri tuvieron que emplearse a fondo para contener a la masa de curiosos que se agolpaba en la plaza, cuando por un megáfono se anunció que se habían producido importantes novedades en el caso del cuadro de San Vincenzo Ferreri y que se iba a permitir el acceso al interior del templo a los medios de comunicación que hubiese allí. Los rumores se dispararon en cuestión de segundos y entre la gente y los propios periodistas empezaron a circular versiones muy dispares acerca del contenido de dichas novedades, desde aquellas que sostenían que el robo era mucho más grave de lo que se había dicho hasta aquel momento y que lo que la policía pretendía era dosificar el impacto del mismo, hasta las que señalaban que el ladrón había sido descubierto. Algunos incluso aportaban el nombre, indicando que había sido el propio párroco el autor de la fechoría, ante una acuciante necesidad de dinero. Unos señalaban que

había declarado por presión de la policía, que desde el primer momento había sospechado de él, mientras que otros sostenían que su confesión había sido voluntaria, arrepentido de su mal acto.

En Torcello, Lucio y María estaban muy excitados. Por una parte, la noticia del robo de una obra de Bellini, que los medios de comunicación habían convertido en centro de sus programas, les había dejado perplejos en un primer momento, pero una vez que habían analizado la situación habían comprendido lo ocurrido. Lo que el comisario Tarquinio acababa de descubrir había sido deducido por la pareja. La tabla se había desplazado por la acción de un mecanismo oculto. Eran conscientes de que antes o después las investigaciones acabarían por sacar a la luz lo que verdaderamente había sucedido.

Lucio, no obstante, había planteado la posibilidad de que alguien hubiese robado la tabla. María, presa de los nervios, no pudo contenerse y le gritó:

–¡Es prácticamente imposible! ¡Que alguien haya planificado el robo de esa pintura precisamente para hoy!

–Estoy de acuerdo en que las probabilidades son escasas, pero no me negarás que existen.

–¡En pura teoría, pero en la práctica es imposible!

–¡Si existe la posibilidad no es imposible! – gritó Lucio.

–Eso es verdad -comentó María en un tono que pretendía ser conciliador-. Aunque lo que pienso es que también ha podido ocurrir otra cosa.

–¿El qué?

–Que alguien haya difundido, de forma interesada, la noticia del robo para cobrar otra pieza.

Lucio puso cara de extrañeza y se encogió de hombros en un gesto que tenía mucho de interrogación.

–A estas horas Michelotto debe de tener en su poder el texto que Bellini dejó escrito en el libro de cuentas. Eso significa que puede saber que la clave de Bellini ha estado guardada en el políptico de San Vicente. Es más, estoy segura de que ya lo sabe. La tachadura que hiciste sobre el texto es una pista demasiado fácil.

–Pero la tachadura dificultará mucho la lectura.

–La hace ilegible a simple vista, pero no lo es si se aplican rayos X.

Lucio puso cara compungida.

–No te culpes por ello, amor mío. – María le regaló una sonrisa y un cálido apretón de mano-. Es también probable que haya ido a Zanipolo y se haya encontrado con el hueco. Podría decirle a la policía y, te aseguro que a una persona como él le dan todo el crédito del mundo, que no se precipiten.

Pero supongo que lo que quiere es meternos presión para ver si nos entregamos a él. Si nos sentimos acosados, él puede ser nuestra tabla de salvación. Estará esperando a que pasen las veinticuatro horas que nos dio de plazo -María sintió como un escalofrío le recorría la espalda al recordar la voz del teléfono- y que por cierto expiran dentro de cuatro.

–¿Por qué crees que Michelotto está actuando de esta forma? – preguntó Lucio.

–He pensado en eso. En un primer momento estaba convencida de que por afán de protagonismo. ¡No te puedes hacer una idea de cómo se lucha y cuánta ambición hay en los medios académicos por alcanzar la gloria de un descubrimiento!

–¡No lo sabes tú bien! – apostilló Lucio.

–Pero no creo que sea eso. Pensándolo mejor, la gloria de haber descubierto el secreto de Vivaldi hubiese sido para él.

–¡Tendría que haberlo compartido con nosotros, que hemos sido los verdaderos descubridores!

María lo besó con ternura.

–No seas ingenuo, vida mía. ¿Con nosotros? ¿Quiénes somos nosotros?

No, no te equivoques, recuerda el impresionante tribunal que nos había preparado. ¡Nada más y nada menos que la Strozzi, Camila Strozzi! ¡No puedes imaginarte lo que eso significa! ¿Y esos tipos? ¡Gente gorda, muy gorda! ¡Aquí hay en juego mucho más que la gloria académica de un descubrimiento! ¡Lo que Vivaldi descubrió y Bellini ocultó ha de ser algo tremendo!

–¡Todo me parece increíble! A veces pienso que nada de esto está ocurriendo, que todo es un sueño del que voy a despertarme en cualquier momento.

–¿También yo soy un sueño?

Lucio la estrechó con fuerza contra su cuerpo y la besó repetidamente en los ojos, la boca y el cuello. María percibió que Lucio deseaba más y mordisqueándole la oreja le susurró:

–Ahora no, amor mío. Dejemos eso para más tarde, prometo que no te arrepentirás. Si nos dejan, vamos a enterarnos por fin de lo que el prete rosso descubrió en Viena poco antes de morir.

El comisario Tarquinio dio su autorización para que uno de los inspectores que le acompañaban leyese a los medios de comunicación que se concentraban en la puerta de la iglesia una nota que habían redactado sobre la marcha, según la cual en diez minutos se daría una rueda de prensa en la sacristía de la iglesia -el padre Ranucci no había visto inconveniente en ello- en la que «se harían públicos los importantes avances producidos en la investigación, como consecuencia de los cuales el caso Bellini había dado un giro de ciento ochenta grados».

La expectación levantada por aquellas líneas fue extraordinaria.

Tarquinio disfrutaba echando carnaza a la canalla, que era como llamaba familiarmente a los periodistas.

Mientras en la sacristía los técnicos preparaban las cámaras de las distintas televisiones, los fotógrafos comprobaban sus máquinas y los reporteros hacían lo propio con sus grabadoras, el comisario y el párroco charlaban animadamente, pero en voz baja, en uno de los rincones. En la sacristía dos policías habían dispuesto una mesa y dos sillas para la comparecencia que ambos iban a tener. Cuando Tarquinio y Ranucci se sentaron, se hizo un relativo silencio que interrumpían los ruidos de las cámaras y los flashes al dispararse.

El párroco se limitó a dar la bienvenida a todos y a agradecer a los medios de comunicación la labor que realizaban. A continuación habló el comisario, quien, sin preámbulos, entró directamente en el asunto.

–Como ustedes saben, se ha difundido la noticia de que había sido robada una valiosa pintura de las muchas que se guardan en este templo. En concreto una de las tablas pertenecientes al políptico de San Vicente Ferrer.

–¿Han descubierto ya al autor del robo? – La pregunta había llegado desde el fondo de la sacristía. La voz era de mujer.

Tarquinio guardó silencio durante unos segundos y puso cara de pocos amigos.

–Si ustedes son tan amables -recalcó esta palabra- de permitirme contarles lo que quiero decirles, tendrán toda la información que desean…

Como les estaba diciendo, se ha difundido la noticia de que una tabla del políptico de San Vicente Ferrer había sido robada esta mañana. Sin

embargo, como a continuación el padre Ranucci tendrá ocasión de mostrarles, tal robo no ha existido.

Un murmullo primero y un coro de voces después se levantó en la sala.

–¡Que no ha habido robo!

–¿Cómo es eso posible?

–¡Eso no es cierto! ¡Yo vi el hueco en el retablo, antes de que nos echaran los carabinieri!

–¡Ustedes mismos han dicho que se había producido el robo y que era una pintura de Bellini!

El padre Ranucci hacía con las manos gestos de apaciguamiento y pedía calma, mientras que Tarquinio miraba impasible la reacción que habían provocado sus palabras. Ya lo había previsto.

Poco a poco la dura expresión que había producido en su semblante la interrupción anterior, daba paso a una sonrisa que tenía mucho de burlona.

Parecía estar disfrutando con la situación.

Cuando se hizo un relativo silencio, el comisario continuó:

–Esta mañana una pareja de visitantes concentró su atención en el mencionado políptico. El padre Ranucci tuvo ocasión, incluso, de intercambiar unas palabras con ellos. No sabemos quiénes son esa pareja de jóvenes. Pero sí sabemos que no han robado la pintura que supuestamente faltaba en el retablo.

–¿Por qué dice supuestamente, comisario?

Tarquinio hizo un esfuerzo para contenerse y continuó como si no hubiese oído la pregunta.

–Todo se ha debido a una lamentable confusión. El retablo de San Vicente tiene oculto en la parte de atrás un mecanismo que al accionarlo hace que la tabla derecha de la parte inferior del banco se desplace lateralmente y quede oculta detrás de la de en medio. Por alguna razón que desconocemos alguien, posiblemente esa pareja que tanto interés mostraba por la obra, aunque esto no podemos confirmarlo, haya puesto en marcha ese mecanismo y, alarmada ante las consecuencias de su acción, se marchara sin volver a tocarlo para que la tabla volviese a su posición inicial. Cuando la encargada de la limpieza, que fue quien descubrió la supuesta falta de la pintura, advirtió al señor párroco, éste pensó que se había producido un robo, dadas las circunstancias que concurrían, y presentó una denuncia. Eso ha sido todo.

El comisario hizo un gesto con el que ratificaba que había concluido la explicación que tenía que dar.

Un coro de preguntas fueron formuladas a la vez. Ninguna fue inteligible.

–Si les parece podemos seguir un orden. Su turno, señorita. – Tarquinio señaló a una rubia de formas rotundas, acentuadas por el vestido que llevaba.

–¿Es fácil acceder al mecanismo que ha mencionado? Y al párroco:

¿conocía usted su existencia?

Las respuestas fueron muy escuetas.

–Como podrán comprobar después, no es fácil pero tampoco difícil acceder a él -contestó el policía.

–No, no sabía de su existencia. Ha sido toda una sorpresa -fue la respuesta del sacerdote.

–Si no es fácil acceder al mecanismo, ¿cómo explica que, supuestamente, esa pareja lo accionase? ¿Podrían ellos conocer su existencia?

–No tengo respuesta para ninguna de las dos preguntas. Lo único que puedo decirle es que el mecanismo ha sido accionado esta mañana y que ha dado lugar a un error. No ha habido robo y hemos descubierto la causa de la lamentable confusión que se ha producido.

–¿Servía ese mecanismo para ocultar algo?

Tarquinio sopesó la respuesta:

–En principio no ocultaba nada. Por lo menos nosotros no hemos encontrado nada. Si lo ocultó en otro tiempo es algo que desconozco. Creo que el retablo es de la segunda mitad del siglo XV. Desde entonces hasta hoy han pasado más de cuatro siglos y yo sólo tengo cincuenta y dos años.

Hubo una carcajada general.

–¿Quién ha descubierto ese mecanismo?

–He sido yo, ¿no ve cómo estoy?

Tarquinio se miró a sí mismo. Aunque le habían ayudado a mejorar la imagen y con la chaqueta puesta disimulaba mucho, las manchas de polvo eran perceptibles en su camisa.

–¿Cómo se dio cuenta de su existencia?

–Entré por el hueco dejado por el desplazamiento de la pintura a la parte de la capilla oculta tras el retablo.

–¿Podría buscar esa pareja algo oculto tras el retablo?

Tarquinio miró a la periodista de Tele 5 que había formulado la pregunta.

–No tengo respuesta para esa pregunta. Pero esa suposición carece de fundamento. Nada indica que hubiese algo oculto.

Aquélla era la pregunta más inteligente que le habían hecho. La única verdaderamente inteligente. La única que explicaba el interés de aquella pareja y el que hubiesen buscado la anilla que accionaba el mecanismo, que ni estaba a la vista ni era fácil dar con ella.

Lo más probable era que aquella pareja estuviese buscando algo. Algo importante, según denotaba el interés de un personaje como Michelotto.

Comoquiera que Tarquinio no deseaba que se profundizase en aquella dirección, desvió la atención de la manera más efectiva.

–Muy bien, gracias a todos. Creo que ha llegado el momento de enseñarles a ustedes ese mecanismo que ha sido la causa de tanto revuelo.

–Señor comisario… Señor comisario. – Era la misma periodista que había formulado la última pregunta.

Tarquinio no le dio opción. Ya se había levantado.

–Si tienen la bondad de acompañarnos al padre Ranucci y a mí, les mostraremos cómo funciona ese mecanismo.

Todos salieron en tropel hacia el lugar donde estaba la pintura de Bellini.

Cuando Tarquinio apareció en el umbral de la puerta de la iglesia, acompañado por el párroco y los dos inspectores, en la plaza apenas si quedaba gente; la expectación levantada por el supuesto robo se había desvanecido. Los curiosos que allí se habían dado cita al calor de una noticia con morbo se habían marchado. Quedaban algunos periodistas y técnicos que recogían los trípodes y colocaban las cámaras en la parte posterior de sus vehículos. Caía el telón, el espectáculo había concluido.

Salió de Zanipolo. Aparentemente el caso del robo del cuadro de Bellini estaba resuelto, pero sabía de sobra que había mucho más. Lo que allí había aparecido era sólo el borde de la manta de un asunto de mayor envergadura.

¿Qué hacía un tipo como Michelotto allí, susurrándole nombres al oído? ¡Y

qué nombre le había dicho! ¡El de la hija de Giulietta! No sabía muy bien qué debía hacer, si tirar de la manta u olvidarse de todo y mirar para otro lado. Pensó que los acontecimientos terminarían por señalarle el camino.