El enigma Vivaldi

Peter Harris · Capítulo 25 de 28

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El enigma Vivaldi

Capítulo 25

–¡Somos la policía! ¡Que nadie se mueva!

Varios hombres irrumpieron en tromba y se desplegaron por el salón.

Capítulo 25

La tranquilidad habitual en que vivían los dos centenares de vecinos de la isla de Torcello, que sólo se veía alterada por la presencia de los contingentes de turistas, y por la de los potentados que acudían a comer al restaurante Locanda Cipriano, había quedado hecha añicos aquella tarde.

Primero había sido la llegada de aquellas gentes que merodeaban por el lugar, después las lanchas de la policía que desembarcaron en una operación propia de otros lugares de Italia. Por último la llegada de varias ambulancias.

Poco a poco, conforme la noche fue cayendo sobre las islas y el Adriático, la calma regresó al lugar. Entre el escaso vecindario que residía en Torcello se difundió que en aquella casa se había descubierto un alijo de cocaína, pero también que allí había un centro de reproducción ilegal de discos compactos de música clásica. Los que sostenían esto último habían escuchado algo relacionado con Vivaldi, su música, una partitura y rápidamente habían sacado sus propias conclusiones. En lo que sí acertaban todos era en el resultado de las víctimas: un muerto y dos heridos, uno de ellos de gravedad y otro de menor consideración.

En la casa permanecían el comisario Aldo Tarquinio y la dueña del inmueble, Giulietta del Sarto. Con ellos estaba un inspector de policía, que se encargaba de concretar los detalles que el comisario le proporcionaba.

–¡Menos mal que Giulietta se adelantó a la hora de llamaros! ¡Si hubieseis llegado unos minutos después esto podía haberse convertido en un infierno!

–¡No sé si hice bien o mal! – señalaba Giulietta-. ¡Allí en la soledad de la basílica, no puedes imaginarte lo que era la angustia de ver pasar los minutos, sin saber qué estaba ocurriendo! ¡No puedes hacerte idea de las cosas que pasaban por mi cabeza! ¡No pude aguantar más y decidí que, en el peor de los casos, la presencia de la policía no podía ser negativa!

El inspector esbozó una sonrisa benévola. Pero Aldo le recriminó el no haber cumplido exactamente lo que le había indicado. Giulietta hizo un mohín y le soltó:

–¡Tú mismo has dicho que unos minutos más y aquello hubiese sido un infierno!

Ahora la sonrisa benévola también apareció en el semblante del comisario.

–Según la documentación -indicó el inspector-, el muerto es un tal Bodan Stánkovic, un serbio que salió de su país después de la entrada de las tropas internacionales. Tal vez se trate, ya lo comprobaremos, de alguno de los actores de la tragedia de la limpieza étnica. Los heridos son Giorgio Cataldo, un comerciante en antigüedades, y un músico español, llamado Lucio Torres.

–Así es -le confirmó Aldo.

–¿Cómo se desarrollaron los hechos, comisario?

–La muerte de ese serbio se produjo de forma accidental. En un forcejeo que tuve con él, la pistola que yo tenía se disparó. El disparo fue mortal. La herida de Lucio Torres se la produjo Giorgio Cataldo, quien le disparó cuando el español, a quien tenía encañonado, trató de zafarse. La herida de Cataldo se la hice yo, le disparé con esa pistola -Aldo señaló el arma que le había arrebatado a Licci-, cuando Lucio intentó escaparse.

–¿Sabe algo de la razón por la que toda esta gente estaba aquí?

–Creo que todos buscaban lo mismo. Una partitura de Vivaldi.

–¿Una partitura de Vivaldi?

–Sí, una partitura que, al parecer, Vivaldi compuso poco antes de morir.

Según algunos en dicha partitura hay algo muy diferente a la música.

El inspector puso cara de no comprender.

–Los que así opinan sostienen que escondió algún tipo de secreto en esos pentagramas.

–¿Por qué piensan eso?

–Porque la música es pésima. Algo que no corresponde a un músico de la calidad de Vivaldi.

–¿Cabe la posibilidad de que no sea de Vivaldi?

–Eso es lo que piensan muchos otros. Entre otras razones porque la partitura en cuestión no tiene firma.

–Parece que eso es lo más razonable -sentenció el inspector.

–Yo soy de la misma opinión -apostilló el comisario.

El inspector cogió la partitura de la mesa donde estaba y preguntó:

–¿Cuándo, dónde y cómo ha aparecido?

–La encontró hace unos días Lucio Torres, el músico español que ha resultado herido, mientras investigaba en el archivo del Ospedale della Pietà.

–¿Cuál es su opinión sobre todo esto, comisario?

–Que se ha generado una tormenta en un vaso de agua. Todos los que habéis detenido y el otro herido, el anticuario, pertenecen a una especie de secta que se llama la Fraternitas Charitatis. Dicen que Vivaldi también perteneció a ella y se consideran los verdaderos dueños de la partitura. El problema radica, por lo que he podido colegir, en que hay dos ramas de esa secta. A una pertenecen el profesor Michelotto y Camila Strozzi y a la otra el anticuario y ese tipo con pinta estrafalaria; creo que es foniatra y se llama Romano Licci. Todos se consideran los verdaderos herederos de la secta, cuya antigüedad es anterior a Cristo.

–¡Por la Santa Madonna! – exclamó el inspector.

–Creo, según me ha dicho María del Sarto, que surgió en Alejandría y a través del tiempo han pertenecido a ella personalidades de relieve, como es el caso de Vivaldi. Lo que no puedo precisar es cuándo se produjo la escisión, ni la causa que la provocó. Sí sé que unos acusan a los otros de retrógrados santurrones y éstos a su vez tildan a la otra rama de bastardos materialistas. Unos se enteraron, a través del anticuario, porque es amigo de María, de que había aparecido la partitura y han tratado por todos los medios de hacerse con ella. Michelotto también se enteró por María. La joven acudió a él, de forma inocente, con la pretensión de que le ayudase a descifrar el supuesto mensaje que se oculta en las notas de la partitura.

–Creo que tengo todos los elementos para cumplimentar un informe completo, sin cabos sueltos. – El inspector no podía disimular la satisfacción-. Una última cuestión, comisario: ¿cómo es que la partitura estaba fuera del archivo?

–Creo que Lucio Torres la había sacado para poder interpretarla con su violín. Sin embargo, las cosas se complicaron y aún no ha podido devolverla. Pero no te preocupes por eso. Mañana por la mañana yo mismo la devolveré al archivo.

Giulietta entendió que el inspector había concluido su trabajo y preguntó a los dos policías si deseaban tomar algo.

El inspector miró el reloj y agradeció la invitación, pero alegó que si se marchaba en aquel momento aún podría cenar con su familia. Giulietta no

insistió y el comisario le acompañó hasta la puerta. Allí, dándole un cariñoso golpe en la espalda, le susurró:

–Hoy nos hemos ganado el jornal, que descanses.

–Lo mismo le digo, comisario.

Giulietta recibió a Aldo con una sonrisa triunfal:

–Eres un genio. Se ha ido con el caso cerrado.

–Todo lo que le he dicho es verdad -se defendió él.

–Es cierto, pero no le has dicho lo más importante.

–Tampoco él lo ha preguntado.

Giulietta le rodeó el cuello con los brazos y le dio un largo beso.

–Creo que esto ha terminado mucho mejor de lo que podíamos siquiera haber soñado. Esta tarde hubo un momento en que creí que todo estaba perdido. Temí hasta por la vida.

–¿Tu vida estuvo en peligro? – preguntó la dueña de la casa.

–Y sobre todo la de María y Lucio.

Giulietta apoyó las manos en las caderas y adoptó una posición desafiante.

–¡Y yo hice mal con avisar a la policía!

–Fue lo mejor que pudiste hacer, cariño.

–Entonces ¿por qué has dicho que me precipité?

–Porque no me quedaba más remedio que salvar las apariencias.

Aunque como tú sabes, en nuestra ciudad nada es lo que parece ser.

En una habitación del hospital Fatebenefratelli, Lucio Torres descansaba tranquilamente después de la cura que le habían realizado. La bala de Cataldo le produjo una herida en el costado. Había tenido mucha suerte. La entrada y salida del proyectil eran dos orificios limpios que no habían afectado ningún órgano importante. La mayor consecuencia había sido la pérdida de sangre. Aunque tras la cura podía haberse marchado a su casa, los médicos prefirieron mantenerle en observación veinticuatro horas.

María estaba a su lado. Pese al agotamiento del día no hubo forma de convencerla de que se fuese a descansar. Su mejor reposo, insistía, era estar junto a Lucio. Pasaría la noche junto a su cama, sentada en un incómodo sillón de hospital.

Mucho peor había sido la herida de Cataldo. El disparo le había atravesado el pecho, afectando a un pulmón, y producido graves desgarros

internos. Tuvo que ser intervenido de urgencia. Su estado, aunque no era crítico, preocupaba a los médicos.

Stefano Michelotto, Camila Strozzi, Romano Licci y los demás individuos que les habían acompañado en sus respectivas actuaciones habían sido conducidos a la comisaría. Todos ellos quedaron detenidos bajo acusaciones variadas, que iban desde amenazas y coacciones hasta invasión de la propiedad privada, pasando por la tenencia ilícita de armas. Al día siguiente se les tomaría declaración y luego pasarían a disposición judicial.

El nuevo día amaneció limpio y despejado en Venecia. El sol brillaba con fuerza. Aquel año no quedarían muchas jornadas así, desde un punto de vista climático, en la capital del Véneto.

Aldo y Giulietta habían pasado la noche en Torcello y temprano regresaron a la ciudad. Poco antes de salir, Giulietta había recibido una llamada de María preguntándole por la partitura.

–Está aquí. Cuando volvamos a Venecia Aldo la devolverá al archivo, tras las formalidades correspondientes.

»¿Que si le puedo pedir un favor a Aldo? Dime cuál es.

Giulietta tapó con la mano el teléfono y preguntó al comisario:

–María dice que si puedes esperar unos días en devolver la partitura, quieren ver no sé qué detalles en el original.

Aldo asintió con la cabeza.

–Cariño, dice que sí, que no hay problema.

»Sí, sí… te la llevaremos al hospital cuando vaya a ver cómo está Lucio. ¿Qué tal ha pasado la noche?

»Me alegro mucho por él… y también por ti.

En la comisaría de Aldo Tarquinio, donde estaban prestando declaración los detenidos de la tarde anterior, se vivía la agitación de los grandes momentos. En la puerta se agolpaban los periodistas que habían sido alertados de la detención de Camila Strozzi y Stefano Michelotto. Allí había carnaza. También había acudido a prestar declaración el padre Ranucci, contra quien algunos medios seguían arremetiendo. A las emisoras de radio y algún canal de televisión se habían sumado aquella mañana varios diarios de Venecia. El pobre párroco estaba agobiado por algunos de los titulares que le habían dedicado, tachándolo de persona poco seria y acusándolo de un exceso de protagonismo.

En uno de los pasillos de la comisaría se cruzó con Michelotto. Le recordaba del día anterior, cuando había acudido a su parroquia a ofrecer colaboración con la policía. Pensó que estaba allí por esa razón. Se le acercó, solícito, para saludarle, pero se encontró con un gesto despectivo del profesor.

–¿Qué le ocurre? – preguntó al policía que le acompañaba para que saliese por una puerta trasera y evitase la nube de periodistas.

–Está detenido por un asunto oscuro en el que ha habido un muerto y dos heridos. Ha pasado la noche en los calabozos.

El padre Ranucci hizo un gesto de conmiseración y no dijo nada. El agente, por romper el silencio, comentó al párroco que, al parecer, por la información que estaban manejando, uno de los heridos era el joven a quien se había acusado del robo de la pintura de su iglesia.

–¡Válgame el cielo! ¿Es muy grave?

–No podría decirle, padre. Sólo sé que está en el hospital Fatebenefratelli.

Guido Ranucci, una vez que hubo salido de la comisaría donde había prestado una declaración rutinaria que, según el policía que se la tomó, era para cerrar el expediente que llamaban en términos policiales caso Bellini, decidió que haría una visita a aquel joven. Visitar a los enfermos era una forma de cumplir con su ministerio y si alguien le veía encontraría razonable su presencia en el hospital. Creyó que le tendrían entretenido toda la mañana en la comisaría resolviendo el papeleo y, para su sorpresa, todo había ido mucho más deprisa de lo que se había imaginado.

El párroco de Zanipolo no tuvo problemas para acceder a donde estaban Lucio y María. Cuando el sacerdote entró en la habitación el aspecto que la joven ofrecía era peor que el del herido. La noche en un sillón había causado estragos en María. Los dos jóvenes quedaron sorprendidos ante la inesperada presencia de Ranucci. A la sorpresa siguió el azoramiento.

–¿Cómo se encuentra el herido?

La sonrisa del párroco despejó algunas de las inquietudes de Lucio y María, quienes habían considerado que su presencia allí estaba determinada por las explicaciones que podía exigirles por lo ocurrido en su iglesia el día anterior.

Ranucci, que se había percatado del embarazo que suponía su presencia, les despejó las dudas rápidamente.

–No he venido a recriminaros nada, sólo a interesarme por tu salud. En la comisaría me he enterado de que habías resultado herido. ¿Cómo ocurrió?

María y Lucio intercambiaron una mirada cómplice.

–Padre -María había tomado la iniciativa-, es una historia larga y complicada. Lucio, mi novio, ha encontrado una partitura, al parecer de Vivaldi, en el archivo de la Pietà y ese descubrimiento ha despertado la codicia de algunos ambiciosos.

–¿Una partitura de Vivaldi?

–Eso parece, padre.

En los ojos del sacerdote brilló una extraña luz.

–En fin, espero que lo de esa herida no sea grave y pronto estés completamente restablecido.

Al marcharse, Ranucci se volvió desde la misma puerta de la habitación.

–¿Esa partitura no tendrá que ver nada con mi parroquia?

Les había sorprendido. Los dos respondieron con negativas explícitas y contundentes. Demasiado explícitas y contundentes.

–Por cierto, me gustaría saber cómo evoluciona tu herida, ¿podrías facilitarme un número donde llamar?

Sin pensárselo, María le proporcionó el número de su teléfono móvil.

En el primer quiosco de prensa que encontró, el párroco de Zanipolo compró todos los periódicos de la jornada. Tomó un vaporetto de regreso a su parroquia y se encerró en la sacristía de su iglesia. Buscó todas las noticias que hacían referencia al inexistente robo del Bellini y las fue recortando. Por el contrario, sólo en uno de los periódicos aparecía una columna, bajo el título de «Reyerta en Torcello», en la que se daba noticia de un tiroteo habido en dicha isla de resultas del cual se contaban un muerto y dos heridos. Lo ocurrido no debía de haber llegado a conocimiento de los periodistas porque no había reflejado nada más. Las ediciones habían cerrado la noche anterior sin noticia de ello. La causa de la reyerta era la pugna desatada en torno a una valiosa partitura de Vivaldi, aparecida recientemente. Junto a la noticia en un recuadro, bajo el título de «Retazos de Venecia», se aludía a la relación del músico con una secta llamada Fraternitas Charitatis.

El sacerdote quedó pensativo. Giró el sillón donde estaba sentado y se encaró a su ordenador, abrió la conexión de internet y comenzó a buscar

información en la red, a partir de Vivaldi y Fraternitas Charitatis. Los datos le llegaban como si tirase de las cerezas de un cesto. No era gran cosa, pero sí lo suficiente como para hacerse una idea acerca de la secta, de la relación que tenía Vivaldi con ella, así como las leyendas que corrían en torno a un misterioso secreto relacionado con el músico. También llegó al nombre de Tomasso Bellini.

Dos horas después, y tras vencer numerosas dudas, marcó un número de teléfono.

–¿Secretaría de Estado?

–Sí, dígame, ¿quién llama?

Aquella tarde el médico responsable de la planta donde estaba Lucio le indicó que todo iba perfectamente, mejor incluso de las previsiones más optimistas.

–Seguro que en su casa estaría usted más cómodo.

–¿Quiere decir eso que me va a dar el alta, doctor?

–Quiero decir que si me promete quedarse en casa, en reposo, podría considerar esa opción.

–Haré lo que usted me diga, doctor.

El médico se dirigió a una de las enfermeras que le acompañaban en la visita.

–Prepara la documentación para el alta del señor Torres. Una ambulancia le trasladará a su domicilio.

–¿Para cuándo, doctor?

–Para ahora.

María llamó a su madre para comunicarle la noticia. También le dijo que se marcharían a Torcello. Aquél era un lugar tranquilo.

Giulietta era de la opinión de que estarían mejor en el Bucintoro y ofreció a su hija, para tratar de convencerla, que Lucio no sería considerado un huésped, sino que sería tratado como alguien de la familia. A pesar de ello, María insistió en su decisión de marchar a la casa de Torcello. Como último argumento Giulietta le dijo que aquello estaba hecho un desastre, después de lo ocurrido. Tampoco aquel argumento tuvo fuerza para hacer desistir a María de su decisión. Aceptó, sin embargo, la ayuda que le ofreció su madre. Un mozo y una camarera del hostal se desplazarían por la tarde para ayudarle a poner un poco de orden. Aldo le había dicho que la policía no necesitaba hacer ninguna inspección, aparte de las realizadas, porque el

asunto estaba claro como el agua. También llevarían comida y algo de menaje para reponer los destrozos habidos. María le pidió que le hiciese llegar la partitura con el mozo o con la camarera, guardada en un sobre; nadie pensaría en el contenido del mismo.

Su madre le preguntó si necesitaba algún otro tipo de ayuda, incluso si quería que fuese a Torcello para pasar la noche con ellos. María le agradeció el ofrecimiento, pero lo rechazó. Quería estar a solas con Lucio, no abrigaba temores tras la detención de Michelotto y Licci, y Giorgio no estaba para muchos trotes. Sería aquella noche cuando descifrarían la partitura y descubrirían el secreto de Vivaldi.

Cuando María y Lucio llegaron a Torcello acompañados de dos enfermeros, en la puerta de la casa les aguardaban la camarera y el mozo prometidos por su madre, junto a dos cajas de las que se utilizan para transportar menaje. El mozo le entregó un sobre cerrado.

Era la caída de la tarde y los últimos rayos de sol alimentaban los colores del paisaje, dándole unos cálidos tonos anaranjados. Lucio quedó instalado en la salita de la planta baja, que apenas había sufrido los devastadores efectos de la búsqueda. María ordenó al mozo y a la camarera que empezasen por la planta de los dormitorios. Allí todo consistía en poner la ropa en su lugar y colocar colchones y cajones de muebles en su sitio. La cocina la dejarían para el final.

Cuando tuvo la seguridad de que estaba oculta a cualquier mirada indiscreta, salió al patio y sacó del cobertizo, donde se apilaba la leña, la caja donde estaba la clave. No pudo ahogar un suspiro.

Sintió vibrar su teléfono móvil en el bolsillo. Lo tenía en vibración porque en el hospital no estaban permitidos los ruidos de los móviles y no se había acordado de cambiarle el modo de sonido. Casi instintivamente ocultó de nuevo la caja.

–¿Sí?

»¡Hola, mamá! ¡Ya estamos en casa!

»¿Que venís para acá Aldo y tú?

»¡Pero mamá, si ya te dije que no era…!

»¿Qué es eso tan importante?

»¡Mamá! ¡Mamá!

No hubo respuesta. Su madre había cortado la comunicación.