El enigma Vivaldi

Peter Harris · Capítulo 17 de 28

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El enigma Vivaldi

Capítulo 17

–¡María, por favor! ¡Qué querías que hiciera con Michelotto pisándome los talones!

–¿Cómo descubriste dónde estaba el texto de Bellini, si era invisible?

–Porque dejó una pista cuando firmó el cierre de las cuentas correspondientes al mes de julio, que son las últimas que firmó. Es increíble, las firmó el 30 de julio.

–¿El 30 de julio? ¿Y qué tiene de particular?

–Que no es el último día del mes. Julio tiene treinta y un días. Todos los demás meses estaban firmados el último día de cada uno de ellos.

–¿Cómo te diste cuenta? – Los ojos de María tenían un brillo especial.

–No lo sé, me llamó la atención al observar el final de todos los meses y las firmas.

María, sin perder el paso, le besó en el cuello:

–Cariño, terminarás siendo un magnífico detective. Pero ¿adónde te condujo esa fecha?

–Me fui a la página 30 de aquel libro. Allí, como en muchas otras, porque los asientos de ingresos son menores que los correspondientes a los gastos y para evitar que el libro quedase desequilibrado, dejaban espacios en blanco, pero a diferencia de otras páginas no habían inutilizado el espacio no escrito para evitar anotaciones posteriores. Me chocó.

–¿Y cómo te diste cuenta de que allí había un texto escrito?

–Por el tacto. Las yemas de mis dedos percibieron el tacto de la escritura oculta. También he descubierto que los asientos en el libro de cuentas se hacían con cierto retraso.

–¿Por qué dices eso?

–Porque la página 30 tiene asientos de febrero y Bellini no pudo escribir aquello antes de julio. Si los asientos se hubiesen hecho en su fecha habría inutilizado el papel con líneas ondulantes de arriba abajo. Tal vez puso al día la contabilidad cuando fue consciente del peligro que corría, tras recibir el mensaje de Vivaldi.

Habían llegado al Bucintoro. Allí les aguardaba una desagradable sorpresa.

Capítulo 17

Lucio se encontraba a medio camino entre el estupor y el miedo. Su habitación en el Bucintoro había sido registrada sin ningún tipo de miramientos. Todo estaba revuelto. Sus prendas de vestir, tiradas por el suelo, el colchón fuera de su sitio, al igual que la ropa de cama. Lo más doloroso de todo era que habían hecho añicos su violín.

¡Menos mal que no se trataba de su amado Tononi!

Lo único que echó de menos, después de comprobar aquel desaguisado, fueron los papeles en los que había anotado todos los datos de interés sacados del archivo de la Pietà y las tres fotocopias que guardaba de la partitura de Vivaldi. Aquélla era la única, pero importante, pista que los ladrones habían dejado. Era como una tarjeta de visita en la que señalaban que su interés estaba relacionado con la extraña partitura que Lucio había encontrado entre los papeles del archivo.

–Lo que no alcanzo a comprender -comentaba María, mientras ayudaba a Lucio a recoger su ropa y ponerla en la maleta- es cómo sabían cuál era tu habitación. Mi madre está preguntando al personal del hostal para buscar alguna explicación.

–Tal vez alguien se haya ido de la lengua -le comentó Lucio, que no paraba de guardar ropa-. Lo que no ofrece dudas es que se trata de alguien al servicio de Michelotto y sus amigos. Nadie más sabe de la existencia de la partitura. Porque tampoco hay duda de que eso es lo que andan buscando.

–Es posible. Pero en ese caso Michelotto no encaja -afirmó María.

–¿No encaja? – Lucio frunció el ceño.

–¡Para qué quiere Michelotto una partitura que ya tiene!

Lucio se detuvo un instante y la miró fijamente.

–Tal vez desee poseer el documento original -y añadió con tono burlón-:

¡En una persona tan exquisita las fotocopias deben ser desecho!

–No seas tonto, pero es posible que lleves razón. El dottore es un paleógrafo y por lo tanto un enamorado de los documentos. Una fotocopia no deja de ser un mal sucedáneo. Es posible que eso explique su presencia en la Pietà. Lo que me recuerda que no debemos perder un instante.

En aquel momento unos golpes de nudillos en la puerta anunciaron la presencia de alguien.

–¿Sí? – preguntó Lucio.

–Soy Giulietta, ¿puedo pasar?

Lucio acudió solícito a abrir la puerta a la madre de María.

Giulietta, aunque se acercaba a los cincuenta años, conservaba una esplendorosa belleza. Su elevada estatura hacía que sus opulentas formas le diesen un aire atractivo. A ello unía una elegancia natural, la misma que había heredado su hija María.

–¿Ocurre algo, mamá? – preguntó la joven.

–Después de hablar con todo el personal de la casa, a algunos los he llamado por teléfono a sus domicilios, sabemos algo de quienes han realizado esta… esta -miró alrededor-, esta visita.

–¿Qué has averiguado? – María había dejado de doblar prendas de vestir.

–Esta mañana, hacia mediodía, mientras yo había salido a comprar, dos hombres que dijeron ser compañeros de las Jornadas Musicales a las que asistía Lucio, preguntaron por él. Lorena, que atendía la recepción, llamó a la habitación sin obtener respuesta. Por ese procedimiento, dado que el teléfono está sobre el mostrador, pudieron saber de qué habitación se trataba. Luego llegar hasta ella ha podido resultar fácil, hoy ha sido un día de mucho trajín y en un momento de descuido alguien ha podido subir.

María miró de forma reprobadora a su madre y ésta acusó el golpe.

Giulietta puso cara compungida y susurró a modo de excusa:

–Prometo que de ésta no pasa el que modernicemos nuestras cerraduras.

–Mamá, ya lo has dicho demasiadas veces para que me lo crea. No podemos seguir con llaves del siglo XIX. – La voz de María sonó cansina.

–Bueno, bueno, creo que eso no es ahora lo más importante. – Giulietta no tenía muchas ganas de hablar de una cosa así-. La cuestión fundamental está en saber quiénes han sido los autores y, sobre todo, por qué lo han hecho. Creo que lo procedente es avisar a la policía.

–¡De ninguna manera, mamá! ¡Ni se te ocurra!

Giulietta hizo un gesto de sorpresa, pero lo que iba a decir se le atragantó porque en aquel momento el mozo que prestaba sus servicios en el hostal pidió permiso para entrar en la habitación y le susurró algo al oído.

–¿Qué les has dicho?

–Nada, señora. Que iba a buscarla.

Clavó sus grandes ojos en Lucio y María:

–¿Alguno de vosotros ha llamado a los carabinieri?

Los dos negaron con movimientos enérgicos de cabeza.

–¿Qué es lo que ocurre? – preguntó María.

–La policía pregunta por Lucio.

–¿La policía pregunta por Lucio?

–Sí, en efecto; y me vais a explicar qué es lo que está ocurriendo aquí. –

Giulietta señaló varias veces con la punta de su dedo índice al pecho de su hija.

–Ahora no tenemos tiempo, mamá -la voz de María era poco más que un susurro-, tienes que despedirles como sea.

–¿¡Que tengo que despedir a la policía, en lugar de denunciar el asalto que ha sufrido mi casa!? – Giulietta estaba encorajinada.

–¡Mamá, hazme caso y dales alguna explicación para que se marchen!

¡Por favor, hazlo por mí! – María juntó las manos en un gesto de súplica para reforzar su petición.

–No, si antes no me explicáis de qué va todo este embrollo. – Giulietta cruzó los brazos, dando a entender que su decisión era firme.

–Señora, ¿qué les digo a los carabinieri? – El mozo apenas dejó oír su voz.

–¡Qué sé yo, Antonello! ¡Diles que ahora bajo!

Cuando el mozo hubo dejado la habitación, Giulietta insistió:

–¡Si no me contáis lo que aquí ocurre, no bajo! Y entonces es posible que ellos suban. No sé si tienen una orden judicial, ni por qué razón preguntan por Lucio.

–Está bien, mamá. – María hizo un gesto de resignación-. Todo este embrollo está relacionado con una valiosa partitura que Lucio ha descubierto.

–¿Una partitura?

–Sí, por eso fui a ver a Michelotto. La partitura tiene un gran valor y son muchos los que desean conocer su contenido.

–¿Todo esto por una partitura? – Giulietta le hizo un mohín.

–Sí, mamá, por una partitura. Por una partitura de Vivaldi. Su valor puede ser incalculable. Por eso quienes esta mañana preguntaban por Lucio eran músicos.

–Está bien -Giulietta asintió con la cabeza y apretó los labios-, aunque no me convences del todo; ¡aquí hay gato encerrado!, bajaré a hablar con los de la policía. Aguardad y no hagáis ruido.

Una vez que su madre salió, María le dijo:

–Termina de recoger tus cosas, mientras yo voy a mi habitación a coger la ropa que voy a llevarme, sólo tardo unos minutos. Tenemos que marcharnos rápidamente. – Lo besó suavemente en los labios.

Unos minutos después, Giulietta entraba en la desordenada habitación del músico español con la alteración dibujada en sus facciones. Sin ningún preámbulo espetó:

–¡Han formulado una denuncia contra Lucio! ¡Los carabinieri querían saber dónde estabas! Les he dicho que no lo sabía y que lo más probable es que no vinieras hasta la noche. Creo que he ganado algunas horas, pero me he comprometido a avisarles cuando llegues y a comunicarte que debes aguardarles aquí. Vendrán a interrogarte.

Lucio miró a María y preguntó:

–¿A interrogarme por qué?

Giulietta se encogió de hombros.

–No me han dicho nada. Pero creo que estará relacionado con todo este asunto que María y tú os traéis entre manos. ¡Eso no puede traer nada bueno! ¡A los muertos lo mejor es dejarlos descansar en paz y no andar removiéndolos!

María echó el brazo por encima del hombro de su madre y le dio un beso en la frente. Se mostró melosa.

–Mamá, tienes que ayudarnos. Necesitamos tiempo.

–¿Necesitáis? ¡La policía no ha preguntado por ti!

–Pero me voy a marchar con él. – El tono de María era contundente.

–¿Adonde vais a marcharos?

María volvió a besarla:

–¿No lo adivinas?

–No sé si es una buena idea. Creo que lo mejor, si no tenéis nada que ocultar, es que habléis con los carabinieri. Ellos os ayudarán. Yo podría…

¿O acaso tenéis algo que ocultar?

–Mamá, ya te lo he dicho. Lucio ha encontrado una partitura de gran valor, eso ha desencadenado la ambición de mucha gente.

–¡Vosotros dos os enfrentaréis a esa gente! ¡Estás loca, María, loca de remate!

Lucio asistía en silencio a la discusión entre madre e hija, quienes durante un buen rato siguieron con aquel forcejeo dialéctico. En aquellas

circunstancias lo mejor era ser convidado de piedra. Después de varios minutos, María decidió dar por zanjada la discusión.

–Está bien, mamá, ¿vas a ayudarnos o no? Tenemos prisa y no podemos perder un minuto más. Si me das las llaves de la casa de Torcello, nos instalaremos allí el tiempo necesario para aclararlo todo. Si no, me lo dices y nos buscaremos la vida.

Lo último que María guardó en el improvisado equipaje fue su ordenador portátil, una de sus pertenencias más valiosas; regalo de su madre en el último cumpleaños. No ocupaba espacio y siempre sería útil para mantenerse conectado al mundo a través de internet.

Stefano Michelotto a duras penas podía contener la ira. Sólo su exquisita educación, que formaba parte de su personalidad, le permitía mantener las formas. Aquel músico español se le había escapado por pies.

No perdió tiempo en buscar en el archivo. Ya lo haría más tarde. Aunque no tenía pruebas fehacientes para sostener una acusación, se había dirigido, sin perder un instante, a la primera comisaría que encontró; estaba a muy pocos metros de la Pietà, y presentó una denuncia. Había hablado con el comisario y sólo su influencia hizo posible que, sin una base sustancial, en muy pocos minutos dos inspectores se hubiesen presentado en el Bucintoro preguntando por Lucio Torres.

Lo que el dottore Michelotto había declarado era poco consistente, pero había sido suficiente para que el comisario agarrase por los pelos aquella denuncia. En síntesis, un músico español llamado Lucio Torres, de paso por Venecia había descubierto una partitura en el archivo del Ospedale de la Pietà -Michelotto había afirmado que la partitura era de Vivaldi con el objetivo de dar fuerza a su denuncia- y se había apropiado de ella. Aunque no podía presentar pruebas, la acusación -apropiación de un documento de gran valor histórico y artístico- y su persona eran lo suficientemente importantes como para que se actuase. La urgencia venía dada por el carácter de extranjero del denunciado, que en cualquier momento podía abandonar Italia.

–¿Alguna prueba, dottore? – había preguntado el Comisario.

–¡Le parece poco mi palabra y las consecuencias que podrían derivarse de una posible negligencia en la acción policial! ¡Imagínese que el asunto se filtrara a los medios de comunicación!

Cuando Michelotto señaló al comisario que deseaba presentar la denuncia por escrito, para que quedase constancia de ello, las pocas dudas del policía para iniciar una actuación que le cubriese las espaldas se disiparon. Aunque recomendó a los dos hombres que mandó al Bucintoro, tras comprobar en los datos de alojados en la ciudad que en ese hostal se encontraba un español llamado Lucio Torres, que fuesen prudentes porque todo aquello podía ser sólo un infundio.

–¡Aquí no hay nada de interés! – Los ojillos miopes de Romano Licci eran mucho más pequeños sin las gafas tras las que se refugiaban-. Sólo se trata de apuntes sobre la actividad de Vivaldi como maestro de música en el Ospedale della Pietà. ¡Aquí no hay el más mínimo indicio de esa partitura que has tenido en tus manos, Cataldo! ¡El riesgo que hemos corrido en el Bucintoro no ha servido para nada!

En las últimas palabras de Licci se adivinaba un fondo de reproche. En ese momento Giorgio Cataldo sacó de su bolsillo las tres fotocopias de la partitura de Vivaldi:

–Aquí tienes. No una, sino tres copias de la partitura que andábamos buscando. ¿Es suficiente? Busca un buen músico para que te la interprete.

La mirada que Licci le dirigió estaba cargada de ira. Le había ridiculizado de forma humillante.

–¿Y la clave? ¿Dónde está la clave? – le preguntó agriamente, como una forma de defenderse.

Licci, que se había puesto las gafas, volvió a quitárselas para mirar a Cataldo fijamente a los ojos. Suavizando todo lo que pudo el tono de voz, comentó:

–Creo que deberíamos acudir al archivo de la Pietà. Tal vez allí encontremos lo que estamos buscando. Conozco dos hermanos que son archiveros, se les podría encomendar la búsqueda. Mientras los localizo y los pongo al tanto de su labor, monta una discreta vigilancia sobre esa pareja de tortolitos, es posible que nos lleven a algún lugar interesante.

Sin contestar, Giorgio se levantó y abandonó la estancia donde Licci había montado el centro de operaciones, un discreto piso que la organización poseía en la zona de Mestre, en una urbanización dormitorio de la Gran Venecia, donde las entradas y salidas pasaban más inadvertidas a posibles ojos indiscretos. Estaba claro que entre Cataldo y Licci no había la

mejor de las sintonías para acometer el trabajo que les habían encomendado.

María y Lucio se habían instalado en el refugio que suponía para ellos la casa que su madre poseía en Torcello. Era de dos plantas y Giulietta había mantenido en ella, cuando la restauró, todo el encanto de la arquitectura rural. La isla, que en tiempos lejanos había tenido una población cercana a las veinte mil personas, era ahora un lugar paradisíaco donde algunas familias tenían casas de campo, en medio del verdor del paisaje y bajo la sombra de las monumentales construcciones de la plaza principal. El problema más importante era la escasez de servicios. Apenas había comercios y sólo destacaban los puntos de venta de recuerdos para turistas, además de un excelente restaurante, el Locanda Cipriani.

En la planta de abajo estaban todas las dependencias: cocina, comedor, un amplio salón en uno de cuyos rincones destacaba una soberbia chimenea, cuarto de baño, un patio con algunos árboles y un cobertizo para guardar leña y los inevitables trastos inservibles de toda vivienda. Sobre el patio volaba una terraza desde la que se disfrutaba de una espléndida vista sobre la laguna y el verde paisaje de la isla. En la planta de arriba había cuatro dormitorios en torno a una antesala y dos cuartos de baño. La casa estaba amueblada con notable gusto y dotada de todos los elementos para una vida confortable. Lo mejor, sin embargo, era el silencio y la paz que allí se respiraba junto al calor de los vecinos, algunos de ellos conocidos de María. A nadie le extrañó su presencia. A lo sumo habría algunos comentarios acerca del joven que la acompañaba.

Habían elegido como dormitorio uno que tenía una enorme cama de matrimonio tallada en madera de nogal, y después de colocar en el armario y en una cómoda la ropa que habían metido de cualquier forma en las maletas, decidieron hacer el amor y dejar para más tarde el estudio de la clave de Bellini. En aquella hermosa cama retozaron a gusto durante una hora. Sudorosos y jadeantes, pero con una placentera satisfacción reflejada en sus rostros, permanecieron entrelazados largo rato. Fue Lucio quien rompió el silencio.

–¿Estás de acuerdo en la razón que te di para explicar por qué Michelotto ha registrado mi habitación?

–Puede que sea así. No se conforma con una fotocopia de la partitura.

Quiere el original -respondió María.

–Pero registrar en mi habitación significa que presupone que me he quedado con la partitura. Entonces la pregunta es ¿por qué ha ido a la Pietà?

Tras un breve silencio, María comentó:

–Es posible que fuese a la Pietà después de no encontrar nada en el registro de tu cuarto.

Lucio acarició el pecho de María y ella respondió besándole en el cuello. Se apretaron el uno contra el otro, como si quisieran fundirse en uno solo.

–Hay algo que no encaja -comentó Lucio.

–¿Qué es lo que no encaja?

–¿Por qué se llevaron mis apuntes y las tres fotocopias de la partitura?

¡Puede tener todas las que quiera!

María permaneció unos instantes en silencio, buscaba una respuesta.

–Es posible que quienes entraron en la habitación tuviesen instrucciones de llevarse todos los papeles que encontrasen. ¡Vete a saber qué tipo de gente es la que ha estado allí!

–Eso es posible -asintió Lucio.

María se incorporó y él la miró arrobado. En aquel momento sonó de forma estridente el móvil de María. Se levantó desnuda, exhibiendo su hermoso cuerpo, y buscó en el bolso su teléfono.

– Prego?

Respondió una voz gangosa con un tono amenazador:

–No creas que te será fácil escapar de nosotros, tienes algo que queremos y lo vamos a conseguir. Será mejor que te muestres dispuesta a colaborar y nosotros nos mostraremos generosos. Pero si te resistes, tendrás problemas tan graves que ni siquiera puedes imaginarlos.

A María se le había demudado el rostro. Lucio se percató de que algo muy serio estaba ocurriéndole.

–¡Oiga! ¿Quién es usted? ¿Cómo se atreve…?

–Escúcheme con atención y hágame caso. Dennos lo que tienen usted y ese músico que la acompaña. Ya sabe a qué me refiero. Sólo así los dejaremos en paz.

–¡Usted es un canalla! ¡Lo que voy a hacer es denunciarlo a la policía! –

gritó María.

–¿A quién va usted a denunciar? ¿A una voz? ¡Déjese de tonterías y hágame caso! ¡Quien está denunciado es ese músico, por robar un

documento de alto valor histórico! ¡Eso es un delito!

–¡El mismo documento del que ustedes quieren apoderarse! – volvió a gritar María.

–Es cierto, pero contra nosotros no se puede presentar ninguna acusación. ¡Quien ha curioseado en el archivo de la Pietà ha sido ese Lucio Torres que tan ligado está a usted!

–¡Es usted un canalla!

–Eso es cierto, para desgracia suya. Mañana volveré a llamarla. Tiene veinticuatro horas para reflexionar y ser una buena chica. Si es una cuestión de dinero es posible que podamos llegar a un acuerdo siempre que sea usted razonable.

–¿¡Oiga!? ¿¡Oiga!?

Ya no hubo respuesta.

María tiró el móvil sobre la cama. Tenía los ojos lacrimosos.

–¿Quién era?

–¡Un desalmado!

–¿Qué te ha dicho?

Lucio trataba de mantener la calma. La abrazó con fuerza y ternura a la vez. María rompió a llorar y él trató de tranquilizarla acariciándole suavemente la cara y el cabello. Hubo de esperar varios minutos hasta que empezó a hablar y le contó las amenazas que había recibido si no entregaban la partitura. También que estaban dispuestos a ofrecerle una cantidad de dinero.

–Nos han dado veinticuatro horas de plazo -gimió.

Tomaron una ducha y se vistieron. María parecía un poco más tranquila, pero la tristeza que velaba sus ojos dejaba claro cuál era su estado de ánimo.

Lucio le propuso salir a tomar algo.

–Supongo que habrá algún sitio donde nos den de cenar.

–No, aquí en Torcello no hay ningún sitio salvo en el restaurante del Locanda Cipriani, un hostal para potentados. Pero tenemos algo de comida en la nevera y lo que nos ha puesto mi madre. Prefiero quedarme aquí.

–¿Tienes miedo de salir? ¿Piensas que pueden saber dónde estamos?

–No, no creo que lo sepan, por lo menos todavía. Aunque estoy convencida de que lo averiguarán. Y tengo el miedo metido en el cuerpo.

No te puedes imaginar cómo era el tono de voz de ese individuo. Es algo pavoroso.

Aprovisionaron la nevera con lo que les había preparado la madre de María, dos bolsas con comida, más que suficiente para alimentarse varios días. Improvisaron una cena -ensalada, tortilla francesa y fruta- y comieron en silencio en la mesa de la cocina. La tristeza de María se estaba contagiando a Lucio. Nunca podría haber sospechado que su viaje a Venecia tomara aquellos derroteros; sentía nostalgia de Córdoba, de sus amigos, y pensaba en sus padres.

Se metió la mano en el bolsillo y palpó el papel. Allí tenía la partitura, la clave de Bellini y, posiblemente, un bálsamo para el alicaído ánimo de María.

–¿Quieres conocer la clave de Bellini?

Un destello de ilusión brilló en los ojos de María, quien asintió con un movimiento de cabeza. Lucio desdobló el papel dando a sus gestos un aire misterioso: quería arrancarle una sonrisa. Ella se percató de sus esfuerzos, le lanzó un beso y le regaló una sonrisa.

La clave para descifrar el mensaje del frater Vivaldi, contenido en la partitura que podrá hallarse entre las páginas de este libro, se encuentra bajo la protección de los santos Giovanni e Paolo, bajo los pies de san Sebastiano y oculto por san Vincenzo Ferreri, gracias a mi antepasado. Que Dios Nuestro Señor perdone mis pecados y tenga piedad de mi alma.

–¿Quieres repetírmelo otra vez? Lucio lo hizo lentamente, para que pudiera empaparse el contenido de cada una de las palabras del texto.

–Lo primero que tenemos claro es que, a pesar de lo que la historia nos cuenta acerca de que Bellini negó haber recibido la clave, la verdad es que la recibió y la ocultó. ¿Estamos de acuerdo?

Lucio asintió con la cabeza.

–También sabemos que, al tener la clave, pudo acceder al secreto descubierto por Vivaldi.

–Así es -corroboró Lucio.

–Creo que podemos no sólo suponer, sino afirmar -continuó María-, que lo descubierto por Vivaldi debía de ser algo peligroso para que Bellini actuase de la forma que lo hizo.

–Podemos afirmarlo con mucho fundamento. Aunque el concepto de peligroso haya podido cambiar con el tiempo -matizó Lucio.

Ahora fue María quien asintió.

–Lo que nos dice a continuación es el lugar donde guardó la clave hace más de dos siglos y medio.

Lucio leyó, una vez más, la segunda parte del texto: «…bajo la protección de los santos Giovanni e Paolo, bajo los pies de san Sebastiano y oculto por san Vincenzo Ferreri, gracias a mi antepasado».

–¿Qué querría decirnos con eso? ¿Qué pueden tener en común san Juan, san Pablo, san Sebastián y san Vicente Ferrer?

–Me llama mucho la atención -comentó Lucio- la frase final. Suena trágica. – Volvió a leerla-: «Que Dios Nuestro Señor perdone mis pecados y tenga piedad de mi alma». ¿Cómo habría de sentirse Bellini para hacer una declaración como ésta?

–No olvides que era un hombre del siglo XVIII. Entonces la religiosidad se vivía de forma muy diferente, para muchas personas era el eje de sus vidas y aquélla era una sociedad menos materialista que la nuestra. Es posible, como tú piensas, que conocer el misterioso descubrimiento de Vivaldi le afectase mucho, hasta el punto de ocultarlo.

Tal vez está pidiendo perdón por lo que había hecho, no olvides que engañó a los demás miembros de la Fraternitas Charitatis.

–En fin -el tono de Lucio era resignado-, lo más importante para nosotros no es el estado de ánimo de Bellini, ni sus problemas de conciencia, sino dónde dejó escondida la clave.

Durante varias horas trabajaron sin descanso con el ordenador portátil de María; buscaron a través de internet toda la información que podían alcanzar por esta vía, aunque aquello era navegar en un laberinto de datos no demasiado fiables. Con todo lo que obtuvieron barajaron posibilidades y formularon hipótesis. Pero no lograron sacar nada en claro. Aquella combinación de santos no les proporcionaba ninguna pista. San Juan era el discípulo amado de Jesús, además de uno de los cuatro evangelistas, y los últimos años de su vida estaban envueltos en cierto halo de misterio, retirado del mundo en la isla de Patmos para escribir una obra tan extraña como el Apocalipsis. San Pablo era feroz enemigo de los cristianos, pero una repentina conversión cuando iba camino de Damasco cambió su vida por completo. Dedicado al apostolado, puso tanta pasión en difundir las ideas que antes había perseguido, que para muchos era uno de los pilares básicos en la universalización del cristianismo. También dejó una importante obra escrita, en forma de epístolas. San Sebastián por su parte

era un militar romano que, convertido al cristianismo, se negó a prestar adoración al emperador, por lo que fue martirizado: le asaetearon hasta morir. Considerado como un abogado contra las enfermedades, su culto tuvo mucho relieve durante la Edad Media. Por último, san Vicente Ferrer era un fraile de la orden dominica, versado en teología; hombre apasionado, puso todo su celo en defender la ortodoxia de Roma y en quemar herejes.

En sus rostros, tras las tensiones de un día como el que habían vivido, se reflejaba el cansancio acumulado. Tal vez lo mejor que podían hacer era descansar y abordar el texto al día siguiente con la mente más despejada.

Había sido una jornada terrible. Se habían peleado con Michelotto y su camarilla. Se habían llevado la partitura del archivo, es decir, la habían robado. Los habían perseguido. Tenían presentada una denuncia contra Lucio en la comisaría y la policía andaba buscándolos. Habían huido y se habían escondido. Les habían amenazado por teléfono. Y se habían devanado los sesos hasta la extenuación por culpa del prete rosso y de un frater llamado Bellini.

–Creo que lo mejor que podemos hacer es irnos a dormir -señaló Lucio-.

¿Quieres un vaso de leche antes de acostarte? Te lo puedo calentar en el microondas.

–Sí, por favor. Creo que me vendrá bien.

Mientras manipulaba los mandos del microondas para calentar la leche, Lucio comentó, sin darle mayor importancia:

–¿Por qué le dará Bellini las gracias a su antepasado? ¿Qué pintará ese otro Bellini en todo esto?

María sintió cómo en su cabeza surgía una idea. Era como si el cansancio hubiese puesto a bajas revoluciones todas sus funciones, incluidas las asociadas al pensamiento. Se levantó, rodeó a Lucio con sus brazos y le dio un beso apasionado.

–¡Eres excepcional, amor mío! ¡Es posible que hayas desvelado la clave de Bellini! ¡Conéctate a internet!

–¿Yo? – Lucio se autoseñaló con su dedo índice a la vez que en su rostro aparecía una expresión de incredulidad.

–¡Sí, tú! – reafirmó María a un Lucio que, como estaba cada vez más desconcertado, no acababa de hacer lo que ella le indicaba-. ¡Vamos, no seas pasmarote! ¡Rápido, conecta el ordenador, es posible que encontremos