El enigma Vivaldi
Capítulo 4
alcanzar el nivel de los cánones establecidos en los anuncios que llenaban vallas publicitarias o aparecían reiteradamente en la propaganda de cualquier producto, era aceptable. Un metro setenta y nueve, setenta y cuatro kilogramos de peso, le daban un porte ligeramente delgado, muy acorde con su actividad. Pelo negro y lacio, partido con una raya en medio y moderadamente largo. Ojos grandes y negros, de mirar sereno, pero capaces de transmitir la intensidad de una pasión, rostro alargado y labios finos. Sólo rompía la armonía una nariz aguileña y la marca que había dejado en su rostro un fuerte acné juvenil.
Aquellos romances no habían ido más allá de ser atractivos pasatiempos. Todavía no se había cruzado en el camino de Lucio Torres la mujer que lo enamorase.
Cuando aterrizaron, Lucio Torres cogió con sumo cuidado del compartimiento para equipajes de mano que había sobre su cabeza el estuche de su violín -no era obviamente el Tononi- y abandonó el avión.
Tras recoger su equipaje en la cinta transportadora, se dirigió hasta la salida del aeropuerto. Tomó un tren hasta la pequeña dársena donde los vaporetti recogían viajeros. Se informó del que hacía el recorrido por el Gran Canal y rendía viaje en la piazza San Marcos.
Cuando se montó en el vaporetto era consciente de lo que comenzaba a vivir: Venecia, la música y Vivaldi, enlazados íntimamente dentro de sí. Era un momento mágico y deseaba aprovecharlo, vivirlo plenamente. Deseaba que su viaje resultase inolvidable.
Así iba a ser. Pero lo que Lucio Torres no podía sospechar ni remotamente era la causa por la cual su estancia en Venecia iba a resultar inolvidable.
Capítulo 4
Habían transcurrido diez días desde que el joven violinista arribara a Venecia. Tres le habían bastado para que un cúmulo de sensaciones anidasen en su espíritu de forma contradictoria. Aquella ciudad era un mundo de contrastes. Pero los contrastes vividos por Lucio Torres no eran solamente los que recibía de las vibraciones que emanaban de la ciudad, sus iglesias, sus palacios, sus callejas, sus puentes o sus canales. También tenían su origen en la actividad que le había llevado hasta las orillas de la
costa adriática. Las Jornadas Musicales no sólo no habían respondido a las expectativas del joven músico, sino que se deslizaban por una pendiente peligrosa de desencanto. A la desorganización reflejada en los pequeños detalles, e incluso en el corazón mismo de las propias Jornadas, se añadía una falta de respeto por los horarios establecidos que rayaba en lo grotesco.
A todo ello había que añadir que alguna de las renombradas figuras, que eran uno de sus mayores atractivos, excusó su asistencia. Nadie, además, daba explicaciones ni asumía la responsabilidad del rumbo de un evento que iba camino de convertirse en un fracaso estrepitoso.
El contrapunto se lo proporcionaban a Lucio las horas pasadas en el archivo del Ospedale della Pietà, donde llegaba a perder la noción del tiempo entre las paredes del apacible lugar donde estaba guardada la documentación de la institución que había llenado muchos de los años de la actividad de Vivaldi y que había sido en los siglos XVII y XVIII uno de los centros más importantes de la vida musical veneciana. Allí las niñas abandonadas por las más dispares razones -el Ospedale era en buena medida un orfanato- recibían una extraordinaria educación musical. Las más capacitadas formaban parte del coro de la institución, cuyas actuaciones constituían acontecimientos musicales en la ciudad.
Lucio Torres había concentrado su atención no tanto en la historia del Ospedale cuanto en la relación de Vivaldi con la institución, donde el conocido por sus contemporáneos como el prete rosso -cura rojo-, por causa del color de sus cabellos, había ejercido en diferentes etapas y con intermedios variables su actividad de maestro y compositor. Lucio Torres había albergado la velada esperanza de encontrar y dar a conocer alguna de las composiciones perdidas del maestro. En aquellos polvorientos papeles estaba una buena parte de la vida de Vivaldi y él lo sabía, del mismo modo que conocía también las muchas lagunas en su biografía y puntos oscuros o no debidamente resueltos por aquellos que se habían acercado a su vida y a su obra.
Cada vez que abría uno de los legajos a los que dirigía su atención más por intuición que por otra cosa, tenía la esperanza de que algo extraordinario pudiese suceder. El polvo depositado en ellos denotaba que era mucho el tiempo transcurrido sin que ninguna mano se hubiese posado sobre aquellos papeles.
También en el archivo del Ospedale se percibían esos contrastes. Frente al valor de sus legajos, la situación del archivo era de total abandono. No había un catálogo que sirviese de orientación -sólo existía una guía mecanografiada, una suerte de índice cronológico con algunas anotaciones acerca del contenido de los legajos- a quien tuviese la osadía de transitar por aquellos terrenos, que daban la sensación de ser tierra inexplorada.
Lucio tuvo en algún momento la sensación de estar acabando con algún tipo de virginidad.
Lo único positivo que se derivaba de aquel abandono era la paz y tranquilidad que se respiraba en la sala donde trabajaba. Habían tenido la deferencia de llevar una mesa y una silla hasta la llamada sala del archivo, una buhardilla cuyas paredes estaban llenas de estanterías que iban desde el suelo hasta el techo, donde reposaban los legajos. Allí, en aquella soledad, el joven violinista, émulo del gran prete rosso, se había sentido tan cómodo que terminó considerando la dependencia como un terreno acotado para sus pesquisas.
Cuando aquel día a las seis de la tarde hubo de dar por concluida su tarea, porque el edificio donde se guardaba la documentación cerraba sus puertas, Lucio se dirigió hacia la piazza San Marcos, donde cada día se tomaba un capuchino y se relajaba escuchando la orquestina del local. Por la noche iría hasta su hostal porque se había citado con una encantadora veneciana llamada María, profunda conocedora de la historia de su ciudad y estudiante de lenguas románicas, entre ellas el castellano, en la facultad de Filología de la Universidad del Véneto. Con ella había compartido muchas horas los días anteriores y visitado lugares que de otra forma le hubiesen sido vedados. Se sentía a gusto con aquella veneciana.
María, que acababa de terminar su licenciatura, tenía veinticuatro años, era la única hija de la dueña del Bucintoro, el hostal donde se alojaba, y había viajado varias veces a España. Conocía razonablemente bien ciudades como Madrid y Salamanca, y en menor medida Sevilla y Granada. Hablaba castellano con soltura y tenía una pronunciación perfecta. A veces, le costaba entender a Lucio, quien hablaba un correcto andaluz en el que predominaba el seseo, abría las vocales y desaparecían algunas consonantes finales. También convertía en diptongos ciertas terminaciones del castellano.
Si Lucio Torres se había encontrado con una excelente cicerone para descubrir los encantos que toda ciudad posee y que sólo es posible conocer de la mano de un nativo, María del Sarto, ése era su apellido, tenía en él un magnífico compañero de prácticas para su castellano, con las salvedades indicadas.
De su mano había paseado por callejas perdidas entre canales solitarios, donde no llegaba el bullicio de los turistas; había descubierto viejos palacios que encerraban en sus muros, desgastados por el agua y el viento, historias llenas de fuerza, tremendas unas y llenas de lirismo otras. Había conocido lugares recónditos y también los que servían de punto de encuentro a los venecianos para tomar copas en medio de animadas charlas y muchos gritos. Habían disfrutado de paseos donde el silencio era tan elocuente como la más interesante de las conversaciones.
Lucio había descubierto gracias a María una Venecia que, de otra forma, le hubiese quedado vedada, oculta a sus ojos. Estaba agradecido a las muchas horas que ella le había regalado aquellos días. Poco a poco había anidado en él un sentimiento que iba más allá del agradecimiento. Lucio se hacía, cada vez con más frecuencia, una pregunta: ¿estaría ella tan a gusto a su lado como lo estaba él con ella? También le ocurría que, en medio del trabajo, le venía a la mente su imagen, hasta el punto de estar continuamente en su pensamiento. Tomó la decisión de corresponder a la generosa disposición que María tenía con él. ¿Le sucedería a ella algo parecido a lo que le pasaba a él?
Cuando llegó al Bucintoro -el hostal tenía un nombre de fuertes resonancias de la Venecia histórica-, junto al canal de San Marcos, frente a la isla de San Giorgio Maggiore, en la ribera de los Santos Mártires, estaba anocheciendo. Subió a su habitación y tomó una ducha de agua tibia, que reconfortó su cuerpo agarrotado por largas horas sentado en una incómoda silla.
Después de afeitarse, se vistió con ropa cómoda -pantalones amplios de color claro, una camisa de lino de manga larga a la que dobló las vueltas de los puños hasta el antebrazo, a juego con los pantalones- y se dejó caer sobre sus hombros, anudando las mangas al cuello, un jersey de algodón de un suave color fresa. Calzaba unos zapatos muy ligeros. Había invertido menos de un cuarto de hora en toda la operación. Se miró al espejo, metiendo los dedos de sus manos en la melena mojada para echarla hacia
atrás y darle cierta forma. Lo que vio reflejado en el espejo debió de satisfacerle porque se autorregaló una sonrisa. Miró el reloj y vio que apenas faltaban un par de minutos para las ocho. Comprobó que llevaba una cantidad de dinero que le pareció suficiente y sobre todo que tenía la tarjeta de crédito con la que haría frente a la factura de Da Fiore, uno de los mejores restaurantes de Venecia. Decían los venecianos que allí se comía el mejor pescado y marisco de la ciudad, sobre todo el pasticcio di pesce.
Estaba situado en una tranquila calle del campo San Giovanni e San Paolo, donde había reservado una mesa. Tenía la ilusión de sorprender a María, sin que pudiese explicarse muy bien la causa de dicho deseo ni los motivos que le impulsaban a hacerlo.
Bajó las escaleras silbando alegremente ante la perspectiva de una noche relajada y placentera; por su cabeza voló la idea, sin prestarle mucha atención, de la causa por la que se sentía tan a gusto en compañía de aquella italiana. En el pequeño y pulcro vestíbulo del hostal, sobriamente amueblado, pero con un gusto más que notable, se encontró con que María ya estaba allí, junto a su madre, que atendía a un huésped. Ninguna de las dos mujeres se había percatado de su llegada. Se detuvo apenas un instante para contemplar el perfil de la joven, a la que por primera vez veía arreglada como para acudir a un lugar especial. Lucio dudó por un momento si no le habría dicho algo acerca de acudir a cenar a Da Fiore, pero estaba seguro de que nada le había comentado.
María era una típica belleza veneciana, con un físico proporcionado según los cánones estéticos, que señalaban una estrecha cintura, caderas curvadas y busto generoso. La piel tenía un bronceado natural y se apreciaba de tacto muy suave. Las facciones serían perfectas, de no ser por una frente excesivamente amplia, que María disimulaba con la forma en que peinaba su negra melena, en la que había reflejos castaños naturales.
Compensaban su ancha frente unos ojos que, en opinión de Lucio -ahora se percataba que había dedicado a ellos no pocos de sus pensamientos-, variaban de color en función de la luz que recibían. Completaban el conjunto unos labios sensuales, carnosos.
Llevaba puesto un vestido de punto, de una sola pieza, que llegaba justo hasta las rodillas -en ese punto donde un centímetro de más o de menos da o quita la elegancia- y se adaptaba a su cuerpo como un guante, permitiendo adivinar las formas. Hasta aquel momento Lucio siempre la había visto con
pantalones y amplias blusas. También, por primera vez, había en su cara ligeros toques de maquillaje, tenía los labios pintados de un suave color rosa pálido y una línea, apenas perceptible, remarcaba sus ojos que en aquel momento -el violinista estaba dispuesto a jurarlo- eran verdes.
Cuando María se percató de la presencia del músico español, se volvió hacia él y le dedicó una luminosa sonrisa. Lucio la tomó por la punta de sus dedos y dando un paso atrás, como para tener una mejor perspectiva, exclamó:
–¡Estás preciosa!
–Muy amable, muchas gracias, tampoco tú estás mal -fue la respuesta que recibió.
Una vez en la calle -ya estaban encendidas las farolas de luz amarillenta que daban una tonalidad especial a las noches de Venecia-, Lucio se sintió atrapado por un mar de sensaciones que le encogieron el estómago cuando María se agarró a su brazo, como si fuese su pareja. Apenas pudo comentar:
–Es… es como si hubieses adivinado que había previsto una pequeña sorpresa.
María giró la cabeza y le miró a los ojos; parecía orgullosa de ir cogida de su brazo, como si con aquel gesto estuviese diciendo al mundo que aquél era su hombre.
–¿Cuál es esa sorpresa si es que ya puede desvelarse? Aunque…
déjame… déjame, a ver si soy capaz de adivinarlo.
El violinista la miró a los ojos y acercó su rostro al suyo hasta casi rozar con su nariz la punta de la suya:
–Te doy tres oportunidades.
En los labios de María se dibujó una sonrisa burlona. En ese momento, Lucio se percató de que estaba enterada de lo que había planeado para aquella noche.
–Han llamado por teléfono, ¿verdad?
–Así es, han confirmado de Da Fiore la mesa para dos, reservada por don Lucio Torres a las nueve y media de esta noche.
–Aunque me he quedado sin sorpresa, lo doy por bien empleado, si ha servido para que te arreglases como lo has hecho. ¡Estás preciosa! – Se acercó y la besó suavemente en los labios.
La cena en Da Fiore respondió a las expectativas de Lucio. La mesa que les habían reservado estaba en un rincón de la planta de arriba, junto a un
ventanal. Uno de los asientos era un banco de mampostería adosado al ventanal, que fue donde se sentó María para que Lucio disfrutase de la vista que ofrecía el lugar.
Les sirvieron una exquisita ensalada de bogavante y el pasticcio di pesce, la especialidad de la casa, que verdaderamente era excelente. Todo ello estuvo acompañado de una buena botella de vino joven padano. De postre un gelato de café, como sólo los italianos saben hacerlo. Hablaron de España, de ciudades como Granada o Sevilla a las que María había viajado, aunque sólo las conocía de forma superficial. También hablaron de Córdoba y acordaron que la visitaría cuando volviese otra vez a España. Pero la conversación tuvo como eje los progresos que Lucio realizaba en sus investigaciones y pesquisas sobre Vivaldi.
–Siento que se me acaba el tiempo y no voy a llegar a donde quiero. ¡Es tanta la documentación que tengo que mirar! Además, si mi italiano fuese mejor avanzaría más deprisa. En fin -apostilló Lucio en tono resignado-, será un motivo para volver otra vez a esta ciudad.
–¿Sólo Vivaldi sería el motivo? – María había esbozado una sonrisa maliciosa. Lucio alargó su mano y apretó fuerte la de María, el tacto de su piel era suave. Notó cómo se le erizaba el pelo de la nuca. Se acercó todo lo que la mesa -no muy grande- le permitió y le susurró casi al oído:
–No sería Vivaldi el único motivo, ni siquiera el más importante.
Aunque no eran necesarias más palabras, María le preguntó con voz meliflua:
–¿Puede esta humilde veneciana, aprendiz de español, conocer ese motivo más importante que el mismísimo Vivaldi?
Lucio depositó la servilleta encima de la mesa, se levantó y se sentó en el banco junto a María, tomó su cabeza entre las manos y la besó largamente. Luego susurró en su oído:
–El motivo eres tú.
Ahora fue María quien le besó con dulzura primero y con delectación después, hasta que su lengua se abrió paso en la boca de Lucio, a quien la tensión del estómago se le había transformado en un placentero cosquilleo.
Decidieron dar un paseo hasta la piazza San Marcos por callejas, canales y puentes poco transitados. Caminaban muy juntos, abrazados, como dos enamorados que viven un momento de felicidad en uno de los marcos más románticos del mundo. Todo colaboraba a convertir aquel
momento en uno de esos instantes mágicos que mucha gente no llega a vivir a lo largo de toda una existencia y que algunos privilegiados tienen la ocasión de gozar. La noche era tibia, propia de los comienzos del otoño véneto, cuando ha quedado atrás la dureza del ferragosto y la brisa sopla suave desde el Adriático y pone un punto de frescor a la agradable temperatura de esos días. La noche estaba en calma, casi silenciosa. Sólo el rumor del agua de los canales golpeando contra las paredes de casas y palacios, y el chapoteo de alguna góndola rompían el silencio. Algunos faroles derramaban una luz amarillenta en medio de una penumbra ligeramente tamizada por la luz de una luna que iba camino de estar pletórica. Desde algún lugar llegaban los ecos de una melodía.
Cuando llegaron a la piazza San Marcos, el Campanile les parecía más alto, la basílica del patrón de Venecia más hermosa y los arcos góticos del palacio ducal más sugerentes. Cruzaron por el piazzale hasta el embarcadero para tomar una góndola y hacer un recorrido de ida y vuelta por el Gran Canal. Subirían hasta el palazzo Vendramin y luego bajarían por la otra orilla. Cuando caminaban hacia el embarcadero a María le pareció que los Tetrarcas que había empotrados en la pared del palazzo le habían sonreído.
En algunos puntos de las orillas del Gran Canal había una notable animación que aumentó mucho en las zonas aledañas al puente Rialto. Al pasar bajo el mismo, María comentó:
–¿Sabes que en Venecia se cuenta una extraña historia relacionada con Vivaldi?
Lucio, que le tenía pasado un brazo por encima del hombro, le apretó suavemente.
–Sobre Vivaldi se cuentan muchas historias extrañas, amor mío. Pero ahora quedan muy lejos.
–¿Qué historias extrañas conoces sobre él? – susurró María.
–Historias de esas que siempre adornan la vida de los genios por su singularidad, por su excentricidad o porque crean un halo de misterio en torno a su persona.
–¿Como por ejemplo? – preguntó María, arrebujándose en el pecho de Lucio.
–Todo el mundo sabe que Vivaldi era sacerdote, le llamaban, por causa del color de su cabello, el cura rojo.