El enigma Vivaldi

Peter Harris · Capítulo 24 de 28

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El enigma Vivaldi

Capítulo 24

Al tiempo que la mente de Aldo trataba de hacerse con la situación, hasta sus oídos llegó la exclamación de María desde la puerta de la cocina:

–¡Giorgio! ¿Qué haces tú aquí?

Cataldo, acompañado de otros dos individuos, había aparecido en lo alto de la escalera. Lucio, que había subido para cerrar las puertas de los dormitorios, tenía la cara desencajada y los brazos levantados, lo estaban encañonando con una pistola. Otro individuo había aparecido a la espalda de María y también la amenazaba con un revólver.

El anticuario no respondió a la pregunta de su amiga, sino que conminó a Aldo a que dejase las pistolas en el suelo. El comisario pensó que podía negarse y entablar un tiroteo, pero aquello se convertiría en una carnicería y ni María ni Lucio tendrían muchas posibilidades.

–¡Con cuidado! ¡Ningún movimiento extraño!

Aldo, que estaba agachado, dejó las pistolas en el suelo.

–Ahora levántese y ponga las manos en alto. Si todos se portan bien, aquí no pasará nada malo.

El anticuario empujó a Lucio con el cañón de la Beretta para que bajase.

–¡Andando!

El grupo de cuatro hombres descendió por la escalera; cuando llegaron al salón uno de ellos recogió las pistolas del suelo, mientras el otro cruzaba rápidamente y abría la puerta de la calle. Por allí, como en un desfile, entraron Michelotto, los dos individuos que Aldo había visto vigilando la puerta de la casa y otro sujeto más que les apuntaba con una pistola. Por último apareció, cerrando la puerta tras él, un sujeto canijo y de aspecto estrafalario.

«¿Quiénes podían ser aquella gente que ahora entraban en escena y se habían adueñado de la situación?», se preguntaba Aldo. Uno de ellos, que respondía al nombre de Giorgio, era conocido de María.

Michelotto había perdido toda la arrogancia de que había hecho gala hasta entonces y sólo le quedaba energía para lanzar miradas furiosas a sus hombres. Cuando vio en el suelo, tendido sobre un charco de sangre, a su chófer y guardaespaldas, hizo una mueca de desagrado, pero ni una exclamación salió de su boca.

Aunque Romano Licci no salía de su sorpresa ante el panorama que se ofrecía ante sus ojos y no paraba de preguntarse cómo el imbécil de Cataldo había podido obtener aquella información, tuvo fuerza para, como jefe de su grupo, comentar:

–¡Ya estamos todos!

María no pudo contener una exclamación:

–¡Esa voz me es conocida!

Licci miró a María y con gesto despectivo le espetó:

–¡No sea indecente! ¡Abróchese la blusa y deje de enseñarnos las tetas!

La joven notó cómo el rubor llenaba sus mejillas. A toda prisa, con las manos temblándole, compuso su camisa rota y agachó la cabeza.

–¡Ahora no hay tiempo que perder! ¡Nosotros venimos a buscar lo que tiene uno de ustedes y que históricamente nos pertenece! ¡Queremos la partitura y la clave que Vivaldi envió a Venecia en 1741!

–¿¡Quién es usted para reclamar legal e históricamente la partitura y la clave de Vivaldi!? – La voz de Camila Strozzi sonó desafiante.

Romano Licci se volvió hacia ella, se ajustó el puente de las gafas y le dijo con desdén:

–¿Qué título tiene quien es una de las mayores zorras de Venecia para formular tal cuestión?

Camila Strozzi lo fulminó con la mirada. No estaba habituada a recibir respuestas como aquélla y mucho menos a que la calificasen de zorra.

–¡Te arrepentirás de lo que acabas de decir!

–¿Estás segura de ello?

La voz de Licci volvió a herir los oídos de María.

–Y ahora ¡basta de cháchara! ¿Quién tiene lo que hemos venido a buscar?

El silencio fue la respuesta que obtuvo su pregunta. Licci paseó la mirada por la concurrencia y apretó los labios.

–Está bien, creo que habrá que proceder de otro modo. Y lo primero será saber quién es cada uno de ustedes. Por un lado tenemos al profesor Michelotto y a sus dos acompañantes. Tenemos por otro lado a Camila Strozzi, que no me explico muy bien qué papel desempeña en esta farsa, a no ser que en el proceso de prostituir y desnaturalizar la esencia de la Fraternitas Charitatis hayan admitido mujeres en ella.

–¡Retrógrados, santurrones! – gritó un encolerizado Michelotto.

–¡Bastardos, materialistas! – fue la contestación de Licci quien, modulando su voz con la habilidad propia de un profesional, prosiguió-: Tú debes de ser María y tú ese entrometido músico español. – Hizo un gesto despectivo hacia ambos-. También tenemos un fiambre y un señor -miró a Aldo- de quien no sabemos nada.

–Este hombre no está muerto, necesita asistencia médica urgente -

comentó Aldo-, y para su conocimiento le diré que soy comisario de policía, el comisario Aldo Tarquinio.

–¿Comisario de policía? – Licci estaba extrañado-. ¿Y qué hace aquí un comisario de policía?

–Por lo pronto fastidiarles a todos ustedes sus respectivos programas de actuación y también, si este hombre muere, acusarles de denegación de auxilio, de amenaza a la autoridad, tenencia ilícita de armas y algunos cargos más.

Aldo hacía gala de la serenidad propia de quien ha vivido numerosas situaciones complicadas a lo largo de una vida.

Licci acusó el impacto de aquellas palabras, pero trató de disimular.

–Primero hay que controlar la situación. ¡Amarrad a éstos -señaló, apuntándoles con la pistola que sostenía en la mano, a los hombres de Michelotto- y ponedlos junto a la zorra de la Strozzi!

Camila Strozzi se enfureció.

Los dos hombres de Michelotto quedaron inmovilizados con los pies amarrados y las manos atadas a la espalda.

–Es su turno, profesor.

Michelotto le miró despectivo y él mismo ofreció sus muñecas para ser atadas.

–¡Ahora registradle los bolsillos!

El dottore se encogió instintivamente. Fue un aviso para Licci. De uno de los bolsillos de su chaqueta sacaron un antiguo papel doblado. Giorgio lo identificó de inmediato.

–¡Es la partitura de Vivaldi!

Licci la cogió con avidez y la desdobló con dificultad por causa de la pistola.

Con una sonrisa en el rostro, se regodeó del momento.

–¡Ya tenemos una de las dos cosas que buscamos! Sin embargo, no es la más importante. Aunque siempre es mejor el original que una copia, copias

tenemos todas las que queramos.

–¿Todas las copias que quieran? – exclamó Lucio.

–Sí, joven, todas las que deseemos. Usted sabe que las fotocopiadoras funcionan con una rapidez extraordinaria.

–¡Ustedes fueron quienes robaron mis apuntes y las tres copias de la partitura que guardaba en mi habitación del Bucintoro! – exclamó Lucio-.

¿Quiénes demonios son?

Licci le miró con desprecio.

–¿Le suena de algo la Fraternitas Charitatis?

–¡La secta a la que pertenecían Vivaldi y Bellini! – exclamó María.

–Correcto. Aunque no somos una secta, sino una hermandad.

–¿Ustedes…? ¿Ustedes… son…? – A María le parecía increíble.

–Lo ha adivinado; con el permiso del dottore Michelotto, somos miembros de la Fraternitas Charitatis. – Licci se volvió hacia Camila Strozzi-. ¿Comprende ahora por qué somos los dueños morales e históricos de esta partitura -agitó el papel, levantando el brazo como quien exhibe un trofeo- y también de la clave que nuestro hermano Bellini ocultó por alguna razón que sólo él sabía?

–¡Ya lo sé, usted es quien me amenazó por teléfono!

María había identificado la voz que tanto le había turbado cuando recibió las amenazas la tarde anterior.

–Mucho ha tardado usted en descubrirlo.

Licci se acercó al lugar donde estaba tendido el guardaespaldas de Michelotto. Le rozó la espalda con la punta del zapato, como si temiese contagiarse de algo.

–¡Este hombre está muerto! – exclamó el frater.

La sorpresa de aquel descubrimiento distrajo a todos momentáneamente. Fue el instante que aprovechó Aldo para arrebatar la pistola a Licci y, agarrándolo por el cuello, apuntarle a la cabeza.

El comisario sabía que se lo estaba jugando todo a una carta y que estaba poniendo en un serio peligro la vida de Lucio, porque María aprovechó el pequeño desconcierto que la acción de Aldo había producido para buscar refugio detrás del policía. Aquello era algo que estaba expresamente prohibido en los manuales más elementales de cualquier policía del mundo. Pero creía que teniendo al jefe amenazado, los demás no se moverían. Se llevó una desagradable sorpresa.

–¡Las armas al suelo! – gritó Aldo.

Los dos hombres que acompañaban a Cataldo y el que había entrado con Licci, todos ellos armados, hicieron ademán de deponer las armas. Sin embargo, todos se detuvieron al escuchar la voz de Giorgio que les ordenaba lo contrario.

–¡Todos quietos! ¡Él está solo y nosotros somos cuatro! ¡Tenemos todas las de ganar! ¡Además, si hace el más mínimo movimiento sospechoso, este músico habrá interpretado su última partitura! – Colocó el cañón de la Beretta en la sien de Lucio.

Aldo sabía que si no hacía nada tenía la partida perdida. Nunca pondría en riesgo la vida de una persona y tampoco dispararía contra Licci en aquellas condiciones. Había jugado de farol y estaba a punto de perder porque aquel sujeto había ido al envite.

–Si dispara contra Licci mataré al español. Será una vida por otra, ninguna de las dos me importan mucho. Luego seremos cuatro contra usted.

Ha perdido, amigo.

Aldo miró a los ojos de Lucio, que estaba sudando copiosamente. Aquel joven le estaba mirando de una forma especial. Había miedo en sus ojos, pero también había decisión. El policía estaba tratando de interpretar el mensaje. Pero dudaba, ya se había equivocado una vez y no quería hacerlo de nuevo. Apretó la mandíbula y con la mirada clavada en los ojos de Lucio le hizo un gesto casi imperceptible. Si aquel joven estaba pensando lo que él creía, reaccionaría a su señal.

Así fue.

Lucio Torres, joven violinista español, que había dedicado su vida a la música, decidió jugarse la vida. Con un violento tirón se arrojó al suelo.

Sonó un disparo y luego casi de forma instantánea otro. La blanca camisa de Lucio se tiñó de sangre. Giorgio Cataldo, con el cañón de la pistola humeante, cayó al suelo. María gritó horrorizada y corrió hacia su novio olvidándose de todo lo demás. Aldo Tarquinio apretó con el brazo el cuello de Licci y tuvo una de las peores sensaciones de su vida.

En aquel momento dos carabinieri aparecieron en lo alto de la escalera apuntando sus metralletas.

–¡Que no se mueva nadie!

Segundos después se oía girar la llave en la cerradura de la puerta de la casa y se escuchaban gritos anunciando que entraba la policía.