El enigma Vivaldi

Peter Harris · Capítulo 7 de 28

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El enigma Vivaldi

Capítulo 7

tanto no se les puede permitir ni que vivan en libertad, ni que elijan su propio destino!

El paseo de regreso al hostal recompuso la magia de una noche maravillosa. Mientras volvían, Lucio se planteó varias veces proponerle a María pasar la noche juntos. Lo que más deseaba en el mundo era estrecharla entre sus brazos, pero desechó la posibilidad, ya había cometido una estupidez a propósito de la Fraternitas Charitatis y no quería cometer otra. No conocía lo suficiente a aquella mujer, que tanto le atraía, y su posible reacción. Prefirió no arriesgarse y dejar que las cosas siguiesen su curso. La culpa era de aquella sorprendente y maldita Fraternitas Charitatis.

Capítulo 7

Los días transcurrían a mucha más velocidad de lo que Lucio y María deseaban. Lo que había comenzado entre ellos como un encuentro casual no había dejado de convertirse en algo más profundo. Lucio estaba tan a gusto el tiempo que pasaba con María que su mayor deseo -¡quién se lo hubiera dicho durante los largos preparativos del viaje!– era estar con ella. Por su cabeza pasaban proyectos y planes de futuro en los que María siempre estaba presente. En su cabeza y también en su corazón no paraba de bullir el deseo de compartir con aquella mujer su tiempo y su vida. Lo que le había ocurrido era, sencillamente, que se había enamorado.

Ahora, una de sus mayores preocupaciones era la forma en que podía decirle cuánto la amaba y lo que aquel amor significaba para él. Tenía miedo a no saber expresarle lo que sentía por ella y sobre todo le aterraba la idea de que ella no le correspondiese. Pensaba, una y otra vez, en sus gestos, sus palabras, en el brillo de sus ojos en determinados momentos o en la forma en que le sonreía, para sacar algunas conclusiones y hacerse ilusiones de que podía ser correspondido en aquellos sentimientos. María, sin apenas darse cuenta, se había convertido en lo más importante de su vida y declararle su amor era, desde luego, algo mucho más difícil de lo que jamás hubiese imaginado. Sólo pensar que pudiese rechazarlo le llenaba de angustia, le oprimía el pecho, le provocaba acaloramiento. Sentía miedo de no ser correspondido por aquella mujer que le había robado el corazón.

Después de la noche de Da Fiore habían transcurrido dos días maravillosos en los que aprovecharon todos los momentos que les fue posible para estar juntos. El segundo de aquellos días Lucio había tomado la decisión de no asistir a las Jornadas. La penosa impresión que recibió desde el primer momento no había hecho sino acentuarse con el paso de los días, y asistir le suponía una lamentable pérdida de tiempo que no estaba dispuesto a asumir. Si en aquellos momentos había algo que por nada del mundo estaba dispuesto a perder era tiempo. Ese tiempo que se le escapaba entre las manos y que deseaba compartir con María.

La tarde del día que había decidido poner punto final a su asistencia a las Jornadas Musicales tomó otra decisión mucho más importante: declarar a María su amor, decirle cuáles eran sus sentimientos hacia ella. Como en los días anteriores -Lucio se animaba a sí mismo pensando que ella no rechazaba sus propuestas de recorrer juntos Venecia-, quedaron en salir cuando regresase de sus pesquisas en el archivo. María, que era quien planificaba el paseo, había previsto recorrer la Riva degli Schiavoni y perderse por el dédalo de canales, callejas y puentes que desembocaban en ella. Había numerosos rincones llenos de belleza y misterio. En cada esquina, en cada recodo, en cada piazzeta presenciaban un jirón de la historia de aquella ciudad. Apenas sin darse cuenta la noche se había extendido sobre Venecia y las farolas reflejaban su luz sobre las aguas de la laguna y sobre los canales, y era apacible, casi silenciosa; los turistas se concentraban en otros lugares. Lucio no cesaba de autoestimularse. En un momento determinado apretó con fuerza la mano de María y, como si susurrase unas palabras al viento, soltó:

–Te quiero, María. – La afirmación cobró en su boca un tono trascendental-. Me he enamorado de ti. No sé cómo ha ocurrido, pero me he enamorado de ti.

Al oír aquellas palabras María se detuvo. A Lucio el corazón iba a salírsele por la boca. Estaba con el ánimo en suspenso, los segundos pasaban con terrible lentitud y, ante el silencio y la quietud de María, resultaban de una duración insoportable. Aquel silencio le hizo pensar en lo peor. Se le estaba formando un nudo en la garganta y sentía que su vida pendía de un hilo.

Fue entonces cuando llegó a sus oídos la voz de María, suave como terciopelo.

–¡Cuánto tiempo has tardado!

Lucio la miró a los ojos sin saber qué decir. A duras penas pudo preguntar con la voz quebrada:

–¿Es un sí?

La respuesta le llegó con un apasionado beso.

Lucio decidió reorganizar su programa porque, a diferencia de lo ocurrido con las Jornadas Musicales, el trabajo en el desordenado archivo de la Pietà le estaba deparando satisfacciones mayores de las que había imaginado. Nunca podría agradecer lo suficiente la gestión realizada por Briviesca para que le abriesen las puertas de aquella institución, desaparecida hacía tiempo, pero que conservaba, aunque eso era mucho decir dado el olvido y abandono, sus ricos archivos.

Por las mañanas se iba a la Pietà, después de tomar un copioso desayuno. Allí se afanaba en sus pesquisas sobre el genial músico veneciano. Una propina al portero del inmueble que, aunque propiedad de la Iglesia, albergaba en su planta baja unas oficinas relacionadas con la Seguridad Social -quizá como recuerdo de la función de Hospicio que en otra época desempeñó el lugar-, le habían granjeado sus simpatías. En la última planta, una mezcla de ático y desván, estaba el archivo; allí, el silencio, la tranquilidad y el recogimiento eran las notas dominantes e impagables. Allí podía curiosear a su antojo, sin ningún tipo de control ni vigilancia. Estaba seguro de que si un día decidiese quedarse, después de que a las seis de la tarde cesase la actividad en el inmueble y se cerrase, podría hacerlo sin ningún tipo de problema. En pocos días las dos habitaciones llenas de estanterías que en sus paredes contenían la historia de la institución, se habían convertido en sus dominios, donde podía hacer y deshacer según su criterio y entendimiento.

Para decidirse por un legajo u otro, sólo se guiaba por su intuición. La única ayuda que tenía era la que le facilitaban varias páginas mecanografiadas y grapadas, formando un cuadernillo, en las que se señalaban lo que en otra época -por el tipo de letra de la máquina con que se habían escrito sería de los años veinte o treinta, una Underwood o una primitiva Olivetti- fueron secciones del archivo. Pero por alguna razón los cartoncillos de los legajos indicando esas secciones se habían perdido en muchos casos. Para mayor desgracia, en algún traslado o por algún otro motivo desconocido, los legajos que debieron estar ordenados por secciones

habían sido alterados. El resultado era una mezcolanza de documentación donde, junto a cuentas y facturas, había actas de las reuniones del patronato de la institución. Sin embargo, todos aquellos imponderables no eran óbice para que de vez en cuando manase la fuente que esperaba. Notas relacionadas con el maestro; recibos de su puño y letra; peticiones elevadas por Vivaldi al patronato; minutas en las que informaba a los patronos de la realidad del coro, de los problemas del aprendizaje, de las obras que se preparaban y, a veces, copias de partituras de sus obras.

Cada vez que Lucio tomaba un legajo entre sus manos el polvo, acumulado no podría precisarse durante cuántos años, pero a buen seguro muchos, manchaba sus manos, tiznando sus dedos. Sin embargo, a la vez era motivo de veneración por cuanto significaba poner la mano sobre viejos papeles donde palpitaba la historia en cada una de sus líneas. Pero nada que ver con la actividad musical del Ospedale o sobre las relaciones mantenidas por Vivaldi con la institución. Nueve de cada diez legajos inspeccionados carecían de valor para sus propósitos. Se había tomado el trabajo como lo harían los buscadores de oro en las aguas de un río, que habían de cribar grandes cantidades de arena para obtener unas pepitas del preciado metal.

Pero al igual que a aquellos buscadores, el hallazgo de alguna información válida para su fin le compensaba de tanto esfuerzo realizado.

Sobre la una y media bajaba a la calle y compraba un trozo de pizza en una tavola calda que había en la misma acera del edificio donde pasaba las horas de búsqueda. Por lo general se tomaba dos trozos medianos, para darle variedad a su almuerzo, de la docena de especialidades que había en las vitrinas. Acompañaba el condumio con una lata de birra y como postre un espresso. Sin darse mucho reposo, volvía al tajo hasta que llegaba la hora del cierre.

Lucio miró el reloj. Eran las cuatro de la tarde cuando colocaba en su sitio el legajo que acababa de revisar sin rendimiento alguno y tomaba el siguiente para llevarlo hasta su mesa de trabajo. Por un instante se maldijo a sí mismo por estar encerrado entre aquellas cuatro paredes en lugar de estar con María paseando por la ciudad que ella le estaba enseñando como jamás había imaginado conocer, entre besos, cariños y susurros de amor. También pensaba que podría estar dando rienda suelta a sus sentimientos o haciendo el amor. Se dijo a sí mismo en voz alta -sólo se escucharía él- que era un gilipollas. Aunque se había impuesto como obligación aprovechar cada día

hasta las seis, decidió que aquél era el último legajo de la jornada. Lo abrió con desgana y se encontró en primer lugar con un grueso libro de cuentas que había perdido las cubiertas. Las últimas páginas no habían sido utilizadas. Por casualidad sus ojos se fijaron en la página que cerraba las anotaciones de un mes, 30 de junio de 1741, y en una firma con rúbrica que con letra legible decía: Tomasso Bellini.

–Tomasso Bellini, Tomasso Bellini -comentó en un susurro que apenas salió de su boca-. ¿De qué me suena a mí este nombre? Tomasso Bellini.

Trató de recordar aquel nombre, pero nada vino a su memoria.

–¡Bah! Lo habré visto en otro libro de cuentas -habló para sí mismo.

Fijó su atención en el documento siguiente y empezó a leer. Apenas había avanzado unas líneas -se trataba de la carta de un proveedor reclamando el pago de ciertas cantidades atrasadas- cuando ya sabía que era algo que carecía de interés para sus propósitos. Los demás documentos de aquel legajo tampoco tenían información alguna que le fuese de utilidad.

Cerró las tapas del legajo, anudó el balduque rojo y se levantó para colocarlo en su sitio. Eran las cuatro y cuarto, pero se había prometido que aquéllos serían los últimos papeles del día en los que husmearía. La jornada había concluido. Lo único que deseaba en aquel momento era estar con María.

Caminaba hacia la puerta cuando le vino a la mente la fecha del documento donde se reclamaba el pago: 14 de agosto de 1741. Poco después de que muriese Vivaldi, pensó y… y… golpeó con el puño cerrado en la palma de la mano.

–¡Tomasso Bellini! ¡Tomasso Bellini!

¡Ése era el nombre del individuo al que Vivaldi había enviado desde Viena la carta que contenía el secreto que fue a concretar en aquella ciudad donde le sorprendió la muerte!

¡Cómo no se habría dado cuenta antes!

Lucio recordó que María había dicho que Bellini, además de ser miembro de la Fraternitas Charitatis, era el patrono mayor del Ospedale della Pietà. Aquel libro de cuentas estaba cerrado por las mismas fechas en que acaeció la extraña historia asociada a Vivaldi. Estaba sudando. Miró el reloj y dudó una vez más entre marcharse o volver a coger aquel legajo. En realidad, aquello nada tenía de particular. Se trataba de un libro de cuentas, uno más de los muchos que había guardados en aquellas estanterías. Si

María no le hubiese hablado de Bellini, no habría reparado en él, aunque era cierto que la fecha resultaba interesante. Pero «¿interesante para qué?», se preguntó. Vivaldi no tenía en aquel momento ninguna relación con la Pietà; es más, ni siquiera estaba en Venecia. Dudó una vez más entre marcharse o echarle un vistazo a aquel libro de cuentas.

Cogió el legajo, lo colocó sobre la mesa, se sentó y lo abrió lentamente.

Sin saber por qué, se había puesto tenso. Una tontería, pero era así, estaba tenso y tenía las palmas de las manos húmedas. El voluminoso libro de cuentas que tenía ante sí comenzaba el 19 de diciembre de 1740 y no tenía nada de particular. Tras una breve introducción, donde, con letra en la que el escribano se había esmerado con la caligrafía, se explicaba que era un libro de asiento y contabilidad de los «Ingresos y gastos del Ospedale della Pietà, donde se acogen niñas huérfanas o abandonadas para darles cobijo y educación, según lo ordenado por los estatutos de la fundación», había en cada página una columna con los asientos. Abierto el libro, en la página de la izquierda se consignaban los ingresos, en la de la derecha los gastos.

Estos últimos eran más numerosos, aunque la cuantía de los asientos era más pequeña. Se cerraban los capítulos por meses y el desequilibrio entre una columna y otra se subsanaba inutilizando con tres líneas zigzagueantes el espacio que quedaba en blanco en la parte correspondiente a los ingresos.

Lucio pasaba las hojas sin apenas detenerse en los conceptos allí anotados. Era algo que no le interesaba. Comprendió que al final todo había sido una pérdida de tiempo. Pero al menos se había quedado tranquilo al emplear unos minutos en revisarlas. Había hojeado más de la mitad del voluminoso libro cuando pensó que podía ahorrarse el continuar. Cogió con la mano izquierda las hojas que aún no había pasado, las curvó y dejó correr el borde de las mismas por el dedo pulgar. Aquel movimiento hizo que un papel suelto saliese por el impulso que las propias hojas le daban. Lucio lo siguió con la mirada, viéndole planear y posarse suavemente en el suelo. Lo recogió, y al desplegarlo comprobó con cierta sorpresa que se trataba de una partitura.

Un libro de cuentas era un lugar poco adecuado para una partitura, pero tratándose de las cuentas de una institución musical nada tenía de anormal, y menos aún si se consideraba el desorden que imperaba en toda la documentación. La partitura carecía de título, por lo que pensó que se trataba de una parte de una composición mayor. Comenzó a leerla. Era una

partitura para violín. Aquella música no era nada del otro mundo, más bien eran un conjunto de notas poco armoniosas. Tal vez era el ejercicio de algún aprendiz. Nada que mereciese mucho interés. Seguía con los dedos el compás y tarareaba la música cuando, de repente, vio algo que le hizo sacudir la cabeza.

Se fijó en aquellas notas. Lo que allí había escrito tenía que ser obra de un principiante. Más que un principiante, quien lo hubiese hecho era un ignorante, a tono con la escasa calidad que dominaba la composición. Pero una cosa era una mala composición y otra muy diferente lo que tenía delante de sus ojos. Tal vez era una broma, porque sólo de esa forma lo escrito podría tener una explicación. Aunque, pensándolo bien, no era asunto para tomarlo a broma.

Volvió a mirar y vio las notas, nítidas y desafiantes. Pensó que era un error. Miró otra vez la partitura y de nuevo sus ojos se posaron en aquella agrupación de notas. Allí estaban, como si su presencia fuese un reto a la cordura.

Repentizó la partitura y en su cabeza comenzaron a tomar cuerpo unos acordes, a los que no podía dar el nombre de melodía, poco armoniosos, por calificarlos de una forma benévola. Era una música extraña, fruto del mal gusto de alguien que no sabía muy bien lo que hacía. Todo sonaba mal, pero cuando llegó a las notas que tanta perplejidad le habían causado, un sonido terrible vibró en su cabeza. Fue como una dolorosa punzada que le causó daño físico, un dolor instantáneo que con sólo unos segundos de duración resultaría insoportable.

¡Era un sonido desagradable, horrísono!

No alcanzaba a encontrar una explicación para que alguien hubiese compuesto una pieza tan horrible.

El corazón le latía aceleradamente, como si hubiese hecho un gran esfuerzo físico. Tenía el pulso alterado y empezaba a dolerle la cabeza.

Estaba desconcertado. Sin pensar muy bien lo que hacía cerró el libro y anudó el balduque. Había dejado fuera la extraña partitura. Colocó el legajo en el sitio donde había reposado, quién sabía cuántos años, y tomó la decisión de quedarse con ella, consciente de la vileza de su acto. Pensó en las consecuencias que tendría que afrontar si descubriesen que había robado un papel de un archivo. Nada bueno, por supuesto. Pero también pensó que era muy difícil que alguien descubriese su falta. ¡Allí imperaba el mayor de

los desórdenes! Tampoco era cosa de que le sometiesen a un registro a la salida. Nunca lo habían hecho en los días anteriores. Por un momento, sintió cómo un escalofrío le recorría la espalda.

Se guardó la partitura en el bolsillo y abandonó el archivo. Sentía cómo la sangre golpeaba en sus sienes con fuerza. Conforme bajaba las escaleras aumentaba el nerviosismo que había hecho presa en él. Hubo un momento, antes de llegar a la planta baja, que pensó en volverse, dejar el maldito papel donde lo había encontrado y olvidarse del asunto. Pero fue mayor la tentación de llevárselo. Era una partitura de violín y quería interpretarla, a pesar de que en su cabeza sonaban unos horribles acordes. Dejaba ya la primera planta cuando decidió que haría una copia y luego devolvería el original a su sitio. Era lo mejor ante la posibilidad de que se descubriese que se llevaba un documento del archivo.

– Signore Luccio!

La voz del portero llegó hasta sus oídos como una maldición. Estaba seguro de que iba a darse cuenta de que se llevaba aquel trozo de papel.

¡Quién le habría mandado volverse a mirar aquel libro de cuentas, cuando ya había dado por concluida su tarea!

– Signore Luccio! Veo que hoy ha dado por concluido su trabajo mucho antes que otros días.

No sabía si echar a correr escaleras arriba, si abalanzarse sobre el cuello del portero o ponerse a llorar. El pánico tenía que ser algo muy parecido a lo que estaba experimentando en aquellos momentos. Pero la realidad era que sus pies bajaban las escaleras y su cuerpo le seguía como un autómata.

Apenas escuchaba al portero, que seguía en su perorata. Lo que quiera que fuese que estaba diciendo tenía que ver con una bella veneciana. Prestó atención.

–Seguro, seguro que algo tendrá que ver una bella veneciana.

Exactamente eso era lo que estaba diciendo. Aquello, sin que se lo explicase muy bien, le dio ánimos.

–¡Ha dado usted en el clavo! Sus paisanas son una tentación irresistible.

–Mi querido amigo, una joven bella es siempre una tentación. Un serio peligro para cualquier hombre. Pero también un hermoso peligro en el que lo mejor es perecer. Así ha sido toda la vida y seguirá siéndolo mientras existan bellas mujeres.