El enigma Vivaldi
Capítulo 14
zona próxima a la piazza San Marcos, María y Lucio despachaban unas pizzas regadas con birras en medio del griterío de clientes y personal del establecimiento. Tan pronto como acabasen tomarían el primer vaporetto que saliese hacia las islas. María iba a enseñarle las dos más importantes que había frente al canal de San Marcos, la de Murano, donde en tiempos se había concentrado toda la industria del famoso cristal y que aún conservaba algunos de los talleres y fábricas de tan renombradas piezas. También irían a Torcello, la primitiva sede episcopal de Venecia. María tenía especial interés en enseñarle dos hermosas iglesias, la catedral, con unos extraordinarios mosaicos, dedicada a la Asunción, y Santa Fosca, magníficos ejemplares de estilo bizantino, donde estaban algunas de la raíces del arte veneciano. En aquella isla la madre de María tenía una casa, que constituía un lugar ideal para retirarse a descansar algunos días.
Giulietta del Sarto había enviudado hacía seis años. Su marido había muerto en un accidente de coche, dejando a su esposa e hija en una confortable posición económica: una saneada cuenta bancaria, algunas acciones, un negocio bien gestionado, como era el Bucintoro, y un par de propiedades más, entre las que se encontraba la casa de Torcello. A pesar de la buena relación que María mantenía con su madre, Lucio y ella habían decidido mantener en secreto su decisión de casarse, hasta que entendiesen que había llegado el momento adecuado para decírselo; dicha decisión también regía para la familia del músico.
María, ante las preguntas de Giulietta acerca de sus salidas y su relación con el violinista español, se había limitado a comentarle que se sentía muy a gusto cuando estaba con él, que tenían aficiones y gustos comunes y que le parecía una persona atractiva y encantadora. Esas dos palabras eran exactamente las que había utilizado para definirle. Su madre no tuvo necesidad de preguntar nada más.
Para Lucio era una tarde esperada con anhelo, no sólo porque iba a compartirla con María, sino porque no tendría que dedicarse a la infructuosa búsqueda de la clave de Vivaldi.
Capítulo 14
Cuando María y Lucio llegaron a casa del dottore Michelotto, el mayordomo les acompañó hasta la biblioteca, donde éste les preguntó si
deseaban tomar algo:
–¿Alguna infusión? ¿Un zumo?
–Nada, nada, muchas gracias -respondió María.
–En ese caso, les ruego que se acomoden a su gusto, el señor vendrá enseguida. Siéntanse como en su propia casa.
Angelo era una persona que respondía al perfil de mayordomo difundido por el cine británico: elegante, atento, circunspecto llegado el caso, y siempre en su lugar, desempeñando el papel que le correspondía.
En el centro de la biblioteca había dispuesta una mesa, que no estaba el día anterior, y había también siete sillones. Aguardaron durante diez minutos, que dedicaron a husmear en las estanterías, mirando los libros, que constituían una amplia y cuidada selección de obras muy variadas. Había una buena representación de novelistas del siglo XIX: italianos como D'Anunzzio, Manzzoni o Leopardi; los franceses estaban representados por Víctor Hugo, Flaubert y Balzac; españoles como Valera y Galdós, y entre los ingleses estaban Dickens, Wilde y Walter Scott, una antigua edición en inglés de El paraíso perdido, de Milton, y un primoroso ejemplar de Los Emblemas, de Alciato. En uno de los anaqueles había obras de los científicos del renacimiento y del barroco: Kepler, Galileo, Copérnico, Newton. María estaba más interesada que Lucio, quien se había entretenido con un ejemplar edición facsímil del Civitates Orbis Terrarum. Hojeaba las espléndidas vistas de las más importantes ciudades de la Europa de mediados del siglo XVI, cuando María lo llamó, excitada:
–¡Lucio, Lucio, mira! ¡Mira lo que hay aquí!
Había descubierto lo que podía denominarse como la sección de criptografía de la biblioteca. Allí había numerosos títulos -posiblemente, tratándose de Stefano Michelotto, todo lo que hubiese publicado sobre el tema- de criptografía y criptología, así como la célebre obra de David Kahn, The Codebreakers ( Los rompedores de códigos), y Cryptology, de Albreecht Beutels Pacer.
Cogió un volumen titulado Cryptoanalysis, de Helen Fouché Gaines, y comprobó que se trataba de un estudio de las cifras y su solución, y que contaba con un apéndice en el que había una numerosa serie de tablas. Pero no vio nada referente a códigos o cifras en las que se utilizasen notas musicales. Lo colocó en su sitio. Sus ojos se fueron tras un título sugerente:
The Cryptografic Imagination. Cuando alargaba la mano para cogerlo, sintió abrirse la pesada puerta de caoba de la biblioteca.
La aparición de Michelotto en el umbral la hizo ruborizarse, como si la hubiesen sorprendido cometiendo una mala acción. Sin embargo, esa sensación desapareció rápidamente en el momento en que vio que tras el dottore entraban otras cuatro personas. Al rubor sucedió la sorpresa.
–¡Mi querida María, qué placer verte de nuevo! – Stefano se mostraba cortesano. Se acercó hasta la joven y la besó con naturalidad-. Supongo que éste -se dirigió a Lucio- es nuestro violinista español, ¿me equivoco?
–En efecto, él es Lucio Torres, la persona de quien le hablé -señaló María, todavía azorada y presa de un creciente desconcierto que trataba de disimular.
Michelotto se acercó a Lucio con la mano extendida:
–Es un placer conocerte personalmente. ¡No puedes imaginar la importancia que para un veneciano tiene el que se estudie a Vivaldi!
Lucio contestó, estrechando la mano que le ofrecía, con un escueto:
–El placer es mío.
Stefano se volvió hacia María y le reprendió:
–Creo, mi buena amiga, que habíamos quedado en tutearnos -el tono era el de un profesor que reprende con dulzura a una alumna.
Cambiando el registro de su voz y girándose hacia donde estaban Camila y los tres hombres, procedió a las presentaciones.
–Permitidme que os presente. Ellos son María y Lucio, los jóvenes de quienes os he hablado, los que han puesto en mis manos la extraordinaria partitura de la que os hablé.
«Así que ya les ha contado lo de la partitura de Vivaldi. ¿Por qué habrá hecho una cosa así?» A María la sacó de aquella reflexión la voz de Michelotto.
–Ella es Camila Strozzi. Supongo, María, que tú ya la conoces.
Sin esperar una respuesta continuó:
–Ellos son Alister MacFarlaine, Étienne Clermont-Lafargue y Karl Drexler.
Hubo inclinaciones de cabeza y gestos de saludo, pero todo en la distancia.
–Se trata de unos amigos -continuó Michelotto- quienes por alguna razón están interesados con el descubrimiento que habéis realizado. Unos
son devotos de Vivaldi, otros lo son de Venecia y alguno ha sido colega mío en las tareas de descodificación de textos cifrados. – No hizo ninguna especificación acerca de las aficiones concretas de cada cual-. Espero que no os moleste su presencia. Con toda seguridad, nos será de gran ayuda, ¡ya lo veréis!
Michelotto se había dado cuenta de que María había tenido una desagradable sorpresa y trataba de que superase esa situación.
–Tomemos asiento. María y Lucio aquí, a mi lado.
Hubo movimiento de sillones que apenas produjeron ruido porque quedaba amortiguado por la gruesa alfombra de lana. En aquel momento apareció Angelo acompañado de dos doncellas que conducían sendos carritos de servicio, con jarras-termo con café, infusiones, agua y zumos, unas bandejitas con pastas y unos diminutos pastelillos. Colocaron las bandejas y las jarras sobre la mesa y delante de cada uno de los reunidos una taza y una copa.
Una vez que el servicio se hubo retirado, Michelotto cumplió su papel de anfitrión, tomando la palabra. Lucio y María estaban atenazados por una especie de miedo escénico.
–Antes de nada quiero agradecer a María y a Lucio el que hayan puesto en mis manos una partitura que es mucho más que eso. Lucio es un excelente violinista -hacía aquella afirmación, aunque nunca le había oído tocar-, un profundo conocedor de la música de Vivaldi y un enamorado de nuestra ciudad, de Venecia. En la actualidad realiza una importante investigación -en realidad no tenía idea de qué era lo que estaba investigando- sobre nuestro prete rosso. Precisamente ésa es la razón por la cual llegó al conocimiento de esa partitura que es el motivo de esta reunión que honra mi casa. Con María me une una vieja relación. Fue mi alumna, y he de decir que una de las mejores que han pasado por mi departamento -
seguro que no podía recordar qué expediente tenía-, y que conocedora del…
del digamos descubrimiento de Lucio vino a verme para acometer el desciframiento de esa extraña partitura. Pero creo, amigos -Stefano extendió las manos señalando a la pareja-, que Lucio o María podrán explicaros, mucho mejor que yo, cómo llegaron a conocer la partitura en cuestión.
Hizo un silencio que era una invitación a que alguno de los jóvenes tomara la palabra. El silencio, sin embargo, se prolongaba más de lo debido, por lo que fue Camila la que invitó a María a hablar.
–María, querida, estoy deseando que nos cuentes todo lo que sabes acerca de esa partitura y cuáles son tus impresiones.
El expectante silencio de todos los presentes había sumado a su malhumor un cierto nerviosismo. Sintió cómo Lucio rozaba su rodilla con la suya, infundiéndole ánimos.
–Todo comenzó hace tres días cuando Lucio se encontró -hacía todo lo posible por contener los nervios- con una partitura que apareció en un libro de cuentas, correspondiente al año 1741, en el archivo de la Pietà. No era, desde luego, el lugar más adecuado para una partitura, pero tampoco era tan extraño, dada la actividad musical de dicha institución, en la que Vivaldi ejerció durante muchos años su actividad como músico. En ese año de 1741, fecha de su muerte, era primer patrono de la Pietà Tomasso Bellini a quien, según consta documentalmente, Vivaldi le había remitido desde Viena un escrito cifrado, comunicándole un importante descubrimiento que había realizado. Como todos ustedes saben, el compositor veneciano era frater de una orden o secta mistérica llamada la Fraternitas Charitatis, cuya misión era ejercer una especie de control sobre determinados saberes para evitar su divulgación. Unos saberes que no era aconsejable, por alguna razón que sólo ellos conocían, que fuesen del dominio público. También se cuidaban de evitar que tales conocimientos pudieran perderse.
–¿Quiere usted decir que hay una especie de orden que protege cierto tipo de conocimiento a la par que evita que se divulgue? – Quien había formulado la pregunta era Alister MacFarlaine.
–Lo ha captado usted perfectamente. – Ahora no había nerviosismo en las palabras de María, sino un fondo de ironía.
–Permítame que le diga, mi querida amiga, que eso encierra una contradicción. La mejor forma de salvaguardar un conocimiento es divulgarlo. ¡Cuanta más gente lo conozca y mayor constancia haya del mismo, mayores garantías de conservación!
–Pero esa contradicción es sólo aparente -replicó María cada vez más animada-, porque los miembros de esa secta u orden secreta estaban tan preocupados por la conservación de esos conocimientos como de controlar su difusión.
–¿Y cuáles eran las causas por las que tales individuos habían asumido esa tarea? – insistió MacFarlaine.
–Ésa, señor, es una pregunta muy difícil de responder. Al menos lo es para mí. Habría que formulársela a un miembro de la Fraternitas Charitatis.
–¿Existe en la actualidad dicha fraternidad? – intervino el eminente cirujano muniqués.
–Eso es algo que ignoro. El carácter esotérico de la organización y su soterrada actuación hacen que no sea gran cosa lo que se ha filtrado acerca de su existencia y su actividad.
–¿Se sabe cuál es el tipo de conocimiento que tratan de controlar y preservar? – Drexler parecía vivamente interesado por conocer detalles acerca de la Fraternitas Charitatis.
En aquel momento intervino Michelotto:
–Creo que con nuestras preguntas estamos desviando la explicación de María por caminos que no son los que en este momento nos interesan. Tanto ella como Lucio han venido para hablar de la partitura y de las posibilidades de descifrar el mensaje que se oculta entre sus notas.
–Es cierto lo que dices, mi querido Stefano, pero no me negarás que lo que María nos está contando es tan… tan sugerente que difícilmente puede uno evitar que las preguntas se le vengan a la boca -argumentó el escocés.
–Creo que Stefano tiene razón -señaló Étienne Clermont-Lafargue-, debemos dejar que María se explique, sin interrupciones. Luego, supongo que no tendrá inconveniente en que hablemos de cualquier asunto que pudiese tener relación con esa secta.
La intervención del aristócrata francés pareció dejar zanjada la cuestión.
María retomó su explicación.
–En resumidas cuentas, Vivaldi envió a Bellini, poco antes de morir, en 1741, un mensaje cifrado explicándole el conocimiento que había alcanzado o el misterio que había descubierto. Lo hizo en clave y se sabe que llegó hasta su destinatario. Pero por una serie de avatares dicho mensaje se perdió, y perdido ha permanecido durante más de dos siglos y medio, hasta que Lucio lo encontró hace tres días. Anteayer vine a ver al dottore Michelotto, sabedora de sus conocimientos en criptografía con el ánimo de que descifrase el mensaje que se oculta tras sus notas. Después de explicarle a él lo que acabo de revelarles a ustedes, quedamos en reunimos hoy. A esa cita hemos acudido y tengo que confesar mi extrañeza al encontrarme con
la presencia de ustedes en esta reunión, que sin duda pone de manifiesto la importancia del contenido de la partitura que dejé al dottore.
A ninguno de los invitados de Michelotto se escapó la perspicacia y la ironía que encerraban aquellas palabras. El duro acento de Drexler no quedaba disimulado por la musicalidad del italiano que hablaba con soltura:
–Si María ha concluido su explicación, me gustaría preguntarle algo.
–Puede preguntar lo que quiera, por mi parte veré si puedo responderle.
– El aplomo de María era cada vez mayor.
–Gracias. He escuchado con gran atención lo que nos ha contado. Soy un devoto de Vivaldi, un enamorado de Venecia y un aficionado a la criptografía, ciencia en la que Stefano es un consumado experto y que fue, hace años, el nexo de unión que nos permitió establecer una amistad que explica mi presencia aquí.
–Karl, lo de aficionado en criptografía es un exceso de modestia -le interrumpió Michelotto.
El alemán hizo un cortés gesto de cabeza y prosiguió:
–Descubrir una partitura de Vivaldi es algo que ha ocurrido con cierta frecuencia, dada la extensa producción musical de su legado. Es posible que el futuro nos siga deparando agradables sorpresas en ese sentido. Pero es algo muy diferente que la partitura encontrada sea, precisamente, la que le envió desde Viena a… a… Bellini. ¿Qué pruebas tenemos de que la partitura encontrada por Lucio sea de Vivaldi? Y lo que ahora resulta más importante, ¿qué pruebas tenemos de que en sus notas haya algo más que música? En definitiva, ¿qué pruebas hay para afirmar que esa partitura contiene el llamado enigma del cura rojo?
–Creo, señor Drexler, que Lucio puede responder mejor que nadie a esas preguntas -señaló María.
El violinista susurró algo a su oído. Luego pidió disculpas y delegó las explicaciones en María porque su italiano era mejor.
–Hay fundadas razones para afirmar que estamos en presencia de la partitura que guarda el secreto de Vivaldi. – María tenía un aplomo que distaba mucho de su nerviosismo inicial- La primera es dónde aparece. El libro de cuentas es de la misma fecha en que Vivaldi efectuó su envío. La segunda es que su destinatario era a la vez el patrono principal de la institución donde ha aparecido la partitura. La tercera y más importante es la propia partitura. En ella no hay música, las notas no responden a ningún
criterio de armonía. Es más, en algunas de ellas se han roto todos los esquemas establecidos y se ha usado la cuarta tritono, que como ustedes saben es algo que estaba prohibido y que se denominaba la música del diablo. ¡Si las notas de esa partitura no contienen música, han de contener otra cosa!
Tras la última afirmación de María hubo un silencio.
–Aceptemos que es una partitura extraña y que sus notas encierran algo diferente a música -señaló Drexler-, pero que aparezca en un libro de 1741
un papel escondido, guardado u olvidado allí no es garantía de que sea de esa fecha. ¡Cuántas veces se guarda un papel entre las páginas de un libro que es de una fecha muy anterior! – sus últimas palabras sonaban a desafío.
–Hemos comprobado que el papel donde está escrita la partitura es del siglo XVIII -respondió con tranquilidad María.
–¡Pero el siglo XVIII tiene cien años, mi querida amiga!
–Sí, pero ese papel, el de la partitura, está fabricado entre 1736 y 1752.
–¿Cómo lo sabe? – preguntó intrigado el alemán.
–Por la filigrana del papel, que tiene la marca del fabricante. Pero aún hay más, el papel está elaborado en Viena, por la casa Herrmann.
–¿En Viena? – preguntó Drexler.
–En Viena, la ciudad donde estaba Vivaldi cuando envió a Bellini su mensaje en clave. – María estaba disfrutando.
–Eso es muy interesante, muy, muy interesante -señaló el alemán.
–Ha de saber también que en la Pietà se utilizaba papel fabricado en Venecia. No se importaba de Viena.
Fue como si asestara el golpe definitivo. Stefano se puso a aplaudir.
–Excelente, María, excelente. Una defensa brillante. Creo que cualquier duda acerca de que estamos ante el documento que contiene el enigma del cura rojo ha quedado resuelta. Ahora nuestra tarea ha de encaminarse hacia el desciframiento de esas notas.
–¿Habría posibilidad de que viésemos la partitura original? – Era Étienne Clermont-Lafargue quien planteaba la cuestión-. Lo que hemos visto son simples fotocopias.
«Así que Michelotto ya les ha reproducido la copia que yo le dejé», fue lo que pasó por la mente de María. No acababa de comprender muy bien qué era lo que hacía allí aquella gente y las vagas explicaciones de Stefano
no le habían despejado las dudas. Aquella gente no era corriente. Sólo la presencia de Camila Strozzi era algo extraordinario.
Fue Lucio, con ayuda de María, quien dio respuesta a aquella pregunta.
–El archivo del Ospedale della Pietà no está abierto al público. Yo he tenido acceso a través de una gestión particular realizada desde España. Por lo tanto, ignoro las dificultades que habrá en este terreno. Aunque tratándose de un archivo privado, supongo que todo dependerá de la voluntad de sus responsables.
–Creo que podremos acceder al archivo -señaló Michelotto-. Hoy mismo trataré de hacer las gestiones que nos lo permitan. Y ahora abordemos el asunto más importante de esta reunión: el contenido de esa partitura.
Stefano Michelotto se levantó y sacó de una gaveta copias de la partitura para todos los asistentes. El pequeño intervalo que ello supuso fue aprovechado por los presentes para servirse zumo, café o alguna infusión.
María y Lucio pensaban que aquel momento no iba a llegar nunca. Para esto es para lo que habían acudido al eminente criptógrafo y no para discutir con unos desconocidos el valor del documento que el destino había puesto en sus manos.
–Ésta es -comenzó Stefano- la partitura de la que hemos estado hablando. Éstas son las notas que contienen un secreto celosamente guardado. He de deciros, tanto a los que conmigo compartís el interés por la criptografía y habéis dedicado a ella vuestro tiempo, vuestro interés y vuestro esfuerzo, como a los que sois profanos en esta materia, que no es habitual que un mensaje se cifre en notas musicales. A lo largo de la historia se han utilizado los más variados procedimientos para ocultar un texto a ojos no deseados, desde escribir el mensaje en la cabeza de un hombre al que se dejó crecer el pelo y, llegado a su destino, afeitarla para leerlo, hasta tintas invisibles, llamadas simpáticas, que ocultaban los textos a quienes desconocían tales procedimientos. Para verlo había que tratarlos con zumo de limón. Muy antiguas fueron las técnicas no ya para ocultar el mensaje, sino para disfrazarlo de forma que resultase incomprensible a quien no tuviese la clave correspondiente. Se ha usado desde la trasposición de letras, es decir, cambiar unas por otras, según unos criterios previamente establecidos, hasta sustituir letras por números, también según criterios previos. Podría hacer un largo discurso acerca de la variedad de
procedimientos utilizados, pero que nadie se preocupe, ni estamos aquí para eso, ni tampoco es mi deseo. Pero he considerado necesarias estas palabras para señalaros que no es habitual que se utilicen notas musicales como medio para ocultar un mensaje, aunque en este caso -una sonrisa malévola se dibujó en sus labios- podríamos decir que era casi obligado que así fuese.
Y tengo que decir que su autor fue sumamente habilidoso a la hora de ocultar lo que no deseaba que se conociese, si no era con la clave que permitiese descodificar el texto.
–¿Quiere eso decir, dottore, que nos enfrentamos a un texto cuyo desciframiento es harto complicado?
María no acababa de creerse que de su boca hubiese salido aquella pregunta. No tanto por formularla, cuanto por lo que suponía de interrupción a quien estaba hablando.
–No se trata de un texto harto complicado, mi querida María, haciendo uso de las mismas palabras que tú has utilizado, sino que después de cuarenta y ocho horas, de las cuales he dedicado un buen número de ellas a buscar una clave que nos permita revelarnos su contenido, mi fracaso ha sido rotundo. No he sido capaz de dar un solo paso en firme en la consecución de nuestro objetivo. En este momento tengo que confesar que el secreto del cura rojo está bien guardado y que, aunque desde luego todavía es pronto para decirlo, estamos ante un reto lleno de dificultades.
Todos los procedimientos para encontrar una clave se han estrellado estrepitosamente contra las defensas empleadas por el autor de esa partitura.
–¿Hasta dónde podemos tener seguridad de que no se trata de una broma de mal gusto?
La pregunta de Étienne sonó fría, demoledora.
–¿Una broma de mal gusto?
Las palabras de María, cargadas de cólera, no tenían nada de pregunta, sino que era un rechazo palmario a tal posibilidad.
–Sí, que alguien hubiese compuesto esa partitura con ánimo de burlarse de quien la encontrase. Alguien que conociese la historia que usted nos ha explicado y la utilizase con ese fin -insistió el francés.
Aunque el italiano de Lucio no era bueno, alcanzaba lo suficiente como para haber captado la intencionalidad de aquellas palabras. El español intervino contrariado:
–¿¡No estará usted insinuando que todo esto es una burda ficción que hemos montado María y yo!?
–Yo no he insinuado nada, mi querido amigo. Es usted el que lo ha dicho todo -dijo el francés con absoluta frialdad.
–¡Usted es un impresentable! – Lucio se había puesto de pie y había gritado.
–¿Usted no? – Clermont-Lafargue era, desde luego, más flemático que MacFarlaine.
Michelotto, utilizando formas suaves, trató de aplacar a Lucio, pero su intervención no hizo sino excitar aún más al violinista.
–No creo que monsieur Clermont-Lafargue haya querido ofenderle.
–¡Que no! ¿Qué ha hecho entonces cuando ha insinuado primero y en cierto modo ratificado después que todo esto es un montaje para divertirnos? – Lucio estaba muy alterado.
–Creo que usted ha interpretado mal las palabras de Étienne, amigo mío.
¿Verdad, Étienne?
–La verdad es que en mis palabras no había la intencionalidad que el señor Torres le ha dado, pero vista su reacción creo que la interpretación que ha hecho de las mismas puede responder a la realidad.
La posibilidad apuntada por el francés desbordó la situación. También María se sintió ofendida y se puso de pie.
–¡La actitud de monsieur es intolerable! ¡Y desde luego no hemos venido a esta reunión para ser insultados! ¡Creo que lo mejor es darla por concluida!
Ante aquello todos se pusieron de pie, salvo Camila Strozzi. Michelotto suplicaba que se sentasen, pero todos sus esfuerzos resultaron baldíos.
Lucio y María se marcharon de una reunión en la que desde el primer momento se habían sentido incómodos y al final acosados.
Cuando en la biblioteca quedaron solos Michelotto, Camila Strozzi y los otros tres miembros de la Fraternitas Charitatis, la satisfacción flotaba en el ambiente.
–Ha sido más fácil de lo previsto -comentó el francés-, ellos solos se han eliminado.
–Sí, pero no debemos perderlos de vista, saben demasiado y podrían resultar peligrosos. – Camila Strozzi parecía la menos satisfecha.
–¿Esa parejita peligrosos? – El francés se estaba divirtiendo.