El enigma Vivaldi

Peter Harris · Capítulo 19 de 28

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El enigma Vivaldi

Capítulo 19

–Usted se encargará de colocar discretamente el libro en su sitio y me dará los nombres de esos dos archiveros esta misma tarde. Mandaré a una persona para que se los diga. – Sacó la cartera, cogió dos billetes de cien euros y se los entregó con discreción-. Esto es para que compre un regalo a su esposa.

El portero asintió con la cabeza al recoger el dinero. Michelotto ya salía por la puerta cuando le gritó:

–Señor, no olvide que me marcho a las seis…, por lo de la persona que ha de venir.

Capítulo 19

Aquel individuo tendría poco más de treinta años. Su aspecto resultaba agradable; era alto y delgado, sus facciones un tanto angulosas eran casi perfectas y su pelo negro estaba cuidadosamente cortado. Lo más llamativo eran los ojos, por el contraste que marcaban con el color del pelo y su bronceada tez; eran de un azul intenso. Vestía muy informal: pantalón vaquero color hueso y una camisa de cuadros, azul y blanca, los mocasines que calzaba eran de piel flexible y no llevaba calcetines.

–Lamento que se hayan sobresaltado. No era ésa mi intención. Pero les he visto tan embelesados en la contemplación de estas pinturas que no he resistido la tentación de acercarme hasta ustedes. Permítanme que me presente. Mi nombre es Guido Ranucci y soy el párroco de San Giovanni e San Paolo. ¿Puedo serles útil en algo?

María y Lucio habían pasado del sobresalto a la sorpresa. ¿Quién diría que aquel individuo era cura? Parecía, más bien, un actor de cine. Se pusieron de pie y le saludaron.

–¿Les interesa Bellini o esta obra en particular?

–Nos ha llamado la atención esta obra -respondió María-. Ese san Sebastián es tan hermoso que uno no se cansa de contemplarlo. Supongo que el santo que hay a la izquierda de san Vicente es san Cristóbal.

–En efecto, es san Cristóbal transportando al Niño Jesús. – La voz de Guido sonaba envolvente, cálida. María pensó que sería un placer escucharle en una homilía.

–Las figuras de arriba -continuó el sacerdote- representan a Cristo muerto, al arcángel san Gabriel y a la Madonna en el momento de la

Anunciación.

–Y estas pinturas de abajo ¿a qué corresponden? – Lucio señaló tres escenas, a escala mucho menor, que había en la parte baja del retablo.

–Son tres momentos de la vida de san Vicente. La más importante es la que hay a los pies del san Sebastián, que tanto ha impresionado a la señora.

Al oír aquellas palabras María y Lucio intercambiaron una significativa mirada. Acababan de escuchar las mismas palabras que Tomasso Bellini había dejado consignadas por escrito.

«¿Verdaderamente será quien dice ser?» A María la duda le había llegado de repente. «¿Se tratará de una trampa?» Sabía por experiencia que la incertidumbre era una de las cosas que peor soportaba. Prefería mil veces saber a qué atenerse para bien o para mal. Por eso le había afectado tanto la llamada de la noche anterior.

Una voz de mujer le sacó de aquellas momentáneas elucubraciones.

–¡Padre Ranucci! ¡Padre Ranucci! ¡Le llaman al teléfono! ¡En la sacristía! ¡Creo que es del colegio de las madres dominicas!

El sacerdote hizo un gesto de excusa, que acompañó con palabras:

–Lo siento mucho, pero la obligación es la obligación. Si desean algo de mi humilde persona, ya saben dónde encontrarme. ¡Que disfruten su visita!

Se marchó hacia la sacristía con un andar que rezumaba elegancia.

María pensó, una vez más, que sería un magnífico galán cinematográfico.

Lucio se acercó a la pintura que había bajo el san Sebastián. Era una escena en la que san Vicente Ferrer aparecía sobrevolando milagrosamente por encima de un grupo de personas que acudían a una celebración.

Observó la pintura con detenimiento y concentró su atención en los bordes.

También María tenía fijada su atención en aquella escena.

–¿Cómo no nos hemos dado cuenta antes?

–Lo importante es que estamos llegando al final, o al menos eso es lo que quiero creer. – María escudriñaba en el lateral del retablo, tratando de calibrar su grosor-. Su llegada ha sido como una aparición. ¡Menudo susto me he llevado! ¿Verdad que no parece un cura?

–Yo diría que no da el perfil. Pero ya ves, el hábito no hace al monje y, sobre todo, en Venecia nada es lo que parece.

María tocó con la punta de los dedos la pintura. Se trataba de una tabla.

–¿Qué estás pensando? – le preguntó Lucio.

–«… oculto por san Vincenzo Ferreri». Si Tomasso Bellini no nos tomaba el pelo, y creo que no lo hacía, la clave de Vivaldi está detrás de esta pintura. Quien la oculta es ese san Vicente Ferrer.

En aquel momento salió un ruido del bolso de María. Era su teléfono móvil que sonaba con estridencia en medio de la paz y el silencio que reinaba bajo las bóvedas de la iglesia. Se le contrajo el rostro. Cogió el teléfono con miedo. Ni lo miró.

–No sé si contestar, Lucio. ¡Me da miedo!

–Dámelo a mí.

El músico no esperó a la autorización de María, que se había quedado casi paralizada.

–Dígame.

–Sí, soy yo, Lucio.

–María está a mi lado.

–¿Quieres hablar con ella?

–Sí, sí, desde luego.

Miró a María, le alargó el teléfono y le dio un beso.

–No hay problema. Es tu madre.

Una sonrisa apareció en sus labios.

–Sí, mamá, ¿qué ocurre?

Hubo un largo silencio en el que María escuchaba; conforme pasaba el tiempo su rostro se ensombrecía poco a poco. Lucio no podía percatarse de ello porque había concentrado su atención en la tabla que parecía ser el último obstáculo entre ellos y la clave de Vivaldi. Miró alrededor y comprobó que en el templo sólo había otra pareja de turistas que miraban embelesados la cubierta de la nave central. No había ni rastro del cura, ni tampoco de la mujer que le había llamado y que, por las trazas, debía de ser la encargada de la limpieza de la iglesia. Introdujo la mano por el borde del retablo, aprovechando un espacio que quedaba entre la columna que delimitaba la capilla y el marco dorado que rodeaba el conjunto, palpó cuidadosamente buscando con los dedos. Con la punta tocó algo que sobresalía de la superficie lisa que hasta entonces había encontrado -María seguía con el teléfono pegado al oído-, no podía saber qué era y además tenía dificultades para llegar. Hizo un esfuerzo y estiró su mano todo lo que pudo; el brazo empezaba a dolerle, pero no lograba su objetivo. Sacó la

mano y comprobó que la tenía llena de un polvo negruzco. Aquello era el paso de los siglos.

María seguía escuchando a su madre, y entonces se dio cuenta de la crispación que se reflejaba en su rostro.

–¿Ocurre algo?

María le hizo un gesto con la mano, indicándole que aguardase. Durante un par de minutos más comprobó cómo ella asentía con la cabeza y respondía con monosílabos y alguna exclamación de contrariedad.

–Sí, mamá, estoy con Lucio en la iglesia de Zanipolo.

»¿Que qué hago aquí? Ya te lo contaré.

»Ya te lo contaré.

»Yo a ti también te quiero. Un beso.

Empezaba a ponerse nervioso, cuando María, con gesto abatido, cerró la comunicación.

–¡Por el amor de dios! ¡Cuéntame! ¿Qué es lo que ocurre?

–Hace un rato mi madre ha recibido una llamada telefónica, amenazándola. – La preocupación se reflejaba en los ojos de María.

–¿Quién? ¿Qué le han dicho?

–No sabe quién es, pero la ha amenazado, si nosotros no le entregamos la partitura de Vivaldi.

–¿Qué le ha dicho tu madre?

–Mi madre está aterrorizada, no sabe qué hacer. También me ha dicho que la policía volvió anoche preguntando por ti y que ahora andan buscándonos.

–¡Maldito Michelotto! ¡Ese canalla tiene la culpa de todo esto! – Sin darse cuenta Lucio había elevado el tono de voz.

Los dos turistas que contemplaban la bóveda miraron hacia donde ellos se encontraban, pero no prestaron mucha atención.

–En el fondo la culpa es mía, por haber acudido a él. – Los ojos de María estaban velados por la tristeza.

Lucio la tomó por la cintura, la apretó contra su cuerpo y le susurró al oído:

–No puedo consentir que te tortures de ese modo, amor mío. ¿Quieres que le entreguemos la partitura y pongamos fin a todo esto?

Ante aquel planteamiento María pareció recuperar algo de su ánimo:

–¡De ninguna de las maneras! ¡Esa gentuza se saldría con la suya! ¿Qué era lo que estabas hurgando mientras hablaba por teléfono?

–He buscado detrás del retablo por donde está esa escena de san Vicente. Pero mi brazo es demasiado grueso para llegar hasta una especie de reborde que he podido palpar con la punta de los dedos, sin lograr agarrarlo. ¿Tal vez tu brazo, que es más fino…? Podría ponerme de forma que ocultase tu cuerpo.

María asintió con la cabeza e introdujo su brazo entre la columna y el borde del retablo. Estiró el cuerpo todo lo que pudo, mientras Lucio, que a los ojos de cualquiera que mirase parecía contemplar el retablo desde un ángulo esquinado, la cubría por completo.

Tras no pocos esfuerzos María exclamó muy bajo:

–¡Santo Dios! ¡Lo que aquí hay es una anilla! ¿Qué crees que ocurrirá si tiro de ella?

–No lo sé. Pero debemos tener cuidado. ¡Déjalo y lo pensamos!

María retiró el brazo y contempló de cerca la escena de la vida del santo que daba nombre al políptico.

–Fíjate, Lucio, aunque hay mucho polvo incrustado, yo diría que los bordes de la pintura encajan en el marco como si fuese una puerta.

–Sí, eso parece.

María se llevó la mano a la boca como si quisiese evitar que las palabras que expresaban lo que estaba pensando se saliesen.

–¡Lucio, la manilla! Si tiro de ella seguro que pasa algo en el retablo.

–¿Y si hace ruido?

Ambos recorrieron la iglesia con la mirada. Los dos que contemplaban la bóveda ahora curioseaban en el presbiterio. No había nadie más, salvo el cura que estaba en la sacristía y la mujer que le había llamado.

–¿Crees que tendremos otra oportunidad como ésta? – preguntó María.

–Mi opinión es que pocas veces esto estará tan solitario como ahora mismo, y lo más seguro es que no dispongamos de otra ocasión así.

Además, volver otro día podría despertar sospechas en el párroco; ya sabes, los robos de obras de arte en iglesias son frecuentes. Pero ¿y si nos equivocamos?

Giorgio Cataldo estaba desesperado. Hacía casi veinticuatro horas que había montado un sistema de vigilancia y los resultados eran nulos. A Lucio Torres y María del Sarto parecía habérselos tragado la tierra. Ni una pista,

ni una señal, no habían entrado ni salido del Bucintoro. Y ello no era normal en un plazo de tiempo como aquél. Lucio tenía las Jornadas Musicales, el archivo de la Pietà, conocer Venecia, muchas cosas que hacer, pero tenía que dormir. Después de pensar en todas las posibilidades que se le ocurrieron, una de ellas tomaba más cuerpo en su mente cada minuto que pasaba: se habían marchado a otro lugar, pero no tenía la más remota idea ni de adonde ni por qué. Ésa era la pregunta que se formulaba desde hacía varias horas, ¿por qué se habían marchado? Algo raro estaba ocurriendo porque poco después de que hubiese montado un discreto dispositivo de vigilancia, a la caída de la tarde del día anterior, habla recibido información de que un coche de la policía había llegado al hostal y dos inspectores de paisano habían entrado en el Bucintoro. La confirmación de que allí ocurría algo fuera de lo normal la tuvo cuando le comunicaron que aquella mañana, temprano, antes de las ocho, los mismos inspectores habían vuelto a hacer una visita.

Un par de veces había estado tentado de llamar a María para preguntarle por la partitura que le había mostrado en el Vino Vino. Pero aquello significaba correr un riesgo que podía poner toda la operación en peligro.

Lo que más le fastidiaba y constituía la causa principal de su desesperación era tener que reunirse con el repelente de Licci -había quedado con él a las dos- y confesarle que no podía aportarle nada nuevo. La única baza que tenía es que también él preguntaría por las pesquisas de sus archiveros en la Pietà.

Michelotto había regresado a su casa con el texto de la clave de Bellini en su poder. Comunicó por teléfono a sus compañeros de la Fraternitas Charitatis -a los que en la reunión que habían mantenido tras la marcha de María y Lucio de su casa les había pedido que permaneciesen cuarenta y ocho horas en Venecia- que los acontecimientos iban a precipitarse. Los citó a todos para almorzar en su casa. Drexler estaba alojado en el Excelsior, mientras que MacFarlaine y Clermont-Lafargue lo habían hecho en el Danielli. También les comunicó que era muy probable que hubiese otra gente tras la pista de la partitura.

Sin perder un instante se encerró en su despacho, descargó en el ordenador las fotografías que había hecho del texto y leyó con detenimiento su contenido:

La clave para descifrar el mensaje del frater Vivaldi, contenido en la partitura que podrá hallarse entre las páginas de este libro, se encuentra bajo la protección de los santos Giovanni e Paolo, bajo los pies de san Sebastiano y oculto por san Vincenzo Ferreri, gracias a mi antepasado. Que Dios Nuestro Señor perdone mis pecados y tenga piedad de mi alma.

Después de leerlo varias veces, Michelotto hizo un análisis de la situación con los datos que poseía hasta aquellos momentos. Pudo certificar que la partitura cuya copia le había mostrado María del Sarto era la misma que contenía el misterio del prete rosso. Ya no había ninguna duda.

Igualmente concluyó que independientemente de alcanzar el objetivo de que la Fraternitas tuviera en su poder la partitura original por razones de prestigio, las copias que tenía eran aptas para desvelar aquel misterio. El único problema en este terreno era que se había estrellado contra las notas en las que Vivaldi se refugió; pese a las horas dedicadas no había podido dar un solo paso en firme. También había comprobado la veracidad de la afirmación, mantenida durante siglos, de que Tomasso Bellini había recibido aquella clave. Tenía la prueba ante sus ojos, y por alguna circunstancia la había ocultado, igual que había hecho con la partitura. Por último, también estaba en condiciones de afirmar que la partitura original estaba en poder de Lucio Torres y de María del Sarto y que los dos poseían también la clave dejada por Bellini y que le llevaban algunas hojas de ventaja en el conocimiento del texto de dicha clave. No era poco aquel bagaje obtenido en poco más de setenta y dos horas cuando llevaban dos siglos y medio detrás de aquel objetivo. Sin embargo, no estaba satisfecho.

Tenía esa sensación que se produce cuando una ilusión, acariciada largo tiempo, está a punto de convertirse en realidad, se está tocando con la punta de los dedos. En ese momento los días se hacen eternos, las horas insoportables y el tiempo corre con una lentitud desesperante.

Sabía cuál era el motivo de su insatisfacción. Pese a todo lo alcanzado en tan pocas horas, era consciente de que había cometido el grave error de hacer levantar el vuelo a las palomitas que le habían servido en bandeja todo lo que había logrado en aquellos tres días. También le molestaba que la pareja le llevara una ventaja de varias horas. Pero eso no le preocupaba, eran unos indocumentados y él era Stefano Michelotto, el gran Stefano Michelotto.

Ahora, sentado a la mesa de su despacho, se dispuso a atacar el texto de Bellini. Entrecruzó los dedos y apretó las manos, sus huesos crujieron. Se puso a trabajar y la primera conclusión fue que la solución estaba en cinco palabras que subrayó: Giovanni, Paolo, Sebastiano y Vincenzo Ferreri.

Decidió subrayar también la palabra antepasado. Lo que tenía allí eran cuatro nombres de santos y una alusión a un antepasado. Un antepasado de Tomasso Bellini.

¿Qué tendría que agradecerle a un antepasado en aquellas circunstancias?, pensó Michelotto. Un antepasado no sería ni su padre ni su abuelo; en ese caso los habría denominado como padre o como abuelo.

Tenía que ser más antiguo. Si cuando Tomasso murió ya era patrono mayor de la Pietà y esto ocurrió en 1741, quiere decir que en esta fecha era un hombre maduro. Un joven no desempeñaría un cargo como aquél; así mismo era frater de Vivaldi, quien había nacido en 1678. Tomasso podría haber nacido en torno a esa fecha. Retroceder a una fecha anterior a su padre y su abuelo significaba remontarse casi al siglo XVI.

Cogió un afilado lápiz de los muchos que contenía el lapicero que había sobre su mesa. Se lo llevó a la boca y lo mordió con fuerza. Después anotó en un papel:

«Siglo XVI, Bellini, Venecia.»

Sus ojos se iluminaron.

–¡Los Bellini! ¡Los pintores renacentistas! ¡Jacopo, Gentile, Giovanni Bellini! ¡Los Bellini! ¡Los santos! ¡La clave tiene que referirse a pinturas realizadas por algunos de los Bellini dedicadas a estas advocaciones!

¡Tienen que ser cuadros dedicados a estos santos! ¡Un antepasado puede remontarse más allá del siglo XVI!

Michelotto giró el sillón y se encaró a la pantalla de su ordenador, tecleó y abrió la conexión con internet. Pensó que hay más cuadros de san Juan y de san Pablo, que de san Sebastián y san Vicente Ferrer. Se decidió por este último.

Buscó en Google: «Bellini y san Vincenzo Ferreri».

En pocos segundos la información estaba en su pantalla. Había varias entradas. Pulsó la primera.

Una de las obras de juventud de Gentile Bellini, hijo de Jacopo Bellini, a quien muchos consideran como el creador de la escuela renacentista de la pintura veneciana, es el políptico de san Vincenzo Ferreri. Fue pintado

probablemente entre 1464 y 1468. Está considerada una de las obras más importantes del llamado primer renacimiento en Venecia. En ella es perceptible la influencia de Mantegna y destaca la importancia del color, que será una de las características de la obra de Gentile a lo largo de toda su trayectoria artística. El políptico, que nos ofrece en su centro la imagen de san Vincenzo, flanqueado por san Cristóforo y san Sebastiano, se encuentra en la iglesia dominica de San Giovanni e San Paolo, conocida popularmente como iglesia de Zanipolo…

No leyó más.

–¡La iglesia de Zanipolo!

Comprobó en el texto:

–¡Bajo la protección de los santos Giovanni y Paolo!

Miró su reloj de pulsera, un elegante Patek Philippe. Eran las doce y media. Todavía tenía tiempo de ir a Zanipolo antes de que llegaran sus compañeros para el almuerzo. ¡Si todo iba bien, menuda sorpresa iban a llevarse!

Pulsó el interfono de su mesa y al instante respondió la voz del mayordomo.

–¿Qué desea el señor?

–¡Angelo, avisa a Stánkovic! ¡He de salir inmediatamente!

Había numerosas personas concentradas a la puerta de la iglesia de Zanipolo. Dos lanchas de los carabinieri con las luces de las sirenas encendidas que se mecían suavemente en el canal que cerraba uno de los laterales de la plaza y una cinta para impedir el paso al interior del templo señalaban que algo extraordinario había ocurrido.

Michelotto indicó a su guardaespaldas que, con discreción, se enterase de lo que había sucedido. Él aguardaría a cierta distancia.

Stánkovic indagó entre varios corrillos de los vecinos que se apiñaban alrededor de la puerta. Los comentarios coincidían en que se había producido el robo de una de las pinturas que se guardaban en la iglesia. Las versiones sobre cuál era el cuadro y los posibles autores del robo eran diversas.

–¡Una Madonna con il bambino! – exclamaba una mujer que había salido a hacer la compra.

Aquella afirmación era negada por un operario, malencarado, de la compañía del gas que decía haber escuchado de la boca del propio párroco

que lo robado era una pintura que representaba a un fraile dominico.

En uno de los corrillos se daba como seguro que el robo perpetrado se había producido en la capilla del Rosario, donde algunas pinturas aludían a la derrota sufrida por los turcos en Lepanto y donde la escuadra veneciana, que luchó a las órdenes del español Juan de Austria, había desempeñado un importante papel. Quien esto sostenía era una mujer de unos sesenta años entrada en carnes, quien, al parecer, era feligresa de la parroquia y aportaba, en defensa de su afirmación, el dato de que la tarde anterior cuando acudió a la misa de las ocho y media había visto merodear por la mencionada capilla a tres individuos que por su aspecto le hicieron pensar mal.

–¡Ay! ¡Si hubiese puesto sobre aviso a don Guido! ¡Tenía mala catadura aquella gente! ¡Tuve como un pálpito!

Un carabiniere que escuchó aquellos lamentos le preguntó el nombre.

–¡Rosario! ¡Rosario Valente para servirle a usted!

–¿Qué aspecto tenían esos individuos? – preguntó el policía.

–Aunque iban bien trajeados, no eran elegantes. Dos tenían el pelo largo, demasiado largo, y un tercero la cabeza afeitada.

–Rosario, ¿sería tan amable de acompañarme al interior?

–¡Cómo no, agente! ¡Lo que haga falta con tal de descubrir a los ladrones!

La mujer hizo un gesto que tenía algo de reto a los que la habían escuchado, dando a entender la importancia de su testimonio. El carabiniere la tomó por el brazo y la ayudó a cruzar la cinta de plástico amarillo en la que podía leerse «INGRESSO VIETATO CARABINIERI».

Lo más extraordinario que el chófer escuchó fue que lo robado era la piel del defensor de Famagusta, Marco Antonio Bragadín. Algo considerado por los venecianos como una verdadera reliquia.

El comisario Tarquinio había improvisado en la sacristía de la iglesia un pequeño operativo. Por enésima vez pedía al párroco Ranucci que tratase de reconstruir la escena que había vivido con aquella pareja que tan interesada estaba por el políptico de San Vicente. Por enésima vez también le insistía en que no obviase ningún detalle por muy nimio que le pareciese.

Tarquinio insistía en exprimir los recuerdos del párroco porque apenas había obtenido información de una pareja de turistas daneses, Biorn y Monika Nielsen, y de la encargada de la limpieza del templo y sus dependencias, la señora Meganta.

Sus declaraciones no iban más allá de que se trataba de una pareja de jóvenes vestidos de manera informal, pero con buen gusto, nada de camisetas de tirantes, ni pantalones cortos tipo bañador o rajados por las rodillas, ni chancletas.

Los dos tenían el pelo negro y no eran «ni altos ni bajos» en palabras de la limpiadora. El padre Ranucci había añadido que ella tenía unos hermosos ojos verdes y que la mirada del joven era penetrante. Aportó, además, un dato de sumo interés:

–El joven es violinista profesional.

–¿Violinista profesional? ¿Por qué lo sabe? ¿Se lo dijo él?

–No, él no dijo nada. Pero sé que es violinista por la marca que hay en su cuello. Es inconfundible. La produce las horas y horas de trabajo.

–Padre, antes me ha dicho -Tarquinio era un auténtico sabueso- que parecieron asustarse cuando les habló por primera vez… ¿Asustarse es la palabra correcta?

–Creo que sí. Desde luego se turbaron. Era como si les hubiese sorprendido.

–¿Cómo reaccionaron ante su presencia?

–Ahora que lo dice, creo que algo incómodos. Pero es posible que sólo sean figuraciones mías, como consecuencia de lo que ha ocurrido.

–¿Por qué cree que se asustaron o turbaron?

–Es posible que fuese por la forma en que los abordé. Estaban sentados en el primero de los bancos que hay en la capilla, arrobados en la contemplación, y yo llegué por detrás, no me habían visto. Al empezar a hablar se sobresaltaron porque estaban en tensión.

–La tensión no parece que sea el estado de ánimo más adecuado para la contemplación de una obra de arte -apuntó el comisario.

–No, no lo parece -refrendó el párroco.

–¿No cree que hayan podido ser otras personas los autores del robo? –

El comisario había insistido varias veces en formular aquella pregunta.

–Creo que no. Mire usted, cuando hemos descubierto que faltaba la pintura sólo se habían vendido cuatro entradas. Las de la pareja de daneses y las de ellos.

Tarquinio asintió varias veces con la cabeza. Hizo un gesto con los hombros y comentó:

–Sólo tenemos cuatro personas siempre que no haya entrado alguien por algún otro sitio.

–Comisario, no hemos encontrado signos de haber sido forzada ninguna ventana, ni puerta -comentó uno de los inspectores que le acompañaban.

–¿Cree que hay alguna razón para que hayan robado ese cuadro y no otro? ¿Tiene algún valor especial el que han robado? – Tarquinio no quería dejar ningún resquicio.

–Me extraña que hayan robado precisamente ése. Se trata de una de las pinturas de menor interés del retablo -contestó el padre Ranucci.

–¿Por qué cree entonces que han robado precisamente ésa?

–No lo sé. No le encuentro una explicación… Salvo…

–¿Salvo qué…?

–Salvo que ésa les resultase más fácil.

–Hablando de facilidades… hay algo que no me encaja.

–¿El qué, comisario? – preguntó Ranucci.

–Me ha dicho usted que la pintura robada es una tabla, ¿correcto?

–En efecto, se trata de una tabla.

–¡Una tabla que tiene más de un metro de largo y la mitad de ancho! –

exclamó, sorprendido, el comisario.

–Así es, siendo una tabla no puede doblarse o enrollarse como podría hacerse con un lienzo. Y, sin embargo, la persona que en el cancel de la iglesia controla las entradas afirma, sin ningún género de dudas, que esa pareja en la que se fijó al salir, no llevaba la tabla. ¡Y es de un tamaño que no puede ocultarse fácilmente!

El comisario se acarició varias veces el mentón.

–Si hacemos caso de la lógica, la tabla no ha salido de la iglesia. ¡Han tenido que dejarla oculta en algún lugar para volver a por ella!

–¡Pero eso comporta un riesgo muy grande! ¡Descubierto el robo, lo primero será buscar por todos los rincones de la iglesia! – exclamó el párroco.

–Eso es precisamente lo que estamos haciendo. Estamos peinando su iglesia palmo a palmo, padre. Además, llegados a este punto, aunque no la encontrásemos, cosa que dudo, si es que está todavía en la iglesia, tendrían que volver por ella y ya estamos sobre aviso. – El comisario hizo varios gestos de negación con la cabeza-. ¡Aquí hay algo que no encaja, padre!

¡Vamos a echar otra mirada a ese retablo!

–¡Comisario, con su permiso -quien llamaba la atención de Tarquinio era un carabiniere que hacía un desganado saludo militar-, en la puerta hay un señor que dice tener un dato de sumo interés para la investigación!

–¡Qué coño, que os lo dé! – A Tarquinio le molestaban las interrupciones.

–Lo siento, señor. Dice que sólo se lo dará a usted.

–¡Conque sólo a mí! ¡Amenácele con cualquier cosa! ¡Falta de colaboración con agentes de la autoridad! ¡Qué sé yo!

–No creo que eso resultase muy eficaz, señor.

–¿Por qué? – Tarquinio miró al carabiniere a los ojos.

El agente se acercó al comisario y le susurró algo al oído.

–¡Por qué no me lo ha dicho antes! – gritó Tarquinio poniéndose de pie.

–Señor… yo… usted no…

–¡Lléveme adonde está el dottore!

Michelotto, acompañado por otro carabiniere, observaba atentamente el políptico de San Vicente.

-Dottore! – El comisario extendía la mano a Michelotto, quien se la estrechó, acompañándola de una cortés inclinación de cabeza-. ¡Qué sorpresa! ¿Cómo es posible…?

–Es muy fácil, querido Tarquinio -la relación de Michelotto con Tarquinio derivaba de la colaboración que el profesor había prestado, en su calidad de experto en criptografía y escritura, a la policía veneciana en varios casos donde textos escritos eran piezas importantes en la investigación-, cuando iba en mi coche, muy cerca de aquí, me he enterado por la radio del robo cometido y de que la investigación estaba en sus manos.

–¡Cuánto agradezco su interés, dottore!

Michelotto hizo un gesto con la mano dando a entender que quitaba valor a su presencia.

–No tiene importancia, querido amigo. Lo verdaderamente importante es que, por una circunstancia puramente confidencial, puedo proporcionarle una información que, sin duda, le ayudará a resolver este… este -miró hacia el vacío dejado por la pintura que faltaba en el retablo- este robo.

–En ese caso para mí es un doble placer saludarle.

Michelotto tomó del brazo al comisario con un gesto familiar y lo apartó del corrillo de gente que se había formado en torno a los dos. Cuando

se hubieron separado una discreta distancia, le comentó.

–Verás, Tarquinio -ahora que estaban solos le tuteaba-, al hilo de unas investigaciones que estamos realizando, y en la que se cruza mucha información, tuve hace sólo unos días noticia de una alumna mía, su nombre es María del Sarto. – El comisario contrajo el rostro, pero Michelotto no se percató-. Anótalo, estaba interesada vivamente por este políptico. Su interés está ligado a la relación que ha iniciado con un individuo, español por más señas, que dice ser músico, aunque yo tengo mis dudas. Ese sujeto -Michelotto utilizaba las palabras con estudiada precisión-no me causó buena impresión cuando le conocí. No me preguntes por qué, pero es una sensación, una premonición. Creo que se llama Lucio Torres.

No sé si esto podrá servirte, pero me parece que puede ser de tu interés.

–¿Le da mala espina ese… ese Lucio Torres?

–Sí. – La respuesta de Michelotto fue seca.

–¿Podría hacerme una descripción física de María del Sarto y de ese español?

–Ella tiene unos veinticinco años. Es muy guapa, como de un metro setenta, morena con el pelo negro y lacio. Tiene, o al menos tenía hace dos días, una media melena. Sus ojos son preciosos, de color -Michelotto titubeó un instante apenas perceptible- verde. Puede seducir a cualquiera.

–¿Y el español?

–Es alto, delgado, bien parecido. También tiene la piel tostada y el pelo negro, lacio y largo. Tiene unos penetrantes ojos negros.

–¿Algo más que pueda sernos de interés? ¿Algún detalle de la cara?

¿Algún lunar o una cicatriz?

Michelotto hizo un gesto negativo.

–No, no recuerdo ahora mismo nada en particular.

Tarquinio asintió con la cabeza.

-Dottore, quiero agradecerle muy sinceramente su colaboración. Nos va a ser de mucha utilidad. Con la descripción que me ha dado no tengo dudas de que las personas de las que me ha hablado son las mismas que esta mañana han estado aquí. Su descripción coincide con la del padre Ranucci.

Ahora tenemos sus nombres.

–Como siempre, ha sido un placer, comisario -se acercaban al corrillo que habían dejado hacía un momento-. Si me necesita para algo más, estoy a su entera disposición, señor comisario.

Michelotto estrechó la mano del policía y con un gesto se despidió de los presentes. El propio comisario le acompañó hasta la salida del templo.

El comisario Tarquinio regresó adonde estaba el concurso de gente -

policías y testigos- que habían salido de la sacristía cuando llegó el dottore Michelotto y se concentró, buscando alguna pista, algún detalle de interés, en el políptico de san Vicente Ferrer.

El dottore regresó al piazzale de Roma, donde había quedado aparcado su coche y, con voz autoritaria, indicó a Stánkovic:

–Volvemos a casa.

Retrepado en el asiento de atrás Michelotto le preguntó si había escuchado alguna versión nueva de las que circulaban entre la gente que había en la plaza.

–Las versiones son muy diferentes, pero, como le dije antes de que entrase en la iglesia, la mayoría se inclina por que lo robado era una pintura de san Vicente Ferrer.

–¿Has oído algo acerca de quiénes han efectuado el robo?

–Alguno de los curiosos comentaba que habían sido una pareja de jóvenes con los que el propio párroco había estado conversando poco antes de que desapareciese la pintura. Parecían gente corriente, su aspecto no llamaba la atención.

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