El enigma Vivaldi

Peter Harris · Capítulo 3 de 28

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El enigma Vivaldi

Capítulo 3

Tomasso Bellini

Acabo de tener noticia de Galeazzo Moroni y de Filippo Bembo de que ambos han recibido, sin problemas, comunicación del envío que me habéis realizado.

El rostro del dogo Contarini apenas podía disimular la alegría que sentía. Ciertamente el trabajo realizado por aquellos dos agentes había sido espléndido. No habían obtenido la información que micer Vivaldi se había llevado consigo a la tumba sobre el misterioso secreto que le condujo hasta Viena, pero habían logrado una pista extraordinaria por cuanto tenían los nombres de las personas que podían informarle acerca de aquella cuestión que parecía ser de importancia vital para el conjunto del orbe.

–Habéis cumplido como buenos venecianos y la República es generosa con quienes le sirven, como vosotros lo habéis hecho. Recibiréis una generosa recompensa. Ahora podéis retiraros. Un escribano tomará declaración de todos aquellos pormenores que consideréis necesario deban ser consignados para memoria y recuerdo de este asunto.

Apenas habían iniciado Ludovico y Tibaldo una respetuosa reverencia, cuando sonó el chasquido que se producía al abrirse la puerta por donde habían entrado al salón Mayor del Consejo. El chambelán que les había conducido a presencia del dogo apareció a su lado y les acompañó hasta la salida. El dogo Contarini había recuperado el hieratismo y la rigidez de su figura.

Mientras los dos agentes de la Serenísima abandonaban el lugar eran conscientes de haber prestado un gran servicio. Así parecían decírselo los mudos rostros de las grandes figuras de la historia de su ciudad que les miraban desde La Apoteosis de Venecia inmortalizadas por los pinceles de Paolo Veronese. También eran conscientes de que la apertura de la puerta y la entrada del chambelán en el momento oportuno señalaban que los ojos y oídos de la Serenísima llegaban hasta el mismísimo salón donde el dogo recibía las visitas.

Al día siguiente un gondolero descubrió dos cadáveres que flotaban en las aguas. Habían sido acuchillados. Los cuerpos fueron identificados como los de Ludovico Gaspieri y Tibaldo Paccini.

Capítulo 3

Los potentes motores del Airbus A-320 de la compañía Iberia ronroneaban mientras el avión se desplazaba lentamente. Una vez situado en la pista de despegue y recibida la orden, el Airbus levantó el vuelo en pocos segundos. Con sólo diez minutos de retraso sobre el horario establecido del barcelonés aeropuerto del Prat el vuelo IB 4383, que cubría la línea entre la capital catalana y Venecia en una hora y cincuenta y cinco minutos, llegaría al Marco Polo a las ocho y cuarto.

Lucio Torres, el pasajero que ocupaba el asiento 16 A, iba a realizar, de una vez, varios de los sueños de su vida. Desde pequeño anhelaba conocer Venecia, que había imaginado de formas diferentes, después de leer todo lo que había encontrado referente a tan singular y mágico lugar.

¡Una ciudad construida sobre una laguna!

Si Venecia no hubiese existido, Julio Verne -había pensado en alguna ocasión Lucio Torres- habría imaginado un emplazamiento como aquél para alguna de las aventuras que con tanta fruición leyera durante su infancia. Le resultaba tan fantástico como recorrer veinte mil leguas a bordo de un barco que surcaba los mares navegando por los fondos marinos, o tan espectacular como realizar un viaje hasta las entrañas de la Tierra.

A sus veintisiete años Lucio Torres, músico graduado en el Conservatorio Superior de Música de Córdoba, era, pese a su juventud, un notable concertista de violín. Sabía que aún le quedaba un largo camino por recorrer para convertirse en el maestro que desde niño había soñado ser, pero sabía que estaba en el camino acertado para conseguirlo. Con sus años era ya el concertino de la orquesta de cámara de su ciudad natal; además, le habían llegado sustanciosas ofertas que, hasta el momento, había declinado por cuestiones personales. La última de ellas era la que le había hecho Lucas Briviesca, el gran preboste de la música española, para incorporarse a la orquesta sinfónica de España. Briviesca le había dirigido con motivo de unos conciertos extraordinarios celebrados en su ciudad natal, y desde los primeros ensayos se apercibió del valor de Lucio. La oferta había quedado abierta hasta final de año, en una muestra de generosidad y también de egoísmo por parte del director, quien no deseaba renunciar en modo alguno a ser el impulsor del talento que creía haber descubierto y el virtuosismo que eran capaces de desarrollar las manos del joven violinista.

Lucio Torres también había imaginado su llegada a Venecia de todas las formas posibles. Los amigos que habían conocido la ciudad le habían dicho

que tratase, por todos los medios, de hacer su entrada de noche y por la laguna, a bordo de un vaporetto, en un momento en que la estudiada iluminación de la ciudad le ofreciese los perfiles románticos de sus palacios y las siluetas inconfundibles de sus grandes monumentos. Aquélla era la forma de conservar un recuerdo imborrable de una de las ciudades más bellas del mundo, cuando las sombras de la noche cubrían piadosamente las vergüenzas del abandono y la incuria acumulada durante siglos. Muchos de los palacios de las grandes familias venecianas, que habían dado el nombre y el lustre a aquel capricho fruto del empeño y la tenacidad de generaciones, eran una venerable ruina.

Lucio Torres quería grabar de forma indeleble en su memoria las imágenes y las sensaciones de aquella Venecia que iba a pisar y a vivir a partir del 18 de septiembre de 2003, una vez que tomase tierra en el aeropuerto Marco Polo, enclavado en la zona industrial de Mestre. Cogería un tren ligero hasta la zona de Santa Lucía y luego tomaría un vaporetto que le llevase por el Gran Canal hasta la piazza San Marcos. Después se dirigiría al Bucintoro, el alojamiento que tenía reservado y que quedaba cercano, donde pernoctaría las tres semanas siguientes, tiempo de duración de las Jomadas Musicales organizadas por «Los Amigos de Vivaldi», dedicadas al barroco del tránsito del siglo XVII al XVIII. Aprovecharía la noche, como le habían recomendado amigos y conocidos, para recorrer los itinerarios que en su imaginación tantas veces había realizado. Caminaría por callejones, cruzaría por canales y puentes y deambularía por la piazza San Marcos.

Aquellas semanas suponían para Lucio entrar en contacto con los grandes maestros que tenían anunciada su asistencia a las jornadas, maestros como Salvatore Accardo, Maxim Vengerov, Anne-Sophie Mutter, Kyung-Wha-Chung y sobre todos Isaac Stern. Aunque no era la primera vez que viajaba fuera de España para asistir a congresos, jornadas y cursos, aquéllas, por celebrarse en Venecia y estar dedicadas al barroco, tenían un interés particularmente especial. Significaban, además, entrar en contacto con la realidad material, los lugares y rincones donde había transcurrido la vida de quien había sido desde siempre su gran ídolo, el compositor más genial y el violinista más sublime de todos los tiempos: Antonio Vivaldi.

Aquella devoción le había llevado a estudiar italiano hasta alcanzar un

aceptable nivel y a profundizar en la figura del compositor, cuya vida y obra deseaba investigar en la medida de lo posible.

El programa de las Jornadas, en el que había incluidas numerosas actividades sociales, le permitiría disponer de tiempo libre para adentrarse hasta donde le fuese posible en la médula de aquella ciudad. Pero sobre todo tendría tiempo de acudir al Ospedale della Pietà, donde el gran maestro había ejercido como profesor durante muchos años de su vida, en diferentes etapas. Tenía guardada, como oro en paño, la autorización que le había sido concedida, gracias a las gestiones realizadas por Briviesca, para acceder al archivo y a la documentación que allí se conservaba referente a las actividades de la famosa institución musical veneciana y las personas que por ella habían desfilado a lo largo de sus siglos de existencia.

Había ahorrado durante meses y conseguido una ayuda de una institución privada para disponer, si no de todo el dinero que hubiese deseado, sí al menos de los recursos suficientes que le permitiesen convertir en realidad sus sueños de muchos años, tales como visitas a museos, iglesias y lugares de interés; conocer otras de las islas de la laguna Véneta, como Murano o Torcello; pasear en góndola a diferentes horas y por distintos canales; tomar tantos cafés como quisiese, aunque sabía que habría de pagarlos a precio de oro en la piazza San Marcos, dejándose acariciar por la música de las orquestinas que allí actuaban.

Había soñado tanto con aquel viaje, con aquellas jornadas y con Venecia que apenas si quedaba algo al albur de la improvisación. Lucio era un hombre metódico, quizá por la disciplina que había tenido que imponerse a sí mismo durante los largos años de estudio, disciplina que no había cesado después como consecuencia de las largas horas dedicadas al trabajo diario y al ensayo con su violín.

Hacía ya tres años que había logrado otro de sus sueños: comprar un Tononi, gracias a la herencia de una tía y a la ayuda de sus padres, que constituyó la base de los seis millones de pesetas que hubo de pagar.

Encontró su primer trabajo en un instituto de enseñanza secundaria para impartir, como interino, la asignatura de música. Fue una experiencia traumática por el concepto que de dicha asignatura se tenía en el centro y por la falta de interés de sus alumnos. Sólo algunas excepciones le compensaron aquellos nueve meses de padecimiento y esfuerzo casi baldío.

El verano siguiente, en el que se había resignado a tomarse su trabajo, no como la ilusionada tarea de enseñar unos rudimentos musicales a grupos de jóvenes, sino como una forma de ganarse la vida con el sudor más amargo de su frente, lo fue de cierta tranquilidad, pero lo vivió bajo la amenaza de la llegada del mes de septiembre con la posibilidad de tener que volver a repetir la desoladora experiencia del curso anterior. Por ello, cuando recibió la noticia de que había sido admitido como uno de los violinistas que formarían parte de la orquesta de cámara de Córdoba, aunque el salario fuese inferior al que percibiría como docente, experimentó una alegría al menos tan grande como cuando alcanzó la graduación.

Aquel tiempo lo había vivido con completa dedicación a su gran pasión.

Apenas había puesto su atención en otra cosa. Su trabajo en la orquesta le llevó, a base de tesón y también gracias a sus cualidades, a convertirse primero en violín habitual, luego en un valor fijo y más tarde en una pieza fundamental de la orquesta, hasta alcanzar el puesto de concertino, lo que hacía recaer sobre las cuerdas de su violín una buena parte de la responsabilidad de los conciertos.

No había sido, aunque pudiese parecerlo, un camino de rosas. En aquel recorrido tuvo tropiezos importantes. Las envidias, las zancadillas y malas artes derivadas de la dura competitividad congénita al mundo de la música fueron una constante. Hubo momentos de desánimo y de desilusión, pero todo ello lo superó con una voluntad férrea.

En aquellos años su estrella no había parado de ascender. Había pasado de ser un estudiante brillante, dotado de «ciertas cualidades y algunas capacidades», como decían varios de sus profesores, a ser una promesa que no había cesado de consolidarse día tras día. Así hasta que llegó el ofrecimiento de Lucas Briviesca: ¡la orquesta sinfónica de España estaba a su alcance! Un sueño por el que muchos de sus colegas no habrían tenido reparo en vender su alma al diablo.

¡Y él se había permitido el lujo de darse un tiempo para tomar una decisión!

Habían sido años de esfuerzo y trabajo, en los que hubo un par de romances, en los que había habido mucho sexo y poco más. Había colaborado a ello, sin duda, el atractivo de un músico joven, con gran proyección, dotado de una fina sensibilidad, valores que cotizan en la mayor parte de los ambientes femeninos. También su físico, que, sin