Encuéntrame
Rachel
El viaje en coche a Kenneth Steele House, con los retazos de sonido que salían de la
radio policial que había en el salpicadero y el tráfico de la gente que iba de camino al
trabajo, que nos obligaba a estar constantemente parando y arrancando de nuevo, fue
muy lento e incómodo. Nicky se había puesto maquillaje y un perfume muy
empalagoso. Bajé la ventanilla un poco para diluir el olor, pero el aire que entró
estaba lleno de suciedad y era frío y húmedo.
Nicky y Laura me convencieron de que me pusiera una falda, botas y una camisa
para que se me viera presentable. No habían podido hacer nada con mi frente. El
corte estaba demasiado fresco y amoratado. A mí no me importaba mi imagen.
No habíamos hablado mucho; solo Laura, en susurros, me había dado consejos
sobre cómo enfrentarme a las cámaras, cosas que había aprendido en sus estudios de
medios audiovisuales, recomendaciones que no fui capaz de retener, pero asentí de
todas formas.
En la cocina, justo antes de irnos, me dejaron sola un momento y vi el cuaderno
en el que Nicky había estado escribiendo la noche anterior. Estaba en la mesa boca
abajo. Le di la vuelta, aunque sabía que no debería, pero no pude evitarlo.
Nicky había escrito «Notas» y lo había subrayado y después había apuntado unas
cuantas estadísticas: «532 niños desaparecidos en el Reino Unido en 2011-2012».
Seguí leyendo: «El 82 por 100 de los secuestros los cometen los familiares. De
los casos que no pertenecen a esa categoría, el 38 por 100 de los niños es secuestrado
por un amigo o conocido de mucho tiempo; el 5 por 100, por un vecino; el 6 por 100,
por personas con autoridad; el 4 por 100, por un cuidador o una niñera; el 37 por 100,
por un extraño; y el 8 por 100 por un conocido reciente».
Había más: «El delito suele ser resultado de la combinación de delincuentes con
cierta motivación, disponibilidad de objetivos y falta de vigilancia que evite el
delito».
No pude dejar de leer. Estaba atrapada por la información, hipnotizada por el seco
tono académico y el horror del contenido. El siguiente párrafo empezaba: «La
primera respuesta de las fuerzas del orden es CRÍTICA».
Había subrayado eso con dos líneas marcadas con tanta fuerza que casi
atravesaban la página. Lo que empecé a leer después era peor: «Cuando un niño
secuestrado es asesinado, el asesino…».
Antes de que pudiera leerlo todo, Nicky volvió a la cocina y me arrancó el
cuaderno.
—¡No mires eso! —exclamó—. Ahora no. —Arrancó las páginas con sus apuntes
y se las metió en el bolso—. No debes leer eso. No estamos en ese punto todavía. Lo
siento. No debería haberlo dejado por ahí.
—¿Pero cómo demonios has encontrado todas esas cosas? —pregunté—. ¿Qué es? ¿De dónde lo has sacado? ¡Enséñamelo! —Extendí la mano para que me diera los
papeles, pero ella no estaba por la labor.
—No te preocupes por eso ahora. De verdad, Rachel, no lo pienses. Vámonos. Es
hora de irnos. Deja que te vea otra vez.
Me agarró por los hombros con suavidad, me miró de arriba abajo y un ceño
apareció fugazmente en su cara cuando me miró la frente. Yo estuve todo ese tiempo
mirándola a los ojos en busca de pistas sobre lo que había leído, sobre cómo y dónde
había encontrado esa información tan rápido y sobre la faceta de su personalidad que
le permitía encontrar la distancia para mirar el lado más oscuro de todo esto de una
forma que a mí ni siquiera me cabía en la cabeza.
En la comisaría me llevaron a la misma habitación que el día anterior. Alguien había
dejado cuatro galletas con mermelada en un plato para nosotros. Los centros de las
galletas eran de un rojo fuerte y pegajoso, como si fueran secreciones de una herida.
La sala olía a té recién hecho.
Me senté allí con Nicky, Zhang y Clemo y repasamos la declaración que querían
que leyera, un llamamiento al secuestrador de Ben. Leí las palabras con una
sensación de indiferencia y surrealismo. No tenía nada que ver con mi forma natural
de hablar. Me sentía profundamente incómoda.
Clemo tenía los nervios de punta.
—¿Seguro que podrá hacerlo? —preguntó.
—Creo que sí.
—Es importante que esté tranquila y que sea lo más clara posible. Es primordial
que no asuste al secuestrador.
Fui respirando poco a poco, centrada en el papel que tenía delante. Las palabras
bailaban por toda la página.
—¿Está segura de que puede? —preguntó otra vez.
Su voz sonaba tensa, desesperada por oír un «sí».
—¿Quieres que lo haga yo? —preguntó Nicky. La miré y había ansiedad en su
cara. Necesitaba ayudar.
¿Qué podía decir? Yo era su madre.
—No. Quiero hacerlo. Tengo que hacerlo.
—Bien. —Eso era suficiente para Clemo. Ya estaba de pie y mirando su reloj—.
¿Estará lista en quince minutos? —quiso saber.
Asentí.
—La veré allí. Estaré sentado a su lado. Emma, llévalas dentro de diez minutos.
La sala Cabot.
Nicky y yo seguimos a Zhang por pasillos alfombrados hasta que llegamos a una puerta doble con una placa que decía: «SALA CABOT». Dentro me invitaron a tomar
asiento tras una mesa estrecha que habían colocado en un extremo de la habitación.
La disposición era: Zhang, yo, Clemo, la inspectora jefe Fraser y John, que me saludó
con un gesto de la cabeza y la mandíbula apretada para controlar sus emociones.
Nicky encontró un sitio a un lado. Tuvo que quedarse de pie porque todos los
asientos estaban ocupados. La sala estaba llena hasta los topes de periodistas. Las
cámaras de televisión estaban colocadas en la parte de atrás, y los fotógrafos, a su
lado. Había más lentes fijas en mí de las que era capaz de contar.
Los que estaban sentados llevaban portátiles, tabletas o grabadoras que se
afanaban en comprobar. Detrás de nosotros, en la pared, estaba estampado el logotipo
de la policía de Avon y Somerset y habían colocado, uno a cada lado, dos pósteres
idénticos con la foto de Ben, un número de teléfono y una dirección de correo
electrónico para comunicar cualquier información.
En la mesa ante nosotros había un montón de micrófonos de los que salían
multitud de cables. Me serví un dedo de agua de una jarra y bebí. Tenía la boca seca y
el corazón a mil por hora. El ruido de la sala era opresivo. El zumbido de los motores
y las voces se mezclaban hasta formar una bola sonora desorganizada de la que de
vez en cuando se oía emerger mi nombre.
Clemo pidió silencio tras una señal de la inspectora jefe Fraser. Agarré con fuerza
el papel y obligué a mis ojos a recorrer una vez más esas líneas. No acababa de estar
cómoda con lo que querían que dijera. Las frases cuidadosamente moduladas que
habían escrito me provocaban rechazo.
Clemo empezó y fue conciso y autoritario. Habló un poco y después me presentó,
explicándoles a los asistentes que iba a leer una declaración. Yo apoyé el papel en la
mesa, lo extendí y carraspeé.
—Por favor —leí, pero se me quebró la voz. Empecé otra vez—: Por favor, estoy
aquí para pedir que cualquier persona que tenga información sobre la desaparición de
Ben se ponga en contacto con la policía, como ha pedido el inspector Clemo. Ben
solo tiene ocho años, es muy pequeño, y el mejor lugar para él es su casa, donde
estará con su familia y amigos. Todos lo queremos mucho y estamos muy
preocupados al no saber si se encuentra bien.
Sentí que me caían lágrimas por la cara. Mi voz sonaba estrangulada por el dolor.
Sentí la mano de Zhang en mi espalda y vi que Clemo se revolvía inquieto en su
asiento a mi lado. Temblorosa, inspiré hondo temblorosa y continué:
—Si usted es la persona que está con Ben, le pido que se ponga en contacto con
nosotros. No hace falta que llame directamente a la policía, puede hablar con un
abogado o con alguien en el que confíe, y esas personas le ayudarán a traer a Ben a
casa a salvo. Esta es una situación inusual para todos nosotros…
Me atasqué otra vez. Había llegado a la parte del discurso que más odiaba. Las
palabras de Clemo me daban vueltas en la cabeza: «Recuerde que queremos
humanizar la situación —había dicho—; por eso le ofrecemos al secuestrador una oportunidad de redención para que no tenga miedo de ponerse en contacto con
nosotros».
Intenté recomponerme. Clemo me susurró algo al oído, pero no le entendí, porque
justo entonces oí sollozar a John. Estaba inclinado sobre la mesa, con la cabeza entre
las manos y la cara lívida y demudada. Empezó a llorar audiblemente y sus hombros
se sacudían por los sollozos con un dolor físico y terrible.
Dejé de intentar leer el llamamiento. No podía seguir con ello. No podía decir las
palabras que me habían escrito, y además no podía luchar con la idea que se había
colado en mi cabeza con una certeza y una claridad que casi me dejó sin respiración.
Doblé con cuidado el papel y lo dejé en la mesa delante de mí.
Lo que yo pensaba en ese momento era lo siguiente: que Ben y su secuestrador
nos estaban viendo. Que estaban viendo a John hundirse y a mí decir unas palabras
que no eran mías: palabras sumisas, domesticadas.
Estaba segura de ello y no podía soportarlo ni un minuto más.
Me levanté y todas las lentes de las cámaras que había en la habitación se alzaron
también, fijas en mi cara. A ellas dirigí mi mirada y, en mi mente, a través de todas y
cada una de esas lentes estaba mirando directamente a los ojos del secuestrador de
Ben.
—Devuélvemelo —dije—. Que. Me. Lo. Devuelvas. O iré a por ti yo misma. Te
encontraré aunque tenga que dejarme la vida en ello. Devuélvemelo o me las pagarás.
Entonces, cuando Clemo exclamó «¡señora Jenner!», se levantó y se colocó a mi
lado sin saber muy bien cómo detenerme, me puse a hablarle a mi hijo. Miré a lo más
profundo de esas lentes, deseando que Ben oyera mis palabras, y dije:
—Te quiero, Ben. Si me estás viendo, te quiero y te voy a encontrar. Cariño, te
voy a buscar y a traerte a casa. Te lo prometo.
Y sonreí. Estaba en una especie de trance provocado por la idea de que tal vez
acababa de conseguir comunicarme con mi hijo por primera vez desde que
desapareció, y me lo imaginaba oyendo mis palabras desde algún lugar extraño y
sintiéndose menos solo, menos confuso, y tal vez incluso albergando esperanza.
Entonces los reporteros empezaron llamarme; yo me sentía triunfante. Si Ben me
estaba viendo, había contactado con él. No había visto a sus padres hundidos y a su
madre diciendo palabras que no eran suyas. Le había prometido que le iba a
encontrar. Me sentía eufórica, como si hubiera hecho algo que era verdadera y
auténticamente correcto y sincero, puro incluso entre el horror de todo aquello, y en
mi ingenuidad me sentí segura de que esa claridad y sinceridad tendrían el poder de
llevarnos hasta Ben.
Miré al inspector Clemo buscando un gesto de apoyo por su parte, pero por su
expresión cualquiera diría que acabara de recibir una buena bofetada en sus mejillas
hundidas. Las cámaras seguían fijas en mí y los periodistas escribían en sus
cuadernos o en sus aparatos electrónicos a toda velocidad. Los flashes empezaron a
dispararse por todas partes como luces estroboscópicas. El nivel de ruido aumentó.
El inspector Clemo, de pie a mi lado, pidió calma. Me agarró del brazo y tiró de
mí con decisión para que volviera a sentarme. Habían aparecido marcas de sudor en
sus axilas que le manchaban la camisa.
—Disculpen a la señora Jenner por no haber podido acabar de leer la declaración
—dijo—. Como comprenderán, es un momento muy angustioso para ella. Yo leeré el
resto, si no les importa.
En su voz se percibía claramente la frustración que sentía. La inspectora jefe
Fraser se levantó y le susurró algo. El inspector Clemo miró la declaración antes de
continuar y cuando volvió a hablar sonaba más tranquilo, aunque se le notaban la
tensión y los esfuerzos por mantener el control. Sentada a su lado, yo seguía
sintiéndome poderosa, encantada de haber dicho lo que quería. Empezó a escocerme
la herida de la frente y me la rasqué mientras le escuchaba leer el final de la
declaración:
—Quiero mandar un mensaje a la persona que esté reteniendo a Ben. Quiero
reiterar que esta es una situación inusual para todos nosotros y que seguramente no
sabrá qué hacer ahora. Le sugiero que hable con alguien, que se lo cuente a alguien
en quien confíe, un amigo o un familiar, o, como decía, un abogado, y les pida ayuda
para devolver a Ben a su casa en perfecto estado. La seguridad de Ben es la prioridad
para todos nosotros. Él necesita a su familia. Gracias.
El alboroto estalló de nuevo.
—Contestaremos sus preguntas —gritó Clemo—, pero de una en una. Levanten
las manos para pedir turno.
Escogió a un hombre que había al fondo.
—¿Puede explicarnos por qué no se ha dado una descripción de la ropa que
llevaba Benedict cuando fue secuestrado?
—No, me temo que no puedo darles ninguna información sobre ese detalle en
estos momentos.
Clemo señaló a una mujer que estaba sentada en la primera fila.
—Me gustaría hacerle una pregunta a la señora Jenner —dijo.
—Lo siento, pero no puede ser.
—Está bien —contradije atolondradamente.
Me incliné hacia delante para poder oírla. Su voz se elevó, directa y clara.
—¿Por qué sonríe, cómo se hizo esa herida en la cabeza y cómo pudo Ben
separarse de usted en el bosque?
Y eso fue todo lo que hizo falta para que me diera cuenta de lo que había hecho y
lo imbécil que había sido. Mi euforia desapareció. Esa pregunta fue lo que quemó mi
cartucho de fuegos artificiales, lo que pinchó mi globo.
Había estado sonriendo porque me sentía triunfante. Y me sentía así porque había
tomado la iniciativa, había llegado hasta mi hijo y hablado con el secuestrador como
había que hablar con ese tipo de personas: sin piedad.
En ese momento vi lo tonta que había sido. Si mi euforia y mi equivocada sensación de certidumbre habían sido como una larga extensión de arena dorada de la
que había podido disfrutar momentáneamente, ahora la realidad era la marea cuyo
cambio la iba a devorar, una masa imparable de agua negra y fría que se estrellaba
contra las rocas, arrastraba los guijarros y no dejaba de subir hasta anegarlo todo.
Me apreté contra el respaldo de la silla hasta que los bordes se me clavaron en los
omóplatos.
—No responda —me dijo Clemo.
Al momento Fraser se puso en pie y gritó para hacerse oír.
—Damos por terminada la rueda de prensa. Les proporcionaremos una nueva
actualización del estado de la investigación esta tarde.
Pero la periodista tenía algo más que decir.
—¡Rachel! ¿Sabe que tiene sangre en las manos?
Su voz se elevó por encima de los otros ruidos de la sala, como si fuera una
pluma caprichosa arrastrada por la brisa, y llamó la atención de todo el mundo. Los
ojos de todos se fijaron en mí.
Me miré las manos y tenía sangre en una, manchas rojas y pegajosas como de
tinte que acentuaban los contornos de las huellas del pulgar, índice y corazón. Con la
mano limpia me toqué el corte de la frente. Sentí humedad. Al rascarme me había
abierto la herida y la había hecho sangrar.
—Sáqueme de aquí —le dije a Zhang.
Lo dije en voz baja, pero olvidé que los micrófonos estaban abiertos y mi voz se
oyó en toda la sala, alta y urgente.
Me sacaron con celeridad. Aun así, el ruido de la sala se intensificó rápidamente,
y cuando no había dado más que unos pasos hacia la puerta ya estaban todos gritando
un coro de: «¡Rachel, Rachel, una cosa más! ¡Rachel!», se habían levantado e
intentaban alcanzarme.
Zhang tiró de mí para que cruzara las puertas, que se cerraron tras nosotras. Nos
quedamos un momento en el pasillo. Oí los gritos de Fraser intentando restaurar el
orden. Me dejé caer al suelo.
—Aquí no —dijo Zhang. Me agarró del codo y me obligó a levantarme.
—Me encuentro mal —logré contestar.
Tenía muchas ganas de vomitar y me daba vueltas la cabeza.
—Por aquí —me guio.
Me arrastró por el pasillo y prácticamente me empujó para que entrara en el baño
de señoras. Fui precipitadamente hasta un cubículo y me agaché sobre la taza para
vomitar el líquido que había tomado esa mañana y después bilis.
El vómito fue doloroso, convulso, y me llevó varios minutos conseguir
dominarlo.
—¿Estás bien?
Era Nicky. Estaba agachada a mi lado y sentí su mano en la espalda, frotándome
entre los hombros. No pude responder. El olor del vómito era fuerte y desagradable. Sentí vergüenza y me apoyé contra la mampara del cubículo.
Nicky sacó un pañuelo de papel de su bolso y me lo pasó.
—¡Oh, Rachel! —exclamó.
—Qué idiota he sido.
Me limpié la boca con el pañuelo. Me dio otro y escupí en él para intentar
quitarme la sangre de los dedos.
—Deberías haberte ceñido a la declaración.
Extendió la mano por encima de mí y tiró de la cadena.
—¿Qué hacemos ahora? —le preguntó a Zhang, que nos estaba observando.
—Esperar. En un sitio más cómodo. Cuando puedan.
—¿Esperar a qué?
—En este momento —respondió Zhang— la verdad es que no tengo ni idea.