Encuéntrame

Gilly Macmillan · Capítulo 16 de 86

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Encuéntrame

Rachel

 

El viaje en coche a Kenneth Steele House, con los retazos de sonido que salían de la

radio policial que había en el salpicadero y el tráfico de la gente que iba de camino al

trabajo, que nos obligaba a estar constantemente parando y arrancando de nuevo, fue

muy lento e incómodo. Nicky se había puesto maquillaje y un perfume muy

empalagoso. Bajé la ventanilla un poco para diluir el olor, pero el aire que entró

estaba lleno de suciedad y era frío y húmedo.

Nicky y Laura me convencieron de que me pusiera una falda, botas y una camisa

para que se me viera presentable. No habían podido hacer nada con mi frente. El

corte estaba demasiado fresco y amoratado. A mí no me importaba mi imagen.

No habíamos hablado mucho; solo Laura, en susurros, me había dado consejos

sobre cómo enfrentarme a las cámaras, cosas que había aprendido en sus estudios de

medios audiovisuales, recomendaciones que no fui capaz de retener, pero asentí de

todas formas.

En la cocina, justo antes de irnos, me dejaron sola un momento y vi el cuaderno

en el que Nicky había estado escribiendo la noche anterior. Estaba en la mesa boca

abajo. Le di la vuelta, aunque sabía que no debería, pero no pude evitarlo.

Nicky había escrito «Notas» y lo había subrayado y después había apuntado unas

cuantas estadísticas: «532 niños desaparecidos en el Reino Unido en 2011-2012».

Seguí leyendo: «El 82 por 100 de los secuestros los cometen los familiares. De

los casos que no pertenecen a esa categoría, el 38 por 100 de los niños es secuestrado

por un amigo o conocido de mucho tiempo; el 5 por 100, por un vecino; el 6 por 100,

por personas con autoridad; el 4 por 100, por un cuidador o una niñera; el 37 por 100,

por un extraño; y el 8 por 100 por un conocido reciente».

Había más: «El delito suele ser resultado de la combinación de delincuentes con

cierta motivación, disponibilidad de objetivos y falta de vigilancia que evite el

delito».

No pude dejar de leer. Estaba atrapada por la información, hipnotizada por el seco

tono académico y el horror del contenido. El siguiente párrafo empezaba: «La

primera respuesta de las fuerzas del orden es CRÍTICA».

Había subrayado eso con dos líneas marcadas con tanta fuerza que casi

atravesaban la página. Lo que empecé a leer después era peor: «Cuando un niño

secuestrado es asesinado, el asesino…».

Antes de que pudiera leerlo todo, Nicky volvió a la cocina y me arrancó el

cuaderno.

—¡No mires eso! —exclamó—. Ahora no. —Arrancó las páginas con sus apuntes

y se las metió en el bolso—. No debes leer eso. No estamos en ese punto todavía. Lo

siento. No debería haberlo dejado por ahí.

—¿Pero cómo demonios has encontrado todas esas cosas? —pregunté—. ¿Qué es? ¿De dónde lo has sacado? ¡Enséñamelo! —Extendí la mano para que me diera los

papeles, pero ella no estaba por la labor.

—No te preocupes por eso ahora. De verdad, Rachel, no lo pienses. Vámonos. Es

hora de irnos. Deja que te vea otra vez.

Me agarró por los hombros con suavidad, me miró de arriba abajo y un ceño

apareció fugazmente en su cara cuando me miró la frente. Yo estuve todo ese tiempo

mirándola a los ojos en busca de pistas sobre lo que había leído, sobre cómo y dónde

había encontrado esa información tan rápido y sobre la faceta de su personalidad que

le permitía encontrar la distancia para mirar el lado más oscuro de todo esto de una

forma que a mí ni siquiera me cabía en la cabeza.

 

En la comisaría me llevaron a la misma habitación que el día anterior. Alguien había

dejado cuatro galletas con mermelada en un plato para nosotros. Los centros de las

galletas eran de un rojo fuerte y pegajoso, como si fueran secreciones de una herida.

La sala olía a té recién hecho.

Me senté allí con Nicky, Zhang y Clemo y repasamos la declaración que querían

que leyera, un llamamiento al secuestrador de Ben. Leí las palabras con una

sensación de indiferencia y surrealismo. No tenía nada que ver con mi forma natural

de hablar. Me sentía profundamente incómoda.

Clemo tenía los nervios de punta.

—¿Seguro que podrá hacerlo? —preguntó.

—Creo que sí.

—Es importante que esté tranquila y que sea lo más clara posible. Es primordial

que no asuste al secuestrador.

Fui respirando poco a poco, centrada en el papel que tenía delante. Las palabras

bailaban por toda la página.

—¿Está segura de que puede? —preguntó otra vez.

Su voz sonaba tensa, desesperada por oír un «sí».

—¿Quieres que lo haga yo? —preguntó Nicky. La miré y había ansiedad en su

cara. Necesitaba ayudar.

¿Qué podía decir? Yo era su madre.

—No. Quiero hacerlo. Tengo que hacerlo.

—Bien. —Eso era suficiente para Clemo. Ya estaba de pie y mirando su reloj—.

¿Estará lista en quince minutos? —quiso saber.

Asentí.

—La veré allí. Estaré sentado a su lado. Emma, llévalas dentro de diez minutos.

La sala Cabot.

 

Nicky y yo seguimos a Zhang por pasillos alfombrados hasta que llegamos a una puerta doble con una placa que decía: «SALA CABOT». Dentro me invitaron a tomar

asiento tras una mesa estrecha que habían colocado en un extremo de la habitación.

La disposición era: Zhang, yo, Clemo, la inspectora jefe Fraser y John, que me saludó

con un gesto de la cabeza y la mandíbula apretada para controlar sus emociones.

Nicky encontró un sitio a un lado. Tuvo que quedarse de pie porque todos los

asientos estaban ocupados. La sala estaba llena hasta los topes de periodistas. Las

cámaras de televisión estaban colocadas en la parte de atrás, y los fotógrafos, a su

lado. Había más lentes fijas en mí de las que era capaz de contar.

Los que estaban sentados llevaban portátiles, tabletas o grabadoras que se

afanaban en comprobar. Detrás de nosotros, en la pared, estaba estampado el logotipo

de la policía de Avon y Somerset y habían colocado, uno a cada lado, dos pósteres

idénticos con la foto de Ben, un número de teléfono y una dirección de correo

electrónico para comunicar cualquier información.

En la mesa ante nosotros había un montón de micrófonos de los que salían

multitud de cables. Me serví un dedo de agua de una jarra y bebí. Tenía la boca seca y

el corazón a mil por hora. El ruido de la sala era opresivo. El zumbido de los motores

y las voces se mezclaban hasta formar una bola sonora desorganizada de la que de

vez en cuando se oía emerger mi nombre.

Clemo pidió silencio tras una señal de la inspectora jefe Fraser. Agarré con fuerza

el papel y obligué a mis ojos a recorrer una vez más esas líneas. No acababa de estar

cómoda con lo que querían que dijera. Las frases cuidadosamente moduladas que

habían escrito me provocaban rechazo.

Clemo empezó y fue conciso y autoritario. Habló un poco y después me presentó,

explicándoles a los asistentes que iba a leer una declaración. Yo apoyé el papel en la

mesa, lo extendí y carraspeé.

—Por favor —leí, pero se me quebró la voz. Empecé otra vez—: Por favor, estoy

aquí para pedir que cualquier persona que tenga información sobre la desaparición de

Ben se ponga en contacto con la policía, como ha pedido el inspector Clemo. Ben

solo tiene ocho años, es muy pequeño, y el mejor lugar para él es su casa, donde

estará con su familia y amigos. Todos lo queremos mucho y estamos muy

preocupados al no saber si se encuentra bien.

Sentí que me caían lágrimas por la cara. Mi voz sonaba estrangulada por el dolor.

Sentí la mano de Zhang en mi espalda y vi que Clemo se revolvía inquieto en su

asiento a mi lado. Temblorosa, inspiré hondo temblorosa y continué:

—Si usted es la persona que está con Ben, le pido que se ponga en contacto con

nosotros. No hace falta que llame directamente a la policía, puede hablar con un

abogado o con alguien en el que confíe, y esas personas le ayudarán a traer a Ben a

casa a salvo. Esta es una situación inusual para todos nosotros…

Me atasqué otra vez. Había llegado a la parte del discurso que más odiaba. Las

palabras de Clemo me daban vueltas en la cabeza: «Recuerde que queremos

humanizar la situación —había dicho—; por eso le ofrecemos al secuestrador una oportunidad de redención para que no tenga miedo de ponerse en contacto con

nosotros».

Intenté recomponerme. Clemo me susurró algo al oído, pero no le entendí, porque

justo entonces oí sollozar a John. Estaba inclinado sobre la mesa, con la cabeza entre

las manos y la cara lívida y demudada. Empezó a llorar audiblemente y sus hombros

se sacudían por los sollozos con un dolor físico y terrible.

Dejé de intentar leer el llamamiento. No podía seguir con ello. No podía decir las

palabras que me habían escrito, y además no podía luchar con la idea que se había

colado en mi cabeza con una certeza y una claridad que casi me dejó sin respiración.

Doblé con cuidado el papel y lo dejé en la mesa delante de mí.

Lo que yo pensaba en ese momento era lo siguiente: que Ben y su secuestrador

nos estaban viendo. Que estaban viendo a John hundirse y a mí decir unas palabras

que no eran mías: palabras sumisas, domesticadas.

Estaba segura de ello y no podía soportarlo ni un minuto más.

Me levanté y todas las lentes de las cámaras que había en la habitación se alzaron

también, fijas en mi cara. A ellas dirigí mi mirada y, en mi mente, a través de todas y

cada una de esas lentes estaba mirando directamente a los ojos del secuestrador de

Ben.

—Devuélvemelo —dije—. Que. Me. Lo. Devuelvas. O iré a por ti yo misma. Te

encontraré aunque tenga que dejarme la vida en ello. Devuélvemelo o me las pagarás.

Entonces, cuando Clemo exclamó «¡señora Jenner!», se levantó y se colocó a mi

lado sin saber muy bien cómo detenerme, me puse a hablarle a mi hijo. Miré a lo más

profundo de esas lentes, deseando que Ben oyera mis palabras, y dije:

—Te quiero, Ben. Si me estás viendo, te quiero y te voy a encontrar. Cariño, te

voy a buscar y a traerte a casa. Te lo prometo.

Y sonreí. Estaba en una especie de trance provocado por la idea de que tal vez

acababa de conseguir comunicarme con mi hijo por primera vez desde que

desapareció, y me lo imaginaba oyendo mis palabras desde algún lugar extraño y

sintiéndose menos solo, menos confuso, y tal vez incluso albergando esperanza.

Entonces los reporteros empezaron llamarme; yo me sentía triunfante. Si Ben me

estaba viendo, había contactado con él. No había visto a sus padres hundidos y a su

madre diciendo palabras que no eran suyas. Le había prometido que le iba a

encontrar. Me sentía eufórica, como si hubiera hecho algo que era verdadera y

auténticamente correcto y sincero, puro incluso entre el horror de todo aquello, y en

mi ingenuidad me sentí segura de que esa claridad y sinceridad tendrían el poder de

llevarnos hasta Ben.

Miré al inspector Clemo buscando un gesto de apoyo por su parte, pero por su

expresión cualquiera diría que acabara de recibir una buena bofetada en sus mejillas

hundidas. Las cámaras seguían fijas en mí y los periodistas escribían en sus

cuadernos o en sus aparatos electrónicos a toda velocidad. Los flashes empezaron a

dispararse por todas partes como luces estroboscópicas. El nivel de ruido aumentó.

El inspector Clemo, de pie a mi lado, pidió calma. Me agarró del brazo y tiró de

mí con decisión para que volviera a sentarme. Habían aparecido marcas de sudor en

sus axilas que le manchaban la camisa.

—Disculpen a la señora Jenner por no haber podido acabar de leer la declaración

—dijo—. Como comprenderán, es un momento muy angustioso para ella. Yo leeré el

resto, si no les importa.

En su voz se percibía claramente la frustración que sentía. La inspectora jefe

Fraser se levantó y le susurró algo. El inspector Clemo miró la declaración antes de

continuar y cuando volvió a hablar sonaba más tranquilo, aunque se le notaban la

tensión y los esfuerzos por mantener el control. Sentada a su lado, yo seguía

sintiéndome poderosa, encantada de haber dicho lo que quería. Empezó a escocerme

la herida de la frente y me la rasqué mientras le escuchaba leer el final de la

declaración:

—Quiero mandar un mensaje a la persona que esté reteniendo a Ben. Quiero

reiterar que esta es una situación inusual para todos nosotros y que seguramente no

sabrá qué hacer ahora. Le sugiero que hable con alguien, que se lo cuente a alguien

en quien confíe, un amigo o un familiar, o, como decía, un abogado, y les pida ayuda

para devolver a Ben a su casa en perfecto estado. La seguridad de Ben es la prioridad

para todos nosotros. Él necesita a su familia. Gracias.

El alboroto estalló de nuevo.

—Contestaremos sus preguntas —gritó Clemo—, pero de una en una. Levanten

las manos para pedir turno.

Escogió a un hombre que había al fondo.

—¿Puede explicarnos por qué no se ha dado una descripción de la ropa que

llevaba Benedict cuando fue secuestrado?

—No, me temo que no puedo darles ninguna información sobre ese detalle en

estos momentos.

Clemo señaló a una mujer que estaba sentada en la primera fila.

—Me gustaría hacerle una pregunta a la señora Jenner —dijo.

—Lo siento, pero no puede ser.

—Está bien —contradije atolondradamente.

Me incliné hacia delante para poder oírla. Su voz se elevó, directa y clara.

—¿Por qué sonríe, cómo se hizo esa herida en la cabeza y cómo pudo Ben

separarse de usted en el bosque?

Y eso fue todo lo que hizo falta para que me diera cuenta de lo que había hecho y

lo imbécil que había sido. Mi euforia desapareció. Esa pregunta fue lo que quemó mi

cartucho de fuegos artificiales, lo que pinchó mi globo.

Había estado sonriendo porque me sentía triunfante. Y me sentía así porque había

tomado la iniciativa, había llegado hasta mi hijo y hablado con el secuestrador como

había que hablar con ese tipo de personas: sin piedad.

En ese momento vi lo tonta que había sido. Si mi euforia y mi equivocada sensación de certidumbre habían sido como una larga extensión de arena dorada de la

que había podido disfrutar momentáneamente, ahora la realidad era la marea cuyo

cambio la iba a devorar, una masa imparable de agua negra y fría que se estrellaba

contra las rocas, arrastraba los guijarros y no dejaba de subir hasta anegarlo todo.

Me apreté contra el respaldo de la silla hasta que los bordes se me clavaron en los

omóplatos.

—No responda —me dijo Clemo.

Al momento Fraser se puso en pie y gritó para hacerse oír.

—Damos por terminada la rueda de prensa. Les proporcionaremos una nueva

actualización del estado de la investigación esta tarde.

Pero la periodista tenía algo más que decir.

—¡Rachel! ¿Sabe que tiene sangre en las manos?

Su voz se elevó por encima de los otros ruidos de la sala, como si fuera una

pluma caprichosa arrastrada por la brisa, y llamó la atención de todo el mundo. Los

ojos de todos se fijaron en mí.

Me miré las manos y tenía sangre en una, manchas rojas y pegajosas como de

tinte que acentuaban los contornos de las huellas del pulgar, índice y corazón. Con la

mano limpia me toqué el corte de la frente. Sentí humedad. Al rascarme me había

abierto la herida y la había hecho sangrar.

—Sáqueme de aquí —le dije a Zhang.

Lo dije en voz baja, pero olvidé que los micrófonos estaban abiertos y mi voz se

oyó en toda la sala, alta y urgente.

Me sacaron con celeridad. Aun así, el ruido de la sala se intensificó rápidamente,

y cuando no había dado más que unos pasos hacia la puerta ya estaban todos gritando

un coro de: «¡Rachel, Rachel, una cosa más! ¡Rachel!», se habían levantado e

intentaban alcanzarme.

Zhang tiró de mí para que cruzara las puertas, que se cerraron tras nosotras. Nos

quedamos un momento en el pasillo. Oí los gritos de Fraser intentando restaurar el

orden. Me dejé caer al suelo.

—Aquí no —dijo Zhang. Me agarró del codo y me obligó a levantarme.

—Me encuentro mal —logré contestar.

Tenía muchas ganas de vomitar y me daba vueltas la cabeza.

—Por aquí —me guio.

Me arrastró por el pasillo y prácticamente me empujó para que entrara en el baño

de señoras. Fui precipitadamente hasta un cubículo y me agaché sobre la taza para

vomitar el líquido que había tomado esa mañana y después bilis.

El vómito fue doloroso, convulso, y me llevó varios minutos conseguir

dominarlo.

—¿Estás bien?

Era Nicky. Estaba agachada a mi lado y sentí su mano en la espalda, frotándome

entre los hombros. No pude responder. El olor del vómito era fuerte y desagradable. Sentí vergüenza y me apoyé contra la mampara del cubículo.

Nicky sacó un pañuelo de papel de su bolso y me lo pasó.

—¡Oh, Rachel! —exclamó.

—Qué idiota he sido.

Me limpié la boca con el pañuelo. Me dio otro y escupí en él para intentar

quitarme la sangre de los dedos.

—Deberías haberte ceñido a la declaración.

Extendió la mano por encima de mí y tiró de la cadena.

—¿Qué hacemos ahora? —le preguntó a Zhang, que nos estaba observando.

—Esperar. En un sitio más cómodo. Cuando puedan.

—¿Esperar a qué?

—En este momento —respondió Zhang— la verdad es que no tengo ni idea.