Encuéntrame

Gilly Macmillan · Capítulo 38 de 86

Páginas del PDF

Encuéntrame

Rachel

 

La consecuencia inmediata fue la primera de una serie de golpes directos casi físicos.

Nicky recogió rápidamente lo que tenía en la mesa, todo eso en lo que había

trabajado tanto, e intentó meterlo en su bolso. Sus movimientos eran bruscos y torpes.

—No —le rogué—. No, por favor.

Sentía que se estaba derrumbando delante de mis ojos. Me pregunté si las cosas

habrían sido así cuando se fue a vivir con Esther a la cabaña, justo después de que

pasara todo, cuando yo era un bebé y su dolor todavía debía de ser insoportable.

Y entonces me di cuenta de que en el futuro no iba a dejar de cuestionármelo

todo.

Desde ese momento en adelante me iba a ser imposible no dudar de todos los

detalles de mi historia, de todas las creencias que me habían llevado a darle un

sentido a mi identidad y a la de Ben. Mi pasado se había arrugado hasta convertirse

en una bola que alguien había arrojado al fuego y yo iba a tener que buscar entre las

cenizas con la sola ayuda de Nicky. Nicky, que me había mentido durante mucho

tiempo; Nicky, que había dicho que me mintió para protegerme; Nicky, a quien

necesitaba.

—Debería irme —dijo—. Estarás mejor sin mí. Pero sabes que nunca, jamás le

haría daño a Ben. ¿Al menos puedo decirte eso? Nunca le haría daño a Ben.

Su voz sonó aguda por la angustia y me acerqué a consolarla.

—Ya sé que no.

El bolso se le deslizó del hombro y cayó sobre la mesa. Los papeles se salieron y

se desparramaron. Dejó caer la cabeza en mi hombro y su cuerpo se estremeció.

 

¿Le sorprende mi reacción hacia ella? ¿Mi disposición a aceptar lo que acababa de oír

y ofrecerle consuelo?

Eso no fue todo. Claro que no. Si vuelvo a aquel día, recuerdo las fases por las

que pasé. Supongo que son como las fases del duelo, aunque esto era diferente. Era la

forma de procesar algo que parecía una traición, la forma de perder poco a poco la

confianza.

Después de que la puerta se cerrara tras un Clemo lleno de adrenalina y una

Zhang que por primera vez no era capaz de mirarme a los ojos, la primera interacción

que tuvimos Nicky y yo fue, por supuesto, un reflejo, la necesidad de mantener a

Nicky a mi lado, de negar que hubiera cambiado nada. Ella había sido mi roca,

siempre, y no podía ni pensar en otra forma de vivir. No estaba en mi ADN. O eso

pensaba.

Tras ese momento, nos separamos. Nicky sacó las cosas que había metido en su

bolso mecánicamente y echó mano de esas enormes reservas de fuerza que tenía para

volver a sentarse a la mesa y aguantar el tipo mientras seguía buscando, buceando en las profundidades de la red.

Yo me fui a un lugar seguro, a la habitación de Ben, y me sumergí en él como ya

era mi costumbre. Era el único lugar en que me sentía segura. Su dormitorio se había

convertido en mi útero.

Esa fue mi segunda fase.

Me hundí en el puf que había en el suelo de su cuarto y sentí como si me hubiera

quedado a la deriva en un pequeño bote de madera, envuelta en una niebla gris y

húmeda. Y suspendida en cada una de las millones de gotitas que formaban esa niebla

estaba la noticia, la bomba que acababa de caer sobre mí. Y en esa fase simplemente

me rodeaba, existía, pero todavía no la comprendía. Y dentro de ella me sentía a la

deriva, desorientada y perdida.

El tercer estado fue el inevitable devanamiento de sesos, el procesamiento de todo

lo que había oído y sus implicaciones, el momento en que las gotas de la niebla

empezaron a posarse en mi piel y a penetrar en ella. Fue entonces cuando saberlo se

convirtió en parte de mí y en algo irreversible. Tuve que enfrentarme a ello.

Eso llevó rápidamente a la cuarta fase.

Esa fase fue la erosión de mi confianza, el momento en que las gotitas sobre mi

piel se volvieron ácidas y empezaron a quemarme, produciendo una sensación intensa

y dolorosa, una especie de agujetas en la mente y en el cuerpo, y fue una sensación

tan espeluznante y perturbadora que no pude quedarme allí parada ni un minuto más.

Salí de la cama de Ben y miré por la ventana; Nicky estaba abajo, en mi jardín,

con el perro, acariciándole y animándole a que hiciera pis. Estaban en el césped

empapado y estropeado junto a la reliquia abandonada de la portería de fútbol de Ben,

que tenía la red separada del armazón en algunas partes y que estaba rodeada por una

zona de hierba seca donde él solía jugar. Me aparté de la ventana, no para huir de la

prensa, sino para que no me viera mi hermana.

Y cuando llegó la noche, asomando por los bordes del día, repasé todo lo que

había ocurrido hasta que llegué al comienzo de ese día: el fotógrafo del jardín, la

furia de Nicky con él, su arrebato en la calle, su lealtad.

Y entonces pensé en el día anterior, en como había empezado con una búsqueda

en internet y con el portátil de Nicky, cuya contraseña que era el nombre de mi hijo.

Cada vez que respiraba, el aire parecía quemarme en los pulmones y mi mente se

remontaba más hasta llegar al descontento de Nicky con sus hijas y a lo que Clemo

había dicho sobre su deseo de tener un hijo. Y entonces pensé en sus palabras: «Fue

como si Charlie hubiera vuelto a nacer».

Empezaron a escapar en silencio lágrimas calientes que tenían aristas afiladas,

igual que el aire que respiraba. Cayeron por mis mejillas y empaparon la mantita de

Ben, que me apretaba con fuerza contra la cara.

 

Al oír los pasos de Nicky en las escaleras, me metí en la cama de Ben, me tapé, le di la espalda a la puerta e intenté respirar despacio para que pensara que estaba dormida.

Cuando asomó la cabeza por la puerta de la habitación y preguntó si quería algo

de comer, no le respondí.

Apareció unos minutos después con una bandeja con la cena, pero no pude

mirarla ni hablar con ella.

—Solo quería protegerte —dijo.

Cerró la puerta suavemente al salir, respetando mi privacidad, y yo solo pude

sentir un latido. Era el pulso del tiempo que había pasado desde que Ben desapareció.

Y me pareció que había empezado a latir más rápido.