Encuéntrame

Gilly Macmillan · Capítulo 48 de 86

Páginas del PDF

Encuéntrame

Jim

 

Colaboramos estrechamente con John Finch todo el día. La sensación de

identificarme con él no solo no disminuyó sino que se fue fortaleciendo cuanto más

hablábamos. Eso me perturbó.

Esperó en Kenneth Steele House conmigo mientras mis hombres empezaban con

la investigación de las familias cuyos nombres nos había dado. Enviamos un par de

inspectores al hospital con la esperanza de que no hubiera muchos problemas de

confidencialidad ni obstáculos burocráticos que sortear para conseguir la información

que necesitábamos.

—¿Se cansa alguna vez? —me preguntó Finch tras un largo momento de silencio

durante el cual me había puesto a pensar en Emma, en cuándo iba a poder verla—.

¿Se cansa en algún momento del contacto diario con la gente que tiene sus vidas

destrozadas?

Estábamos sentados a ambos lados de una mesa con la superficie gris en una sala

de interrogatorios sin ventanas. El fluorescente que teníamos encima despedía una luz

que me provocaba dolor en las sienes. No le respondí. Si lo hubiera hecho, habría

perdido mi separación, mi distancia profesional. Tenía que recordar que John Finch

no era mi amigo, pero me costó no responderle porque había paralelismos entre lo

que él hacía y mi trabajo. Durante un momento me abrumó el deseo de decirle que sí,

de hablar con él, de comparar experiencias y admitir que había veces en las que era

muy, pero que muy difícil mantener las distancias. En otro universo, pensé,

podríamos haber charlado, habría sido agradable. Pero aquí no, ahora no.

—¿Sabe a qué me recuerda esta habitación? —preguntó Finch.

Negué con la cabeza.

—A una sala que tenemos en el hospital y que llamamos «la sala de las malas

noticias». Allí llevamos a las familias cuando tenemos que decirles lo peor. Es

exactamente como esta, solo que en la mesa hay folletos.

Le di una respuesta neutral.

—Esperamos poder darle buenas noticias, señor Finch.

—¿Sabe cómo se dan cuenta? —continuó—. ¿Los más listos, las familias

inteligentes? Ven la tetera de porcelana y las tazas con sus platillos, la puerta que se

cierra tras ellos y el número inusual de miembros del personal juntos en la misma

habitación y se preguntan por qué tantas molestias, ¿por nosotros nada más? No

tardan mucho tiempo en darse cuenta. Comprenden la situación antes de que digamos

una palabra. Empiezan a manifestar su dolor antes de que lleguemos a echar leche en

las tazas.

—Bueno, aquí no se va a dar esa situación —comenté. Delante de nosotros

teníamos una bandeja con cuatro tazas de poliestireno con unos restos grises de café

bailando en el fondo. Y había paquetitos de azúcar abiertos y medio vacíos esparcidos

por toda la mesa como bolsas de cadáveres en miniatura.

Comprendió por qué le había dado una respuesta tan frívola.

—Lo siento —se disculpó—. Es lógico que no quiera tener esta conversación

para no ser poco profesional. Ha sido una estupidez por mi parte. Yo haría lo mismo

en su situación.

Emitió un ruido que pretendía ser una risa, pero le salió un sonido que trepó

desagradablemente por los rincones de la habitación burlándose de su intento de

forzada jovialidad.

Me pregunté si todo el dolor, la dificultad de su profesión y la desesperación de

sus encuentros con la muerte se habían vuelto tóxicos para John Finch, demasiado

tóxicos para seguir soportándolos.

Entonces me permití bajar la guardia solo un momento porque tenía curiosidad.

—¿Le puede la emoción alguna vez cuando pierde a un paciente? —pregunté.

Quería saber si el fracaso le hacía daño; quería saber si era como yo.

—En muy contadas ocasiones alguno te afecta, por mucho que intentes evitarlo.

Son casos aislados. Aprendes desde muy pronto, durante la formación, que tienes que

mantener la distancia emocional porque si no nunca podrás hacer tu trabajo.

—¿Y por qué esos?

—A veces ni siquiera lo sabes. Una vez operé a un niño que me recordaba un

poco a Ben y conocí a su madre, que no era muy diferente de Rachel. Me recordaron

a nosotros, a nuestra familia. No fue hace mucho tiempo, Ben tenía siete años

entonces. La operación del niño era bastante simple, pero tuvo una hemorragia y

murió. Le falló el corazón. No pudimos hacer nada. Fue una muerte inesperada, y

cuando fui a decírselo a la madre, yo… Me temo que me derrumbé.

En el fondo de sus ojos se veía una profunda aflicción, pero era obvio que John

Finch también había aprendido a ser estoico. No perdió el control.

—Fue poco profesional por mi parte —concluyó.

—Es comprensible.

—¿Eso cree, inspector? ¿Le ha ocurrido alguna vez?

Miré el reloj. Era tarde. Corría el riesgo de confiarme con él. Tenía que volver a

encauzar las cosas.

—Creo que nos vendría bien algo de comer —comenté—. Es posible que sea una

noche larga.

 

Llevamos a John Finch a casa a las diez de la noche. Para medianoche habíamos

reducido mucho las cosas basándonos en la información que nos había dado y

teníamos un sospechoso de haber escrito la carta que destacaba. Para primeras horas

de la madrugada habíamos molestado a innumerables colegas y estábamos todo lo

seguros que se podía estar. Habíamos comprobado y vuelto a comprobar los detalles,

revisado el pasado y nos habíamos asegurado de que teníamos la dirección correcta

de nuestro sospechoso.

Fraser, tras la que debía de ser su quincuagésima taza de café, me ordenó que

dirigiera un asalto al amanecer. Queríamos contar con el elemento sorpresa y esa es la

mejor hora para conseguirlo. Elegí a mis hombres e hice todos los preparativos con

sumo cuidado.

Estaba previsto que saliéramos a las 5 de la mañana.