Encuéntrame

Gilly Macmillan · Capítulo 1 de 86

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Encuéntrame

Prólogo

 

Noviembre de 2013 - un año después

Rachel

 

Para los demás no siempre somos quienes creemos que somos.

Cuando conocemos a alguien, intentamos dar nuestra mejor imagen y sacar lo

mejor de nosotros, pero a pesar de ello todo puede salir terriblemente mal.

Es uno de los riesgos de la vida.

Le he dado muchas vueltas a eso desde que desapareció mi hijo Ben y siempre me

surge la misma pregunta: si nosotros no somos quienes creemos, ¿lo son los demás?

Si el riesgo de que los demás nos juzguen mal es tan grande, ¿cómo podemos estar

seguros de que la opinión que nos forjamos de alguien tiene algo que ver con la

persona que realmente hay en el fondo?

Supongo que se ve claramente adónde me lleva esa línea de pensamiento.

¿Deberíamos confiar en alguien solo porque sea una figura de autoridad o un

miembro de nuestra familia? ¿Nuestras amistades y relaciones personales tienen

verdaderamente una base sólida?

Cuando me dejo llevar por la reflexión, pienso en lo diferente que habría sido mi

vida si hubiera tenido la sabiduría suficiente para pensar en ese tipo de cosas antes de

que desapareciera Ben. Cuando me arrastra la depresión, me echo la culpa por no

haberlo pensado antes y me castigo durante días con ideas repetitivas y paralizantes.

Hace un año, justo después de la desaparición de Ben, participé en una rueda de

prensa retransmitida por televisión. Yo solo tenía que hacer un llamamiento para que

la gente colaborara en su búsqueda y me ayudara a encontrarlo. La policía me lo dio

por escrito y yo tenía que leerlo. Asumí que la gente al otro lado de la pantalla

entendería automáticamente quién era yo y que vería en mí a una madre cuyo hijo

había desaparecido y una persona a la que lo único que le importaba era recuperarlo.

Muchas de las personas que lo vieron, las que no vacilaron a la hora de

expresarse, pensaron justo lo contrario. Me acusaron de cosas terribles. Y yo no

entendí por qué hasta que vi la grabación de la rueda de prensa, demasiado tarde para

evitar el daño. Pero al ver las imágenes, la razón fue evidente.

Fue porque vieron en mí a una presa.

Y no una presa suplicante, digamos un antílope con los ojos como platos,

tambaleándose sobre sus patas flacuchas, sino una deshecha, agotada, arrastrada y ya

cerca del final. Me presenté ante el mundo con la cara crispada por la emoción y una

herida sangrante, el cuerpo que no dejaba de temblar por el dolor y la voz que sonaba

como si la estuvieran extirpando de una garganta totalmente seca. Si en algún

momento pensé que una imagen sincera de mi apariencia y mis emociones, por muy

descarnada que fuera, me iba a granjear la compasión de los demás y que eso les

animaría a ayudarme a buscar a Ben, no pude estar más equivocada.

Me vieron como un esperpento. Les di miedo porque era una persona a la que le

estaba pasando lo peor, y por eso se lanzaron sobre mí como una jauría de perros

hambrientos.

Cuando todo terminó, me hicieron ofertas para que apareciera otra vez en

televisión. Fue un caso con gran impacto después de todo. Pero yo me negué. No

tenía intención de tropezar dos veces en la misma piedra.

Aunque no he podido evitar imaginarme cómo podría haber sido esa hipotética

entrevista. Veo un cómodo estudio de televisión y un entrevistador con mirada

amable que me dice: «Háblenos de usted, Rachel». Después se acomoda en la silla,

que está colocada en un ángulo que indica familiaridad conmigo, como si ese hombre

y yo hubiéramos quedado en un bar para charlar un rato. La expresión de su cara es la

que pondría alguien que está contemplando cómo le preparan un cóctel o una copa de

helado, lo que cada uno prefiera. Hablamos sin prisa, dándome tiempo para que me

vaya abriendo y contando mi versión de la historia. Sueno bien. Estoy serena. Doy la

imagen que se puede esperar de una madre. Mis respuestas están muy pensadas. No

hay desafío en ellas. En ningún punto provoco que se empiece a tejer a mi alrededor

una red de sospechas por decir algo que solo sonaba bien en mi cabeza. No lucho por

mantenerme a flote solo para hundirme al final.

Esa fantasía ocupa muchos minutos de mi tiempo. El resultado siempre es el

mismo: la entrevista imaginaria va muy bien, maravillosamente en realidad, y lo

mejor de todo es que el entrevistador no me hace la pregunta que más odio de todas.

Es una pregunta que me ha hecho mucha gente, una cantidad sorprendente. La suelen

formular así: «Antes de que te dieras cuenta de que Ben había desaparecido, ¿se te

ocurrió que podía pasarle algo malo?».

Odio esa pregunta porque implica cierta negligencia por mi parte. Implica que, si

yo fuera una madre con más instinto, una madre mejor, me habría dado cuenta de que

mi hijo estaba en peligro, o al menos debería haberlo visto venir. ¿Y cómo respondo

yo a eso? Con un simple: «No».

Es una respuesta sin vuelta de hoja, pero la gente normalmente me mira

confundida, con la frente arrugada y esa expresión que deja claro que el deseo de

despedazar a alguien para alimentar el cotilleo supera de forma aplastante a cualquier

compasión por su difícil situación. Frentes algo arrugadas y miradas curiosas que

preguntan: «¿De verdad? ¿Seguro? ¿Y cómo puede ser eso?».

Nunca justifico mi respuesta. «No» es todo lo que necesitan saber.

Y no explico mi respuesta porque mi confianza en los demás ha quedado

erosionada por lo que ocurrió, no podía ser de otra manera. La duda permanece en las

mentes de muchas personas que conozco, como esquirlas de cristal que, aunque no se

puedan ver, se clavan y te hacen sangrar incluso cuando ya piensas que las has

eliminado del todo.

Ahora hay muy poca gente en la que sé que puedo confiar y ellos son los pilares

de mi vida. Ellos conocen toda mi historia.

Una parte de mí cree que yo estaría dispuesta a hablar con otras personas de lo

que ha pasado, pero solo si pudiera estar segura de que me van a escuchar. Tendrían

que dejarme llegar hasta el final de mi historia sin interrumpirme ni juzgarme y entender que todo lo que hice lo hice por Ben. Algunas de mis acciones fueron

precipitadas, y otras, peligrosas, pero todas fueron por mi hijo, porque lo que sentía

por él era la única verdad que yo conocía.

Si alguien pudiera soportar ser el invitado a la boda que escucha la historia de este

viejo marinero, yo, a cambio del regalo de su tiempo, su paciencia y su comprensión,

le daría todos los detalles. Creo que es un trato justo. A todos nos encanta el impacto

que nos produce la experiencia indirecta de los horrores de las vidas de los demás.

Nunca he entendido por qué no hay una palabra en nuestro idioma que sirva para

traducir el término alemán Schadenfreude. Tal vez es que nos da vergüenza admitir

que eso es justo lo que sentimos. Mejor mantener la ilusión de que aquí todos somos

buenos e inocentes y nadie ha roto un plato.

Mi generoso interlocutor sin duda se sorprendería por mi historia, porque muchas

de las cosas que ocurrieron nunca se hicieron públicas. Sería como tener su propia

exclusiva. Cuando me imagino contándole la historia a este interlocutor imaginario,

creo que empezaría respondiendo adecuadamente por primera vez a esa pregunta que

tanto odio, porque es relevante. Empezaría la historia así:

«Cuando Ben desapareció, no tuve ninguna intuición. Ninguna en absoluto. Mi

cabeza estaba ocupada con otra cosa. Estaba pensando en la nueva mujer de mi

exmarido».