Encuéntrame
Rachel
El amanecer no me libró del atenazamiento de los miedos que me habían acechado
esa noche, porque ese día era domingo.
Una semana desde que había desaparecido Ben.
Toda una vida de pérdida en una semana.
Y seguíamos sin tener noticias.
Me miré en el espejo del baño mientras me cepillaba los dientes con movimientos
lentos e ineficaces y no me reconocí.
La policía me envió un taxi para llevarme al hospital. Me prometieron que se iba
a quedar un coche patrulla delante de la casa. Aseguraron que me iban a proteger.
La policía le pidió al taxista que me recogiera en la parte de atrás de la casa para
que no viera a la prensa y supiera quién era. El taxista era un hombre mayor que
llevaba un turbante sij y tenía la barba y las cejas blancas. Me hundí en el asiento de
atrás justo detrás de él.
—¿Vamos al British Royal Infirmary? —preguntó.
—Sí, por favor.
—¿Tiene preferencia por alguna ruta?
—No.
A su lado en el asiento del acompañante había un periódico abierto en el que vi
una foto de Ben. Y tenía ganas de hablar del tema.
—¿Ha oído lo del niño desaparecido?
—Sí —me obligué a responder.
Estaba desesperada por que no me reconociera. Me subí la bufanda para taparme
la barbilla y me coloqué el pelo de forma que me tapara la cara.
—Terrible, ¿verdad?
—Sí.
Me acerqué a la ventanilla y miré afuera mientras el taxi iba bajando en dirección
a la ciudad. Recorríamos calles residenciales desiertas en las que la única señal de
vida era un zorro sarnoso jadeando enfermizo al abrigo de un seto de hoja perenne.
—Mi mujer dice que lo ha hecho la madre. Que lo siente en los huesos. Eso es lo
que dice la gente, ¿sabe?, que ha sido la madre la que lo ha hecho. Pero yo no lo creo,
la verdad. Es antinatural hacer algo como eso. Incluso discutimos por eso anoche,
¿sabe?
Noté que intentaba que su mirada se encontrara con la mía en el retrovisor para
saber mi opinión. Yo aparté la mirada. Me era imposible contestarle.
Giramos en Cheltenham Road y entramos abruptamente en el centro de la ciudad,
con bares y pubs cerrados a cal y canto a ambos lados. Un par de indigentes estaban
sentados en unas escaleras muy juntos, envueltos en mantas. Compartían un
cigarrillo. Tenían las caras rojas y abotargadas del alcohol y los dientes rotos.
—Lo que pasa es que… —volvió a hablar—. Esto es lo que le dije a mi mujer…
Quería compartir conmigo su sabiduría. Tal vez su mujer le dejó con la palabra en
la boca la noche anterior para poder aferrarse a su punto de vista, pero quizás él la
convenció con sus argumentos.
—Le dije a ella que si a ti te acusaran de esas cosas, como a esa madre, no
podrías superarlo nunca. Es vergonzoso. Si es culpable, se lo merece, pero si es
inocente, entonces la gente le habrá hecho daño.
Giró la rotonda de Bear Pit y la curva cerrada hizo que el estómago me diera un
vuelco. Delante de mis ojos aparecieron escaparates sucios que anunciaban trajes de
novia y descuentos en zapatillas de deporte. A unos metros vi el juzgado y los
edificios del hospital.
—Me bajo aquí —dije cuando paramos en un semáforo—. ¿Puede parar?
Estaba desesperada por escapar de él, de ese hombre amable antes de que me
reconociera.
—¿Está segura, señora? —Miraba otra vez por el espejo con el ceño fruncido—.
¿Se encuentra bien? ¿Está enferma? No tiene buena cara. Perdone, pensé que iba a
visitar a alguien, no sabía que estaba enferma. ¿Quiere que la lleve a Urgencias?
Abrí la puerta mientras todavía estábamos en el semáforo, le di unos billetes y
salí. Tuvo que seguir su camino porque el semáforo se puso verde y alguien que
estaba detrás tocó el claxon.
Con la bufanda bien enrollada sobre la cara y el pelo como un par de cortinas casi
cerradas, llegué a la entrada del hospital, y cuando me contemplé en las puertas
cristaleras mi reflejo me dijo que parecía alguien que tenía algo que esconder.