Encuéntrame

Gilly Macmillan · Capítulo 61 de 86

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Encuéntrame

Rachel

 

El amanecer no me libró del atenazamiento de los miedos que me habían acechado

esa noche, porque ese día era domingo.

Una semana desde que había desaparecido Ben.

Toda una vida de pérdida en una semana.

Y seguíamos sin tener noticias.

Me miré en el espejo del baño mientras me cepillaba los dientes con movimientos

lentos e ineficaces y no me reconocí.

La policía me envió un taxi para llevarme al hospital. Me prometieron que se iba

a quedar un coche patrulla delante de la casa. Aseguraron que me iban a proteger.

La policía le pidió al taxista que me recogiera en la parte de atrás de la casa para

que no viera a la prensa y supiera quién era. El taxista era un hombre mayor que

llevaba un turbante sij y tenía la barba y las cejas blancas. Me hundí en el asiento de

atrás justo detrás de él.

—¿Vamos al British Royal Infirmary? —preguntó.

—Sí, por favor.

—¿Tiene preferencia por alguna ruta?

—No.

A su lado en el asiento del acompañante había un periódico abierto en el que vi

una foto de Ben. Y tenía ganas de hablar del tema.

—¿Ha oído lo del niño desaparecido?

—Sí —me obligué a responder.

Estaba desesperada por que no me reconociera. Me subí la bufanda para taparme

la barbilla y me coloqué el pelo de forma que me tapara la cara.

—Terrible, ¿verdad?

—Sí.

Me acerqué a la ventanilla y miré afuera mientras el taxi iba bajando en dirección

a la ciudad. Recorríamos calles residenciales desiertas en las que la única señal de

vida era un zorro sarnoso jadeando enfermizo al abrigo de un seto de hoja perenne.

—Mi mujer dice que lo ha hecho la madre. Que lo siente en los huesos. Eso es lo

que dice la gente, ¿sabe?, que ha sido la madre la que lo ha hecho. Pero yo no lo creo,

la verdad. Es antinatural hacer algo como eso. Incluso discutimos por eso anoche,

¿sabe?

Noté que intentaba que su mirada se encontrara con la mía en el retrovisor para

saber mi opinión. Yo aparté la mirada. Me era imposible contestarle.

Giramos en Cheltenham Road y entramos abruptamente en el centro de la ciudad,

con bares y pubs cerrados a cal y canto a ambos lados. Un par de indigentes estaban

sentados en unas escaleras muy juntos, envueltos en mantas. Compartían un

cigarrillo. Tenían las caras rojas y abotargadas del alcohol y los dientes rotos.

—Lo que pasa es que… —volvió a hablar—. Esto es lo que le dije a mi mujer…

Quería compartir conmigo su sabiduría. Tal vez su mujer le dejó con la palabra en

la boca la noche anterior para poder aferrarse a su punto de vista, pero quizás él la

convenció con sus argumentos.

—Le dije a ella que si a ti te acusaran de esas cosas, como a esa madre, no

podrías superarlo nunca. Es vergonzoso. Si es culpable, se lo merece, pero si es

inocente, entonces la gente le habrá hecho daño.

Giró la rotonda de Bear Pit y la curva cerrada hizo que el estómago me diera un

vuelco. Delante de mis ojos aparecieron escaparates sucios que anunciaban trajes de

novia y descuentos en zapatillas de deporte. A unos metros vi el juzgado y los

edificios del hospital.

—Me bajo aquí —dije cuando paramos en un semáforo—. ¿Puede parar?

Estaba desesperada por escapar de él, de ese hombre amable antes de que me

reconociera.

—¿Está segura, señora? —Miraba otra vez por el espejo con el ceño fruncido—.

¿Se encuentra bien? ¿Está enferma? No tiene buena cara. Perdone, pensé que iba a

visitar a alguien, no sabía que estaba enferma. ¿Quiere que la lleve a Urgencias?

Abrí la puerta mientras todavía estábamos en el semáforo, le di unos billetes y

salí. Tuvo que seguir su camino porque el semáforo se puso verde y alguien que

estaba detrás tocó el claxon.

Con la bufanda bien enrollada sobre la cara y el pelo como un par de cortinas casi

cerradas, llegué a la entrada del hospital, y cuando me contemplé en las puertas

cristaleras mi reflejo me dijo que parecía alguien que tenía algo que esconder.