Encuéntrame

Gilly Macmillan · Capítulo 84 de 86

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Encuéntrame

Rachel

 

Unas semanas atrás alguien me preguntó si creía que Ben y yo íbamos a lograr cerrar

del todo esa puerta cuando acabara el juicio. Me quedé sin palabras, sinceramente,

porque la verdad es que tal vez nunca logremos cerrar esa puerta, nunca consigamos

esa «conclusión». Ojalá la vida fuera tan sencilla. Hay ciertos sucesos e inseguridades

que te llevas a la tumba y que amenazan con hacerte caer en cada paso que das hasta

llegar a ella.

Si la conclusión es una búsqueda de respuestas y un intento por aclarar las

ambigüedades, déjeme decirle hasta dónde hemos logrado llegar.

Esto es lo que sé con seguridad:

Sé que esa tarde de domingo en el bosque mi hijo se fue por su propia voluntad

con Joanna May, incluso le dio la mano. La miró a los ojos, confió en ella y se creyó

lo que le dijo.

Se lo llevó a su coche y le dijo que se cambiara de ropa y se pusiera la que le

había dado ella. Skittle los siguió. Joanna May no estaba preparada para eso, así que

le dio una patada al perro para que se alejara y al hacerlo le rompió la pata. Después

se llevó a Ben en el coche. Evitó las rutas en las que había cámaras de vigilancia.

De todo lo que le pasó durante esa semana, Ben de lo que más habla es de cómo

trató al perro. Su mente le da vueltas y vueltas, intentando encontrarle sentido a su

crueldad. Lo que más le duele es que lo obligó a dejar allí a Skittle, sufriendo y

llorando en el suelo. Fue la primera señal que tuvo de que ella no era una persona

estable.

Después de eso no sé muchas cosas con seguridad, excepto que sí era Ben el que

encontré una semana después en el Furry Football. Hay un vacío, un agujero de siete

días en su vida entre esos dos momentos.

Las pruebas no nos aclaran mucho más. El portátil destrozado y el cardenal con

las marcas de dedos en el brazo de Ben indican que el enfado al encontrarle jugando

con el videojuego sumió a Joanna en un estado mental tan peligroso que volvió a

llevarle al bosque y lo arrastró en la oscuridad hasta el lugar donde lo secuestró.

Y lo dejó allí, vestido solo con la ropa interior y con una bolsa de basura negra

para resguardarse de la lluvia. Al hacerlo le humilló, le asustó, y esas horas a la

intemperie estuvieron a punto de matarle.

Sabemos que cuando volvió a casa después de dejarle allí, reservó un vuelo para

última hora de la mañana siguiente, hizo la maleta y guardó su pasaporte en una

cartera que después metió en su bolso.

También sabemos que Lucas Grantham fue su perdición, porque la policía la

llamó muy temprano esa mañana para pedirle que fuera a la comisaría a responder

unas preguntas sobre él. Se arriesgó y fue a Kenneth Steele House porque no quería

despertar sospechas, sabiendo que todavía tenía tiempo para coger al avión.

Pero no pudo saber que íbamos a acabar juntas en un coche, ni que iba a tener un desliz al hablar que me iba a empujar a robarle las llaves.

Me la imagino de pie en la amplia acera frente a su casa tras ver cómo se alejaba

al inspector Bennett: rebusca en su bolso para sacar las llaves del piso, no las

encuentra y entonces reproduce el momento en el coche en que todas sus pertenencias

se caen al suelo, seguramente suma dos y dos o al menos decide que no se puede

permitirse el tiempo necesario para recuperarlas ni para localizar a alguien que tenga

un juego de repuesto. Hasta donde la policía sabe, ni siquiera hizo el intento de entrar

en su casa y coger sus cosas antes de que yo llegara, probablemente porque ya tenía

el pasaporte en el bolso. Sabemos que ya iba en un taxi camino del aeropuerto solo

veinte minutos después de que el inspector Bennett y yo la dejáramos ante su puerta,

así que no vaciló ni un segundo. Me gusta pensar que ese fue el momento en que el

cazador se sintió cazado, cuando su respiración se aceleró y empezó a mirar por

encima del hombro.

Y eso es todo lo que sé con seguridad.

Esto es lo que no sé:

Por qué se lo llevó o cómo lo trató.

¿Y por qué no lo sé?

Porque Ben no quiere hablar de ello.

¿Por qué?

No lo sabemos. Supongo que aparte de las cosas que sí quiere contar, tiene que

haber otras que no recuerda, que no tiene del todo claras o de las que le da miedo

hablar.

Me parece que no le gusta la forma en que los ojos y la atención de todo el mundo

se centran en él cuando habla de esa habitación o de la señorita May, aunque solo los

mencione de pasada. Creo que eso le hace sentir incómodo y avergonzado. No quiere

ser el centro de atención, preferiría que todo se olvidara.

Así que debemos tener cuidado porque no queremos que las cosas se le pongan

peor, hacerle más daño, ni provocar que se encierre en su mundo y deje de

comunicarse del todo. Eso les puede pasar a niños que están en su situación. He

estado leyendo sobre el tema.

Y aunque odio decirlo, a veces me pregunto si está intentando protegerla con su

silencio. No hay que olvidar que estaban muy unidos antes de que esto pasara.

¿Y por qué no podemos sacarle el resto de lo que necesitamos saber a Joanna

May?

Porque Ben y ella tienen algo en común, aparte de los siete días que él pasó en su

casa. Lo que tienen en común es que ella también se niega a hablar de ello. Lo ha

estado haciendo desde que la arrestaron. Su reconocimiento de culpabilidad es lo

único que ha dicho sobre el asunto.

Justo cuando necesitamos que hable, ella decide mantenerse en silencio. Está en

su derecho.

Así que no nos queda más remedio que especular. Hemos construido una historia que parece encajar con las escasas pruebas que tenemos. La historia es la siguiente:

 

A cambio de la confianza de Ben, de la forma en que le dio la mano con tanta

facilidad, Joanna May le llevó a un lugar donde le encerró contra su voluntad.

Creo que lo hizo porque quería a Ben o porque deseaba con todas sus fuerzas

tenerlo. Era un amor tergiversado y egoísta producto de una mente perjudicada, pero

creo que ahí estaba.

Creo que forjó un vínculo con él durante el primer año que fue su profesora y que

empezó a desearlo para ella. Su diagnóstico de infertilidad, que ahora ya es de

dominio público, se produjo a la vez que mi divorcio, en el momento en que yo le

pedí que nos ayudara y apoyara a Ben, y creo que en ese punto tan vulnerable de su

vida, cuando su necesidad de ser madre era tan fuerte, debió de confundir a mi hijo

con un niño que no era querido o que no recibía los cuidados suficientes y pensó que

llevárselo podría solucionar su necesidad de un hijo y la tristeza de Ben.

Esa idea debió ir fortaleciéndose durante meses hasta que tomó la forma de un

plan bien estudiado que ejecutó impecablemente hace un año, el domingo, 21 de

octubre.

Una vez que lo tuvo encerrado, creo que empezó un proceso para hacerle creer

que su familia no era buena para él y que la persona adecuada para cuidarle era ella.

No sabemos cuáles eran sus planes a largo plazo, pero Ben ha dejado caer que

quizá estaba planeando un viaje para los dos y yo sospecho que quería llevárselo al

extranjero. No sé adónde ni cómo.

El dormitorio que le preparó es un testimonio de su deseo de que el ambiente

fuera acogedor para él, de que quería cuidarle bien, y creo de verdad que esa era su

intención, aunque en realidad aquello no era más que una celda muy bien decorada.

Pero creo que le salió mal, que la realidad de tenerle no fue como esperaba. No

creo que se esperara que Ben fuera a echar tanto de menos su casa, a mí, a su padre, a

su madrastra y a su perro. No creo que pensara que él iba a estar tan desesperado y

tan triste sin nosotros. No se dio cuenta de que le queríamos muchísimo, y él a

nosotros.

Esos son los motivos que le suponemos, la línea temporal que construimos para

explicar las cosas. Y continuamos intentando rellenar los huecos.

Tenemos la teoría de que Joanna May subestimó la habilidad técnica de un niño

tan pequeño. ¿Por qué si no le habría permitido tener acceso a un portátil? ¿Estaba

cansada de intentar entretenerle allí abajo, se había quedado sin ideas? ¿Creía que era

algo seguro porque era imposible que se conectara a internet? ¿Hasta dónde llegó su

cólera cuando se dio cuenta de que Ben había encontrado allí abajo, en ese sótano,

una señal wifi que no necesitaba contraseña?

Hasta el punto de poner la vida de Ben en peligro, y creo que fue porque sintió

que había perdido el control, que había mordido más de lo que podía tragar. ¿Su solución? Devolverle al bosque y abandonarle allí, después volver a casa y organizar

su ruta de escape.

¿Es porque lo quería de verdad por lo que no dio ese paso definitivo y lo mató en

ese momento para silenciarlo para siempre? Eso creo, aunque solo de pensarlo se me

encogen las entrañas.

Para confirmar esas hipótesis todos hemos intentando sacarle más información a

Ben: terapeutas, médicos, psiquiatras y nosotros. Pero la mayor parte de las veces

elige quedarse callado, tal vez como forma de mantener el control. Y tenemos que

aceptar su silencio. No nos queda más que contentarnos con nuestras conjeturas.

Ahora desearía haber valorado más las palabras que salían a borbotones de su

boca antes de su desaparición. Ojalá las hubiera cogido una a una y las hubiera

guardado cuidadosamente en paquetitos muy bien envueltos cerrados con una cinta y

las hubiera almacenado en un lugar seguro para el futuro. Ojalá no hubiera estado

demasiado distraída y hubiera escuchado todas y cada una de las palabras que decía.

Ojalá no le hubiera dejado irse solo. Hay tantas cosas que querría ahora, pero todas

inútiles. Más que inútiles.

Ben ya no es el niño que era antes. Confiar le cuesta mucho, porque no entiende

por qué John y yo no lo encontramos antes o por qué la profesora a la que adoraba se

convirtió en una persona mala.

Va bastante bien en el colegio, dadas las circunstancias, aunque no es raro que nos

llamen a John o a mí para decirnos que no puede con ello, otra vez, o que sufre una

migraña tan grave que no puede ni abrir los ojos, de nuevo, y tenemos que ir a por él.

Emocionalmente, su estado es volátil e impredecible. Puede estar bien durante

varios días seguidos y de repente algo le hace perder el equilibrio. Entonces se vuelve

desesperadamente dependiente o colérico, según la forma que adquiera su tristeza.

Sus emociones son poderosas y viscerales. En ocasiones se pelea con nosotros y nos

da golpes y patadas; son raras, pero se dan. Con más frecuencia no puede dormir una

noche entera sin despertarse alguna vez gritando de terror.

Cuando eso ocurre, salgo corriendo hacia él, lo saco de la cama y lo llevo en

brazos a la mía, donde los dos nos quedamos tumbados con los ojos abiertos y los

cuerpos juntos, lo abrazo con fuerza y espero a que dejen de castañetearle los dientes

mientras lo observó para descubrir si surge la fina capa de sudor en su frente que

señala el inicio de una fiebre que a veces le sube cuando tiene esas pesadillas.

Traigo a Skittle a dormir a la cama con nosotros, porque el perro es el ser en el

que Ben vuelca todo su cariño natural. Me encanta verles jugar juntos, la dulzura de

Ben con Skittle y la adoración que tiene el perro por él. Ahora cuando Ben se va a

casa de John, el perro también va con él. Sus uñas han arañado todo el suelo de

parqué, pero a nadie le importa.

Y yo me pregunto, incluso cuando Ben y yo nos quedamos tumbados juntos

durante esas largas noches y nuestros corazones laten acelerados al unísono, si a

veces estamos separados por cientos de kilómetros porque en su mente él está acurrucado en el bosque, solo, helado y calado hasta los huesos, o tal vez sigue en ese

sótano, asustado cuando el portátil se estrella contra la pared, los trozos llueven sobre

él y siente la presencia de una persona que quiere llevárselo a rastras aunque se ha

tapado la cara con las manos y está encogido de miedo.

Eso es lo que yo me imagino, porque, como ya he dicho, Ben no dice nada.

Su silencio me atormenta porque quiero que se ponga mejor, pero es el silencio de

ella el que más detesto, porque Ben no puede evitarlo, pero ella es adulta y está

guardándose información a sabiendas de que podría ayudarnos a entender mejor lo

que pasó y así contribuir a curarlo más rápido. Y no puedo perdonarla por eso.