Encuéntrame
Rachel
Unas semanas atrás alguien me preguntó si creía que Ben y yo íbamos a lograr cerrar
del todo esa puerta cuando acabara el juicio. Me quedé sin palabras, sinceramente,
porque la verdad es que tal vez nunca logremos cerrar esa puerta, nunca consigamos
esa «conclusión». Ojalá la vida fuera tan sencilla. Hay ciertos sucesos e inseguridades
que te llevas a la tumba y que amenazan con hacerte caer en cada paso que das hasta
llegar a ella.
Si la conclusión es una búsqueda de respuestas y un intento por aclarar las
ambigüedades, déjeme decirle hasta dónde hemos logrado llegar.
Esto es lo que sé con seguridad:
Sé que esa tarde de domingo en el bosque mi hijo se fue por su propia voluntad
con Joanna May, incluso le dio la mano. La miró a los ojos, confió en ella y se creyó
lo que le dijo.
Se lo llevó a su coche y le dijo que se cambiara de ropa y se pusiera la que le
había dado ella. Skittle los siguió. Joanna May no estaba preparada para eso, así que
le dio una patada al perro para que se alejara y al hacerlo le rompió la pata. Después
se llevó a Ben en el coche. Evitó las rutas en las que había cámaras de vigilancia.
De todo lo que le pasó durante esa semana, Ben de lo que más habla es de cómo
trató al perro. Su mente le da vueltas y vueltas, intentando encontrarle sentido a su
crueldad. Lo que más le duele es que lo obligó a dejar allí a Skittle, sufriendo y
llorando en el suelo. Fue la primera señal que tuvo de que ella no era una persona
estable.
Después de eso no sé muchas cosas con seguridad, excepto que sí era Ben el que
encontré una semana después en el Furry Football. Hay un vacío, un agujero de siete
días en su vida entre esos dos momentos.
Las pruebas no nos aclaran mucho más. El portátil destrozado y el cardenal con
las marcas de dedos en el brazo de Ben indican que el enfado al encontrarle jugando
con el videojuego sumió a Joanna en un estado mental tan peligroso que volvió a
llevarle al bosque y lo arrastró en la oscuridad hasta el lugar donde lo secuestró.
Y lo dejó allí, vestido solo con la ropa interior y con una bolsa de basura negra
para resguardarse de la lluvia. Al hacerlo le humilló, le asustó, y esas horas a la
intemperie estuvieron a punto de matarle.
Sabemos que cuando volvió a casa después de dejarle allí, reservó un vuelo para
última hora de la mañana siguiente, hizo la maleta y guardó su pasaporte en una
cartera que después metió en su bolso.
También sabemos que Lucas Grantham fue su perdición, porque la policía la
llamó muy temprano esa mañana para pedirle que fuera a la comisaría a responder
unas preguntas sobre él. Se arriesgó y fue a Kenneth Steele House porque no quería
despertar sospechas, sabiendo que todavía tenía tiempo para coger al avión.
Pero no pudo saber que íbamos a acabar juntas en un coche, ni que iba a tener un desliz al hablar que me iba a empujar a robarle las llaves.
Me la imagino de pie en la amplia acera frente a su casa tras ver cómo se alejaba
al inspector Bennett: rebusca en su bolso para sacar las llaves del piso, no las
encuentra y entonces reproduce el momento en el coche en que todas sus pertenencias
se caen al suelo, seguramente suma dos y dos o al menos decide que no se puede
permitirse el tiempo necesario para recuperarlas ni para localizar a alguien que tenga
un juego de repuesto. Hasta donde la policía sabe, ni siquiera hizo el intento de entrar
en su casa y coger sus cosas antes de que yo llegara, probablemente porque ya tenía
el pasaporte en el bolso. Sabemos que ya iba en un taxi camino del aeropuerto solo
veinte minutos después de que el inspector Bennett y yo la dejáramos ante su puerta,
así que no vaciló ni un segundo. Me gusta pensar que ese fue el momento en que el
cazador se sintió cazado, cuando su respiración se aceleró y empezó a mirar por
encima del hombro.
Y eso es todo lo que sé con seguridad.
Esto es lo que no sé:
Por qué se lo llevó o cómo lo trató.
¿Y por qué no lo sé?
Porque Ben no quiere hablar de ello.
¿Por qué?
No lo sabemos. Supongo que aparte de las cosas que sí quiere contar, tiene que
haber otras que no recuerda, que no tiene del todo claras o de las que le da miedo
hablar.
Me parece que no le gusta la forma en que los ojos y la atención de todo el mundo
se centran en él cuando habla de esa habitación o de la señorita May, aunque solo los
mencione de pasada. Creo que eso le hace sentir incómodo y avergonzado. No quiere
ser el centro de atención, preferiría que todo se olvidara.
Así que debemos tener cuidado porque no queremos que las cosas se le pongan
peor, hacerle más daño, ni provocar que se encierre en su mundo y deje de
comunicarse del todo. Eso les puede pasar a niños que están en su situación. He
estado leyendo sobre el tema.
Y aunque odio decirlo, a veces me pregunto si está intentando protegerla con su
silencio. No hay que olvidar que estaban muy unidos antes de que esto pasara.
¿Y por qué no podemos sacarle el resto de lo que necesitamos saber a Joanna
May?
Porque Ben y ella tienen algo en común, aparte de los siete días que él pasó en su
casa. Lo que tienen en común es que ella también se niega a hablar de ello. Lo ha
estado haciendo desde que la arrestaron. Su reconocimiento de culpabilidad es lo
único que ha dicho sobre el asunto.
Justo cuando necesitamos que hable, ella decide mantenerse en silencio. Está en
su derecho.
Así que no nos queda más remedio que especular. Hemos construido una historia que parece encajar con las escasas pruebas que tenemos. La historia es la siguiente:
A cambio de la confianza de Ben, de la forma en que le dio la mano con tanta
facilidad, Joanna May le llevó a un lugar donde le encerró contra su voluntad.
Creo que lo hizo porque quería a Ben o porque deseaba con todas sus fuerzas
tenerlo. Era un amor tergiversado y egoísta producto de una mente perjudicada, pero
creo que ahí estaba.
Creo que forjó un vínculo con él durante el primer año que fue su profesora y que
empezó a desearlo para ella. Su diagnóstico de infertilidad, que ahora ya es de
dominio público, se produjo a la vez que mi divorcio, en el momento en que yo le
pedí que nos ayudara y apoyara a Ben, y creo que en ese punto tan vulnerable de su
vida, cuando su necesidad de ser madre era tan fuerte, debió de confundir a mi hijo
con un niño que no era querido o que no recibía los cuidados suficientes y pensó que
llevárselo podría solucionar su necesidad de un hijo y la tristeza de Ben.
Esa idea debió ir fortaleciéndose durante meses hasta que tomó la forma de un
plan bien estudiado que ejecutó impecablemente hace un año, el domingo, 21 de
octubre.
Una vez que lo tuvo encerrado, creo que empezó un proceso para hacerle creer
que su familia no era buena para él y que la persona adecuada para cuidarle era ella.
No sabemos cuáles eran sus planes a largo plazo, pero Ben ha dejado caer que
quizá estaba planeando un viaje para los dos y yo sospecho que quería llevárselo al
extranjero. No sé adónde ni cómo.
El dormitorio que le preparó es un testimonio de su deseo de que el ambiente
fuera acogedor para él, de que quería cuidarle bien, y creo de verdad que esa era su
intención, aunque en realidad aquello no era más que una celda muy bien decorada.
Pero creo que le salió mal, que la realidad de tenerle no fue como esperaba. No
creo que se esperara que Ben fuera a echar tanto de menos su casa, a mí, a su padre, a
su madrastra y a su perro. No creo que pensara que él iba a estar tan desesperado y
tan triste sin nosotros. No se dio cuenta de que le queríamos muchísimo, y él a
nosotros.
Esos son los motivos que le suponemos, la línea temporal que construimos para
explicar las cosas. Y continuamos intentando rellenar los huecos.
Tenemos la teoría de que Joanna May subestimó la habilidad técnica de un niño
tan pequeño. ¿Por qué si no le habría permitido tener acceso a un portátil? ¿Estaba
cansada de intentar entretenerle allí abajo, se había quedado sin ideas? ¿Creía que era
algo seguro porque era imposible que se conectara a internet? ¿Hasta dónde llegó su
cólera cuando se dio cuenta de que Ben había encontrado allí abajo, en ese sótano,
una señal wifi que no necesitaba contraseña?
Hasta el punto de poner la vida de Ben en peligro, y creo que fue porque sintió
que había perdido el control, que había mordido más de lo que podía tragar. ¿Su solución? Devolverle al bosque y abandonarle allí, después volver a casa y organizar
su ruta de escape.
¿Es porque lo quería de verdad por lo que no dio ese paso definitivo y lo mató en
ese momento para silenciarlo para siempre? Eso creo, aunque solo de pensarlo se me
encogen las entrañas.
Para confirmar esas hipótesis todos hemos intentando sacarle más información a
Ben: terapeutas, médicos, psiquiatras y nosotros. Pero la mayor parte de las veces
elige quedarse callado, tal vez como forma de mantener el control. Y tenemos que
aceptar su silencio. No nos queda más que contentarnos con nuestras conjeturas.
Ahora desearía haber valorado más las palabras que salían a borbotones de su
boca antes de su desaparición. Ojalá las hubiera cogido una a una y las hubiera
guardado cuidadosamente en paquetitos muy bien envueltos cerrados con una cinta y
las hubiera almacenado en un lugar seguro para el futuro. Ojalá no hubiera estado
demasiado distraída y hubiera escuchado todas y cada una de las palabras que decía.
Ojalá no le hubiera dejado irse solo. Hay tantas cosas que querría ahora, pero todas
inútiles. Más que inútiles.
Ben ya no es el niño que era antes. Confiar le cuesta mucho, porque no entiende
por qué John y yo no lo encontramos antes o por qué la profesora a la que adoraba se
convirtió en una persona mala.
Va bastante bien en el colegio, dadas las circunstancias, aunque no es raro que nos
llamen a John o a mí para decirnos que no puede con ello, otra vez, o que sufre una
migraña tan grave que no puede ni abrir los ojos, de nuevo, y tenemos que ir a por él.
Emocionalmente, su estado es volátil e impredecible. Puede estar bien durante
varios días seguidos y de repente algo le hace perder el equilibrio. Entonces se vuelve
desesperadamente dependiente o colérico, según la forma que adquiera su tristeza.
Sus emociones son poderosas y viscerales. En ocasiones se pelea con nosotros y nos
da golpes y patadas; son raras, pero se dan. Con más frecuencia no puede dormir una
noche entera sin despertarse alguna vez gritando de terror.
Cuando eso ocurre, salgo corriendo hacia él, lo saco de la cama y lo llevo en
brazos a la mía, donde los dos nos quedamos tumbados con los ojos abiertos y los
cuerpos juntos, lo abrazo con fuerza y espero a que dejen de castañetearle los dientes
mientras lo observó para descubrir si surge la fina capa de sudor en su frente que
señala el inicio de una fiebre que a veces le sube cuando tiene esas pesadillas.
Traigo a Skittle a dormir a la cama con nosotros, porque el perro es el ser en el
que Ben vuelca todo su cariño natural. Me encanta verles jugar juntos, la dulzura de
Ben con Skittle y la adoración que tiene el perro por él. Ahora cuando Ben se va a
casa de John, el perro también va con él. Sus uñas han arañado todo el suelo de
parqué, pero a nadie le importa.
Y yo me pregunto, incluso cuando Ben y yo nos quedamos tumbados juntos
durante esas largas noches y nuestros corazones laten acelerados al unísono, si a
veces estamos separados por cientos de kilómetros porque en su mente él está acurrucado en el bosque, solo, helado y calado hasta los huesos, o tal vez sigue en ese
sótano, asustado cuando el portátil se estrella contra la pared, los trozos llueven sobre
él y siente la presencia de una persona que quiere llevárselo a rastras aunque se ha
tapado la cara con las manos y está encogido de miedo.
Eso es lo que yo me imagino, porque, como ya he dicho, Ben no dice nada.
Su silencio me atormenta porque quiero que se ponga mejor, pero es el silencio de
ella el que más detesto, porque Ben no puede evitarlo, pero ella es adulta y está
guardándose información a sabiendas de que podría ayudarnos a entender mejor lo
que pasó y así contribuir a curarlo más rápido. Y no puedo perdonarla por eso.