Encuéntrame

Gilly Macmillan · Capítulo 56 de 86

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Encuéntrame

Rachel

 

John me llevó a casa y entró conmigo para protegerme de los tres o cuatro periodistas

que permanecían obstinadamente a las puertas de mi casa.

Si me hubieran visto en la comisaría, pensé. Eso les habría dado sustento para

otra temporada.

Cuando llegamos, estaban holgazaneando unas cuantas farolas más allá de mi

casa y nos interpelaron de forma desganada, entrenados ya como perros de Paulov

para saber que ni John ni yo íbamos a hablar.

Todavía me asustaban, pero no tanto como sus colegas, que probablemente

estarían preparando el siguiente comentario jugoso sobre nuestras vidas para incluirlo

en los suplementos dominicales o para convertirme en el comentario de la sección de

sociedad justo en el mismo momento en que John y yo estábamos abriendo la puerta

principal de mi casa y volvíamos a contemplar la ausencia de nuestro hijo.

Dentro John siguió lanzándome unas miradas furtivas que me hacían sentir como

si me estuviera evaluando todo el tiempo, valorando mi grado de estabilidad.

Le dejé subir solo a la habitación de Ben, donde permaneció un buen rato. Supuse

que estaría haciendo lo que yo hacía: tocar los objetos, recordar, oler prendas de ropa

o coger cosas que Ben había tenido en las manos.

Cuando bajó, le hice una pregunta que había estado rondando por mi mente desde

que Nicky se fue.

—¿Por qué le dijiste a la policía que Nicky estaba demasiado preocupada por mí

cuando nació Ben?

Se sorprendió, pero la respuesta fue rápida.

—Porque es verdad. Me llamaba mucho.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

—¿En aquel momento? No pensé que necesitaras saberlo. Estabas muy cansada,

esforzándote mucho. Me pareció que estaba siendo un poco neurótica y decírtelo te

habría afectado.

—¿Y después?

—Se me olvidó. Dejó de llamar y ya no me pareció importante. ¿Por qué sacas

eso ahora? ¿Te lo ha mencionado la policía?

—Solo curiosidad —dije, y me di cuenta de que él todavía no sabía lo de Nicky,

lo de nuestra familia.

Y yo me guardé las noticias como se guarda un trozo de papel en un bolsillo,

porque no sabía cómo contarlo y además no quería admitir que había una parte de mí

capaz de dudar de mi propia hermana.

 

Algo más tarde John dijo que tenía que volver a casa. Quería que se quedara, pero no

estaba dispuesta a admitirlo en voz alta por miedo a cómo pudiera sonar. Para entonces ya era consciente de mi propia inestabilidad, notaba que estaba interfiriendo

en mi forma de hablar y en mis acciones, y no quería volver a ver esa mirada de John.

Esa que me evaluaba todo el tiempo para saber cómo tratarme.

Pero él comprendió que no quería estar sola, al menos se dio cuenta de eso.

—¿Quieres que llame a Laura? —preguntó.

—No hace falta —contesté, pero él insistió y no supe qué hacer aparte de asentir

en silencio, porque no podía contarle lo que había pasado con ella tampoco. Que la

había echado también.

Ella tardó un poco en contestar al teléfono, y cuando lo hizo, John frunció el ceño

y salió de la habitación. Yo me quedé escuchando en una casa que era demasiado

pequeña para guardar ningún secreto y le oí decir: «¿Estás borracha?» con tono de

incredulidad.

Sabía que se estaría apretando las sienes con el pulgar y el índice, como si

intentara sujetar sus pensamientos entre esos dedos, y supe que parecería que el

cansancio estaba a punto de conseguir que se desmoronase.

El final de la conversación consistió básicamente en ruidos de confirmación y

palabras de acuerdo o consuelo en susurros. Habló muy poco; ella debía de estar

hablando mucho.

—Rachel lo entenderá —dijo un momento después—. Seguro que lo entenderá.

—Y por fin—: Creo que será mejor que te llame ella mañana.

—¿Está borracha? —pregunté cuando volvió.

—Por lo que he entendido, lleva toda la tarde bebiendo. No te vendría bien que

viniera así.

—¿Qué te ha dicho?

—No tenía mucho sentido. Me ha dicho que te diga que lo siente. Que esto es

demasiado grande para ella, signifique eso lo que signifique. Que quería apoyarte. No

se puede ser muy coherente en esas condiciones. ¿Qué ha pasado?

—Es culpa mía —dije, pero lo confesé en un susurro y él no me oyó.

Volvió a preguntármelo.

—No sé si puedo confiar en ella —contesté—. No sé en quién puedo confiar.

—Yo nunca confié en ella.

—¿A qué te refieres?

—No sé, nunca me gustó. Me parecía que te utilizaba.

—Nunca me lo dijiste.

—Nunca preguntaste.

Lo estaba encajando cuando mi teléfono sonó.

—¿Puedes contestar tú? —le pedí. Todavía tenía mi móvil en la mano.

La llamada fue corta y le hizo arrugar la frente, pero no pude descifrar de qué se

trataba por sus respuestas.

Cuando colgó tras un «gracias», me dijo:

—Era el inspector Justin Woodley que llamaba para decirnos que la inspectora Zhang ha dejado de ser el oficial de enlace con la familia.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Solo ha dicho que ha tenido que dejar su cometido, no me ha dado ninguna

razón, y que nombrarán a alguien nuevo en cuanto puedan, el lunes a más tardar.

Mientras, debemos tratar con él. ¿Lo conoces?

—Creo que no. ¿Qué ha podido pasar? ¿Has preguntado?

—Es muy raro —reconoció John— porque me parece que esta mañana dijeron

que estaba en la oficina.

—Sí, es verdad.

Doblé las piernas y las subí al sofá, me abracé el cuerpo y sentí una gran

decepción. Me afectaba mucho que la inspectora Zhang ya no estuviera porque me

había acostumbrado a su presencia, empezaba a confiar en ella y sabía que la echaría

de menos. No me gustaba la idea de tener a un hombre como oficial de enlace,

aunque fuera de forma temporal. No sería lo mismo.

—Me caía bien —confesé.

—Seguro que el inspector Woodley o el que nombren lo hará bien.

John no estaba tan molesto como yo; tenía el apoyo de Katrina. Miró su reloj.

—Oye, puedo quedarme un rato más, pero luego tengo que irme a casa. Puedes

venir a quedarte con nosotros.

—No puedo irme otra vez. Ni siquiera tendría que haber salido esta mañana.

—¿Estás segura?

—Sí.

Supe que iba a estar despierta toda la noche, muerta de miedo por Ben y también

por mí, pero no tenía elección.

—Si eso es lo que quieres…

 

Algo más tarde John y yo calentamos algo de comida de la que había dejado Nicky

en la nevera: comida sana y muy bien cocinada. Esa comida debería sustentarnos,

darnos fuerzas, pero ninguno de los dos pudo comer mucho.

En el preciso momento en que nos levantábamos de la mesa para recoger los

platos oímos un fuerte estallido, agudo y violento. Venía del salón y pareció crear un

vacío a nuestro alrededor. Era el sonido de un cristal haciéndose añicos y nos dejó

paralizados durante un momento. El perro ladró y gimió y después todo se quedó en

silencio; solo se oyó el ruido de pasos, alguien que huía.

John se puso de pie en un segundo y salió corriendo.

Fui tras él, pero cuando llegué a la puerta ya estaba abierta de par en par y a él no

se le veía.

Un viento helador entró en la habitación no solo por la puerta, sino también por el

agujero irregular que había quedado en donde había estado la ventana del salón. Las

cortinas, corridas para protegernos de la prensa, bailaban y ondeaban en el viento como derviches. Había trozos de cristal por todo el suelo, aristas afiladas por todas

partes, y en medio de la habitación, un ladrillo.

Había algo pintado en él. Necesité un momento para darme cuenta de que había

dos palabras en un lado, las mismas dos que me habían gritado desde la valla de

detrás: «MALA» y «MADRE». Letras pequeñas, escritas con cuidado. No podía ser fácil

pintar en un ladrillo.

—¡John! —grité.

Corrí hasta la puerta. El cristal crujió bajo mis pies. Se oían pasos en un extremo

de la carretera. Vi a John y justo delante de él otra figura, los dos corriendo lo más

rápido que podían. Eran solo sombras en movimiento y un instante después

desaparecieron al doblar la esquina.

La calle delante de mí estaba húmeda y oscura y la luz de las farolas parecía

tridimensional en la lluvia, esferas de fluorescencia naranja. Me quedé de pie en un

haz de luz blanca que salía de mi casa y me envolvía, haciendo que la superficie

húmeda y resbaladiza de la acera brillara con un tono oscuro. Enfrente un vecino

abrió su puerta solo una rendija.

—Ayuda —pedí—. Ayúdenos.

Desde la esquina por la que habían desaparecido los hombres llegó el sonido de

una refriega, un golpe, un grito de dolor, y entonces yo también salí corriendo.