Encuéntrame

Gilly Macmillan · Capítulo 42 de 86

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Encuéntrame

Jim

 

Cuando trabajas en un caso como este, estás deseando que aparezca una pista. Y

cuando aparece, para ti no hay ninguna otra cosa. Eso fue lo que pasó con Nicola

Forbes. Estaba dispuesto a perseguirla hasta el final.

Lo que no esperas es que surja al mismo tiempo algo igual de importante, porque

es como tener varias cosas a tiro y verte obligado a decidir adónde dirigir la bala, a

determinar qué es un señuelo y qué es real. ¿Amigo o enemigo? ¿En dónde vas a

centrar tu atención?

Elegir no siempre es fácil, pero a veces se te presenta una amenaza clara e

inmediata y es obvio que es a eso a lo que tienes que responder.

Eso fue lo que pasó el sexto día del caso. Llegó aquella carta y cambió el juego

completamente.

Llegó con el correo de la mañana. Llevaba matasellos del distrito 7 de Bristol e

iba dirigida a Fraser con la dirección de Kenneth Steele House. La secretaria de

Fraser la abrió. Su grito se oyó incluso en el pasillo al que daba la puerta que había en

el otro extremo de la sala de investigaciones y un segundo después salió corriendo de

su despacho.

Fraser nos llamó al momento. Cuando entramos, la carta ya estaba en una bolsa

de pruebas y le estaban tomando las huellas a la secretaria en la oficina de al lado

para poder descartarlas en el análisis de la carta. Estaba temblando y llorosa, una

reacción muy extrema para alguien que estaba acostumbrada a archivar fotografías de

escenas del crimen.

—Jim —dijo Fraser en cuanto cerramos la puerta—. Que venga John Finch.

Emma también estaba allí. No parecía haber dormido nada. Bajo el maquillaje,

tenía la piel apagada y castigada. A cualquier otra persona probablemente le habría

parecido que estaba más o menos como siempre, una versión cansada de sí misma,

pero yo me fijé en unos cuantos pequeños detalles de desaliño. No llevaba el pelo tan

bien recogido como siempre y su camisa no estaba bien planchada. Se pueden

detectar esas cosas cuando quieres conocer cada centímetro de otra persona mejor de

lo que conoces los tuyos. Quise rodearla con el brazo, preguntarle cómo lo estaba

llevando, pero obviamente no podía. No allí y en ese momento.

El teléfono de Emma sonó cuando Fraser terminó de ponernos al día de las

novedades. Lo miró.

—Es Rachel Jenner, jefa —informó—. ¿Qué le digo?

—Nada —dijo Fraser—. Ni una palabra. Todavía no.