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Alex Ross · Capítulo 14 de 24

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12 Casi Famosos

12

CASI FAMOSOS

DE GIRA CON EL CUARTETO ST. LAWRENCE

A comienzos de la década de los noventa, el Cuarteto Emerson, ya muy en vías de convertirse en el más famoso grupo de cámara estadounidense, estaba haciendo audiciones a conjuntos más jóvenes para un programa de formación en la Hartt School of Music, en Connecticut. Llegaron montones de grabaciones con interpretaciones y los miembros del Emerson decidieron escucharlas mientras se trasladaban en coche de una ciudad a otra en el curso de una gira europea. Una grabación, de un joven cuarteto de Toronto, yuxtaponía el previsible Beethoven a una obra contemporánea canadiense en la que se pedía a los instrumentistas que chillaran a pleno pulmón. Los gritos empezaron justo cuando los Emerson estaban avanzando por un tramo complicado de una carretera alpina. «Habíamos oído este Beethoven más que bueno, y estábamos diciendo “Realmente bien”, cuando empezaron los gritos, y casi perdimos el control del coche», recordaba el violinista Philip Setzer. «Podíamos habernos matado los cuatro entonces allí mismo.

Estaba claro que teníamos que conocer a los cuatro chalados que habían enviado la grabación.»

A comienzos de la década siguiente, los integrantes del Cuarteto St.

Lawrence —Geoff Nuttall, Barry Shiffman, Lesley Robertson y Marina Hoover— se habían asentado firmemente en el mundo de la música de cámara estadounidense. Eran el conjunto residente en la Universidad de Stanford y ellos mismos formaban regularmente a cuartetos más jóvenes.

No habían perdido, sin embargo, su espíritu de ir a contracorriente; sabían cuál era la manera de pillar a sus oyentes desprevenidos. Su modo de tocar conservaba una cierta libertad agitada, como si la conversación camerística a la hora de cenar estuviera a punto de degenerar en un altercado, una manifestación o una confesión. «Tienen algo», me dijo David Finckel, el

violonchelista del Emerson. «Los músicos tienen algo o no lo tienen, y el St. Lawrence sí que lo tiene. No estoy seguro de lo que es. En parte es la capacidad de tocar la música más familiar como si fuera nueva e inusual.

Todo lo que hace el cuarteto se convierte en música contemporánea.

Cuando les escucho, me olvido de que yo hago lo mismo para ganarme la vida.»

En Norteamérica hay al menos un centenar de cuartetos de cuerda profesionales con dedicación plena, además de un número incalculable de grupos de aficionados. Para ganarse la vida en este campo, tienes que estar dispuesto a tocar casi en cualquier parte y en cualquier momento. Incluso un grupo tan famoso como el Emerson sigue la misma y agotadora rutina: volar a una ciudad extraña, alquilar un coche, hacer una prueba de sonido en la sala, tocar el concierto, acudir a la recepción posterior al concierto, dormir pocas horas, volver al aeropuerto y volar al siguiente destino. El St.

Lawrence ha tocado en capitales culturales internacionales y también ha sido aclamado en pueblos pesqueros canadienses, localidades montañosas uruguayas y colegios públicos de Kansas City. Quizá su aparición más inusual fue en Vietnam, en la Ópera de Hanoi, una réplica del Palais Garnier, en París. Los patronos más ricos se encontraban presentes en el auditorio, pero una multitud de miles de personas contemplaba fuera del teatro una transmisión en directo del concierto, muchas de ellas apoyadas en sus motocicletas.

Uno de mis primeros cometidos como crítico musical en Nueva York fue cubrir el debut neoyorquino del St. Lawrence, en 1992, en la serie de conciertos de Artistas Jóvenes en la 92nd Street Y. Me quedé impresionado con la pasión inteligente que insufló el grupo a sus interpretaciones del Cuarteto «De las disonancias» de Mozart, el Cuarteto op. 3 de Alban Berg y el Cuarteto en Do sostenido menor de Beethoven. Aunque en los diez años siguientes hicieron rápidos progresos en el mundo de la música —firmaron con la poderosa e influyente agencia Columbia Artists Management, Inc., o CAMI; consiguieron un contrato discográfico con EMI—, nunca regresaron a Nueva York de manera ostentosa. Así pues, en la primavera de 2001

decidí seguirles en una gira durante una semana aproximadamente a fin de hacerme una idea de cómo era la vida para una agrupación clásica de talento pero, por regla general, ignorada. En estos últimos años, el St.

Lawrence ha pasado a situarse en la primera línea de su profesión y toca regularmente en el Lincoln Center y el Carnegie Hall. Ha sufrido también

dos cambios en su plantilla, ya que Shiffman y Hoover han cedido sus atriles a Scott St. John y Christopher Costanza. No obstante, su manera de hacer música sigue siendo esencialmente la misma. Si la partitura les pide que griten, se muestran encantados de hacerlo.

Cuando me uní a la gira del St. Lawrence, el grupo tenía que tocar dos conciertos en El Paso (Texas) y uno en Joplin (Missouri). Surgieron los típicos líos de los viajes. Una tormenta de arena retrasó los vuelos que salían de Dallas-Fort Worth y cuando los miembros del cuarteto llegaron al hotel, a medianoche, en recepción no tenían constancia alguna de sus reservas. Era uno de esos lugares aletargados, perdidos en el tiempo —

llamémoslo el Vista Grande—, en el que los huéspedes pueden constituir una novedad que sólo provoca confusión. Cuando llegué me entregaron un críptico mensaje que decía: «Barry: llama a Alex.» Aun así, la vista era espléndida. Podían verse campos de baloncesto, instalaciones médicas y suburbios con aspecto de pueblo hasta la inmensa mancha marronácea del Río Grande, mientras Juárez se extendía al otro lado.

Al día siguiente, en torno al mediodía, los miembros del St. Lawrence se reunieron en el vestíbulo. Si se nos hubiera dicho que eran músicos, pero no clásicos, podría haberse imaginado que eran una banda veterana de indierock, una especie de primos hermanos con mucho mundo a sus espaldas de la banda Yo La Tengo. Nuttall, el atlético primer violín, había encontrado un gimnasio de la YMCA y había estado levantando pesas, mientras que Shiffinan, el segundo violín, y Robertson, la violista, habían estado ensayando. Hoover, la violonchelista, estaba con su marido, Richard Bernstein, y su bebé de siete meses, Benjamin. Hoover suele tener aspecto de estar agobiada: viajar con un bebé es bastante duro, pero un bebé y un violonchelo juntos pueden ser un augurio de auténticos problemas. Los auxiliares de vuelo han intentado prohibirle llevar el violonchelo en los aviones, a pesar de que siempre compra un asiento para él. Parece como si los auxiliares de vuelo tuvieran una visión del instrumento en la que atraviesa volando la cabina y acaba provocando un accidente. Hoover es la más organizada de los integrantes del St. Lawrence —es ella la que sabe cuándo sale el siguiente avión— y tiene una manera de sortear las molestias humanas como si simplemente no existieran ni estuvieran allí.

Kwang-Wu Kim, el director artístico de El Paso ProMusica, estaba esperando al cuarteto en el vestíbulo. Era, en la jerga musical clásica, el

«promotor». El St. Lawrence ha vivido todo tipo de experiencias con los promotores: unas buenas, otras malas, otras indiferentes. Han trabajado con un radiólogo amante de la música que se dedica a revisar los más mínimos detalles de la programación cuando libra en el hospital; un catedrático de filosofía que tiene en su casa una sala de conciertos con capacidad para setenta personas; y un ecléctico promotor de Florida que programa música de cámara una noche y Steve Lawrence y Eydie Gorme al día siguiente. Los promotores que tienen que vérselas habitualmente con el follón de los conciertos pop quedan encantados con su comportamiento. Para un empresario supuso una experiencia reconfortante después de un enfrentamiento con una famosa personalidad de la música folk, que había desaparecido de su hotel después de haberse dado cuenta de que desde su ventana resultaba visible un caso de «uso inadecuado de la tierra».

El St. Lawrence tiene una alta opinión de Kwang-Wu Kim. «Es un genio», me dijeron de antemano. Pianista, catedrático y versátil divulgador, Kim tiene títulos de filosofía en Yale y de música en Peabody. Ha atraído a El Paso a toda la nómina de los cameristas estadounidenses más destacados y también se ha hecho un hueco en los colegios de la ciudad, recuperando pianos desafinados de los almacenes de los conserjes e introduciendo a los niños a los compositores clásicos.

Kim y el St. Lawrence intercambiaron quejas sobre la poca ayuda que prestaba CAMI. «Me enviaron los programas equivocados y luego me dijeron que no entendían la necesidad de enviar copias de las notas al programa con antelación», dijo Kim. A los cuatro músicos del St. Lawrence se les pusieron los ojos en blanco: la escasa colaboración de la agencia en su día a día era un problema que venía de antiguo. Surgió el tema del número de asistentes a los conciertos. «No estamos seguros de si este va a ser nuestro público más numeroso en este año», dijo Kim. «No sé cómo pudimos olvidarnos de que este fin de semana es la Pascua judía. Y además Matchbox Twenty actúa esta noche en la Universidad de Texas, lo que quiere decir que es probable que los estudiantes no aparezcan por aquí. Y

no conseguimos que se publicara un artículo en el periódico local. Nos dijeron que les preocupaba estar prestando ya demasiada atención a la música clásica, lo que es bastante curioso, porque no prestan ninguna atención en absoluto a la música clásica.»

Más de trescientas personas asistieron a los dos conciertos, la mayoría de ellos de mediana edad y gente de dinero. En un momento dado, Kim se dirigió al público y dio muestras de su talento para la persuasión. Fue una inyección de energía positiva y halagó al público al señalar que esta serie no era menos importante que el mundo de la Costa Este del que él procedía.

«Me convertí en el hazmerreír del conservatorio Peabody cuando les dije que me iba a El Paso», dijo. «Se quedaron horrorizados. Su actitud, en esencia, fue: “Otro que muerde el polvo.” Lo cierto es que necesitamos dejar de hacer juicios de valor sobre un lugar u otro. No existe absolutamente ninguna diferencia en lo que respecta al valor musical real entre un concierto en el Carnegie Hall y un concierto en el Fox Fine Arts Center de El Paso. La música es un acto universal de conversación humana y en cada lugar se produce un acto de conversación idéntico. Haydn no escribió sus cuartetos para Nueva York y resulta igual de natural tocarlos en El Paso.»

Algunos músicos de la vieja escuela desdeñan la idea de dirigirse al público, pero a los miembros del St. Lawrence les parece natural hablar sobre lo que hacen. Poseen el don de describir abstracciones musicales en términos fácilmente comprensibles. Nuttall advirtió al público de El Paso de que una pieza contemporánea —Miracles and Mud (Milagros y barro), de Jonathan Berger— formaría parte de la primera parte del programa. «Nos gusta colocar la obra moderna en segundo lugar, justo antes del descanso», dijo. «De este modo no pueden llegar tarde y perdérsela, y no pueden irse en el intermedio y perdérsela.» Surgieron risas de complicidad entre los asistentes. Explicó la idea que se escondía detrás de la obra de Berger, que tiene que ver con el conflicto palestino-israelí, y tocó los dos temas folclóricos recurrentes que representan a los pueblos enfrentados. Esta demostración pareció lograr que las penetrantes y bartokianas disonancias de Berger resultaran más aceptables. Tres cuartas partes del cuarteto son, por regla general, defensores entusiastas de las obras contemporáneas; Robertson tiende a ser escéptica, al menos inicialmente. «La parte de viola suele ser más interesante en las obras modernas», me dijo, «pero a veces me siento más a gusto tocando la misma nota a modo de bordón en un cuarteto de Haydn, porque sé exactamente adónde pertenece esa nota, lógica y emocionalmente.»

Nuttall habló a continuación del Cuarteto «Quinten», o «De las quintas», de Haydn, con el que se abría el concierto. «Yo me llevo la parte del león»,

dijo. «A mí me encantaría estar tocando Haydn todo el tiempo, pero los demás se aburren repitiendo las mismas figuras sencillas.» Hizo una escala de notas con un sonido dulce y en un estilo que recordaba a Heifetz.

Cuando toca, tiene la costumbre de echar una pierna hacia atrás y sacar medio cuerpo de la silla. Su pelo tiende a cambiar de largura y de color; en El Paso lo tenía muy corto, con reflejos rubios. «Tiene toda la pinta de ser un tipo llegado de la playa», susurró un hombre al fondo de la sala. El aspecto de Nuttall es un plus cuando se dirige a jóvenes en programas educativos, pero los habituales de Pro-Musica se mostraron un poco recelosos. Aun así, su manera de explicar los detalles pareció vencer su resistencia. «En el último movimiento», siguió diciendo, «Haydn hace esto en la línea a solo, que es algo realmente estupendo. Introduce esta extraña digitación, de modo que acabas teniendo que deslizarte de una nota a la otra y, de repente, te encuentras tocando en el estilo zíngaro: el portamento. Es como si Haydn estuviera diciéndoles a los violinistas con formación de conservatorio que se olvidaran de lo que han aprendido y se relajaran».

Nuttall es el «arma secreta» del St. Lawrence, tal y como admite el resto del grupo. Experto en ópera y aficionado a la música pop, ejecuta sus líneas a solo con una libertad espaciosa, vocal, revelando una personalidad vibrante que se encuentra ausente en muchos solistas más conocidos.

«Tiene un modo de generar intensidad en todos nosotros gracias a ese brío y esa emoción que transmite a cualquier cosa que toque», me dijo Hoover.

Hay algo en él que se remonta a los virtuosos libres de toda traba de hace un siglo; su fraseo desbarata a menudo el pulso central de un movimiento y los demás bien siguen su pauta, bien se apresuran a restaurar el orden rítmico. De resultas de ello, y a pesar de la disciplina del proceso de ensayos del cuarteto, muchos pasajes suenan casi improvisados. «Tocan con una alegría carente de afectación», dice el compositor Osvaldo Golijov, cuya obra The Dreams and Prayers of Isaac the Blind (Los sueños y plegarias de Isaac el Ciego), para cuarteto y clarinete klezmer, constituye una especialidad del St. Lawrence. «Pueden emocionar a personas que se dejan caer por chiripa en un concierto de música de cámara. He visto cómo pasó justamente esto con un grupo de futbolistas argentinos.»

La espontaneidad del St. Lawrence tuvo un efecto tonificante en el tercer Cuarteto de Tchaikovsky, que era la obra central de los conciertos ofrecidos en El Paso. Tchaikovsky y Schumann son dos compositores que han sido investigados exhaustivamente por el St. Lawrence; habían grabado dos

cuartetos de Schumann para EMI y estaban preparando la publicación de un disco de Chaikovski. Ambos compositores han sido acusados de escribir música de cámara poco idiomática, pero el Chaikovski rugió lleno de vida.

En el ensayo, los músicos se concentraron en aclarar los ritmos cruzados de tres contra dos. En el concierto dejaron todo al albur del momento y, en el primer movimiento, coquetearon con el desastre. En el Andante, una marcha fúnebre, los solos de Nuttall sonaban sollozantes en un segundo plano, como los discos de 78 revoluciones por minuto de las divas del cambio de siglo; los diseños obsesivos de una sola nota de Shiffman roían la estructura armónica. El último movimiento tuvo un poco el aire de un velatorio desenfrenado.

La cháchara típica de los cócteles es lo último en lo que uno podría querer verse involucrado después de un concierto así, pero la recepción posterior al concierto es una tradición innegociable en el circuito camerístico y el St.

Lawrence lo acepta de buena gana. El público de El Paso resultó ser más interesante que la mayoría. Los músicos fueron acorralados en el vestíbulo por el reverendo Paul Green, que les felicitó por elevar el estado cultural de la ciudad, y por J. O. Stewart, Jr., que había sufragado el concierto. Stewart era un hombre imponente, con un rostro parecido a un halcón y un par de espléndidas botas de cowboy; había vendido recientemente su empresa, El Paso Disposal, por ciento cuarenta millones de dólares. «He trabajado en el negocio de la basura durante treinta años», dijo, «así que puede que sea un hombre sin educación, pero ha sido un buen concierto y también me ha gustado esa cosa nueva. Es posible que acabe por acostumbrarme a esas cosas. Como digo siempre, sólo puedes jugar con una raqueta de tenis al mismo tiempo».

Había una cena a última hora en casa de Charles y Ellen Lacy, en las colinas que dominan El Paso. Nuttall, que vivió en Texas de niño, fue el que más tiempo se quedó, y estuvo bebiendo vino con un grupo de típicos sureños conservadores protestantes. «Me gustan esos tipos», dijo, mientras volvíamos en coche al Vista Grande. «Saben cómo pasar un buen rato. No son estirados, aunque tienen unas cuantas ideas políticas extrañas en la cabeza. Pero me habría gustado que hubiera más gente joven. ¿Dónde estaban los estudiantes de la Universidad de Texas? En Matchbox Twenty, supongo. Me llega al alma que haya diez mil personas viéndoles a ellos y cien viéndonos a nosotros. No acabo de entender por qué la diferencia tiene

que ser tan bestial. Rob Thomas es un buen cantante y todo eso, sí, pero nosotros, nosotros tenemos las canciones más profundas.»

Después del segundo concierto, que se celebró la tarde siguiente, el St.

Lawrence se puso en marcha hacia Joplin. A la hora de viajar, cada uno lo hace por su cuenta, sin preocuparse de si los demás cumplen con el horario.

En la inmensidad del aeropuerto de Dallas-Fort Worth, me di cuenta de que Nuttall no se encontraba por allí. «¿Dónde está Geoff?», pregunté.

«Nosotros no hacemos nunca esa pregunta», contestaron los otros.

Llegamos a Joplin bien pasada la medianoche. Es una ciudad de tamaño medio en el rincón suroccidental del Estado, no lejos de Branson, sede habitual de conciertos de música country. Shiffman se fijó en un cartel de Shoji Tabuchi, un violinista que toca en Branson en el estilo de Liberace.

En el cartel se leía: «Shoji: ¿hace falta decir más?» «¡Qué maravilla!», dijo el violinista, saltando arriba y abajo en un rapto de irónico alborozo. «Éste es el tipo de márketing que deberíamos tener. “El Cuarteto de Cuerda St.

Lawrence. ¿Hace falta decir más?”»

Joplin ofreció una reexposición de temas ya desarrollados en El Paso. La serie se llamaba también Pro Música y contaba igualmente con una personalidad decisiva en el centro. Cynthia Schwab, natural de Manhattan, ha estado trabajando durante veinte años para crear un oasis musical en Joplin. «Las tres cosas en la vida que más me importan son Dios, el hockey y la música», dijo. En su garaje, una bandera de los New York Rangers estaba colgada al lado de un póster de la Orquesta de Cámara de Leipzig.

Schwab le había hecho al St. Lawrence una propuesta sorprendente: para el vigésimo aniversario de su serie, quería que el grupo tocara un programa enteramente contemporáneo.

El concierto de Joplin se celebró en una preciosa iglesia antigua en el centro de la ciudad. El principal atractivo era el Tercer Cuarteto de R.

Murray Schafer, un compositor vanguardista canadiense que ha sido desde hace mucho tiempo uno de los predilectos del St. Lawrence. Comienza con el violonchelista tocando solo en el escenario, algo descorazonado. Los demás van haciendo su entrada uno tras otro, desde detrás del escenario y desde el fondo de la sala. Estalla la guerra entre los violines, con un constante intercambio de feroces acusaciones. En el segundo movimiento,

se monta de repente un pandemónium: el St. Lawrence retoma sus chillidos y grita cosas incoherentes junto con rápidas líneas disonantes. Se trata de un espectáculo fascinante y constituye también una parodia del infantilismo emocional de ciertos compositores ultramodernos. Más tarde, en el último movimiento, la atmósfera se torna solemne mientras el cuarteto toca al unísono una melodía a la manera de una plegaria en espectrales cuartos de tono. Al final, la música desaparece más allá del horizonte de la audibilidad, dejando tras de sí un silencio místico.

Los ciudadanos de Joplin reaccionaron de maneras contradictorias ante esta pieza sorprendente. Para un tercio no fue de su agrado y expresaron su desencanto saliéndose en el intermedio, caminando lentamente hacia el aparcamiento de la iglesia en medio de un silencio sepulcral. Hubo, sin embargo, gritos de aprobación, procedentes de un grupo de jóvenes situados en las filas de atrás. Resultaron ser estudiantes de música, algunos de los cuales habían trabajado con el St. Lawrence en su programa de formación de cuartetos en Stanford, y habían conducido durante tres horas desde Kansas City para ver tocar a sus profesores. Cuatro de ellos pertenecían a un cuarteto que respondía al nombre de Yurodivy, que es la palabra rusa para «necio sagrado». El primer violín del Yurodivy era Francisco Herrera, un tipo grande con un pañuelo morado. «¿Habéis oído la afinación en el tercer movimiento?», preguntó. «Ha sido increíble. No hay nada de kitsch en su manera de tocar. Creen absolutamente en lo que están haciendo.»

En la inevitable cena posterior al concierto, Cynthia Schwab dejó claro que allí no había sitio para los miembros del Yurodivy. Se vieron rostros cabizbajos. Nuttall, en concreto, parecía alicaído. Se tomó su postre sin ningún entusiasmo. «Siento mucho que sus jóvenes amigos no hayan podido venir», dijo finalmente Schwab, después de que la conversación se estancara en un punto muerto. «Tenía que traerles a ustedes aquí y tengo responsabilidades con los miembros de mi consejo.» Nuttall agitó su cabeza y dijo: «Debería traer a más jóvenes como ellos a sus conciertos. Ellos son el público del futuro.»

Era ya cerca de medianoche y el St. Lawrence tenía que coger un vuelo el día siguiente a las siete de la mañana. Se apretujaron en su Dodge Caravan alquilada y se pusieron en marcha. Con esta gira cada uno de ellos había ganado, descontados los gastos, una modesta suma de cuatro cifras que no habría cubierto la factura del hotel para el piano de Maurizio Pollini.

Cuando me dirigía a la habitación de mi motel, pensé en los Yurodivy, en su

coche camino de vuelta a Kansas City en medio de la noche, y en la recepción de Cynthia Schwab, y en las muchas maneras en que la música clásica se ve atrapada en una red de dinero y estatus. Y me di cuenta de que los cuatro músicos del St. Lawrence se merecen la fama no sólo por la calidad de sus interpretaciones musicales, sino también por la alegría que les depara el hecho de participar en este acto de conexión.

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