Extasis Ritual: Magia Sexual Practica
Afrodita
Ehoie ehoie
o como aquella que
asciende desde el mar
naciendo de la espuma que cabalga sobre las olas.
O aquella que
danza con las horas,
con guirnaldas y ungidas con aceites,
dorada y sonriente.
O aquella que
viene y extiende el paño de lino
lleno de flores y
te llama para que te acuestes con ella.
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O aquella que
cubre a sus amantes
con nubes y rosas
para ocultarlos y bendecirlos.
Canta a Afrodita,
danza en su alabanza,
señora de la luz y el amor.
Ehoie, ehoie
Afrodita nos llama.
Como estrella de la mañana, es Afrodita Anadiómena, la diosa del mar del amanecer: brillante con la primera luz y el rocío, cubierta de ornamentos de color rojo y dorado viaja ligeramente a lo largo del día, llevando la sonrisa y el contacto gracioso a todo corazón y en todo momento.
Como estrella de la noche es Afrodita Hetaira, mostrando orgullosamente su cuerpo y su belleza, llevando el conocimiento de su experiencia, la certidumbre de que es adorada.
Suya es la llamada que abre el corazón: lo abre a nosotros y a esa gracia del perdón por nuestras propias faltas, al amor que hay dentro de nosotros y arrojaríamos, a la oscuridad y la luz por igual. Nos llama a que nos abandonemos al placer físico, señalándonos por gestos que nos toquemos, nos amemos, nos perdamos en la tremenda alegría de la vida.
Suya es la llamada para que abramos el corazón al ser querido, sin medida ni límite, sin contar los costos ni pedir nada a cambio, amando el fallo junto con la virtud, el cuerpo lo mismo que la mente, por inconveniente o imprudente que ésta sea, con independencia del sacrificio. A que confiemos explícitamente, a que nos entreguemos totalmente a la sensación y la complacencia de los sentidos, a conmover el latido del amante y a respirar su aliento.
Nos pide que nos adornemos, con aceites, pinturas, colores, sedas y oro para hacernos deseables y hermosos; que tengamos la posición del confiado: ¿No soy amado? ¿Y no amo? ¿Y hay en la vida algo más importante que esto? Su contacto está en que nos hace volver la cabeza
para observar los ojos del amante, que nos duele en la ausencia del amante, y nos regocija en su presencia, que nos hace reposar los ojos saboreándolo en cada momento, atesorando cada momento del favor del amado como un regalo de la propia diosa.
Nos pide que abandonemos nuestros límites, que nos entreguemos a la unión. Nos desata de nuestras vidas separadas y nos vuelve a atar a la vida del otro, no tiene paciencia con las necesidades de la soledad.
En esto es implacable; cuando la negamos, no eligiendo un amante, deja caer sobre nosotros la sagrada locura que nos acerca inexorablemente al amante de su elección.
Sus lecciones son las del mar, el flujo y reflujo de la marea, la del amor y la falta del amor. Podemos cabalgar en la marea de la emoción, reconociendo nuestra humedad, empapados en la dulzura y la sal de las aguas de la vida, y seguir, sin embargo, nuestro propio curso; o podemos resistirnos a su atracción, y en la lucha ahogarnos en las abrumadoras corrientes del destino. Podemos tragarnos como el aire la salpicadura de el hecho de la pena, amarga por la pérdida, y lamentar cada contacto que no hemos tenido; o podemos aceptar esa medida que cae sobre nosotros, seguros en su promesa de que la marea siempre cambiará, y ella siempre se elevará de nuevo con el amanecer, envuelta en el color rosa y aromatizada con rosas, llamándonos de nuevo al latido y el gozo del amor.