Extasis Ritual: Magia Sexual Practica
Sobre la palabra hetaira
La palabra «hetaira» significa compañía. La he utilizado aquí en el sentido de practicante de la sexualidad sagrada, aplicándola igualmente a hombres y mujeres. El propio texto define los valores que doy a la compañía sexual. En Grecia, la palabra designaba a una clase particular de mujeres. La forma que funcionaba esa clase cambiaba con el tiempo y el lugar geográfico. Las estructuras familiares griegas, especialmente en las clases altas, se diferenciaban mucho de las nuestras, y también se diferenciaban unas de otras. Como regla general, las mujeres fueron perdiendo poder desde los tiempos arcaicos hasta los clásicos. En Atenas, especialmente en la época clásica, las mujeres de clase alta estaban físicamente confinadas en sus hogares. Hombres y esclavos hacían la compra. Los hombres pensaban en su mujer como alguien que dirigía la casa y tenía hijos. Estas eran las mujeres que se sentían atraídas hacia la veneración de Dionisos. También los artistas le veneraban, y el teatro griego se iniciaba con rituales compuestos en su honor. Los hombres atenienses mantenían relaciones con otros hombres; con frecuencia, adoptaban la forma de veneración al héroe de los jóvenes hacia los de más edad. Y
acudían a las hetairas si deseaban tener una relación con una mujer educada.
Incluso en la Atenas clásica, que no era el entorno más hospitalario para las mujeres fuertes, las hetairas mantenían el control de su propia vida. Tenían su casa y controlaban sus propiedades. Elegían a sus amantes, algunas uno cada vez, otras tenían varios al mismo tiempo.
Los amantes contribuían al funcionamiento de la casa; era la forma de ingresos que tenían las hetairas. Las mujeres transmitían esa posición de madre a hija, celebraban fiestas para artistas y filósofos,
patrocinaban proyectos de obras públicas y hacían ofrendas al templo.
Algunas se casaban, incluso entonces insistían en su derecho de hacer el amor con aquel que quisieran. Los estudiosos las llaman prostitutas.
Estas personas formaban la ciudadanía educada (aunque la mujer no participaba en los consejos que elaboraban las leyes, y solían ser representadas por sus parientes masculinos). En los estratos sociales
«inferiores», las esposas se movían con mayor libertad por la ciudad y el campo.
La estructura familiar de Esparta parece ser que concedía a la mujer mayor facilidad de movimientos, aunque posiblemente la mujer occidental moderna no se sintiera cómoda en esas circunstancias. Los muchachos y hombres jóvenes vivían en cuarteles comunes. Las jóvenes estudiaban en el santuario de Artemisa, dedicándose al entrenamiento social y las iniciaciones religiosas. Se casaban cerca de los 20 años, aunque en secreto. Los esposos visitaban el hogar familiar de la esposa durante la noche, y durante el día regresaban a los cuarteles. La pareja no podía tener una casa propia hasta los 30 años de edad. Los hombres se iban durante largos períodos de tiempo a las diversas batallas, y la mujer dirigía la casa y algunos de los servicios esenciales. También aquí los hombres se relacionaban entre ellos y se llevaban a las prostitutas y hetairas a las campañas.
En el mar Egeo, en la isla de Lesbos, las jóvenes constituían pequeños grupos sociales para la formación y las actividades religiosas. Esos agrupamientos podían durar la mitad de la vida, y la amistad y relaciones amorosas en ellos formadas sobrevivían incluso al matrimonio con hombres.
Las hetairas se metieron en cualquier lugar en que los griegos establecieron tiendas, en Italia, Egipto y Siria. Es difícil saber, cuándo los autores griegos y los estudiosos modernos utilizan la palabra, si se refieren a las mujeres educadas o a las prostitutas de menor educación, tanto mujeres como muchachos.
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Los que estudian el sacerdocio sexual de la India, Sumeria, Babilonia, Palestina, Egipto y el Mediterráneo dan el nombre de prostitutos a las sacerdotisas y sacerdotes. En general no suelen diferenciar entre la sexualidad sagrada y la profana, y casi siempre consideran el fenómeno a través de las lentes de la actitud cultural moderna hacia la prostitución.
Personalmente creo que debe trazarse una distinción entre los practicantes de la sexualidad sagrada y los de la profana. Debemos también tener en cuenta que darle dinero a una mujer o a un templo puede tener un significado diferente para la cultura, para el donante y para la sacerdotisa o sacerdote, y un significado distinto de aquel que le adscribimos.
También es fácil pensar con excesivo romanticismo en la hetaira, papel que ha revivido entre las mujeres griegas con cierto sentimiento de autodeterminación. Debemos recordar que eran los hombres los que escribían sobre ellas; y sus opiniones sobre lo que hacían y sobre sus motivaciones pueden apartarse sustancialmente de la realidad. Tenemos que diferenciar también entre la hetaira, la sacerdotisa que tenía poder y aquellas mujeres que se entregaban a la sexualidad sin que por ello aumentara su poder. En el templo de Afrodita en Corinto había un grupo de mujeres, muchas de las cuales eran esclavas y estaban sexualmente a la disposición de los veneradores del templo, incluyendo los marineros que llegaran al mismo. Los hombres que tenían relaciones con ellas pagaban al templo por el servicio, y por lo visto esas mujeres apenas veían nada del dinero. No sabemos mucho cómo era su vida, o lo que pensaban al respecto.
Hay alguna indicación de que las hetairas realizaban lo que nosotros reconoceríamos como sexualidad sagrada. Veneraban a Afrodita, quien podía estar relacionada con Astarté y Asherah, diosa semítica que contaba con poderosos sacerdocios sexuales. También algunos de los clubes griegos que frecuentaban los hombres, llamados hetaeria, se organizaban en relación con la veneración de deidades que no eran olímpicas. Un ejemplo notable es el de Phryne. Esta mujer de Boecia se hizo famosa como hetaira ateniense en el siglo rv a. de C. El escultor Praxíteles basó en ella su Afrodita, y la estatua se colocó en el templo de Afrodita en Knidus. Phryne fue acusada también en Atenas de organizar un grupo de veneradores de un dios que no estaba aprobado por el Estado, Isodaetes, corrompiendo la moral de los
jóvenes. En defensa de ella el orador Hipérides le desnudó el pecho y dijo a la asamblea: «¡He aquí una profetisa y una adivina de Afrodita!»
La asamblea reaccionó ante su belleza y sintió miedo, y posteriormente no permitió que estuviera presente un defensor cuando se debatían los cargos. Esto nos explica algo de Phryne y de Afrodita.
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APÉNDICE B
UN POCO DE HISTORIA