Fausto

Johan Wolfgang Goethe · Capítulo 27 de 47

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Fausto

Palacio Imperial

SALÓN DEL TRONO

EL CONSEJO DE ESTADO se halla reunido esperando al Emperador.

Toque de trompetas.

Entran CORTESANOS de toda suerte magníficamente vestidos.

EL EMPERADOR se sienta en el trono. A su derecha se coloca el ASTRÓLOGO.

EL EMPERADOR

Saludo a los leales y amados cortesanos, que de cerca y de lejos habéis venido a congregaros aquí. A mi lado veo al sabio, pero, ¿dónde está el loco?

UN GENTILHOMBRE

Detrás mismo de la cola de tu manto fué dando tumbos por la escalinata. Se llevaron aquel fardo de gordura muerto o embriagado; no se sabe.

F A U S T O

SEGUNDO GENTILHOMBRE

Al punto, con maravillosa presteza, corre otro para ocupar su puesto. Va muy ricamente vestido, pero tiene una facha tan grotesca que deja pasmados a todos. La guardia pone cruzadas ante él las alabardas en la puerta... Mas ya está ahí ese loco audaz.

MEFISTÓFELES

( Arrodillándose al pie del trono). ¿Qué es abominado y siempre bienvenido? ¿Qué se anhela con ardor y se rechaza sin cesar? ¿Qué es lo que siempre se protege? ¿Qué es duramente maldecido y acusado? ¿A quién no osas tú mandar venir? ¿A quién oyen todos nombrar con gusto? ¿Qué es lo que se acerca a las gradas de tu trono? ¿Que es lo que se ha desterrado a sí mismo?

EL EMPERADOR

Por esta vez, ahorra tus palabras. Aquí no están los enigmas en su lugar. Eso es asunto de aquellos señores. Da allí la solución, y la escucharé de buen grado. Mi antiguo bufón, harto lo temo, se ha ido al otro mundo. Ocupa su puesto, y ven a mi lado.

(MEFISTÓFELES sube las gradas del trono y se coloca a la izquierda del Emperador.)

MURMULLOS DE LA MULTITUD

Un nuevo bufón... Para nuevo tormento... ¿De dónde viene...? ¿Cómo ha podido introducirse...? El antiguo ha

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caído... Ha terminado su papel ... Era una cuba... El de ahora es un espárrago...

EL EMPERADOR

Así pues, leales y amados cortesanos, con bien vengáis de cerca y de lejos.

Os reunís bajo una estrella propicia. Allá arriba está escrito para nosotros: dicha y prosperidad. Mas decid: ¿por qué en estos días en que nos desembarazamos de cuidados y nos ponemos antifaz, como se acostumbra en una mascarada, sin otro afán que el de gozar de cosas alegres, por qué hemos de molestarnos celebrando consejo? Mas, puesto que vosotros entendéis que no podía ser de otra suerte, ya que llegó el caso, sea en buen hora.

EL CANCILLER

La suprema virtud, a guisa de aureola, circunda la frente del Emperador; sólo él puede ejercerla con validez: la justicia. Lo que aman todos los hombres, lo que todos piden y desean, y de que difícilmente pueden privarse, en la mano de él está otorgado al pueblo. Mas ¡ay! ¿Qué aprovechan al humano espíritu el entendimiento, al corazón la bondad y a la mano la diligencia, si el mal se desata con febril furor en el Estado y se propaga incubando nuevos males? Cuan-do uno, desde este alto sitio, mira hacia abajo contemplando el vasto Imperio, esto le parece un sueño penoso, en que la monstruosidad ejer-ce su despótico poder entre monstruosi- dades, en que la anarquía reina legalmente y donde se desenvuelve un mundo de errores. Este roba hatos de

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ganado, aquel arrebata una mujer, un cáliz, una cruz y los candeleros del altar, y durante muchos años se jacta de ello con el pellejo sano y el cuerpo indemne. Entonces los querellantes corren en tropel a la sala de justicia; el juez se pavonea sobre su alto almohadón; entretanto, agítase ondulante, en furiosa avenida, el creciente tumulto de amotinados. El uno tiene la avilantez de hacer gala de su infamia y sus fechorías; el otro se excusa con algunos cómplices más criminales, y tú oyes pronunciar la palabra culpable allí donde la inocencia está sola para defenderse ella misma. Así es que todo el mundo intenta destrozarse y aniquilar lo que es justo y razonable.

¿Cómo se desarro-llaría entonces el sentido, lo único que nos conduce a la rectitud? Al fin, el hombre de buenas intenciones se baja ante el adulón y ante el corruptor; el juez que no sabe castigar acaba por asociarse con el delincuente. Negro es el cuadro que os he pintado, y así, mejor hubiera yo querido correr sobre la pintura un velo más denso. ( Pausa.) Preciso es tomar una resolución; cuando todos causan daño, cuando todos sufren, la Majestad misma está en camino de la presa. EL GENERALÍSIMO

¡Qué alboroto se arma en estos días turbulentos! Cada uno hiere y es herido, y todos se hacen sordos al mandato. El burgués detrás de sus paredes, el caballero en su nido de rocas, hanse conjurado para hacernos frente y mantienen firmes sus fuerzas. El soldado mercenario se impacienta, exige con vehemencia su paga, y si dejáramos de serle

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deudores, desertaría con toda seguridad. Quien se opone a lo que todos quieren, ese ha hurgado en el avispero. Saqueado y devastado está el

Imperio que debían ellos defender. Déjase que su violencia cause fieros estragos; la mitad del mundo está ya arruinada. Hay todavía reyes fuera de aquí, pero ni uno solo de ellos piensa que pueda eso importarle lo más mínimo.

EL TESORERO

¿Quién puede contar con los aliados? los subsidios que nos habían prometido no llegan, como el agua de las cañerías averiadas. Además, Señor, en tus vastos, dominios, ¿en qué manos ha venido a parar la propiedad? Doquiera que uno vaya, un nuevo dueño ocupa la casa y quiere vivir independiente, y ha de estarse uno mirando como lo hace. Tantos derechos hemos abandonado, que no nos queda un derecho sobre cosa alguna. Por otra parte, no se puede hoy día tener la menor confianza en los partidos, cualquiera que sea su nombre; que ellos reprueben o que aplaudan, amor y odio han venido a ser indiferentes. Los gibelinos, lo mismo que los güelfos, se ocultan para tomar algún descanso. ¿Quién piensa ahora en ayudar a su vecino? Bastante trabajo tiene cada cual para sí. Las puertas del oro están atrancadas; todo el mundo rasca, hinca las uñas y atesora, y nuestras arcas quedan vacías.

EL SENESCAL

F A U S T O

¡Qué de angustias debo sufrir yo también! Todos los días quere-mos economizar, y cada día gastamos más, y diariamente nace para mí un nuevo tormento. A los cocineros no les aflige ninguna penuria: jabalíes, venados, liebres, corzos, pavos, gallinas, ocas y anades, esos tributos en especie, esas rentas seguras, ingresan aún tal cual, pero al fin falta el vino. Si en otro tiempo se amontonaban en la bodega toneles sobre toneles de los mejores ribazos y de los años mejores, las interminables orgías de los nobles chupan hasta la última gota. El Consejo municipal también ha de vender al por menor su provisión, se echa mano a los cuencos, se echa mano a los tazones, y el festín acaba debajo de la mesa. Ahora tengo que saldar cuentas, pagar a todos su salario. El judío no guardará contemplaciones conmigo: suministra anticipos que comen por adelantado año tras año. Los cerdos no llegan a engordar, están empeñados los colchones, y en la mesa se sirve pan comido antes de tiempo. EL EMPERADOR

( A Mefistófeles después de un momento de reflexión). Dime bufón, ¿no sabes tú también alguna otra calamidad? MEFISTÓFELES

¿Yo? No, en manera alguna, al mirar el esplendor que te rodea a ti y a los tuyos. ¿Podría faltar crédito allí donde la Majestad manda sin oposición; donde la fuerza está pronta a dispersar cuanto se muestre hostil; donde la buena voluntad, fortalecida por la inteligencia, y la múltiple actividad se tienen

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a mano? ¿Qué podría en este caso confabularse para el mal, para las tinieblas, allí donde brillan semejantes astros? MURMULLOS

Es un taimado... Ese lo entiende... Se insinúa a fuerza de mentir ... Según anda ello... Ya sé yo... lo que se oculta ahí detrás ... ¿Y qué más hay, pues...

? Un proyecto... MEFISTÓFELES

¿Dónde no falta alguna cosa en una parte cualquiera de este mundo? A uno le falta esto; a otro, aquello; pero aquí lo que falta es dinero. La verdad es que no se le coge a puñados del suelo; pero la sabiduría sabe hacer surgir lo que yace en lo más profundo. En las venas de las montañas, en los cimientos de los muros se encuentra oro acuñado y sin acuñar. ¿Y quién lo saca a luz? me preguntaréis: el poder de la naturaleza y el espíritu de un hombre capaz. EL CANCILLER

¡Naturaleza! ¡espíritu...! No es así como se habla a los cristianos. Por eso se quema a los ateos, porque tales palabras son altamente peligrosas. La Naturaleza es el pecado, el Espíritu es el Diablo, y entre los dos dan pábulo a la duda, su monstruoso engendro híbidro. No nos vengan con eso. De los antiguos dominios del Emperador sólo han salido dos castas que sostienen dignamente el trono: los eclesiásticos y los caballeros. Ellos son los que resisten todas las tormentas, y en recompensa se posesionan de la Iglesia y del Estado. Del

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sentimiento vulgar de los espíritus extraviados, despliégase una oposición: son los herejes, son los hechiceros, que corrompen la ciudad y el campo.

Con tus insolentes chocarrerías, pretendes ahora introducirlos de un modo fraudulento en estas elevadas esferas. ( Al Emperador.) Vos, Señor, guardáis muchas atenciones a un corazón corrompido. Con el loco están los tales emparentados de cerca.

MEFISTÓFELES

En eso reconozco al docto señor. Aquello que no palpáis, está cien leguas distante de vos; aquello que no comprendéis, para vos no existe; aquello

que no calculáis, creéis que no es verdad; aquello que no pesáis, no tiene para vos peso alguno; aquello que no podéis amonedar, imagináis que nada vale. EL EMPERADOR

Con eso no se remedian nuestras necesidades. ¿Qué pretendes ahora con tu sermón de cuaresma? Harto estoy de esos sempiternos sí y cómo. Lo que hace falta es dinero. Pues, bien, a ver si nos lo facilitas.

MEFISTÓFELES

Os facilitaré lo que deseáis y aun más. No hay duda que esto es fácil; pero lo fácil es difícil. El dinero ya está ahí, mas para obtenerlo, y ésta es la habilidad, ¿quién sabe cómo se las ha de componer? Tened sólo en cuenta que en aquellas épocas de terror, en que oleadas de hombres inundaban el J O H A N W O L F G A N G G O E T H E

país y la nación, tales o cuales, tanto era el pa-vor de que estaban poseídos, escondieron acá y acullá sus más precia- dos tesoros. Siempre sucedió así en tiempo de los poderosos romanos, y así ha sucedido desde entonces hasta ayer y aún hasta hoy. Todo ello está secretamente sepultado en tierra; la tierra es del Emperador, suyos son, pues, tales tesoros. EL TESORERO

Por ser loco, no se expresa mal. Este es, en realidad, el derecho del antiguo Emperador.

EL CANCILLER

Satán os tiende lazos tejidos de oro. Eso no se hace de un modo piadoso y natural.

EL SENESCAL

Que nos depare tan siquiera dones que sean bien recibidos en la corte, y con gusto cometería yo un pecadillo. EL GENERALÍSIMO

El bufón es muy sagaz; promete a cada uno lo que le aprovecha. El soldado no se mete por cierto en averiguar de dónde ello viene.

MEFISTÓFELES

Y si pensáis tal vez que os engaño, aquí está un hombre. ¡Vedle aquí!

Consultad al astrólogo. Esfera por esfera,

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conoce la hora y la casa. Conque, di: ¿cuál es el aspecto del cielo?

MURMULLOS

Son dos pícaros... Ya se entienden ellos... Un loco y un visio-nario... Tan cerca del trono... La vieja canción... tantas veces repetida... El loco hace de apuntador... el sabio habla. EL ASTRÓLOGO

( Repitiendo lo que Mefistófeles le apunta). El Sol mismo es oro puro; Mercurio, el mensajero, sirve por favor y por salario; la señora Venus os ha hechizado a todos, y tarde o temprano os mira con dulces ojos; la casta Luna muestra un humor caprichoso; si Marte no os alcanza, os amenaza su poder, y Júpiter sigue siendo siempre el más hermoso lucero. Saturno es grande, lejano y pequeño al ojo; como metal, no le honramos mucho, exiguo en valor, pero grande en peso. Sí; cuando con el Sol se casa oportunamente la Luna, y con la plata el oro, entonces el mundo está contento y feliz; todo lo que le falta se puede lograr: palacios, jardines, mórbidos pechos, sonrosadas mejillas. Todo esto lo proporciona el hombre sapientísimo que puede hacer lo que no es posible para ninguno de nosotros.

EL EMPERADOR

Oigo por duplicado lo que dice, pero ello no me convence.

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MURMULLOS

¿Qué nos importa eso...? Bufonadas de las que nadie hace caso...

Astrología... Alquimia... Eso muchas veces lo he oído... y esperado en vano... Y aunque se salga él con la suya... no dejará de ser un farsante.

MEFISTÓFELES

Ahí están en derredor mío, llenos de asombro y sin creer en el gran descubrimiento. El uno desatina acerca de la mandrágoras, el otro acerca del perro negro. ¿De qué sirve que el uno la eche de agudo, que el otro clame contra la hechicería, si un día por casualidad sienten hormigueo en la planta de los pies o dejan de tener seguro el paso? Todos experimentáis la secreta influencia de la Naturaleza eternamente activa, y de las regiones más inferiores sube serpenteando un rastro viviente. Cuando sintáis comezón en todos los miembros, cuando en un paraje os halléis inseguros, luego al punto resueltamente cavad y ahondad: allí yace el músico, allí está el tesoro.

MURMULLOS

Tengo pesados los pies cual si fueran de plomo... Me dan calambres en el brazo... Es la gota... Yo siento hormigueo en el dedo gordo... A mí me duele todo el espinazo... Por unos tales indicios, éste sería el punto más rico en tesoros. EL EMPERADOR

F A U S T O

¡Al avío! pues. Esta vez no te escapas. Verifica las burbujas de tus mentiras, y muéstranos al punto esos ricos lugares. Yo depongo espada y cetro, y con mis propias manos augustas quiero, si no mientes, llevar a cabo la obra, y si mientes, mandarte al infierno.

MEFISTÓFELES

En todo caso, ya sabría encontrar el camino... Pero sería cosa de nunca acabar si fuera yo a decir lo que yace en todas, partes en espera de posesor.

El labriego que está abriendo el surco por medio del arado, levanta con el terrón una jarra llena de oro; de una pared de tierra apisonada espera uno encontrar salitre, y con sobresalto, con alegría, encuentra en su mísera mano barras de oro reluciente. ¡Qué de bóvedas hay que hacer saltar, en qué resquebraduras, en qué galerías no ha de estrujarse para llegar a dos dedos del infierno aquel que es sabedor de un tesoro! En espaciosas cuevas, guardadas de antiguo por todos lados, ve ante él dispuestas hileras de tazas, fuentes y platos de oro; hay también copas de rubíes, y si quiere servirse de ellas no falta allí cerca un licor extraañejo. Pero -podéis bien creer al conocedor- desde mucho tiempo está podrida la madera de las duelas, y el tártaro ha formado un nuevo tonel al vino. Las esencias de tan generosos vinos, lo propio que el oro y las joyas, se rodean de tinieblas y espantos. El sabio escudriña allí sin darse punto de reposo. Bagatela es descubrir tales cosas a la luz del día. Entre tinieblas, están en su elemento los misterios.

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EL EMPERADOR

Esos los dejo para ti. ¿Para qué pueden servir las tinieblas? Si alguna cosa tiene valor, muéstrelo a la luz del sol. ¿Quién distingue lo suficiente al bribón en la noche oscura? Negras son las vacas, como pardos son los gatos. Maneja tu arado, y labrando la tierra, saca a luz esas jarras llenas de oro que están ahí abajo.

MEFISTÓFELES

Empuña el azadón y la pala; cava tú mismo. El trabajo de campesino te va a engrandecer, y del suelo surgirá un rebaño de becerros de oro. Entonces, sin reparo alguno, con embeleso podrás engalanarte a ti mismo y engalanar a tu amada. Una pedrería radiante de color y luz da realce tanto a la belleza como a la majestad.

EL EMPERADOR

Pues ¡al momento! ¡al momento! ¿Hasta cuándo hay que es perar?

EL ASTRÓLOGO

( Como antes). Modera, Señor, tan apremiante anhelo. Deja pasar primero la abigarrada fiesta. Un ánimo distraído no nos conduce al fin propuesto. Ante todo, es menester purificarnos en el recogimiento, merecer lo inferior por medio de lo superior. Quien quiera el bien, empiece por ser bueno; quien ansíe el gozo, aquiete su sangre; quien apetezca

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vino, estruje racimos maduros; quien milagros espere, fortalezca su fe.

EL EMPERADOR

Pasemos, pues, el tiempo en medio del regocijo y en muy buena hora, llegue el miércoles de Ceniza. Entretanto, sea como fuere, celebremos con más alegría que nunca el bullicioso carnaval.

( Toque de trompetas. Vanse.)

MEFISTÓFELES

Cómo se enlazan el mérito y la fortuna, eso jamás se les ocurre a los necios.

Si tuviesen ellos la piedra filosofal, no habría filósofo para la piedra.