Fausto

Johan Wolfgang Goethe · Capítulo 45 de 47

Páginas del PDF

Fausto

Medianoche

Entran CUATRO MUJERES CANOSAS

LA PRIMERA

Yo me llamo la Escasez.

LA SEGUNDA

Yo me llamo la Deuda.

LA TERCERA

Yo me llamo la Inquietud.

LA CUARTA

Yo me llamo la Miseria.

TODAS MENOS LA INQUIETUD

Cerrada está la puerta; no podemos entrar. Ahí dentro vive un rico; no queremos entrar.

LA ESCASEZ

F A U S T O

Allí me convierto en sombra.

LA DEUDA

Allí me reduzco a la nada.

LA MISERIA

Desvían de mí el semblante estragado.

LA INQUIETUD

Vosotras hermanas, no podéis ni osáis entrar. La Inquietud, por su parte, se introduce furtivamente por el ojo de la llave. ( La Inquietud desaparece). LA ESCASEZ

Vosotras, canosas hermanas, alejaos de aquí. LA DEUDA

Yo no me separo ni un ápice de tu lado.

LA MISERIA

Muy cerca de tus talones te acompaña la Miseria, la menguada suerte.

LAS TRES

Pasan las nubes, desaparecen las estrellas. ¡Allí detrás, allí detrás! De lejos, de lejos, allí viene nuestra hermana; allí viene ella... la Muerte.

J O H A N W O L F G A N G G O E T H E

FAUSTO

( En el palacio). Cuatro he visto venir, y sólo tres veo marchar. No pude comprender el sentido de sus palabras. Ello sonaba cual si dijeran: Miseria, menguada suerte, y seguía un lúgubre consonante: Muerte. Esto producía un sonido cavernoso, ahogado, como la voz de un espectro. Por más que luche, no he logrado aún la libertad. Si de mi camino pudiera yo alejar la magia, si me fuera dado olvidar del todo las fórmulas de encanto; si ante ti, Naturaleza, no fuese más que un simple mortal, entonces valdría la pena de ser hombre. Yo lo fui en otro tiempo, antes de buscar en las sombras, antes de haber maldecido con una impía palabra a mí y al mundo. Ahora está el aire tan lleno de tales fantasmas, que nadie sabe cómo debe huir de ellos.

Hasta cuando nos sonríe un día lúcido y razonable, la noche nos enreda en una trama de sueños. Volvemos regocijados de la verde campiña y oímos graznar un ave. ¿Qué presagia tal graznido? Infortu- nio. Envueltos tarde y temprano en las redes de la superstición, todo son apariciones, avisos, presagios, y de tal suerte atemorizados, nos encontramos solos... Rechina la puerta, y nadie entra. ( Sobresaltado). ¿Hay aquí alguien? LA INQUIETUD

La pregunta requiere un sí.

FAUSTO

Y tú ¿quién eres, pues?

F A U S T O

LA INQUIETUD

Aquí estoy ya.

FAUSTO

¡Vete!

LA INQUIETUD

Estoy en el sitio debido.

FAUSTO

(Primero colérico, después apaciguado. Para sí). Andate con tiento y no profieras ninguna palabra mágica.

LA INQUIETUD

Aunque ningún oído me escuchara, debiera esto hallar eco en el corazón; en una forma cambiante, ejerzo un poder terrible. En las sendas de la tierra, en

las ondas del mar, soy el compañero eternamente angustioso, a quien se encuentra siempre sin buscarlo jamás, tan lisonjeado como maldecido. ¿No conociste nunca la Inquietud?

FAUSTO

Sólo he atravesado corriendo el mundo. He asido por los cabellos cada deseo; lo que no me satisfacía, lo dejaba, y lo que huía de mi dejábalo correr. No hice más que anhelar y satisfacer mis afanes, y anhelar de nuevo, y así con pujanza he pasado impetuosamente mi vida, grande y poderosa al principio, más ahora anda ella con tino y prudencia. El globo J O H A N W O L F G A N G G O E T H E

terrestre me es bastante conocido. Hacia el más allá la vista nos está cerrada. Insensato es quien dirige allí los ojos pestañeando, quien imagina encontrar su igual más arriba de las nubes. Manténgase firme y mire aquí en torno suyo. Este mundo, para el hombre inteligente, no es mudo. ¿Para qué necesita un hombre tal andar errante en la eternidad? Lo que él conoce se deja aprehender. Siga así su vía todo lo largo de la jornada terrena, si se presentan fantasmas, vaya él su camino; en su avance progresivo encuentre tormentos y dichas, él que ni un solo instante está satisfecho. LA INQUIETUD

A aquel que está una vez en mi poder, de nada le sirve el mundo entero; para él desciende una eterna lobreguez; para él no sale ni se pone el sol; teniendo sentidos exteriores perfectos, anidan las tinieblas en su interior. De ningún tesoro sabe ponerse en posesión. Felicidad y desdicha resultan quimeras; se muere de hambre en el seno de la abundancia; sean delicias, sean pesares, todo lo remite al día de maña-na; sólo está atento a lo porvenir, y así no acaba nunca.

FAUSTO

¡Basta ya! De esta manera no puedes cogerme. No quiero escuchar tales desatinos. ¡Vete! Esa fastidiosa letanía podría engañar aún al hombre más avisado.

LA INQUIETUD

F A U S T O

¿Debes ir? ¿Debes venir? Le falta resolución. En medio del camino trillado, vacila y anda a tientas con paso breve. Extravíase cada vez más, todo lo ve a tuertas, y acaba por hacerse odioso a sí mismo y a los demás, respirando y ahogándose, no ahogado y sin vida, ni desesperado ni resignado. Un tan

incesante rodar, una abstención dolorosa, un ingrato deber, ora libertad, ora opresión, un sueño a medias, un mal refrigerio le clavan en su sitio y le disponen para el infierno.

FAUSTO

¡Fantasmas funestos! ¡Ved ahí cómo tratáis mil veces al li- naje humano!

Aun los días indiferentes los transformáis en odioso revoltillo, de entrelazados tormentos. De los demonios, bien lo sé, difícilmente uno se libra; no hay medio de romper el estrecho lazo espiritual, mas tu poder, ¡oh Inquietud!, que se agranda de un modo imperceptible, no lo reconozco.

LA INQUIETUD

Experiméntalo ahora que, maldiciéndote, me alejo de ti. Los hombres son ciegos durante toda la vida. Al Presente ¡oh Fausto! sélo tú al fin. ( Le sopla en el rostro y desaparece.) FAUSTO

( Cegado). La noche parece penetrar cada vez más profundamente, pero en mi interior brilla una luz clara. Lo que yo imaginé, me apresuro a ejecutarlo. La palabra del

J O H A N W O L F G A N G G O E T H E

señor es la única que tiene autoridad. ¡Arriba! ¡Fuera de la cama, vosotros mis servidores, uno por uno! Poned felizmente de manifiesto lo que con audacia concebí. Empuñad los útiles, poned en movimiento pala y azadón.

El plan diseñado debe llevarse luego a feliz término. De un orden riguroso, de una febril actividad, resulta la más bella recompensa. Para dar cima a la más grande obra, un solo ingenio basta a mil manos.

F A U S T O