Fausto
Sitio Despejado
UN VIAJERO
EL VIAJERO
Sí, aquellos son los tilos umbrosos en la fuerza de su edad. ¡y yo debo encontrarlos de nuevo después de tan largo viaje! Así éste es el antiguo sitio, ésta es aquella choza que me cobijó cuando las olas, agitadas por la tempestad, me arrojaron a aquellas dunas. Quisiera bendecir a mis compasivos huéspedes, pareja excelente que era ya harto entrada en años en aquellos días para que hoy vuelva yo a encontrarla. ¡Ah! ¡Qué buena gante era! ¿Llamaré a la puerta? ¿Llamaré a voces...? Yo os saludo, si hospitalarios, gozáis aún hoy día de la dicha de hacer bien.
BAUCIS
( Buena mujer muy viejecita). Quedito, quedito, caro ad- venedizo, silencio.
Deja descansar a mi esposo. Un sueño
J O H A N W O L F G A N G G O E T H E
prolongado depara al anciano la pronta actividad de una breve vigilia.
EL VIAJERO
Di, buena mujer: ¿eres tú la misma, para recibir aún mis gracias por lo que en otro tiempo hiciste, junto con tu marido, para salvar la vida de un joven?
¿Eres tú Baucis, aquella que solícita refrigera la casi expirante boca? Entra EL MARIDO
EL VIAJERO
¿Eres tú Filemón, aquel que tan esforzado arrancó mi tesoro a las olas? Las llamas de vuestro fuego vivo, el son argentino de vuestra esquila... Sí, a vosotros estaba confiado el desenlace de aquella horrible aventura. Y ahora, permitid que me adelante, que contemple el mar sin límites; dejad que caiga de hinojos, dejadme orar. ¡Tengo tan oprimido el pecho...! ( Avanza sobre la duna.) FILEMÓN
( A Baucis). Apresúrate a poner la mesa en el sitio más ameno y florido del pequeño jardín. Déjale que corra, deja que se asombre, pues no cree lo que está viendo. ( Sigue al Viajero y se coloca a su lado). El mar que tan fieramente os
maltrató, ola tras ola, espumando bravío, veislo transformado en jardín, en un cuadro paradisíaco. Ya más viejo, no estaba yo en aptitud ni era capaz de prestar ayuda como antes, y cuando decayeron mis fuerzas, la ola estaba ya lejos también.
F A U S T O
Audaces servidores de hábiles maestros abrieron fosos, levantaron diques, redujeron los derechos del mar para ser señores allí donde antes él dominaba. Mira como verdean una pradera tras otra, dehesa, jardín, aldea y bosque... Mas ven ahora a tomar algún alimento, porque el sol va a dejarnos en breve... Allá en el punto más lejano, deslízanse unas velas, que buscan seguro puerto donde pasar la noche- las aves conocen bien su nido-, porque ahora el puerto está allí. En lontananza, pues, no percibes más que la franja azul del mar; y a derecha e izquierda, en toda su amplitud, un espacio densamente habitado.
J O H A N W O L F G A N G G O E T H E