Fausto
La Noche
Una estancia gótica, estrecha y de elevada bóveda. FAUSTO , inquieto, sentado en su sillón delante de un pupitre.
FAUSTO
Con ardiente afán ¡ay! estudié a fondo la filosofía, jurispru-dencia, medicina y también, por mi mal, la teología; y héme aquí ahora, pobre loco, tan sabio como antes. Me titulan maestro, me titu-lan hasta doctor y cerca de diez años ha llevo de los cabezones a mis discípulos de acá para allá, a diestro y siniestro... y veo que nada podemos saber. Ésto llega casi a consumirme el corazón. Verdad es que soy más entendido que todos esos estultos, doctores,. maestros, es- critorzuelos y clérigos de misa y olla; no me atormentan escrúpulos ni dudas, no temo al infierno ni al diablo... pero, a J O H A N W O L F G A N G G O E T H E
trueque de eso, me ha sido arrebatada toda clase de goces. No me figuro saber cosa alguna razonable, ni tampoco imagino poder enseñar algo capaz de mejorar y convertir a los hombres. Por otra parte, carezco de bienes y caudal, lo mismo que de honores y grandezas mundanas, de suerte que ni un perro quisiera por más tiempo soportar semejante vida. Por esta razón me di a la magia, para ver si mediante la fuerza y la boca del espíritu, me sería revelado más de un arcano, merced a lo cual no tenga en lo sucesivo necesidad alguna de explicar con fatigas y sudores lo que ig-noro yo mismo, y pueda con ello conocer lo que en lo más intimo mantiene unido el universo, contemplar toda fuerza activa y todo germen, no viéndome así precisado a hacer más tráfico de huecas palabras.
¡Oh luna, que brillas en toda tu plenitud! ¡Ojalá vieras por vez postrera mi tormento! Tú, a quien tantas veces a la medianoche espe-raba yo velando junto a este pupitre; entonces, inclinado sobre papeles y libros, te me aparecías, triste amiga mía. ¡Ah! ¡Si a tu dulce claridad pudiera al menos vagar por las alturas montañosas o cernerme con los espíritus en derredor de las grutas del monte, moverme en las praderas a los rayos de tu pálida luz, y, libre de toda la densa humareda del saber, bañarme sano en tu rocío! ¡Ay de mí! ¿Todavía estoy metido en esa mazmorra? Execrable y mohoso cuchitril, a través de cuyos pintados vidrios se quiebra morte-cina la misma grata luz del cielo.
Estrechado por esa balumba de li-bros roídos por la polilla, cubiertos de polvo, y alrededor de los cuales, llegando hasta
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lo alto de la elevada bóveda, se ven pegados primeros de ahumados papeluchos; cercado por todas partes de redomas y botes; atestado de aparatos e instrumentos; abarrotado de cachivaches, herencia de mis abuelos... ¡He aquí tu mundo! ¡Y a éso se llama un mundo!
¿Y aún preguntas por qué tu corazón se oprime ansioso en tu pecho, por qué un dolor indecible paraliza en ti todo movimiento vital? En lugar de la naturaleza viviente en cuyo seno creó Dios a los hombres, sólo ves en torno tuyo esqueletos de animales y osamentas de muertos, todo confundido entre el humo y la podredumbre. ¡Ea! ¡Fuera de aquí! ¡Huye al dilatado campo! ¿Acaso no es para ti suficiente salvaguardia este misterioso libro de la propia mano de Nostradamus?. Entonces conocerás el curso de los astros, y si la Na-turaleza te alecciona, entonces se te abrirá la potencia del alma, y te hablará como habla un espíritu a otro espíritu. en vano es que la árida meditación te descifre aquí los sagrados signos. ¡vosotros, espíritus que flotáis junto a mi, respondedme, si oís mi acento! ( Abre el libro y ve el signo del Macrocosmo).
¡Ah! ¡Qué deleite invade súbitamente todos mis sentidos a la vista de este signo! Siento circular por mis nervios y venas, otra vez enardecida, una nueva y santa dicha de vivir. ¿Fué un dios quien trazó estos signos que calman el hervor de mi pecho, llenan de gozo mi pobre corazón, y mediante un misterioso impulso descubren en torno mío las fuerzas de la Naturaleza?
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¿Soy un dios? ¡Todo se hace para mí tan claro! En estos simples rasgos veo expuesta ante mi alma la Naturaleza en plena actividad. Ahora, por vez primera, comprendo lo que dice el Sabio: "El mundo de los espíritus no está cerrado; tu sentido está obtuso, tu corazón está muerto. ¡Ánimo, discípulo, baña sin descanso tu pecho terrenal en los rayos de la aurora!" ( contempla el signo). ¡Cómo se entretejen todas las cosas para formar el Todo, obrando y viviendo lo uno en lo otro! ¡Cómo suben y bajan las potencias celes-tes pasándose unas a otras los cubos de oro!. Con alas que exhalan
bendiciones, penetran desde el cielo a través de la tierra llenando de armonía el Universo entero.
¡Qué espectáculo! Mas ¡ay! ¡un espectáculo tan sólo! ¿Por dónde asirte, Naturaleza infinita? ¿Cómo coger tus pechos, manantiales de toda vida, de quienes están suspendidos el cielo y la tierra, y contra los cuales se oprime el lánguido seno? Os mostráis túrgidos, ofrecéis el sustento que mana de vosotros, ¿Y yo me consumiré así en vano? ( Vuelve con despecho la hoja del libro, y percibe el signo del espíritu de la Tierra).
¡Cuán diversamente obra en mi ser este signo! Estás más cerca de mí, espíritu de la Tierra; siento ya más exaltadas mis fuerzas y há-llome enardecido, como si fuera por efecto del vino nuevo. Siéntome con bríos para aventurarme en el mundo, para afrontar las amarguras y dichas terrenas, para luchar contra las tormentas y permanecer impávido en medio de los crujidos del naufragio.
F A U S T O
Anúblase el ambiente sobre mi... la luna vela su luz... mi lám-para se amortigua. Exhálanse vapores...
rojas centellas surcan el aire en derredor de mis sienes... un frío estremecimiento baja como un soplo desde la bóveda y se apodera de mí. Bien lo veo: eres tú que flotas en torno mío. espíritu que yo imploro. ¡Muéstrate a mi vista! ¡Ah! ¡cómo se sobresalta mi corazón! Todos mis sentidos pugnan por abrirse a nuevas impresiones. Siento cómo mi corazón se entrega, por completo a ti. ¡Aparece!
¡aparece! Preciso es, aunque me cueste la vida.
( Coge el libro y pronuncia misteriosamente el signo del espíritu. Surge de pronto una llama rojiza, y en medio de ella aparece EL
ESPÍRITU).
EL ESPÍRITU
¿Quién me llama?
FAUSTO
( Volviendo la cabeza a otro lado). ¡Espantosa visión! EL ESPÍRITU
Me has atraído con fuerza; largo tiempo aspiraste en mi esfera, y ahora...
FAUSTO
¡Ay de mí! No puedo resistir tu presencia. EL ESPÍRITU
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Suspiras anhelante por contemplarme, oír mi voz y ver mi rostro. La poderosa instancia de tu alma me obliga a ceder. Aquí me tienes... ¡Qué mezquino terror se apodera de ti, criatura sobrehumana!
¿Qué se hizo del clamor de tu alma? ¿Do está aquel pecho que se creaba un mundo dentro de sí, lo llevaba y mantenía con esmero; aquel pecho que se henchía con estremecimientos de gozo para encumbrarse al nivel de nostros, los espíritus? ¿Dónde estás, Fausto, tú, cuyo acento llegaba hasta mí, y que con todas tus fuerzas pugnabas por alcanzar-me? ¿Eres tú quien, al sentirse envuelto en los efluvios de mi aliento, tiembla en todas las profundidades vitales, un gusano que huye medroso y encogido?
F A U S T O
FAUSTO
¿Yo retroceder ante ti, engendro de la llama? ¡Soy yo, soy Fausto, tu igual!
EL ESPÍRITU
En el oleaje de la vida, en el torbellino de la acción, ondulo subiendo y bajando, me agito de un lado a otro. Nacimiento y muerte, un océano sin fin, una actividad cambiante, una vida febril: así trabajo yo en el zumbador telar del Tiempo tejiendo el viviente ropaje de la Divinidad. FAUSTO
Tú, que vagas por toda la redondez de la vasta tierra, espíritu afanoso, ¡cuán cerca me siento de ti! EL
ESPÍRITU
Te igualas al espíritu que tú concibes, no a mí. (Desaparece).
FAUSTO
( Anonadado). ¿No soy igual a ti? ¿A quién, pues? Yo, imagen de la Divinidad, ¿ni tan siquiera me
igualo a ti? ( Llaman a la puerta).
¡Maldición! Bien lo sé... es mi fámulo. Mi más bella felicidad se reduce a la nada. ¿Por qué ha de venir ese árido socarrón a desbaratar este mundo de visiones? ( Entra WAGNER con bata y gorro de dormir, llevando una luz en la mano. FAUSTO le vuelve la espalda con enojo).
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WAGNER
Perdonad; os oí declamar. ¿Leíais, sin duda, una tragedia griega? Algo quisiera yo aprovechar en este arte, porque hoy día es cosa de gran efecto. No pocas veces he oído decir en son de elogio que un comediante podía dar lecciones a un clérigo.
FAUSTO
Cierto, si el clérigo es un comediante, como puede muy bien darse el caso algunas veces.
WAGNER
¡Ah! Cuando uno se halla así como encantado en su mu- seo, sin ver apenas el mundo algún día festivo, y sólo de lejos, casi no más que con un anteojo, ¿cómo podrá dirigirlo por medio de la persuasión?
FAUSTO
No lo conseguiréis con todos vuestros afanes si no lo sentís, si ello no surge de vuestra alma y con encanto muy poderoso y sostenido no subyuga los corazones de todo el auditorio. Ya podéis estar siempre clavado en una silla, hacer una amalgama de todo, aderezar un guiso con los relieves de ajeno festín y sacar a fuerza de soplo mezquinas llamas de vuestro puñado de cenizas. Podréis así excitar la admiración de los niños y de los monos, si tal es vuestro gusto, mas nunca haréis llegar el corazón a los corazones si ello no os sale del corazón.
F A U S T O
WAGNER
Pero la elocuencia labra el éxito del orador. Bien lo comprendo: todavía estoy muy atrasado.
FAUSTO
Buscad el logro de buena ley; no seáis un bufón que hace sonar sus cascabeles. La razón y el verdadero sentimiento se expresan ellos mismos con escaso artificio; y si deseáis decir alguna cosa de impor-tancia, ¿qué necesidad tenéis de ir a caza de palabras? Sí; vuestros discursos, que tan brillantes son, y en los cuales rizáis recortes de papel para la humanidad, son pesados como el brumoso viento de otoño que murmura a través de las secas hojas. WAGNER
¡Ay, Dios! El arte es largo, y breve es nuestra vida. En mis esfuerzos de crítica llego a temer no pocas veces por mi ca- beza y mi pecho. ¡Cuán arduos de conseguir nos son los medios por los cuales se remonta uno a la fuente! Y sin duda ha de morir el pobre diablo antes de haber andado sólo la mitad del camino.
FAUSTO
¿Crees tú que un árido pergamino es la fuente sagrada que, con sólo beber un trago de ella, apague la sed para siempre? No hallarás refrigerio alguno si no brota de tu propia alma.
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WAGNER
Perdonad, pero no deja de ser un vivo deleite transportarse al espíritu de los tiempos para ver cómo pensó algún sabio antes que nosotros, y considerar después a qué gloriosas alturas al fin hemos llegado.
FAUSTO
¡Oh, sí! hasta las estrellas. Los tiempos pasados, amigo mío, son para nosotros un libro de siete sellos. Lo que llamáis espíritu de los tiempos no es en el fondo otra cosa que el espíritu particulas de esos señores, en quienes los tiempos se reflejan y a decir verdad, todo ello resulta muchas veces una miseria tal que uno se os aparta con asco al primer golpe de vista. Es un cesto de basura, un cuarto de
trastos viejos, y a lo sumo un mal dramón histórico con excelentes máximas pragmáticas, de esas que tan bien cuadran en boca de títeres.
WAGNER
Pero, ¿y el mundo, y el corazón, y el espíritu humano? ¿Quién no desea saber de ello alguna cosa?
FAUSTO
Cierto; ¡lo que así denominan saber! ¿Quién se atreve a llamar al niño por su nombre verdadero? Los pocos hombres que han sabido algo de esto, que, asaz insensatos, no supieron evitar que se desbor-dara su corazón, y descubrieron al mundo sus sentimientos y sus ideas, en todo F A U S T O
tiempo han sido crucificados o condenados a la hoguera... Pero dispensadme, amigo, la noche está muy avanzada, y es menester que por hoy hagamos punto aquí. WAGNER
Con gusto hubiera seguido en vela para continuar con vos una plática tan instructiva; pero mañana, como primer día de Pascua, per-mitidme haceros alguna que otra pregunta. Con afán me he consagrado al estudio; verdad es que ya sé mucho, pero quisiera saberlo todo. ( Vase.) FAUSTO
( Solo). ¡Cómo nunca desaparece toda esperanza de la cabeza de aquel que siempre se aferra a cosas insulsas! Con ávida mano escarba la tierra buscando tesoros, y se da por satisfecho, si encuentra unas lombrices. ¿Es posible que se deje oír semejante voz humana en este sitio, donde me rodeaba un mundo de visiones? Mas ¡ay! por esta vez te lo agradezco, ¡oh tú, el más mísero de todos los hijos de la tierra! Tú me arrancaste de los brazos de la desesperación, que amenazaba trastornar mis sentidos.
¡Ah! Tan colosal era la aparición que a su lado no pude menos de juzgarme un pigmeo.
Yo, imagen de la Divinidad, yo que me figuraba estar ya muy cerca del espejo de la verdad eterna, que gozaba de mí mismo, bañado en la luz y el esplendor celeste, y había despojado al hijo de la tierra; yo, superior al querubín, yo, cuya libre fuerza, llena de presen-timientos, ya pretendía J O H A N W O L F G A N G G O E T H E
osadamente correr por las venas de la Natura-leza, y, creando, aspiraba a gozar de la vida de los dioses, ¡cómo debo expiar mi vana presunción! Una sola palabra, potente como el rayo, ha bastado para anonadarme.
No puedo pretender igualarme a ti. Si tuve poder para atraerte, no lo tuve para conservarte junto a mí.
En aquellos felices instantes ¡sentíame a la vez tan pequeño y tan grande! Me rechazaste despia-dado, sumiéndome de nuevo en la incierta suerte humana. ¿Quién me instruirá? ¿Qué debo evitar? ¿Tengo que ceder a aquel impulso? ¡Ay! Nuestras mismas acciones, lo propio que nuestros sufrimientos, entor- pecen la marcha de nuestra existencia.
En las más sublimes concepciones del espíritu se ingiere de continuo materia cada vez más extraña.
Cuando llegamos a lo bueno de este mundo, lo mejor se califica entonces de engaño e ilusión. Los nobles sentimientos que nos dieron la vida se .amortiguan en medio del bullicio mundanal. Si la fantasía, llena de esperanza y con vuelo audaz, se extiende de ordinario hacia lo infinito, un breve espacio es suficiente para ella cuando una dicha tras otra naufragan en el remolino de los tiempos. Al punto anida la inquietud en el fondo del corazón engendrando allí secretos dolores, y se agita intranquila turbando placer y reposo. Cúbrese sin cesar con nuevos disfraces y puede aparecer ora como hacienda y hogar, y ora como esposa e hijo, o bien como fuego, agua, puñal o veneno.
Tiemblas ante todo lo que no te alcanza, y tienes que llorar sin tregua aquello que nunca pierdes.
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No; no me igualo a los dioses. Harto lo comprendo. Me asemejo al gusano que escarba el polvo, y mientras busca allí el sustento de su vida, le aniquila y sepulta el pie del caminante.
¿No es polvo también todo cuanto llena estos cien estantes de los altos muros que me oprimen, y ese fárrago, que con mil fruslerías y bagatelas me ciñe en este mundo de carcoma y polilla? ¿Y es aquí dónde he de encontrar lo que me falta? ¿Tengo acaso necesidad de leer en estos mil libracos que en todas partes se atormentaron los hombres, y que sólo aquí y allí ha habido uno que fuera dichoso? Y
tú, vacía calavera, ¿por qué me miras riendo con sorna, cual si me dijeras que tu cerebro, desconcertado en otro tiempo como el mío, buscó la serena luz del día, y sendiento de verdad, erró lastimosa-mente en el triste crepúsculo? Vosotros, instrumentos, sin duda hacéis mofa de mí con esas ruedas y esos dientes, cilindros y arcos. Yo estaba frente a la puerta; vosotros debías ser las llaves, y con todo y tener vuestras guardas bien rizadas, no movéis el pestillo. Misteriosa en pleno día, la Naturaleza no se deja despojar de su velo, y lo que ella se niega a revelar a tu espíritu, no se lo arrancarás a fuerza de palancas y tornillos. Tú, ve-tusto ajuar que nunca utilicé, ahí te estás sólo porque mi padre se sirvió de ti. Y tú, vieja polea, ¡cómo te has ennegrecido desde que la triste lámpara ha humeado sobre este pupitre! Mucho mejor hubiera obrado yo disipando lo poco que poseo, que estarme aquí sudando agobiado por el peso de tal escasez. Lo que tú heredaste de tus padres, adquiérelo para gozar de ello. Lo que
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no se utiliza es una carga pesada; sólo puede ser de provecho aquello que crea el momento.
Mas, ¿por qué se fija mi vista en aquel sitio? ¿Es aquel pequeño frasco un imán para mis ojos? ¿Por qué de improviso todo se vuelve para mi suavemente claro, como cuando de noche, en medio de la selva tenebrosa, nos baña el resplandor de la luna?
Yo te saludo, redomita singular, que con recogimiento bajo ahora de tu sitio. En tí venero el ingenio y el arte del hombre. Tú, agregado de benéficos jugos soporíferos; tú, extracto de todas las sutiles fuerzas mortales, da a tu dueño una muestra de tu favor. Te miro, y el dolor se mitiga; te tomo en mis manos, y mengua el afán, baja poco a poco la marea creciente del espíritu. Siéntome arrastrado a la alta mar, el espejo de las olas brilla a mis pies, hacia ignotas playas me atrae un nuevo día.
Sostenido por leves alas, un carro de fuego flota en el aire hacer-cándose a mí. Dispuesto me siento a cruzar el éter por inusitada vía, lanzándome a nuevas esferas de pura actividad. Pero ¿eres acaso digno de esa existencia sublime, de esos deleites divinos, tú, que hace un instante no eras más que un vil gusano? Sí; vuelve con ánimo resuelto la espalda al bello sol de la tierra. Decídete con osadía a forzar las puertas ante las cuales de buen grado pasan todos de largo esquivando el riesgo. Llegó ya el momento de probar con hechos que la dignidad del hombre no cede ante la grandeza de los dioses; hora es ya de no temblar frente a ese antro tenebroso en donde la fantasía se condena a sus propios tormentos; de
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lanzarse hacia aquel pasaje, alrededor de cuya estrecha boca vomita llamas todo el infierno; de resolverse a dar este paso con faz serena, aun a riesgo de abismarse en la nada. Desciende ahora y sal de tu viejo estuche, copa de límpido cristal, que tenía yo olvidada luengos años ha. Lucías en las rego-cija-das fiestas de mis antepasados, y alegrabas a los graves comensales según ibas pasando de uno a otro. La rica magnificencia de tus nume-rosas figuras con tanto arte labradas, la obligación que tenía el bebe-dor de explicarlas en rimas y de vaciarte de un solo trago, evocan en mí el recuerdo de más de una noche de la juventud. No te pasaré ahora a ningún vecino, ni haré gala de mi ingenio ensalzando tus primores. He aquí un licor que produce súbita embriaguez. Su parda onda llena tu cavidad. Yo mismo lo prepararé y lo elijo para mí. Sea ésta mi liba-ción postrera, que consagro en este instante, con toda la efusión de mi alma y como solemne y supremo saludo a la aurora del nuevo día. ( Aplica la copa a sus labios.)
( Tañido de campanas y canto en coro.) CORO DE ÁNGELES
¡Cristo ha resucitado! ¡Júbilo al mortal, que estaba encadenado por los funestos e insidiosos vicios hereditarios! FAUSTO
¿Qué sordo rumor, qué armónicos sonidos arrancan de un modo violento la copa de mis labios?
¿Anunciáis ya, broncas campanas la solemne hora primera de la fiesta de J O H A N W O L F G A N G G O E T H E
Pascua? Y vosotros, celestes coros, ¿entonáis ya el himno consolador que largo tiempo ha, en la
noche del sepulcro, salía de los labios de los ángeles, como prenda de nueva alianza?
CORO DE MUJERES
Con aromas le ungimos nosotras, sus fieles siervas; le deposita-mos en el sepulcro, le envolvimos con limpias vendas y blancos cen-dales, y ¡ay! ¡no encontramos a Cristo aquí!
CORO DE ÁNGELES
¡Cristo ha resucitado! ¡Feliz aquel que ama, aquel que ha resis-tido la dolorosa, saludable y aleccionadora prueba! FAUSTO
¿Por qué venís a buscarme en el polvo, dulces y poderosos acen-tos celestiales? Resonad doquiera que haya hombres débiles. Oigo bien el mensaje, pero fáltame la fe, y el hijo mimado de la fe es el milagro. No me atrevo a aspirar a esas esferas desde donde se deja oír la fausta nueva; y a pesar de ello, estos acentos a que estoy habituado desde mi niñez, me llaman ahora de nuevo a la vida. Otras veces, en medio del austero recogimiento del domingo, descendía sobre mí el ósculo de amor celeste, entonces resonaba, llena de presagios, la plenitud del sonido de las campanas, y la plegaria constituía para mí un férvido deleite; un dulce e inexplicable anhelo me impelía a divagar por bos-ques y praderas, y
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bañado en ardientes lágrimas, sentía nacer un mundo para mí. Este canto anunciaba los alegres juegos de la juven-tud, la franca felicidad de las fiestas primaverales. Tal recuerdo, impregnado de sentimiento infantil, me impide ahora dar el último, el imponente paso. ¡Ah! Seguid sonando, dulces cantos celestes. Brota una lágrima de mis ojos: la tierra se enseñorea de mí otra vez.
CORO DE DISCÍPULOS
Excelso y lleno de vida, el Sepultado ha ascendido ya glorioso a las alturas. En el goce de la nueva existencia, está cercano a la felici-dad creadora, en tanto que nosotros ¡ay! permanecemos en el seno de la tierra para sufrir. Nos ha dejado abandonados, nosotros sus discí-pulos, que languidecemos aquí abajo. ¡Ah, Maestro! lloramos tu felicidad.
CORO DE ÁNGELES
Cristo ha resucitado del seno de la corrupción. Romped gozosos vuestras cadenas. Para vosotros, que le glorificáis con vuestras obras, que dáis pruebas de amor, que os partís el pan como hermanos, que recorréis la tierra predicando a los hombres y prometiéndoles la bienaventuranza, para vosotros el Maestro está cerca, para vosotros ahí está.
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ANTE LA PUERTA DE LA CIUDAD
GENTES DE TODAS CLASES salen a pasear ALGUNOS COMPAÑEROS ARTESANOS
¿Por qué vais por ese lado?
OTROS
Subimos hasta la posada del Cazador.
LOS PRIMEROS
Pues nosotros nos encaminamos al Molino. UNO DE LOS ARTESANOS
Si queréis creerme a mí, vamos al ventorrillo del estanque. SEGUNDO ARTESANO
El camino nada tiene de agradable.
LOS SEGUNDOS
Y tú, ¿qué piensas hacer?
F A U S T O
UN TERCERO
Yo voy con los demás.
UN CUARTO
Venid cuesta arriba hacia Burdorf. Con seguridad en- contraréis allí las más lindas muchachas, la mejor cerveza y camorras de primer orden.
UN QUINTO
Estás de muy buen humor, camarada. ¿Tienes comezón en el pellejo por tercera vez? Lo que es yo, no voy allá; le tengo horror a tal sitio.
UNA MOZA DE SERVICIO
No, no; yo me vuelvo a la ciudad.
OTRA
Segura estoy de que le vamos a encontrar junto a aquellos álamos.
LA PRIMERA
Para mí no es muy divertido eso. Irá él a tu lado, y una vez en el corro, con nadie bailará sino contigo. ¿Qué me importan a mí tus gustos?
OTRA
Es que a buen seguro hoy no estará solo. Ha dicho que con él iría el Cabeza-crespa.
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UN ESTUDIANTE
¡Voto va! ¡Cómo andan aquellas garridas mozas! Ven, camarada; hemos de acompañarlas. Buena cerveza, tabaco fuerte y una muchacha muy acicalada: esto es lo que me gusta a mí.
UNA SEÑORITA DE LA CLASE MEDIA
( A otra.) Mira, mira aquellos guapos mocitos. ¿No es una vergüenza que, pudiendo gozar de la mejor compañía, corran tras esas mozas de servicio?
SEGUNDO ESTUDIANTE
( Al primero). No tan aprisa. Ahí detrás vienen dos mu- chachas muy lindamente vestidas; una de ellas es vecina mía, y es una chica de la cual estoy muy prendado. Andan con su paso tranquilo, y acabarán por juntarse con nosotros. PRIMER ESTUDIANTE
No, señor camarada; no me gusta a mí tanto engorro. Apretemos el paso, no sea que se nos escape la pieza. La mano que empuña la escoba el sábado, es la que mejor te acariciará el domingo.
UN BURGUÉS
No; no me gusta el nuevo burgomaestre. Ahora que lo es, se vuelve cada día más insolente. Y vamos a ver: ¿qué hace en favor de la ciudad? ¿Por ventura no van las cosas siempre F A U S T O
de mal en peor? Debe uno obedecer más que nunca y pagar más que antes.
UN MENDIGO
( Cantando.) Vosotros, buenos caballeros, y vosotras, bellas da-mas, tan bien ataviadas y de mejillas como rosas; dignaos echarme una mirada compasiva y aliviar mi necesidad. No permitáis que toque yo aquí la gaita en vano. Sólo es dichoso aquel que quiere dar. Que este día, que todo el mundo celebra, sea día de cosecha para mí.
SEGUNDO BURGUÉS
Para mí, nada hay mejor los domingos y días de fiesta, que hablar de la guerra y del bullicio de la guerra, mientras allá lejos, en Turquía, los pueblos pelean uno con otro. Se está uno tranquilamente a la ventana, vacía su copita contemplando como se deslizan río abajo los pintados barquichuelos, y luego, a la caída de la tarde, se vuelve satisfecho a su casa bendiciendo la paz y los tiempos de paz.
TERCER BURGUÉS
Sí, señor vecino; también dejo yo que las cosas vayan de ese modo. Ya pueden ellos romperse la crisma y puede llevárselo todo el diablo, con tal que en casa siga todo como antes.
UNA VIEJA
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( A las señoritas de la clase media). ¡Oiga! ¡y qué peripuestas vais! ¡La hermosa juventud! ¿Quién no se encaprichará por vosotras? Pero no seáis tan orgullosas. ¡Vaya, eso sí que está bien! Cuando yo podría proporcionaros lo que deseáis! UNA DE LAS SEÑORITAS
Vámonos, Águeda. Mucho me guardo de ir en público con tales brujas. Por cierto que ella me hizo ver, en la noche de San Andrés, a mi futuro novio en persona. LA OTRA SEÑORITA A mí me lo enseñó en el cristal. Vestía de militar, acompañado de varios calaverones. Pero, por más que miro a mi alrededor y le busco por todos lados, mi novio no quiere toparse conmigo.
SOLDADOS
Castillos con altas murallas y almenas, mozas arrogantes y esquivas quisiera yo conquistar. Audaz es la empresa, espléndido el galardón. Y dejamos que el clarín nos llame lo mismo al placer que al exterminio. ¡Esto es un asalto! ¡Esto es la vida! Mozas y castillos, todo se ha de rendir. Audaz es la empresa, espléndido el galardón. Y los soldados marchando van.
F A U S T O