Fausto

Johan Wolfgang Goethe · Capítulo 39 de 47

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Fausto

De Rocas Dentelladas

Acércase una nube, se arrima a la montaña y desciende sobre Una meseta que forma saliente. Ábrese la nube, y aparece FAUSTO.

FAUSTO

( Adelantándose). Al contemplar bajo mis pies la más pro- funda de las soledades, huello con ánimo deliberado el borde de estas cumbres, abandonando el soporte de mi nube, que blandamente me ha conducido en días serenos por encima de tierra y mar. Sin disiparse, poco a poco va desprendiéndose de mí. Hacia el Oriente dirige su curso de apelotonada masa, y lleno de admiración la sigue el ojo atónito. En su camino, se divide undosa, cambiante; pero va a modelarse... Sí, no me engaña mi vista...

Soberbiamente tendida sobre almohadones ilumi-nados por el sol, veo gigantesca, es verdad, una imagen de mujer semejante a los dioses. Parecida a Juno, a Leda, a Helena, ¡cuán majes-tuo-F A U S T O

samente seductora oscila ante mis ojos! ¡Ah! ya se desordena. Informe, ancha y amontonada, se para en el Oriente semejando apar-tados montones cubiertos de nieve, y refleja deslumbradora el gran pensamiento de fugitivos días. Pero una sutil y luminosa franja de niebla fluctúa aún en derredor de mi pecho y de mi frente, serenándome, fresca y halagüeña. En este momento sube, ligera y vacilante, cada vez más alto, y se aglomera.

¿Me engaña una encantadora imagen, como el bien supremo y tanto tiempo llorado de la primera juventud? Surgen los más primitivos, los más íntimos tesoros del corazón. Esto me designa el amor de mi aurora, de ligero vuelo, la primera mirada, apenas comprendida, que tan rápida impre-sión produjo en mi, y que retenida fielmente, superaba en brillo a todos los tesoros. Cual la belleza del alma, agrándase la forma hechicera y, lejos de disiparse, se

remonta en el éter llevándose consigo la mejor parte de mi corazón. Una bota de siete leguas se asienta pesadamente en el suelo; otra la sigue al momento. MEFISTÓFELES echa pie a tierra. Las botas se ponen de nuevo en marcha alejándose con rapidez.

MEFISTÓFELES

A eso llamo yo en conclusión adelantar. Pero ahora dime: ¿qué pensamientos te asaltan? ¿Desciendes en medio de tales horrores, en esos peñascales que bostezan de una manera tan espantosa? Bien conozco yo eso, mas no en este sitio, porque eso fué propiamente el fondo del infierno.

FAUSTO

J O H A N W O L F G A N G G O E T H E

Nunca te faltan leyendas extravagantes. Empiezas otra vez a venirme con tales cosas.

MEFISTÓFELES

( En tono serio). Cuando Dios el Señor y bien sé yo por qué, nos arrojó de las regiones del aire precipitándonos a los más profundos abismos, en el centro de los cuales un ardiente fuego eterno se abría paso por todas partes con sus llamas, nos encontramos, en medio de una claridad excesiva, en una posición muy ahogada e incómoda. Los diablos empezaron todos a la vez a toser y soplar por arriba y por abajo; el infierno se llenó de hedor de azufre y de ácido. ¡Esto produjo un gas...! Aquello llegó a ser monstruoso, en términos que, al cabo de muy poco tiempo, la costra lisa de los continentes, por muy gruesa que fuese, hubo de estallar quebrándose con estrépito.

Ahora tenemos la cosa por el extremo opuesto: lo que antes era fondo, es ahora cima. En eso se funda aún la justa doctrina de mudar lo más bajo en lo más alto. Así es que, del abrasador subterráneo de esclavitud, nos escapamos al exceso de dominio del aire libre. Misterio manifiesto, bien guardado y que no llega sino muy tarde a ser manifestado a los pueblos.

FAUSTO

Una masa de montañas permanece para mí noblemente silenciosa. No pregunto de dónde procede ni cómo... Cuando la Naturaleza se constituyó en sí misma, redondeó entonces de una manera perfecta el globo terráqueo; F A U S T O

complacióse formando picos y barrancos, y dispuso peña tras peña, monte tras monte; trazó luego cómodamente las colinas en declive y suavizó la cuesta en el valle. Allí, todo verdea y crece, y, para recrearse, no tiene ella

necesidad alguna de trastrueques insensatos.

MEFISTÓFELES

Así lo pensáis vos. Eso os parece claro como el sol, pero de diversa manera lo sabe quien estaba presente. Allí estaba yo cuando la masa ígnea del abismo, borbotante aún, se hinchó despidiendo torrentes de llamas; cuando el martillo de Moloch forjando roca sobre roca, arrojaba a gran distancia restos de montes. Todavía está la tierra erizada de masas extrañas de peso enorme. ¿Quién puede explicar semejante fuerza de proyección? El filósofo no puede comprender tal cosa. La roca está allí, y allí hay que dejarla.

Hemos cavilado ya hasta perder la cabeza. El pueblo sencillo es el único que comprende sin dejarse extraviar en sus juicios. Desde hace mucho tiempo, ha madurado en él la sabiduría. ¿Hay una maravilla? A Satán se atribuye el honor. Mi peregrino, cojeando y apoyado en la muleta de su fe, se encamina hacia la Piedra del Diablo o al Puente del Diablo. FAUSTO

No deja de ser curioso ver y estudiar cómo consideran los diablos la Naturaleza.

MEFISTÓFELES

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¿Y a mí qué me importa eso? Sea la Naturaleza como ella sea. Esta es una cuestión de puntillo: el diablo estaba allí presente. Somos gente para llegar a grandes cosas; tumulto, violencia y frenesí: he aquí la señal. Pero, en fin, hablando con toda franqueza, ¿nada te ha gustado en nuestra superficie?

Abarcaste con la mirada, en inconmensurables extensiones, “los reinos del mundo y su esplendor.”. Mas, descontentadizo como eres, ¿no has sentido acaso algún deseo?

FAUSTO

Si tal. Una gran cosa me ha atraído. Adivínala. MEFISTÓFELES

Pronto está hecho. Yo escogería para mí una capital de este modo: en el centro, el horror de las industrias con que se ganan la vida los ciudadanos; callejuelas estrechas y tortuosas, fachadas puntiagudas, un mercado reducido, coles, nabos, cebollas, tablas de carnicero, donde pululan las moscas para darse un banquete con carnes gordas. Allí, por de contado, encuentras en todo tiempo hediondez y actividad. Luego, plazas espaciosas, anchas calles, para darse uno cierto aire de distinción. Por último, allí donde ninguna puerta sirva de límite a la ciudad, arrabales prolongados hasta perderse de vista. Allí me recrearía con el rodar de los carruajes, con el

ruidoso vaivén del tránsito, con el incesante correr de un lado a otro, con el bullir de los hormigueros dispersos. Y cuando pasara en carruaje o montara a caballo, siempre

F A U S T O

parecería yo su centro, respetado por centenares de miles de personas.

FAUSTO

Eso no podría satisfacerme. Alégrase uno de que el pueblo se multiplique, viva con holgura a su modo, y hasta se eduque, se Ins-truya... y no se cría más que rebeldes. MEFISTÓFELES

Luego, en un sitio ameno, construiría de una manera grandiosa, como yo me sé, un palacio de recreo. Bosques, colinas, llanuras, praderas, campiñas, todo magníficamente dispuesto alrededor en forma de jardín. Frente a verdes faldas de montaña, prados de aterciopelado césped, avenidas tiradas a cordel, umbrías artísticamente dispuestas, cascadas cuyas aguas caigan apareadas de roca en roca, y surtidores de toda especie; allí el agua se eleva majestuosa, pero por los lados sale murmurante y borbota formando mil variados juegos. Y por último, mandaría edificar para las más lindas mujeres unas casitas íntimamente cómodas; allí pasaría horas sin fin en un retiro deliciosamente acompañado. Y digo mu- jeres, porque, una vez por todas, quiero yo las beldades en plural.

FAUSTO

¡Ruin y moderno! ¡Sardanápalo!

MEFISTÓFELES

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¿Se puede adivinar a qué aspirabas? A buen seguro, sería alguna cosa sumamente atrevida. Tú, que te remontaste tan cerca de la luna, tu manía, sin duda, te ha atraído allí. FAUSTO

Nada de eso. Este globo terrestre ofrece todavía campo para grandes acciones. Han de realizarse cosas dignas de admiración; sién-tome con fuerzas para una osada actividad. MEFISTÓFELES

Así, ¿quieres adquirir gloria? Bien se echa de ver que llegas del país de las heroínas,

FAUSTO

Lo que yo ambiciono es el dominio, el señorío. La acción es todo, la gloria nada es.

MEFISTÓFELES

Sin embargo, no faltarán poetas que anuncien el lustre de tu nom-bre a la posteridad para enardecer la locura con la locura.

FAUSTO

Todas estas cosas son extrañas para ti. ¿Qué sabes tú de lo que el hombre desea? Tu natural displicente, acre, mordaz, ¿qué sabe de lo que necesita el ser humano? MEFISTÓFELES

F A U S T O

Hágase, pues, según tu voluntad. Confíame todos tus caprichos.

FAUSTO

Mi vista sentíase atraída hacia alta mar. Esta se engrosaba para elevarse sobre sí misma a grande altura; cedía luego y desplegaba sus olas para invadir la extensión de la, aplanada orilla. Y esto causóme despecho: así es como el orgullo, por la agitación de una sangre apasionada, promueve un sentimiento de disgusto en el libre espíritu que respeta todos los derechos.

Creí que esto era efecto del azar. Agucé la vista; detúvose la ola y rodó luego hacia atrás, alejándose del límite ufanamente alcanzado; y al llegar la hora, repite el juego. MEFISTÓFELES

( A los espectadores). En eso no hay para mí nada nuevo que aprender. Ya lo conozco desde hace cien mil años. FAUSTO

( Continuando con pasión). Avanza deslizándose mansa la onda, estéril como es, para difundir la esterilidad en partes innúmeras. Ahora se hincha y crece y rueda cubriendo el ingrato suelo de la playa desierta. Domina allí, animada por la fuerza, ola sobre ola, y se retira sin haber efectuado cosa alguna, lo cual es capaz de angustiarme hasta la desesperación. ¡Fuerza de indómitos elementos que carece de objeto! Entonces mi espíritu osa excederse a sí mismo; aquí yo quisiera luchar; esto lo quisiera vencer. ¡Y es posible...! Por

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muy crecida que sea la marea, al pasar la ola, se rinde ante cada eminencia, y por mucho que se agite orgullosa, una insignificante altura se yergue soberbia frente a ella, y una pequeña profundidad la atrae con fuerza.

Entonces concebí presto en el espíritu plan sobre plan. Proporciónate, me dije, el goce exquisito de rechazar de la orilla el mar impetuoso, de reducir los límites de la húmeda extensión y hacerla re- troceder a lo lejos mar adentro en sí misma. Paso a paso he sabido apurar la cuestión. Tal es mi anhelo: aventúrate a secundarlo.

( Redoble de tambores y música guerrera detrás de los espectadores, en lontananza, viniendo del lado derecho.)

MEFISTÓFELES

¡Cuán fácil es eso...! ¿Oyes los tambores a lo lejos? FAUSTO

¡Otra vez ya la guerra! El hombre de buen juicio no oye eso con agrado.

MEFISTÓFELES

Guerra o paz, sensato es el afán de sacar partido de cada circuns-tancia. Se acecha, se observa cada instante propicio. He aquí la oca-sión; ahora, Fausto, no la dejes escapar. FAUSTO

Excúsame tal fárrago de enigmas. Y en resumidas cuentas, ¿qué significa eso? Explícate.

F A U S T O

MEFISTÓFELES

Durante mi expedición, no se me ocultó que el bueno del Emperador está sumido en grandes cuidados; tú le conoces ya. Cuando nosotros le divertíamos, cuando hacíamos llover en sus manos una mentida riqueza, entonces para él todo el mundo era vendible. Pues, joven aún, le cupo en suerte el trono, y le plugo concluir erróneamente que eran dos cosas que bien podían ir juntas y que era muy deseable y hermoso el reinar y divertirse a un tiempo.

FAUSTO

¡Craso error! El hombre que debe mandar, ha de sentir en el mando la dicha suprema. Su pecho está lleno de una alta voluntad, pero lo que él quiere no es permitido a ningún ser humano de sondearlo. Lo que ha murmurado al oído de los más fieles, queda hecho, y todo el mundo se asombra. Así, será siempre el más encumbrado, el más digno de todos. El goce avillana.

MEFISTÓFELES

No es él así. También ha gozado, ¡y de qué manera! Entre tanto, el imperio se desquiciaba en una anarquía, en el cual grandes y pequeños se hacían la guerra a diestro y siniestro, y los hermanos se perseguían y mataban, castillo contra castillo, ciudad contra ciudad, el pueblo en pugna con la nobleza, el obispo con el cabildo y la comunidad; bastaba mirarse uno a otro para ser enemigos. En las iglesias eran cosas corrientes la J O H A N W O L F G A N G G O E T H E

muerte y el asesinato; ante las mismas puertas de las ciudades, cada caminante y cada mercader estaban perdidos. Y en todos crecía no poco la

audacia, pues vivir era defenderse... En fin, la cosa marchaba.

FAUSTO

Ello marchaba y cojeaba, vino al suelo, levantóse otra vez; luego cayó de espaldas y fué rodando pesadamente en confuso montón.

MEFISTÓFELES

Y nadie tenia derecho a condenar tal estado de cosas. Cada uno podía, cada uno quería valer, el más ínfimo gozaba de la mayor consideración; mas, para los mejores, eso acabó por ser insensato en extremo. Los más avisados se levantaron con pujanza y dijeron: “Señor es quien nos depara el sosiego.

El Emperador no puede, no quiere ha-cerlo; elijamos un nuevo Emperador, demos nueva vida al imperio, y mientras él nos resguarda a todos, enlacemos en un mundo regenerado, paz y justicia.”

FAUSTO

Eso suena mucho a clerical.

MEFISTÓFELES

Clerizontes eran ellos también. Aseguraban su panza bien nutrida, y estaban en el asunto más interesados que los demás. Creció el motín; la revuelta fué santificada, y nuestro

F A U S T O

Emperador, a quien divertíamos, se encamina hacia aquí, tal vez para la última batalla.

FAUSTO

Lástima me da. ¡Era tan bonachón e ingenuo! MEFISTÓFELES

Ven, observemos. El que vive ha de esperar. Saquémosle de este angosto valle. Salvado una vez, lo está por mil. ¿Quién sabe cómo pueden correr aún los dados? Y si tiene buena suerte, tendrá también vasallos.

( Suben a la cima de la montaña intermediaria y observan la dis- posición del ejército acampado en el valle. Desde abajo resuenan tambores y una música marcial.)

MEFISTÓFELES

La posición, a lo que veo, está bien tomada. Intervenimos nosotros, y entonces la victoria es completa. FAUSTO

¿Qué puede esperarse de eso? ¡Embeleco, ilusión mágica, apariencia vana!

MEFISTÓFELES

Ardid de guerra con el fin de ganar batallas. Afírmate en grandes

pensamientos mientras consideras tu objeto. Si le conservamos al Emperador su trono y sus Estados, no tiene

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más que doblar la rodilla, y recibes en feudo una playa sin límites.

FAUSTO

Tú llevaste a cabo ya muchas cosas; a ver si ganas también una batalla.

MEFISTÓFELES

No; tú la ganarás. Esta vez eres tú el general en jefe. FAUSTO

Eso fuera para mí el verdadero colmo: mandar allí donde nada entiendo.

MEFISTÓFELES

Deja que de ello se cuide el estado mayor, y el feldmariscal queda a salvo.

Desde mucho tiempo acá he olido la inmundicia de la guerra, y al momento formé por adelantado el consejo de guerra con la fuerza de los primitivos hombres de las montañas primitivas. ¡Dichoso quien les echa la uña y los junta a toda prisa! FAUSTO

¿Qué veo allí, pertrechado con armas? ¿Amotinaste acaso la gente de las montañas?

MEFISTÓFELES

F A U S T O

No; pero, a semejanza de maese Pedro Squenz, he ex- traído la quintaesencia de toda la chusma. Adelántanse LOS TRES VALIENTES

MEFISTÓFELES

He aquí a mis muchachos. Como ves, son de edades muy distintas y llevan vestidos y armamentos diversos. No te hallarás mal con ellos. ( A los espectadore s.) A cada chico le gustan ahora el arnés y la gola, y alegóricos como son esos andrajos, tanto mejor parecerán.

MATACHÍN

( Joven, armado a la ligera y con traje abigarrado). Si alguno me mira en los ojos, al punto le doy el puño en los hocicos, y al mandria que huya le agarro por sus últimos cabellos. RAPIÑADOR

( Hombre en plena edad viril, bien armado, ricamente vestido). Tan vanas palestras son una patarata; con ellas pierde uno tiempo. Sólo en pillar sé infatigable; de todo lo demás, no hagas caso sino hasta después.

TENAZA

( Vicio, fuertemente armado, sin vestido). Con eso tampoco se ha ganado mucho. Un gran bien está pronto disipado, y baja ruidoso y veloz en el

torrente de la vida. Cierto que es muy bueno el pillar, pero mejor aún es guardar. Déjale hacer al ca- noso compinche, y nadie te quitará cosa alguna.

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( Todos juntos descienden más abajo.) EN EL ESTRIBO DE LA MONTAÑA

Sonido de tambores y música guerrera que viene de abajo. Es montada la tienda de campaña del Emperador.

EL EMPERADOR, EL GENERAL EN JEFE y SOLDADOS de la guardia imperial

EL GENERAL EN JEFE

Cada vez más acertado me parece el plan de replegar todo el ejército en masa en este valle tan ventajosamente situado. Abrigo la firme esperanza de que la elección tendrá para nosotros un éxito lisonjero.

EL EMPERADOR

Como irá la cosa, ello dirá; pero esa retirada, esa especie de fuga me da que sentir.

EL GENERAL EN JEFE

Echa una mirada aquí Príncipe mío, sobre nuestro flanco derecho. Una posición como ésta es la que para sí desea la guerrera fantasía. Las alturas, sin ser escarpadas, no son tampoco demasiado accesibles; favorables para los nuestros, peligrosas para el enemigo. Merced a las ondulaciones del terreno, estaremos medio emboscados; la caballería no se arriesgará a acercarse.

F A U S T O

EL EMPERADOR

No me queda más que aplaudir. Aquí pueden ponerse a prueba brazo y pecho.

EL GENERAL EN JEFE

Allí, en los espacios llanos de la pradera central, ves la falange muy animada para lidiar. Brillan las picas centelleando en el aire a los rayos del sol, a través de los nebulosos vapores de la mañana. ¡Cuán sombrío ondula el poderoso cuadro! ¡Millares de hombres hay aquí enardecidos por una grande acción! Por esto puedes apreciar el poder de la masa; yo la creo capaz de desbaratar las fuerzas del enemigo.

EL EMPERADOR

Por vez primera se me ofrece tan bello golpe de vista. Un ejército tan bien

vale por dos.

EL GENERAL EN JEFE

De nuestra izquierda nada tengo que decir. Valientes héroes ocupan el empinado risco. El peñascal en donde ahora relucen las armas, defiende el importante paso del estrecho desfiladero. Presiento ya que aquí se estrellarán de improviso las fuerzas del adversario en la sangrienta empresa.

EL EMPERADOR

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Por allí avanzan los falsos parientes, que, apellidándome tío, primo, hermano, se permitían siempre nuevas libertades, restando poder al cetro y acatamiento al trono; más tarde, divididos entre sí, desvastaban el Imperio, y ahora, reunidos todos ellos, hanse alzado contra mí. La multitud fluctúa con ánimo indeciso, y al fin sigue como un río allí donde la corriente la arrastra.

EL GENERAL EN JEFE

Un hombre fiel, enviado a la descubierta, baja presuroso por el peñón.

¡Ojalá le haya sido propicia la suerte! PRIMER EXPLORADOR

Nuestro artificio, hábil y osado, nos ha salido tan felizmente que hemos penetrado acá y acullá; mas poco gratas son las nuevas que traemos.

Muchos te juran perfecto vasallaje, como gran parte de tropa fiel, pero alegan como pretexto de su inacción la efervescencia intestina, el peligro popular.

EL EMPERADOR

Siempre fué doctrina del egoísmo el guardarse a sí propio, y no la gratitud, la simpatía, el deber y el respeto. ¿No consideráis que, cuando esté colmada vuestra medida, os consumirá el incendio de la casa del vecino. EL

GENERAL EN JEFE

F A U S T O

Llega el segundo explorador bajando con paso lento. Este hombre está fatigado, y tiembla de pies a cabeza. SEGUNDO EXPLORADOR

Ante todo, hemos visto con placer el curso errante de un tumulto desordenado. De pronto, cuando menos se esperaba, preséntase un nue-vo Emperador, y, por sendas de antemano señaladas, la muchedumbre se pone en marcha a través de los campos, y todos, cual rebaño de carneros, siguen las falsas banderas desplegadas al viento. EL EMPERADOR

Por mi bien llega un Emperador rival. Ahora, por vez primera, siento que

yo soy el Emperador. Solamente como soldado revestíme con el arnés; para más alto fin me lo he puesto ahora. En cada fiesta, por muy lucida que fuese, y aunque no se echara de menos cosa alguna, me faltaba el peligro.

Quienquiera que seáis, vosotros me aconsejábais correr la sortija. Latíame con fuerza el corazón, yo no alentaba sino para los torneos, y si no me hubiéseis disuadido de guerrear, ya resplandecería ahora por mis brillantes proezas. Sentía en mi pecho en sello de la independencia cuando, como un espejo, me miré en el reino de fuego; el furioso elemento se desató contra mí. Aquello fué sólo apariencia, pero la apariencia era grandiosa.

Confusamente he soñado con triunfos y gloria. Voy a reparar lo que de un modo culpable descuidé.

( Los Heraldos son despachados para ir a retar al Antiemperador.) J O H A N W O L F G A N G G O E T H E

FAUSTO, cubierto con la armadura, y medio calada la visera; los TRES

VALIENTES, armados y vestidos como se indicó antes. FAUSTO

Nos presentamos en la confianza de no vernos desairados; aun sin necesidad, la previsión ha tenido bien su valor. Tú sabes que la gente de las montañas piensa y discurre, y que ha estudiado en el libro de la Naturaleza y de las rocas. Los espíritus, retirados mucho tiempo ha del país llano, son más afectos que antes a la montaña peñascosa. Obran en silencio por entre laberínticas quebrajas, en medio del noble gas de las ricas exhalaciones metálicas; en la continua desagregación, experiencia y combinación, su único afán es descubrir algo nuevo. Con el dedo leve de las potencias espirituales, labran ellos formas diáfanas, y luego, en el cristal y su eterno silencio, perciben los acontecimientos del mundo superior.

EL EMPERADOR

Tengo noticia de ello y te creo. Mas dime, hombre bizarro, ¿a qué viene eso?

FAUSTO

El nigromante de Norcia, el Sabino, es tu fiel y honrado servidor. ¡Qué horrible suerte le amenazaba cruelmente! Chisporroteaban los ramujos, surgían ya llamas, que se elevaban a modo de lenguas de fuego; entrecruzados

F A U S T O

alrededor, estaban los áridos leños mezclados con pez y varillas de azufre.

Ni hombre ni dios ni diablo podían salvarle. Tu Majestad rompió las

encandecidas cadenas, Esto fué en Roma. Por ello te queda altamente obligado, y siempre solícito sigue tus pasos. Desde aquel momento, se olvidó por completo de sí mismo, sólo por ti interroga a los astros y las profundidades. Nos encargó, como el más apremiante empeño, el estar a tu lado. Grandes son las fuerzas de la montaña; la Naturaleza obra allí libre y prepotente. El sentido obtuso de los clérigos califica eso de hechicería. EL

EMPERADOR

En los días de regocijo, cuando saludamos a los huéspedes que risueños acuden para gozar alegremente, nos complacemos viendo allí como todos se empujan y oprimen, y uno tras otro van estrechando el recinto de los salones; pero con la más alta consideración debe ser acogido el hombre leal cuando se presenta denodado a nosotros para aportar auxilio en la critica hora matinal que rige, pues por cima de ella domina la balanza del Destino.

Con todo, en estos instantes solemnes, retirad de la dócil espada la diestra vigor osa; respetad el momento en que muchos millares de hombres avanzan para pelear en favor mío o contra mí. El hombre es uno mismo.

Quien aspire al trono y a la corona, ha de ser personalmente digno de tales honores. Que al fantasma que se ha alzado contra nosotros titulándose Emperador y señor de nuestros Estados, caudillo del ejército, J O H A N W O L F G A N G G O E T H E

señor feudal de nuestros magnates, ¡sea precipitado por nuestra propia mano en el reino de los muertos! FAUSTO

Por muy glorioso que sea dar cima a una empresa tan heroica, no es bien que así expongas tu cabeza. ¿No está el casco adornado con cimera y penacho? El es quien protege la cabeza que exalta nuestro ardimiento. Sin la cabeza, ¿de qué servirían los miembros? Pues si ella está adormecida, todos desfallecen; si recibe daño, al punto son heridos, y renacen sanos cuando ella sana en breve. Con presteza sabe el brazo hacer uso de su firme derecho; levanta el broquel para proteger el cráneo; la espada atiende sin dilación a su deber: desvía con fuerza el golpe y lo devuelve, el sólido pie toma parte en su fortuna sentándose resuelto sobre la cervis del caído adversario.

EL EMPERADOR

Tal es mi enojo, que así le quisiera Yo tratar: hacer de su altiva cabeza un escabel para mis pies.

LOS HERALDOS

( Volviendo). De escaso honor, de poca autoridad hemos gozado allí. Como de una bufonada insulsa, hanse reído de nuestro enérgico y noble mensaje.

“Vuestro Emperador -decían- se ha desvanecido como un eco en el estrecho valle. Si en alguna ocasión hemos de acordarnos de él decimos como el cuento; Érase una vez...”

F A U S T O

FAUSTO

Las cosas han sucedido a medida del deseo de los mejores Vasallos, que firmes y leales se mantienen a tu lado. Por allí se acerca el enemigo; llenos de ardor, los tuyos aguardan. Ordena el ataque, el momento es propicio. EL

EMPERADOR

Yo resigno aquí el mando. ( Al General en jefe.) A ti incumbe, príncipe, cumplir tu deber.

EL GENERAL EN JEFE

Entonces, pues, que se ponga en marcha el ala derecha. La izquierda del enemigo, que está subiendo ahora mismo, antes de haber dado el último paso, ha de ceder a la fuerza juvenil de una fidelidad puesta a prueba.

( Indicando a la derecha). Permite, pues, que sin tardanza tome sitio en tus filas este héroe solícito, que se incorpore es- trechamente a ellas, y de esta suerte asociado, de impulso a su vigorosa naturaleza.

MATACHÍN

( Adelantándose). Quien me muestra la cara, no la vuelve sin tener rotas las quijadas. Quien me vuelve la espalda, tendrá al punto desmazalados cuello, cabeza y topete bamboleando horriblemente sobre el cogote. Y si tus hombres hieren luego con la espada y la maza, como yo enfurecidos, cae el J O H A N W O L F G A N G G O E T H E

enemigo, hombre sobre hombre, ahogado en su propia sangre. ( Vase.) EL GENERAL EN JEFE

Que la falange de nuestro centro siga despacio, y con toda su pujanza salga prudentemente al encuentro del enemigo, un poco a la derecha, y allí, encarnizada, la fuerza militar de los nuestros ha desbaratado ya su plan.

FAUSTO

( Señalando al del medio.) Que éste, pues, obedezca también a tu palabra. Es muy listo, y todo se lo lleva. RAPIÑADOR

( Adelantándose). Con el valor heroico de las tropas imperiales debe aparearse la sed de botín. Propóngase por objeto a todos la rica tienda del

Antiemperador, y no se pavoneará éste mucho tiempo en su sitial. Yo me pongo a la cabeza de la falange.

URRACA

( La cantinera, pegándose al Rapiñador). Bien que no estoy casada con él, es para mí el amante más querido. Para nosotros ha madurado semejante cosecha. La mujer es atroz cuando agarra, y no tiene miramiento alguno cuando pilla. ¡Adelante, a la victoria! y todo está permitido. ( Vanse los dos.) EL GENERAL EN JEFE

F A U S T O

Según era de prever, su derecha se arroja con denuedo sobre nuestra izquierda. Hombre tras hombre resistirá a la furiosa tentativa de ganar el estrecho paso del sendero entre los riscos.

FAUSTO

( Señalando a la izquierda.) Ruégote asimismo, Señor, que también repares en éste. No está mal que los fuertes se refuercen.

TENAZA

( Adelantándose.) Tocante al ala izquierda, no hay el menor cuida-do. Allí donde estoy yo, la posesión se halla en seguri- dad. En ella se acredita el viejo. Ningún rayo parte lo que yo poseo. ( Vase.) MEFISTÓFELES

( Descendiendo de la altura.) Ved ahora como allá en el fondo, de cada boquerón de los dentellados peñascos, salen en tropel gentes armadas para estrechar los angostos senderos. Con sus cascos, armaduras, espadas y broqueles, forman un muro a nuestra espalda, aguardando la señal de ataque. ( En voz baja a los que están en el secreto). De donde viene esto, no lo

habéis de preguntar. Lo cierto es que no me he dormido; he dejado vacías las salas de armas de todo el contorno. Allí estaban ellos a pie, a caballo, cual si fueran todavía señores de la tierra. En otro tiempo eran caballeros, reyes, emperado-res, y al presente no son más que vacías conchas de caracol, con

J O H A N W O L F G A N G G O E T H E

las cuales se ha engalanado mucho más de un fantasma haciendo resurgir vivaz la Edad media. Quienquiera que sea el diablillo que ahí dentro se ha metido, por esta vez hará su efecto. ( Alto.) Escuchad como se enfurecen por adelantado, como se empujan y chocan unos contra otros con el triquitraque

de la plancha de hierro, jirones de bandera ondean también junto a los estandartes, que impacientes esperaban frescos airecillos. Considerad que aquí hay dispuesto un pueblo antiguo, que de buen grado tomaría también parte en el moderno combate.

(Formidable toque de trompetas que viene de arriba. En el ejército enemigo se nota una marcada vacilación.) FAUSTO

El horizonte hase oscurecido; tan sólo aquí y allí centellea significativa una luz roja llena de presagios, relucen ya sangrientas las armas. En ello se inmiscuyen el peñascal, el bosque, la atmósfera, el cielo entero.

MEFISTÓFELES

El flanco derecho se mantiene firme; mas entre los guerreros, descollando sobre todos, distingo a Juan Matachín, el listo gigante, vivamente atareado a su manera. EL EMPERADOR

He visto primero levantarse un solo brazo; ahora veo ya agitarse furiosos una docena. Eso no es natural.

F A U S T O

FAUSTO

¿No has oído hablar de una fajas de niebla que vagan sobre las costas de Sicilia? Allí flotando clara en plena luz del día, elevada hasta la región media del aire, reflejada en ciertos vapores especiales, aparece una singular visión: allí se ven jardines que suben y bajan conforme una imagen tras otra rasga el éter.

EL EMPERADOR

Pero, ¡cuán sospechoso es eso! Veo centellear todas las puntas de las altas picas; sobre las bruñidas lanzas de nuestra falange veo danzar ligeras pequeñas llamas; eso me parece sobrenatural en extremo.

FAUSTO

Perdona, ¡oh Señor! Son vestigios de naturalezas espirituales desaparecidas mucho tiempo ha, un reflejo de los Dióscuros, por quienes juraban todos los navegantes. Aquí reúnen sus últimas fuerzas.

EL EMPERADOR

Mas dime: ¿a quién somos deudores de que la Naturaleza, que vela sobre nosotros, junte lo que hay de más extraordinario?

MEFISTÓFELES

¿A quién si no al excelso maestro que lleva en su seno tu destino? Las violentas amenazas de tus enemigos le exaspera-

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ron hasta lo más profundo de su ser. Su reconocimiento quiere verte salvo, aunque hubiera él de morir en la empresa. EL EMPERADOR

Gozaba el pueblo paseándome con gran pompa. Enton- ces era yo algo; de ello quise hacer la prueba, y sin pensarlo mucho, juzgué oportuno dar un poco de aire fresco a aquella barba blanca. He aguado una fiesta al clero, y ya se ve, no me he atraído con esto su favor. ¿Debería yo ahora, después de tantos años, tocar el resultado de una buena acción ? FAUSTO

Un franco servicio reporta con creces ricos frutos. Dirige la mirada hacia lo alto. Paréceme que quiere enviarnos él un signo. Presta atención; esto se dará a conocer en seguida. EL EMPERADOR

Ciérnese un águila en las celestes alturas. Un grifo la persigue con saña feroz.

FAUSTO

Presta atención. Esto me parece muy favorable. El grifo es un animal fabuloso: ¿cómo puede olvidarse de sí mismo hasta el punto de medirse con una verdadera águila? EL EMPERADOR

F A U S T O

Ahora dan vueltas alrededor de ellos describiendo círculos muy dilatados...

en un mismo instante se arrojan uno contra otro para desgarrarse pecho y cuello. FAUSTO

Observa ahora cómo el cruel grifo, sacudido, zamarreado, no encuentra sino daño, y con su cola de león entre piernas, desaparece precipitado en la selva que corona la cima del monte.

EL EMPERADOR

Hágase ello como se ha anunciado. Lo acepto con admiración.

MEFISTÓFELES

( Vuelto hacia la derecha). A nuestros golpes con insistencia repetidos, han de ceder nuestros adversarios, y empeñados en una lucha incierta, cargan de tropel hacia su derecha, desordenando así, en la pelea, el flanco izquierdo de su fuerza principal. La sólida cabeza de nuestra falange se dirige a la derecha, y cae como un rayo sobre el punto débil... Ahora, a semejanza de la ola agitada por la tempestad, echando chispas, arremeten furiosas una contra otra dos fuerzas iguales en un doble combate. Nada puede imaginarse más grandioso. ¡Hemos ganado la batalla! EL EMPERADOR

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( Vuelto hacia el lado izquierdo a Fausto). Mira. Aquel punto de allí me parece comprometido. Nuestra posición es peligrosa. No veo volar piedra alguna; las rocas inferiores son escaladas, las de arriba están abandonadas ya. ¡Ved ahora...! El enemigo, avanzando con ímpetu en masas compactas que se acercan mas y más, ha ganado quizás el desfiladero. Resultado final de un impío esfuerzo. Vanos son vuestros artificios.

( Pausa.)

MEFISTÓFELES

Allí llegan mis dos cuervos. ¿Qué mensaje traerán? Mucho temo que eso vaya mal para nosotros. EL EMPERADOR

¿Qué significan esas aves de mal agüero? Desde la ardiente pelea del peñascal, dirigen hacia aquí sus negras velas.

MEFISTÓFELES

( A los cuervos). Colocaos muy cerquita de mis oídos. Aquel a quien favorecéis no está perdido, porque vuestro consejo es razonable.

FAUSTO

( Al Emperador). Sin duda has oído hablar de unas palomas que, desde las tierras más lejanas, vuelven para incubar su

F A U S T O

.nidada y buscar el sustento. Lo propio acontece aquí, pero con notables diferencias: el mensaje de las palomas está al servicio de la paz; la guerra, por el contrario, requiere el mensaje de los cuervos.

MEFISTÓFELES

Se anuncia un gran desastre. Ved, observad el apuro de nuestros héroes alrededor de la muralla de rocas. Las alturas más próximas son escaladas, y nos hallaríamos en una situación difícil si llegaran los otros a forzar este paso. EL EMPERADOR

¡Conque al fin me veo engañado! Habéisme hecho caer en el lazo, y me estremezco de horror desde que estoy preso en él.

MEFISTÓFELES

¡Animo, sobre todo! Aún no está eso perdido. Paciencia y astucia para el último nudo. De ordinario, al fin es cuando las cosas ofrecen más dificultades. Tengo mis fieles mensajeros. Ordenad que pueda yo mandar.

EL GENERAL EN JEFE

( Que entretanto se ha acercado). Te coligaste con ésos, y ello me ha

apenado desde el principio. La hechicería no produce ningún bien duradero.

Nada sé yo para cambiar el aspecto de la batalla. Ellos lo empezaron, que lo acaben. Yo depongo mi bastón.

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EL EMPERADOR

Guárdalo hasta horas mejores, que tal vez nos deparará la suerte. Me da horror ese bellaco ruin y su intimidad con los cuervos. ( A Mefistófeles). No puedo confiarte el bastón de mando; no me pareces el hombre a propósito.

Con todo, manda y procura salvarnos. Venga lo que viniere. ( Retirase al interior de la tienda con el General en jefe.)

MEFISTÓFELES

Protéjale ese trozo de palo. A nosotros poco puede servimos. Había en él algo de la cruz.

FAUSTO

¿Qué hay que hacer?

MEFISTÓFELES

Ya está hecho... Ahora, negros primos, prontos en el servicio, id al gran lago de la montaña. Saludad de mi parte a las Ondinas, y pedidles la apariencia de sus raudales. Median- te femeninos artificios, difíciles de conocer, saben ellas separar la apariencia de la realidad, y todos jurarían que es la realidad misma.

( Pausa.)

FAUSTO

Nuestros cuervos deben de haber engatusado por completo a esas señoritas de las aguas. Allí ya empieza

F A U S T O

aquello a manar. En varios sitios erizados de peñas desnudas y áridas, brota copioso y raudo manantial. De la victoria de los otros no hay que hablar: es cosa perdida. MEFISTÓFELES

He aquí un saludo singular; los más audaces trepadores están confusos.

FAUSTO

Murmura poderoso ya un arroyo corriendo hacia abajo hasta juntarse a otros arroyos; al salir de las barrancas, doblan su caudal. Un torrente se precipita ahora en forma de cascada, de pronto se extiende en una vasta llanura de rocas, y espuma fragoroso corriendo de aquí para allí y de grado en grado se lanza en el valle. ¿Qué aprovecha una valerosa y heroica resistencia? La

potente oleada corre veloz para arrastrarlos; yo mismo me estremezco ante una tan furiosa inundación.

MEFISTÓFELES

Nada veo de esos embelecos de aguas. Únicamente los ojos humanos se dejan engañar, y ese lance extraño me divierte. Ved como huyen y en tropel caen vistosas bandas enteras. Esos imbéciles creen ahogarse en tanto que resuellan con desahogo en tierra firme, y corren de una manera grotesca con los movimientos de un nadador. Al presente la confusión es general.

( Los cuervos han vuelto.)

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MEFISTÓFELES

( A los cuervos). Yo haré vuestro elogio ante el alto Maestro. Si queréis ahora acreditaros vosotros mismos de maestros, volad presurosos hacia la ardiente fragua en donde el pueblo de pigmeos bate infatigable metal y piedra hasta brotar chis- pas. Pedidles, engatusán-dolos con prolijas frases zalameras, un fuego tan luciente, fúlgido, chispeante como pueda uno concebir. Cierto es que los relampagueos en lontananza o una súbita caída de las más elevadas estrellas pueden acontecer cada noche de verano, pero relampagueos en los enmarañados matorrales, y estrellas que pasan silvando sobre el húmedo suelo, eso no se ha visto tan fácilmente. Así, preciso es que, sin molestaros mucho, pidáis primero y ordenéis después.

( Vanse los cuervos. Esto sucede conforme se ha ordenado.) MEFISTÓFELES

Para los enemigos, densas tinieblas, y piérdanse en lo in- cierto sus pasos todos. Visión de centellas errantes por doquiera, un resplandor capaz de cegar de un modo repentino. Todo eso fuera prodigiosamente hermoso, pero todavía es menester ahora un ruido espantable. FAUSTO

Las vacías armaduras, salidas del sepulcro de los salones, siéntense reanimadas al aire libre. Allá arriba óyese un fragor,

F A U S T O

un estrépito mucho tiempo ha, un prodigioso ruido que no es natural.

MEFISTÓFELES

¡Muy bien! Nada puede ya contenerlos. Ya se oyen palizas, caballerescas, como en los buenos tiempos de antaño. Brazales, lo mismo que canilleras, cual güelfos y gibelinos, renuevan briosos la eterna lucha. Firmes, asentados en el sentimiento hereditario, muéstranse irreconciliables. La

batahola resuena ya en todas direc-ciones. Al fin y a la postre, en todas las fiestas del diablo el encono de los partidos obra que no hay más que pedir, hasta el horror más extremado. Esto repercute por fuera en pánico desaforadamente enojoso, mezclado con una gritería chillona, estridente, satánica, que siembra el espanto en el valle. ( Tumulto guerrero, en la orquesta, que al fin se convierte en alegre música militar.) J O H A N W O L F G A N G G O E T H E