Fausto
En el Peneo Inferior
PENEO rodeado de aguas y de Ninfas PENEO
Déjate oír, murmurio de los juncos; despedid vuestro suave hábito, cañas hermanas; susurrad blandamente, tiernos sauces; hablad quedito, ramas de álamo temblón, a mis interrumpidos ensueños... Una horrible tormenta, un temblor interno que todo lo conmueve me despierta sacándome de la undosa corriente y del sosiego.
FAUSTO
( Acercándose al río). Si mal no oigo, debo creer que detrás de esta bóveda de entrelazado ramaje, detrás de estos arbus- tos, suenan unos acentos que semejan a la voz humana. La ondulación del agua parece una parlería, la leve brisa es como... un juego festivo.
LAS NINFAS
J O H A N W O L F G A N G G O E T H E
( A Fausto). Lo mejor para ti fuera echarte en el suelo, restaurar en el frescor tus fatigados miembros y gozar del reposo que sin cesar huye de ti.
Nosotras susurramos, nosotras musitamos, nosotras murmu-jeamos a tu lado. FAUSTO
Bien despierto estoy. ¡Oh! Dejad que reinen esas formas inompa-rables tal como están dispuestas ahí a mi vista. ¡Siéntome penetrado de una impresión tan extraña...! ¿Son sueños? ¿Son recuerdos? Otra vez te viste así colmado de felicidad. Deslízanse las aguas a través de la frescura de los espesos matorrales mansamente movidos; no corren con fragor; apenas murmuran.
De todos lados cien manantiales vienen a unirse en el límpido y claro seno poco ahondado, propio para el baño. Sanas y juveniles formas de mujer, duplicadas por el húmedo espejo, se ofrecen a la deleitada vista. Báñanse luego juntas con alegría, nadando unas atrevidas, avanzando otras con pie temeroso, y al fin acaban con una gritería y lucha en el agua. La vista de ellas debiera darme contento; mis ojos habrían de recrearse aquí, pero mi pensa-miento se lanza cada vez más lejos. Mi penetrante mirada se dirige hacia aquel velo de tupido y verde follaje que oculta a la excelsa reina.
¡Cosa admirable! Unos cisnes llegan también a nado desde los remansos moviéndose de una manera majestuosa realzada por su blancor.
Balanceándose con suavidad, delicadamente sociables, pero ufanos y satisfechos de sí mismo, ved como mueven la cabeza y el pico... Uno de ellos, sobre todo, pavoneándose audaz, parece estar
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complacido, y sigue su rumbo veloz por entre los demás; su plumaje se ahueca hinchándose; la onda misma, undulando sobre las ondas, lánzase en dirección del sitio sagrado... Los otros cisnes nadan de una parte a otra con sus plumas de suave brillo, y pronto se empeña entre ellos una viva y aparatosa lucha para que se alejen las asustadizas doncellas y, olvidando su servicio, no piensen más que en su propia seguridad.
LAS NINFAS
( En coro). Aplicad, hermanas, el oído contra el verde su- bidero de la orilla; si mal no oigo, ello semeja el ruido que produce el casco de un corcel.
Quisiera saber quién trae esta noche el rápido mensaje.
FAUSTO
Paréceme como si temblara la tierra resonando bajo el raudo paso de un bridón. ¡Hacia allí, ojos míos! ¿Debe ya llegar a mí una suerte favorable?
¡Oh prodigio sin igual! Viene un jinete al trote; parece dotado de talento y valor, y llevado por un caballo de blancura deslumbradora... No me engaño, le conozco ya: ¡él renombradrado hijo de Filira... ¡Tente, Quirón! ¡Alto!
Tengo que decirte... QUIRÓN
¿Que ocurre? ¿Qué es ello?
FAUSTO
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Modera tu paso.
QUIRÓN
No me detengo.
FAUSTO
Entonces, por favor, llévame contigo.
QUIRÓN
Sube. Así puedo a mi talante preguntar: ¿Adónde vas? Te hallas en esta orilla; presto estoy a llevarte al otro lado del río. FAUSTO
( Montando en el Centauro). Adónde quieras. Por siempre lo agradezco a ti... Al grande hombre, al noble pedagogo, que, para su propia gloria, educó
una generación de héroes, la lucida falange de los ilustres Argonautas y todos cuantos fundaron el mundo del poeta.
QUIRÓN
Dejemos eso en su lugar. La misma Palas, en figura de Mentor, no llega a los honores; al fin, los discípulos siguen obrando a su manera, como si no se les hubiese educado. FAUSTO
Al médico que nombra cada planta, que conoce a fondo las raíces, que da salud al paciente y alivio al herido, yo le abrazo aquí estrechamente en alma y cuerpo.
F A U S T O
QUIRÓN
Cuando a mi lado caía herido un héroe, yo sabía entonces darle auxilio y consejo; mas al fin abandoné mi arte a curanderas y sacerdotes.
FAUSTO
Eres con verdad el grande hombre, que no puede oír palabras de elogio.
Procura esquivarse modestamente y hace como si existiera su igual.
QUIRÓN
Y tú me pareces diestro para fingir, para lisonjear lo mismo al príncipe que al pueblo.
FAUSTO
Con todo eso, no podrás menos de confesar que tú viste los más grandes personajes de tu tiempo, que en proezas rivalizaste con el más ilustre, y que, augusto como un semidiós, pasaste los días de tu vida. Pero, entre las figuras heroicas, ¿a quién tuviste por la más grande? QUIRÓN
En la noble falange de los Argonautas, cada uno era bravo a su propia manera, y por la fuerza que le animaba, podía bastar allí donde los demás estaban faltos de ella. Los Dióscuros triunfaron siempre allí donde prevalecían la belleza y el vigor de la juventud. Decisión y rapidez en el J O H A N W O L F G A N G G O E T H E
obrar para el bien ajeno, fueron la hermosa dote de los Boréades. Reflexivo, enérgico, prudente, oportuno en el consejo, así mandaba Jasón, bienquisto de las mujeres. Orfeo, que tierno y siempre plácidamente discreto, no tenía rival cuando pulsaba la lira. Linceo, de penetrante vista, que día y noche guió la nave sagrada por entre escollos y bajíos. Sólo en común se corre el peligro; si uno de ellos obra, aplauden todos los demás.
FAUSTO
Y de Hércules, ¿nada quieres decir?
QUIRÓN
¡Ay dolor! No renueves mis pesares... Nunca había visto a Febo ni tampoco a Arés ni a Hermes, como se les llama, cuando vi ante mis ojos al que todos los hombres ensalzan como divino. Era rey por nacimiento; como joven, era delicioso de ver; estaba sometido a su hermano mayor y también a las mujeres más seductoras. Gea no engendrará nunca más un segundo Hércules, ni Hebe le conducirá al empíreo; en balde se fatiga la poesía; en vano se atormenta la piedra.
FAUSTO
Por mucho que cincelen los estatuarios y se envanezcan de él, jamás se ofreció tan admirable a la vista. Hablaste del hombre más hermoso, habla ahora también de la más bella mujer.
F A U S T O
QUIRÓN
¡Bah...! La belleza femenil nada significa. Harto a menudo no es más que una imagen yerta y fría. Sólo puedo celebrar aquel ser que vierte alegría y gozo de vivir. La belleza cifra su dicha en sí misma; la gracia es lo que hace irresistible, como Helena cuando yo la llevé.
FAUSTO
¿Tú la llevaste?
QUIRÓN
Sí, sobre este lomo.
FAUSTO
¿No estoy ya asaz turbado para que el ocupar tal sitio deba colmarme de felicidad?
QUIRÓN
Cogíame así por la cabellera, cual lo haces tú. FAUSTO
¡Oh! Yo me pierdo por completo. Cuéntame cómo. Ella es mi ú-nico anhelo. ¡Ah! ¿de dónde, dónde la llevaste? QUIRÓN
Fácil es satisfacer a tu pregunta. Los Dióscuros habían a la sazón librado a su tierna hermana de las garras de sus
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raptores. Estos, no acostumbrados a ser vencidos, cobraron aliento y se lanzaron con ímpetu en pos de ellos. Los pantanos de las cercanías de Eleusis atajaron la rápida carrera de los hermanos y de la hermana; ellos los
vadearon, y yo, batiendo el agua, nadé hasta la opuesta orilla. Entonces Helena saltó a tierra, y pasando suavemente la mano por mis húmedas crines, me acarició y dió las gracias con discreta amabilidad y sin olvidarse de sí misma. ¡Cuán hechicera estaba aquella niña, delicia del anciano!
FAUSTO
¡Diez años apenas!
QUIRÓN
Veo que los filólogos te han engañado, como se engañaron ellos mismos. Es verdaderamente singular lo que pasa con la mujer mitológica: el poeta la presenta de la manera que le conviene a él, nunca es mayor de edad, nunca envejece, de formas siempre apetitosas, es robada cuando joven, y cuando vieja, es aún galanteada. En una palabra: ningún tiempo liga al poeta.
FAUSTO
Que tampoco ella, pues, sea ligada por tiempo alguno. ¿Acaso no la encontró Aquiles en Feres fuera de todo tiempo? ¡Qué rara dicha el haber conquistado el amor contra el destino! ¿Y no podría yo, por la fuerza del más ardiente anhelo, volver a la vida esa forma tan sin par, esa criatura F A U S T O
eterna, igual a los dioses por su condición, tan noble como tierna, tan majestuosa como amable? Tú la viste en otro tiempo; yo la he visto hoy mismo, tan bella como seductora, y tan suspirada como bella. Mi pensamiento, todo mi ser está rigurosamente esclavizado; dejo de vivir si no puedo obtenerla.
QUIRÓN
Querido extranjero, como hombre, estás embelesado; mas, entre los espíritus, diríase que tienes trastornada la cabeza. Por fortuna, todo se concierta aquí para tu bien; pues todos los años, durante breves momentos tan sólo, tengo costumbre de presentarme en la morada de Manto, hija de Esculapio. En silenciosa oración, implora ella a su padre, con el objeto de que, para gloria suya, ilumine al fin el entendimiento de los médicos y los aparte del homicidio temerario. De todas las sibilas, es ella la que más aprecio; sin grotescas contorsiones, muestrase afable y benéfica. Quédate aquí algún tiempo, y ella logrará sin duda curarte de raíz por la virtud de las plantas.
FAUSTO
No quiero que me curen. Mi espíritu es poderoso. Entonces, sería yo tan
vulgar como los demás. QUIRÓN
No rehuses la salud que brota de tan rico manantial. Apéate pronto. Hemos llegado ya.
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FAUSTO
Dime: ¿a qué país me has conducido, en medio de la tétrica noche, a través de arenosas vertientes? QUIRÓN
Aquí, teniendo el Penco a la derecha y el Olimpo a la iz- quierda, Roma y Grecia se disputaron en combate el vastísimo reino que se pierde en la arena. Huye el rey, triunfa el ciudadano. Levanta la vista. Aquí muy cerca, a la claridad de la luna, elévase grandioso el templo eterno. MANTO
( Dentro del templo, soñando). Un casco de caballo hace resonar la gradería sagrada. Hacia aquí llegan unos semidioses.
QUIRÓN
Cabal. Abre los ojos.
MANTO
( Despertándose). Con bien vengas. Veo que no has dejado de volver.
QUIRÓN
Y también está en pie todavía ese templo que te sirve de morada.
F A U S T O
MANTO
¿Andas errante aún, infatigable, sin cesar? QUIRÓN
Mientras tú vives siempre tranquilamente recluida, yo me com-plazco en ir rodando.
MANTO
Yo sigo siempre así; el tiempo da vueltas en torno mío. ¿Y ése?
QUIRÓN
La noche de mala fama, en su torbellino, le ha traído aquí. Por Helena suspira él en su desvarío, a Helena ansía poseer, y no sabe cómo ni por dónde empezar. Más que ningún otro, digno es de una cura de Esculapio.
MANTO
Amo a quien desea lo imposible.
( Quirón se ha alejado ya).
MANTO
Entra, temerario. Debes alegrarte. Este lóbrego pasadizo conduce a la mansión de Perséfone. En la hueca base del Olimpo está atenta esperando
en secreto la prohibida visita. Aquí, en otro tiempo, introduje furtivamente a Orfeo. Aprovéchate mejor que él. ¡Ea! ¡valor!
( Los dos descienden).
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F A U S T O