Fausto
En el Pequeño Jardín
FILEMÓN, BAUCIS y EL VIAJERO, sentados a la mesa BAUCIS
( Al viajero). ¿Estás silencioso? ¿No llevas ningún bocado a tus sedientos labios?
FILEMÓN
No; él quisiera enterarse de tal prodigio. Tú, que hablas de buen talante, infórmale de ello.
BAUCIS
Si. Realmente fué un prodigio. Aun hoy día no me deja en reposo, pues todo ello no se hizo de un modo natural. FILEMÓN
¿Acaso pudo cometer un pecado el Emperador, que le ofreció la ribera? ¿No lo pregonó un heraldo a son de trompeta al pasar por aquí? No lejos de nuestras dunas se
F A U S T O
empezó a tomar pie: tiendas, cabañas... y en medio del verdor levantóse pronto un palacio.
BAUCIS
De día, en vano los servidores hacían mucho ruido con azadón y pala, golpe tras golpe; allí donde de noche revoloteaban pequeñas llamas en crecido número, alzábase un dique al otro día. Debió de correr la sangre en los sacrificios humanos; durante la noche oíanse los gemidos arrancados por el
dolor; hacia abajo, en dirección del mar, corrían torrentes de fuego, y a la mañana siguiente aparecía un canal. Ese hombre es un impío. Nuestra cabaña, nuestro soto le tientan, y por más que había ostentación de ser vecino, debe uno mostrarse sumiso.
FILEMÓN
Sin embargo, nos ha ofrecido una hermosa hacienda en la nueva tierra.
BAUCIS
No te fíes del suelo de las aguas; mantente firme en tu altura.
FILEMÓN
Dirijámonos a la capilla para contemplar la postrera mirada del sol.
Toquemos la campana, oremos de rodillas y tengamos confianza en el Dios de nuestros padres.
J O H A N W O L F G A N G G O E T H E