Fausto

Johan Wolfgang Goethe · Capítulo 37 de 47

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Fausto

Acto Tercero

ANTE EL PALACIO DE MENELAO EN

ESPARTA

Entra HELENA acompañada de un coro de TROYANAS

c autivas. PANTALIS , corifea HELENA Muy admirada y muy vituperada, yo, Helena, llego de la playa donde acabamos de saltar en tierra, ebria aún por el vivo balanceo de las olas, que sobre su dorso altamente erizado nos han traído de las frigias llanuras a los ancones patrios, por el favor de Poseidón y la fuerza de Euro. Allá abajo, a estas horas, está Menelao celebrando su regreso junto con los más de sus valientes guerreros. Mas tú, dame buena acogida, suntuosa mansión que mi padre Tíndaro, a su retorno, edificó para sí, cerca de la falda de la colina de Palas y decoró con mayor magnificencia que todas las casas de Esparta, cuando yo crecía aquí jugando alegre y fraternalmente con Clitemnestra y también con Cástor y

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Pólux. Os saludo, batientes de la puerta de bronce. Por vuestra amplia abertura, que invita hospitalaria, un día Menelao, elegido entre un gran número, vino radiante a mi encuentro en calidad de novio. Abridmelas de nuevo, para que cumpla con fidelidad una orden apremiante del Rey, cual conviene a la esposa. Dejad que entre y que en pos de mí quede todo cuanto de aciago se desencadenó hasta ahora en torno mío. Pues desde que yo, libre de cuidados, abandoné este sitio para visitar el templo de Citerea, en cumplimiento de un deber sagrado, y desde que allí un raptor, el frigio, me robó, muchas cosas han acae-cido, que los hombres con tanto gusto relatan por doquier, pero que no las oye con agrado aquel cuya historia, a fuerza de exageraciones, se ha tramado hasta convertirse en fábula.

EL CORO

No desdeñes, ¡oh ínclita mujer!, la gloriosa posesión del bien supremo; pues sólo a ti es concedida la mayor dicha: la fama de la belleza, que descuella sobre todas las demás. El héroe va precedido de la resonancia de su nombre, y así anda con la frente altiva; pero el hombre más indómito dobla al punto su voluntad ante la belleza, que todo lo subyuga. HELENA

¡Basta! Acompañada de mi esposo, hice vela hacia aquí, y ahora me envía delante de él a su ciudad; mas no adivino qué pensamiento puede alimentar.

¿Vengo como esposa? ¿Vengo como Reina? ¿Vengo acaso como víctima expiatoria del

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amargo dolor del príncipe y de la adversa fortuna tanto tiempo experimentada por los griegos? Conquis-tada soy; si soy cautiva, no lo sé.

Pues, en verdad, los inmortales designaron de un modo ambiguo para mi la celebridad y el destino, compañeros peligrosos de la belleza, que, aun en este umbral se yerguen a mi lado con su presencia sombría y amenazadora.

Ya en el cóncavo bajel, sólo rara vez me miraba mi esposo, sin proferir palabra alguna de consuelo; cual si meditara algún daño, estaba sentado frente a mí. Mas, después de haber remontado la profunda bahía del Eurotas y cuando apenas los espolones de las naves delanteras saluda- ban la tierra, dijo como inspirado por el numen: “Aquí desembarcan mis guerreros por su orden; yo les paso revista alineados en la ribera del mar; pero tú sigue avanzando, remonta siempre la feraz orilla del Eurotas sagrado; guía los corceles sobre el césped de la húmeda para-dera hasta que llegues a la amena planicie donde fué edificada Lacedemonia, en otro tiempo vasto campo fértil rodeado de cerca por ásperas montañas. Entra luego en la regia mansión de elevadas torres, y pásame revista a las sirvientas que allí dejé con la anciana y discreta ama de gobierno. Haz que ésta te muestre la rica colección de tesoros, tales como al morir los dejara tu padre y que yo mismo, tanto en la guerra como en la paz, he amontonado acreciéndolos sin cesar. Lo hallarás todo en buen orden, que privilegio es del príncipe encontrarlo todo puntualmente en su casa cuando a ella vuelve, cada cosa en su sitio conforme lo dejara; puesto que, por sí mismo, el servidor no tiene atribuciones para alterar cosa alguna.”

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EL CORO

Recrea ahora en este magnífico tesoro siempre acrecentado los ojos y el corazón. Los arreos de la cadena, la pedrería de la corona reposan allí con altivez pensando ser algo; pero no tienes más que entrar y retarlos, y al punto se aprestarán ellos a la lid. Pláceme ver la belleza en lucha con el oro y las perlas y las piedras preciosas. HELENA

Luego continuó así la imperiosa palabra del soberano: “Cuando al fin lo hayas todo examinado por orden, toma entonces tantos trípodes como creas necesarios y los diferentes vasos que ha de tener a mano el sacrificador al celebrar la solemne ceremonia sagrada: los calderos, lo mismo que las copas y el plato circular: que en grandes jarros esté prevenida el agua más pura del sagrado manantial; en seguida ten asimismo dispuesta allí leña seca que fácilmente sea pasto de la llama, y que, por último, no falte una bien afilada cuchilla; pero todo lo restante lo fío a tu cuidado.” Así dijo,

compeliéndome a separarnos. Mas quien tales mandatos dicta, nada me designa dotado de aliento de vida que pre- tenda él inmolar en honor de las divinidades del Olimpo. Esto da que pensar; con todo, no me inquieto más por ello, y sea lo que dispongan los altos dioses, quienes obran lo que en su dictamen les parece mejor; que sea juzgado bueno o malo por los hombres, nosotros los mortales lo hemos de soportar. No pocas veces el sacrificador en la consagración

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alzaba ya la pesada cuchilla sobre la cerviz de la res encorvada hacia tierra, y no pudo consumar el acto por impedirlo la proximidad del enemigo o la intervención de la Divinidad

EL CORO

Lo que puede acontecer, no lo imaginas. ¡Reina! avanza con buen ánimo. El bien y el mal llegan al hombre sin pensarlo; aún vaticinados, no lo creemos.

A pesar de ello, ardió Troya; a pesar de ello, vimos la muerte ante nuestros ojos, una muerte afrentosa, por cierto; ¿y no estamos nosotras aquí a tu lado gozosamente serviciales? ¿No contemplamos el sol deslumbrador del cielo y cuanto hay de más bello en la tierra, a ti, llena de benevolencia para nosotras, las más dichosas mujeres del mundo? HELENA

Sea lo que haya de ser. Cualquiera que sea la suerte que me aguarda, conviene que yo suba sin tardanza a la regia mansión, que de nuevo se halla ante mis ojos no sé cómo; mansión que tanto tiempo he echado de menos, por la que tanto suspiré y que yo había casi perdido por ligereza. Los pies no me llevan tan resueltos a lo alto de estas soberbias gradas, que saltando subía yo en mi niñez. ( Vase). EL CORO

Arrojad lejos, ¡oh hermanas!, tristes cautivas, todos los pesares. Compartid la dicha de la Reina, participad de la

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ventura de Helena, que con tardío pie para regresar, es cierto, pero tanto más firme, gozosa llega al hogar paterno. Glorificad a los númenes santos, que reponen y conducen felizmente a la patria. Quien goza de libertad, se cierne como si tuviera alas sobre los parajes más abruptos, mientras que, lánguido y anheloso, el cautivo se consume tendiendo los brazos por cima de las almenas de su prisión. Mas ella, la expatriada, cogióla un dios, y de las ruinas de Ilión la ha vuelto aquí, a la antigua casa paterna nuevamente decorada, a fin de que, tras alegrías y tormentos indecibles, ella, ya

reanimada, recuerde los primeros tiempos de la juventud. PANTALIS

( Como corifea). Abandonad ahora la regocijada senda del canto, y dirigid vuestra vista a los batientes de la puerta. ¡Que veo, hermanas mías! ¿No vuelve la Reina hacia nosotras, agitada y con paso violento? ¿Qué es eso, gran Reina? ¿Qué pudo acontecerte en los recintos de tu morada, en lugar del homenaje de los tuyos, que tal emoción te causara? No lo disimulas, pues veo en tu frente la indignación, una noble ira que lucha con la sorpresa.

HELENA

( Aparece emocionada; ha dejado abiertas las hojas de la puerta). A la hija de Júpiter no cuadra un temor trivial y la mano leve y fugaz del miedo no llega a tocarla; pero el espanto que, surgiendo desde el principio de los tiempos del seno de la antigua Noche se revuelve y sube aún bajo numerosas

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formas, cual nubes ardientes salidas del abismo de fuego de la montaña, estremece también el pecho del héroe. De tan pavorosa manera las estigias potestades marcaron hoy para mí la entrada en la casa que, a semejanza de un huésped despedido, gustosa quisiera yo alejarme de unos umbrales tantas veces hollados y por los cuales tanto tiempo suspiré con afán. Pero ¡no! He retrocedido hasta aquí hacia la luz, y no me obligaréis a dar un paso más, vosotras, Potencias, quienesquiera que seáis. Quiero pensar en la consagración, y luego, una vez purificada, la llama del hogar salude a la esposa lo mismo que al señor.

LA CORIFEA

Descubre, ¡oh noble mujer!, a tus servidoras, que respetuosas te asisten, lo que ha ocurrido. HELENA

Cuanto he visto, lo veréis vosotras mismas con vuestros ojos si la antigua Noche no ha devorado al instante su obra haciéndola entrar de nuevo en su profundo seno misterioso. Ello no obstante, para que lo sepáis, os lo expreso con palabras. En el punto en que, pensando en el deber más inmediato, puse el pie con solemnidad en el severo recinto interior de la casa del Rey quedéme sorprendida a causa del silencio que reinaba en las desiertas galerías. Ningún rumor de personas que corrieran diligentes llegaba al oído, ningún apresuramiento de viva solicitud hería la vista, y no se presentó ninguna doméstica, ningún ama de gobierno, ellas

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que de ordinario saludaban con agrado a toda persona extraña. Mas, cuando me acerqué al hogar, vi entonces sentada en el suelo, junto a las tibias cenizas, residuos de un fuego extinguido, una mujer alta, cubierta con un velo y que no parecía dormida, sino más bien meditabunda. Con palabra imperativa la llamo al trabajo, tomándola por la mujer de gobierno que tal vez en el interín la previsión de mi esposo colocara allí antes de partir; pero ella permanece inmóvil y acurrucada en su asiento. Al fin, sólo después de mis amenazas, mueve el brazo derecho, como para echarme fuera del hogar y de la estancia. Llena de enojo, apártome de ella y corro al punto hacia la gradería sobre la cual se eleva adornado el tálamo cerca de la sala de los tesoros. Mas aquel prodigio se levanta bruscamente del suelo y, cerrándome el paso con imperiosa actitud, se muestra en toda su elevada estatura, cenceña, con la mirada cavernosa, sangrienta, sombría; extraña figura que turba el ojo y el espíritu. Pero estoy hablando al aire, pues en vano se esfuerza la creadora palabra en construir formas. Vedla ahí a ella misma. ¡Y

aún osa presentarse en plena luz! Aquí mandamos nosotras hasta la llegada del Rey y señor. Los horribles engendros de la Noche, Febo amante de lo Bello, los rechaza a las cavernas, o bien los domeña.

( Aparece FÓRCIDA en el umbral, entre las jambas de la puerta.) EL

CORO

Muchas cosas presencié, aunque juveniles rizos ondean en derredor de mis sienes. He visto gran número de horrores:

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los estragos de la guerra, la noche en que cayó Ilión. A través de las nubes de polvo que levantaba el tumulto de los combatientes en su acometida, escuché el formidable clamor de los dioses; oí la broncínea voz de la Discordia resonar por los campos hacia las murallas. ¡Ay! En pie estaban aún los muros de Troya; mas el ardor de las llamas iba avanzando por momentos, extendiéndose de un lado a otro por el soplo de la propia tormenta, sobre la ciudad sumida en las sombras de la noche. Al huir, por entre el humo, el incendio y las llamas, que semejaban lenguas de fuego, vi acercarse los dioses terriblemente airados, prodigiosas formas gigantescas que discurrían a través de la oscura y densa humareda, rodeada de la claridad del incendio. ¿Lo he visto, o es que mi espíritu, oprimido de angustia, ha forjado tal embrollo? Nunca sabré decirlo; pero que yo veo

aquí con mis propios ojos esa figura horrible, si, lo sé de cierto. Podría hasta cogerla con las manos si no me contuviera el temor del peligro. ¿Cuál de las hijas de Forcis eres tú? Pues yo te igualo a esa raza. ¿Eres acaso una de las Creas, canosas de nacimiento, partícipes por turno de un ojo único y de un solo diente? ¿Osas tú, monstruo abominable, exhibirte al lado de la Belleza, ante la experta mirada de Febo? Avanza, empero, sin detenerte, pues él no ve la fealdad, de igual manera que su ojo sagrado jamás percibió la sombra.

Mas nosotras, mortales, una triste fatalidad ¡ay! nos condena por desgracia al indecible tormento de los ojos que lo repulsivo, lo siempre funesto, despierta en los amantes de lo bello. Sí, escucha, pues: si nos replicas con lengua procaz e insolente,

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oye la maldición, oye todas las invectivas, todas las amenazas proferidas por la execratoria boca de las bienaventuradas que formaron los dioses.

FÓRCIDA

Antiguo es el dicho, pero el sentido permanece elevado y verda-dero, de que la Honestidad y la Belleza no siguen jamás su vía juntas, mano a mano, por el verde sendero de la tierra. Hondamente arraigado, un antiguo rencor habita entre las dos, de suerte que, en cualquier punto del camino donde se encuentren, cada una vuelve la espalda a su adversaria, y luego cada cual se apresura más vivamente a seguir de nuevo su ruta, la Honestidad cabizbaja, y la Belleza con aire arrogante, hasta que al fin la envuelve la noche profunda del Orco, si antes no la domeñó la vejez. Os encuentro ahora, procaces como sois, descargadas aquí del extranjero, llenas de insolencia, parecidas a la ronca y alborotadora bandada de grullas, que formando larga nube por encima de nuestra cabeza, envía hacia abajo graznadora sus chirridos, que invitan al pacífico viandante a mirar hacia lo alto; pero ellas siguen su camino, y él va el suyo. Otro tanto nos acontecerá a nosotras.

¿Quiénes sois, pues, para que os atreváis, frenéticas cual Ménades semejantes a mujeres ebrias, mover esa algarabía junto al gran palacio del Rey? ¿Quiénes sois, pues, para recibir ladrando al ama de gobierno de la casa como ladra a la luna la cuadrilla de perros? ¿Pensáis que se me oculta de qué casta sois? ¡Tú, joven ralea engendrada durante la guerra, criada en medio del combate! ¡Tú, ansiosa de

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hombres, tan seductora como seducida, que enervas la fuerza del guerrero

lo mismo que la del ciudadano! Al veros así agrupadas, diríase que una nube de langosta se precipita sobre el campo cubriendo las verdes mieses.

¡Devoradoras de afanes ajenos! ¡Golosas destructoras de la prosperidad naciente! ¡Conquistadas, vendidas en el mercado, mercancía averiada!

HELENA

Aquel que, en presencia de la señora, riñe a las sirvientas, usurpa temerario el derecho doméstico del ama, pues sólo a ella toca enaltecer lo que es digno de elogio, así como castigar lo reprensible. Por otra parte, muy satisfecha estoy de los servicios que me prestaron ellas cuando la alta fortaleza de Ilión fué sitiada y acabó por sucumbir. No menos satisfecha de ellas quedé cuando en nuestra marcha errante sufrimos las vicisitudes de la angustiosa estrechez, en la que de ordinario cada cual mira primero por sí mismo. También aquí espero algo parecido de esta multitud solícita. El amo no inquiere lo que es el servidor, sino como sirve. Sella el labio, pues, y deja de mirarlas con esa irónica sonrisa. Hasta aquí guardaste bien la casa del Rey en ausencia de la señora; eso habla en favor tuyo; pero al presente llega ella en persona. Así, pues, retírate, no sea que la merecida recompensa se trueque en castigo. FÓRCIDA

Amenazar a la servidumbre es un noble derecho del cual la au-gusta esposa del soberano, favorecido de los númenes,

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se ha hecho muy digna por una acertada dirección durante dilatados años. Y

puesto que, ya reconocida, ocupadas hoy de nuevo la antigua plaza de Reina y señora de la casa, empuña las riendas desde tanto tiempo aflojadas, gobierna ahora; toma posesión del tesoro, y por añadidura, de todas nosotras juntas. Pero, ante todo, protégeme a mí, la más anciana, contra esa turba que, al lado de tu belleza de cisne, no es otra cosa que una manada de graznadoras ocas mal aladas.

LA CORIFEA

¡Cuán fea, al lado de la belleza, se muestra la fealdad! FÓRCIDA

¡Cuán necia, al lado de la discreción, es la necedad! ( A partir de aquí, responden las Coristas saliendo del coro una por una) PRIMERA CORISTA

Haznos saber de tu padre, el Erebo; infórmanos de tu madre, la Noche.

FÓRCIDA

Y tú, habla de Escila, tu prima hermana. SEGUNDA CORISTA Más de un monstruo figura en tu árbol genealógico.

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FÓRCIDA

Vete al Orco, y busca allí tu parentela. TERCERA CORISTA Harto jóvenes para ti son todos cuantos allí habitan. FÓRCIDA Embiste haciéndole el amor al viejo Tiresias. CUARTA CORISTA La nodriza de Orión fué tu tataranieta.

FÓRCIDA

Las Arpías, a lo que imagino, te criaron en la basura. QUINTA CORISTA

¿De qué sustentas esa magrez tan cuidada? FÓRCIDA

No es con sangre, de que tan ávida eres. SEXTA CORISTA

Hambrienta de cadáveres, tú, asqueroso cadáver. FÓRCIDA Dientes de vampiro brillan en tu insolente boca. LA CORIFEA J O H A N W O L F G A N G G O E T H E

La tuya cerraré si digo quién eres.

FÓRCIDA

Nómbrate primero, y queda resuelto el enigma. HELENA

No airada, pero sí afligida, avanzo entre vosotras para prohibir la violencia de tal querella. Pues nada hay más pernicioso para el señor y soberano que la solapada discordia que, a semejanza de una llaga que supura por dentro, se oculta entre los fieles servidores. El eco de sus mandatos ya no retorna entonces a él de un modo armonioso en forma de acto presto llevado a cabo.

No, rugiente y voluntarioso, da bramidos en torno de él, que, desorientado, intenta en vano reprender. Y no es sólo eso: en vuestra desenfrenada cólera, evocásteis aquí terrorífica imágenes de siniestras visiones, que me acosan por todas partes de un modo tal, que yo misma me siento arrastrada hacia el Orco, a despecho del país patrio. ¿Es esto un recuerdo? ¿Era por ventura una ilusión que se apoderé de mí? ¿He sido yo todo esto? ¿Lo soy? ¿Lo seré en lo venidero, el fantasma del sueño y espanto de esta destructora de ciudades? Temblorosas están estas jóvenes; pero tú, la más anciana, permaneces impasible. Dime una palabra sensata.

FÓRCIDA

A aquel que recuerda largos años de dicha variada, el más alto favor de los dioses acaba por parecerle un sueño. Mas tú,

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altamente favorecida sin tasa ni límite, no has visto en el curso de la vida más que amantes apasionados, rápidamente enardecidos para las empresas más audaces y arriesgadas de todo género. Ya Teseo, hombre fuerte como Heracles y admirablemente bien formado, te arrebató en edad temprana, excitado por vehemente anhelo.

HELENA

Robóme, esbelta gacela de diez años, y el castillo de Afidno en el Atica fué mi encierro.

FÓRCIDA

Pero libertada en breve por Cástor y Pólux fuiste luego requerida de amores por multitud de héroes ilustres. HELENA

Mas, con preferencia a todos ellos, gustosa lo confieso, obtuvo un secreto favor Patroclo, vivo retrato del hijo de Peleo.

FÓRCIDA

La voluntad paterna, sin embargo, te unió a Menelao, audaz corredor de los mares y guardián asimismo de su casa. HELENA

Dióle él su hija y le confió igualmente la administración del reino. De esta unión conyugal nació Hermione.

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FÓRCIDA

Pero mientras en lejanas tierras adquiría él con las armas la herencia de Creta, a ti, solitaria esposa, se presentó a la sazón un huésped hermoso en demasía.

HELENA

¿Por qué me traes a la memoria aquella viudez a medias y el horrible quebranto que de ello para mí resultó? FÓRCIDA

También a mí, cretense nacida libre, aquella expedición me causó el cautiverio y una larga esclavitud. HELENA

Luego te puso aquí en calidad de ama de gobierno, confiándote buen número de cosas, la morada y el tesoro audazmente adquirido.

FÓRCIDA

Que tú abandonaste vuelta hacia Ilión, la ciudad rodeada de torres, y hacia los inagotables goces del amor. HELENA

No me recuerdes tales goces. La inmensidad de un dolor acerbo en exceso inundó mi pecho y mi cabeza. FÓRCIDA

F A U S T O

Dícese también que tú apareciste cual doble imagen, vista en Ilión a la vez que en Egipto.

HELENA

No acabes de embrollar el desvarío de un espíritu trastornado. Aun ahora mismo no sé quien soy. FÓRCIDA

Cuentan, además, que, saliendo del profundo reino de las sombras, apasionado juntóse aún contigo Aquiles, tras haberte amado antes contra todo decreto del Destino. HELENA

Pero como sombra me uní a él, sombra también. Aquello fué un sueño; bien lo dice la tradición misma... Yo me desvanezco, y hasta para mí vengo a ser una sombra. ( Cae en brazos del semicoro.)

EL CORO

¡Silencio! ¡Silencio! ¡Tú de mirada siniestra, tú maldiciente! De tu horrenda boca provista de un diente único, ¿qué pueden exhalar tan abominables y espantosas fauces? El malvado de exterior bondadoso, pero con la ferocidad del lobo bajo la lanuda piel de oveja, es para mí mucho más terrible que la boca de perro de tres cabezas. Con angustioso afán estamos aquí esperando saber cuándo, cómo, de dónde pudo surgir así tal monstruo pérfido y hondamente acechador. Pues ahora, en vez de cariñosas palabras, ricas en J O H A N W O L F G A N G G O E T H E

consuelo, muy suavemente lisonjeras, que como el Leteo deparen el olvido, remueves tú de todo lo pasado lo peor con preferencia a lo bueno, y oscureces a la par el brillo de lo presente, así como la suave y centelleante luz de esperanza de lo porvenir. ¡Silencio! ¡Silencio! para que el alma de la Reina, presta ya a escaparse, quede aún aquí detenida y mantenga se- gura la forma sin igual entre todas las formas que jamás el sol iluminó.

(HELENA ha vuelto en sí, y de nuevo se mantiene en medio del coro.) FÓRCIDA

Sal de entre las nubes fugitivas, espléndido sol de este día, que, aun velado, ya nos embelesaba, y ahora reina con brillo deslumbrador. Tú misma contemplar con dulce mirada cómo se despliega el mundo ante ti. Por más que ésas me tachen de fea, no dejo de conocer bien lo bello.

HELENA

Vacilante salvo del vacío que me rodea durante el vértigo, y con gusto me abandonaría yo de nuevo al reposo: tan fatigados están mis miembros. Con

todo, importa a las reinas e importa a los hombres todos dominarse y cobrar alientos, cualquiera que sea el peligro que amenazador les sorprenda.

FÓRCIDA

Ahora te muestras ante nosotras en toda tu grandeza y beldad; tu mirada dice que mandas. ¿Qué ordenas? Dilo.

F A U S T O

HELENA

Aprestaos a recuperar el tiempo que perdisteis con vuestra vergonzosa rencilla. Daos prisa en preparar un sacrificio, según me lo ordenó el Rey.

FÓRCIDA

Todo está dispuesto en la casa: copa, trípode, hacha cortante, agua lustral, incienso. Falta sólo que designes lo que se ha de inmolar. El Rey no lo expresó.

FÓRCIDA

¿No lo dijo? ¡Oh Palabra funesta!

HELENA

¿Qué duelo te coge así de improviso?

FÓRCIDA

Reina, tú eres la víctima designada.

HELENA

¿Yo?

FÓRCIDA

Y ésas.

EL CORO

¡Ay dolor! ¡Que calamidad!

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FÓRCIDA

Tú caerás bajo el hacha.

HELENA

¡Qué horror! Pero lo presentía. ¡Infeliz de mí! FÓRCIDA Eso me parece inevitable.

EL CORO

Y a nosotras, ¿qué suerte nos aguarda?

FÓRCIDA

Ella morirá de noble muerte; mas allí dentro, en la alta viga que sostiene el coronamiento del techo, vosotras os agitaréis en fila, cual tordos cogidos en el lazo. (HELENA y EL CORO se quedan en actitud de espanto y horror for-mando un grupo expresivo bien dispuesto.)

FÓRCIDA

¡Fantasmas...! Como rígidas figuras os estáis ahí, horrorizadas ante la idea de separaros de la luz que no os pertenece ya. Los hom-bres, todos ellos fantasmas cual vosotras, tampoco renuncian de buen grado a la gloriosa luz del sol; nadie, sin embargo, intercede por ellos ni los salva del fin que les aguarda. Todos lo saben, pero pocos se resignan a ello. No hay más; estáis perdidas. Conque, ¡pronto! ¡al avio!

F A U S T O

( Da unas palmadas, y acto seguido aparecen en la puerta unos ENANOS

ENMASCARADOS , que ejecutan al punto con rapidez las órdenes expresadas.)

FÓRCIDA

Ven acá, monstruo tenebroso, redondo como una bola. Rogad vosotras hacia este lado; aquí hay daño que hacer, a vuestro gusto. Haced sitio para el altar portátil de cuernos de oro. Que la cuchilla esté colocada reluciente sobre el borde de plata. Llenad las jarras de agua, pues hay que lavar la horrible mancha, de sangre negra. Extended aquí sobre el polvo la preciosa alfombra, para que la víctima se arrodille de una manera regia, y envuelta en su mortaja, sin cabeza, por supuesto, reciba luego una sepultura adecuada, digna, pero sepultura al fin.

LA CORIFEA

Ahí a un lado está pensativa la Reina; marchítanse las jóvenes como la hierba segada de los prados. Pero me parece conforme a un deber sagrado, a

mí, la más anciana, cambiar unas palabras contigo, la más vieja de las viejas. Experta eres y sabia; pareces bien intencionada para con nosotras, por más que, desconociéndote, te haya ultrajado esa caterva sin seso. Dinos, pues, lo que juzgas que puede aún hacerse para nuestra salvación.

FÓRCIDA

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Pronto está dicho. De la Reina tan sólo depende salvarse ella mis-ma y salvaros a vosotras, sus aditamientos, con ella. Es menester tomar un partido, y el más rápido posible. EL CORO

Tú, la más venerable de las Parcas, la más sabia de las Si- bilas, ten cerradas las áureas tijeras, y anúncianos luego la luz y la salvación. Porque sentimos ya con disgusto nuestros delicados miembros pendientes en el aire, oscilando y bamboleándose, ellos que de mejor gana se recrearían primero en la danza, para reposar después contra el pecho del amado.

HELENA

Déjalas que tiemblen. Aflicción siento, que no temor. Con todo, si sabes un medio de salvación, acéptalo sea con gratitud. Sin duda, al inteligente, al previsor, aun lo imposible se ofrece a menudo como hacedero. Habla e indícalo. EL CORO

Habla y dinos, dinos presto cómo escaparemos a los horribles, a los repugnantes lazos que amenazan arrollarse alrededor de nuestro cuello, cual pésimas gargantillas. Nosotras, infelices, lo presentimos hasta el punto de ahogarnos y perder el aliento, si tú, Rhea, excelsa madre de todos los dioses, no te apiadas de nosotras. FÓRCIDA

F A U S T O

¿Tendréis paciencia para escuchar silenciosas el extenso hilo de mi relato?

Son muchas historias. EL CORO

Paciencia sobrada. Después de todo, mientras escuchamos, vi vimos.

FÓRCIDA

Aquel que, estándose quieto en casa, guarda un rico tesoro y sabe revocar las paredes de la alta mansión, así como asegurar la techumbre contra el rigor de la lluvia, aquel pasará bien los dilatados días de su vida; pero quien temerario atraviesa a la ligera y con fugitiva planta el sagrado linde de sus umbrales, a su regreso encuentra, sin duda, el antiguo sitio, bien que todo cambiado, sino enteramente destruido. HELENA

¿A qué vienen ahora tales sentencias harto sabidas? Si quieres narrar, no

suscites pesares.

FÓRCIDA

Es pura historia, no es reproche ni por asomo. Navegando como corsario, Menelao bogó de bahía en bahía; playas e islas, todo lo tocaba de paso como enemigo, y volvía con un botín, ese mismo que está amontonando ahí dentro. Frente a Ilión pasó diez largos años; mas para el regreso al hogar, no sé cuanto estuvo. Pero, ¿qué ha sido aquí de la noble casa de Tíndaro? ¿Qué ha sido del reino del contorno?

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HELENA

¿Tan completamente encarnado en ti está el vituperio, que sin zaherir no puedes mover los labios? FÓRCIDA

Otros tantos años abandonada quedó la montañosa región entrecortada de valles, que se eleva al otro lado de Esparta, hacia el norte, adosada al Taijeto, de donde baja rodando el Eurotas como alegre arroyo, y luego, ensanchándose, corre en medio de juncales a través de nuestro valle para sustentar vuestros cisnes. Allí detrás, en el valle montuoso, se ha establecido calladamente una osada raza, salida de la noche cimeria y ellos se han erigido una fortaleza inaccesible, desde donde vejan al país y sus habitantes como les place.

HELENA

¿Eso pudieron llevar a cabo? Parece del todo imposible. FÓRCIDA Tiempo han tenido. Hace de esto quizás unos veinte años.

HELENA

¿Hay entre ellos un jefe? ¿Son numerosos esos bandidos? ¿Están coligados?

F A U S T O

FÓRCIDA

No son bandidos, pero uno de ellos es su jefe. No le censuro, por más que me haya hecho ya una visita. Bien podía quitármelo todo, pero se contentó con unos pocos presentes voluntarios, como los calificaba él, no tributos.

HELENA

¿Qué traza tiene?

FÓRCIDA

No es mala. A mí me parece bien. Es un hombre listo, audaz, muy instruido, un hombre inteligente como hay pocos entre los griegos. Tildan a ese pueblo de bárbaro; mas no creo que haya uno tan cruel como una porción

de héroes, que frente a Ilión dieron muestras de ser unos caníbales. Yo atiendo a su nobleza, a él me confié... ¡Y su castillo! Tendríais que verlo con vuestros propios ojos. Es una cosa muy distinta de las chapuceras murallas que vuestros padres hacinaron sin orden ni concierto, ciclópeamente, como Cíclopes echando de golpe piedra bruta sobre piedra bruta. Allí, por el contrario, allí todo está hecho a plomo, a nivel y según la regla. Vedlo desde fuera. Elévase hacia el cielo tan enhiesto, todo tan bien ajustado, terso y espejante como bruñido acero. ¡Trepar por allí...! ¡Ya! el pensamiento mismo resbala. Y por dentro, los vastos recintos de grandes patios, por todas partes rodeados de construcciones de toda suerte y para todos los fines. Allí veríais columnas y columnitas, arcos J O H A N W O L F G A N G G O E T H E

y arquitos, halcones, galerías para mirar afuera y adentro, y blasones..

EL CORO

¿Qué son blasones?

FÓRCIDA

Ayax llevaba ya en su escudo una serpiente enroscada, como visteis vosotras mismas. Cada uno de los Siete, allí delante de Tebas, llevaba esculpidas en su broquel figuras ricas en significado. Veíanse allí la luna y las estrellas en el oscuro campo del cielo, y también una diosa, un héroe y una escala, espadas, antorchas y cuanto de opresor y calamitoso amenaza cruelmente a las buenas ciudades. Figuras pare- cidas, con el brillo de los colores, las lleva asimismo nuestra legión de héroes desde sus tatarabuelos.

Veis allí leones, águilas, y además garras y picos, cuernos de búfalo, alas, rosas, colas de pavo real, lo mismo que bandas de oro, negro y plata, azules y rojas. Cosas por el estilo cuelgan en no interrumpida hilera en los salones, unos salones inmensos, tan vastos como el mundo. Allí sí que podríais bailar, EL CORO

Dinos, ¿hay también danzantes allí?

FÓRCIDA

F A U S T O

Los mejores. Alegre enjambre de frescos mozuelos de rizos de oro, y que exhalan juventud. No exhalaba Paris otro perfume cuando se acercó a la Reina más de lo debido. HELENA

Te sales enteramente de tu papel. Dime la última palabra. FÓRCIDA A ti toca decirla. Con formalidad y de un modo bien clara, pro-nuncia: “Sí”,

y al punto yo te rodeo de ese castillo. EL CORO

¡Ah! profiere la breve palabra, y sálvate y sálvanos a nosotras a un tiempo.

HELENA

¡Cómo! ¿Debiera temer yo que el rey Menelao cayese en falta de un modo tan cruel para causarme daño? FÓRCIDA

¿Olvidaste acaso de qué inaudita manera mutiló al hermano de Paris, que murió luchando, a tu Deifobo que, porfiado, triunfó de ti, siendo viuda, y tuvo la dicha de tenerte por concubina? Le cortó la nariz y las orejas, y siguió mutilándole así. Daba horror el verlo.

HELENA

Eso hizo con él y lo hizo por causa mía.

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FÓRCIDA

Y por causa de él, otro tanto hará contigo. La belleza es indivi-sible. Quien la poseyó por entero prefiere antes aniquilarla, maldi-ciendo toda posesión parcial. ( Lejano toque de trompetas. El Coro se estremece de horror.) FÓRCIDA

Como el agudo y estridente son de la trompeta hace presa desga-rrando oído y entrañas, así los celos se aferran al pecho del hombre, que jamás olvida lo que un día poseyó, y perdido ahora, lo ha dejado de poseer.

EL CORO

¿No oyes el son de los clarines? ¿No ves el centelleo de las armas?

FÓRCIDA

Sé bien venido, señor y Rey. Pronta estoy a dar cuenta de todo.

EL CORO

¿Y nosotras?

FÓRCIDA

Claro lo sabéis ya. Delante de los ojos veis la muerte de la Reina; y vosotras presentís la vuestra allí dentro. No; no hay remedio para vosotras.

F A U S T O

( Pausa).

HELENA

He discurrido lo primero que puedo arriesgar. Eres un genio hos-til, bien lo advierto, y temo que vuelvas el bien en mal. Mas, ante todo, quiero seguirte a la fortaleza; lo restante ya lo sé. Lo que la Reina pretende además ocultar secretamente en el fondo del pecho, sea impenetrable a todos. Anciana,

marcha delante.

EL CORO

¡Oh, cuán de grado vamos allá con pie presuroso, tras nosotras la muerte, y delante, otra vez el muro inaccesible de una encumbrada fortaleza!

¡Protéjanos ella tan bien como la ciudadela de Ilión, que sólo sucumbió al fin gracias a un infame ardid!

( Levántanse unas nieblas que se extienden velando el fondo y también el proscenio, a voluntad.)

¡Cómo! ¿Pero cómo? Mirad, hermanas, en torno vuestro. ¿No estaba el día claro? De la corriente sagrada del Eurotas elévanse nieblas que osculantes forman estrías. La deliciosa orilla, coronada de juncos, ha desaparecido ya de nuestra vista. Tampoco ¡ay! veo ya los cisnes, que de un modo suave deslizábanse libres, graciosamente ufanos, en el placer de nadar en compañía. Empero oigo aún a lo lejos su voz, un ronco sonido que, según dicen, presagia la muerte. ¡Ah! Con tal que, en lugar de la dicha de salvación prometida, no nos anuncie al fin también la ruina a nosotras, semejantes a cisnes

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de cuello largo, airoso, blanco, y ¡ay! a nuestra Soberana, engendrada de cisne. ¡Ay de nosotras! ¡Ay! Todo se ha cubierto ya de niebla en derredor.

No nos vemos siquiera unas a otras. ¿Que acontece? ¿Marchamos? ¿Nos soste- nemos en el aire andando con breve paso sin tocar el suelo? ¿Nada ves? ¿No anda acaso el mismo Hermes por el aire de- lante de nosotras?

¿No reluce su varita de oro imperiosa ordenándonos entrar de nuevo en el tétrico y tenebroso Hades lleno de formas impalpables, atestado y siempre vacío? Sí; de golpe todo se vuelve lóbrego; sin resplandor alguno desaparece la niebla gris oscura, de un tinte pardusco de muralla.

Preséntanse a la vista unos muros inmóviles frente a la mirada libre. ¿Es eso un patio? ¿Es un foso profundo? Horrible es en todo caso. ¡Ay! Hermanas, cautivas somos; nunca como ahora fuimos tan cautivas.

PATIO INTERIOR DE UN CASTILLO, rodeado de ricas y fantásticas construcciones de estilo medioeval.

LA CORIFEA

¡Atolondradas y locas, en realidad verdaderas mujeres! Esclavas del momento, juguete del tiempo, de la fortuna próspera y de la adversa, a ninguna de las dos sabéis nunca afrontar con ánimo igual. Una de vosotras

contradice sin cesar vivamente a la otra, y las demás le llevan la contra a ella. Sólo en la alegría y en el dolor es cuando reís y gimoteáis en un mismo tono. Ahora calláos, y con atento oído escuchad lo

F A U S T O

que la magnánima Reina tenga a bien acordar para ella y para nosotras.

HELENA

¿Dónde estás, pitonisa? Cualquiera que sea tu nombre, sal de esas bóvedas del lóbrego castillo. Si acaso fuiste a anunciarme al prodigioso y heroico señor para que me dispusiera una buena acogida, recibe por ello las gracias, y condúceme luego a su presencia. Deseo que termine mi errante carrera; no anhelo sino el reposo. LA CORIFEA

En vano, Reina, miras a todos lados en derredor tuyo. Ha desaparecido la maldita estantigua; tal vez quedó allí en la niebla, del seno de la cual hemos venido aquí, no sé como, de una madera veloz y sin dar un paso. O quizás, dentro del laberinto del castillo, conjunto de partes que de maravillosa manera forman un todo único, vaga ella al azar en busca del señor para que te rinda un homenaje digno de príncipes. Mas ved, allá arriba bulle ya en gran número por doquiera, en las galerías, en las ventanas, en los portales, moviéndose diligente por aquí y por allí, una crecida servidumbre. Esto anuncia una honrosa recepción de huéspedes bien venidos. EL CORO

Se me dilata el corazón. ¡Oh! Ved cuán comedida, con paso lento, la más graciosa muchedumbre de donceles desciende gallarda en ordenada comitiva. ¡Cómo! ¿A las

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órdenes de quién, pues, aparece tan presto alineada y dispuesta esa soberbia multitud de adolescentes? ¿Qué admiro más? ¿Es su marcha airosa, o tal vez la ensortijada cabellera que circunda su tersa frente, o son quizá sus finas mejillas, sonrosadas como melocotones y asimismo cubiertas de un vello suave cual terciopelo? De buena gana mordería en ellas, pero me estremezco al pensarlo, pues en un caso tal la boca, horrible es decirlo, se llena de ceniza. Los más agraciados avanzan hacia aquí. ¿Qué traen, pues?

Gradas para el trono, alfombra y sitial, cortinaje y arreos para el pabellón.

El adorno sobresale por arriba formando coronas de nubes para la cabeza de nuestra Reina; pues, obediente a la invitación, ha subido ya a ocupar el soberbio cojín. Acercaos, grada por grada, ordenaos con seriedad. Digna,

¡oh! digna, tres veces digna, ¡bendita sea una recepción tal! ( Todo cuanto

acaba de decir el Coro, se va ejecutando sucesivamente).

Después de bajar en larga hilera los donceles y escuderos, aparece en lo alto de la escalinata FAUSTO en traje de corte, como el de los caballeros de la Edad media, y desciende lentamente con dignidad.

LA CORIFEA

( Observándole con atención). Si los dioses, como lo hacen a menudo, no le han prestado de un modo pasajero, por breve tiempo tan sólo, esa admirable figura, ese aire noble, esa presencia atractiva, será afortunado en todo cuanto emprenda, ya en las luchas con los hombres, ya en las pequeñas lides con las más bellas mujeres. En verdad, es muy

F A U S T O

preferible a muchos otros a quienes, sin embargo, vi con mis ojos gozar de alto aprecio. Con su paso lento, grave, mesurado, digno, en él reconozco al Príncipe. Vuelve allí tus miradas, ¡oh Reina!

FAUSTO

( Acércase teniendo junto a él un hombre encadenado). En vez del más solemne saludo, como sería del caso, en vez de una respetuosa bienvenida, te presento, cargado de fuertes cadenas, este servidor que, olvidando sus deberes, hizo que faltara yo a los míos... Arrodíllate aquí y haz a esta nobilísima mujer la confesión de tu culpa. Este es, augusta soberana, el hombre encargado de observar desde lo alto de la torre, con una singular penetración de mirada, todo el contorno, para abarcar con vista perspicaz el espacio celeste y la extensión de la tierra, lo que acá y acullá podría acaso anunciarse, todo cuanto desde el círculo de las colinas en el valle pudiera moverse hacia el castillo, ya sea la oleada de los rebaños, ya sea quizás el paso de un ejército; a aquellos los protegemos, a éste le salimos al encuentro. Pero hoy, ¡qué incuria! Llegas tú, y deja él de anunciarlo. Se ha malogrado la recepción más honrosa, la más debida a un huésped tan ilustre. De temerario modo ha perdido el derecho a la vida, y al presente yacería bañado en la sangre de una muerte merecida. Mas tú sola puedes castigar y conceder perdón como bien te plazca. HELENA

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Por muy alta que sea la dignidad que me confieras, como juez, como soberana, y aunque sólo fuera para probarme, según debo presumir, cumplo ahora el primero de los deberes de un juez: oír al acusado. Habla, pues.

LINCEO, vigía de la torre

Deja que caiga de hinojos, déjame contemplar, déjame morir, déjame vivir; pues entregado estoy ya a esta mujer por un dios engendrada.

Esperaba yo las delicias de la mañana, y acechando su curso por la parte de Oriente, vi de súbito salir el sol de un modo prodigioso al Sur.

Dirigí la mirada hacia aquel sitio para, en vez de hondonadas, en vez de alturas, en lugar de la extensión de la tierra y del cielo, observarla a ella, la sin igual. Un rayo de vista se me concedió como al lince subido al árbol más elevado; pero esta vez debí hacer un esfuerzo, como al salir de un sueño profundo y sombrío. ¿Sabía yo dónde me hallaba? ¿Dó estaban las almenas y la torre y la cerrada puerta? La niebla oscila, se desvanece; la diosa avanza.

Con la vista y el corazón hacia ella dirigidos, aspiraba yo el dulce fulgor; esta deslumbradora beldad me deslumbró del todo a mí, infeliz.

Olvidé los deberes de atalaya, olvidé por completo la bocina sobre la cual prestara juramento. Amenaza con aniquilarme; la Belleza aplaca todo enojo.

F A U S T O

HELENA

Castigar no puedo el mal que yo causé. ¡Ay de mí! ¿Qué hado fatal me persigue para seducir así en todas partes el co- razón de los hombres, hasta el punto de no respetarse ellos mismos ni respetar cosa alguna digna? Por medio del rapto, de la seducción, de la lucha, llevándome de un sitio a otro, semidioses, héroes, dioses y aun demonios hanme arrastrado aquí y allí por extraviadas sendas. Única, turbé el mundo; doble, aun más; y ahora, triple, cuádruple, causo desastre sobre desastre. Aleja a ese buen hombre, déjalo en libertad. Que ningún desdoro alcance a quien deslumbraron los dioses.

FAUSTO

Con asombro ¡oh Reina! veo a un tiempo a la que hiere con acierto, y aquí al que fué herido. Veo el arco que disparó la saeta e hirió a ese hombre. Las flechas suceden a las flechas alcanzándome a mí. De todas partes las presiento, emplumadas, silbando de un lado a otro por el castillo y el espacio. ¿Qué soy ahora? De golpe tornas rebeldes mis más leales servidores e inseguras mis murallas. Y así, temo ya que mi ejército obedezca a la mujer victoriosa jamás vencida. ¿Qué me resta hacer sino entregarme a ti yo mismo y todo cuanto creía ser mío? Deja que a tus plantas, libre y fiel, yo te reconozca por soberana, tú que, con sólo

presentarte, adquiriste posesión y trono.

LINCEO

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( Con una arquilla y seguido de algunos hombres que llevan otras). Heme aquí de vuelta ¡oh Reina! El rico mendiga una mirada. Te ve, y al punto siéntese pobre como un mendigo y rico como un príncipe.

¿Qué era yo antes? ¿Qué soy ahora? ¿Qué hay que querer? ¿Qué hay que hacer? ¿De qué sirve el más penetrante rayo de los ojos? Repercute al dar contra tu solio. Del Oriente llegamos, y sucumbió el Occidente; era una larga y extensa avalancha de pueblos; el primero de ellos nada sabía del último.

Cayó el primero; el segundo permanecía en pie, la lanza del ter-cero estaba ya en ristre; cada uno estaba reforzado por otros ciento; mil morían ignorados.

Continuábamos empujando, seguíamos embistiendo; quedábamos dueños de un sitio a otro, y allí donde yo como señor mandaba hoy, otro pillaba y saqueaba mañana. Nosotros observábamos, rápida era la observación, éste asía la más bella mujer; aquél se apoderaba del toro de más firme paso; los caballos debían todos venir con nosotros. Pero yo prefería descubrir lo más raro que se hubiese visto, y cualquier cosa que otro poseyese era para mí hierba marchita.

Iba yo siguiendo la pista de tesoros y obedecía sólo a mis penetrantes miradas; echaba una ojeada en todos los bolsillos; toda arca era transparente para mí. Y me apropié de montones de oro y las más ricas piedras preciosas. La esmeralda, empero, es lo único que merece verdear sobre tu corazón.

F A U S T O

Tembleque ahora entre oreja y boca la ovalada gota salida del fondo del mar; los rubíes muy azorados están: el rubor de tus mejillas los vuelve pálidos.

Y de esta suerte, aquí está tu sitial, traigo el mayor de todos los tesoros; que a tus pies sea aportada la cosecha de más de una san-grienta lid.

Por numerosas que sean las arquillas que yo arrastre aquí, qué-danme aún más arquillas de hierro; súfreme en tu camino, y yo henchi-ré tus cuevas de tesoros. Pues apenas subiste las gradas del trono, se postran, se humillan, ya la inteligencia y la riqueza y el poder ante la forma sin igual.

Todo esto lo guardaba yo para mí; mas ahora, suelto, viene a ser tuyo. Lo juzgaba estimable, precioso y de un valor real, y al presente veo que era cosa baladí. Ha desaparecido lo que yo poseía, hierba segada y mustia. ¡Oh!

¡devuélvele con una mirada risueña todo su valor! FAUSTO

Aparta presto, sin vituperio, por cierto, pero sin recompensa, el pesado botín audazmente adquirido. Suyo es ya todo cuanto encierra en su seno el castillo; ofrecer a ella alguna cosa aparte, es inútil. Ve a juntar de una manera ordenada tesoros sobre tesoros. Dispón un espectáculo soberbio de una magnificencia nunca vista. Haz que brillen las bóvedas como un cielo puro, forma paraísos de vida inanimada. Adelántate rápido a sus pasos y desenrolla una tras otra las floridas alfombras. Que su planta encuentre un J O H A N W O L F G A N G G O E T H E

suelo muelle, y su mirada, que sólo a los dioses no deslumbra, resplandezca con la mayor brillantez. LINCEO

Fácil cosa es lo que ordena el señor. El siervo lo hace como un juego: sobre los bienes y sobre la vida, reina siempre la arrogancia de esa beldad.

Sumiso está ya todo el ejército; embotados e impotentes es-tán todos los aceros; ante esa forma excelsa, el sol mismo está pálido y frío; ante la riqueza de su semblante, todo es vano, todo es nada. ( Vase). HELENA ( A Fausto). Deseo hablarte, pero sube junto a mi. Este sitio desocupado espera a su dueño y me asegura el mío. FAUSTO

Ante todo, mujer sublime, dígnate aceptar gustosa el fiel home-naje que de hinojos te rindo. Permite que yo bese la mano que a tu lado me encumbra.

Afírmame como corregente de tu imperio que no conoce límites; adquiere para ti adorador, custodio, esclavo, todo en uno solo. HELENA Veo y escucho multiplicadas maravillas; el asombro se apodera de mí.

Quisiera hacer no pocas preguntas. Mas yo desearía saber por qué el lenguaje de aquel hombre me sonaba de un modo singular, singular y halagüeño. Un sonido parecía armonizarse con el otro, y cuando una palabra se ha pegado al oído, viene otra a acariciar la primera.

F A U S T O

FAUSTO

Si te place ya el lenguaje de nuestros pueblos, ¡oh! con se- guridad te embelesará asimismo su canto, satisface hasta lo más profundo el oído y el corazón. Pero lo más seguro es que lo practiquemos ahora mismo; el diálogo invita a ello, lo promueve.

HELENA

Dime, pues: ¿cómo hablaría yo también de un modo tan bello?

FAUSTO

Es muy fácil; esto debe salir del corazón. Cuando el pecho llena ardiente pasión,

busca ansiosa el alma...

HELENA

amante corazón.

FAUSTO

No le turba el pasado ni espera el más allá,

tan sólo ve el presente...

HELENA

que es la felicidad.

FAUSTO

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De este bien supremo, logro y garantía,

¿quién de ello responde?

HELENA

Mi mano lo fía.

EL CORO

¿Quién culparía a nuestra soberana por dar al señor del castillo tales muestras de amistad? Porque, confesadlo, todas nosotras somos realmente cautivas, como tantas veces lo fuimos desde la ignominiosa caída de Ilión y el laberíntico viaje lleno de sobresaltos y dolores. Las mujeres habituadas al amor de los hombres, aunque inteligentes, no son muy delicadas en la elección; y tanto a los zagales de dorados rizos como tal vez a los faunos de hirsuta cabellera, según la ocasión se ofrece, conceden ellas un derecho completo e igual sobre sus túrgidos miembros. Cada vez más cerca, están ya sentados, apoyándose el uno en el otro, hombro contra hombro, rodilla contra rodilla; mano a mano se mecen sobre los espléndidos cojines del trono. La majestad no rehuye la presuntuosa exhibición de secretos goces ante los ojos del pueblo.

HELENA

¡Siéntome tan lejos, y sin embargo, tan cerca! Y no digo sino asaz gustosa:

¡Heme aquí, aquí!

F A U S T O

FAUSTO

Apenas respiro; mi voz tiembla, se me corta. Esto es un sueño; han desaparecido el día y el sitio. HELENA

Paréceme haber envejecido, y no obstante, ¡soy tan joven, estrechamente unida contigo, fiel al desconocido! FAUSTO

No sondees el sin igual destino; la existencia es un deber, aunque no sea más que un instante.

FÓRCIDA

( Entrando impetuosamente). Deletreáis en el abecedario del amor; devaneando, no sutilizáis sino en ternezas; ociosos, continuáis haciendo el amor con sutilidad; pero el tiempo no es para eso. ¿No sentís una sorda tormenta? Escuchad el estridente sonido del clarín. Vuestra pérdida no está lejos. Con oleadas de guerreros, Menelao avanza contra vosotros. Preveníos para un rudo combate. En medio del hormiguero de tropas victoriosas, tú, mutilado como Deifobo, pagarás caro ese acompañamiento de mujeres.

Luego que bambolee en el aire esa liviana mercancía, al punto estará aparejada para ésta junto al altar, una cuchilla recién afilada. FAUSTO

¡Qué temeraria interrupción! Importuna se introduce ella aquí. Ni aun en los peligros me gusta una impetuosidad

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desatinada. Un mensaje infausto afea al más bello mensajero, y tú, el ser más disforme, te com-places en traer sólo un mensaje siniestro. Mas esta vez no lograrás tu designio; con hueco aliento conmueves los aires. Aquí no hay peligro alguno, y el peligro mismo no parecería sino vana amenaza.

( Señales, explosiones procedentes de las torres, toques de clarines y cornetas, música guerrera, desfile de una poderosa fuerza militar).

FAUSTO

No. Ahora mismo verás reunida la compacta falange de héroes, Sólo merece el favor de las mujeres aquel que sabe protegerlas con denuedo. ( A los caudillos del ejército, que salen de entre filas y se adelantan.) Con ese furor silencioso y reprimido

que os asegura la victoria, avanzad vosotros, floreciente juventud del Norte, vosotros, florido vigor del Oriente. Cubiertos de acero, rodeados de luminosos destellos, huestes aguerridas que deshizo imperio tras imperio, preséntanse a la vista, tiembla a su paso la tierra y avanzan remedando el

fragor del trueno. Desembarcamos en Pilos; el anciano Néstor no existe ya, y el indómito ejército rompe las pequeñas alianzas de reyes. Sin dilación rechazad ahora de estos muros a Menelao hacia el mar, Allí puede errar a la ventura, pillar, estar al acecho, que era en él incli-nación y destino. Debo proclamaros caudillos; la Reina de Esparta lo ordena. Poned ahora a sus pies montes y valles, y vuestra sea la conquista del reino. Tú, Germano, defiende con vallados y baluartes las bahías de Corinto; la Acaya de cien desfiladeros, Godo, la confío luego a tu tesón. Hacia la Élida diríjanse las F A U S T O

huestes de los Francos; sea la Mesenia el lote de los Sajones; limpie el Normando los mares y engrandezca la Argólida. Entonces cada cual habitará en su casa, dirigirá hacia fuera su pujanza y sus rayos; pero Esparta, antigua residencia de la Reina, debe estar entronizada sobre vosotros. A todos y a cada uno os ve ella disfrutar del país en donde no falta bien alguno; confiados buscáis a sus pies garantía y derecho y luz. ( Fausto desciende, los Príncipes forman un círculo alrededor de él para escuchar más de cerca sus órdenes e instrucciones.)

EL CORO

Aquel que para sí pretenda la más bella mujer, hábil ante todo, con prudente acuerdo trate de procurarse armas; con halagos ha obtenido lo más sublime que hay en la tierra; mas no lo posee tran-quilo; no faltan pícaros que se la quitan diestramente con lisonjas, ni raptores que se la arrebatan con osadía.

Que esté ojo avisor para impe-dirlo. Por esto aplaudo a nuestro Príncipe y le tengo en más alta estima que a los demás, pues, bizarro y prudente, háse aliado de tal modo que los poderosos se mantienen sumisos, atentos a la menor indicación. Ejecutan fielmente sus órdenes, cada uno por su propio interés y también por remuneradora gratitud al soberano, para conseguir la mayor gloría de los dos. ¿Quién, pues, arrebatará ahora Helena al po-deroso posesor? Ella le pertenece; séale concedida sin envidia, doble-mente concedida por nosotras, a quienes él ha cercado, junto con ella a la vez, con la más sólida muralla por dentro, y el más formidable ejército por fuera.

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FAUSTO

Grandes y espléndidos son los dones ofrecidos a estos guerreros, a cada uno de los cuales ha tocado un rico territorio. Que partan, pues. Nosotros nos mantenemos en el centro. Defiéndante ellos a porfía, tú, casi isla que baten

las olas por todas partes, unida por una leve cor-dillera de colinas a la última ramificación de las montañas de Europa. Que este país, el primero de todos los países que ilumina el sol, sea por siempre feliz y próspero para toda raza, ahora que, atraído a mi Reina, en hora temprana elevó a ella la mirada cuando, al murmurio de los juncales del Eurotas, salió radiante de la cáscara oscureciendo la lumbre de los ojos a su augusta madre y sus hermanos. Este país, vuelto sólo hacia ti, ofrece su más excelso florecimiento; al orbe terrestre que a ti pertenece, ¡oh! prefiere tu patria. Y

aunque en el dorso de sus montes la cima dentellada sufre aún los fríos dardos del sol, la peña se muestra verdeante, y la golosa cabra recibe allí una reducida parte del sustento. Mana la fuente; juntando sus aguas, despéñanse los arroyos, y rever- decen ya barrancos, cuestas y prados. Por la llanura interpolada de cien colinas, ves pasar dispersos lanosos rebaños.

Esparcidas, graves, avanzan con mesurado paso, subiendo hacia el borde abrupto, las cornudas reses bovinas, hay, empero, un abrigo dispuesto para todos, pues, formando cien grutas, está excavado el muro de rocas. Allí, Pan los protege, y las vivificadoras ninfas habitan en el húmedo y fresco recinto de frondosas hendeduras, y

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anhelosos de más altas regiones, elevan sus ramas los árboles, que se estrechan unos contra otro. Son antiguas selvas. Yérguese robusta la encina, y de una manera caprichosa se enlazan las ramas con las ramas; el tierno arce, preñado de dulce savia, elévase pulido y juega con su carga. Y en la umbría silenciosa, mana de la madre leche tibia aparejada para el infante y el corderillo; a mano está la fruta, sazonado manjar de las llanuras, y del hueco tronco fluye la miel. Aquí la bienandanza es hereditaria; la mejilla está risueña, lo mismo que la boca; cada uno, en su lugar, es inmortal; todos están contentos y sanos. Y así, bañado de luz pura, se desarrolla el gracioso niño hasta lograr el vigor de padre. Nos admiramos de ello; mas siempre queda en pie la cuestión de si son dioses o si son hombres. Tal semejanza tenía Apolo con los pastores tocante a la disposición del cuerpo, que uno de los más hermosos entre ellos se le parecía; pues allí donde la Naturaleza reina en su pura esfera, se enlazan todos los mundos. ( Sentándose al lado de Helena.) Tanto para ti como para mí, el éxito ha sido lisonjero. Finido quede lo pasado detrás de nosotros. ¡Oh! Siéntete nacida del dios supremo; sólo perteneces al primer mundo. No debe ceñirte un fuerte castillo. En las

cercanías de Esparta, extiéndese aún para nosotros, en una perpetua lozanía juvenil, la Arcadia, ofreciéndonos una mansión llena de delicias. - Llamada a vivir en un suelo venturoso, te refugiaste en el más risueño destino. Los tronos se cambian en enramadas de follaje; a la manera de Arcadia, libre sea nuestra dicha.

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( La escena cambia por completo. Tupidas enramadas se elevan junto a una serie de grutas abiertas en los peñascos. Un bosque umbrío se extiende subiendo hasta las escapadas rocas dispuestas en círculo. No se ve a Fausto ni a Helena. EL CORO, diseminado acá y acullá, yace dormido.)

FÓRCIDA

Cuanto tiempo ha que duermen esas jóvenes, no lo sé; si han visto en sueños lo que claro y distinto he visto yo ante mis ojos, lo ignoro también.

Por esa razón, las despierto. Hay para admirarse la gente joven, lo mismo que vosotros, barbones que, sentados ahí abajo, estáis esperando ver, por fin, el desenredo de unos prodigios dignos de fe. ¡Ea, arriba, arriba! y sacudid pronto vuestros rizos. Quitaos el sueño de los ojos. No pestañeéis así, y escuchadme. EL CORO

Habla, por favor; cuenta, cuenta lo que ha acontecido de extraño. Con el mayor gusto oiríamos hasta lo que no podemos creer en modo alguno, porque estamos aburridas de contemplar esos peñascos.

FÓRCIDA

Apenas os habéis restregado los ojos, niñas, ¿y ya os fastidiáis? Sabed, pues, que en estas cavernas, en estas grutas, bajo, estas enra-madas, han encontrado protección y alberque, cual amorosa pareja de idilio, nuestro soberano y nuestra soberana.

F A U S T O

EL CORO

¡Cómo! ¿Ahí dentro?

FÓRCIDA

Retirados del mundo, no han llamado más que a mí sola para ser-virles en silencio. Altamente honrada estaba yo cerca de ellos; con todo, según conviene a los confidentes, observaba en derredor alguna otra cosa. Iba de aquí para allí buscando raíces, musgo, cortezas, cual conocedora que soy de todas sus virtudes, y así quedaron solos. EL CORO

Pero tú hablas como si ahí dentro hubiese mundos enteros, prados y bosques, arroyos y lagos. ¡Qué patrañas estás forjando!

FÓRCIDA

No os quepa duda alguna, jóvenes inexpertas. Hay allí profundi-dades no exploradas; salas y más salas, patios y más patios, que yo iba recorriendo pensativa, cuando de golpe resuena una risotada en los recintos de las grutas. Miro, y veo allí saltar un chiquillo del regazo de la mujer hacia el hombre, y del padre hacia la madre. Las caricias, las jocosidades, los arrumacos de un amor insensato, los gritos de alborozo y las exclamaciones de júbilo me aturden con alternación. Desnudo, un genio sin alas, especie de fauno sin bestialidad, salta sobre el suelo firme; pero el suelo, reaccionando, le

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lanza a las alturas aéreas, y al segundo, al tercer brinco, toca la alta bóveda.

Presa de angustia, dícele a voces la madre: “Salta una y otra vez a tu antojo; mas guárdate de volar; un vuelo libre te está vedado.” Y así le previene el afectuoso padre: “Reside en la tierra la fuerza elástica que te lanza hacia arriba; no toques el suelo sino con la punta del pie, y al igual que Anteo, hijo de la Tierra, al punto cobras vigor” Y así el niño va dando brincos sobre la mole de esta peña desde un extremo al otro y a la redonda, de igual modo que salta una pelota. Pero de súbito desaparece en la quiebra de una fragosa torrentera, y le creemos perdido. Laméntase la madre, el padre la consuela, y yo, encogida de hombros, estoy acongojada. Mas ¡qué nueva aparición la de ahora! ¿Habrá allí tesoros ocultos? Lleva puestos con dignidad vestidos adornados de flores. Oscilantes flecos cuelgan de sus brazos, revolotean cintas alrededor de su pecho, lleva en la mano la lira de oro, lo mismo que un pequeño Febo, y avanza placentero hacia el borde, hacia el punto más saliente. Nosotros estamos sobrecogidos; y fuera de sí, arrójanse los padres uno en brazos de otro. Mas ¡cómo reluce aquello que ostenta sobre su cabeza! Lo que brilla, difícil es decirlo. ¿Es una diadema de oro? ¿Es la llama de un genio superior?. Y en tal guisa se mueve y acciona, anunciándose ya desde niño como futuro maestro de todo lo bello, aquel por cuyos miembros bullen las eternas melodías; y así vais a oírle, y así veréis con admiración sin igual.

EL CORO

F A U S T O

¿A eso llamas una maravilla, tú, engendrada en Creta? ¿No has, pues, escuchado jamás la palabra poéticamente instructiva? ¿No has oído nunca de la Jonia, ni aprendiste tampoco de la Hélade la riqueza divina, heroica de las tradiciones primitivas? Todo cuanto se compone hoy día es eco triste de los gloriosos días de nuestros mayores. Tu relato no puede compararse a aquella deleitable ficción, más fidedigna que la verdad, que cantó al hijo de Maya. Apenas nacido, la caterva de niñeras parlanchinas, de preocupaciones absurdas, envuelve con la fel-pa de los más blancos pañales a este crío airoso, aunque robusto, y le aprieta con el arreo de preciosas fajas y mantillas. Pero, robusto y gracioso, ya saca con maña el picarillo los miembros flexibles y elásticos, dejando tranquilamente en su lugar la envoltura purpurina que oprime de angustiosa manera, parecido a la mariposa perfecta, que, salida de la dura estrechez de la crisálida, con alas desplegadas se desliza ágil revoloteando audaz y juguetona por el éter atravesado por los rayos del sol. Listo en extremo, además, a fin de ser para los ladrones y pícaros y también para todos cuantos van en busca de fortuna un genio eternamente propicio, lo prueba al punto con las más diestras mañas. Con ligereza roba el tridente al soberano del mar; a Arés mismo, sí, le quita sutil la espada de la vaina; a Febo le sustrae también arco y flecha, así como las tenazas a Hefestos; y le quitaría el rayo al mismo Zeus, al padre si no le asustara el fuego; pero vence a Eros en el juego de los luchadores echándole la zancadilla; por añadidura, roba J O H A N W O L F G A N G G O E T H E

igualmente a Cipris el cinturón de su seno mientras ella le está acariciando.

( Oyese procedente de la gruta una música de instrumentos de cuerda de sonidos embelesadores, puramente melancólicos. Todas las Coristas escuchan con atención y en breve parecen profundamente emocionadas.

Desde aquí hasta la pausa indicada más adelante, acompañamiento de música de orquesta completa.)

FÓRCIDA

Escuchad esos arrobadores sonidos. Libraos presto de las fábulas; dejad ese viejo revoltillo de vuestros dioses; se acabó ya. Nadie quiere ya comprenderos. Pedimos un tributo aun más elevado; porque es preciso que del corazón salga lo que ha de obrar sobre los corazones. ( Retirase hacia la roca.) EL CORO

Si tú, espantosa criatura, eres afecta a esos halagadores so- nidos, nosotras nos sentimos como recién recobradas y enternecidas hasta verter lágrimas de gozo. Desaparezca en buen hora el esplendor del sol, cuando raya el día en el alma, encontramos en nuestro propio corazón lo que nos niega el mundo entero.

HELENA, FAUSTO y EUFORIÓN, este último con el traje descrito más arriba.

EUFORIÓN

F A U S T O

Si oís entonar cantos infantiles, al punto hacéis de ello vuestra propia fiesta; si me veis saltar a compás, brinca vuestro corazón paternal.

HELENA

El amor, para hacer humanamente feliz, aproxima una digna pare-ja; mas, para un embeleso divino, forma una deliciosa tríada.

FAUSTO

Entonces ya nada nos falta. Tuyo soy, y tú eres mía, y así estamos unidos.

En verdad, no podría ser de otra suerte. EL CORO

Al grato aspecto de este niño, se acumula sobre esta pareja una dicha de numerosos años. ¡Oh, cuánto me conmueve esta unión!

EUFORIÓN

Dejadme ahora brincar, dejadme ahora saltar. Lanzarme a las más elevadas regiones del aire es mi anhelo, el afán que ya se apodera de mi.

FAUSTO

Con mesura, sobre todo; con mesura. Nada de temeridad, a fin de evitar una caída y un desastre. Que este hijo querido no cause nuestra pérdida.

J O H A N W O L F G A N G G O E T H E

EUFORIÓN

No quiero estar más tiempo fijo en el suelo. Soltadme las manos, soltad mis rizos, soltad mis vestidos; son míos. HELENA

¡Oh! Piensa, piensa a quien perteneces. ¡Cuánto nos afligiría si destruyeras el bien mío, el tuyo y el suyo, con tanta fatiga adquirido!

EL CORO

Bien pronto, así lo temo, se deshará esta unión. HELENA y FAUSTO

Reprime, reprime, por el amor de tus padres, esos ímpetus violentos y vivos en demasía. En una calma campestre, sé el ornamento de la llanura.

EUFORIÓN

Sólo por cumplir vuestra voluntad, deténgome. ( Confundiéndose entre el Coro y obligándole a bailar.) Más ligero revoloteo alrededor de las chicas alegres. ¿Es ahora la melodía y el compás lo que deben ser?

HELENA

Si, todo está bien. Conduce a las bellas jóvenes a una danza artística.

FAUSTO

F A U S T O

¡Cuándo acabará todo eso! Ese zangoloteo no puede divertirme lo más mínimo.

(EUFORIÓN y EL CORO, danzando y cantando, se mueven en hileras entrelazadas.)

EL CORO

Cuando meneas graciosamente los brazos, cuando, sacudiéndola, agitas en su esplendor tu rizada cabellera, cuando tu pie se desliza tan ligero sobre la tierra, cuando acá y acullá otra vez los anillos pasan alrededor de la cadena, has logrado tu objeto, niño encantador. Todos nuestros corazones se sienten atraídos a ti.

( Pausa.)

EUFORIÓN

Vosotras sois otras tantas cervatillas de ligeros pies. Para un nuevo divertimiento, alejaos presto de aquí. Yo soy el cazador, vosotras sois la caza.

EL CORO

Si quieres atraparnos, no te apresures; porque al fin no deseamos más que abrazarte, hermosa criatura. EUFORIÓN

¡Ea, a través de los sotos! ¡Hacia troncos y piedras! Me re- pugna lo que se logra con leve esfuerzo; lo que se obtiene por la violencia es casi lo único que me halaga.

J O H A N W O L F G A N G G O E T H E

HELENA y FAUSTO

¡Qué temeridad! ¡Qué delirio! Ninguna moderación hay que esperar. Parece oirse el sonido de cuernos de caza, que resuena por el valle y los bosques.

¡Qué alboroto! ¡Qué vocerío!

(LAS CORISTAS entran precipitadamente una a una.) EL CORO

Ante nosotras ha pasado corriendo y escarneciéndonos con desdén. Ahora arrastra hacia aquí las más esquiva de toda la turba.

EUFORIÓN

( Conduciendo una joven). Arrastro aquí esta chica zahareña para un deleite forzado. Para mis delicias, para mi placer, yo ciño ese pecho reacio, beso una boca desdeñosa, hago patentes mi fuerza y voluntad.

LA JOVEN

¡Suéltame! Debajo de mi exterior hay bravura y fuerza de espí-ritu.

Parecida a la tuya, nuestra voluntad no se deja fácilmente arras-trar. ¿Me crees, sin duda, en aprieto? Harto fías en tu brazo. Tenme sujeta, y yo te abraso, insensato, por divertirme. ( Ella se en-ciende y, remontándose en el aire, despide llamas). Sígueme en los aires leves, sígueme en las heladas grutas, atrapa el objeto desaparecido.

EUFORIÓN

F A U S T O

( Sacudiendo las últimas llamas). Aquí, rocas amontonadas entre la maleza del bosque. ¿Por qué he de vivir en esa estre- chura siendo joven y alentado? Silban los vientos, braman las olas; pero oigo unos y otras desde lejos, y de buen grado estaría yo cerca. ( Da saltos cada vez más elevados hacia lo alto de la roca.),

HELENA, FAUSTO y EL CORO

¿Quisieras parecerte a la gamuza? Temblamos por la caída.

EUFORIÓN

Siempre más alto debo subir, siempre más lejos debo mirar. Ahora sé donde estoy: en medio de la isla, en el centro del país de Penélope, que participa de la tierra y del mar. EL CORO

Si no puedes morar apacible en el monte y la selva, busquemos al punto vides en hilera, vides en los ribazos de la colina, higos y doradas manzanas.

¡Oh! ¡En el plácido país, permanece plácido!

EUFORIÓN

¿Soñáis con el día de la paz? Sueñe quien quiera soñar. ¡Guerra! Tal es la divisa. ¡Victoria! y este grito resuena sin cesar.

EL CORO

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Aquel que en la paz desea de nuevo la guerra, está privado de la dicha de la esperanza.

EUFORIÓN

A aquellos que este país engendró de peligro en peligro, libres, de un arrojo

sin límites, pródigos de su propia sangre, por un sagrado sentimiento que nada puede ahogar, a todos los combatientes reporte ello la victoria. EL

CORO

Mirad hacia arriba, ved como se ha elevado, y a pesar de esto, no nos parece pequeño. ¡Cuán radiante aparece bajo el arnés, con el brillo del bronce y del acero, cual si estuviera dispuesto para la victoria!

EUFORIÓN

Nada de vallados, nada de murallas. Conózcase tan sólo cada uno a si mismo. Para resistir, el broncíneo pecho del hombre es un fuerte castillo.

¿Queréis ser invencibles? Armaos a la ligera y corred al cam-po; las mujeres se vuelven amazonas, y cada niño llega a ser un héroe. EL CORO

¡Remóntese al cielo la santa Poesía! ¡Relumbre la estrella más hermosa lejos y cada vez más lejos! No por eso dejará de llegar siempre hasta nosotras. Se la oye aún; se la escucha con agrado.

F A U S T O

EUFORIÓN

No; no he aparecido niño; armado llega el adolescente; aliado con los fuertes, los libres, los audaces, ha obrado ya en espíritu. Partamos ahora, al instante; allí se abre el camino de la gloria.

HELENA Y FAUSTO

Apenas llamado a la vida, apenas expuesto a la luz del día, desde vertiginosas alturas, suspiras por un sitio fecundo en dolo res. ¿Nada enteramente somos, pues, para ti? ¿Es un sueño esta dulce unión?

EUFORIÓN

¿No oís el trueno en el mar? ¿No lo oís repercutir allí de valle en valle, y en el polvo y en las olas chocar un ejército contra otro ejército, en impulso tras impulso, hacia el dolor y el tormento? Y la muerte es la consigna: esto desde luego se comprende.

HELENA, FAUSTO y EL CORO

¡Qué espanto! ¡Qué horror! ¿La muerte es, pues, una consigna para ti?

EUFORIÓN

¿Debería yo mirarlo desde lejos? No; yo comparto afanes y riesgos.

HELENA, FAUSTO y EL CORO

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Arrogancia y peligro, ¡suerte fatal!

EUFORIÓN

Pero... ¡y se despliega un par de alas! ¡Allí! Debo partir. Es preciso, es preciso. Permitid que yo emprenda el vuelo. ( Se lanza a los aires, los vestidos le llevan un momento; su cabeza se vuelve

radiante; en pos de él deja un rastro de luz.)

EL CORO

¡Icaro! ¡Icaro! ¡Basta de tormentos!

( Un bello adolescente cae a los pies de sus padres; se cree reconocer en el cadáver una figura conocida; pero la parte corporal desaparece al momento; la aureola se remonta hacia el cielo a manera de un cometa.

La túnica, el manto y la lira quedan abandonados en el suelo.) HELENA y FAUSTO

Al regocijo sucede luego un horrible pesar. EUFORIÓN

( Voz que sale de lo profundo). No me dejes solo, madre, en el reino sombrío.

( Pausa.)

EL CORO

( Canto fúnebre). ¡Solo! Nunca, doquiera que te halles, pues creemos reconocerte. ¡Ah! Más que huyas de la luz del día, ningún corazón se apartará de ti. Con todo apenas podríamos lamentarnos; con envidia cantamos tu suerte. En

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días serenos y sombríos, canto y arrojo fueron en ti bellos y grandes.

¡Ay! Nacido para la dicha terrena, descendiente de ilustres abue-los, dotado de gran pujanza, en edad temprana, ¡ay! Perdido para ti mismo, segada flor de juventud; mirada penetrante para contemplar el mundo; simpatía por todo impulso del corazón; llama de amor para las más bellas mujeres, y un canto propio, singular.

Mas, sin que nada pudiera atajar tu curso, corriste libre para caer en el lazo inerte. Así rompiste de violenta manera con las costumbres, con las leyes, pero al fin el pensamiento más elevado dió peso a tu noble ardor; pretendiste alcanzar lo sublime, mas no te favoreció la suerte. ¿A quién sonríe la fortuna? Tenebrosa pregunta ante la cual se vela el Destino, cuando en el más aciago día enmudece todo un pueblo ensangrentado. Pero entonad nuevos cantos, no estéis más tiempo hondamente abatidos; porque la tierra engendra de nuevo tales seres, como siempre los engendró.

( Pausa completa. Cesa la música.) HELENA

( A Fausto). Por desgracia, una antigua sentencia se confirma también en mí: que la dicha y la belleza no se juntan de un modo dura-dero. Roto está el lazo de la vida, lo mismo que el del amor. Deplo-rando uno y otro, despídome llena de congoja, y por vez postrera me echo en tus brazos...

¡Perséfone, acoge al niño y acógeme a mí!

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( Helena abraza a Fausto. La forma corporal desaparece; vestidura y velo quedan en los brazos de Fausto.)

FÓRCIDA

( A Fausto). Ten firme lo que de todo eso te ha quedado. No sueltes el vestido. Ahí los demonios tiran ya de los cabos, y bien quisieran llevárselo al mundo inferior. Ten firme. No es ya la diosa, a quien perdiste, pero es una cosa divina. Aprovéchate del alto, del inapreciable favor, y remóntate a las alturas. Esto te llevará con rapidez hacia el éter, por cima de todo lo vulgar, todo el tiempo que tú vivas. Volveremos a vernos, lejos, muy lejos de aquí.

( Los vestidos de Helena se resuelven en nubes, que rodean a Fausto, le elevan en el aire y se lo llevan).

FÓRCIDA

( Recoge del suelo la túnica, el manto y la lira de EUFORIÓN , se adelanta hacia el proscenio y, levantando en el aire estos despojos, dice): Siempre es eso un feliz hallazgo. Ha desaparecido la llama, es cierto; mas no lo siento por el mundo. Queda aquí lo bastante para consagrar poetas, para suscitar la emulación de corporaciones y oficios, y si no puedo conferir talentos, a lo menos presto el ropaje. ( Siéntase en el proscenio al pie de una columna.)

PANTALIS

(La Corifea). ¡Aprisa ahora, jóvenes! Libres al fin nos vemos del hechizo, de la vil opresión de ánimo en que nos

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tenía esa odiosa vieja tesaliana, así como del mareo del retintín de sonidos muy confusos que turban el oído, y aun peor que eso, el sentido interno.

¡Abajo, hacia el Hades! La Reina se ha apresurado a bajar con paso majestuoso. Que a las huellas de sus plantas se junte sin dilación el paso de sus fieles servidoras. La encontraremos cabe el trono de la Inescrutable.

EL CORO

Las reinas, a decir verdad, se hallan a gusto en todas partes. Aun en el Hades, ocupan un sitio encumbrado, ufanamente acompañadas de sus iguales y en cordial intimidad con Perséfone. Pero nosotras, sumidas en el fondo de bajas praderas de asfódelos, entre alineados álamos y sauces estériles, ¿que solaz tenemos? Piar como murciélagos, murmurio lúgubre, espectral.

LA CORIFEA

Quien no ha conquistado para sí un nombre ni aspira a lo sublime, pertenece a los elementos. Así, pues, partid. Ardo en deseos de estar con mi Reina. No sólo el mérito, la fidelidad también, conserva nuestro ser personal ( Vase.) TODAS

Restituidas estamos a la luz del día. No tenemos personalidad, es cierto; lo sentimos, lo sabemos, pero al Hades no volveremos jamás. La Naturaleza, siempre viviente,

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hace valer sobre nosotras, espíritus, y nosotras sobre ella, unos derechos de todo punto legítimos.

UNA PARTE DEL CORO

En el tremor susurrante y en el balanceo, murmurador de estas mil ramas, estimulamos juguetonas y atraemos con suavidad desde las raíces las fuentes de la vida hacia las ramas; ora con hojas, ora con exuberancia de flores, adornamos la cabellera que ondea libre en el aire para su medro. Cae el sazonado fruto, y al instante se reúnen, gozosos de vivir, gentes y rebaños para cogerlo y saborearlo, llegando en tropel, estrujándose afanosos y, lo mismo que ante los primeros dioses, todo se inclina en derredor nuestro.

OTRA PARTE DEL CORO

Al pulido espejo de estos muros de rocas que resplandece a lo lejos, nos adherimos halagadoras moviéndonos en suaves ondula-ciones.

Escuchamos, estamos atentas a cada rumor, al canto del ave, al aflautado sonido del cañaveral, y así fuese la formidable voz de Pan, la respuesta no se hace esperar. Si ello murmura, respondemos murmu-rando; si truena, en seguida se dejan oír nuestros truenos en un redoble que causa un estremecimiento tres veces, diez veces mayor.

UNA TERCERA PARTE

Hermanas, nosotras, de carácter más movedizo, corremos más allá en los arroyuelos, porque desde lejos nos atraen las

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hileras de colinas ricamente engalanadas. Siempre hacia abajo, siempre más hondo, regamos serpenteando, a modo del Meandro, ahora la pradera, luego la dehesa, después el jardín que rodea la casa. Allí lo indican las agudas copas de los cipreses, que se elevan hacia el éter, por encima del paisaje, del contorno de la orilla y del espejo de las ondas. UNA CUARTA PARTE

Marchad ondulando, vosotras, allí donde os plazca; nosotras cercamos la colina en todas partes cultivada, zumbamos en derredor, allí donde junto a la estaca verdea la vid; allí a todas horas del día, el afán del viñador deja ver el dudoso éxito de la solicitud más amorosa. Ora con el azadón, ora con la laya, ora atetillando, podando, atando, invoca a todos los dioses, y ante todo al dios del sol. Baco, el afeminado se inquieta muy poco por el fiel servidor; descansa bajo las enramadas, se reclina en las cuevas bromeando con el más joven de los faunos. Todo cuanto ha menester para la semiembriaguez de sus desvaríos, siempre está para él guardado por tiempos perdurables en odres, jarras y vasos, a derecha e izquierda de frescas grutas. Mas cuando todos los dioses y sobre todo Helios, aireando, humedeciendo, calentando, abrasando, han colmado el cuerno de abundancia de los granos allí donde en silencio laboraba el viñador, allí, de repente todo se anima, y los pámpanos susurran en cada emparrado y se oye un murmurio que va de estaca a estaca. Crujen los cuévanos, rechinan las comportas, gimen las banastas, todo en camino de la gran tina, para la

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vigorosa danza de los pisauvas. Y así, la santa abundancia de los granos límpidos y jugosos es despachurrada con los pies sin consideración alguna; espumando, chispeando, todo se mezcla ingratamente aplastado. Y ahora taladran el oído los metálicos sones de címbalos y tímpanos, por, que Dionisos se ha despojado de los Misterios; preséntase con caprípedos haciendo dar volteretas a las caprípedas, y en medio de ellos, rebuznando con voz en exceso estri-dente, el orejudo animal en que cabalga Síleno.

Nada de miramientos. Los ahorquillados pies huellan toda conveniencia, túrbanse todos los sentidos, presa del vértigo; el oído se aturde horriblemente. Los beodos buscan a tientas el cuenco; cabezas y barrigas están sobrecargadas. Serenos están todavía éste y aquél, pero acrecen el tumulto, puesto que para guardar bien el nuevo mosto, se vacía a toda prisa el odre viejo.

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