Fausto

Johan Wolfgang Goethe · Capítulo 40 de 47

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Fausto

La Tienda del Antiemperador

Trono rodeado de gran riqueza

RAPIÑADO, URRACA

URRACA

¿Conque somos aquí los primeros?

RAPIÑADOR

Ningún cuervo vuela tan rápido como nosotros. URRACA

¡Oh! ¡Qué tesoro hay aquí amontonado! ¿Por dónde empezar? ¿Por dónde concluir?

RAPIÑADOR

¡Todo este sitio está tan lleno...! Yo no sé adónde he echar mano.

URRACA

F A U S T O

El tapiz ése me vendría de molde. ¡Es tan mala muchas veces mi cama...!

RAPIÑADOR

Cuelga aquí una maza de acero toda erizada de puntas a modo de estrella.

Una como ésta deseaba yo hace mucho tiempo.

URRACA

Este manto rojo ribeteado de oro... Yo había soñado para mi una cosa por el estilo.

RAPIÑADOR

( Tomando el arma) Con esto se concluye muy pronto. Se le deja a uno en el sitio, y adelante. Has cargado ya con tantas cosas, y aún así no has metido en el saco nada que valga la pena. Deja en su lugar esas zarandajas y llévate una de estas arquillas. Es la paga destinada al ejército. En su vientre hay oro fino.

URRACA

Esto tiene un peso abrumador. No lo puedo levantar; no puedo llevarlo.

RAPIÑADOR

Bájate presto. Tienes que agacharte. Yo te lo cargo sobre tus robustas espaldas.

J O H A N W O L F G A N G G O E T H E

URRACA

¡Ay! ¡ay! No puedo más. La carga me rompe el espinazo. ( La arquilla cae al suelo y se rompe.) RAPIÑADOR

Hay aquí oro bermejo a montones. ¡Aprisa! Cógelo. URRACA ( Agachándose). Pronto, en la falda. Aun habrá bastante. RAPIÑADOR

Y aun sobrado. Y ahora, a escape. ( Ella se levanta.) ¡Mal haya! El delantal tiene un agujero. Donde quiera que vayas, dondequiera que estés, siembras los tesoros a granel. SOLDADOS DE LA GUARDIA DE NUESTRO

EMPERADOR

¿Qué hacéis ahí en este sitio sagrado? ¿Qué estáis revolviendo en el tesoro imperial?

RAPIÑADOR

Hemos puesto a salario nuestros miembros, y venimos a buscar nuestra parte de botín. Es la costumbre en los reales del enemigo, y nosotros, nosotros también somos soldados. LOS SOLDADOS DE LA GUARDIA F A U S T O

Eso no es cosa corriente entre nosotros: soldado y ladrón en una pieza.

Aquel que se acerque a nuestro Emperador, ha de ser un soldado que tenga honradez.

RAPIÑADOR

La honradez es cosa ya bien sabida: se llama contribución. Todos sois lo mismo. ¡Paga! es el saludo del oficio. ( A Urraca). Date prisa, y llévate aunque sea a rastras lo que tienes. Aquí no somos huéspedes bien acogidos.

( Vanse los dos.)

PRIMER SOLDADO

Dí, ¿por qué no le atizaste en seguida un bofetón a ese pícaro sinvergüenza?

SEGUNDO SOLDADO

Yo no sé, me faltaban las fuerzas. ¡Tenían ellos tanto de fantasmas...!

TERCER SOLDADO

Yo tenía telarañas en los ojos; veía lucecillas, no distinguía claro.

CUARTO SOLDADO

Ha hecho todo el día un calor tan bochornoso, tan pesado, tan sofocante, que no sé cómo expresarlo. El uno estaba de pie, el otro caía, iba uno a

tientas y hería a un tiempo; a cada golpe era derribado el adversario; delante de

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los ojos flotaba como un velo; después todo zumbaba y zurría y silbaba al oído, y así continuó hasta el fin. Ahora estamos aquí sin saber siquiera cómo ello acaeció. Aparece el EMPERADOR acompañado de cuatro PRÍNCIPES . Los soldados de la Guardia se retiran. EL EMPERADOR

Sea como fuere, hemos ganado la batalla. En su desordenada fuga, el enemigo ha desaparecido en el campo raso. Aquí está el trono desocupado; un pérfido tesoro, cubierto de tapices, reduce el espacio en contorno. Nós, colmado de honores, protegido por nuestros soldados de la guardia, esperamos en calidad de Emperador a los enviados de los pueblos. De todas partes llegan faustos mensajes: que el Imperio está pacificado, que nos es gustosamente adicto. Si en nuestra lucha se mezcló también la hechicería, al fin nos batimos solos. Cierto es que sobrevienen azares en beneficio de los combatientes: cae del cielo una piedra, llueve sangre sobre el enemigo, de las oquedades de las peñas salen potentes, prodigiosos sonidos que dilatan nuestro pecho y oprimen el del adversario. Cae el vencido, cubierto de un baldón siempre renovado; el vencedor, radiante de gloria, ensalza al Dios propicio, y sin necesidad de mandato alguno, todo el mundo une su voz a la suya, y millones de gargantas entonan a coro: Te Deum laudamus. Mas yo, para suprema alabanza, vuelvo la piadosa mirada a mi propio pecho, cosa que antes sucedía rara vez. Por más que un príncipe mozo y jovial pierda su tiempo sin provecho, los años le enseñan la

F A U S T O

importancia del momento. Así, pues, sin dilación alguna, me uno ahora mismo a vosotros cuatro, ilustres próceres, para el gobierno de la Casa, de la Corte y del Imperio. ( Al primero). A ti ¡oh Príncipe! se debe la sabia organización del ejército; después, en el momento crítico, en la paz, obra según lo requiera el tiempo. Yo te nombro Gran Mariscal, y te confiero la espada.

EL GRAN MARISCAL

Cuando tu ejército leal, hasta el presente ocupado en el interior, allá en la frontera confirme tu persona y trono, séanos permitido prepararte el banquete el día de fiesta en que los convidados se apiñan en el salón del espacioso castillo de tus padres. Desnuda llevaré entonces esta espada ante

tí; desnuda la tendré a tu lado, para perpetua salvaguardia de la Majestad suprema.

EL EMPERADOR

( Al segundo). Tú, que te muestras como hombre alentado y a la vez afable y servicial, sé Gran Chambelán. El cargo no es fácil. Eres cabeza de toda la servidumbre de la Casa; debido a sus disensiones intestinas encuentro yo malos servidores. Que de hoy más sea presentada como un honroso ejemplo tu manera de complacer al Señor, a la Corte y a todos. EL GRAN

CHAMBELÁN

El secundar los altos designios del Señor reporta la gracia de favorecer a los buenos, de no dañar ni aun a los malos, y

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por añadidura, de ser ingenuo sin artificio y afable sin doblez. Si tu vista penetra hasta lo más íntimo de mi ser, esto es ya bastante para mí. ¿Puede la fantasía elevarse hasta semejante fiesta? Cuando te dirijas a la mesa, yo te presentaré la jofaina de oro y te guardaré las sortijas, a fin de que en tal momento de placer se refresque tu mano, a la par que tu mirada me llena de regocijo.

EL EMPERADOR

Asaz cuidadoso, a decir verdad, me siento para pensar en fiestas. Pero, sea.

Un alegre principio es también beneficioso. ( Al tercero). A ti te elijo para Trinchante mayor. Desde ahora estén bajo tu dirección caza, corral y alquería; haz aderezar para mí con esmero y en todo tiempo, según los meses, los platos favoritos de mi elección.

EL TRINCHANTE MAYOR

Que un riguroso ayuno sea para mí el más grato deber hasta que, ante ti colocado, te deleite un exquisito manjar. El personal de la cocina ha de unirse a mi para hacer venir lejanos productos y adelantar la estación. A ti no te seduce lo exótico ni lo tempranero con que se engalana la mesa: sencillo y substancioso es lo que tu gusto apetece. EL EMPERADOR

( Al cuarto). Puesto que, sin poderlo evitar, no se trata aquí sino de fiestas, sé para mí, joven héroe, transmutado en Copero. Cuidas ahora, Copero mayor, de que nuestras

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bodegas estén muy copiosamente abastecidas de buen vino. Por tu parte, sé sobrio y no te dejes llevar por la tentadora ocasión más allá de la serena

alegría.

EL COPERO MAYOR

Príncipe mío, la juventud misma, con sólo tener uno confianza en ella, cuando menos se espera, hállase constituida en hombres. Yo me transporto también a esa gran fiesta. Aderezo de la mejor manera posible el aparador imperial con vasos suntuosos, todos ellos de oro y plata; pero antes elijo para ti la copa más exquisita, un límpido cristal de Venecia, donde está esperando el placer y se refuerza el sabor del vino sin que éste embriague jamás. De este maravilloso tesoro muchas veces se fía uno en demasía, pero más aún guarda tu templanza, altísimo Señor. EL EMPERADOR

Los cargos que en esta hora solemne os he conferido, los habéis con seguridad escuchado de una boca infalible. Sagra- da es la palabra del Emperador, y ella garantiza toda merced. Con todo, para la confirmación, es menester el valioso escrito, hace falta la firma. A fin de disponerlo en debida forma, veo llegar el hombre a propósito en la hora oportuna. Entra EL ARZOBISPO GRAN CANCILLER

EL EMPERADOR

Cuando se confía una bóveda a la clave, está construida con seguridad para un tiempo perpetuo. Aquí ves cuatro

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Príncipes. Ante todo, hemos examinado lo que ayuda en primer lugar a la estabilidad de la Casa y de la Corte. Mas ahora, que lo que encierra el Imperio, sin excepción alguna, con poder y autoridad, descanse sobre el número cinco. En tierras, deben ellos sobresalir entre todos los demás, y por este motivo dilato ahora mismo la extensión de sus dominios sobre el patrimonio de aquellos que nos abandonaron. A vosotros, que os mantenéis fieles, adjudico varios hermosos territorios, juntamente con el alto derecho de extenderlo más allá, según las circunstancias, por sucesión, compra y permuta. Que os sea además concedido de un modo expreso ejercer sin traba alguna los derechos que a vosotros, Príncipes reinantes, os pertenecen por privilegio. Como jueces, dictaréis las sentencias definitivas; que no sea válida apelación alguna de las decisiones de vuestro altísimo ministerio. Por otra parte, han de perteneceros impuestos, censos, tributos en especie, feudos, derechos de escolta y peaje, de regalía sobre minas, sal y acuñación de moneda. Pues, para daros una valiosa y plena prueba de mi reconocimiento, os he elevado a la primera jerarquía después de la

Majestad.

EL ARZOBISPO

En nombre de todos, recibe la expresión del más profundo. Agradecimiento. Tú nos haces poderosos y fuertes, y a la vez consolidas tu poderío. EL EMPERADOR

F A U S T O

A vosotros cinco, quiero conferiros aún más altas dignidades. Yo vivo todavía para mi Imperio y tengo afán de vivir; pero una cadena de altos abuelos desvía de la febril ambición la mirada pensativa para fijarla en el fin que nos amenaza. También me separaré yo, en su día, de aquellos que me son queridos. Sea entonces vuestro deber nombrar mi sucesor. Después de coronado, elevadle sobre el santo altar, y que termine entonces de un modo, pacífico lo que esta vez tan borrascoso fué.

EL GRAN CANCILLER

Con orgullo en lo más hondo del pecho, con humildad en el semblante, están inclinados ante ti los Príncipes, los primeros de la tierra. En tanto que la sangre fiel agite nuestras repletas venas, somos el cuerpo que tu voluntad mueve sin trabajo.

EL EMPERADOR

Y así, en conclusión, que para todos los tiempos venideros sea confirmado por escrito y rúbrica lo que hemos manifestado hasta aquí. En verdad, como señores, tenéis la posesión plenamente libre, pero a condición de que sea indivisible. Y, de cualquier modo que aumentéis lo que de Nós recibisteis, el hijo primogénito debe adquirirlo en igual medida.

EL GRAN CANCILLER

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Desde luego voy gozoso a confiar al pergamino, para el bien del Imperio y el nuestro, este importantísimo estatuto. La copia y la selladura deben ocupar la Cancillería; con la sagrada firma, tú, Señor, lo confirmarás. EL

EMPERADOR

Y así podéis retiraros, a fin de que cada uno, recogido, pueda considerar este gran día.

( Los Príncipes seglares se retiran.) EL PRÍNCIPE ECLESIÁSTICO

( Se queda y habla con tono patético). Se fué el Canciller; quédase el Prelado, impelido a hablarle a solas por un celoso espíritu de admonición.

Lleno de inquietud, su corazón paternal tiembla por ti.

EL EMPERADOR

¿Qué temores son los tuyos en estos momentos de júbilo? Habla.

EL ARZOBISPO

¡Con qué amargo dolor veo, a estas horas, tu sacratísima persona en liga con Satán! En verdad, según parece, te hallas asegurado en el trono, mas

¡ay! con escarnio de Dios nuestro Señor y del Santo Padre el Papa. Si llega éste a tener noticia de ello, al punto dispondrá en justo castigo tu inicuo Imperio con el sagrado rayo del anatema. Porque no ha echado aún en olvido de qué manera, en el momento

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supremo, tú salvaste al hechicero el día de tu coronación. El primer rayo de gracia de tu diadema alcanzó aquella cabeza maldita en detrimento de la cristiandad. Mas, hiere tu pecho, y de esa fortuna impía restituye luego al punto un modesto óbolo santuario. El vasto espacio de las colinas, allí donde se levantaban tus reales, allí donde se congregaron malos espíritus para tu defensa y donde prestaste dócil oído al príncipe de la mentira, conságralo tú, piadosamente instruído, a una santa obra, junto con la montaña y la tupida selva, tan lejos como se extienden, con las alturas que se cubren de verdor para ofrecer un pasto perpetuo, con los cristalinos lagos abundantes en pesca; después los arroyos sin cuento, que, serpenteando rápidos, se precipitan en el valle; luego el extenso valle mismo, con sus prados, vegas y hondonadas. Así se mostrará el arrepentimiento, y tú hallarás gracia.

EL EMPERADOR

Tan profundamente aterrado estoy por mi grave culpa, que tú mismo fijarás el límite según tu propia medida. EL ARZOBISPO

Primero: que el espacio profanado en donde tanto se pecó, sea incontinenti declarado para el servicio del Altísimo. Ya veo en espíritu alzarse con rapidez sólidos muros; la mirada del sol matutino ilumina el coro; en forma de cruz se desarrolla el creciente edificio; prolóngase la nave y se eleva para júbilo de los fieles, que afluyen ya, llenos de fervor, J O H A N W O L F G A N G G O E T H E

cruzando el majestuoso portal. La primera llamada de las campanas ha resonado a través del monte y del valle, dejándose oír desde las encumbradas torres que tienden a subir al cielo. Acércase el penitente para empezar una nueva vida. En el gran día de la consagración (¡quiera Dios

que llegue pronto!), tu presencia será el más preciado ornamento. EL

EMPERADOR

Que tan grande obra haga patente el piadoso designio de glorificar a Dios nuestro Señor, así como de purificarme mis pecados. ¡Basta! Siento ya cómo se exalta mi espíritu. EL ARZOBISPO

En calidad de Canciller voy ahora a activar conclusión y formalidades.

EL EMPERADOR

Presentas un documento en debida forma para transferir a la Iglesia estos bienes. Gustoso lo firmaré. EL ARZOBISPO

( Se ha despedido, pero vuelve en el momento de salir.) Al propio tiempo dedicas a la obra, en cuanto vaya a empezarse, todas las rentas del país: diezmos, censos, tributos en especie, a perpetuidad. Mucho es menester para un digno sostenimiento, y una cuidadosa administración crea enormes dispendios. Y a fin de acelerar la construcción, en un sitio tan desierto como éste, nos aprontarás alguna cantidad de oro de

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las arcas de tu botín. A más de esto, hay también necesidad, no puedo pasarlo en silencio, de madera procedente de parajes lejanos, así como de cal y pizarra y otros materiales por el estilo. Instruido desde el púlpito, el pueblo se encargará del acarreo. La Iglesia bendice a quien lleva carga para su servicio. ( Vase.)

EL EMPERADOR

Enorme y grave es el pecado que pesa sobre mi. La maldita ralea hechiceresca me sume en rudo quebranto. EL ARZOBISPO,

( Volviendo otra vez y haciendo la más profunda reverencia). Perdona, ¡oh Señor! A ese hombre de tan pésima fama se le ha cedido el litoral del Imperio; mas sobre él caerá el anatema si tú, arrepentido, no concedes igualmente al elevado minis- terio de la Iglesia los diezmos, censos, donaciones y derechos de tales dominios.

EL EMPERADOR

( Malhumorado). Tal territorio no existe aún. Yace en el fondo del mar.

EL ARZOBISPO

A quien tiene derecho y paciencia, le llega también su tiempo. Que para nosotros subsista en su vigor Vuestra palabra. ( Vase.) EL EMPERADOR

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( Solo.) A este paso, bien podría yo desde luego empeñar todo el Imperio.

F A U S T O

ACTO QUINTO