Frederica
Capítulo 1
1
A penas cinco días después de haber enviado una misiva urgente a su hermano, el honorable marqués de Alverstoke, pidiéndole que la visitara tan pronto como le fuera posible, la viuda lady Buxted sintió cierto alivio al saber, gracias a su hija pequeña, que el tío Vernon acababa de llegar a casa, luciendo un abrigo con docenas de capas y tan elegante como un príncipe.
—¡Viene en un precioso carrocín nuevo, mamá, y va vestido de punta en blanco! —anunció la señorita Kitty, aplastando la nariz contra la ventana en un esfuerzo por observar la calle—. ¡Es un dandi de primera! ¿A que sí, mamá?
Lady Buxted le respondió en tono reprobatorio, rogándole que no utilizara expresiones impropias de una dama distinguida y enviándola a la sala de estudio.
Lady Buxted no era una de las admiradoras de su hermano, y enterarse de que había venido a Grosvenor Place en un carrocín nuevo no la satisfizo en absoluto. Era una agradable mañana de primavera, pero soplaba un viento cortante, y nadie que conociera al marqués podía suponer que haría esperar a sus magníficos caballos más de cinco minutos. Esto no presagiaba nada bueno para el plan que lady Buxted tenía en mente. No es que tuviera (como había comentado con amargura a su hermana mayor) muchas expectativas, pues Alverstoke era, sin duda, la criatura más egoísta y desconsiderada del mundo.
Al escucharla, lady Jevington, una dama autoritaria que rondaba los cuarenta, se había mostrado de acuerdo con reservas. Tal vez pensara (y de hecho era así) que su único hermano era un egoísta y un desconsiderado, pero no entendía por qué debía hacer más por Louisa que por ella misma. Respecto a los dos hijos y las tres hijas de Louisa, lady Jevington se sentía incapaz de reprochar a Alverstoke que no se interesara por ninguno de ellos. Era imposible interesarse por unos jóvenes tan corrientes. Que se mostrara igual de desinteresado por sus propios hijos era, sin embargo, una clara muestra de egoísmo. Cualquiera podía esperar que un soltero que no solo era noble, sino que además poseía una considerable fortuna, hubiera estado encantado de introducir en su selecto círculo a un sobrino tan prometedor como su querido Gregory, y que hubiera presentado en sociedad a su querida Anna. Que Anna se hubiera prometido ventajosamente sin la menor ayuda por su parte no mitigaba el resentimiento de milady. Y aunque reconocía que su anticuado esposo tenía razón cuando le recordaba que ella siempre había condenado el frívolo círculo al que Alverstoke pertenecía, y muchas veces había expresado la esperanza de que Gregory no se dejara arrastrar por él, no podía perdonar a Alverstoke por no haberlo intentado. Decía que eso no le habría importado si no tuviera serias razones para sospechar que Alverstoke no solo había comprado el grado de corneta a su primo y heredero, sino que encima le había concedido una generosa asignación. A lo que lord Jevington respondió que él era perfectamente capaz de mantener a su hijo, el cual no tenía nada que reclamar a su tío, y que se alegraba de que Alverstoke hubiera tenido la sensatez de abstenerse de ofrecer una ayuda económica que habría ofendido profundamente a los padres del honorable Gregory Sandridge. Su esposo tenía razón; aun así, lady Jevington pensaba que, si Alverstoke hubiera tenido un mínimo de decencia, no habría favorecido a un vulgar primo en vez de a su sobrino mayor. También pensaba que, en una sociedad mejor organizada, su heredero tenía que haber sido el hijo de su hermana mayor, no un primo segundo.
Lady Buxted no quería ver a Gregory convertido en heredero, pero en general estaba de acuerdo con su hermana. A ambas les unía el desprecio por el señor Endymion Dauntry, al que consideraban un perfecto zoquete. Si su enemistad hacia este inofensivo joven se debía al odio que sentían hacia su madre viuda, o a su bello rostro y su espléndido físico, que eclipsaban tanto a Gregory Sandridge como al joven lord Buxted, era algo que nadie se atrevía a preguntar.
Sea cual fuere la razón, sus hermanas mayores estaban convencidas de que no había un heredero menos digno del título de Alverstoke que Endymion; y ninguna de las dos había escatimado esfuerzos en presentarle a las damiselas más bellas y cotizadas que se presentaban todos los años en sociedad.
Pero el gran pecado de Alverstoke era su tendencia a aburrirse con rapidez. Aquello había terminado agotando a sus hermanas. Porque, aunque ninguna podía suponer (teniendo en cuenta el número de bellezas que habían vivido bajo su protección) que Alverstoke era inmune a los encantos femeninos, ninguna era tan tonta para hacerse ilusiones cuando parecía enamorarse de algún dechado de nobleza, encanto y fortuna que le hubiera presentado alguna de sus hermanas. Alverstoke era capaz de llenar a la dama de atenciones durante unas semanas, y después desviarse por la tangente, olvidando su mera existencia. Cuando llegó a oídos de sus hermanas que los padres prudentes miraban a Alverstoke con recelo, y que todo el mundo le consideraba peligroso, abandonaron sus intentos de buscarle esposa, y dedicaron sus energías a la sencilla tarea de criticar su indolencia, condenar su egoísmo y regañarle por todas las aberraciones morales que llegaban a sus oídos. Solo su hermana pequeña se mantenía al margen. Pero como había rechazado varias propuestas de matrimonio muy tentadoras y se había casado, solo por gusto, con un simple provinciano, y además casi nunca visitaba la metrópolis, sus dos hermanas no la tenían muy en cuenta. Si hablaban de ella (algo que apenas hacían), la llamaban «la pobre Eliza»; y aunque sabían que era la preferida de Alverstoke, nunca se les ocurrió solicitar su ayuda para buscarle esposa. Y si se les hubiera ocurrido, habrían rechazado la idea, argumentando que, desde que Alverstoke alcanzó la mayoría de edad, nadie había ejercido la menor influencia sobre él.
En esta ocasión, lady Buxted no había llamado a su hermano para sermonearle. De hecho, se había propuesto no decir nada que pudiera ofenderle. Pero mientras esperaba su entrada, las esperanzas que (a pesar de la experiencia) se había hecho al enterarse de su llegada se esfumaron, y empezó a pensar que era muy propio de él dejar pasar cinco días antes de molestarse en responder una llamada que, aunque él no lo supiera, podía ser urgente. Lady Buxted hizo un esfuerzo para poner buena cara; y un esfuerzo aún mayor para adoptar un tono amistoso cuando Alverstoke entró en el salón sin ser anunciado. También eso era muy propio de él: ese comportamiento despreocupado que milady, que era muy puntillosa con el protocolo, tanto deploraba, pues no entendía por qué debía comportarse en su casa como si estuviera en la suya.
Lady Buxted intentó disimular su enfado y, extendiendo una mano hacia él, dijo:
—¡Vernon, querido, qué agradable sorpresa!
—¿De qué te sorprendes? —preguntó él, enarcando sus oscuras cejas—. ¿No me habías pedido que viniera?
La sonrisa permaneció congelada en los labios de lady Buxted, que respondió con mordacidad:
—¡Por supuesto, pero hace tantos días, que pensé que te habrías ido de la ciudad!
—¡Oh, no! —dijo él, devolviéndole la sonrisa.
Lady Buxted no se dejó engañar, pero pensó que lo más prudente sería ignorar lo que identificó como una provocación deliberada. Dio una palmadita en el sofá e invitó a su hermano a sentarse a su lado. Pero él se dirigió a la chimenea y se agachó a calentarse las manos, diciendo:
—No puedo quedarme mucho tiempo, Louisa. ¿Qué quieres?
Lady Buxted, que se había propuesto abordar su propuesta poco a poco, pensó que aquella pregunta era tan ofensiva como desconcertante. Se quedó dudando un momento, y Alverstoke levantó la cabeza para mirarla. Un destello iluminó sus severos ojos grises.
—¿Y bien? —preguntó.
Lady Buxted no se vio obligada a responder de inmediato, porque en ese momento entró su mayordomo con los refrigerios que había considerado oportunos para la ocasión. Mientras el hombre depositaba la pesada bandeja en una mesa supletoria, e informaba al marqués en el tono confidencial de los criados de confianza que había traído el vino de Málaga además del jerez, Louisa tuvo tiempo para reorganizar sus ideas, y también para observar, con disgusto, que su hermano había decidido visitarla con botas y pantalones de montar: atuendo tan informal como su entrada. Que sus botas estuvieran relucientes, su fular perfectamente anudado y su abrigo, que le sentaba como un guante, diseñado por un sastre excelente solo sirvió para enfadarla aún más. Pensó que, si su indiferencia general se hubiera extendido a su aspecto, podría haberle perdonado no considerar necesario honrarla con la vestimenta apropiada para las visitas. Pero nadie que fuera tan elegante como Alverstoke, o cuyo estilo no fuera imitado por tantos dandis, podía ser indiferente a la moda. De hecho, en un momento de exasperación le había preguntado si le importaba algo que no fuera la ropa. A lo que él respondió, después de reflexionar un momento, que aunque su ropa era de extrema importancia, también le importaban sus caballos.
Alverstoke se acercó a la mesa supletoria y, cuando el mayordomo se retiró, volvió la cabeza, diciendo:
—¿Un poco de jerez, Louisa?
—Mi querido Vernon, ya deberías saber que nunca tomo jerez.
—¡Ah! ¿sí? ¡Tengo tan mala memoria!
—No cuando quieres recordar algo.
—¡Oh, no, en ese caso no! —admitió él. La miró, y al ver sus labios tirantes y su creciente rubor, soltó una carcajada repentina—. ¡Qué tonta eres, querida hermana! ¡No he visto persona que se deje provocar más fácilmente! ¿Qué te apetece entonces? ¿Una copa de vino de Málaga?
—Tomaré media copa de ratafía, si no te importa —respondió lady Buxted con frialdad.
—Tu elección me ofende, pero te la serviré. ¡Me parece lamentable beber a estas horas! ¡O a cualquier hora! —añadió con aire reflexivo. Le llevó la copa andando con indolencia, pero con la gracia del atleta de nacimiento—. ¿De qué se trata esta vez? ¡No te andes por las ramas! ¡No quiero que mis caballos se resfríen!
—¿Podrías sentarte de una vez? —preguntó lady Buxted con rabia.
—Está bien. ¡Pero por el amor de Dios, ve al grano! —dijo él, escogiendo una butaca enfrente de la chimenea.
—Necesito tu ayuda, Alverstoke.
—Eso es lo que sospeché cuando leí tu carta, querida Louisa —respondió el marqués, con falsa simpatía—. También podías haberme citado para soltarme uno de tus sermones, pero utilizaste un lenguaje tan cariñoso que esa sospecha se desvaneció al instante, dejándome con la única alternativa: que querías que hiciera algo por ti.
—Supongo que debería darte las gracias por recordar que te escribí pidiéndote que vinieras —dijo ella, fulminándole con la mirada.
—¡No sabes cuánto me gustaría aceptar tu gratitud con una sonrisa! — dijo Alverstoke—. Pero no me gusta llevarme los méritos ajenos. Trevor me dio el recado.
—¿Quieres decir que el señor Trevor leyó mi carta? —preguntó lady Buxted con indignación—. ¿Tu secretario?
—Le he contratado para leer mis cartas —explicó milord.
—¡No las escritas por tus seres más queridos!
—¡Oh, no, esas no! —admitió él.
Lady Buxted tomó aire.
—Eres la criatura más abomina… —se detuvo, visiblemente furiosa consigo misma, y haciendo un esfuerzo heroico, consiguió recuperar la sonrisa y decir en tono divertido—: ¡Granuja! ¡No debería dejar que me tomes el pelo de esa manera! Me gustaría hablarte de Jane.
—¿Quién diantre es…? ¡Ah, sí! ¡Una de tus hijas!
—Mi hija mayor, y si me permites que te lo recuerde, tu sobrina.
—Eres injusta, Louisa. ¡No necesito que me lo recuerdes!
—Voy a presentarla en sociedad esta temporada —anunció lady Buxted, ignorando su comentario—. La presentación tendrá lugar en uno de los salones de palacio, por supuesto. Si es que la reina sigue recibiendo, porque dicen que está tan delicada de salud que…
—Tendrás que hacer algo con sus pecas, si es la que estoy pensando —la interrumpió Alverstoke—. ¿Has probado el agua con limón?
—¡No te he invitado para analizar el aspecto de Jane! —soltó lady Buxted.
—¿Entonces para qué me has invitado?
—Para pedirte que celebres un baile en su honor… en Alverstoke House —reveló, saltándose los preliminares.
—¿Para qué?
—¡Sé muy bien lo que vas a decir, pero piénsalo un momento, Vernon! Es tu sobrina. ¿Y qué lugar mejor para celebrar su baile de presentación que Alverstoke House?
—¡Esta casa! —contestó él sin dudar.
—¡Oh, no seas desagradable! ¡Estoy convencida de que en este salón no caben más de treinta parejas! ¡Y piensa en todas las molestias que ocasionaría!
—¡Lo estoy pensando! —dijo el marqués.
—¡Pero no hay ni punto de comparación! Aquí me vería obligada a retirar todos los muebles del salón, y a utilizar el comedor para la cena, y el vestíbulo para los abrigos de las señoras. ¡En Alverstoke House hay un magnífico salón de baile! ¡Además, también es mi casa!
—Y la mía —dijo el marqués—. A veces me falla la memoria, pero recuerdo perfectamente lo que con gran acierto has llamado las molestias que ocasionaron los bailes celebrados allí en honor de Augusta, de ti misma y de Eliza. Y mi respuesta, querida hermana, es no.
—¿Es que no tienes sentimientos? —dijo ella con aire trágico.
Alverstoke, que había sacado del bolsillo una caja esmaltada de rapé, se puso a examinar con ojo crítico el dibujo de la tapa.
—No. Me pregunto si me equivoqué al comprar esta caja. Me gustó en su momento, pero está empezando a aburrirme. —Después de exhalar un suspiro, abrió la caja con un diestro movimiento del pulgar—. Y desde luego no me gusta nada este rapé —dijo, inhalando una pizca y sacudiéndose con disgusto el polvillo de los dedos—. Dirás que no debería haber permitido que Mendlesham me endosara el suyo, y tienes toda la razón: un caballero debe mezclar siempre su propio rapé —dijo mientras se levantaba—. En fin, si eso es todo, me marcho.
—¡Eso no es todo! —exclamó lady Buxted, acalorada—. Sabía lo que ibas a decir, ¡lo sabía!
—Pues si lo sabías, ¿por qué demonios me has hecho perder el tiempo?
—¡Porque esperaba que por una vez en tu vida mostraras un poco de sensibilidad! ¡Un poco de respeto hacia tu familia! ¡E incluso un poco de cariño por la pobre Jane!
—¡Eso es perseguir un imposible, Louisa! Hace años que sufres mi falta de sensibilidad; no siento el menor cariño por tu pobre Jane, a la que me costaría reconocer si me la encontrara; e ignoraba que los Buxted eran miembros de mi familia.
—¿Yo no soy un miembro de tu familia? —preguntó ella—. ¿Olvidas que soy tu hermana?
—No. Nunca he tenido la oportunidad de olvidarlo. ¡Oh, no vuelvas a organizar una de tus escenas! ¡No sabes lo fea que te pones cuando te enfadas! Si te sirve de consuelo, te diré que, si Buxted te hubiera dejado en la miseria, me habría visto obligado a mantenerte —dijo Alverstoke, mirándola con aire burlón—. ¡Sí, ya sé que vas a decirme que no tienes ni un céntimo, pero sé que tienes dinero de sobra, mi querida Louisa, pero eres la mayor tacaña que conozco! ¡Y no me hables de cariño! ¡Porque tú no sientes más cariño por mí que el que yo siento por ti!
Lady Buxted, que se había quedado muy desconcertada por este ataque directo, balbuceó:
—¿Cómo puedes decir eso? Siempre he sentido un gran afecto por ti.
—No te engañes, querida hermana. ¡Por mí, no, por mi bolsillo!
—¿Cómo puedes ser tan injusto? Y en cuanto a eso de que tengo dinero de sobra, me imagino que a ti, que puedes permitirte todos los lujos que quieras, te sorprendería saber que me veo obligada a hacer muchas economías para sobrevivir. ¿Por qué crees que dejé mi preciosa residencia en Albermarle Street cuando Buxted murió, y me vine a vivir a esta casa tan apartada?
Alverstoke sonrió.
—Como no hubo ninguna necesidad para ese traslado, supongo que se debió a tu incorregible pasión por el ahorro.
—Si lo que quieres decir es que me vi obligada a reducir gastos…
—No, simplemente fuiste incapaz de resistir la tentación.
—Tenía cinco criaturas a mi cargo…
Lady Buxted dedujo por su mirada burlona que no debía ahondar en ese tema.
—¡Bueno! —dijo él en tono comprensivo—. Será mejor que nos despidamos, ¿no crees?
—A veces —dijo lady Buxted con rabia contenida— creo que eres la criatura más odiosa y abominable del mundo. Seguro que, si Endymion hubiera solicitado tu ayuda, habrías satisfecho todos sus deseos.
Estas amargas palabras afectaron profundamente al marqués; pero después de un momento de confusión recuperó la compostura, y le recomendó a su hermana que se fuera a la cama y tomara un poco de tintura de opio.
—¡Porque es evidente que te has vuelto loca, Louisa! Si Endymion me pidiera que diera un baile en su honor, haría todo lo posible para encerrarlo en la cárcel.
—¡Qué odioso eres! —exclamó lady Buxted—. Sabes muy bien que no me refería a eso. Lo que quería decir era que… que…
—¡No, no te molestes en explicármelo! —la interrumpió el marqués—. ¡No hace falta! Te entiendo perfectamente. De hecho, llevo haciéndolo muchos años. Tú (y supongo que Augusta también) estás convencida de que siento debilidad por Endymion…
—Ese… ¡ese zoquete!
—No exageres. ¡Dejémoslo en papanatas!
—¡Sí, las dos sabemos que lo consideras un dechado de perfección! — dijo lady Buxted con rabia, al tiempo que retorcía su pañuelo entre las manos.
Alverstoke estaba jugueteando con la larga cinta de su monóculo, pero al escucharla lo levantó y se lo acercó a un ojo para observar mejor el rostro airado de su hermana.
—¡Qué forma más extraña de interpretar mis palabras! —comentó.
—¡No lo niegues! —soltó lady Buxted, envalentonada—. Siempre que tu querido Endymion quiere algo, solo tiene que pedirlo. Mientras que tus hermanas…
—Siento interrumpirte, Louisa —murmuró el marqués con falsa amabilidad—, pero eso no es verdad. No soy precisamente benévolo, ¿sabes?
—Y tampoco le has concedido una asignación, ¿no? ¡Oh, no, por supuesto que no!
—¿Por eso estás tan enfadada? ¡Qué extraña eres, Louisa! ¡Primero me insultas por tratar mal a mi familia, y luego te enfadas porque cumplo mis obligaciones con mi heredero!
—¡Ese tontorrón! —exclamó lady Buxted—. ¡Si se convierte en el cabeza de familia, no seré capaz de soportarlo!
—No te preocupes —le recomendó Alverstoke—. Lo más seguro es que no tengas que soportarlo, porque probablemente morirás antes que yo. Te doy cinco años como mucho.
Lady Buxted, que era incapaz de encontrar palabras adecuadas para la ocasión, se refugió en las lágrimas y, entre sollozos, le reprochó a su hermano su crueldad. Pero si pensaba que ablandaría su corazón con estas tácticas, se equivocaba. Entre las muchas cosas que aburrían al marqués, las lágrimas femeninas y las recriminaciones encabezaban la lista. Diciendo, con falsa solicitud, que si hubiera sabido que se encontraba indispuesta no habría ido a visitarla, el marqués se marchó seguido de los gritos de su hermana, que le dijo que esperaba vivir lo suficiente para verle recibir su merecido.
Lady Buxted dejó de llorar en cuanto se cerró la puerta; y habría recuperado cierto grado de ecuanimidad si su hijo mayor no hubiera decidido entrar en el salón unos minutos más tarde para preguntarle, con una lamentable falta de tacto, si su tío había venido a visitarla; y en ese caso, qué había dicho de su propuesta. Al enterarse de que Alverstoke había sido tan desconsiderado como siempre, lord Buxted se puso serio, pero dijo que no podía lamentarlo, porque lo había pensado mucho y no le gustaba la idea.
Lady Buxted no era una mujer cariñosa. Era tan egoísta como su hermano, y mucho menos sincera, porque ni percibía ni reconocía sus defectos. Hacía mucho que se había convencido de que su vida era un largo sacrificio por sus hijos; y, por medio de los sencillos recursos de pronunciar el nombre de sus dos hijos y sus tres hijas precedido de epítetos cariñosos, hablar de ellos (aunque no necesariamente a ellos) en tono afectuoso, y pregonar a los cuatro vientos que todas sus ambiciones estaban centradas en sus hijos, conseguía pasar, ante los ojos de la mayoría, por una madre devota.
De sus hijos, Carlton, al que con demasiada frecuencia llamaba su «primogénito», era su favorito. Nunca le había causado ninguna preocupación. De niño era testarudo, y creía a pies juntillas lo que decía su madre. Pero se había convertido en un joven respetable, con un profundo sentido de la responsabilidad y un carácter serio que no solo le mantenía alejado de los líos en los que se veía envuelto su animado primo Gregory, sino que le impedía entender qué era lo que Gregory, o el resto de sus contemporáneos, encontraban de divertido en sus juergas y distracciones. Su inteligencia era moderada, y sus procesos de pensamiento tan lentos como penosos, pero no era nada presumido, y solo se enorgullecía de su sentido común. Tampoco sentía celos de George, su hermano pequeño, cuya inteligencia sabía superior a la suya. En realidad estaba orgulloso de él, pues pensaba que era un chico muy sensato. Y aunque sus elucubraciones le habían mostrado que los espíritus ardientes como el de George podían guiar a la prometedora juventud por la senda de la virtud, nunca había transmitido esa sospecha a su madre, ni le había contado su intención de vigilar a George cuando terminara sus estudios. Ni confiaba en su madre, ni discutía con ella; y ni siquiera con su hermana Jane se atrevía a criticarla.
Carlton tenía veinticuatro años, pero como hasta entonces nunca había intentado imponer su criterio, su madre se llevó una desagradable sorpresa cuando dijo que no entendía por qué debían celebrar el baile de presentación de Jane en casa de su tío, y encima a su costa. Carlton perdió el afecto de su madre, y como lady Buxted estaba hecha una furia, habrían terminado discutiendo si el joven no hubiera tenido la prudencia de retirarse.
Tampoco le agradó descubrir que Jane estaba de acuerdo con su madre en esta ocasión, asegurando que era lamentable que el tío Vernon fuera tan desconsiderado y tacaño para lamentar el gasto de unos cientos de libras.
—Estoy convencido de que tienes demasiado sentido del decoro para querer estar en deuda con el tío, Jane —dijo Carlton con gravedad.
—¡Tonterías! —exclamó su hermana con rabia—. ¿Por qué iba a estar en deuda con él? ¡No es más que su deber!
Carlton frunció el labio superior, que era lo que solía hacer cuando estaba enfadado.
—Entiendo tu decepción —dijo—, pero seguro que te gustará más una fiesta aquí, en tu propia casa, que una aplastante derrota en Alverstoke House, donde más de la mitad de los invitados serán desconocidos.
Su segunda hermana, Maria, que pensando en su propia presentación, estaba tan indignada como Jane, no pudo contenerse, y antes de que Carlton terminara su mesurado discurso le preguntó por qué decía tantas tonterías.
—¿Cómo va a ser más divertido celebrar un baile aquí, con solo cincuenta personas invitadas, que hacer su primera aparición en Alverstoke House? ¿Es que te has vuelto loco? —le preguntó—. ¡Ya sabes cómo es mamá, será un baile lamentable! Pero imagina lo espléndido que sería si lo celebrara el tío. ¡Cientos de invitados, y todos de primera categoría! Langostas, gelatinas, y… pasteles de chantilly… y de nata…
—¿Invitados al baile? —intervino Carlton, con su particular sentido del humor.
—¡Y champán! —añadió Jane, sin prestarle atención—. ¡Y yo estaría en lo alto de la escalera con mamá y el tío, luciendo un vestido blanco de raso bordado de capullos de flores, y muselina rosa, y una corona!
Al pensar en esta hermosa visión se le llenaron los ojos de lágrimas, pero no consiguió entusiasmar ni a Maria ni a Carlton. Maria dijo que con sus pecas y su cabello rubio parecería un adefesio; y Carlton comentó que le preocupaba que sus hermanas pensaran tanto en frivolidades mundanas. Ninguna de las dos consideró que merecía la pena responderle; pero cuando añadió que se alegraba de que Alverstoke se hubiera negado a celebrar el baile, se enfadaron casi tanto como su madre, y con mucha más vehemencia. Así que Carlton se retiró, dejando que sus hermanas pudieran criticar su simplonería, pelearse a cuenta de bordados de flores y muselina rosa y comentar que, aunque el tío era odioso, seguramente era culpa de su madre por ofenderle, lo que ninguna de las dos dudaba ni por un momento que había hecho.