Frederica

Georgette Heyer · Capítulo 22 de 28

Páginas del PDF

Frederica

Capítulo 22

22

 

L as meditaciones del marqués no tardaron en verse interrumpidas por una suave llamada a la puerta. Alverstoke la abrió y dejó pasar a Judbrook, que venía con una bandeja que dejó con sigilo en la mesa, susurrando que, además del agua de cebada, su hermana había preparado un cuenco de agua y vinagre, por si al chico le dolía la cabeza. El hombre parecía muy preocupado, y sacudió la cabeza con aflicción cuando miró a Felix.

—¡Está muy mal! —murmuró.

—Espero que no tanto como parece. ¿Usted cree que su hermana podría traerme un poco de carne fría o algo similar?

—¡No, milord, ni lo piense! Ha dicho que va a servir su comida en el salón dentro de media hora, y que le ruega que la disculpe por no haber podido preparar los platos a los que está acostumbrado, pues no le ha dado tiempo a preparar un asado de buey o de pollo. Nosotros comemos al mediodía —le explicó, a modo de disculpa—, pero Polly sabe muy bien cómo agasajar a un caballero. Durante quince años fue ama de llaves de un noble en Londres, ¿sabe? A veces me gustaría que siguiera allí, porque nunca le ha gustado el campo. ¡Por eso está tan amargada! Pero cuando mi esposa murió, pensó que su deber era cuidarme. Y a pesar de sus manías tiene buen corazón, milord. Se enfadó porque traje al chico sin consultárselo, y ella siempre tiene que llevar la contraria. No sé cómo tuve valor para echarla cuando estaba en mi terreno de tres acres, milord, que está a un cuarto de milla de aquí, y que fue donde ocurrió todo. Y ella tampoco. ¡Pero lo hice! —Una sonrisa asomó al rostro del granjero, que añadió con franqueza—: ¡Ya sabe cómo son las mujeres, milord!

—Desde luego —reconoció el marqués—. Aunque confío en llegar a un acuerdo con la señorita Judbrook, y para eso necesito su colaboración. En cuanto a la comida, por favor, dígale que no se moleste. Me conformo con un trozo de carne fría y un poco de queso. ¡Pero tráigamelos aquí, por favor!

—Estaba pensando en quedarme con el chico mientras usted baja a comer.

Alverstoke negó con la cabeza.

—No. Se lo agradezco, pero si se despierta y ve una cara extraña, podría asustarse —dijo con mucho tacto.

—Como usted diga, milord. Ah, una cosa más. No… no sé qué podría ofrecerle para beber —reveló Judbrook—. A excepción del vino de prímula que hace Polly (que según ella no es apropiado), no tenemos más vino en casa. Podría enviar a uno de mis hombres a la taberna, pero no creo que…

—¡De ninguna manera! A no ser que tampoco tenga cerveza. ¡Eso es lo único que quiero!

—Ah, si solo es eso, milord… —dijo Judbrook, aliviado—. ¡Le traeré una jarra ahora mismo!

También trajo una segunda bandeja, cargada con los mudos testigos de los esfuerzos de su hermana. Cuando el marqués quiso dar cuenta de una comida que empezaba con una taza de caldo excelente, e incluía un guiso apresurado de cordero y dos pichones a la brasa, el largo día de verano había empezado a declinar, y tuvo la satisfacción de ver aliviada un poco su carga, cambiar ligeramente de postura y girar la cabeza sobre el cojín. A continuación emprendió unas prolongadas negociaciones con el granjero, cuya reticencia a aceptar cualquier pago por su hospitalidad le habría aburrido mortalmente en otras circunstancias. También fue a buscar a la señorita Judbrook para felicitarla por sus habilidades culinarias, pensando que sus cumplidos podrían beneficiar más tarde a Frederica. La mujer no le dio ningún motivo para sentirse satisfecho por su maniobra, pues aunque se mostró educada, seguía estando muy seria. Sobre todo cuando le dijo que pronto se vería aliviada de cualquier tipo de responsabilidad con la llegada de Frederica a Monk’s Farm. Después, el señor Judbrook le mostró dónde estaba su habitación, le rogó que le despertara si era necesario, le proporcionó unas cuantas velas y le dejó a solas en la habitación de Felix, para que pasara la noche lo mejor posible. Solo volvió a aparecer (en camisa de dormir, por lo que, sonrojado, pidió disculpas a milord) para darle la botella de solución salina que había traído el ayudante del médico.

El marqués se resignó a pasar largas horas de aburrimiento; pero no fue así. Mucho antes de que se levantara el empleado más madrugador de la granja, habría cambiado gustoso una semana de aburrimiento a cambio de la angustia que se apoderó de él cuando empezó a pasarse el efecto del láudano.

Al principio Felix estaba inquieto, murmurando palabras ininteligibles. Pero, tras sumergirse de nuevo en el sueño, se puso cada vez más nervioso. Pasó de un estado de semiinconsciencia a una confusa comprensión de sus dolores y sufrimientos. Con la garganta seca, pronunció el nombre de su hermana y emitió un agudo chillido. Pero cuando Alverstoke le cogió la otra mano con firmeza y se dirigió a él, el muchacho dio muestras de reconocerle. Sus dedos se aferraron a su mano como si fueran garras; miró el rostro del marqués y dijo, jadeando:

—¡No me deje caer! ¡No me deje caer!

—¡No voy a dejarte caer! —dijo Alverstoke, estirando la mano para coger la solución salina del doctor Elcott, que había vertido en un vaso a la primera señal de agitación—. Ya estás a salvo.

El marqués le soltó la otra mano, le incorporó y le acercó el vaso a los labios, diciendo:

—Quiero que te bebas esto. ¡Abre la boca!

—¡Quiero que venga Frederica! —dijo Felix, apartando la cara con inquietud.

Sin embargo, el joven cedió al tono imperioso del marqués cuando este volvió a decir:

—¡Abre la boca, Felix! ¡Haz lo que te ordeno!

Alverstoke, cuya escasa experiencia con las medicinas no incluía ninguna que no supiera a rayos, no le permitió rechazar la dosis, y se la hizo tragar sin contemplaciones.

Felix se atragantó, pero al cabo de un momento de llorosa indignación, pareció volverse más racional. Alverstoke dejó que volviera a reposar la cabeza en el almohadón y retiró el brazo.

—¡Mucho mejor! —dijo.

—¡Quiero que venga Frederica! —repitió Felix.

—Vendrá enseguida —le prometió Alverstoke.

—¡Quiero que venga ahora! —reclamó Felix—. ¡Dígaselo!

—Se lo diré.

Se produjo un breve silencio. Alverstoke pensó que Felix se había dormido, pero cuando iba a alejarse de la cama, descubrió que el muchacho le estaba mirando, y que parecía hacer un esfuerzo para distinguir su rostro. Y aparentemente lo consiguió, porque murmuró con un suspiro de alivio:

—¡Ah, es usted! ¡No se vaya!

—No.

—¡Tengo mucha sed!

Alverstoke le incorporó de nuevo y Felix bebió el agua de cebada, agradecido. Esta vez, cuando volvió a acostarlo se quedó dormido.

Pero fue un sueño agitado, y de corta duración. Felix se despertó con un sobresalto y una confusión de palabras en los labios. Era evidente que estaba sufriendo una pesadilla, y tardó un momento en escuchar la voz de Alverstoke. Entonces dijo, con voz confusa: «Primo Alverstoke», pero al cabo de un instante se quejó de que tenía frío. El marqués empezó a preocuparse, porque el chico tenía la mano caliente y áspera. Trató de calmarlo, y en un principio lo consiguió. Felix se quedó tranquilo por un momento, pero sin cerrar sus ojos vidriosos. De repente dijo con voz angustiada:

—¡Esta no es mi habitación! ¿Por qué estoy aquí? ¡No me gusta! ¡No sé dónde estoy!

—Estás conmigo, Felix —repuso el marqués con naturalidad.

Habló por instinto, pronunciando las primeras palabras que le vinieron a la cabeza, y pensando que había dicho una estupidez. Pero, después de parpadear, Felix sonrió y dijo:

—¡Ah, sí! ¡Lo olvidé! No va a abandonarme, ¿verdad?

—Por supuesto que no. ¡Cierra los ojos! Estás a salvo, te lo prometo.

—Es verdad. Mientras usted esté conmigo no me caeré —murmuró Felix con voz confusa—. ¡De eso estoy seguro!

Alverstoke no dijo nada, y al cabo de un rato comprobó, satisfecho, que el muchacho estaba dormido. Con sumo cuidado, le soltó la mano y se apartó para cambiar la vela de posición, a fin de que su luz parpadeante no le diera en la cara. Le pareció que el chico se había sumergido en un sueño más natural. Pero sus esperanzas de que fuera más prolongado no tardaron en verse defraudadas, y a partir de entonces se preparó para lo peor. El resto de la noche, Felix, incluso en la inexperta opinión del marqués, fue empeorando cada vez más. Estaba muy colorado, y su pulso era de una rapidez alarmante. Había intervalos en que dormía, pero nunca eran muy largos. Y cuando despertaba, siempre lo hacía en un estado de excitación febril que rayaba el delirio. Parecía sufrir un dolor considerable; en uno de sus momentos de lucidez se quejó de que «le dolía todo el cuerpo», pero cuando Alverstoke le dio unas friegas en la parte de la frente que no tenía vendada, se alegró al notar que Felix le apretaba la mano y decía con irritación:

—¡La cabeza no!

Una segunda dosis de solución salina pareció aliviarle un poco, pero Alverstoke estuvo varias veces a punto de llamar a Judbrook y pedirle que fuera a buscar al doctor Elcott. Solo las últimas palabras del médico, que le advirtieron que Felix podía tener fiebre, y la certeza de que aún podía hacerle recuperar la consciencia, se lo impidieron.

Al amanecer, la fiebre cedió un poco, pero los dolores, no. Felix lloró en silencio, y gimió:

—¡Frederica, Frederica!

A las cinco, el marqués oyó una puerta que se abría con sigilo, y se apresuró a salir de la habitación para interceptar a Judbrook, que venía de puntillas por el pasillo con las botas en la mano.

Judbrook se quedó muy sorprendido al saber que Felix, lejos de mejorar, estaba gravemente enfermo. Le prometió enviar de inmediato a un empleado a la casa del médico en Hemel Hempstead, diciéndole que estaba a solo cuatro millas de distancia, y que el hombre iría a caballo. Echó un vistazo a Felix y, tras escuchar que precisaba más agua de cebada, se aventuró a sugerir que le sentaría bien una taza de té. El marqués vaciló, pero Felix, al que creía dormido, dijo con un hilo de voz: «Sí, me gustaría tomar un poco de té», así que Alverstoke dio su consentimiento.

—¡Se lo traeré en un santiamén! —dijo Judbrook, antes de añadir en voz baja—: ¡En cualquier caso no le hará mal, señor!

El marqués vaciló todavía más cuando el granjero le trajo la bandeja. No era un experto en té como su amigo lord Petersham, pero desconfió profundamente del oscuro brebaje que salió de la tetera, y deseó que Felix lo rechazara. Pero Felix no lo rechazó, y la taza pareció refrescarle. Y cuando, una hora más tarde, llegó el doctor Elcott, este se limitó a decir:

—Mientras no le dé vino caliente, me parece bien. Antes de que me ponga con el chico, ¿podría decirme qué le ocurre, milord? Parece un poco preocupado. ¿Ha pasado mala noche?

—Muy mala noche —respondió Alverstoke con cierta sorna—. En cuanto a qué le ocurre, confío en que usted sepa averiguarlo. Tiene mucha fiebre, a veces delira y se queja de todo tipo de dolores. Dice que le duele todo, pero afortunadamente no parece que le duela la cabeza.

—¡Buena señal! —gruñó el médico.

Elcott se quedó un buen rato en la habitación del enfermo y, tras un examen lento y minucioso, dijo alegremente, mientras arropaba de nuevo a Felix:

—Bueno, jovencito, supongo que no te encuentras bien, pero aún tienes una larga vida por delante. Ahora voy a darte algo para que te sientas mejor.

Felix ya no deliraba, pero aún no terminaba de recuperar la consciencia. Se opuso con rotundidad al examen del médico, argumentando que le dolía que le tocaran, y solo cedió cuando se lo ordenó el marqués. Más tarde se rebeló contra el espantoso líquido que el doctor Elcott había echado en un vaso, y el marqués, animado por la mirada del médico, se vio obligado a intervenir de nuevo, tomando el vaso y administrándole él mismo la dosis. Cuando Felix apartó la cara, le dijo:

—Te estás convirtiendo en un auténtico pelmazo, Felix. Ya sabes que odio a los pelmazos, así que si quieres que me quede contigo, harás lo que te ordeno. ¡Venga!

Intimidado por su amenaza, Felix se tragó el líquido. Cuando el marqués le recostó en el almohadón y retiró el brazo de apoyo, el muchacho dijo con ansiedad:

—No va a abandonarme, ¿verdad?

—No.

Felix parecía satisfecho, y al cabo de unos minutos se le cerraron los párpados. El doctor Elcott posó una mano en el hombro del marqués y le animó a salir de la habitación.

—¿Tiene usted hijos, milord? —le preguntó mientras cerraba la puerta.

—No que yo sepa.

—¡Vaya! Pensé que los tendría. Sabe muy bien cómo tratarlos. En fin, es lo que pensaba: fiebre reumática. No me pregunte qué gravedad reviste su caso, porque aún no lo sé. Lo único que puedo decirle es que necesita cuidados constantes. Me dijo que su hermana vendría a encargarse de él. ¿Es una persona de fiar? Perdone que le hable con tanta libertad, pero es un asunto de extrema importancia.

—Puede confiar plenamente en la señorita Merriville —respondió Alverstoke—. Es una mujer muy sensata, y ha ejercido de madre del chico desde que era pequeño. Debo confesarle que no entiendo nada de enfermedades, así que debo pedirle que me aclare una cosa. Deduzco que la fiebre reumática es más grave de lo que pensaba, ¿verdad?

—Puede tener graves consecuencias —dijo el médico—. No obstante, el chico es fuerte, y me da la impresión de que tiene una constitución excelente, así que no vamos a alarmar a su hermana. ¿Cuándo llegará?

—No lo sé, pero conociéndola, estoy seguro de que vendrá lo antes posible. Por supuesto, querrá verlo.

—¡Y yo a ella! El chico estará tranquilo por un tiempo. Le he dado un narcótico, y espero que pase la mayor parte de la mañana durmiendo. ¡Y usted debería hacer lo mismo, milord!

—¡Preferiría afeitarme! —dijo el marqués.

—¡Haga las dos cosas! —le recomendó el médico.

El marqués se conformó con el afeitado. Miró con considerable recelo la anticuada navaja que le prestó Judbrook, pero aunque le costó manejarla, tenía la hoja muy afilada, y logró afeitarse sin contratiempos. Entretanto, la señorita Judbrook convirtió su arrugado fular de muselina en algo medianamente respetable; y aunque no quiso confiarle su abrigo para que lo planchara, Alverstoke pudo recibir a Frederica con un aspecto bastante presentable. Eso sí, prefirió evitar la mirada de su ayuda de cámara.

Frederica llegó poco después de las diez, montada en su ligero y confortable coche de viaje, y sin compañía. El marqués la ayudó a bajar y la estrechó por un momento entre sus fuertes brazos, diciendo:

—¡Buena chica! ¡Sabía que vendrías cuanto antes!

—No he salido de Londres tan pronto como me habría gustado, pero tus postillones me han traído aquí veloces como el viento. —Frederica le miró con la franqueza que tanto había aprendido a amar, y dijo con ojos risueños —: He tenido que darte las gracias tantas veces que ya no me quedan palabras, primo.

—¡No sabes cuánto me alegra saberlo! —replicó el marqués.

—Sí, te aburre mortalmente que te den las gracias, pero tú ya sabes lo que siento.

—No. ¡Ojalá lo supiera!

Frederica esbozó una sonrisa.

—¡Oh, no te burles de mí! Te perdono porque sé que no lo harías si… si la situación fuera desesperada. ¡Dime! ¿Cómo está?

—Sigue dormido. Cuando le mandé a buscar esta mañana, el médico le administró una especie de narcótico. Tiene pensado volver a visitarle cerca de las doce. Le he contado que deseabas verle, y me ha dicho que él también desea verte. ¡Incluso tuvo el descaro de preguntarme si eras de fiar! Entra. Te han destinado un dormitorio, y han preparado el salón para tu comodidad.

—Si tiene la amabilidad de pasar, le enseñaré el salón, señora —dijo la señorita Judbrook, que esperaba en el umbral de la puerta.

Lo dijo con frialdad, pero pareció ablandarse un poco cuando Frederica exclamó, extendiendo la mano:

—¡Le agradezco mucho todo lo que ha hecho! Y siento haberle causado tantas molestias.

—Oh, no se preocupe, señora, no es ninguna molestia —repuso la señorita Judbrook, tomando su mano y haciendo una reverencia de mala gana—. Si el señor Judbrook me lo hubiera consultado, le habría dicho que trajera al joven de inmediato, pero yo no puedo ocuparme de atenderlo.

—¡No, desde luego! —reconoció Frederica—. Estoy segura de que tiene muchas cosas que hacer. —Después de seguir a su antipática anfitriona al salón, se detuvo en el umbral de la puerta, echó un vistazo a su alrededor y exclamó—: ¡Oh, qué alfombra más bonita!

El marqués, que pensaba que la alfombra era bastante fea, parpadeó. Pero al cabo de un instante advirtió que su querida Frederica había dicho justo lo que había que decir. La señorita Judbrook, rebosante de placer, dijo que la habían puesto hacía menos de un mes, y casi con cordialidad invitó a Frederica a subir con ella a la segunda planta.

El marqués, manteniéndose con prudencia en un segundo plano, salió a departir con sus sirvientes. Curry, que había venido en el faetón detrás del carruaje, estaba ayudando a uno de los empleados de Judbrook a sacar del coche parte del equipaje. Su ayuda de cámara, que había sobrevivido al viaje en el pescante sin perder la dignidad, se encargaba de dirigir las operaciones. El marqués ordenó a los postillones que llevaran el carruaje al Sun, en Hemel Hempstead, una posada que le había recomendado el doctor Elcott. A Knapp le dijo que buscara alojamiento allí, y a Curry que le esperara en el faetón hasta que estuviera listo para salir. A continuación volvió a entrar en la casa.

Frederica no tardó en reunirse con él en el salón. La joven declinó la butaca que le ofreció y se sentó en la mesa, con las manos entrelazadas.

—Sigue dormido, pero parece intranquilo. Tengo que volver enseguida, pero antes me gustaría que me contaras qué te ha dicho el médico, primo. Felix tiene mucha fiebre, e imagino la noche de angustia que habrás pasado. —Vio que el marqués dudaba, y añadió en voz baja—: Puedes hablar con total sinceridad. No soy ninguna estúpida, y no me asusto fácilmente. — Esbozó una ligera sonrisa—. No es la primera vez que uno de mis hermanos está enfermo, o que hace todo lo posible para matarse. ¡Así que dímelo!

—Elcott ha dicho que padece fiebre reumática —confesó Alverstoke con franqueza.

Frederica asintió.

—Me lo temía. Mi madre la sufrió una vez, y desde entonces nunca volvió a ser la misma; le afectó al corazón. Por entonces yo solo era una niña, pero recuerdo lo enferma que estuvo, mucho más que Felix ahora. Pero nuestro médico no era muy competente, y mi madre nunca estuvo bien atendida. Recuerdo que salía de la cama cada vez que oía llorar al niño. El niño era Felix, por supuesto. Pues bien, Felix no saldrá de la cama bajo ningún concepto. Es mucho más fuerte de lo que mi madre fue en toda su vida, y la ciencia médica ha avanzado mucho. No pienso dejarme llevar por la desesperación, te lo prometo. ¡Así que deja de mirarme como si temieras que fuera a desmayarme en cualquier momento!

—No temo nada de eso, porque sé que eres muy fuerte. Estoy serio porque sé que te esperan largas horas de angustia y cansancio. Espero que no termines agotada.

—¡Gracias, pero no soy tan débil! Además, Jessamy vendrá a ayudarme cuando pueda. Tal vez mañana, si Harry regresa a Londres esta misma noche, como creemos que hará. ¡Pobre Jessamy! Estaba deseando venir conmigo, pero no lo dijo en ningún momento. Sabía que no sería decoroso dejar a Charis acompañada únicamente por el servicio, y dijo que se quedaría en Upper Wimpole Street hasta que Harry viniera a ocupar su puesto. Piensa ir a Watford en el coche de posta, y reconozco que me alegrará tenerle conmigo. Puedo encargarle que vigile a Felix mientras duerme. Así podré echarme un rato en mi cama. ¿Has visto qué sensata soy, primo?

—Nunca lo he puesto en duda. ¿Puedo preguntarte qué papel juega la señorita Winsham en todo esto?

—Uno muy pequeño —confesó ella—. Mi tío murió anoche, ¿sabes?

—Lo lamento. Pensaba que eso liberaría a la señorita Winsham de lo que considera su principal deber, pero veo que me equivoco.

—Sí, porque mi tía Amelia está muy abatida, y le da un síncope cada vez que mi tía Seraphina se aparta de su lado. Sufre espasmos, ataques nerviosos y… ¡Dios mío, no debería hablar así! Tengo tan poca sensibilidad que me cuesta mucho simpatizar con personas como mi tía Amelia. Me dan ganas de… ¡No! ¡No debería decirlo!

—Sé muy bien lo que quieres decir —dijo el marqués, sonriendo—. Ya vi cómo trataste a Charis en una situación parecida.

—¡Pero eso no tuvo nada que ver! —replicó ella—. La pobre Charis había sufrido una profunda conmoción. Al menos tenía una excusa. La muerte de mi tío la esperábamos desde hace tiempo. ¡Además, jamás le daría una bofetada a mi tía Amelia!

—¡Por muchas ganas que tuvieras! —concedió Alverstoke.

—¡Por supuesto que no! —dijo Frederica, cuya severidad contrastaba con sus ojos risueños—. Eres el… Si no te estuviera tan profundamente agradecida, diría que…

—¿Que soy el hombre más detestable del mundo?

—¡Abominable es la palabra que tenía en mente! —respondió ella al instante. Pero su mirada se dulcificó enseguida—. ¡Oh, no debería decir eso! Por muy abominable que seas, has sido muy bueno con nosotros. ¡Ahora vamos a hablar en serio por un momento! La situación no es tan mala como piensas. Mi tía ha prometido vigilar a Charis de vez en cuando, pero considera que su principal obligación es su hermana. Yo pienso lo mismo, así que no se lo reprocho. Mi tía considera que sería inapropiado que Charis acudiera a fiestas en este momento. Y como, dentro de poco, Harry podrá acompañarla a pasear y a montar en carruaje, y además está la señora Hurley, mi tía cree que su presencia no será necesaria. Además, debo decirte que tu hermana (me refiero a la prima Elizabeth) está siendo tan buena como tú. Esta mañana le ha enviado una nota a Charis. La ha invitado a que se instale en tu casa mientras yo no estoy, y se ha ofrecido a acompañarla esta noche a la fiesta de lady Castlereagh. Charis ha declinado su oferta, por supuesto. Nada podría convencerla de salir a divertirse en estas circunstancias. Y… y sé que puedo contar con Harry. Quiere mucho a Charis, ¿sabes?, y no dejará que se ponga triste. —Frederica se levantó—. Tengo que irme. ¿Podrías informar a Charis de la situación cuando llegues a Londres, y asegurarle que no hay motivos para preocuparse? ¡Te lo agradecería mucho!

—Con mucho gusto, pero aún no voy a regresar a Londres. ¿Pensabas que iba a dejarte en la estacada? ¡No soy tan abominable! ¿Por qué crees que he mandado venir a mi ayuda de cámara, tontorrona?

—Ah, ¿era tu ayuda de cámara? Pensé que era un acompañante, y me pregunté por qué habías considerado necesario proporcionarme uno.

—¡Qué cosas se te ocurren, Frederica!

—¿Cómo voy a adivinar las ideas descabelladas que se te pasan por la cabeza? —preguntó Frederica—. ¡Nunca he conocido a nadie tan extravagante como tú! Pero no debes quedarte por mí. No hay ninguna necesidad, de veras.

—Te equivocas. Después de la angustia y el cansancio de las últimas veinticuatro horas estoy completamente agotado, y necesito pasar unos días en el campo. Me alojaré en el Sun, en Hemel Hempstead. ¡Y no me contradigas, por favor! No hay nada más aburrido que las discusiones inútiles. —El marqués tomó su mano y se la estrechó—. Me marcho, pero volveré pronto para comprobar que estás cuidando bien de mi pupilo.