Frederica
Capítulo 12
12
F rederica no tardó en advertir que la buena sociedad se había hecho una idea exagerada de la herencia de su padre. Uno o dos comentarios casuales le hicieron pensar que, si no las tenían por unas ricas herederas, al menos les atribuían una considerable fortuna. Y cuando la señora Parracombe (hacia la que había sentido antipatía desde el principio) le preguntó en qué parte del país se encontraba Graynard, añadiendo que había oído que era una finca preciosa, sospechó que Alverstoke era el causante de estos rumores. La señorita Jane Buxted, que parecía sentir una desagradable afición por los chismorreos, le había dicho que la señora Parracombe era una de las «amiguitas» de Alverstoke. Y aunque Frederica le afeó su conducta, no tenía ningún motivo para dudar de esa información. La forma de vida del marqués no era asunto suyo; pero le molestaba verse involucrada en una impostura, y se propuso preguntarle si él era el responsable.
No tuvo oportunidad de hacerlo de manera inmediata, y cuando la tuvo fue en unas circunstancias que la situaron en desventaja, y que la obligaron a preguntárselo con perfecta cortesía. El marqués no había olvidado su promesa de llevar a Jessamy a probar sus caballos nuevos (o más bien se lo recordó Curry, su postillón, que se había llevado muy buena impresión de Jessamy), y una mañana se presentó en Upper Wimpole Street para recoger al chico, sometiéndole a un grave conflicto de conciencia. Jessamy le dijo a Frederica (que se había encontrado a Owen cuando este subía a entregar la invitación del marqués) que había decidido dedicar las mañanas al estudio, y que no debía caer en la tentación. Pero Frederica le sugirió, muy sensata, que podía retomar sus estudios más tarde. Al escucharla, el rostro de Jessamy se iluminó, y mientras corría a lavarse las manos, ordenó a Owen que le dijera al marqués que estaría con él en un santiamén.
Fue Frederica, sin embargo, la que transmitió el mensaje a Alverstoke, preguntándole si podía dedicarle unos minutos al volver.
El marqués le dirigió una mirada penetrante a pesar de su languidez.
—Desde luego —respondió—. ¿Es algo importante?
Ella se quedó dudando un momento.
—Yo creo que sí, aunque es posible que tú no pienses lo mismo.
—Me intrigas, Frederica. ¿Detecto una nota de censura en tu voz?
La joven no se vio obligada a responder, porque en ese momento apareció Jessamy, diciendo que esperaba no haber hecho esperar demasiado a milord. Después de despedirse de su hermana, el joven subió al faetón, y Frederica lo vio tan feliz y entusiasmado que los sentimientos de gratitud hacia Alverstoke por haberle ofrecido esa oportunidad se impusieron a otras emociones menos caritativas.
Cuando Jessamy regresó varias horas después, parecía profundamente satisfecho. El joven acompañó a Alverstoke al salón, diciendo:
—¿Frederica? ¡Ah, estás aquí! ¡Pase, señor! ¡Frederica, lo he pasado de maravilla! ¡Nunca había disfrutado tanto desde que llegamos a Londres! Hemos estado en Richmond Park. El primo Alverstoke tenía entradas, ¿sabes? Y me ha dejado llevar las riendas y… ¡Señor, no sé cómo agradecérselo! Me ha enseñado a doblar una curva con estilo, y a azuzar los caballos, y…
—Ya me lo has agradecido bastante, Jessamy —dijo Alverstoke, divertido —. ¡Si sigues haciéndolo, empezarás a aburrirme!
Jessamy soltó una carcajada, se puso colorado y dijo con timidez:
—¡Ya me lo imagino, señor! ¡Debe de ser muy aburrido enseñar a un mocoso como yo! Y ha sido muy amable dejándome conducir a esos rucios. ¡Podríamos haber volcado!
—Si hubiera temido algo así, no te habría dejado las riendas —dijo Alverstoke con gravedad—. Aún no eres un experto, pero tienes soltura y buena vista. Y sabes azuzar a los caballos.
Al escuchar estas palabras de boca del marqués, que era un experto jinete, Jessamy empezó a tartamudear. El joven consiguió darle las gracias una vez más, y acto seguido se retiró a pasar una hora delante de los libros, pero con los pensamientos muy lejos de ellos.
—A mí también me gustaría darte las gracias —dijo Frederica con una cálida sonrisa—, pero no me atrevo. ¿Te has aburrido mucho?
—Curiosamente, no. ¡Ha sido toda una experiencia! Nunca había intentado impartir mis enseñanzas a nadie, y he descubierto que o soy un gran profesor, o tenía un excelente alumno. Pero no he venido a hablar de eso. ¿Qué es lo que te ha molestado, Frederica?
—No lo sé. Es verdad que estoy molesta, pero no estoy segura de que tú tengas la culpa —dijo la joven con franqueza—. Al parecer, hay gente que cree que poseemos una inmensa fortuna. ¿Difundiste tú ese rumor, primo?
—Por supuesto que no —respondió el marqués, arqueando ligeramente las cejas—. ¿Por qué iba a hacerlo?
—Quizá para ayudarnos.
—No se me ocurre nada peor.
—¡A mí tampoco! Además, es espantosamente vulgar. ¡Detesto las mentiras! Es como si hubiera organizado una farsa para conseguir un buen partido para Charis. ¡Como si esos trucos sirvieran de algo!
Alverstoke sonrió.
—Y si sirvieran de algo, ¿los emplearías?
Frederica le miró con ojos risueños, pero negó con la cabeza.
—No. ¡Serás despreciable! ¿Me crees capaz de algo así?
—No. Pero tú sí sospechas que he difundido ese despreciable rumor.
—Sí, pero pensé que lo habrías hecho con buena intención.
—¡Peor me lo pones! ¡Entonces me has tomado por tonto!
Frederica se echó a reír.
—¡Por supuesto que no! Te ruego que me disculpes. Pero si tú no has difundido el rumor, ¿quién ha podido ser? ¿Y por qué? Te prometo que nunca he intentado hacer creer a la gente que somos ricas, y Charis tampoco. De hecho, cuando la señora Parracombe me habló de Graynard, diciéndome cuánto le gustaría conocer la finca, y hablando de ella como si fuera una mansión ducal, le dije que estaba muy equivocada.
—Ahora entiendo por qué has sospechado de mí —murmuró el marqués para provocarla.
Frederica se quedó tan sorprendida que emitió un gritito de asombro.
—Me sorprenden las cosas que la gente dice de mí —dijo el marqués con tristeza.
—A mí también me sorprenden las cosas que tú dices de mí —dijo Frederica con energía—. ¡Eres un ser abominable, primo!
—Lo sé —respondió el marqués, suspirando—. Pensarlo no me deja dormir por las noches.
—¡No me vengas con esas, milord! —dijo Frederica, antes de que pudiera detenerse. Al ver que el marqués arqueaba las cejas con incredulidad, añadió —: ¡Como diría Harry!
—¡Sin duda! Aunque esas expresiones resultan extremadamente indecorosas en boca de una dama.
Frederica sabía que tenía razón, y estaba a punto de disculparse cuando se fijó en cómo le brillaban los ojos.
—¡Eres odioso! —dijo—. ¡Ojalá hablaras en serio alguna vez!
El marqués se echó a reír.
—¡Está bien, seamos serios! Quieres saber quién ha difundido el rumor de que eres rica.
—Sí, y qué puedo hacer al respecto.
—Nada. En cuanto a quién ha empezado el rumor, no sé más que tú, y no creo que debas preocuparte. Si quieres que seamos serios, te aconsejo que le pares los pies a Ollerton, el admirador de tu hermana.
Frederica le miró con extrañeza.
—¿Por qué?
—¡Qué inocente eres! Porque es lo que se llama un hombre de mundo.
—Me alegra saberlo, porque es lo que sospechaba. Aunque reconozco que ha sido muy amable y educado, y que sus modales son excelentes. Salvo que de vez en cuando se toma demasiadas confianzas. Aunque hay otros caballeros muy educados que también se exceden.
—¡Vaya! ¿Y quién te los ha presentado?
—La señora Dauntry, en la fiesta de lady Jersey. Por eso pensé que tal vez me estaba equivocando.
—¿Ah sí? —dijo el marqués—. ¡Vaya, vaya!
Había un brillo en sus ojos que Frederica no supo interpretar. Alverstoke abrió su caja de rapé, tomó un pellizco con aire reflexivo y soltó una carcajada repentina. Al ver que Frederica le dirigía una mirada interrogante, dijo:
—¿Quién iba a pensar que adoptaros sería tan divertido?
—¡Tú! —respondió Frederica sin dudar—. ¡Al principio no lo sabía, pero ahora estoy segura de que lo hiciste solo para fastidiar a lady Buxted!
—¿Y podrías reprochármelo?
Frederica dejó escapar una risita sin querer.
—Bueno, quizá no tanto como pensaba. ¡Pero pensaste que te divertirías!
—Sí. ¡Y así ha sido! Lo que no esperaba era interesarme tanto por el futuro de la familia Merriville. —El marqués hizo una pausa, pero antes de que Frederica pudiera responder, le preguntó bruscamente—: ¿Quién era ese extraño personaje que vi ayer acompañando a su hermana? ¿Uno con chaleco de rayas?
—El señor Nutley —dijo Frederica con impaciencia.
—¿Y quién demonios es el señor Nutley?
—Nuestro vecino. Es un joven muy respetable, pero no tiene ni un céntimo, y está loco por Charis. Además de enviarle flores, se pasa el día esperando a que salga de casa en compañía de Owen —dijo Frederica con amargura.
—¡Por el amor de Dios! ¿Y ella también está enamorada de él?
—¡Por supuesto que no! El problema es que es incapaz de rechazarlo. Y si crees que puedes convencerla de que es mejor hacerlo cuanto antes, es que no la conoces. Charis es muy sensible, ¿sabes?
—¡Y muy tontorrona! —la interrumpió el marqués con impaciencia.
—Sí, eso también —reconoció Frederica, suspirando—. Ojalá no fuera tan buena, porque me da miedo que se aprovechen de ella.
Alverstoke asintió, pero dijo:
—No conviene que la vean en compañía de Ollerton, pero no creo que la cosa vaya más allá de un coqueteo. ¡De eso ya me encargo yo!
—Gracias, pero Ollerton no ha hecho nada para merecer… Quiero decir que prefiero que no le digas nada.
—¡No hace falta que le diga nada! —respondió Alverstoke con una de sus sardónicas sonrisas—. Al igual que todo el mundo, Ollerton cree que Charis está bajo mi protección. Sin embargo, es posible que piense que no me preocupo por ella. Y eso hay que remediarlo. ¿Vais a ir a la fiesta de los Crewe? Os acompañaré, y aprovecharé para vigilaros. También puedo llevaros al teatro, o a dar una vuelta por el parque a la hora del paseo.
—¡Muchas gracias! ¡Será un honor!
—Desde luego. No suelo pasear mujeres en mi faetón.
—Seguro que te aburrirás mortalmente.
—Es posible, pero al menos estaré cumpliendo con mi deber.
—Ya te cansarás de eso —comentó Frederica.
La expresión sardónica del marqués se desvaneció.
—¡Está bien, Frederica! —dijo con aprobación—. No creo que me aburra llevaros a pasear por el parque.
—Es un consuelo saberlo, desde luego. ¡Pero no hace falta que me invites a mí también! ¡Con que lleves a Charis de vez en cuando me doy por contenta! —intentó, en vano, reprimir una maliciosa sonrisa, y añadió con franqueza—: Va en contra de mis principios alimentar tu vanidad, primo, pero después de varias semanas en Londres me he dado cuenta de que tu influencia es enorme.
—¡Serás arpía! —dijo el marqués con admiración—. Está bien, soportaré la compañía de tu bella e ingenua hermana, pero con una condición: que el tedio de los paseos se vea aliviado de vez en cuando por tu presencia. Por cierto, ¿es solo un rumor, o mi ingenuo primo se está volviendo excesivamente atento con Charis?
—No, ¡aunque en cierto modo me gustaría que así fuera! —repuso Frederica—. No es que se esté volviendo excesivamente atento, es que se enamoró de ella nada más verla. ¡Ojalá no fuera tan guapo! Me temo que es el único de sus admiradores que ha conseguido llamar su atención, y no se me ocurre nada más inapropiado. Además, no creo que a la señora Dauntry le agrade semejante alianza.
—Por supuesto que no. Mi virtuosa prima Lucretia es una mujer muy interesada.
—Bueno, no puedes culparla por desear que su hijo contraiga un matrimonio ventajoso —dijo Frederica con sensatez—. Al fin y al cabo, es lo mismo que deseo yo para Charis. No quisiera ofenderte, pero no creo que Endymion sea un buen partido. Me parece muy bien que su madre diga que es tu heredero, ¿pero quién sabe cuándo será eso? Aún no eres tan viejo.
—¡Gracias! —dijo el marqués con voz quejumbrosa.
Los ojos de Frederica emitieron un destello a modo de respuesta.
—¡De nada! —dijo con cortesía—. En cualquier caso, cuando Endymion acompaña a Charis puedo estar tranquila. La trata con sumo respeto, ¡casi con veneración!
—Sí, siempre ha sido un papanatas —comentó el marqués—. ¡Pobrecilla! ¿Buxted también está enamorado de ella?
—¡Cielo santo, no! —respondió Frederica, bajando los ojos y entrelazando las manos en el regazo—. ¡Lord Buxted me prefiere a mí, primo!
El marqués soltó una carcajada.
—¡No! ¿De veras? Te compadezco, aunque no tienes nada que temer. ¿Y de qué se te ocurre hablar con él?
—¡No hace falta que se me ocurra nada! No para de hablar. Cuando hemos comentado la situación política, y ha tenido la amabilidad de mostrarme algún artículo que no he leído, siempre tiene infinidad de cosas que contarme sobre sí mismo, sus propiedades y sus opiniones sobre distintos temas —se interrumpió, riendo, pero dijo con aire arrepentido—: ¡Pero no debería decir esas cosas de él! Es muy amable, y tiene mucho sentido común, aunque sea un poco prosaico.
—Sí, es muy aburrido y respetable. Aunque me imagino que no es tu único admirador. Me dio pena el pobre Aldridge cuando vi el desaire que recibió por parte de Darcy Moreton en aquella aburrida velada del miércoles.
—¡No digas tonterías! —protestó Frederica—. Dentro de poco empezarás a llamar al señor Moreton mi pretendiente, y te aseguro que nada está más lejos de mi intención, o de la suya.
—¡Ándate con ojo!
—Lo haré —respondió Frederica, sonriendo—. ¡Pero créeme cuando te digo que no coqueteo, ni pretendo cazar un marido!
—Solo para Charis. Dime, ¿estás disfrutando de tu primera temporada londinense?
—¡Muchísimo! —replicó Frederica impulsivamente—. De hecho, me estoy divirtiendo tanto que temo parecerme al pobre papá mucho más de lo que pensaba.
Después de hacer un esfuerzo para controlarse, Alverstoke respondió con voz temblorosa:
—¡Qué cosas se te ocurren! ¡Estoy seguro de que te equivocas!
—Eso espero —dijo Frederica muy seria—. En cualquier caso no me interesan mucho las cartas. A ninguno de nosotros nos interesan, salvo a Jessamy. Pero como ya sabes, tiene unos principios tan firmes que no hay nada que temer. Supongo que es demasiado pronto para saberlo, pero no creo que Felix se interese por el juego.
El marqués se echó a reír.
—¡Dios mío, no! Estará demasiado ocupado inventando un crupier de vapor o un repartidor mecánico para interesarse solo en el juego. ¿Cómo se encuentra? ¿Y dónde está? No me digas que se ha ido a hacer otra excursión en barco.
—No. Aunque creo que está muy interesado en un proyecto para construir transatlánticos de vapor. Me parece que lo oyó en su viaje a Ramsgate, aunque me imagino que el inventor será un americano, de lo cual me alegro. ¡Ni siquiera Felix puede llegar tan lejos!
—¡Yo no estaría tan seguro! Es capaz de alistarse como grumete en un velero con destino a América, y la próxima vez que sepamos de él estará en Nueva York.
—¡Por el amor de Dios, no le metas esas ideas en la cabeza! —suplicó Frederica, alarmada y divertida—. Es muy capaz de hacerlo. Está en uno de los desvanes que hemos destinado a sus experimentos.
—¡Cielo santo! —exclamó Alverstoke—. ¡Me marcharé antes de que vuele la casa!
—¡No va a hacer nada de eso! —repuso Frederica, riendo—. ¡Me prometió recordar que esta no es nuestra casa!
El marqués la miró con aprobación.
—¿No te importaría que la volara si fuera vuestra casa? ¡Te felicito! ¡Eres una mujer muy valiente!
—¿Cómo puedes ser tan absurdo? ¡Pues claro que me importaría! Quería decir que en casa tiene un laboratorio, y allí puede hacer lo que quiera.
—Comprendo. ¿Y lo vuela muy a menudo?
Frederica sonrió.
—¡Nunca lo ha volado! Una vez le prendió fuego, pero fue cuando estaba tratando de inventar un nuevo tipo de cerilla que pudiera encenderse sin raspador. Además, apenas hubo desperfectos. Solo se chamuscó las cejas.
—¡Eres una hermana muy buena, Frederica! —comentó el marqués.
—Bueno, intento serlo —dijo ella, poniéndose un poco colorada—. Mi tía y nuestra antigua niñera se preocupaban demasiado (o eso me parecía a mí), y siempre estaban regañando a los chicos por las cosas que hacían. Pero no servía de nada, porque ellos se enfadaban y no les hacían caso.
—Es una pena que tu tía no se preocupe más por sus sobrinas. Siento decírtelo, Frederica, pero como acompañante deja mucho que desear.
—Sí, pero hay que ser justo con ella. Mi tía nunca quiso venir a Londres, y solo accedió pensando que nunca la llevaríamos a fiestas elegantes. Recuerda que tengo edad de sobra para acompañar a Charis. De hecho, es lo que llevo haciendo desde que hizo su presentación.
—Esa es la mayor estupidez que he oído nunca —dijo el marqués, tajante.
—No lo es, pero no pienso discutir contigo. En cualquier caso, no se le puede reprochar que tenga otras preocupaciones en este momento. Mi tío Scrabster ha caído enfermo, y mi pobre tía Amelia está muy angustiada. Ahora mismo depende totalmente de mi tía Seraphina.
El marqués no dijo nada. Se limitó a apretar los labios, como si solo de esa manera pudiera acallar su respuesta. Dos profundas arrugas se dibujaron en su frente, pero estas se desvanecieron cuando se abrió la puerta y Felix entró en el salón, diciendo:
—¡Está aquí, señor! Me imaginé que era su faetón cuando lo vi por la ventana. Me extraña que no me lo hayas dicho, Frederica, cuando sabías que estaba deseando verlo. ¡Qué falta de consideración!
—¡Que Dios me ayude! —dijo el marqués—. ¿No querrás ver otra fundición, Felix?
—¡No, no! Bueno, no exactamente. ¡Quiero ir a la nueva Casa de la Moneda! Tiene alumbrado de gas y unas potentes máquinas de vapor, pero cuando fui con Jessamy me dijeron que para visitarla hace falta una recomendación especial. ¿Tendría la amabilidad de proporcionarme una, primo Alverstoke? ¡Por favor!
—Imposible —dijo el marqués—. No conozco al director ni al capataz.
—¡Tampoco conocía al director de la fundición, señor! —protestó Felix.
—¡Ah, pero eso era distinto! En la Casa de la Moneda son muy selectivos, ¿sabes? No creo que te sirva una recomendación mía.
Felix parecía alicaído, pero al oír estas palabras se animó y soltó una carcajada.
—¡Está intentando tomarme el pelo! ¡Por supuesto que servirá!
—Eres terrible, Felix —dijo Frederica—. ¡Deja de dar la lata al primo Alverstoke, te lo ruego!
—¡No le estoy dando la lata! —protestó Felix, indignado—. Solo le he pedido que me recomiende. No le he pedido que venga conmigo, ni pienso hacerlo, porque si no quiere venir, el señor Trevor me acompañará encantado.
—¡Así es! —dijo el marqués, sorprendido—. ¡Ya va siendo hora de que el pobre Charles se divierta un poco!
—Aunque sería mejor que viniera usted —dijo Felix con cautela.
—¡Oh no, no debes malacostumbrarme! —replicó el marqués con un aplomo considerable—. Ya me divertí bastante en la fundición, recuerda.
—¡Está bien! —claudicó Felix—. El señor Trevor no es tan divertido como usted, pero al menos tiene sentido común.
—Mucho —dijo el marqués con gravedad—. ¡Se licenció con matrícula de honor! No me extrañaría que termine de ministro de Hacienda, así que más te vale portarte bien con él.
Era evidente que Felix no tenía muy buena opinión de esta ambición, pero dijo con inocencia:
—¡Oh, sí! Y no es nada aburrido, ¿sabe? Al principio me lo pareció, pero ahora le conozco bastante bien, y me gusta.
A continuación se despidió del marqués, que miró a Frederica arqueando una ceja.
—¿Y cómo es que tu encantador hermano conoce tan bien a Charles? —le preguntó.
Ella respondió con cierta reserva.
—Oh, nos visita de vez en cuando los domingos, cuando invitamos a algunos amigos a cenar. Nada formal, ¿sabes? Solo una reunión familiar, para la gente a la que le importan un comino las fiestas elegantes, pero les gusta pasar una tarde agradable jugando a los palillos chinos, al boliche o a especulación.
—¿O cortejando a Charis?
—¡Te equivocas! —se apresuró ella a responder—. El señor Trevor no anda detrás de Charis.
—Me alegro. No le conviene en absoluto.
—¡Y él a ella tampoco!
—Probablemente, no. ¿Entonces qué le ha llevado a saltarse sus costumbres monacales?
—¡Pregúntaselo a él, no a mí!
—No soy tan indiscreto.
—¿Te parece mal que nos visite?
—En absoluto. Era simple curiosidad. ¡Tiene que haber un poderoso aliciente! A Charles nunca le han faltado las invitaciones. Es un joven muy apreciado, y viene de buena familia. Pero hasta que los Merriville no se instalaron en Londres, apenas había aceptado ninguna. Estoy seguro de que se ha enamorado: el otro día se le olvidó recordarme que debía asistir a una aburrida cena. ¡Es la primera vez que le ocurre algo así! Pero si no está enamorado de Charis… —El marqués se interrumpió, asaltado por un pensamiento—. ¡Cielo santo! ¿Chloë?
—No estoy al corriente de sus gustos, primo. ¡Y aunque lo estuviera, no te lo diría!
El marqués no le prestó atención. Una sonrisa se dibujó en sus labios, y después de un momento de reflexión, dijo:
—Vaya, parece que la cosa se pone divertida. ¡Tendré que cultivar mi amistad con Chloë!