Frederica

Georgette Heyer · Capítulo 23 de 28

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Frederica

Capítulo 23

23

 

E l marqués no regresó a Monk’s Farm hasta un poco antes de las seis. Para entonces ya se había echado una larga siesta, se había cambiado por completo de atuendo y había tomado una cena aceptable. Después de una breve conversación con los Judbrook, subió a la habitación de Felix y entró en ella con sigilo. Las cortinas de la ventana estaban echadas para impedir que entrara la luz del oeste, pero no tardó en percibir un cambio. La habitación ya no olía a cerrado, sino a lavanda. Cuando sus ojos se hubieron acostumbrado a la penumbra, vio que habían instalado una cama supletoria y que habían retirado la gruesa colcha de retales de la cama. Además, habían colocado un biombo para proteger a Felix de la luz que más tarde proyectaría la lámpara de aceite que descansaba en la mesilla. Felix dormía de forma superficial, y no dejaba de gemir y murmurar. Frederica estaba sentada en el sillón, que había acercado a la ventana. Cuando vio quién había entrado en la habitación se levantó y se acercó al marqués como si fuera un fantasma, susurrando:

—¡No lo despiertes!

Salió de la habitación antes que él y cerró la puerta. El marqués advirtió que estaba pálida y muy cansada, y dijo:

—¿No ha mejorado? ¡Debes de haber pasado una tarde espantosa!

Frederica sacudió la cabeza.

—No. Aún es pronto para que mejore. Y a esta hora siempre sube la fiebre. Pero el doctor Elcott me ha dicho lo que tengo que hacer.

—¿Estás contenta con él? Si deseas consultar la opinión de otro médico, dímelo. Partiré ahora mismo a Londres y traeré al doctor Knighton, o al que tú prefieras.

—Gracias, pero no. Me da la impresión de que el doctor Elcott sabe lo que se hace.

—Muy bien. Entonces baja al salón a cenar. Ofenderás a la señorita Judbrook si no lo haces. Al parecer se ha esforzado en prepararte un elegante banquete que acaba de servir en la mesa y que, según me ha dicho, se echará a perder si te retrasas. Y como se te ocurra decir que no te atreves a dejar a Felix conmigo, me ofenderás a mí también.

—Puedes estar tranquilo. El doctor Elcott me ha contado que manejaste a Felix sin dificultad, y que has sido muy bueno con él. La verdad es que no tengo apetito, pero sé lo estúpido que sería quedarme sin cenar, así que bajaré ahora mismo. Si Felix se despierta y se queja de que tiene sed, hay limonada en la jarra azul que está encima de la mesilla.

—¿Por qué no se me ocurriría darle limonada anoche, cuando tenía tanta sed? —se lamentó Alverstoke.

Frederica sonrió.

—¿Cómo se te iba a ocurrir? En cualquier caso, no creo que la señorita Judbrook tuviera limones. Me traje algunos de Londres, lo que me recuerda que dentro de poco necesitaré más. ¿Mañana podrías comprarme algunos en Hemel Hempstead, primo?

—Sí, y cualquier otra cosa que necesites, ¡pero baja ahora mismo!

Frederica obedeció y, cuando regresó media hora más tarde, encontró al marqués incorporando a Felix con un brazo y tratando, sin mucho éxito, de darle la vuelta al almohadón con la otra mano. Frederica corrió a ayudarle.

—¡Me temo que soy un poco torpe! —dijo Alverstoke, a modo de disculpa—. Felix no dejaba de girar la cabeza, buscando un lugar más fresco donde apoyarla. ¿Seguro que no quieres que lo vea otro médico, Frederica? Si te soy sincero, me da la impresión de que tiene más fiebre que anoche.

Frederica empezó a refrescar el rostro y las manos de Felix con un pañuelo mojado en agua de lavanda.

—El doctor Elcott me advirtió que antes de curarse empeoraría. Pronto será la hora de su medicina, y eso le aliviará, ya lo verás. A menos que… ¿tienes pensado volver ahora mismo a la posada, o puedes esperar veinte minutos? Podrías sujetarlo mientras yo le doy la dosis. Cuando está así, tan inquieto, me cuesta mucho hacerlo sin ayuda.

—Estoy a tu entera disposición, Frederica. ¿Has cenado?

—Sí, y me he bebido una copa de tu vino, primo. La señorita Judbrook me dijo que has traído una botella de la posada. ¡Gracias! ¡Ahora me siento más fresca que una lechuga!

—Me alegro —dijo él con gravedad. Iba a retirarse, pero al ver los esfuerzos de Frederica para evitar que Felix se destapara, regresó, diciendo—: Permite que te ayude. ¡No, mejor déjamelo a mí! Anoche lo conseguí. Es posible que hoy también tenga suerte.

Frederica le cedió el sitio, y el marqués se sentó, tomando la ardiente mano de Felix y hablándole en el tono autoritario que tan buenos resultados le había dado. Esta vez no volvió en sí, pero Frederica pensó que, aunque sus ojos febriles no reconocieron al marqués, sí que escuchó su voz implacable. Felix se tranquilizó. Siguió gimiendo, pero ya no volvió a resistirse. Rechazó la medicina, pero Alverstoke le mantuvo sujeto contra el hombro, y cuando abrió la boca para proferir una feroz e incoherente protesta, Frederica se apresuró a hacerle tragar el líquido. Felix se atragantó, tosió y rompió a llorar frenéticamente, pero el llanto fue cediendo poco a poco, y por fin emitió un suspiro de cansancio. Alverstoke volvió a recostarlo en la cama y susurró por encima del hombro:

—¡Vete a la cama, Frederica!

Ella parpadeó.

—Voy a acostarme en la cama supletoria —dijo en voz baja—. Por favor, no…

—Vete a dormir a tu habitación. Te despertaré a medianoche. Puede que antes si te necesito. Por favor, manda buscar a Curry, y dile que tenga los caballos listos para entonces.

—¡No puedes volver a Hemel Hempstead a esas horas!

—Eso es exactamente lo que voy a hacer, ¡y a la luz de la luna llena! No te quedes ahí poniendo absurdas objeciones. ¿Qué vas a hacer mañana si estás muerta de cansancio?

Frederica se vio obligada a reconocer que tenía razón. La angustia le había impedido dormir la noche anterior. Se había levantado casi al amanecer para hacer el equipaje y encargarse de los preparativos, había viajado cerca de veinticinco millas, y había atendido a su paciente durante ocho horas. Ciertamente estaba agotada. Sonrió al marqués con indecisión, y se limitó a decir:

—¡Gracias!

Dicho esto, salió de la habitación.

Cuando regresó, bastante antes de medianoche, tenía mucho mejor aspecto, pero parecía arrepentida.

—¡Es increíble! —exclamó—. Debía de estar más cansada de lo que pensaba, porque me olvidé de la medicina. ¡Tenía que tomar una segunda dosis a las once, primo!

Alverstoke sonrió.

—La tomó. Por fortuna te dejaste las instrucciones del doctor Elcott encima de la mesa y he podido leerlas. ¿Has dormido bien?

—¡De maravilla! Cuatro horas, y creo que no me moví en ningún momento. ¿Qué tal está Felix?

—Más o menos igual. Ahora tengo que marcharme. Nos veremos por la mañana. No hace falta que te diga que no debes abandonar tu puesto bajo ningún concepto. ¡Buenas noches, querida!

Frederica asintió con gratitud y no se atrevió a protestar, ni entonces ni cuando el marqués regresó después del desayuno y le dijo que, a partir de entonces, se repartirían rigurosamente los turnos. Su sentido común le decía que, aunque Felix estaba muy enfermo, ella sola no podía asumir la tarea de atenderlo. Y aunque en su fuero interno sabía que ni ella ni Felix tenían derecho a exigirle nada, se había acostumbrado tanto a depender del marqués que ni siquiera pensaba en ello. Alverstoke era capaz de manejar a Felix tan bien como ella, a veces incluso mejor, y Felix parecía encantado de quedarse con él. Lo demás no le importaba. Y si Alverstoke hubiera anunciado su intención de volver a Londres, habría hecho todo lo posible para convencerle de que se quedara. Sin embargo no lo hizo, y Frederica aceptó sus servicios como algo natural.

Al marqués, que sabía que Frederica no podía pensar en nadie que no fuera su abominable hermano pequeño, le divertía la situación. Felix le gustaba, pero habría sido absurdo suponer que le gustaba cuidarle. Y si no hubiera estado tan profunda e involuntariamente enamorado de su hermana, jamás se le habría pasado por la cabeza asumir una tarea tan penosa. Pero no fue el deseo de ganarse la estima de Frederica lo que le empujó a quedarse en Hertfordshire y sacrificarse de una manera tan inhabitual en él. Lo único que sabía era que Frederica se encontraba en un aprieto, y que él tenía la posibilidad de sacarla de él. Le dijo a Charles Trevor que cancelara todos sus compromisos inmediatos, aunque con cierto reparo, al menos sin vacilación. Por primera vez en muchos años, sus compañeros del Jockey Club lo buscarían en vano en las carreras de Ascot. Era una lástima, pero no se podía hacer nada. Además, uno de sus caballos iba a participar en las carreras, pero qué placer obtendría viéndolo ganar (como pensaba que haría), sabiendo que Frederica estaba metida en un aprieto y necesitaba su ayuda.

De modo que el marqués, que casi nunca se molestaba por nadie, y que había llevado una vida llena de lujos y comodidades, se adentró en el periodo más agotador e incómodo de su existencia. Se vio obligado a alojarse en una antigua e incómoda posada; se pasó todo el tiempo cuidando de un niño enfermo; y, como su llegada a la granja era la señal para que Frederica se fuera a la cama, las únicas conversaciones que mantenía con ella eran breves, y solo concernían a su paciente. Años más tarde solía decir que no podía recordar aquellos días sin un escalofrío, pero en aquel entonces no dijo ni una sola palabra de queja, ni perdió los nervios en ningún momento.

Jessamy llegó al segundo día. Su intención era venir atravesando los campos desde Watford, pero el marqués ordenó a Curry que fuera al encuentro del coche de posta con el faetón, para que no tuviera que venir andando. Y menos mal, porque además de un modesto baúl de viaje, Jessamy había traído un voluminoso maletín repleto de libros. El joven le explicó a Alverstoke, que estaba de guardia en aquel momento, que estos incluían, además de los necesarios para sus estudios, otros para leer a Felix en voz alta.

—Porque eso es algo que sí sé hacer —dijo—. A Felix le gusta que le lean cuando está enfermo, ¿sabe? Por eso le he traído sus libros favoritos. Ah, y también he traído Waverley. Me lo recordó Harry. Se me había olvidado que cuando Frederica lo leía por la noche, Felix estaba dormido, porque aún era demasiado pequeño para disfrutarlo. Pero ahora le encantará, ¿no cree?

—Sin duda, pero no ahora.

El rostro de Jessamy se ensombreció.

—Lo sé. Curry me lo ha contado todo. ¡Gracias por enviarle a mi encuentro, primo! Me ha dicho que Felix tiene fiebre reumática, que está muy enfermo y que padece dolores terribles. Señor, ¿no irá a…? No irá a morirse, ¿verdad?

—No, pero está muy grave, y es posible que empeore antes de que se inicie la curación. Ahora mismo está durmiendo, pero nunca duerme mucho tiempo, así que debo regresar a su habitación. Puedes venir conmigo si quieres. No le molestarás si hablas en voz baja.

—Sí, por favor —dijo Jessamy—. Me… me encantaría verle.

—Por supuesto. Pero no debe sorprenderte que cuando despierte, no te reconozca. No siempre está consciente, ¿sabes?

Jessamy se quedó tan sorprendido al ver el aspecto de Felix que fue incapaz de dominar su voz, y se retiró a una silla que había junto a la ventana para controlar sus emociones. Pero afortunadamente, Felix sí que le reconoció al despertarse.

—¡Tengo mucho calor! —dijo con inquietud—. ¡Tengo sed! ¡Frederica!

—Eso tiene fácil solución —dijo Alverstoke, deslizando un brazo por debajo de su cuerpo para levantarlo—. Aquí tienes tu limonada. Mientras te la bebes, Jessamy te arreglará los almohadones para que vuelvas a estar cómodo. ¿A que no sabías que Jessamy ha venido a verte?

—Jessamy —murmuró Felix.

Cuando el marqués volvió a recostarlo en la cama, el joven miró a su alrededor, y al ver a su hermano esbozó una sonrisa, y volvió a repetir con indudable placer:

—¡Jessamy!

Jessamy tomó su mano y dijo con torpeza:

—¿Cómo estás, pequeño granuja?

—¡Siento mucho lo que he hecho! —dijo Felix con tristeza—. No sabía que dolería tanto. ¿Estás enfadado conmigo?

—¡No, te prometo que no!

Felix suspiró y, mientras Alverstoke le refrescaba la cara, cerró los ojos de nuevo.

Jessamy se sintió tan aliviado al ver que Felix había despertado en plena posesión de sus sentidos que empezó a animarse, y cuando Felix volvió a quedarse dormido, le contó a Alverstoke todo lo que había pasado en Upper Wimpole Street.

En general, las noticias eran buenas. Era cierto que Charis se ponía a llorar cada vez que pensaba en el pobre Felix; y que la señorita Winsham (a la que siempre habían molestado los contratiempos) pensaba que el accidente era una fechoría planeada expresamente por Felix para añadir una preocupación más a las muchas que ya tenía, y decía (entre otras muchas cosas) que no podía soportar a Felix, ni tampoco a Frederica, que era la culpable de todo por haberle mimado tanto. Pero Harry había regresado de Wells la noche antes, y había asumido de inmediato las riendas de la familia. Jessamy pensaba que su llegada era una verdadera bendición, pero como lo primero que hizo fue discutir con su tía, hasta el punto de que esta hizo el equipaje y se trasladó a Harley Street, Alverstoke dudaba si Frederica opinaría lo mismo. Pero Jessamy dijo, con total seguridad:

—Sí, porque sabe que mi tía y Harry siempre están discutiendo. Y no me importa decirlo, pero Charis está mejor sin ella. Mi tía dice unas cosas terribles, y solo consigue disgustarla. Charis necesita apoyo, señor, y Harry se lo da. Nada más verle entrar en el salón se animó. Y si Harry va a quedarse con ella (que es lo que piensa hacer, se lo prometo), no hará falta que mi tía esté allí.

En respuesta a la irónica pregunta del marqués, Jessamy dijo que por mucho que discutiera con su hermano mayor, nunca había puesto en duda la devoción de Harry por su familia. Y como muestra de ello añadió que, según tenía entendido, Harry le había pedido a su amigo el señor Peplow que le excusara de todos sus compromisos, ¡incluso de las carreras de Ascot! El primer impulso de Harry había sido partir de inmediato a Hertfordshire, pero él le había convencido de que se quedara en Londres.

—Y reconozco que eso le honra, señor —dijo Jessamy con generosidad —. Porque pensé que se ofendería cuando le recordé que nunca había resultado útil cuando estábamos enfermos.

Harry no solo aceptó la crítica sin protestar, sino que le proporcionó el dinero para costear el viaje, le transmitió un mensaje de tranquilidad para Frederica, hizo reír a Charis e incluso se comprometió a encargarse de Lufra.

—¡Y ni siquiera lo llamó «ese maldito chucho»! —dijo Jessamy.

—Eso ha sido muy amable por su parte, desde luego —respondió Alverstoke con gravedad.

—Sí. ¡Es que Harry es muy amable! Nunca intenta coaccionarte, ni se enfada cuando le provocas, que es lo que hacen la mayoría de los hermanos mayores. —Jessamy suspiró y añadió con tristeza—: Ojalá hubiera podido traerme a Lufra. Pero no creo que me hubieran dejado llevarlo en el coche de posta.

El marqués agradeció mentalmente a la providencia no tener que proteger el rebaño de Judbrook de los ataques de Lufra, además de sus otros quehaceres.

—Me temo que no —dijo, con toda la simpatía de la que fue capaz—. Pero al menos sabes que está en buenas manos.

—¡Oh, sí! —dijo Jessamy con ingenuidad—. Owen me ha prometido que le dará de comer y lo sacará de paseo.

Aunque a Frederica no le agradó saber que su tía se había desentendido de su familia, se tomó la noticia con filosofía, y le confesó a Alverstoke que tal vez fuera mejor que se hubiera instalado en Harley Street.

—Porque uno no puede pasarse el día sermoneando, como si Charis tuviera la culpa. Sé que no lo hace con mala intención, y que seguirá pendiente de todo aunque se haya instalado con mi tía Amelia. Pero Charis estará mejor con Harry. Él sabrá cuidarla. Lo único que me preocupa es…

Frederica se detuvo frunciendo el ceño. Al cabo de un momento, Alverstoke le preguntó:

—¿Qué es lo que te preocupa, Frederica? ¿El idiota de mi primo?

Su ligera sonrisa le hizo pensar que había acertado, pero Frederica se limitó a decir:

—En cualquier caso no se puede hacer nada, así que es absurdo preocuparse.

El marqués no añadió nada más, porque sabía que los pensamientos de Frederica estaban centrados en Felix. El futuro de Charis le resultaba indiferente si este no afectaba a su hermana, así que se alegró de cambiar de tema. Se inclinaba a pensar que el enamoramiento de Endymion era tan violento como pasajero. Si el asunto era más serio de lo que suponía, y eso preocupaba a Frederica, intervendría sin miramientos. Aunque siempre se había mostrado implacable para conseguir sus propios fines, ahora estaba dispuesto a sacrificar a toda la especie humana para ahorrarle un momento de preocupación a su querida Frederica. Salvo, tal vez, a los dos pequeños miembros de la familia a los que Frederica quería tanto: Jessamy, que disimulaba su tristeza cuidando de su hermano, y ofreciéndose humildemente a llevar y traer cosas, hacer recados, o realizar cualquier tarea que le pidieran; y Felix (¡ese diablillo!), que dependía de su fortaleza y se tranquilizaba con tan solo escuchar su voz. No, no estaba dispuesto a sacrificar a Jessamy y Felix. Se había encariñado de aquellos condenados mocosos, aunque cualquiera sabía por qué.

En los dos días siguientes, Alverstoke no tuvo ni tiempo ni ganas de considerar este problema. De acuerdo con la profecía del médico, a Felix le subió la fiebre, y aunque Alverstoke mantuvo una actitud imperturbable, empezó a albergar los más graves temores. Sabía que Frederica compartía su inquietud, aunque nunca la mencionaba ni delataba la menor señal de turbación. Se mostraba invariablemente alegre y aparentemente infatigable. Pero cuando Alverstoke vio sus ojeras y su rostro demacrado, se preguntó cuánto tardaría en derrumbarse.

Sin embargo, cuando en la madrugada del tercer día entró en la habitación del enfermo, la encontró extrañamente tranquila. Felix estaba tan grave que esa noche no había salido de la granja. Alverstoke contempló la escena con aprensión desde el umbral de la puerta. Felix yacía inmóvil en la cama sin murmurar ni moverse, y Frederica estaba de pie, a su lado. Cuando le oyó entrar, la joven volvió la cabeza. Alverstoke vio que las lágrimas le caían por las mejillas y fue corriendo hacia ella.

—¡Oh, pobrecilla! —dijo sin querer.

Entonces vio que Frederica estaba sonriendo a pesar de las lágrimas.

—Está dormido —se limitó a decir—. Se le ha pasado la fiebre. De pronto vi que estaba sudando y lo supe. ¡Ya ha pasado lo peor, primo!