Frederica

Georgette Heyer · Capítulo 13 de 28

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Frederica

Capítulo 13

13

 

F rederica no pudo descubrir si Alverstoke hizo algo para cultivar su amistad con Chloë, pero no tardó en cumplir su promesa de demostrar a la buena sociedad su interés en sus supuestas protegidas. Eso la confirmó en la sospecha de que su fama de olvidadizo era completamente infundada. Alverstoke fue a Upper Wimpole Street a recoger a Charis y se la llevó a dar una vuelta por Hyde Park a la hora del paseo, frenando varias veces sus rucios para intercambiar unas palabras con sus amigos, o para que Charis respondiera a los saludos de sus muchos admiradores. La joven lo hizo con mucha amabilidad, y sin una pizca de coquetería. Alverstoke había conocido a muchas bellezas, pero ninguna tan despreocupada por su apariencia como Charis. Tampoco parecía consciente del honor que le estaba haciendo, ni de la extrañeza y las conjeturas que suscitó aquel paseo. Le agradeció educadamente que la hubiera invitado a pasear con él, pero confesó que prefería los jardines de Kensington a Hyde Park, porque las flores eras muy bonitas, y había varios senderos donde uno podía sentirse igual que en el campo.

—¿No te gusta Londres? —preguntó el marqués.

—¡Oh, sí! —respondió Charis con tranquilidad—. Es muy agradable y divertido, aunque no es tan cómodo como el campo.

—Normalmente se cree que es más cómodo que el campo.

—¿Ah sí? —Charis arrugó la frente—. Me pregunto por qué será.

—Digamos que tiene más que ofrecer para divertirse.

—¡Ah! —La joven se quedó pensando un momento—. ¡Sí, claro! Hay teatros, y conciertos, y revistas, y muchos bailes magníficos. Solo que las fiestas londinenses, aunque maravillosas, no son tan divertidas como las del campo, ¿sabe?

—¿Ah, no? ¿Por qué?

—No lo sé. Soy muy torpe explicando las cosas —dijo a modo de disculpa—. Prefiero las fiestas donde conozco a todo el mundo, ¿sabe? — Después de una pausa, añadió—: Yo creo que es porque no estoy acostumbrada a la vida en la ciudad, ni al descaro con que te mira la gente cuando eres de fuera.

—Sí, es muy desagradable —dijo Alverstoke con gravedad—. Debería haberla llevado fuera de la ciudad, a algún pueblo remoto habitado únicamente por palurdos.

—Pero tendríamos que alejarnos demasiado, ¿no?

El marqués, que estaba empezando a aburrirse, respondió con aspereza:

—Tienes razón.

La joven guardó silencio. Al cabo de un momento, Alverstoke intentó sacar otro tema de conversación, pero como Charis apenas tenía opiniones propias, y se limitaba a darle la razón en todo lo que decía, su aburrimiento se intensificó; así que, después de darle otra vuelta por el parque, la llevó de regreso a Upper Wimpole Street, arrepintiéndose de haberse comprometido a protegerla. En otras circunstancias la habría olvidado nada más dejarla en su casa, pero las circunstancias no eran normales: supuestamente se había comprometido a invitarla otra vez. Y eso hizo, preguntándole adónde deseaba ir.

—¡Oh, qué amable! —respondió Charis—. ¡Me encantaría ir al palacio de Hampton Court, señor! Frederica y yo hemos estado leyendo sobre él, y nos gustaría mucho visitarlo. Solo que… —se detuvo, mirándole con expresión suplicante.

—¿Qué? —la apremió el marqués.

—¿Le importaría venir con nosotros, primo Alverstoke? ¡Me refiero a todos nosotros! O… ¿preferiría no hacerlo? Al parecer hay un famoso laberinto, y a los chicos les encantaría verlo.

Fue así como el marqués se encontró, unos días después, acompañando a la familia a Hampton Court en el birlocho que, con sus magníficos corceles, era tan conocido entre los miembros del Four-Horse Club. Si le hubieran visto, muy pocos de ellos habrían podido creer el uso que estaba haciendo del vehículo. Alverstoke no llevaba la insignia del club, pero Jessamy, que se estaba turnando con Felix en el pescante, aseguró a sus hermanas que cualquiera que tuviera el privilegio de ver cómo llevaba las riendas le reconocería, de un vistazo, como uno de sus miembros.

En opinión de los Merriville, fue la excursión más agradable que habían hecho nunca. Hasta Felix reconoció que el placer de perderse en el laberinto, y disfrutar más tarde de lo que describió como un delicioso almuerzo en el hotel Star and Garter, superó con creces su viaje a Ramsgate. El joven comió tantos pastelillos de mermelada que su hermano, después de llamarle tragón, le dijo que cualquiera pensaría que se estaba muriendo de hambre. A lo que Felix respondió alegremente que, puesto que no había comido nada (salvo un par de helados y unos cuantos bizcochos) desde el desayuno (consistente en huevos, magdalenas, tostadas y confitura), no era de extrañar que estuviera muerto de hambre.

Gracias a su previsión, que le llevó a informarse del camino para salir del laberinto, el marqués pasó un día mucho más agradable de lo que esperaba. Cuando se cansó de vagar por el laberinto, guio a Frederica al exterior, dejando a los miembros más jóvenes de la familia intentando llegar al centro, todos ellos muy animados, y riéndose cada vez que encontraban un camino sin salida. El guarda, cuyo puesto le proporcionaba una vista completa del laberinto, y cuya labor consistía en sacar de él a los agotados visitantes, les ofreció sus servicios varias veces, pero ellos los rechazaron sin dudar, pues cada uno de los Merriville estaba convencido de que él, o ella, encontraría la salida.

Frederica, que paseaba por los caminos con el marqués, pensaba que habían llegado al centro del laberinto por casualidad. Pero cuando Alverstoke la guio de vuelta a la entrada sin equivocarse ni una sola vez, le miró con expresión risueña y exclamó:

—¡Conocías el secreto! ¡Serás farsante! ¡Estaba empezando a pensar que eras muy listo!

—Simplemente soy previsor —respondió el marqués—. La idea de pasar toda la tarde entre unos setos me parece muy desagradable. ¿A ti no?

La joven sonrió.

—Bueno, reconozco que prefiero pasear por los jardines y la naturaleza. Pero los chicos se están divirtiendo mucho. Gracias por traerlos. Eres muy amable, porque estoy convencida de que te estás aburriendo.

—¡En absoluto! —contestó Alverstoke—. La situación posee el encanto de la novedad.

—¿Nunca sacas a pasear a tus sobrinos y sobrinas? —preguntó Frederica con curiosidad.

—¡Nunca!

—¿Ni siquiera cuando eran niños? ¡Qué raro!

—Habría resultado más raro que lo hiciera, te lo aseguro.

—A mí, no.

—Pues debería. Te advierto que no soy ni complaciente ni bondadoso.

—Bueno, reconozco que no eres nada bondadoso con tus hermanas —dijo la joven con franqueza—. Pero no te lo reprocho; al menos no del todo. Es evidente que disfrutan llevándote la contraria. Me pregunto si sabrán que pinchar a un hermano es fatal. Pero digas lo que digas, no eres un monstruo del egoísmo. Si lo fueras, no serías tan bueno con Jessamy y Felix.

—O si me aburrieran —intervino el marqués.

—Te aburriste mortalmente en la fundición —le recordó Frederica.

—Sí, por eso Charles se encargará de llevar a Felix a la nueva Casa de la Moneda —replicó él con frialdad.

—¿Y por qué no le pediste que nos acompañara hoy? —preguntó ella, con una inocencia que contrastaba con su mirada maliciosa—. ¿O es que pensabas que una excursión como esta te aburriría menos que la Casa de la Moneda?

El marqués la miró sonriendo, pero con una extraña expresión de fascinación en la cara. Frederica se quedó sorprendida, pero al cabo de un momento, dijo en tono de burla:

—¿Pretendes engatusarme para que crea que no querías confiarnos al señor Trevor?

—No —repuso él lentamente—, aunque es la verdad. Estaba pensando qué bien te sienta ese sombrero.

Ciertamente era un sombrerito encantador, con una pluma rizada de color rosa y el ala forrada de seda fruncida. Pero Frederica soltó una carcajada y exclamó:

—¡Serás granuja! ¿Por qué estás tan empeñado en que te tache de egoísta, además de detestable? ¿Te da miedo que me aproveche de tu bondad? ¡Te prometo que no lo haré!

—No es eso lo que me da miedo.

—Claro, siempre podrías mandarme a paseo con uno de tus terribles desaires, ¿verdad? —dijo Frederica, parpadeando con picardía.

—¡Lo dudo! Volverías otra vez —contestó Alverstoke, al tiempo que la guiaba a un banco apartado—. Vamos a sentarnos aquí a esperar a los chicos. A no ser que pienses que hace demasiado frío.

Frederica sacudió la cabeza, pero dijo, mientras se acomodaba en el banco:

—¡Bastante te importa a ti eso!

—¡Eso es injusto, Frederica! Tan injusto como tu comentario anterior. Por favor, dime cuándo he intentado yo hacerte un desaire.

—¡Oh, la primera vez que nos vimos! Estuviste terriblemente distante.

—¿Ah, sí? En ese caso acepta mis humildes disculpas, y reconoce que no he vuelto a repetir la ofensa.

—¡Es cierto! —dijo Frederica con entusiasmo—. No has vuelto a mostrarte distante con nosotros. Aunque te he oído decir un par de veces que… En fin, eso no es asunto mío. Ya sé que no te gusta que te den las gracias, pero déjame decirte (aunque solo sea una vez) lo agradecida que me siento. Has hecho por nosotros mucho más de lo que esperaba. Hasta salvaste a Luff, y si eso no es bondad, que venga Dios y lo vea.

—Pero tú esperabas que lo hiciera —señaló Alverstoke.

—No lo esperaba. Simplemente confiaba en que así fuera. Oh, nunca me dijiste cuánto costó rescatarlo. ¡Lo había olvidado! Por favor, ¿podrías decirme…?

—No —la interrumpió el marqués—, ni sé ni me importa cuánto costó, y si sigues diciendo tonterías, Frederica, tendré que… hacerte uno de mis terribles desaires.

—Te lo agradezco, pero cuando solicité tu ayuda no pretendía depender de ti, primo. ¡Es más, no pienso hacerlo!

—En ese caso intentaré recordar la suma exacta que he gastado hoy en vosotros —dijo él—. Debería haber llevado la cuenta. ¡Veamos! Son cuatro entradas para el laberinto… Ah, y también pagamos por entrar en el palacio, ¿no? En ese caso son…

—¡Ojalá hablaras en serio! —le interrumpió Frederica, mordiéndose el labio con nerviosismo.

—Lo digo muy en serio. Y también soy muy generoso, porque no pienso cobrarte el desplazamiento.

—¡Oh, no digas tonterías! —saltó la joven, indignada—. Hay una gran diferencia entre dejar que saldes mis deudas y pagarte por entretenernos. Además, has sido tú el que nos has invitado a Hampton Court.

—Es cierto, pero yo no os invité —dijo Alverstoke—. Charis solicitó mis servicios.

Frederica emitió un gritito de asombro.

—¡Serás… serás embustero! —exclamó, escandalizada—. Sabes que jamás se le habría ocurrido una cosa así si tú no le hubieras preguntado adónde quería ir.

—Bueno, si a eso le llamas una invitación a Hampton Court con su hermana y sus dos hermanos…

—¡Eres odioso! —dijo ella, esforzándose en contener la risa—. Está bien, no diré nada más. Ni siquiera gracias. ¿O debería disculparme por haberte impuesto mi presencia y la de mis hermanos?

—¡Al contrario! Si te hubieras echado atrás, habría recordado un compromiso urgente en otra parte. Charis es muy amable, pero no es muy ocurrente que digamos. Me resulta muy difícil hablar con ella. ¡De hecho es agotador! Siempre que le hago una broma me pregunta qué he querido decir.

Frederica no pudo reprimir una de sus risas involuntarias, pero dijo, en defensa de su hermana:

—Quizá no sea ocurrente, pero tiene mucho sentido común, te lo aseguro. Mucho más que yo, porque sabe llevar una casa, además de coser de maravilla, y aderezar la carne, y… en fin, todo tipo de cosas útiles.

—Desgraciadamente, ninguna de esas virtudes es necesaria para pasear por el parque.

—Al menos no es una bocazas —respondió Frederica.

Alverstoke se echó a reír.

—¡No, desde luego!

—Pensaba que a los hombres no les gustaban las mujeres habladoras — dijo ella.

—Sí, pero entre una charlatana y una persona que deja todo el peso de la conversación en el otro hay un término medio. ¡Oh, vamos, no te enfades! Reconozco que Charis es muy guapa, y muy afable, y virtuosa, pero… —hizo una pausa, frunciendo el ceño.

—¿Pero qué? —preguntó ella.

El marqués levantó los ojos de los guantes que sostenía en la mano y volvió la cabeza para mirarla.

—Querida, ¿nunca se te ha ocurrido que el futuro que has planeado para Charis no es el que ella quiere? —dijo, con desacostumbrada amabilidad.

—No. Si estuviera planeando lo que tú llamas «un matrimonio ventajoso», tal vez, pero no es así. ¡Te lo prometo! Solo quiero verla cómodamente establecida: que no se vea obligada a hacer economías, sino que pueda disfrutar de… ¡los placeres de la vida! —Al ver que Alverstoke arqueaba las cejas, añadió—: Recuerda que tú no sabes lo que significa vivir con estrecheces.

—No —admitió él—. Supongo que tú conoces mejor a tu hermana, pero por lo poco que he observado, opino que sería más feliz llevando una casa que haciendo vida social. Me dijo que prefería los bailes campestres a los de Londres, ¿sabes?

—¡Cielo santo! ¿Eso dijo? —exclamó Frederica, sorprendida—. ¡Debía de estar bromeando! Piensa en el éxito que ha tenido, en los ramos que le han enviado, en cómo llamaban a la puerta sin cesar… ¡Debiste de entenderla mal, primo!

El marqués se percató de que Frederica estaba asustada, y dijo:

—Es posible. En cualquier caso no creo que debas preocuparte.

—Pero si nada de eso le importa, si no desea contraer un matrimonio respetable, ¡todo lo que he hecho no ha servido de nada! —se lamentó la joven.

—¡Tonterías! Al menos tú estás disfrutando de la vida en Londres.

—¡Eso no tiene ninguna importancia! —dijo Frederica con impaciencia —. ¡Como si hubiera traído a los chicos a Londres para satisfacer mis propios deseos!

—Supongo que Jessamy habría preferido quedarse en casa, pero no le vendrá mal ver un poco de mundo. En cuanto a Felix, ¡está más feliz que un niño con zapatos nuevos! Pero hay algo que me intriga: ¿qué te llevó a pensar que Charis compartía tus mismos gustos?

Frederica sacudió la cabeza.

—No lo pensé. Simplemente me parecía una pena tenerla escondida, o permitir que se casara con el joven Rushbury, o con cualquiera de nuestros conocidos, antes de que pudiera disfrutar de su primera temporada. —La joven se quedó dudando un momento, y a continuación dijo con timidez—: ¡Es tan influenciable! Se inclina a dar la razón a todo el mundo, y aunque sus principios son firmes, tiene un carácter tan complaciente que a veces me desespera.

—Ya me imagino. Sobre todo si cede a las pretensiones de todos los jóvenes inexpertos que la persiguen. ¿También se enamora de ellos?

—No creo que se enamore de nadie —dijo Frederica con sinceridad—. Es decir, no más de uno que de otro. Es muy cariñosa, y tan buena que acaba exasperando a cualquiera.

—Así que es demasiado buena, ¿eh? ¡Pobre Frederica!

—¡Pues sí! Es una responsabilidad tan grande… Algún día tendrá que casarse, e imagínate el escándalo si permitiera que se fugara con un joven inexperto, como tú dices, que no supiera hacerla feliz, o con un… cazafortunas.

Los labios del marqués esbozaron una sonrisa, pero dijo con gravedad:

—¡Sería un escándalo, desde luego! Pero por lo general, los cazafortunas andan detrás de las herederas.

—Bueno, no me refería a eso exactamente —reconoció ella—. Y quizá no debería decir que Charis no se enamora de nadie. Yo nunca he estado enamorada, así que no puedo juzgar. Pero a mí no me lo parece.

El marqués había estado escuchándola con expresión divertida, pero aquello le sorprendió.

—¿Que nunca has estado enamorada? —repitió con incredulidad—. ¿Nunca, Frederica?

—No. Bueno, ¡creo que no! Una vez me sentí atraída hacia un hombre, pero fue cuando era joven, y me recuperé tan rápido que no creo que estuviera verdaderamente enamorada. De hecho, me inclino a pensar que si no le hubiera conocido en un baile y vestido de uniforme, ni siquiera me habría fijado en él. ¿Sabes una cosa, primo? —añadió muy seria—. No debería permitirse que los caballeros asistan a los bailes y salones vestidos de uniforme. Hay algo muy engañoso en los uniformes. Por fortuna (pues creo que no era un buen partido) me lo encontré la semana siguiente sin uniforme, así que no me dio tiempo a enamorarme. ¡Fue de lo más decepcionante!

—¿Y quién era el desafortunado? —preguntó Alverstoke con expresión divertida.

—No recuerdo su nombre. ¡Fue hace tanto tiempo!

—¡Ah!, ¿sí? —dijo él, comprensivo—. Antes de que te convirtieras en una vieja solterona, ¿no?

—¿Cómo que una vieja solterona…? —Frederica se detuvo y dijo, con una triste sonrisa—: ¡Dios mío! ¡Supongo que eso es lo que soy!

—¡Ah!, ¿sí? Pues déjame decirte, querida, que cada vez que hablas de «cuando eras joven» te comportas como una insensata.

—¡No! Tengo veinticuatro años, y hace mucho que me quedé para vestir santos.

—¡Qué lástima! —se burló el marqués.

—¡Nada de eso! ¿Qué habría sido de ellos si no me hubiera quedado soltera?

—Ni lo sé ni me importa.

—¡Pues yo sí lo sé, y me importa mucho! Es más, me parece muy agradable ser una vieja solterona y estar libre de aburridas restricciones. Si estuviera en edad de merecer, no podría estar sentada aquí en este momento, hablando contigo sin acompañante. ¡Todo el mundo pensaría que estoy intentando cazarte! Pero si la condesa de Lieven o la señora Burrell pasaran por aquí en este momento, no se sorprenderían más que si estuvieras sentado con la señora Berry.

Esta comparación con una dama de unos cincuenta y seis años fue demasiado para el marqués. Hizo un esfuerzo para guardar la compostura, pero había un ligero temblor en su voz cuando dijo:

—¡Es cierto! Me pregunto por qué no se me había ocurrido.

—Supongo que nunca lo habías pensado —dijo Frederica con amabilidad.

—No —reconoció él.

—Es lógico. Los hombres no tenéis que preocuparos de las acompañantes —dijo, mirándole con cierta envidia.

—Te aseguro que me han dado muchas preocupaciones. Las encuentro muy molestas.

La expresión pensativa de Frederica se desvaneció.

—¡Menudo mujeriego estás hecho, primo! —dijo con simpatía.

—Sí, soy un indeseable. ¿No te lo había dicho?

—Posiblemente, pero dices tantas mentiras sobre ti mismo que no te estaría escuchando. —Frederica volvió la cabeza hacia él y dijo, con ojos risueños—: Mucha gente me ha dicho que eres peligroso. ¡Tienes muy mala reputación, primo! Pero con nosotros has sido muy bueno, aunque no tuvieras ningún deseo de reconocernos. Así que me importa un comino lo que diga la gente.

El marqués la miró con una expresión difícil de descifrar.

—¡Ah! ¿sí? ¡Me ofendes, Frederica!

—Ojalá dejaras de pensar que soy una tontorrona —dijo la joven con severidad—. En vez de decir tonterías, cuéntame qué sabes de sir Mark Lyneham.

—¿Es otro de los admiradores de Charis? Pues hace mucho que cumplió los treinta.

—Lo sé, pero mi hermana me dijo una cosa el otro día que me hizo preguntarme si no sería más feliz con un hombre mayor. Alguien que pudiera darle consejo y cuidarla, y que no discutiera con ella cada vez que estuviera de mal humor. Por lo que he visto, los jóvenes tienen más tendencia a perder los estribos, y eso no funcionaría con Charis. Es tan sensible que se pone triste cada vez que los chicos se pelean. ¡Y siempre que la regaño se deprime! Yo… yo creo que sir Mark sería muy bueno con ella, ¿no crees?

—Apenas lo conozco, así que no te puedo decir. En mi opinión, seguramente la asesinaría, o buscaría consuelo en otra parte. No hay nada peor que casarse con una mujer que no para de llorar.

—¡Eso no es verdad! ¡Y sir Mark no buscaría consuelo en otra parte! Su reputación es… impecable.

—Sí, siempre me pareció terriblemente aburrido —dijo el marqués.

—Un hombre no tiene por qué ser aburrido porque sea respetable — protestó ella.

—No tiene por qué, pero suele pasar.

—Me han dicho que sir Mark sufrió un desengaño en su juventud, y que hasta ahora nunca había mirado a otra mujer —dijo Frederica con frialdad.

—¡Por el amor de Dios! —exclamó el marqués con hastío—. ¡No, no me cuentes nada más! No me apetece escucharlo.

—No lo haré —dijo Frederica, mirándole con hostilidad—. ¡No tienes ningún sentido del decoro!

—No.

—¡Pues no deberías sentirte orgulloso!

—No me siento orgulloso. ¿Esos son los hombres que admiras, Frederica?

—¡Desde luego! —repuso ella—. La respetabilidad siempre es digna de admiración.

—¡Serás embustera! —exclamó el marqués—. No pretenderás que me lo crea, ¿no?

—Bueno, en cualquier caso deberíamos admirarlo —dijo Frederica a la defensiva.

—Eso está mejor —dijo el marqués con aprobación—. Estaba empezando a pensar que te sentías atraída por ese dechado de virtudes, y eso sí que no funcionaría.

—¡Lo sé! —dijo ella, riendo—. Así no tendré que robarle el pretendiente a Charis. ¡Como si pudiera!

—Se me ocurren cosas mucho más improbables que esa —dijo el marqués.

—¡Ah! ¿sí? Entonces debes de haber perdido el juicio, o eres más embustero que yo —dijo Frederica, zanjando la cuestión.