Frederica

Georgette Heyer · Capítulo 20 de 28

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Frederica

Capítulo 20

20

 

E l entusiasmo no duró mucho tiempo. Cuando llegaron a Stanhope Gate, Jessamy recordó los distintos peligros que amenazaban a Felix, y a partir de entonces guardó silencio. Sus ojos, que hasta entonces brillaban con fuerza, estaban tristes y sombríos. Mientras el faetón se aproximaba a la verja, se acercó un elegante tílburi conducido por un hombre muy feo, pero vestido a la última moda. Nada más posar los ojos en los rucios de Alverstoke, el hombre frenó el espléndido zaíno que tiraba de las varas de su carruaje, y exclamó:

—¡Alverstoke! ¡Te estaba buscando!

El marqués frenó sus caballos, pero negó con la cabeza.

—¡Lo siento, Canguro! ¡No puedo perder ni un momento!

—Pero si solo quiero… ¿Se puede saber adónde vas? —gritó Cooke [21], volviéndose en su asiento mientras el faetón le adelantaba.

—¡A perseguir un globo! —exclamó Alverstoke por encima del hombro.

—¿Por qué ha dicho eso? —preguntó Jessamy—. ¡Pensará que se ha vuelto loco!

—Es posible. ¡Y no será nada más que la verdad!

Se produjo un momento de silencio, al cabo del cual Jessamy preguntó, tratando de aparentar tranquilidad:

—¿Quiere decir que esta persecución no tiene sentido, señor?

—¡Oh, no! —exclamó Alverstoke, que había captado el matiz de angustia en su voz—. ¡Es posible que nos lleven ventaja, pero hasta ahora nadie me ha ganado una carrera!

Reinó el silencio durante media milla. Jessamy lo interrumpió, diciendo con rabia:

—¡Se merece que le den una paliza! ¡Si lo encontramos sano y salvo, yo mismo me encargaré de hacerlo!

—¡Ni lo sueñes! —exclamó el marqués—. Llevo una hora soñando con abofetearlo, y ni siquiera Harry me arrebatará ese placer.

Jessamy soltó una carcajada, pero al cabo de un momento dijo:

—Debería pegarme a mí. ¡Ha sido todo por mi culpa!

—Me estaba preguntando cuánto tardarías en convencerte de eso —dijo Alverstoke con ironía—. No me interesa saber cómo has llegado a semejante conclusión, así que no te molestes en contármelo. Pero si alguien tiene la culpa aparte de Felix, soy yo. Te recuerdo que estaba a mi cargo, no al tuyo.

Jessamy sacudió la cabeza.

—No debería haberle dejado con esos hombres. ¡Sé muy bien cómo es!

—¿Ah, sí? ¿De veras sospechabas que arriesgaría su vida para participar en ese vuelo?

—¡Santo cielo, no! Nunca habría sospechado que… Pero sí que pensé que debía vigilarlo, y… si no me hubiera enfadado con el primo Buxted, tal vez lo habría hecho —confesó Jessamy, mirando al frente con obstinación—. ¡Y todo por culpa de mi mal carácter! Me puse hecho una furia porque el primo Buxted le dijo que saliera del recinto. ¡Y lo peor es que tenía razón! —enterró el rostro entre las manos, y dijo con un hilo de voz—: ¡Nunca estaré preparado para el sacerdocio, nunca!

—No hasta que aprendas a controlar tus arrebatos de locura —dijo Alverstoke con frialdad. Dio un momento a Jessamy para que asimilara su comentario, antes de añadir, más animado—: Pero estoy seguro de que lo conseguirás. No voy a insultarte llamándote niño pequeño, pero aún no eres mayor, ¿sabes?

Jessamy dejó caer las manos y esbozó una sonrisa.

—Sí, señor. Lo sé. Hay que tener la entereza suficiente para no dejarse llevar, ni para magnificar los propios pecados, porque eso es una forma de autoindulgencia, ¿no cree?

—Es posible. No es algo que me suela pasar, la verdad —dijo el marqués con indiferencia.

—A Frederica tampoco. Y no acostumbra a sermonearnos. ¡Y aun así es la mejor persona que conozco! —Luego añadió, con una inesperada franqueza —: Sé que resulta raro decir esto de una hermana, pero es la verdad, y no me avergüenza decirlo. Tal vez no sea una belleza como Charis, pero… pero…

—¡Vale cien veces más! —completó el marqués.

—¡Sí, por Júpiter! —exclamó Jessamy con los ojos brillantes.

Dicho esto se sumergió en el silencio, que solo interrumpió para responder con monosílabos a las preguntas de Alverstoke; para preguntarle a qué velocidad le parecía que viajaba el globo y para decir, en un arrebato de confianza:

—Me parece muy mal lo que ha hecho, señor, muy mal, pero hay que reconocer que tiene muchas agallas.

—¡Oh, sí, es muy valiente! ¡Y muy ignorante!

—Supongo que sí. ¡Pero yo no habría sido capaz!

—¡Menos mal!

—No me habría atrevido —confesó Jessamy.

—¡Espero que tengas un poco más de sentido común! —dijo Alverstoke con aspereza—. Si a tu edad hicieras algo tan descabellado, habría que

enviarte a Bedlam[22].

—Sí, ¡si lo hiciera! Pero no puedo evitar sentirme avergonzado sabiendo que mi hermano pequeño ha hecho algo que yo no me atrevería a hacer.

Esta muestra de infantilismo arrancó una carcajada al marqués, que no explicó a Jessamy por qué se reía. En lugar de eso le recomendó que vigilara el globo, el cual, a excepción de los breves intervalos en que quedaba oculto detrás de las casas o los árboles, había permanecido todo el tiempo a la vista. Se había elevado a una altura considerable, pero no parecía ir muy deprisa. Por lo que Alverstoke podía ver, su distancia del faetón era de unas ocho o diez millas, y esta aumentaba con lentitud. El globo se había situado desde el principio al oeste de la carretera: circunstancia que, cuando se desplazó hacia el oeste, asustó tanto a Jessamy, que tuvo que hacer un esfuerzo para ocultar su impaciencia. Pero lo consiguió, pues aunque deseaba pedir a Alverstoke que abandonara la carretera principal para perseguir el globo por un camino que parecía conducir directamente hacia él, su sentido común le dijo que aquello sería una locura. Los caminos rurales trazaban sendas muy erráticas, y muchas veces daban a una granja o una aldea. Jessamy controló su irritación nerviosa, diciéndose que el globo estaba viajando hacia el noroeste a un ritmo constante, y que cuando parecía alejarse se debía simplemente a las curvas de la carretera. Pero siempre que se veían obligados a detenerse en una barrera de peaje, o el guarda tardaba demasiado en responder a los imperativos toques de corneta de Curry, le daban ganas de gritar de exasperación. La imperturbable calma de Alverstoke también le irritaba, y siempre que el marqués detenía sus caballos, tenía que clavarse las uñas en las palmas de las manos para no soltar un acalorado e imprudente discurso. ¡Parecía que Alverstoke ni siquiera se estaba esforzando en alcanzar el globo! Pero cuando miró su impasible perfil, vio que el marqués había girado un poco la cabeza, y que estaba dirigiendo su mirada experta hacia el globo. Aquello le hizo sentir mejor, e incluso llegó a pensar que Alverstoke sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Cuando pasaron Stanmore, el marqués preguntó por encima del hombro:

—¿Dónde puedo cambiar los caballos después de Watford, Curry?

—Lo he estado pensando, señor. Creo que en Berkhamsted.

—Pues como ese maldito globo no descienda pronto, me veré obligado a cambiarlos en Watford. Imagino que estará cerca de Berkhamsted, pero no quiero matar a mis caballos de cansancio. Tú te quedarás con ellos, Curry.

—¿Cuánto queda para Berkhamsted, señor? —preguntó Jessamy.

—Unas diez o doce millas.

—¡Vamos con una hora de retraso! —exclamó Jessamy, consternado.

—¡Más! ¡Probablemente mucho más!

—Mire, señor —le interrumpió Curry—. ¡Parece que está descendiendo!

Jessamy se quedó mirando el globo hasta que le empezaron a llorar los ojos. Se los restregó con la mano y dijo, muy enfadado:

—¡Maldito sol! ¡No está descendiendo! ¡Sigue igual que…! ¡No, por Júpiter! ¡Es verdad! ¡Mire, señor!

Alverstoke dirigió una mirada fugaz al globo.

—Está descendiendo, no hay duda. ¡Una vez más tengo razón! Os dije que aterrizaría en la región de Watford.

Jessamy, que se sentía mucho más optimista, pensó que la reacción del marqués ante la buena noticia era muy graciosa. El joven soltó una carcajada, y exclamó:

—¡Menudo granuja está hecho, señor! ¡Oh, no debería haber dicho eso! ¡Le ruego que me disculpe!

—¡Me lo pensaré!

—Oh, como si le importara un comino lo que yo le diga. A mí no me puede engañar, señor, porque sé muy bien que… —El joven se interrumpió, y después de un momento de tensión, dijo, muy angustiado—: ¿Por qué se está desviando? Hace un momento estaba bajando en línea recta.

—Lo estarás mirando desde un ángulo diferente.

—¡No! Eso no explica su actual trayectoria.

Al cabo de un minuto el globo quedó oculto detrás de un bosquecillo, y cuando el faetón pasó el último árbol, había desaparecido por completo. Jessamy empezó a plantear al marqués preguntas sin respuesta: ¿por qué se había desviado el globo? ¿Habría alguna forma de manejarlo? ¿Se habría estropeado la válvula?

—Supongo que cuando se acercaron al suelo, descubrieron que había más viento del que pensaban —dijo Alverstoke.

Jessamy lo miró con ojos desorbitados.

—¿Más viento? ¿Recuerda lo que nos contó el primo Buxted? Dijo que a veces los amarres arrancan arbustos enteros y no consiguen anclar el globo, lo cual les obliga a cerrar la válvula, y el globo asciende otra vez, y…

—Recuerdo vagamente las historias que Buxted estaba contando a tus hermanas, pero como nunca le he oído decir nada que merezca la pena, me temo que no presté demasiada atención. Supongo que es posible que ocurra algo así, pero como este globo en particular no ha vuelto a ascender en el aire, está claro que no ha sufrido el mismo destino.

—¡Tiene razón! No se me había ocurrido. Sin embargo…

—Jessamy —le interrumpió el marqués con cansancio—. Tus reflexiones sobre la materia son tan inútiles como las de Buxted. Ninguno de los dos sabéis nada sobre aeronáutica. Y tengo que reconocer que yo tampoco. Así que es inútil que me bombardees a preguntas. Y aún más que te preocupes imaginando catástrofes sin fundamento.

—¡Perdóneme, señor! —dijo Jessamy con frialdad—. No pretendía aburrirle.

—Lo sé. Por eso me he aventurado a hacerte una advertencia —dijo el marqués a modo de disculpa.

Jessamy se vio obligado a morderse la lengua ante aquel magistral desaire, y a girar la cabeza para que Alverstoke no pudiera ver lo cerca que estaba de reírse. Aún seguía muy digno cuando llegaron por fin a Watford. Pero las noticias que les aguardaban en la posada de Essex Arms alejaron cualquier otro pensamiento de su mente.

Oh sí (dijo el posadero), habían visto el globo con absoluta claridad. Menudo jaleo se había armado. Todo el mundo salió a verlo, pero después volvieron corriendo, porque el globo estaba tan bajo que parecía que iba a aterrizar en medio del pueblo.

—Pero por supuesto no lo hizo. Solo una pandilla de majaderos podía pensar algo así, milord. Según tengo entendido, aterrizó entre Watford y King’s Langley. Y dudo que quede algún chico en el pueblo aparte de los míos. Todos se fueron, y algunos lo bastante mayores para saber que no tiene sentido participar en semejantes tonterías. Porque estaba claro que no lo verían aterrizar. ¿Y qué sentido tiene recorrer varias millas para verlo tirado en el suelo?

—¿Cuánto hace que descendió? —preguntó Jessamy con impaciencia.

—Eso no sabría decírselo, señor —respondió el posadero, sonriéndole con indulgencia—. Hace una hora que pasó por el pueblo. Una hora y media tal vez.

Jessamy miró a Alverstoke con los ojos brillantes; una sonrisa se dibujó en sus labios.

—¡Menos mal! ¿A qué distancia está ese lugar… King’s Langley?

—A unas cinco millas, señor. Pero yo no me creo todo lo que me dicen. A saber si el globo aterrizó allí. Yo solo sé que ninguno de esos idiotas ha vuelto aún. A menos que se hayan quedado mirándolo con la boca abierta, lo más seguro es que hayan ido a buscarlo al siguiente condado.

—Entiendo —dijo Alverstoke—. Sírvame una jarra de cerveza, por favor. Pide lo que quieras, Jessamy. Voy a hablar con Curry.

Mientras hablaba, salió de la posada, y encontró a Curry y al mozo llevando los rucios al establo. El marqués dirigió su mirada experta a los caballos. Estaban sudando, pero aún no estaban agotados.

—¡Son unos caballos de primera, señor! —dijo Curry con orgullo—. Ya le dije que eran muy resistentes.

Alverstoke asintió, pero Curry se percató de que tenía el ceño fruncido, y le dirigió una mirada interrogante.

—No están heridos, señor. Les daré unas gachas calientes, y…

—Sí, y dale instrucciones precisas al mozo. Quiero que me acompañes.

—Como guste, señor. ¿Ha ocurrido algo grave?

—No estoy seguro. No le digas nada al señorito Jessamy, pero está claro que la última vez que vimos el globo se estaba desviando de su curso. Es posible que lo haya arrastrado el viento, pero como el terreno está bastante despejado, seguramente ha aterrizado sin problemas.

—No hay razón para pensar lo contrario, milord.

—No, pero parece que ninguno de los que salieron a verlo han vuelto. Si no había nada que ver aparte de la barquilla y la bolsa vacía, ¿por qué están tardando tanto?

—¡Bueno, ya sabe cómo son los niños! —sugirió Curry.

—Sí. Pero no todos eran niños. Es posible que me haya dejado contagiar por la angustia de Jessamy, pero tengo el presentimiento de que voy a necesitarte. ¡Te doy quince minutos!

Alverstoke regresó a la posada, y encontró a Jessamy refrescándose con una gran jarra de cerveza. El joven la dejó en la mesa con un suspiro de satisfacción y le entregó una similar, diciendo:

—¡Qué sed tenía! Aquí está la suya, señor. El posadero me ha dicho que es muy fuerte.

—En ese caso se te subirá a la cabeza, y tendré que dejarte aquí a dormir la mona.

—No se preocupe. Imaginé que me achisparía un poco, así que solo he pedido media pinta.

—¡Menos mal!

Jessamy soltó una carcajada, pero dijo con timidez:

—Supongo que ya le he molestado bastante con mis… arrebatos de locura, señor.

—Vaya, ¿qué he podido decir yo para que pienses eso? —preguntó Alverstoke, muy sorprendido.

—Puede decir lo que quiera, pero lo sabe muy bien, señor. ¡Menudo desaire me ha hecho! Me… me temo que me ofendí, y no debería haberlo hecho.

—¡Bien dicho! —dijo Alverstoke con aprobación—. Pero si te has tomado eso como uno de mis desaires…

—Pues si no lo era, espero no recibir ninguno —dijo Jessamy con franqueza—. ¿Cuándo nos pondremos en marcha, señor? He estado pensando, y no me extrañaría que nos los encontremos de regreso a Londres. Salvo que… ¿qué habrá pasado con el globo?

—Buena pregunta. Pues no tengo ni idea.

—Lo he estado pensando. No pueden llevárselo, pero tampoco pueden volver a inflar la bolsa porque ¿de dónde sacarían el hidrógeno? Además, no pueden llevar todas las bombas en un carromato… Bueno, sí que podrían, pero tardarían un día entero en llegar allí, y eso suponiendo que supieran el sitio exacto donde iba a aterrizar el globo, lo cual es imposible.

—Cierto. Supongo que llevarán el globo en un carro o algo parecido hasta un lugar seguro, y lo dejarán allí para recuperarlo más tarde.

—Pues si es así como lo hacen, ¿no demuestra eso lo absurdo que es todo? —dijo Jessamy en tono de burla—. ¡Bonita manera de viajar! Imagínese aterrizar en mitad de un campo, seguramente a millas de distancia de donde uno deseaba estar, y después verse obligado a trasladar la barquilla, la bolsa, los anclajes y el resto del equipo a un carro, y luego salir a buscar una especie de carromato…

—Tiemblo solo de pensarlo —reconoció Alverstoke—. Pero me imagino que los globos no están pensados únicamente para viajar. ¿Estás listo para ponerte en marcha?

Jessamy se puso en pie de un salto y salió de la posada. Estaba observando los nuevos caballos del marqués con ojo crítico cuando Alverstoke se unió a él, intercambiando con Curry comentarios despectivos sobre los caballos de tiro. A Jessamy le sorprendió que Curry se montara en el faetón detrás de ellos, pero aparte de decir que pensaba que Alverstoke pretendía dejarlo a cargo de los caballos, no hizo ningún comentario. El joven estaba preocupado y se limitó a asentir cuando, una milla más tarde, Alverstoke empezó a despotricar contra los caballos lentos.

Los únicos vehículos que se cruzaron en el camino fueron el coche del correo y un cupé privado. Ambos se dirigían al sur e iban a toda velocidad. Y el único caminante fue un anciano venerable vestido con un guardapolvo, que dijo no saber nada de globos, añadiendo que odiaba los globos y todos los inventos modernos. Pero al final de la segunda milla, Alverstoke vio a un grupo de personas y detuvo sus caballos. La mayoría eran de edad inmadura, y habían salido a la carretera por la puerta de una granja situada en medio de unos prados. Estaban hablando animadamente entre ellos, y (como dijo el marqués en tono de burla) parecían perfectamente capaces de recorrer dos millas para contemplar un globo desinflado.

El marqués estaba en lo cierto. Además, su hazaña se había visto recompensada con creces. No habían llegado a tiempo para ver nada; pero allí estaban, y (como aseguraron varias voces a milord) nunca se había visto semejante desastre en esa región, o al menos nadie lo recordaba. Los viajeros debían de estar como una cabra, porque, con tres acres de terreno despejado, no se les ocurrió otra cosa que descender en medio de unos árboles y quedarse enredados entre las ramas. ¡Fue un terrible accidente! Uno de los caballeros había conseguido bajar sano y salvo, pero el otro, que estaba intentando ayudar al joven que traían con ellos, se había caído y se había roto un brazo. En cuanto al joven, bajó golpeándose con las ramas, y estaba tan cubierto de sangre que le dieron por muerto.

—Y eso no tuvo ninguna gracia —explicó al marqués uno más mayor.

—¿Dónde están? —preguntó Jessamy con voz ronca—. ¿Dónde?

—¡Ya no se puede ver nada, señor! Se fueron todos a Monk’s Farm hace una hora, con el joven subido en una carreta. Ninguno de los que vinimos de Watford llegamos a tiempo para ver nada más que el globo, con las cuerdas enredadas en un olmo. No sabemos cuándo empezarán a bajarlo, y no creo que merezca la pena. Por eso nos fuimos.

—¡Yo vi al médico montado en su calesa! —exclamó un golfillo.

—¡Sí, y te llevaste un tortazo de la señorita Judbrook por metomentodo!

—¿Dónde está Monk’s Farm? —preguntó Alverstoke, interrumpiendo las risas provocadas por este último comentario.

Le dijeron que estaba en Clipperfield; afirmación que no tardó en verse matizada por unas palabras que no presagiaban nada bueno: «O eso dicen». Pero cuando solicitó una información más detallada, lo único que fue capaz de deducir de las señas contradictorias, y generalmente incomprensibles que le ofrecieron media docena de personas, fue que el camino que conducía al pueblo se cruzaba con la carretera de la posta en King’s Langley.

El marqués interrumpió los esfuerzos de un joven muy educado para describir la ubicación exacta de Monk’s Farm, y prosiguió su camino, diciendo:

—Será más fácil descubrir dónde está la granja cuando lleguemos a Clipperfield —miró brevemente a Jessamy, y añadió—: ¡Tranquilo! ¡Recuerda que está con un médico!

Jessamy, que estaba muy pálido, estaba intentando controlar los escalofríos que recorrían su cuerpo.

—Pero han dicho que… que… —logró decir.

—¡Les he oído! —le interrumpió Alverstoke—. Han dicho que le habían dado por muerto, y que estaba cubierto de sangre. Cielo santo, querido, ¿llevas toda la vida en el campo y no sabes que los analfabetos convierten cualquier accidente sin importancia en un melodrama? «Que le han dado por muerto» puede traducirse como «quedó inconsciente por la caída»; y eso de «cubierto de sangre»… ¿Cómo no iba a sangrar si se tropezó y cayó golpeándose con las ramas?

—¡Es verdad! —dijo Jessamy, esbozando una sonrisa—. O… ¡a lo mejor le sangraba la nariz!

—¡Es posible!

—Sí, pero… —se detuvo, incapaz de controlar su voz. Luego dijo, muy angustiado—: ¡No creo que haya sido un accidente sin importancia!

—No, me temo que es posible que se haya roto un par de huesos —repuso Alverstoke con frialdad—. ¡Esperemos que le sirva de lección! Y ahora voy a hacer algo que estabas deseando que hiciera desde el principio de esta expedición: ¡poner los caballos a galopar!

Mientras hablaba, los caballos aumentaron su velocidad, y pronto se pusieron a galope tendido. En cualquier otro momento, la atención de Jessamy se habría visto absorbida por la habilidad de aquel magnífico jinete, que conducía unos caballos extraños a toda velocidad por una carretera sinuosa, demasiado estrecha para ser segura, y en absoluto vacía. Pero la angustia se apoderó de él, y su único impulso, cuando Alverstoke sorteó un montículo de forma impecable, o frenó en una curva repentina, fue rogarle que fuera más deprisa. No fue él, sino Curry, que iba muy atento a los movimientos de su patrón, el que se tapó los ojos cuando el marqués tomó una curva sin visibilidad, dejando unos centímetros de distancia entre el faetón y el coche que venía de frente; y fue Curry el que gritó cuando aparecieron las primeras casas de King’s Langley:

—¡Por el amor de Dios, milord!

Pero apenas pronunció estas palabras se arrepintió, porque el marqués ya había detenido sus caballos. Mientras entraban al trote en la aldea, Alverstoke preguntó por encima del hombro:

—¿Decías algo, Curry?

—¡Nada, milord! ¡Pensé que se había vuelto loco, pero le pido perdón! — dijo el postillón, tomándose las libertades propias de los criados de confianza.

—¡Y haces bien, porque me encuentro de maravilla!

—¡Mire! ¡Ahí hay un letrero! —dijo Jessamy, inclinándose en su asiento.

—¡Clipperfield y Sarratt! —leyó Curry.

El marqués tomó la curva con elegancia, pero inmediatamente se vio obligado a ir más despacio. El camino era sinuoso y estrecho, bordeado de setos sin podar, y con tantos baches y socavones que Curry comentó, en tono de burla, que menos mal que estaban en junio y no en febrero, porque entonces se habrían encontrado en medio de un barrizal. Después de recorrer dos fatigosas millas, que pusieron a Jessamy al borde del ataque de nervios, el postillón dijo:

—En el siguiente cruce veo un par de chimeneas a la izquierda, milord. ¡Debe de ser ahí!

Aparentemente, el revuelo que hubiera podido suscitar el accidente en Clipperfield había desaparecido por completo. Solo había una persona a la vista: una mujer corpulenta que estaba cortando un repollo en el pequeño jardín de su casa. Como, según ella, tenía muchas cosas que hacer para ocuparse de globos, no pudo proporcionar a Jessamy ninguna información sobre Felix. Pero le dijo a Alverstoke que Monk’s Farm estaba a una milla por carretera, hacia Buckshill. La mujer señaló con el cuchillo hacia el sur, y dijo que no tenía pérdida: declaración que no inspiró mucha confianza al marqués, pero que resultó ser cierta.

La granja se hallaba a unas cien yardas de allí. Era una casa grande y laberíntica de considerable antigüedad, rodeada de graneros, pocilgas y establos para el ganado. Delante de la puerta, que estaba abierta, se encontraba la calesa del médico a cargo de uno de sus hombres. Alverstoke entró por una gran verja blanca y se dirigió a la granja.

Antes de que pudiera detener el faetón, Jessamy se bajó de un salto y se fue corriendo a la casa. Se oyó una voz chillona que le preguntó quién era y qué quería.

—¡Vaya! —dijo el marqués—. ¡Esta debe de ser la mujer que le dio un tortazo a ese jovencito metomentodo!