Frederica
Capítulo 27
27
E ra increíble, pensó Frederica, lo bien que podían sentar dos noches de sueño ininterrumpido. Se sentía mucho mejor, mucho menos deprimida e irascible. Ahora que sus asuntos volvían a estar en las competentes manos del marqués, apenas tenía motivos para preocuparse. No tenía que pensar en los agotadores preparativos asociados al traslado de una familia desde Londres a una finca situada a cientos de millas de distancia, ni en los cuidados domésticos al final del viaje. Para alguien que desde la juventud apenas ha tenido un momento de descanso, aquello era una bendición. Debería haberse sentido satisfecha, por eso se reprendió a sí misma cuando descubrió que la perspectiva de pasar varios meses en bucólica soledad hacía que se le encogiera el corazón. No estaría del todo sola, por supuesto. La acompañarían Charis, y los chicos, y la desconocida señora Osmington, la prima viuda que, con su arrogancia habitual, Alverstoke había decidido instalar en Alver. También estaría Septimus, y seguramente su madre, la señora Trevor, se pasaría de vez en cuando a hacerles una visita. Al principio se aburriría un poco, y lo más probable era que echara de menos a sus amigos de Londres. Pero Alverstoke iba a acercarse a pasar unos días, lo que supondría un agradable descanso. El marqués le había dado carta blanca para que invitara a todos los amigos que quisiera, pidiéndole que se sintiera como en su casa. Frederica no tenía intención de seguir su consejo, y como no se le ocurría nadie a quien invitar, no le costó demasiado cumplir su decisión.
Además, el marqués pensaba acompañarlos a Alver. ¡Otra de sus repentinas y arrogantes decisiones! Frederica se sintió obligada a protestar, pero Alverstoke se limitó a decir que tenía asuntos pendientes allí. Frederica no dijo nada más, aunque sospechaba que esos asuntos consistían en presentarle a su prima y asegurarse de que los sirvientes les proporcionaran todas las comodidades.
¿Cómo era posible que alguien pudiera decir que Alverstoke era egoísta y cruel? Era justo al contrario. A Frederica le indignaba que la gente se atreviera a juzgarle de manera tan injusta.
Por lo demás, todo iba bastante bien. El señor Peplow había invitado a Harry a acompañarle a Brighton; Buddle y la señora Hurley se sentían agradecidos de que les hubiera dado unas largas vacaciones después de las exigencias de una casa en Londres; y Charis, aunque no del todo feliz, parecía más resignada a su destino. Aún era víctima de repentinos arrebatos de tristeza, que la llevaban a salir de la habitación tapándose los ojos con el pañuelo, pero Frederica, que recordaba sus sufrimientos cuando rechazó a su primer pretendiente inapropiado, esperaba que estos también fueran de corta duración.
Septimus Trevor era un joven alegre, apuesto, de modales desenvueltos y aire profesional. A Frederica le gustó nada más verlo. Y lo que era más importante, a sus hermanos también. Se inventó una excusa para dejarlo a solas con ellos, con el objetivo de que se fueran conociendo. Tenía dudas respecto a Felix que, a diferencia de Jessamy, no estaba dispuesto a retomar sus estudios. Pero cuando regresó a la habitación, Felix le informó de que este señor Trevor sabía mucho más que el otro señor Trevor. Habían estado hablando del gas de hulla, y de la transmisión de energía a través del aire comprimido. Así que esta duda quedó satisfecha, dejándola con una sola preocupación: la salud de Felix.
Era una preocupación seria, y no se disiparía hasta que sir William Knighton hubiera visto a su hermano. Se encontraba mejor, desde luego, pero aún estaba lejos de ser él mismo. Se cansaba enseguida, se ponía nervioso por cualquier cosa (e incluso algo febril, sospechaba Frederica), y su alegría habitual había dado paso a la susceptibilidad y a la inquietud ocasional.
—Espero que todo se deba a que aún no ha recuperado las fuerzas, y que se sienta mejor en el campo. Pero no puedo evitar preocuparme —le comentó a Alverstoke.
—Lo sé. Y eres incapaz de pensar en otra cosa, ¿verdad, Frederica?
—Supongo que sí —confesó ella—. ¡Aunque lo intento!
—¿Crees que podrías pensar en otra cosa (sin necesidad de intentarlo) si el doctor Knighton te diera un pronóstico favorable? —preguntó el marqués.
—¡Oh, eso sería un gran alivio! ¡Sí, por supuesto que podría!
—Me alegro —dijo Alverstoke con aire enigmático—. Porque estoy bastante seguro de que lo hará, y no creo que tarde mucho.
—Vendrá a vernos el jueves, antes de las doce.
—¡Muy bien! Yo también vendré —dijo milord—. ¡Pero después de las doce!
—¡Por supuesto! —dijo Frederica con los ojos brillantes—. ¡No hace falta que me lo digas! Solo espero que cuando llegue el médico, no encuentre a Felix de mal humor, pero me temo que así será. Está bastante enfadado. Dice que se encuentra de maravilla, y que no va a permitir que le toque ningún médico. Y que no piensa quedarse en la cama hasta que sir William haya terminado de examinarle. ¡En fin! Si se pone imposible, le diré a Harry que intente entretenerlo.
Pero cuando, el jueves por la mañana, Frederica se encontró con un hermano rebelde y varias tareas domésticas pendientes, y ordenó a Buddle que hiciera subir a Harry a la habitación de Felix, Buddle le dijo que le parecía que el señor Harry había salido.
—¡Oh! —dijo Frederica, sorprendida. Titubeó un momento, pensando si debía llamar a Charis. Pero como Charis había escogido justo esa mañana para organizar una de sus escenas, poniéndose a llorar sobre su taza de té, y negándose a probar bocado durante el desayuno, cambió de idea.
—Supongo que el señor Harry ha llevado a Charis a tomar el aire, señora, porque ella tampoco está en el salón —le informó Buddle.
El rostro de Frederica se relajó. Había estado pensando cosas muy poco caritativas sobre Harry (como que había tenido la desfachatez de salir a divertirse justo cuando su hermano pequeño iba a ser examinado por uno de los médicos más importantes del momento), pero se dio cuenta de que había sido injusta. Era evidente que su hermano estaba intentando ayudarla quitándole a Charis de encima.
—Es posible —le dijo a su mayordomo—. No importa. Iré a buscar a Jessamy a su habitación.
Jessamy estaba concentrado en sus libros, pero accedió enseguida a entretener a su hermano. Y cuando Frederica se disculpó por molestarle, le dijo con una de sus miradas sombrías:
—¡Ya es hora de que alguno de nosotros haga algo para ayudarte!
El joven salió de su habitación, con Lufra pisándole los talones.
Frederica, que se sintió conmovida por este arrebato, le dijo que no sería por mucho tiempo, porque sir William no tardaría en llegar, y empezó a bajar las escaleras. Quería hablar con el ama de llaves de varias tareas pendientes antes de su partida a Alver.
Pero no llegó muy lejos. La señora Hurley, que era una mujer corpulenta, venía a buscarla desde el sótano, y se detuvo en la primera planta para recuperar el aliento antes de subir al siguiente piso.
—No debería haber subido todas esas escaleras, señora Hurley —dijo Frederica—. ¡Estaba bajando a buscarla!
—No, señora. Ya sé que no debería haberlo hecho, y menos con mis palpitaciones —dijo la señora Hurley—. Pero pensé que era mi deber contárselo cuanto antes.
Esta manida frase, que por lo general anunciaba la revelación de un desastre doméstico sin importancia, no inquietó demasiado a Frederica.
—¿Ha ocurrido algo, querida? —preguntó—. Será mejor que venga conmigo al salón y me lo cuente.
—Señorita, bien sabe Dios que no la molestaría, sabiendo todos los problemas que tiene, si no pensara que debe saberlo de inmediato —dijo la señora Hurley mientras la seguía al salón.
¡Se ha roto la vajilla de porcelana!, pensó Frederica.
—Pero —prosiguió la señora Hurley— en cuanto Jemima me la dio (porque ya sabe que ella solo sabe leer letra impresa, y no demasiado bien), me dije: «¡Venga o no venga el médico, la señorita Frederica tiene que ver esto ahora mismo!». Estoy segura de que la señorita Charis no quería que la viera aún, señorita. Y no lo habría hecho si no hubiera enviado a Jemima a su habitación para quitar las cortinas y lavarlas. Porque barrimos la habitación e hicimos la cama mientras estaba desayunando, así que no pensaba que volvería a entrar en su habitación esta mañana.
—¿Quién, la señorita Charis? —preguntó Frederica con aspereza.
—Sí, la señorita Charis —confirmó la señora Hurley—. Esto estaba en su tocador, y Jemima, creyendo que era una carta para el correo, me la dio a mí. Es para usted, señorita Frederica.
—¡Para mí…!
Frederica le arrebató la carta de las manos.
—Y el peine y el cepillo de la señorita Charis no están en la mesa, ni el frasco de perfume que usted le regaló, señorita, ni nada de lo que debería estar —dijo el ama de llaves con gravedad.
Frederica no le hizo caso, porque esa información era innecesaria. Era evidente que la carta que tenía en la mano había sido escrita con la angustia de una profunda emoción. Estaba emborronada de lágrimas y resultaba en gran parte ilegible, pero la primera frase podía distinguirse con claridad.
Querida, queridísima Frederica , había escrito Charis con gran esmero. Cuando leas esto estaré casada y a muchas millas de distancia.
A partir de ahí, la letra degeneraba hasta convertirse en un conjunto de furiosos garabatos, como si Charis, después de haber escrito este comienzo tan prometedor, no hubiera sabido cómo continuar, y hubiera redactado el resto de forma apresurada.
Pero el comienzo era lo único que importaba a Frederica. Se quedó mirando las palabras hasta que empezaron a danzar ante sus ojos, incapaz, en los primeros momentos de confusión, de creer su increíble mensaje.
La mano de la señora Hurley en su brazo la ayudó a recuperar la compostura.
—¡Señorita Frederica, siéntese! —dijo la señora Hurley—. Le traeré un vaso de vino ahora mismo. ¡No hace falta que se lo digamos a Buddle!
—¡No, no quiero un vaso de vino! Tengo que pensar. ¡Pensar!
Frederica dejó que el ama de llaves la empujara a una butaca e intentó descifrar el resto de la carta. Parecía consistir sobre todo en súplicas de perdón, mezcladas con la promesa de que solo la desesperación había llevado a la autora a dar un paso tan terrible. A primera vista, parecía que Charis había firmado la carta como: Tu malvada Charis. Pero un examen más detallado reveló que la palabra no era malvada, sino desdichada. Frederica pensó con amargura que la palabra malvada servía mejor para describir a su hermana.
Miró a su ama de llaves.
—Señora Hurley, no sé qué hacer, si es que se puede hacer algo. ¡Pero no cuente nada de esto, se lo ruego!
—¡Por supuesto que no, señora! ¡Puede contar conmigo!
—Gracias. Supongo que lo habrá adivinado.
—¡Claro que lo he adivinado! —dijo la señora Hurley con una sonrisa burlona—. ¡Y sé quién es el culpable! Si algunas personas (y no pienso dar nombres) hubieran cumplido con su deber, en vez de discutir y salir de la casa haciendo tantos aspavientos, nada de esto habría ocurrido, porque ese grandullón no habría entrado en esta casa, que era lo que solía hacer. Y eso que se lo advertí a la señorita Charis, y Buddle también. ¡Y ahora se ha fugado! ¿Cómo ha podido hacer algo así? Pero ya sabe, «de tal palo, tal astilla». Al fin y al cabo es lo mismo que hizo su pobre madre.
—¡Oh, si supiera qué hacer! —dijo Frederica sin prestarle atención—. ¡Tiene que haber algo! Aunque casi preferiría dejar que las cosas siguieran su curso. ¿Cómo ha podido hacer una cosa así, y en un momento como este? No, ¿qué estoy diciendo? Si hubiera sido más amable y comprensiva… —se levantó—. ¡Señora Hurley, tengo que ver a lord Alverstoke! ¡Si alguien puede ayudarme, es él! Dígale a Owen que vaya a buscar un caballo mientras subo a por mi sombrero y mis guantes. ¡No hay tiempo para alquilar un carruaje! — Frederica se detuvo a medio camino de la puerta—. ¡No puedo irme! ¡Me olvidaba de sir William Knighton!
—Eso mismo estaba pensando yo, señorita Frederica —dijo la señora Hurley—. Hay un carruaje que se acerca por la calle en este preciso momento, y eso me ha hecho acordarme de ese caballero. Aunque no sé si parará aquí o… ¡Oh, sí, ha parado en la puerta!
Frederica corrió a su escritorio, se sentó, cogió una hoja de papel y mojó la pluma en el tintero.
—¡Le escribiré! —dijo—. Espere aquí, señora Hurley, y dele esta nota a Owen. Dígale que la lleve a Alverstoke House inmediatamente. ¡A caballo! Y que se la entregue a milord en mano. Que no se la dé al mayordomo ni a ninguno de sus lacayos. ¿Es sir William?
—Bueno… Lleva un maletín en la mano como era de esperar, señorita — le informó la señora Hurley desde la ventana—, pero no parece un médico, porque va muy bien vestido. ¡Espere! Buddle le ha dejado entrar, así que tiene que ser él, porque usted dijo que no estaba en casa para las visitas.
—¡Oh, Dios mío, tendré que salir a recibirle ahora mismo! —dijo Frederica con aire distraído.
Firmó con rapidez la brevísima nota que había escrito, y acababa de sellarla con una oblea torcida cuando Buddle anunció a sir William.
Puede que el médico pensara que los modales de Frederica eran forzados, y que respondía a sus preguntas de forma incoherente, pero lo atribuyó a la timidez o al miedo a su veredicto, porque no pareció sorprenderse cuando encontró a una dama que decía:
—Sí… No… No me acuerdo. ¡Déjeme pensar!
Sir William ni siquiera se mostró impaciente y, gracias a su tranquila influencia, Frederica pronto recuperó la compostura, se olvidó de Charis y centró su atención en lo que el médico le estaba diciendo.
El hombre supo manejar a su hermano con habilidad. Felix le recibió con el ceño fruncido, pero sir William le dijo con su amable sonrisa:
—¿Cómo estás? Sí, soy otro matasanos. ¡Supongo que ya te hemos molestado bastante!
El ceño se esfumó; Felix se puso colorado y le estrechó la mano.
—¿Cómo está, señor? Le prometo que me encuentro perfectamente. No entiendo por qué le ha llamado mi hermana.
—Bueno, hay que reconocer que tienes muy buen aspecto —concedió sir William—. Pero ya que estoy aquí, voy a echarte un vistazo, ¿no te parece?
Felix obedeció. Al final del reconocimiento le preguntó si podía levantarse, a lo que sir William respondió:
—Desde luego. Te vendrá muy bien tomar un poco de aire fresco, así que sugiero que tu… ¿hermano, verdad?, te lleve a dar un paseo por el parque. Es una lástima que haga tanto calor, ¿no crees? Pero tengo entendido que vas a pasar una temporada en Somerset. ¡No sabes cuánto te envidio!
Frederica, que había dirigido una mirada inquisitiva a Jessamy, recibió un asentimiento a modo de respuesta, y condujo a sir William de vuelta al salón.
El médico se quedó veinte minutos más, y alejó de su mente cualquier tipo de preocupación. No se podía descartar la posibilidad de que hubiera secuelas, pero la consideraba remota, siempre que siguieran sus instrucciones al pie de la letra. Hizo un elegante cumplido al doctor Elcott, y escribió una receta para sustituir la medicina anterior, diciendo que, aunque era una medicina excelente, pensaba que la suya sería más beneficiosa ahora que Felix se estaba recuperando. Y dicho esto se marchó, recomendándole con su comprensiva sonrisa que no se preocupara demasiado por el chico.
—¡Porque eso solo le pondrá más nervioso! —le dijo—. Le he escrito el nombre y la dirección de un médico de Bath en el que puede confiar plenamente. ¡Pero no creo que necesite sus servicios!
Entretanto, Owen había entregado a Alverstoke la carta de Frederica. El lacayo encontró al marqués a punto de partir con su hermana a Somerset House. Lady Elizabeth le había recordado que aún no habían ido a ver la exposición de pintura de la Royal Academy: un terrible descuido que (como Elizabeth pondría fin a su prolongada visita al día siguiente) había que subsanar de inmediato. Milady, que no tenía ningún respeto por las costumbres matutinas del marqués, fue a despertarle y le dijo que, después de abandonarla la mayor parte de su estancia en Londres, lo menos que podía hacer era acompañarla a Somerset House.
El marqués abrió la hoja, leyó de un vistazo la nota de Frederica e indicó a Owen con un gesto que podía marcharse.
—¿Qué ocurre, Vernon? —preguntó lady Elizabeth, con los ojos clavados en su rostro—. ¿No será Felix?
Alverstoke le entregó la nota.
—No lo sé. Tendrás que perdonarme, pero no puedo acompañarte a Somerset House, Eliza. ¡Por favor, acepta mis disculpas!
—¡No seas tonto! ¡Voy contigo! Vernon, espero que ninguno de ellos haya sufrido un accidente. Te ruego que vengas de inmediato. No tengo tiempo para escribir más, pero te lo explicaré en cuanto llegues. ¡Por favor, no te retrases! Pobrecilla. Está claro que se halla sometida a una profunda angustia.
—Sí. ¡Será mejor que no nos retrasemos!
Cuando llegaron a Upper Wimpole Street, Frederica, que había visto salir a sus hermanos como en un sueño y había vuelto a subir de nuevo al salón, estaba intentando descifrar de nuevo la carta de Charis. Alverstoke subió los escalones de dos en dos, adelantándose a su hermana. Cuando entró en el salón sin ser anunciado, Frederica le miró esperanzada y se levantó.
—¡Sabía que vendrías! —dijo, agradecida—. Perdona por haberte enviado una nota tan apresurada. Verás, sir William estaba esperando en la puerta en ese momento, y no tuve tiempo para…
—¡No te preocupes por eso! —la interrumpió él—. ¿Qué ocurre, Frederica? ¿Se trata de Felix?
—¡No, no! Felix está mejor. Sir William cree que pronto se curará. Es algo peor, mucho peor. Bueno, en realidad no, pero…
—¡Tranquila, querida! —dijo Alverstoke, tomando sus manos y estrechándoselas con fuerza—. Estoy aquí para ayudarte. Solo tienes que contarme lo que ha ocurrido. ¡Y procura no hacerte un lío!
Lady Elizabeth, que llegó al umbral de la puerta a tiempo para escuchar esta imperiosa orden, pestañeó, pero Frederica, recuperando la compostura, consiguió esbozar algo parecido a una sonrisa, y dijo:
—¡Gracias! Me estoy comportando como una estúpida. Ni siquiera sé si puedes ayudarme. No sé por qué te he pedido que vinieras, pero fue lo primero que se me ocurrió… antes de tener tiempo para reflexionar. Pero me temo que es inútil.
—Y sigo sin saber qué pasa —dijo Alverstoke.
—¡Lo siento! Casi no me atrevo a contártelo. ¡Prima Elizabeth! ¡Le ruego que me perdone! No la había visto.
—No se preocupe, querida. He venido a ayudarla si puedo, pero me da la impresión de que preferiría hablar a solas con Alverstoke, así que será mejor que me vaya —dijo.
—¡No! Es usted muy amable. Quería guardar el secreto, pero veo que es imposible —tomó aire con dificultad—. Verán, Charis… se ha fugado con Endymion.
Eliza profirió una exclamación de sorpresa, pero Alverstoke dijo, aparentemente sin perder la calma:
—¿Tienes pruebas? No creo que Charis sea capaz de algo así. Y si la ha convencido Endymion, solo puedo decir que me he equivocado por completo al juzgar su carácter. Porque mi primo, además de tontorrón, es muy respetuoso con las normas sociales.
Frederica le entregó la carta de Charis sin mediar palabra. El marqués la cogió y, después de echarle un vistazo, buscó su monóculo. Eliza condujo a Frederica al sofá y dijo:
—Querida, sin duda se trata de un error. ¿No pensará que han huido a
Gretna Green[24]?
—Me temo que sí —repuso Frederica—. ¿Qué otra cosa puede ser?
—¡Pues ya puedes quitarte esa idea de la cabeza! —terció Alverstoke, levantando la vista de la carta—. ¿Acaso has perdido el juicio, Frederica? Cuando leas esto estaré casada y a muchas millas de distancia. Querida, ni siquiera una insensata como Charis puede pensar que se tarda tan solo una hora o dos en llegar a la frontera. ¡Menos mal que no emborronó el principio de este galimatías con sus lágrimas!
—¿Entonces dónde pueden haber ido? —preguntó Frederica.
—Eso aún no lo he descubierto. Dudo que pueda hacerlo, pero quién sabe. A lo mejor encontramos una pista.
—Lo dudo. De hecho, se podía haber ahorrado la molestia de escribir — dijo Frederica, suspirando.
El marqués no dijo nada, y siguió mirando la carta durante unos minutos con el ceño fruncido, mientras Eliza, que se había apoderado de la mano de Frederica, le daba palmaditas cariñosas. Reinaba el silencio hasta que el marqués lo interrumpió.
—¡Ajá! —dijo—. ¡No pone libertad, sino licencia! ¡La clave para resolver el misterio está en nuestras manos, Frederica! Es una lástima que una mancha de tinta haya tapado la palabra siguiente, pero estoy seguro de que era especial. Tu hermana, querida, se ha casado con el tontaina de mi primo con una licencia especial. Aún no estoy en condiciones de decir si eso constituye una fuga o no, pero en realidad no importa. La situación no es desesperada, y no tendré que perseguir a la pareja a la frontera, perspectiva que, si te soy sincero, no me hacía ninguna gracia. Lo único que tenemos que hacer es despistar a los chismosos y a los murmuradores. ¡Y nada puede proporcionarme mayor placer! Me pregunto quién informó a Endymion de que podía casarse con una licencia especial.
Frederica se enderezó en su asiento.
—¡Pero es imposible que se hayan casado! —dijo—. ¡Charis es menor de edad!
—¿Crees que Endymion obtuvo la licencia mintiendo sobre la edad de Charis? —preguntó Eliza—. ¡No me lo puedo creer! ¡Eso es un delito muy grave!
—No, no es eso lo que creo —respondió Alverstoke—. ¡Puede que Endymion sea un tontorrón, pero no es un sinvergüenza, querida Eliza! No se casaría con Charis con una licencia especial, ni en secreto, sin el consentimiento de su tutor.
—Pues si tú no eres su tutor, ¿quién es?
Alverstoke no respondió. Se quedó mirando a Frederica con expresión divertida mientras ella se ponía en tensión.
—¡Harry! —exclamó Frederica—. ¡Harry!
—¿Y bien?
La joven se levantó rápidamente. Su expresión de incredulidad dio paso a la ira.
—¡Será posible! ¿Cómo ha podido ayudar a Charis a contraer un matrimonio tan desastroso? ¿Cómo ha podido ayudarla a engañarme, sabiendo lo que opinaba de este enlace? ¿Y ella? ¡No me extraña que se pasara llorando todo el desayuno! ¡Debía de remorderle la conciencia!
—¿De veras? —preguntó milord, interesado—. También estuvo llorando todo el tiempo que tardó en escribir la carta. ¡Qué llanto más inagotable! ¿Tú crees que siguió llorando cuando se unió a Endymion en el altar?
—¡Ni lo sé ni me importa! —saltó Frederica, que había empezado a dar vueltas por el salón, como si su rabia necesitara encontrar un desahogo físico.
—¡A nadie le importa eso! —concedió Eliza—. ¿Cómo puedes ser tan frívolo, Vernon? ¡Te comportas como si esto fuera una farsa!
—Pues si no lo es, se parece mucho —replicó él.
—¿Pensarías lo mismo si fuera una de tus hermanas? —preguntó Frederica con ira.
—¡No lo dudes, querida! ¿Louisa, por ejemplo? No, creo que prefiero a Augusta en el papel.
Frederica profirió una exclamación y se atragantó con una carcajada irreprimible.
—¡Así me gusta! —dijo el marqués para animarla—. ¿Y ahora podemos considerar el asunto sin tanto dramatismo?
Frederica no respondió, pero al cabo de un momento volvió al sofá y tomó asiento.
—Si tus sospechas son ciertas, no podemos hacer nada, ¿verdad? —dijo —. Si hubiera podido leer la carta con mayor atención, y reflexionar sobre ella, habría sabido que era absurdo suponer que podías impedir una boda que ya se había celebrado —esbozó una tímida sonrisa—. De hecho, te he mandado llamar para nada. ¡Te ruego que me disculpes, primo!
—¡No estoy de acuerdo! —dijo Alverstoke—. Es verdad que no puedo impedir que la boda se celebre, pero sí que puedo impedir que tú, Frederica, lo eches todo a perder. Lo que tenemos que hacer tú y yo es salvar la situación. Sé muy bien cuáles eran tus intenciones. Deseabas que Charis contrajera lo que se llama una buena boda, y pensabas que tú podías proporcionársela.
—¿Y por qué no? —intervino Eliza—. Charis es una muchacha preciosa, con buenos modales y un carácter muy dulce. Puede que no posea una inteligencia extraordinaria, pero por favor, ¿desde cuándo los caballeros se sienten atraídos por las mujeres inteligentes?
—Solo había una cosa que se lo impedía —repuso Alverstoke—. A Charis le faltaba ambición para contraer un matrimonio como ese, o incluso para figurar en la buena sociedad. —El marqués dirigió una sonrisa burlona a Frederica—. ¡La ambición era tuya! ¡Oh, no para ti misma! Estoy seguro de que nunca te has parado a pensar en ti misma. Pero eras tú la que disfrutabas de la admiración que suscitaba Charis. Porque a ella no le gustaba, ¿sabes? Una vez me dijo que prefería el campo a Londres, porque en Londres la gente miraba con demasiado descaro. Prefiere las fiestas rústicas a las de Londres, porque le parece más cómodo bailar con sus amigos que con extraños. Y eso lo dice una chica que tiene a sus pies a los solteros más codiciados de la ciudad. Nunca te he ocultado que Charis me parece una tontorrona encantadora y aburrida, pero hay que reconocer que no es nada orgullosa.
—No deseaba que contrajera un enlace ventajoso. Solo quería… ¡Pero de nada sirve repetir lo que dije!
—No lo he olvidado. Querías verla cómodamente establecida. Pero su idea de comodidad no es la tuya, Frederica. Charis es una chica muy influenciable, y no me extrañaría que se hubiera casado con el joven Navenby para complacerte… si no hubiera conocido a Endymion y se hubiera enamorado de él.
—¡Y habría sido muy feliz!
—Seguramente. Por desgracia conoció a Endymion, y desde ese momento se empeñó en casarse.
—¡Tonterías! Si supieras las veces que se ha enamorado con la misma rapidez…
—Te creo. Pero aun teniendo a infinidad de petimetres mucho más seductores que Endymion haciéndole la corte, querida, en ningún momento ha perdido el interés por él. Así que es posible que este matrimonio no sea tan desastroso como imaginas. La manera en que va a realizarse es (por decirlo suavemente) lamentable, y eso es lo único que debe preocuparnos. Tenemos que dotarlo de un halo de respetabilidad.
—Si es que eso es posible —dijo Eliza sin convicción.
—No lo es. ¡Piensa en las circunstancias! —exclamó Frederica—. ¡No ha habido un anuncio de compromiso, ni invitados a la boda, y se han casado dos días antes de que nos vayamos de Londres! ¿Cómo vamos a acallar semejante escándalo?
Alverstoke abrió su cajita de rapé e inhaló una pequeña cantidad.
—Reconozco que es difícil, pero no imposible. Ahora mismo no sé cómo solucionar la omisión del anuncio de compromiso… a menos que sacrifiquemos a Lucretia. ¿Tú qué opinas, Eliza? Yo estoy más que dispuesto a hacerlo si crees que podría servir.
Frederica no pudo evitar sonreír.
—Eres odioso —le dijo—. Además, ¿cómo piensas hacerlo?
—¡Oh, convirtiéndola en el obstáculo al matrimonio! Se puso tan enferma al enterarse (lo cual es perfectamente verosímil), que creyeron que ver el anuncio en letra impresa podía llevarla al otro mundo.
—¡Pero enterarse de que Endymion se había casado en secreto le devolvió la salud! —dijo Eliza con sarcasmo.
—¡Qué bien que has venido conmigo! —comentó el marqués con simpatía—. Ya veo que tienes tus propios recursos. Intenta descubrir por qué mantuvieron el compromiso en secreto. Yo te diré por qué invitaron solo a los familiares más cercanos —añadió, mientras se sacudía de la manga unos granos de rapé—. Debido a una desgracia acaecida en la familia de la novia, la ceremonia se celebró en privado. Lo pondremos en el anuncio.
—Sí, podría servir —dijo lady Elizabeth de mala gana—. ¿Pero por qué no estaba presente Lucretia?
—Lo estaba.
—¡Nunca la convencerás de que diga eso!
Una sonrisa burlona se dibujó en los labios del marqués.
—¿Cuánto te apuestas?
—¡No! —dijo Frederica con energía—. ¡Lo que pretendes es intentar sobornarla, y no pienso consentirlo! Además no servirá de nada, y lo sabes perfectamente. Olvida que he recurrido a ti. No sé por qué lo he hecho, porque no es asunto tuyo, y no tengo por qué enredarte en este embrollo — dijo, alzando la barbilla—. Haré lo que pueda, porque sé que ha sido culpa mía. Solo espero que no se arrepienta, y que la gente no… no se niegue a recibirla… —balbuceó, tapándose los ojos con la mano.
En ese momento se abrió la puerta. En un tono de profunda desaprobación, Buddle anunció:
—¡El señor Trevor, señora!