Frederica

Georgette Heyer · Capítulo 11 de 28

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Frederica

Capítulo 11

11

 

A l menos una parte de la profecía de lady Jersey se cumplió: esa noche, la señorita Charis Merriville causó sensación. Mucho antes de que Alverstoke y su hermana Louisa recibieran al último invitado, su mano había sido solicitada para todos los bailes. Los jóvenes dandis que llegaron tarde se vieron privados del placer de rodear su cintura en el vals, e incluso de acompañarla en las danzas rústicas. Charis no quiso bailar más de dos veces con el mismo, pero dejó que Endymion la acompañara a cenar cuando este le prometió que su parentesco garantizaba lo decoroso de la situación. Al ver que dudaba, el joven añadió:

—Le pediré a su hermana que nos acompañe. Ahí está, hablando con el joven Greg. Es mi primo, ¿sabe? ¿Quiere que se lo diga?

—¡Oh sí! ¡Mucho mejor! ¡Y dígale a su hermana que venga también!

Endymion no prestó demasiada atención a esta sugerencia, porque en ese momento, Chloë estaba en compañía del joven lord Wrenthorpe, que era uno de los rezagados que no habían podido bailar con Charis. Lord Wrenthorpe, que era su compañero en el ejército, no había dudado en expresar su opinión sobre los sinvergüenzas que les roban la pareja a los amigos, y como era uno de los favoritos de las damas, pues además de atrevido era gracioso, Endymion no tenía ninguna intención de incluirle en el grupo.

—Ah, sí —dijo—. Pero está con lord Wrenthorpe, ¿sabe?

—¿Y no querrá venir él con nosotros? —preguntó Charis con inocencia —. Su madre me lo presentó, y se mostró tan amable y divertido cuando le dije que no podría bailar con él… Su madre me dijo que era amigo suyo, ¿verdad?

—¡Oh, sí! ¡Es un gran amigo! —dijo Endymion—. Pero pensé que no querría… En fin, es una cena familiar, ¿sabe?, y él no es de la familia.

Pero el asunto se le fue de las manos por culpa de su gran amigo, que en ese momento se acercó a ellos con Chloë del brazo. Al parecer, a él también se le había ocurrido la feliz idea de organizar una velada íntima. Lord Wrenthorpe contaba con el respaldo de Chloë, que había desarrollado una admiración juvenil por su maravillosa prima nueva, y tenía la tímida esperanza de que Charis la admitiera entre sus amigas. Fue inútil que Endymion le dijera que era una cena familiar. Su amigo respondió que las familias siempre discuten a menos que se incluya a un extraño entre sus miembros. Así que Endymion no tuvo más remedio que ir a buscar a Frederica y a su primo Gregory e invitarlos al banquete, mientras su pérfido amigo le apremiaba diciendo:

—¡Date prisa, Tontorrón, o se acabarán todos los pastelillos de langosta!

Lady Buxted temía que un baile celebrado con tan poca antelación, y antes de que empezaran los diversos entretenimientos de la temporada, pudiera tener poca concurrencia, pero cuando fue a cenar supo que ninguno de los próximos bailes, fiestas y salones superaría a este en elegancia y distinción. Esto la hizo debatirse entre el orgullo y el resentimiento. Su odioso hermano había movido un dedo, y la buena sociedad había acudido en masa a su residencia, tal como había predicho. Naturalmente, eso era lo que ella quería, pero a pesar de todo le irritaba. A Alverstoke le habría venido muy bien que unas cuantas personas hubieran declinado su invitación. Es cierto que le había dado la oportunidad de presentar a Jane en los círculos más selectos, pero ese no era su objetivo: lo que su hermano pretendía era presentar a las hermanas Merriville en esos círculos, y lo había conseguido. Al menos media docena de anfitrionas habían suplicado a lady Buxted que llevara a sus encantadoras protegidas a sus futuras fiestas. ¡A sus protegidas! Y por si fuera poco, Sally Jersey les había prometido invitaciones para Almack’s, y había tenido la desfachatez de pedirle (¡a ella!) que las acompañara. «Tráete también a tu hija. Se llamaba Jane, ¿no? —le había dicho lady Jersey, con un descaro que le hizo sentir ganas de abofetearla—. Le mandaré una invitación, no te preocupes. Y si no lo hago, recuérdamelo, Louisa. ¡Ya sabes qué mala memoria tengo!».

Cuando lady Buxted recordó a la pequeña e impertinente Sally Fane, una maldita colegiala a la que había hecho unos cuantos desaires bien merecidos, las delicias que había preparado el cocinero francés de su hermano para agasajar a sus invitados, le supieron a rayos. En ese momento, nada le habría proporcionado mayor placer que hacer otro desaire a Sally. Pero por muy enfadada que estuviera, lady Buxted nunca desperdiciaba una oportunidad. Ninguna madre con una hija casadera podía permitirse rechazar el apoyo de lady Jersey, la famosa reina del club más exclusivo de Londres, conocido por las malas lenguas como «el Mercado Matrimonial». Así que lady Buxted, que había perdido el apetito, se vio obligada a aceptar su oferta con una sonrisa tan falsa como la que se dibujó en los labios de Sally.

Solo se ahorró un disgusto en aquella noche de triunfo y desgracia: Alverstoke no invitó a bailar a ninguna de sus protegidas. Otros ojos además de los de lady Buxted estaban observándole con curiosidad para ver qué hacía. Pero sus dueños se sintieron aliviados o decepcionados, según sus expectativas, al ver que las únicas mujeres que conducía a la pista de baile eran las damas de más edad o posición. El marqués se detuvo para intercambiar unas palabras con Frederica, pero nadie pudo extraer ninguna conclusión porque, a pesar de su indolencia, Alverstoke se las arregló para hablar con todos sus invitados.

—¿Satisfecha, Frederica? —le preguntó.

—¡Ya lo creo que estoy satisfecha! —replicó ella impulsivamente—. ¡No sé cómo agradecértelo! —Una repentina sonrisa se dibujó en su rostro—. Ha sido mi noche de triunfo, ¿no crees? ¡Sabía que solo hacía falta que vieran a Charis para que la apreciaran! —Al ver que el marqués no respondía, añadió con ansiedad—: No lo pienso solo yo, ¿no? Ha causado sensación, ¿verdad?

—Desde luego. ¿Alguna vez piensas en alguien que no sea Charis?

—¿Cómo? ¡Pues claro! —exclamó ella, sorprendida—. Pienso en todos mis hermanos, solo que ahora pienso en ella más que en los demás, porque es mi preocupación más acuciante.

El marqués la miró con curiosidad.

—¿Nunca te preocupas por ti, Frederica?

—¿Por mí? —preguntó ella, arrugando la frente—. Bueno, si tuviera necesidad de preocuparme, lo haría, por supuesto. Pero…

—Quiero decir que si nunca piensas en ti —la interrumpió el marqués—. Llamas a esto tu noche de triunfo porque Charis ha causado sensación, pero he visto que te han sacado a bailar tantas veces como a ella.

Frederica soltó una carcajada.

—Sí. ¿A que es gracioso? Me sentía completamente abrumada. Todas mis parejas pensaban que, si se mostraban lo bastante educados y amables, les presentaría a mi hermana.

—Eres una criatura muy extraña.

Alverstoke se despidió de ella con una inclinación de cabeza, al tiempo que lord Buxted se acercaba para invitarla a bailar una cuadrilla.

Frederica se quedó muy sorprendida por el comentario del marqués, pero dedicó muy poco tiempo a pensar qué quería decir, y mucho menos a preguntarse si los distintos caballeros que la invitaron a bailar por segunda vez lo hicieron para conocer a su hermana. Si le hubieran dicho que entre los admiradores de Charis, había varios que pensaban que ella era la más atractiva de las dos, no se lo habría creído.

Entre ellos estaba el señor Moreton, que miró a Alverstoke arqueando una ceja y le preguntó qué andaba tramando.

—Nada en absoluto —respondió el marqués con naturalidad.

El señor Moreton suspiró.

—¿No creerás que puedes engañarme, querido Vernon? Ninguna de las explicaciones que me han dado para justificar tu apoyo a las hijas de Fred Merriville me parece creíble. Por un lado me dicen que le debes un favor a Fred Merriville; por otro, que te has enamorado de la divina Charis. ¿No pensarás que voy a tragarme ese cuento chino, Ver?

—¿Por qué no? —preguntó Alverstoke—. ¡Piensa en todas las bellezas que me han seducido, Darcy!

—Lo estoy pensando. ¡Y todas eran mujeres maduras! —dijo el señor Moreton.

—Sí, ¿pero alguna vez habías visto semejante perfección de rasgos y figura?

—No, nunca había conocido a una jovencita tan encantadora —respondió el señor Moreton con brusquedad—. Pero no me gustan las tontorronas. ¡Y a ti tampoco! Prefiero a la mayor. No le falta inteligencia, y no es nada corriente. Aunque me temo que no es tu tipo. ¿Entonces por qué has decidido protegerlas?

—¿Qué otra cosa podía hacer, si Fred Merriville… las dejó a mi cargo?

—¿Quieres decir que estabas en deuda con él? ¡Venga ya, Ver! —protestó el señor Moreton—. ¡Esa es la historia más inverosímil que he oído nunca! ¡Pero si apenas le conocías!

—A lo mejor sentí lástima por ellas —murmuró Alverstoke.

—¿Que sentiste qué? —preguntó su mejor amigo.

—¿Crees que no puedo sentir lástima? —dijo milord, con un brillo burlón en los ojos—. ¡Pues te equivocas! A veces la siento. No muy a menudo, por supuesto, pero de vez en cuando.

—¡No me equivoco! —respondió el señor Moreton con gravedad—. Sé que harías cualquier cosa por un amigo. ¿Crees que no sé que fuiste tú el que salvó al pobre Ashbury de morir ahoga…?

—Supongo que tú sabes de lo que estás hablando —le interrumpió Alverstoke con acritud—, pero yo no. Es más, estás empezando a aburrirme, Darcy. Si quieres saber la verdad, estoy presentando a las hijas de Fred Merriville para fastidiar a Louisa.

—Lo sospechaba —dijo el señor Moreton con indiferencia—. Aunque eso no explica por qué has llevado a un mocoso a visitar una fundición.

Alverstoke soltó una carcajada.

—¡Te refieres a Felix! Si le conocieras, sabrías por qué le llevé a esa fundición, Darcy.

Otro que se había llevado muy buena impresión de la mayor de las Merriville era lord Buxted, circunstancia que su madre contempló con sentimientos encontrados. Naturalmente, le aliviaba saber que (a diferencia del imbécil de su primo), su hijo no había sucumbido a la belleza de Charis. Pero había visto con desagrado la animada conversación que Carlton mantuvo con Frederica durante la cena, y con franca hostilidad su comportamiento posterior. No contento con bailar con ella dos danzas rústicas, su hijo se dedicó a gravitar a su alrededor entre los bailes, lo que habría alarmado mucho a lady Buxted si, más tarde, Carlton no hubiera descrito a Frederica como una mujer amable y sensata. Como añadió que no le parecía nada fea, lady Buxted se consoló pensando que semejante halago no podía indicar un grado extraordinario de admiración.

Se habría sentido menos complacida si hubiera sabido que su hijo se presentó en Upper Wimpole Street al día siguiente, para saber cómo se encontraban las damas después de lo que llamó (con su particular sentido del humor) la juerga de la noche anterior. Carlton no fue la única persona en hacerles una visita. Varios caballeros se presentaron con el más absurdo de los pretextos, y Endymion Dauntry sin pretexto alguno. Pero lord Buxted les tomó ventaja subrayando su parentesco con las Merriville, y adoptando hacia ellas un tono amable que rozaba el paternalismo. Y se habría ganado el odio de los tres caballeros que encontró en la casa si no hubiera dejado claro que el objeto de sus atenciones no era Charis, sino Frederica.

Durante la semana siguiente al baile, las señoritas Merriville recibieron un gran número de invitaciones. Por su parte, la señorita Winsham tuvo el honor de recibir la visita de lady Jersey, que trajo sus prometidas invitaciones para Almack’s. Lady Jersey acudió en parte por curiosidad, y en parte para complacer a Alverstoke y fastidiar a Louisa. Pero cuando estaba subiendo las escaleras detrás de Buddle, ya se estaba arrepintiendo de su condescendencia. Era una mujer caprichosa, pero se tenía en gran estima, y nunca había soportado a los advenedizos, y mucho menos les había dado alas. Pensó que la casa era vulgar, y recordó que Fred Merriville se había casado con una provinciana desconocida. Era demasiado tarde para echarse atrás, pero entró en la sala con la firme intención de guardar las distancias con la señorita Winsham. Dos minutos bastaron, sin embargo, para hacerle abandonar sus modales distantes y orgullosos. Puede que el vestido de la señorita Winsham fuera anticuado, y que fuera bastante excéntrica, pero no era vulgar, y parecía tan poco impresionada por la visita de la reina de la alta sociedad como por la visita que le hizo lady Buxted. Si lady Jersey hubiera estado de mal humor, es posible que ese detalle la hubiera ofendido. En lugar de eso decidió divertirse, y cuando la señorita Winsham le hubo dado su opinión sobre las casas londinenses en general (y las amuebladas en particular), el matrimonio, los petimetres y la injustificada autocomplacencia del sexo masculino, estaba riendo a carcajadas. Más tarde, contó a sus amigas que la señorita Winsham era una mujer divertidísima, muy estirada, con un agudo sentido del humor y nada servil.

Lady Jersey no gozaba del favor de todo el mundo. Sus aires de grandeza y sus modales llevaban a sus enemigos a compararla con una actriz de teatro, y sus frecuentes desaires escandalizaban a damas tan orgullosas como la

señora Burrell y la condesa de Lieven[17]. Pero allí donde fuera, pocas mujeres se negaban a seguirla. En consecuencia, la señorita Winsham recibió numerosas visitas que deberían haberla complacido mucho más de lo que lo hicieron. Y cuando (tras muchas protestas) acompañó a sus sobrinas a Almack’s, descubrió que estaba tan solicitada, y que la gente se reía tanto con sus ocurrencias que, de haber sido susceptible a la adulación, habría empezado a creerse muy ingeniosa. Como no era el caso, se vio obligada a transformar un dolor reumático en un severo ataque de ciática y, con este pretexto, rechazó todas las invitaciones que recibió, delegando la tarea de acompañar a sus sobrinas en lady Buxted y la señora Dauntry.

Habría sido difícil decidir cuál de estas dos mujeres se mostró más reacia a desempeñar esta función. Pero las dos se sintieron obligadas a hacerlo por las mismas razones. Lady Buxted temía que su desconsiderado hermano se negara a pagar el creciente montón de facturas de los vestidos, chales, sombreros, guantes y todos los accesorios imprescindibles para que Jane (y ella misma) causaran buena impresión en sociedad. Aunque no lamentaba el dinero empleado en el atuendo de su hija mayor, la señora Dauntry temía que, a menos que pudiera depender de Alverstoke, se vería obligada a hacer economías. De las dos, ella era la más digna de lástima, porque mientras lady Buxted sabía que Carlton no se sentía atraído por Charis, y creía que era demasiado sensato para plantearse un compromiso con Frederica, la señora Dauntry no tenía ese consuelo. Endymion, deslumbrado desde el principio por Charis, se había enamorado locamente de ella. Y hasta su querida madre se vio obligada a reconocer que se estaba comportando como un imbécil, pues le dedicaba todo tipo de atenciones, la miraba con adoración, la perseguía y mostraba señales alarmantes de querer casarse con ella. La señora Dauntry esperaba que su pasión se desvaneciera con la misma rapidez con que había surgido, porque no podía contar con su sentido común. Para colmo, Chloë se había hecho amiga íntima de Charis, circunstancia que proporcionaba a Endymion una excusa perfecta para frecuentar Upper Wimpole Street. A pesar de su carácter perezoso, siempre había sido un buen hermano, pero de la noche a la mañana, Endymion se convirtió en un hermano ejemplar, consagrándose (todo lo que le permitían sus obligaciones militares) a entretener a Chloë. La acompañaba a todas las fiestas e incluso a Almack’s (club que antes evitaba, pues pensaba que las reuniones selectas eran muy aburridas); paseaba con ella por el parque; y siempre que Chloë hacía una visita a Charis estaba segura de que podía contar con su compañía. Chloë y Diana, su hermana pequeña, querían y admiraban a Endymion desde niñas, pero como era varios años mayor, le veían más como un personaje generoso que les daba caramelos y las llevaba ocasionalmente al anfiteatro Astley’s Royal, o a las comedias de Sadler’s Wells, que como un contemporáneo. Chloë no esperaba que Endymion se sacrificara por ella, pues ya no era una colegiala, sino una jovencita que se embarcaba en su primera temporada. Pero se sentía profundamente agradecida por ello. En un arrebato de confianza, le dijo a su madre que era una suerte tener a un hermano mayor tan guapo y bondadoso como Endymion. «Me siento tan bien cuando nos acompaña a las fiestas, mamá. Y no sabes lo agradable que es pasear con él, en vez de con Diana y la señorita Nunny. ¡Estoy segura de que nadie tiene un hermano tan bueno como el mío!».

Solo el sincero orgullo que la señora Dauntry sentía por sus hijos le permitía responder, tras un breve debate consigo misma: «¡Tienes razón, querida!». Pero más tarde, con su abnegada prima Harriet, la señora Dauntry se expresaba con mayor libertad. En dichas ocasiones condenaba el comportamiento de Endymion, diciendo que le partía el corazón ver a la pobre Chloë tan engañada. «Porque solo nos acompaña a las fiestas para tener una excusa que le permita andar detrás de esa maldita Charis Merriville. Estoy segura de que le ha embrujado, Harriet. ¡Y a Chloë también! ¡Es una criatura diabólica!».

A estos comentarios, y a otros muchos de la misma categoría, la señorita Plumley respondía chasqueando la lengua, y haciendo una serie de declaraciones contradictorias que parecían ejercer un efecto benéfico sobre la viuda. Estaba segura de que Endymion no estaba embrujado; y en la misma frase le recordaba a su madre las distintas damiselas de las que se había enamorado previamente. No podía creer que Charis fuera una criatura diabólica, aunque sospechaba que estaba intentando seducir a lord Wrenthorpe y a sir Digby Meeth. Tampoco podía pensar que Endymion, que era tan buen hermano, tuviera otro motivo para acompañar a su querida Chloë a los bailes; aunque no podía evitar pensar que era una suerte que la esperanza de encontrar allí a Charis le hiciera mostrarse tan dispuesto a acompañar a su hermana a una forma de entretenimiento a la que, en general, no era muy aficionado. ¡Debía de ser un consuelo para su queridísima Lucretia, con su delicado estado de salud, confiar a Chloë a su cuidado!

Aunque estas amables divagaciones no conseguían erradicar del todo los temores de la señora Dauntry, al menos los aliviaban. Y cuando la señorita Plumley hablaba con admiración de su bondad hacia las Merriville, en comparación con el comportamiento de lady Buxted, la viuda dejaba de llorar, y decía:

—¡Es increíble, Harriet! Esa odiosa mujer las llama pobrecillas, y le dice a todo el mundo que no tienen fortuna. Y todo para fingir que les tiene cariño, cuando sé muy bien que no es así. Le da miedo que Carlton se enamore de una de ellas, por supuesto. ¡Detesto semejantes trucos, y espero ser lo bastante piadosa para no imitarlos!

La señorita Plumley dijo que estaba segura de ello. Y como era tan buena como incondicional, no se le ocurrió pensar que, si la señora Dauntry hubiera sido más sincera, tendría que haber dicho que no era tan tonta para imitar semejantes trucos.

En realidad, la señora Dauntry se estaba esforzando en presentar a Charis a todos los solteros que, en su opinión, pudieran cautivarla por su atractivo o deslumbrarla por su rango. Convencida de que Charis iba a la caza de un título, no solo promovió los intereses de lord Wrenthorpe (que, como todo el mundo sabía, no tenía un céntimo), sino que se esforzó en presentarle a todos los jóvenes de buena familia a los que no deseaba tener como yernos. Es cierto que en ese momento no estaba buscando un buen partido para Chloë, que acababa de terminar sus estudios y era demasiado joven para comprometerse formalmente; y si no hubiera estado determinada a impedir que lady Buxted se le adelantara, habría presentado a su hija al año siguiente. La señora Dauntry la veía como una niña, y estaba tan concentrada en separar a Endymion de Charis Merriville, que se le escapó la creciente intimidad entre Chloë y el señor Trevor.

En cuanto a las señoritas Merriville, su relación con Alverstoke, la elegancia con que habían sido presentadas en sociedad, el apoyo de lady Jersey y lady Sefton y su indefinible aire de distinción les proporcionaron muchas invitaciones agradables. Muy pocas personas dieron crédito a las insinuaciones de lady Buxted sobre su falta de fortuna, y solo las madres más celosas envidiaron la belleza de Charis. En general, todo el mundo estuvo de acuerdo en que era una jovencita muy agradable y espontánea, y que era muy propio de Louisa Buxted tratar de arruinar sus posibilidades porque, desafortunadamente, tenía una hija tan poco agraciada. Si la señora Dauntry, que también tenía una hija en edad de merecer, no hacía semejantes insinuaciones, era porque no había un ápice de verdad en ellas. Es cierto que habían alquilado una casa en un barrio modesto pero, probablemente, eso se debía a la excentricidad de la señorita Winsham. Nadie había visto otras muestras de pobreza: siempre iban vestidas con elegancia, su excelente mayordomo se había hecho viejo al servicio de la familia, y tenían un lacayo muy respetable. Además, todo el mundo sabía (gracias a la señora Dauntry) que las propiedades de su hermano en Hertfordshire eran considerables. Esto llevó a muchas personas a recordar que, después de llevar una vida desenfrenada que estuvo a punto de llevar a sus padres a la tumba, Fred Merriville había heredado la propiedad familiar. Como el padre de Fred y su hermano mayor no eran muy conocidos en Londres, nadie sabía a ciencia cierta cuál era el tamaño de la propiedad, pues ni siquiera los conocidos de la señora Dauntry habían estado nunca en Graynard. Así que la señora Dauntry pudo difundir, de la forma más delicada posible y sin temor a caer en contradicciones, que el actual dueño de la finca era un joven de fortuna, y que sus hermanas eran dueñas de una dote considerable.