Frederica

Georgette Heyer · Capítulo 3 de 28

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Frederica

Capítulo 3

3

 

E n vista de las circunstancias, parecía poco probable que el marqués, que casi nunca se sentía obligado a complacer a alguien que no fuera él mismo, respondiera a la llamada de la señorita Merriville. Tampoco Charles se atrevió a recordárselo. Sin embargo, ya fuera por curiosidad, o porque un día se encontraba cerca de Upper Wimpole Street, fue a hacerle una visita.

Le recibió un viejo mayordomo, que le condujo por una estrecha escalera al salón de la primera planta, a un paso que revelaba tanto su edad como sus achaques. Allí anunció su nombre.

El marqués se detuvo en el umbral de la puerta y, dirigiendo una mirada a su alrededor, vio confirmadas sus sospechas: aquella familiar desconocida era una muerta de hambre, porque la casa estaba amueblada sin elegancia, y presentaba un aspecto algo descuidado. Como le faltaba experiencia, fue incapaz de reconocer las señales que habrían revelado a personas menos afortunadas que la casa era una de las muchas que se alquilaban para pasar la temporada, y que estaba amueblada de la forma más económica posible.

En ella había una única ocupante: una dama que estaba escribiendo en una mesita perpendicular a la ventana. La joven echó un rápido vistazo a su alrededor y dirigió a Alverstoke una mirada que era a la vez de sorpresa y aprobación. El marqués vio que era bastante joven, seguramente de unos veintitrés o veinticuatro años. Estaba bien formada, y su rostro se distinguía por unos ojos grises y sinceros, una naricilla un tanto autoritaria y una boca y una barbilla muy firmes. El cabello, de color castaño claro, lo llevaba trenzado à la Didon, y el vestido, que lucía debajo de una chaqueta corta, era de una hermosa tela de cambray que le llegaba hasta la garganta, y estaba adornado con un ribete en el dobladillo. Alverstoke, que no era ajeno a los pormenores del atuendo femenino, advirtió enseguida que, aunque su vestimenta estaba a la moda, no era ni cara ni exquisita. Nadie podía decir que era una mujer distinguida, pero, por otro lado, nadie podía decir que era vulgar. Llevaba su sencillo vestido con elegancia, e iba más limpia que una patena.

Además parecía muy tranquila, circunstancia que le hizo preguntarse si sería mayor de lo que parecía. Como las jóvenes solteras no solían recibir visitas masculinas, lo normal habría sido que se hubiera puesto un poco nerviosa al recibir a un caballero desconocido, pero parecía tan ajena a esta circunstancia como a su frío escrutinio. Lejos de ruborizarse o bajar los ojos, no mostró la menor señal de confusión, sino que le miró de hito en hito y (como advirtió el marqués, divertido) con aire extremadamente crítico.

Alverstoke entró en el salón con su estilo elegante y pausado.

—¿Tengo el honor de dirigirme a la señorita Merriville? —preguntó.

La joven se levantó, se acercó a él y le ofreció la mano.

—Sí, yo soy la señorita Merriville. ¿Cómo está? ¡Por favor, le ruego que me perdone! No esperaba su visita, ¿sabe?

—¡Entonces perdóneme usted a mí! Pensaba que quería verme.

—Sí, pero había perdido la esperanza de que viniera. Lo cual no me sorprendió, porque supongo que le pareció un compromiso de lo más aburrido, además de repentino.

—En absoluto —murmuró Alverstoke con languidez.

—Me temo que sí. El problema es que, como llevo toda la vida en Hertfordshire, no estoy familiarizada con las costumbres de Londres —sus ojos se iluminaron, y añadió en tono confidencial—: ¡No sabe lo difícil que es acostumbrarse a los formulismos cuando una lleva tantos años siendo señora de la casa!

—¡Al contrario! —se apresuró él a responder—. ¡Lo sé muy bien!

La señorita Merriville se echó a reír.

—¿De veras? Entonces quizá no me resulte tan difícil explicarle por qué… le solicité que… me concediera el favor de venir a verme.

—¡Qué frase más admirable! —comentó Alverstoke—. ¿La ha dicho de memoria? A mí me pareció que su… solicitud era más bien una orden.

—¡Cielo santo! —exclamó la señorita Merriville, perpleja—. ¡Y eso que me esforcé en no parecer mandona!

—¿Lo es?

—Sí, ¿pero cómo no voy a serlo? Me gustaría explicarle por qué, pero, por favor, siéntese.

El marqués hizo una ligera reverencia y se dirigió a una butaca que había al lado de la chimenea. La señorita Merriville se sentó delante de él y, después de mirarle con indecisión, dijo:

—Quería explicárselo todo en la carta, pero como diría mi hermano Henry, me salió tal galimatías que al final pensé que lo mejor sería conocerle y contárselo en persona. Al principio no quería recurrir a ninguno de los familiares de mi padre, pensando que mi tía Scrabster sería capaz de ayudarme. ¡Lo cual demuestra lo ignorante que soy! Mi tía Scrabster es la hermana mayor de mi madre, y solo nos escribía para alardear de su vida lujosa y para decirnos cuánto le gustaría presentarnos a mi hermana y a mí en sociedad.

—Pensando que nunca recurrirían a ella para hacerle cumplir su promesa, ¿verdad?

—¡Exacto! —dijo la señorita Merriville, dirigiéndole una cálida sonrisa —. Tampoco pensaba que pudiera hacerlo, porque la fortuna de mi tío procede del comercio. Es un comerciante de las Indias orientales, y aunque es un hombre perfectamente respetable, no pertenece a la aristocracia. Como no sabía qué hacer, me vi obligada a vencer mis escrúpulos y a pensar en el miembro de la familia de papá que pudiera resultarme más útil.

—¿Y por eso se le antojó pensar en mí? —preguntó milord, con una cínica sonrisa en los labios.

—¡Oh, no fue un antojo! —repuso ella al instante—. ¡Fue una cuestión de sentido común! Una razón es que mi padre solía decir que usted era el mejor de sus parientes. Aunque, por lo que he oído —añadió—, eso no es precisamente un cumplido. Nunca he llegado a conocer a mis primos Merriville, ni a mis dos tíos, porque papá (como usted sabrá) fue repudiado por su familia cuando se casó con mi madre en vez de con la rica heredera que habían buscado para él. Así que espero no conocerlos. En cuanto a recurrir a ellos, no lo haré bajo ningún concepto —se detuvo, reflexionando con aire sombrío antes de añadir—: Además, ninguno de ellos podría prestarme la ayuda que necesito, porque al parecer son un hatajo de aburridos y anticuados que casi nunca vienen a Londres, porque no aprueban las costumbres modernas. Y esa fue otra razón para elegirle a usted.

Alverstoke enarcó las cejas.

—¿Y qué le lleva a pensar que yo no desapruebo las costumbres modernas?

—Nada. Es decir, apenas sé nada de usted, pero desde luego no es eso lo que ha llegado a mis oídos. Además, va usted muy a la moda. ¿O es una impresión mía? —dijo, con tono interrogativo.

—¡Gracias! Procuro… vestir con elegancia.

—Sí, y lo que es más importante, se mueve en los mejores círculos. Esa fue la otra razón para elegirle —reveló, con una de sus amistosas sonrisas.

—¿Ah, sí? ¿Y con qué propósito? ¿O me permite adivinarlo?

—Bueno, supongo que no le resultará difícil, porque no parece nada estúpido, aunque confieso que le esperaba mayor. Es una pena que no lo sea. Pero no se puede hacer nada, y supongo que es lo bastante mayor para resultarme útil.

—¡Tengo treinta y siete años, señora —dijo Alverstoke con mordacidad —, y tal vez debería informarle de que nunca le he resultado útil a nadie!

La señorita Merriville le miró con asombro.

—¿Nunca? ¿Por qué?

Alverstoke se encogió de hombros.

—Por puro egoísmo, señora, unido a una profunda aversión al aburrimiento.

La joven le miró con inquietud.

—¿Le aburriría mucho presentarme a lady Alverstoke? ¿Y preguntarle si tendría la amabilidad de ayudarme?

—Probablemente no, pero de nada serviría: mi madre murió hace muchos años.

—¡No, me refiero a su esposa!

—No estoy casado.

—¿Ah, no? —exclamó la señorita Merriville—. ¡Qué fastidio!

—Una desconsideración por mi parte, ¿verdad? —dijo el marqués en tono cordial.

—Bueno, no es una desconsideración, porque no podía saberlo —dijo ella, perdonándole con amabilidad.

—Deduzco que de haberlo sabido, mi deber habría sido solucionarlo cuanto antes —respondió Alverstoke en tono de burla.

La señorita Merriville se puso colorada y le miró con inquietud.

—¡Oh, por favor, no se ofenda! —le suplicó—. ¡No pretendía ser tan descarada! Estoy segura de que, si nos lo proponemos, nos las arreglaremos muy bien sin su esposa.

—¿Si nos lo proponemos? —preguntó el marqués.

Lo dijo con cierto desprecio, pero su boca esbozó una sonrisa sin querer, y sus ojos brillaron bajo sus indolentes párpados. Estas señales no pasaron inadvertidas a la señorita Merriville, que exhaló un suspiro de alivio y dijo:

—¡Gracias a Dios! ¡Pensaba que le había ofendido! Y no podría reprochárselo, porque no dejo de irme por las ramas. ¡Y yo que pensaba que sería fácil explicarle las circunstancias si le conocía en persona!

—¿Y cuáles son las circunstancias, señora?

La señorita Merriville se quedó un momento en silencio; no por timidez, como mostraba su expresión pensativa, sino para decidir cómo explicarse mejor.

—Supongo que todo empezó con la muerte de mi padre hace un año. Eso no quiere decir que antes no lo pensara, pero mientras mi padre estaba vivo creía que no podía hacer nada.

—Lamento la muerte de su padre —la interrumpió Alverstoke—, pero debo aprovechar para confesarle que apenas le conocía. En cuanto a nuestro parentesco, creo que era muy lejano. Parte de la familia de mi abuela, y si mal no recuerdo, es tan remoto que ni siquiera es digno de tenerse en cuenta.

—¡Pero papá se refería a usted como su primo! —protestó ella. El marqués no ofreció ninguna explicación. Después de una breve pausa, la señorita Merriville dijo—: Sé que somos parientes, porque he visto su nombre en el árbol genealógico que hay en la Biblia de casa.

—Solo por dos matrimonios —repuso el marqués.

—Comprendo. No quiere reconocernos, ¿verdad? Entonces no hace falta que le explique nuestra situación. Siento que se haya molestado en venir.

Al oír estas palabras, el marqués, que tenía intención de poner fin a la entrevista, decidió prolongarla de manera irracional. Si lo hizo porque la señorita Merriville le divertía, o porque le intrigaba que alguien encajara sin pestañear uno de sus desaires, es algo que ni siquiera él habría sabido responder. Pero, sea como fuere, soltó una carcajada repentina y dijo, mirándola con una sonrisa:

—¡Oh, qué orgullosa es usted! ¡No se enfade conmigo, se lo ruego! No tengo ningún reparo en reconocer que somos primos, aunque no prometo ayudarla. Por cierto, ¿qué es lo que quiere que haga por usted?

La señorita Merriville se tranquilizó y le sonrió con gratitud.

—¡Se lo agradezco! No es nada importante. Solo quiero que presente a mi hermana en sociedad.

—¿Que presente a su hermana en sociedad? —preguntó el marqués, atónito.

—Sí, por favor. Y puede que tenga que presentarme a mí también, a menos que logre convencer a mi hermana de que en realidad no quiero hacerlo. Normalmente es la joven más obediente del mundo, pero en este caso dice que no piensa asistir a ninguna fiesta a menos que la acompañe. Es una lata, pero mi hermana es tan buena que…

Alverstoke la interrumpió sin miramientos.

—Señorita, ¿está sugiriendo que quieren presentarse en sociedad bajo mi protección? ¡Lo que necesitan es una dama de compañía, no un soltero!

—Lo sé —admitió la señorita Merriville—. Por eso me ha decepcionado tanto enterarme de que está usted soltero. ¡Pero ya sé cómo podríamos superar esa dificultad! ¿Le importaría si fingiéramos que papá nos dejó a su cargo? No a todos, por supuesto, porque Harry ya es mayor de edad, y yo tengo veinticuatro años, sino a los tres pequeños.

—¡Sí me importaría, y mucho!

—¿Pero por qué? ¡Lo único que tendría que hacer es presentar a Charis (y tal vez a mí) en sociedad! Lógicamente, no espero que se interese en nada más. De hecho, no me haría ninguna gracia que lo hiciera —añadió con franqueza.

—¡Está usted muy equivocada! ¡Lo que no parece entender, señora, es que mi respaldo no le servirá de pasaporte para la buena sociedad!

—¿Ah, no? —preguntó ella—. Pensaba que los marqueses eran personas respetables.

—¡Eso, señorita Merriville, depende del marqués!

—¡Oh! —exclamó ella, asimilando la información—. Papá decía que era usted un gallito. ¿Significa eso que no es una persona respetable?

—¡Soy una vergüenza para la sociedad! —dijo el marqués.

La señorita Merriville soltó una carcajada.

—¡Tonterías! ¡No me lo creo! ¡Ni siquiera el pobre papá era tan malo!

—Ni siquiera el pobre papá… —repitió Alverstoke. El marqués tomó su monóculo, se lo acercó a un ojo y se puso a estudiarla, como un hombre que hubiera encontrado un raro espécimen.

Ajena a su escrutinio, la señorita Merriville dijo:

—No, aunque creo que antes de conocer a mamá era un calavera. Y reconozco que fugarse con ella no estuvo bien. Siempre me extrañó que mamá diera su consentimiento, porque era muy respetable, ¿sabe? ¡Y tan buena! Pero creo que la gente perdidamente enamorada suele hacer cosas muy extrañas. Además, muchas veces he pensado que mamá era una persona muy influenciable. No llegué a conocerla bien, porque murió poco después de nacer Felix, pero Charis es su viva imagen, y ella es muy influenciable. Y, claro, ¡los dos eran tan jóvenes! ¡Imagínese! Papá alcanzó la mayoría de edad tan solo una semana antes de que yo naciera. No sé cómo consiguió mantener a la familia, porque su padre le dejó sin un céntimo, y no creo que buscara una ocupación provechosa. Pero cuando se casó con mamá, abandonó todos sus vicios. Y teniendo en cuenta la vergüenza y las preocupaciones que estos causaron a sus padres, me parece terriblemente injusto que no acogieran a mamá en la familia.

El marqués guardó un discreto silencio. Sus recuerdos del difunto señor Merriville, con el que había coincidido hacía unos años, no se correspondían con la imagen de un hombre arrepentido.

—Por mi parte —prosiguió la señorita Merriville—, considero que la familia tuvo su merecido cuando mi abuelo y mi tío James, que era el heredero, murieron de tifus con apenas un día de diferencia. Fue así como papá heredó el patrimonio, justo cuando Harry nació en Graynard. Y después vinieron Charis, Jessamy y Felix. —La joven se detuvo al ver que el marqués parpadeaba y sonrió—. ¡Ya sé lo que está pensando, y tiene toda la razón! Todos nosotros, a excepción de Harry, tenemos los nombres más ridículos del mundo. Son un auténtico castigo, se lo prometo. Cuando nací, nada pudo convencer a mamá de no llamarme Frederica. Lo hizo en honor a papá, ¿sabe? Luego vino Harry, porque mamá se llamaba Harriet. Y papá eligió el nombre de mi hermana, porque decía que era el bebé con más gracia que había visto nunca. A Jessamy le pusieron el nombre en honor a su padrino. Y Felix fue un capricho de mamá, ¡porque éramos una familia tan feliz! Y es cierto que lo éramos… hasta que murió mamá. —La señorita Merriville hizo otra pausa, pero casi de inmediato retomó la palabra, sacudiendo la cabeza como si quisiera alejar un mal recuerdo—. Así que no nos quedó más remedio que sacar el mejor partido a nuestros nombres absurdos. Jessamy y yo nos prometimos que jamás nos llamaríamos Jessie y Freddy, y que nunca permitiríamos a los demás que lo hicieran.

—¿Y no lo hacen?

—No. ¡Bueno, casi nunca! Reconozco que Felix le llama Jessie a veces, pero solo cuando Jessamy le regaña; y en privado Harry me llama Freddy de manera ocasional, pero no para molestarme. Y Harry nunca llama Jessie a Jessamy, por mucho que este le provoque, porque es cuatro años mayor que él, además de ser el cabeza de familia, y le parecería muy feo pelearse con Jessamy, porque sabe que podría tumbarle de un golpe. Y eso que, según Harry, Jessamy es muy fuerte, pero… ¡Cielo santo, no dejo de decir tonterías! ¿Por dónde iba?

—Creo que había llegado a la muerte de su madre.

—¡Ah, sí! Las consecuencias fueron nefastas. Creo (bueno, en realidad lo sé) que papá estaba tan abatido que llegaron a temer que se hubiera vuelto loco. Yo era demasiado pequeña para entenderlo, pero recuerdo que estuvo enfermo durante mucho tiempo (o eso me pareció), y que cuando se recuperó ya no era el mismo. De hecho se volvió prácticamente un extraño, porque casi nunca estaba en casa. No podía soportar estar allí sin mamá. Supongo que por aquel entonces no nos habría gustado, pero muchas veces he pensado que le habría venido bien casarse otra vez. Ya sé que no está bien que lo diga, pero por desgracia era una persona muy inestable, ¿sabe?

—Sí —admitió Alverstoke—. Lo sé. Pero me cuesta creer que los abandonara.

—¡Por supuesto que no! Mi tía Seraphina se vino a vivir con nosotros. Es la hermana soltera de mamá, y ha estado cuidándonos desde que ella murió.

—¿Y sigue viviendo con ustedes?

—¡Desde luego! ¿Cómo íbamos a venir a Londres sin ella?

—Discúlpeme, pero como no he visto a su tía ni la ha mencionado hasta ahora, pensaba que había decidido prescindir de acompañante.

—¡No soy tan desvergonzada! ¿Cómo puede pensar que…? ¡Oh! ¡Le ofende que le haya recibido sin carabina! Ya me lo dijo mi tía Scrabster, pero ya no soy una colegiala, ¿sabe? Además, aunque nosotros estemos acostumbrados a su forma de ser, no creo que le agrade mi tía. Primero porque está completamente sorda, y segundo porque… es un poco excéntrica. ¡Si entra, intente no discutir con ella!

—¡Le prometo que no lo haré! —dijo Alverstoke—. ¿Tan mal genio tiene?

—No, pero odia a los hombres —le explicó Frederica—. Sospechamos que debió de sufrir un desengaño en su juventud. Me imagino que, si le encuentra aquí, se marchará inmediatamente.

—¡Pues como carabina deja mucho que desear! —observó el marqués.

—Sí, y lo que es peor, está empezando a no querer a Harry tanto como antes. Odiaba profundamente a papá, pero eso es comprensible, porque además de ser muy descortés con ella, se comportó muy mal, y dilapidó el patrimonio a una velocidad pasmosa. Por fortuna sufrió un ataque de apoplejía antes de arruinarse del todo.

—Menos mal —comentó el marqués, conservando su serenidad.

—Así es. Porque aunque recuperó en gran medida el uso de las extremidades, su cerebro quedó algo dañado. No es que perdiera la razón, pero se volvió olvidadizo y… distinto. Dejó de ser un calavera y un perezoso, y no parecía en absoluto infeliz. De hecho, nunca nos habíamos llevado tan bien. Me dejó administrar la finca y el patrimonio, y con ayuda del señor Salcombe, nuestro abogado, conseguí evitar que nos fuéramos a la ruina. De eso hace cinco años, y si Harry ahorra unos años más, se encontrará en una buena situación, e incluso podrá mantener a Jessamy y a Felix. Lo cual está determinado a hacer, porque cree que es muy injusto que él lo herede todo. Papá no hizo testamento, ¿sabe?

—¡Cielos! ¿Y qué será de usted y de su hermana?

—¡Oh, tenemos más que suficiente! —le aseguró la señorita Merriville—. Mamá repartió su fortuna entre sus hijas, ¿sabe?, así que tenemos cinco mil libras de renta cada una. Supongo que a usted no le parecerá mucho, pero a nosotras nos permite ser independientes, y de esa manera Charis no será una novia sin dote.

—¡Ah! ¿Entonces está prometida?

—Todavía no. Por eso cuando papá murió hace un año decidí traerla a Londres. En Graynard estaba enterrada viva, ¿sabe? Ni siquiera hay un balneario cerca. ¿Cómo va a conseguir un buen partido? ¡Está muy desaprovechada, lord Alverstoke! Cuando la vea, entenderá por qué consideré que era mi deber traerla a Londres. ¡Es una joven encantadora! Además tiene un carácter muy dulce, y nunca se enfada. ¡Se merece contraer un matrimonio espléndido!

—Según mi secretario es un diamante en bruto —dijo el marqués con indiferencia—. Pero por desgracia, para contraer un matrimonio espléndido hay que tener una dote espléndida.

—¡No siempre! —protestó ella—. ¡Piense en las hermanas Gunning! Una de ellas estuvo casada con dos duques, y sé que no tenía una gran fortuna, porque papá me habló de ellas, y dijo que Charis las superaba en todo. No es que espere que Charis se case con un duque ni con un noble, a menos que recibiera una proposición, por supuesto. Pero sí que espero que contraiga un matrimonio ventajoso si consigo presentarla como es debido. Por aquel entonces estaba totalmente decidida, el problema era cómo conseguirlo. Y justo cuando creía encontrarme en un callejón sin salida, el señor Salcombe vino a preguntarme si estaba dispuesta a alquilar la finca amueblada por un año. Al parecer había un hombre que se acababa de jubilar y deseaba comprar una propiedad en Hertfordshire. Como no encontraba lo que quería, pensó alquilar una finca en el campo por un tiempo limitado, para poder buscar casa con comodidad y no verse obligado a venir desde Londres cada vez que recibía una oferta, que casi siempre resultaba ser una decepción. ¡Imagínese las ganas que tenía de alojarle!

—¡Sí, lo imagino perfectamente, y también que su hermano no tuvo nada que decir en el asunto!

—Bueno, por aquel entonces Harry no era mayor de edad, pero por supuesto no hice nada sin su consentimiento. Al principio no le gustaba la idea: yo creo que hería su orgullo. Para ser sincera, a mí tampoco me gustaba. ¿Pero qué sentido tiene aferrarse al orgullo cuando uno vive de una ridícula asignación? Tuvimos que hacer muchas economías para saldar nuestras deudas, y hasta que el señor Porth no alquiló la finca, no pude embarcarme en esta aventura londinense. Aunque retirara mi capital (lo cual no puedo hacer), no podría permitírmelo, porque eso me haría depender del pobre Harry. —La joven miró muy seria al marqués—. Y eso no puede ser, ¿sabe? No se lo he dicho, porque aún es muy joven, y cree que lo más natural sería que todos siguiéramos viviendo en Graynard. Pero no me extrañaría que dentro de un año o dos quiera contraer matrimonio. ¡Imagine lo que pensaría su mujer si se encontrara a sus hermanas en Graynard, y lo incómodo que sería para nosotras!

—Tiene razón —concedió el marqués—. Si es que alguna mujer quiere casarse con él en esas circunstancias, que lo dudo.

La señorita Merriville soltó una de sus risitas.

—Pensaría que yo iba a ser la señora de la casa, ¿verdad? Y probablemente lo sería, porque lo he sido durante mucho tiempo, y es muy difícil cambiar las costumbres. No, lo mejor será que Charis contraiga un buen matrimonio; y que los chicos, mi tía y yo nos establezcamos por nuestra cuenta cuando Harry se comprometa. Lo tengo pensado desde hace mucho tiempo. Pero lo más urgente es casar a Charis. Es una lástima que una joven tan bonita se convierta en una vieja solterona. Que es lo que pasaría, a menos que se case con uno de los jóvenes de nuestra comarca que andan detrás de ella. ¡O lo que es peor, que se comprometa con un joven indeseable que no valga ni un céntimo! Por eso pensé que la oferta del señor Porth era un golpe de suerte. ¡Piénselo, señor! Alquila la finca y la granja a un precio que ni siquiera yo me atreví a sugerir. El resto de la propiedad, que está empezando a remontar otra vez, sigue en poder de Harry, porque (como es lógico) el señor Porth no quiere ocuparse de su administración. Y lo que es más importante: además de la finca, el señor Porth va a quedarse con el resto de los sirvientes, a excepción del ama de llaves y nuestro mayordomo. Eso ha sido otro golpe de suerte, porque la señora Hurley y nuestro querido Buddle nunca habrían consentido quedarse en Graynard al servicio de una persona que no fuera de la familia. Así que los hemos traído a Londres. Y aunque odian Londres, y siempre se quejan de lo fea que es la casa y lo mal amueblada que está, y de que los criados de Londres son un hatajo de gandules, es un alivio tenerlos con nosotros. Reconozco que la casa es horrible —añadió con franqueza— y, según he descubierto, no está situada en un barrio elegante. Como nunca había estado en Londres, le pedí a mi tía Scrabster que me buscara una casa amueblada. Fue un gran error por mi parte. Ella vive en Harley Street, y he descubierto que este barrio está habitado casi exclusivamente por comerciantes. Sin embargo, me han dicho que en Mayfair piden alquileres exorbitados, además de una fianza, así que no me quejo. ¡Fue un gran error creer que mi tía podría presentarnos en sociedad! —dijo, sonriendo—. Hablo como una cotorra, ¿verdad? El problema es que mi tía y mi tío, al no tener hijos, nunca han hecho un esfuerzo para vivir… con elegancia. ¡Y menudo susto se llevó mi pobre tía Amelia cuando le dije que iba a venir a Londres para pasar la temporada! Por eso me he visto obligada a recurrir a usted, señor.

El marqués, que había estado golpeando su caja de rapé con aire pensativo, la abrió y, frunciendo ligeramente el ceño, tomó un pellizco mientras Frederica le observaba sin perder la esperanza. A continuación cerró la caja, se sacudió el polvillo de sus largos dedos y al fin la miró, con el ceño todavía fruncido.

—Le aconsejo que se contente con algo más modesto que los mejores círculos de la sociedad —dijo con franqueza.

—¿Tan mal partido somos? —preguntó ella.

—Por nacimiento, no. En todos los demás aspectos, sí. Ignoro cuáles son sus recursos, pero…

—¡Los suficientes!

—Si está pensando en una presentación en la corte para su hermana, será mejor que empiece a ahorrar: es una inversión que no le reportará ningún beneficio.

—Lo sé, y no pienso hacerlo.

—¿Entonces?

La señorita Merriville entrelazó las manos en el regazo y dijo en voz baja:

—¡Pensaba presentarla en Almack’s[4]!

—Eso es perseguir un imposible, señorita Merriville. ¡Mi protección no le servirá para traspasar ese umbral sagrado! A menos que conozca a una dama que posea una entrada y esté dispuesta a ejercer de madrina…

—No. En ese caso no habría solicitado su ayuda. ¡Pero no pienso rendirme! ¡Lo conseguiré, ya lo verá!

El marqués se levantó educadamente.

—Eso espero —dijo—. Si quiere saber mi opinión, creo que le iría mejor si se trasladara a un balneario. A Bath o a Tunbridge Wells, donde podría asistir a los salones y conocer a personas importantes.

También ella se levantó, pero antes de que pudiera responder se vio interrumpida por el sonido de unos pasos apresurados en la escalera. De repente, un robusto colegial irrumpió en el salón, gritando:

—¡Frederica, era todo mentira! ¡Lo hemos buscado por todas partes, pero nadie ha oído hablar de él!