Frederica

Georgette Heyer · Capítulo 4 de 28

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Frederica

Capítulo 4

4

 

 

L a señorita Merriville se mostró imperturbable ante la irrupción de un joven caballero que se las había arreglado para terminar, desde la última vez que le vio hacía tres horas, con el cuello de la camisa sucio y arrugado y los pantalones llenos de barro.

—¡Cuánto lo siento! —dijo la joven en tono comprensivo—. ¡Pero no puede ser mentira, Felix! Te lo dijo el señor Rushbury, y no creo que quisiera engañarte.

Para entonces, el señorito Felix Merriville se había percatado de la presencia del marqués, pero habría seguido contando su odisea matutina si no se hubiera visto interrumpido por otro colegial más mayor que, entrando en el salón detrás de él, le regañó por su falta de modales. Un perro grande y desgreñado de raza indeterminada le seguía pisándole los talones. Mientras el joven pedía disculpas a Frederica por haber entrado mientras estaba atendiendo a una visita, el animal avanzó con gran cordialidad a saludar al marqués. A juzgar por el movimiento de su rabo peludo, su intención era amistosa, y su propósito, abalanzarse sobre el invitado. Pero Alverstoke, que estaba familiarizado con los perros, le sujetó por las patas para evitar que el animal le lamiera generosamente la cara y manchara su exquisito abrigo de lana con sus sucias garras.

—¡Buen chico! —dijo—. ¡Te lo agradezco, pero no me apetece que me lamas la cara!

—¡Siéntate, Lufra! —ordenó el señorito Jessamy Merriville con severidad —. Le ruego que me disculpe, señor —añadió, con la misma ausencia de turbación que su hermana—. De haber sabido que Frederica estaba atendiendo a una visita, no le habría dejado entrar.

—No te preocupes. Me gustan los perros —respondió el marqués, que se ganó el favor de Lufra acariciando el punto de su espina dorsal que el agradecido animal era incapaz de rascar por sí mismo—. ¿Cómo le has llamado?

—Lufra, señor —dijo Jessamy, enrojeciendo hasta la raíz del cabello—. ¡Pero yo no le puse ese nombre! Fue una estúpida idea de mis hermanas. Cuando era un cachorro se llamaba Lobo. Pero ellas siguieron insistiendo, y al final ya no respondía a su verdadero nombre. ¡Además, no es hembra!

Percibiendo que milord estaba perdido, Frederica se lo explicó.

—Es de [5] La dama del lago —le dijo—. Seguro que recuerda la estrofa en que el rey «mandó que lanzasen un magnífico ciervo». Y Lufra, «la perra más ágil de toda Escocia del norte, a quien ni amenazas ni halagos podían apartar de Douglas, se lanzó como un relámpago en persecución del ciervo. Dejó a medio camino a los lebreles reales y, arrojándose sobre su presa, hundió sus colmillos en los costados del ciervo…».

—«Y bebió a grandes tragos la sangre vital que brotó de sus heridas…» —completó Felix con entusiasmo.

—¡Ya basta! —gruñó su hermano mayor—. ¡No era un ciervo, señor, solo un becerro, y creía que no era peligroso! ¡Y eso de que bebió su sangre vital es una tontería!

—¡Sí, pero no puedes negar que Luff te salvó de una cornada! —dijo Frederica, mirando a Alverstoke—. ¡Imagínese! ¡No era más que un cachorro, pero se abalanzó sobre el toro y se colgó de su hocico mientras Jessamy se subía a la puerta para ponerse a salvo! ¡Y no se separaría de Jessamy ni aunque le dieran un hueso con tuétano! ¿A que no, Luff?

Agradecido por este tributo, el fiel animal extendió las orejas, sacudió el rabo y soltó un alegre ladrido. Acto seguido se sentó jadeando a los pies de Frederica. Su dueño, que estaba profundamente avergonzado por esta anécdota, se habría llevado a su perro y a su hermano del salón si Frederica no le hubiera detenido, diciendo:

—¡No, por favor, no te vayas! ¡Me gustaría presentarte a lord Alverstoke! Este es mi hermano Jessamy, señor, y este es Felix.

El marqués les devolvió el saludo, y descubrió que los dos hermanos le estaban observando. Jessamy, al que juzgó de unos diecisiete años de edad, le miraba con aire desafiante; Felix, que era tres o cuatro años más joven, le miraba con la inocencia propia de la infancia. El marqués no estaba acostumbrado a que le observaran, y había un indudable brillo en sus ojos cuando les devolvió la mirada.

Jessamy, pensó, era una copia exagerada de su hermana. Su cabello era más oscuro, su nariz más aguileña, y su boca y su mandíbula firmes hasta la obstinación. Felix seguía conservando la nariz respingona y la redondez propia de la extrema juventud, pero poseía la misma mandíbula y la misma mirada sincera que sus hermanos mayores, y era aún menos tímido. Fue él quien interrumpió el silencio, diciendo:

—¡Señor! ¿Ha oído hablar del Atrápame-si-puedes?

—¡Por supuesto que no! ¡No seas maleducado! —le reprendió su hermano —. ¡Le ruego que le disculpe, señor! ¡Solo tiene pájaros en la cabeza!

—Pájaros, no: locomotoras —respondió Alverstoke, mirando a Felix—. ¿No es eso? ¿Una especie de locomotora a vapor?

—¡Sí, eso es! —dijo Felix con entusiasmo—. La locomotora de

Trevithick[6]. No me refiero al Diablo de vapor. Ese iba por carretera, pero se prendió fuego y se quemó.

—¡Menos mal! —terció Jessamy—. ¿Locomotoras de vapor por carretera? ¡Seguro que aterrorizarían a todos los caballos!

—¡Tonterías! Pronto se acostumbrarían a ellas. Además, no estoy hablando de esa. Me refiero a la que va sobre raíles a unas quince millas por hora, o incluso más. —El joven volvió a dirigir su atención a Alverstoke—. Sé que la trajeron a Londres, porque me lo dijo el señor Rushbury, mi padrino. Y también que se puede montar en ella por un chelín. Mi padrino me contó que estaba al norte de New Road, no lejos de Montague House.

—Creo que sí —dijo Alverstoke—. Por una u otra razón nunca fui a visitarla, pero creo recordar que el inventor… ¿cómo has dicho que se llamaba?

—¡Trevithick! La primera locomotora que inventó tenía cinco vagones, y podía transportar diez toneladas de hierro y setenta hombres, pero solo a cinco millas por hora. Está en Gales (he olvidado el nombre del lugar), pero la que está aquí tiene un vagón, y…

—¿Te quieres callar de una vez, pequeño charlatán? —le interrumpió Jessamy—. Lord Alverstoke pensará que eres un maleducado por ponerte a hablar así, sin dejarle meter baza.

Avergonzado por esta reprimenda, Felix se apresuró a pedir perdón al marqués, pero Alverstoke dijo, divertido:

—¡Tonterías! ¡Puede meter baza cuando quiera! Existió esa locomotora, Felix, pero me temo que es algo del pasado. Tengo entendido que Trevithick alquiló un terreno cerca de Fitzroy Square, lo valló e instaló un circuito circular. Recuerdo que causó bastante revuelo, pero aunque muchas personas fueron a verlo, pocas se dejaron convencer para montarse. ¡Y menos cuando uno de los raíles se rompió y el motor volcó! Así que Trevithick tuvo que abandonar el proyecto. De eso hace por lo menos diez años. —El marqués sonrió al ver la mirada de decepción de Felix—. ¡Lo siento! ¿Tanto te interesan las locomotoras?

—Sí… Bueno, no. ¡Me interesan más los motores! —balbuceó Felix—. La energía del vapor, el aire co… comprimido. ¿Ha visto el elevador neumático de la fundición del Soho, señor?

—No —dijo el marqués—. ¿Y tú?

—No me dejan —respondió Felix con tristeza. De pronto se le ocurrió una idea y, clavando sus ojos ardientes en el rostro de Alverstoke, le preguntó, conteniendo la respiración—: Si usted quiere verlo, ¿le importaría…?

Frederica, que había regresado a su asiento, dijo:

—¡No, Felix! ¡Lord Alverstoke no quiere verlo! ¡No le des la lata para que te lleve!

Frederica estaba en lo cierto: Alverstoke no tenía el menor deseo de inspeccionar un elevador neumático, pero fue incapaz de resistir la expresión suplicante de Felix, que le miraba esperanzado. El marqués se sentó de nuevo, sonrió con tristeza y dijo:

—Espero encontrar tiempo para ir. ¡Pero antes tienes que contarme más cosas sobre ese elevador!

Al oír esto, Jessamy, consciente de cuál sería el resultado de esta invitación, dirigió una mirada de angustia a Frederica, pero aunque sus ojos parpadearon a modo de respuesta, la joven no hizo ningún esfuerzo para callar a su hermano pequeño.

Habría sido una tarea superior a sus facultades. Era muy extraño que alguien animara a Felix a explayarse sobre un tema que poca gente entendía, y que la mayoría encontraba aburrido. El joven acercó una silla con ojos brillantes y trató de explicar los principios que rigen los elevadores neumáticos. De ahí pasó al motor de aire comprimido, que era impulsado por el aire de una sopladora y se encontraba en la misma fundición; y en un corto espacio de tiempo, bombardeó a Alverstoke con cilindros oscilantes, pistones, crucetas, mecanismos de distribución y válvulas. Como el grado de comprensión de Felix sobre la materia era imperfecto, su discurso era un tanto incoherente. Además, sus ansias de conocimiento le llevaron a acribillar a preguntas al marqués, aunque Alverstoke pudo responder a muy pocas de manera satisfactoria. Sin embargo, el marqués tenía los conocimientos suficientes para abstenerse de hacer otras preguntas que habrían delatado la ignorancia abismal que, en opinión de Felix, hacía tan despreciables a sus hermanos y hermanas. Eso le permitió ascender del estatus de visita irrelevante a mejor amigo. Alverstoke era el interlocutor más inteligente que Felix había conocido nunca; era un tipo estupendo, al que incluso se le podía perdonar que dijera, a modo de disculpa:

—¿Sabes, Felix? ¡En realidad sé más de caballos que de motores!

Esta confesión, que le hizo perder un poco el lustre a ojos de Felix, le valió al instante la estima de Jessamy. Jessamy quiso saber si el carruaje que había visto en la calle, al que describió como un vehículo muy elegante, pertenecía al marqués. Cuando se enteró de que así era, apartó a su hermano pequeño y se embarcó con el marqués en una conversación sobre los requisitos imprescindibles de un buen caballo de tiro.

Si alguien hubiera sugerido al marqués que debía pasar media hora con dos colegiales, se habría excusado sin dudarlo ni un momento. Era muy extraño que el aburrimiento no le sobreviniera en cualquier compañía, pero no se estaba aburriendo. Alverstoke había sido el único hijo varón de unos padres ceremoniosos, y el miembro más joven de su linaje. Su vida familiar no había tenido nada que ver con la de los Merriville. Cuando eran niños, sus sobrinos eran sometidos a su inspección vestidos con sus mejores ropas, y amenazados con castigos si no vigilaban sus modales, de ahí que le parecieran tan aburridos como taciturnos. Por eso se quedó agradablemente sorprendido cuando conoció a los Merriville. Puede que sus hermanas no aprobaran sus modales sinceros y espontáneos, ni la total ausencia de reserva que consideraban apropiada en un colegial, pero al marqués le parecieron unos hermanos educados y agradables, y los trató con una tolerancia que habría sorprendido a sus más allegados.

Le gustaban, pero su aguante tenía un límite, y cuando Felix, sacando a Jessamy de la conversación de un codazo, le pidió que le explicara las calderas tubulares, los motores de combustión y las turbinas, Alverstoke soltó una carcajada y se levantó, diciendo:

—Querido, si quieres conocer los barcos de vapor, date un paseo por el Támesis. ¡No me preguntes a mí!

El marqués se volvió hacia Frederica, pero antes de que pudiera despedirse se abrió la puerta, y dos damas entraron en el salón. Alverstoke volvió la cabeza, y las palabras de despedida murieron en sus labios.

Las dos mujeres llevaban vestidos de paseo, pero ahí se acababa el parecido entre ellas. Una era demacrada, de edad indefinida y aspecto severo; la otra era la joven más deslumbrante que había visto en su vida. Alverstoke se dio cuenta de que estaba mirando a la señorita Charis Merriville, y de que su secretario no había sobrestimado su belleza.

Desde su cabeza de rizos dorados y relucientes a sus pequeños pies arqueados, primorosamente envueltos en botas de cabritilla, la joven presentaba una imagen que cortaba la respiración. Su figura era elegante; sus tobillos, bien torneados; su cutis habría llevado a varios admiradores a compararlo con las rosas de Damasco, o con los melocotones maduros; su boca delicada describía una curva exquisita; su nariz, en vez de aguileña, era recta, con unos agujeros esculpidos con delicadeza; y sus ojos, que miraban el mundo con inocencia, eran de un azul celestial, y poseían una expresión sincera y risueña. Llevaba un modesto sombrero de ala corta, y su vestido estaba envuelto en un abrigo de lana azul celeste. El marqués tomó su monóculo de forma instintiva, y Frederica, que estaba contemplando la escena con satisfacción fraternal, le presentó a su tía.

Sus sobrinos se vieron obligados a repetirle el nombre del marqués en voz alta. Cuando lo oyó, la señorita Seraphina Winsham miró a Alverstoke con hostilidad, y dijo con cara de asco:

—¡Ya veo! —A continuación añadió—: ¡Oh, lárgate de aquí!

Pero como, aparentemente, esta última frase iba dirigida a Lufra, que estaba brincando alrededor de la mujer, el marqués no se ofendió. Su ligera reverencia no tuvo otra respuesta que un brusco asentimiento y otra mirada hostil. Tras informar a Frederica que era tal como esperaba, la señorita Winsham salió muy ofendida de la habitación.

—¡Cielo santo! —dijo Frederica—. ¡Está de un humor de perros! ¿Qué le ha hecho enfadar esta vez, Charis? ¡Oh, discúlpeme, lord Alverstoke! ¡Le presento a mi hermana!

Charis sonrió al marqués y le ofreció la mano.

—¿Cómo se encuentra? Ha sido un joven muy educado de la biblioteca Hookham, Frederica, que me bajó un libro de la estantería porque no lo alcanzaba. Fue muy amable, e incluso tuvo el detalle de limpiarlo con un pañuelo antes de dármelo. Pero la tía pensó que era un petimetre y que pretendía seducirme. No tenían Ormond, así que he traído El caballero de San Juan. Pero estoy segura de que nos gustará.

Estas palabras fueron pronunciadas con una voz suave y tranquila. El marqués, cuya mirada crítica había visto desfilar a las bellezas de muchas temporadas, advirtió con aprobación que esta, la más deslumbrante que había visto nunca, no utilizaba ninguna artimaña para atraer, sino que, por el contrario, parecía ajena a sus encantos. Alverstoke había figurado durante años como el mejor partido del Mercado Matrimonial, y estaba acostumbrado a vérselas con todo tipo de artificios destinados a seducirle. Por eso le agradó tanto la despreocupación de la señorita Charis Merriville. Le preguntó si le gustaba Londres; ella respondió que le gustaba mucho, pero su atención estaba en otra parte, y no hizo ningún esfuerzo para prolongar la conversación. En lugar de eso dijo en tono de reproche:

—¡Felix, cariño, has perdido un botón del abrigo!

—¡Vaya por Dios! —repuso Felix, encogiéndose de hombros con impaciencia—. ¡Bueno, no importa!

—Pues no —concedió Charis—. Frederica le pidió al sastre que nos diera otro juego, ¿te acuerdas? Te lo coseré en un santiamén. ¡Ven conmigo! No querrás pasearte por la ciudad con esa pinta, ¿verdad?

Era evidente que al pequeño Merriville no le importaba pasearse por la ciudad con esta pinta; pero también que respetaba la autoridad de su hermana mayor cuando, en respuesta a su mirada de súplica, recibió un decidido asentimiento.

—¡Está bien! —dijo de mal humor. Pero antes de dejarse arrastrar por Charis, se despidió del marqués, diciendo—: Y me llevará a la fundición del Soho, ¿verdad, señor?

—Si yo no puedo, te acompañará mi secretario —replicó Alverstoke.

—¡Oh! ¡Gracias, señor! ¡Aunque sería mejor que me acompañara usted! —dijo Felix.

—¿Mejor para quién? —preguntó el marqués sin querer.

—Mejor para mí —respondió Felix con franqueza—. Seguro que a usted le enseñarán todo lo que quiera por ser un… un noble de segunda. Lo sé porque lo vi en un libro, que dice que los marqueses van detrás de los duques, así que…

Pero en ese momento, su disgustado hermano lo sacó del salón, deteniéndose para ofrecer una solemne disculpa a Alverstoke por la falta de modales de Felix. Como Lufra le seguía pegado a sus talones, y Charis ya se había retirado dirigiéndole una sonrisa de despedida, el marqués se quedó a solas con su anfitriona.

—En realidad sería mejor que le acompañara usted —dijo Frederica con aire pensativo—. Es un chico muy inquieto, ¿sabe? Nunca se sabe por dónde puede salir.

—Charles sabrá manejarle —respondió Alverstoke con indiferencia.

La señorita Merriville no parecía muy convencida, pero no dijo nada más. Era evidente que el marqués estaba distraído. Miraba fijamente la pared, y una extraña sonrisa se dibujaba en sus labios. La sonrisa se hizo más amplia, hasta que de pronto dejó escapar una risita y dijo para sí:

—¡Por Júpiter, lo haré!

—¿El qué? —preguntó ella.

Era evidente que el marqués se había olvidado de su presencia. Al oírla la miró, pero en lugar de responderle, le preguntó bruscamente:

—¿Qué están haciendo aquí sus hermanos? ¿No deberían estar en el colegio?

—Supongo que sí —reconoció ella—. Pero a papá nunca se le ocurrió enviar a sus hijos al colegio. A él le educaron en casa, ¿sabe? Imagino que esa no le parecerá una buena razón para seguir el mismo camino con sus hijos (y si le soy sincera, a mí tampoco). Pero no quiero ser injusta con él, y sería una injusticia suponer que el pobre papá pensaba que sus… errores se debían a su educación. Además, no creo que fuera así —añadió con aire reflexivo—. Los Merriville siempre han tenido tendencia a la inestabilidad.

—¿Ah, sí? —preguntó el marqués con una sonrisa burlona—. ¿Entonces tienen un profesor particular para Jessamy y Felix?

—¡Oh sí, docenas de profesores! —respondió la señorita Merriville. La joven vio que el marqués la miraba con sorpresa, y se apresuró a tranquilizarle—. ¡Pero no todos a la vez! Uno detrás de otro, ¿entiende? ¡No sabe lo engorroso que es! El problema es que si son mayores, a los chicos no les gustan, porque no pueden participar en sus actividades deportivas; y si son jóvenes, solo quieren quedarse un mes o dos mientras buscan un empleo en un colegio, o en una de las universidades, o en cualquier otro sitio. ¡Y lo peor es que siempre se enamoran perdidamente de Charis!

—Ya me imagino.

La señorita Merriville asintió con un suspiro.

—Sí, y el problema es que ella no se atreve a rechazarlos. Es demasiado buena, y no puede soportar hacer daño a nadie… sobre todo a la gente como el pobre señor Griff, que era un joven tímido y muy torpe, con el cabello pelirrojo y una nuez que se movía de arriba abajo. Fue nuestro último profesor. Por el momento, los chicos están disfrutando de unas vacaciones, pero cuando hayan visto todos los lugares destacados de Londres y se hayan acostumbrado un poco más a la vida en la ciudad, contrataré a otro profesor particular para ellos. Pero Jessamy es muy bueno, y estudia dos horas todos los días, porque quiere ingresar en Oxford cuando cumpla dieciocho años, ¿sabe? Un año antes que Harry.

—¿Harry está en Oxford?

—Sí, en su segundo año. Por eso pensé que era el mejor momento para venir a Londres. A Harry le vendrá muy bien ver un poco de mundo antes de instalarse en Graynard, ¿no cree? ¡Además, lo pasará de maravilla!

—Seguro —dijo Alverstoke, mirándola con un brillo en los ojos—. Mientras tanto, debemos pensar en su situación. Tengo pensado dar un baile en las próximas semanas, para celebrar la presentación en sociedad de una de mis sobrinas. Usted y su hermana asistirán, y serán presentadas en sociedad por mi hermana. De esa manera recibirán invitaciones para asistir a otras fiestas, a las que acudirán acompañadas de mi hermana. ¡Ah! Y también de mi prima, la señora Dauntry, cuya hija también va a hacer su presentación en mi baile.

A Frederica le temblaron los labios. Un deje de picardía brilló en sus ojos.

—¡Cuánto se lo agradezco! ¡Menos mal que Charis ha llegado a tiempo para conocerle!

—¿A que sí? —respondió Alverstoke—. ¡De lo contrario no me habría percatado del error que supondría mantener oculto un diamante en bruto como ella!

—¡Exacto! Y nada sería mejor para ella que hacer su presentación en su baile. Le estoy muy agradecida, pero no es necesario que me invite a mí también.

—¿Piensa recluirse en un convento?

—No, pero…

—Entonces es absolutamente necesario que asista al baile. Además, pienso que debería convencer a su tía para que las acompañe. Como no están viviendo en casa de mi hermana, sería muy extraño que aparecieran sin una acompañante. Su excentricidad no debe preocuparle…

—¡No me preocupa! —le interrumpió Frederica.

—… porque los excéntricos están de moda —prosiguió Alverstoke.

—Y aunque no lo estuvieran, tampoco me preocuparía. Pero no puedo evitar pensar que es posible que su hermana no esté de acuerdo.

El brillo en los ojos del marqués se hizo más acusado.

—¡Lo estará! —dijo.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó Frederica.

—Créame, lo sé.

—No, no lo sabe, porque la idea se le acaba de ocurrir en este momento —dijo Frederica con brusquedad—. Me parece muy bien que esté tan seguro, pero a menos que su sobrina sea otro diamante en bruto, como usted dice, Charis la eclipsará. ¿Qué madre querría presentar a su hija en compañía de Charis?

Una sonrisa se dibujó en la boca del marqués, pero esa fue la única señal que reveló que la estaba escuchando. Tomó un pellizco de rapé y, mientras cerraba la caja, dijo:

—Aceptaré el parentesco entre nosotros… prima. Pero con eso no basta. Me ha sugerido que me haga pasar por el tutor de sus hermanos. ¡Está bien! Diremos que su padre los confió a mi cuidado. ¿Pero por qué iba a hacer eso?

—Bueno, me dijo que usted era el mejor miembro de su familia —sugirió Frederica.

—¡Eso no sirve! Mis hermanas saben tan bien como yo lo remoto que es el parentesco entre nosotros. Tenemos que pensar algo mejor para satisfacer su curiosidad.

Frederica se dejó contagiar por la actitud del marqués, y dijo:

—¡Ya lo tengo! Papá le hizo un… favor, y hasta ahora no había podido devolvérselo.

—¿Qué clase de favor? —preguntó el marqués con escepticismo.

—Eso es algo que prefiere no revelar —repuso Frederica con aplomo—. ¡Especialmente a sus hermanas!

—¡Muy bien! —asintió él. El inquietante brillo en los ojos del marqués se transformó en júbilo—. Me siento en deuda con él, y por esa razón he asumido la tutela de sus hijos. —Notó que Frederica le dirigía una mirada astuta, y enarcó las cejas—. ¿Qué pasa?

—Nada. Solo estaba pensando que, si va a convertirse en nuestro tutor, le correspondería a usted buscar un profesor particular para Jessamy y Felix.

—No entiendo de eso. Además, mi tutela sería más bien extraoficial.

—¡Desde luego! —dijo Frederica—. Pero no veo por qué no podría resultarnos útil.

—¿Tengo que recordarle que he accedido a presentarlas en sociedad? ¡Ahí se acaba mi utilidad!

—¿Cómo iba a acabarse? Si pretende hacer creer que se siente obligado a protegernos, debe hacer algo más que invitarnos a Charis y a mí a un baile en su casa. Le estoy muy agradecida por habernos invitado, ¡aunque no lo habría hecho si Charis no le hubiera robado el corazón!

—Charis es una joven muy guapa —la interrumpió Alverstoke—, posiblemente la joven más guapa que he visto nunca. Pero si cree que la he invitado al baile porque me ha robado el corazón, está usted muy equivocada, prima Frederica.

—Eso espero —repuso ella, preocupada—. Es usted demasiado mayor para ella, ¿sabe?

—¡Desde luego! —replicó el marqués—. ¡Y ella demasiado joven para mí!

—¡Por supuesto! —concedió Frederica—. ¿Entonces por qué ha decidido invitarnos al baile?

—Eso, prima, no pienso decírselo.

Frederica le miró con el ceño fruncido, tratando de descifrar su rostro. Se sentía desconcertada. Al principio, el marqués no le había causado buena impresión. Tenía buena figura, iba vestido de manera exquisita y su rostro, aunque no apuesto, era distinguido. Pero sus modales le habían parecido distantes, y sus ojos fríos y desagradablemente cínicos. Hasta su sonrisa parecía despreciativa, pues curvaba los labios, pero sus ojos permanecían duros como el acero. Pero entonces había dicho algo que apeló a su sentido del humor, y el brillo metálico desapareció, y fue sustituido por una auténtica sonrisa. Aquello no solo suavizó su mirada, sino que le transformó de un aristócrata altivo en un caballero amable, con un agudo sentido del ridículo y unos modales encantadores. A los pocos minutos había recuperado su expresión anterior, pero no mostró ni una pizca de arrogancia cuando Felix irrumpió en el salón; respondió a sus preguntas y a las de Jessamy con paciencia y buen humor, y trató a sus hermanos con amabilidad. Soportó los desprecios de la señorita Winsham con indiferencia, y miró a Charis con profundo aprecio. Frederica pensaba que era la admiración por Charis lo que le había hecho cambiar de opinión, pero no lograba adivinar qué había devuelto aquel brillo malicioso a sus ojos.

Le miró con aire dubitativo.

—¿Qué pasa? —preguntó el marqués, arqueando las cejas.

—¡Estaba pensando que ojalá fuera viuda! —exclamó ella con irritación —. Sí, y si tuviera una pizca de sentido común, lo sería.

La expresión que tanto disgustaba a Frederica desapareció, y el marqués la miró con ojos risueños.

—¡Ya tendrá tiempo para eso! —le aseguró.

—¡Eso no me sirve de nada! —repuso ella con impaciencia—. Si fuera viuda ahora… —se interrumpió, y le miró con una sonrisa—. ¡Qué cosas más terribles digo! Tengo una familia a mi cargo porque soy la mayor. Pero no soy una tirana, ni… una arpía. ¡O al menos eso creo!

—¡Por supuesto que no! —dijo el marqués en tono tranquilizador—. Estoy convencido de que lleva las riendas de la casa de manera admirable. Me gustaría que me explicara cómo piensa convertirse en viuda. O por qué desea serlo. ¿Acaso tiene un esposo escondido en alguna parte?

—¡Por supuesto que no! Quiero decir que debería haber fingido que era viuda. De esa manera podría acompañar a Charis, y usted no tendría que implicar a su hermana.

—¡Oh, no tengo ningún inconveniente en hacerlo! —dijo Alverstoke.

—¡Pero puede que su hermana sí! Al fin y al cabo, ni siquiera nos conoce.

—Eso habrá que remediarlo —dijo el marqués, extendiendo la mano—. Tengo que irme, pero dentro de un día o dos tendrá noticias mías. ¡Por favor, no haga sonar la campanilla! Recuerde que me he convertido en un miembro más de la familia, y no hace falta que se ande con formulismos. Yo mismo encontraré el camino a la puerta.

Pero no se vio obligado a hacer eso, porque Felix estaba esperándole en el recibidor, y le acompañó a su carruaje con suma cortesía, pues estaba empeñado en hacerle prometer que le llevaría a la fundición.

—No temas —dijo el marqués—. Irás.

—Sí, señor. ¡Gracias! Pero vendrá usted conmigo, ¿verdad? No su secretario.

—¿Para qué? Estoy seguro de que el señor Trevor sabe mucho más de fundiciones que yo.

—Sí, pero… ¡Por favor, venga conmigo, señor! ¡Será muy divertido!

El marqués se creía inmune a la adulación. Pensaba que la había experimentado en todas sus formas, pero descubrió que se equivocaba. La expresión de ansiedad y veneración en los ojos de un niño de doce años era nueva para él, y consiguió vencer todas sus reticencias. Alverstoke era capaz de mostrarse extremadamente despreciativo con las mujeres que se mostraban demasiado efusivas, y de hacer terribles desaires a los aduladores que se pasaban de la raya. Pero aunque sabía cuánto se aburriría en la fundición, se sintió incapaz de desairar a su último y más joven admirador. Aquello habría sido como propinar un puntapié a un cachorro confiado.

Así que el señorito Felix Merriville volvió a subir al salón, y le dijo a Frederica con aire triunfal que todo había salido bien. «El primo Alverstoke» iba a acompañarle a ver el elevador neumático, y además era un tipo estupendo.