Frederica
Capítulo 25
25
E l marqués abandonó Hertfordshire tres días más tarde. Cuando anunció su decisión a Frederica, le pareció que, por un instante, había un destello de tristeza en su mirada. Pero la joven reaccionó casi de inmediato, y dijo con serenidad:
—¡Por supuesto! Estaba empezando a remorderme la conciencia, pero ya no hay ninguna necesidad de que estés aquí perdiendo el tiempo. Y por mucho que disfrutemos de tu compañía, debes de aburrirte mortalmente.
—¿Sabes una cosa, Frederica? Lo más curioso es que no me estoy aburriendo en absoluto —dijo el marqués.
Frederica se echó a reír.
—Claro, porque no tienes tiempo para aburrirte, ¿a que no? Si no me estás llevando a dar un paseo, o entreteniendo a Felix, Jessamy te está convenciendo (¡o más bien persiguiendo!) para que le ayudes con sus estudios clásicos.
—Reconozco que eso es lo peor, pero en realidad me está viniendo muy bien. ¡Tenía mis estudios muy olvidados! Me temo que nunca he sido tan estudioso como Jessamy.
—¡Eso me lo creo sin ninguna dificultad! —dijo Frederica, parpadeando —. Supongo que estarás encantado de poder repasar tus estudios. Pero no pretenderás que me crea que estás igual de encantado de levantarte antes del mediodía.
—¡Oh, en el campo nunca sigo el horario de la ciudad! —replicó el marqués.
—¡Siempre tienes una respuesta para todo! —observó Frederica—. ¡Eres odioso! En fin, vamos a hablar en serio por un momento. No sé cómo expresarte mi gratitud por…
—¡Ya has tenido tu momento! —dijo el marqués—. Y como veo que no tienes nada importante que decir, no tengo reparos en interrumpirte. Lo que tengo que decir yo es mucho más importante. He mantenido una conversación con el doctor Elcott, y gracias a él (porque por desgracia tú no me has dicho nada) me he enterado de que piensas llevar a Felix a un hotel de la costa. ¡No pienso permitirlo, Frederica! En esta época del año no conseguirás encontrar un alojamiento decente, ni siquiera en las zonas menos concurridas. ¡Y si lo consigues, te verás rodeada de advenedizos, nuevos ricos y galanes de poca monta!
—¡Pero tiene que haber hoteles tranquilos!
—Sin duda. ¡Pero yo no los conozco, y tú tampoco! Cuando queramos encontrar uno, el verano estará a punto de terminar. Y si estás pensando en Worthing, será mejor que te lo quites de la cabeza. Es caro, y todos los ricachones y las viudas de Londres se alojan allí año tras año. Tengo un plan mucho mejor. Que te traslades con tu familia a Alver, y que te quedes allí todo el tiempo que quieras.
—¿A Alver? —repitió Frederica, sorprendida—. ¿Te refieres a Alver Park, la que, según las guías, es tu residencia principal?
—Sí. Tenía pensado mandar allí a Felix desde que supe que era necesario sacarlo de Londres. La finca está situada a doce millas de Bath, así que, si lo necesita, puede ir allí a beber las aguas medicinales, o a tomar baños calientes, o cualquier otra cosa que le venga bien. Es mucho más tranquila que cualquier balneario, pero puede ofrecer muchas más diversiones, tanto para él como para Jessamy. Les diré a mis empleados que se encarguen de eso. Hay varios caballos para montar, y si les gusta pescar truchas en el arroyo, tienen mi permiso.
—¡A Jessamy le encantará! —exclamó Frederica—. ¡Gracias, gracias! ¡Qué bueno eres! Pero por supuesto no puedo aceptar tu oferta. ¡Así que no me tientes!
—¿Por qué no puedes aceptarla? ¿Tienes por costumbre rechazar todas las invitaciones?
—No, pero esto es distinto. Ya hemos abusado bastante de ti, y…
—¡Deja de decir tonterías, Frederica! ¡No es propio de ti! ¿Crees que haría falta una anfitriona en Alver? Nada me resultará más fácil que proporcionarte una. Si la señorita Winsham no quiere dejar a su hermana, tengo una tía viuda, dos viejas solteronas y una colección de primos, que estarán encantados de alojarse en Alver. De hecho, la mayoría de ellos lleva años intentándolo.
A Frederica no le quedó más remedio que reírse.
—¡Y luego no podrás quitártelos de encima!
—Me subestimas, Frederica. A falta de la señorita Winsham, creo que instalaré allí a una de mis tías. O puede que la invite a quedarse, si deseo visitar Alver. Aunque no hará falta, porque el ama de llaves, que conoce la finca desde antes de nacer yo, os atenderá a la perfección a ti y a Charis, y consentirá a los chicos hasta límites insospechados. Puedes quedarte el tiempo que quieras. Y no creas que te estoy haciendo un favor. ¡Al contrario! Estaré encantado de tener la casa ocupada. Así que no se hable más.
—Pero…
El marqués suspiró con cansancio.
—Si te preocupa lo que pueda comentar la gente, puedes estar tranquila. Dirán que es muy propio de mí desentenderme de mis molestos pupilos enviándolos a Alver a la primera oportunidad.
—Siempre consigues dejarme sin palabras. Sé que no debería ceder, pero lo haré, porque a Felix le vendrá muy bien, y a Jessamy también. Ya es hora de que haga algo por ellos. Los he descuidado para centrarme en Charis, y ha sido un gran error por mi parte. ¡Y una pérdida de tiempo! Estaba tan segura de que Charis conseguiría un buen partido…
—¡No desesperes! Aún está a tiempo.
Frederica estuvo de acuerdo, pero sabía que no sería capaz de proporcionar a Charis una segunda temporada en Londres, y a su voz le faltó convicción.
—Hay otro asunto del que me gustaría hablar —dijo Alverstoke—. No sé qué pensarás al respecto, pero creo que ya es hora de que los chicos tengan otro profesor, sobre todo Jessamy. Que agradezca la ayuda de un erudito tan mediocre como yo es una muestra de ello. En cuanto a Felix, si Harry pretende enviarle al colegio en otoño, tendrá que estar preparado. Y en cualquier caso, ya lleva bastante tiempo campeando a sus anchas. ¡Oh, no creas que te estoy presionando, querida! La decisión es tuya. Solo te estoy dando mi opinión, y por lo tanto haciéndome aún más abominable.
Frederica sacudió la cabeza.
—No. Tienes toda la razón. Y es una muestra más de mi dejadez que no me haya ocupado antes de este asunto. Dime qué crees que debería hacer. Si residiéramos en Londres, supongo que sería más sencillo, pero…
—Lo mejor es que no hagas nada. Yo me encargaré de buscar un profesor. Tiene que ser lo bastante erudito para satisfacer a Jessamy, pero que no esté tan enfrascado en los estudios para no participar en sus otros intereses. Lo bastante mayor para no enamorarse de Charis, pero no tan mayor para aburrir a los chicos…
—¡Para, para! —exclamó Frederica, levantando las manos con fingida consternación—. ¡Eso es imposible! Y aunque no lo fuera, no te lo pediría a ti, primo.
—¿Cómo que no? —preguntó el marqués, arqueando las cejas—. ¡Pero si me lo pediste!
—¿Quién, yo? ¿Te pedí que buscaras un profesor para mis hermanos? ¡Eso sería el colmo! ¡Jamás te he pedido una cosa así!
—El día que te conocí, Frederica, me dijiste que si me convertía en el tutor de tus hermanos, lo lógico sería que les buscara un profesor. Y añadiste que nada me impedía resultaros útil. ¿Recuerdas?
—No. Y si lo dije, debía de estar bromeando. A diferencia de ti, primo, tengo bastante buena memoria.
—La mía es caprichosa —dijo el marqués sin inmutarse—. Solo recuerdo lo que me interesa. No voy a tomarme la libertad de contratar a un profesor, pero si descubro a un buen candidato, le diré que espere a que regreses a Londres para hacerte una visita.
—Gracias —dijo Frederica con docilidad—. Espero que la tarea no te aburra demasiado.
El marqués estaba bastante seguro de que sería así, pero los hechos le demostraron lo contrario. El día después de su llegada a Berkeley Square, cuando estaba revisando unos papeles con su secretario, dijo con indiferencia:
—Por cierto, Charles, ¿no conocerá a alguien que esté dispuesto a asumir la educación de Jessamy y Felix? Sería algo temporal, unos tres meses más o menos.
—No, señor, a menos que…
Charles se interrumpió, y Alverstoke, que había levantado los ojos del documento que tenía en la mano, notó que el joven parecía avergonzado.
—¿A menos que… qué? —le preguntó—. ¿No querrá decir que conoce a alguien que podría hacerlo?
—No, señor. Bueno, se me ha ocurrido que Septimus podría ser un buen candidato. Pero no quisiera imponérselo, y le ruego que no dude en…
—¿Septimus?
—Me refiero a mi hermano, señor. Trabaja en la universidad, pero sé que está buscando un puesto de profesor particular para las vacaciones de verano. Estoy seguro de que preferiría esa oferta a cualquier otra, sobre todo si piensa alojar a los Merriville en Alver. Podría desplazarse allí todos los días y seguir viviendo en casa, lo cual complacería mucho a mi padre.
—¡Charles, es usted el mejor secretario del mundo! —dijo Alverstoke—. ¡Escríbale inmediatamente! Siempre que no le importe enseñar a dos alumnos tan… emprendedores.
—¡Claro que no, señor! —rio Charles—. Le gustarán. Y seguro que él a ellos también. Es un tipo estupendo. Y no es nada aburrido, se lo prometo. Conoce todo tipo de juegos, y le encanta salir a cazar y a pescar. —El joven se detuvo, avergonzado—. ¡Pero debe juzgar por sí mismo, señor! ¡No se fíe de mis palabras!
—¿Cuándo me ha engañado usted, Charles? Dígale que nos haga una visita la semana que viene. Imagino que para entonces Felix estará en condiciones de viajar, y así podrá conocer a la señorita Merriville. Lo que me recuerda que mañana debo ir a Upper Wimpole Street, para informar a Charis de las últimas noticias sobre Felix. ¡No deje que lo olvide!
Entretanto, Charis estaba pasando por una amplia variedad de emociones. Harry había conseguido alejar su primera inquietud con sus atenciones, pero esta se había visto sucedida por arrebatos de entusiasmo y desesperación (no por Felix, sino por ella misma), y por rápidas transiciones de la alegría a la tristeza. Cuando Endymion estaba a su lado (que era lo más frecuente), se olvidaba de sus problemas. Endymion la amaba y era un pilar de fortaleza para ella. Para un observador imparcial, esa fortaleza parecía residir en su espléndido físico y en sus optimistas declaraciones, pero Charis no era una observadora imparcial. Cuando Endymion le decía que no debía preocuparse, porque todo iba a salir bien, o que lo dejara todo en sus manos, Charis se quedaba tranquila. Era incapaz de dudar de la sabiduría y la resolución de una criatura celestial como Endymion. Las dudas la asaltaban cuando él no estaba presente. No dudaba de su perfección, sino de la posibilidad de conseguir su objetivo. Alverstoke adquiría las dimensiones de un mago cruel, que podía alejar a Endymion de su lado con tan solo agitar su varita; y Frederica dejaba de ser su querida hermana y se transformaba en su implacable enemiga. Gracias a la ausencia de Frederica (y a sus escasas obligaciones), Endymion podía visitarla lo bastante a menudo para evitar que perdiera la cordura. Cuando se presentaba en Upper Wimpole Street, lo hacía con el pretexto de visitar a Harry, o de acompañar a Chloë, y por mucho que Buddle desconfiara de él, no podía negarle la entrada. Harry, que había decidido que era un buen tipo, era cómplice de estas maniobras, pero se comportaba con lo que pensaba que era suma propiedad, y nunca se ausentaba del salón más de media hora cuando Endymion estaba en casa. En cuanto a Chloë, era una joven muy comprensiva, y como quería a Charis casi tanto como a su hermano, siempre estaba dispuesta a proporcionar una excusa a Endymion para presentarse en Upper Wimpole Street. Además, la providencia acudió en su ayuda disfrazada de gripe. La señora Dauntry, que hasta entonces no había sucumbido a esta enfermedad, sufrió un ataque tan severo que los demás casos no fueron nada comparados con el suyo. Como contaba con las atenciones de su doncella y su abnegada prima, expulsó a sus hijas de su dormitorio y las confió al cuidado de la señorita Plumley y de Diana, su institutriz. Pero como Chloë ya había terminado sus estudios, y la señorita Plumley era requerida constantemente en la habitación de la enferma, ninguna de ellas se opuso a su amistad con Charis, ni a sus salidas en compañía de su hermano.
Pero no fue el caso de la señorita Winsham. Cuando se enteró, gracias a la señora Hurley, de las constantes visitas de Endymion a Upper Wimpole Street, se apresuró a sermonear a Charis, regañándola con tanta severidad que la joven se echó a llorar. Terminó de hundirla diciendo que sería mejor que olvidara a Endymion, porque Frederica nunca consentiría semejante enlace.
La noticia (que les llegó a través de Harry) de que Frederica estaba empeñada en sacar a la familia de Londres dejó muy consternados a los dos amantes. Endymion, que fue el primero en recuperarse, dijo con decisión que podía solicitar el traslado a Ramsgate o a cualquier otra ciudad costera. No le gustaban los engaños, pero de esa forma podría encontrarse a escondidas con Charis. Pero Charis se sentía acosada por terribles presentimientos.
Fue entonces cuando Alverstoke regresó a Londres. Al día siguiente fue a hacer una visita a Upper Wimpole Street, y cuando le condujeron al salón, descubrió que solo estaba ocupado por Charis y Endymion.
La incomodidad de la joven pareja era evidente, y esta no se vio en absoluto aliviada cuando Alverstoke levantó su monóculo. Endymion, que había enrojecido hasta la raíz del cabello, balbuceó:
—He… he venido a preguntar por Felix, señor. ¡Y a hablar con Harry!
—Harry ha tenido que salir —dijo Charis, respaldándole con valentía—. Pero solo por un momento, por eso le he pedido al pri… primo Endymion que espere a que vuelva.
El marqués, que tuvo que aguantarse las ganas de reír, respondió con una amabilidad que la asustada pareja encontró sumamente siniestra:
—¡Menos mal que he llegado a tiempo para acabar con tu incertidumbre, Endymion! Me alegra comunicarte que Felix está mejorando, y espero que pronto esté en condiciones de regresar a Londres. ¡Así que no hace falta que esperes más! Si lo que tienes que decir a Harry es importante, te recomiendo que le dejes el mensaje a Buddle. Harry estará encantado de hacerte una visita.
Después de este fulminante discurso, a Endymion no le quedó más remedio que retirarse. Se le pasó por la cabeza la descabellada idea de decir la verdad a Alverstoke, pero la descartó. En primer lugar, porque el mensaje que transmitían los angustiados ojos de Charis era inconfundible; y en segundo, porque se hallaba en desventaja, y no había tenido tiempo para preparar su anuncio, ni para reunir los argumentos en favor de un matrimonio que, según su madre, resultaría inaceptable para el marqués.
Cuando la puerta se cerró tras él, el marqués dejó caer el monóculo y avanzó por el salón, diciendo:
—En ausencia de tu hermana y tu tía, Charis, me corresponde a mí decirte que no puedes recibir la visita de un caballero sin la presencia de tu hermano. ¡De hecho es sumamente inapropiado!
Charis enrojeció y se echó a temblar. Solo consiguió dominar su voz lo suficiente para balbucear:
—¡Pe… pero si es mi primo! Y además es amigo de Harry, y solo ha venido a interesarse por Felix…
—Mientes muy mal, querida —dijo Alverstoke—. Eso habla a tu favor. Pero tendrás que aprender a ser más astuta para intentar engañar a un experto como yo. ¡No, por favor, no llores! No puedo soportar las lágrimas. Te daré un consejo: nunca te tomes a tus pretendientes demasiado en serio, y condúcete siempre con la mayor discreción.
Charis hizo un esfuerzo para sonreír, pero no lo consiguió. La familiar y paralizante sensación de aburrimiento empezó a apoderarse del marqués; pero se sobrepuso a ella, y dijo con una ligera sonrisa:
—No estés triste. Te entiendo muy bien, y voy a darte otro de mis consejos. Estas pequeñas aventuras pueden ser encantadoras o dolorosas, pero créeme: no duran. Supongo que no me creerás, pero deberías. Te lo digo por experiencia. Sí, ya sé que es sorprendente. ¡No se lo digas a tu tía!
Charis soltó una risita histérica.
—¡Pero lo mío es distinto! —dijo.
—Por supuesto. Siempre lo es —repuso el marqués.
—¡Usted no lo entiende! —exclamó la joven con amargura.
—Esa —dijo el marqués con sorna— es una acusación absurda, y ni siquiera posee el don de la originalidad. Querida, todas las generaciones han dicho o pensado que la generación anterior carecía de comprensión o experiencia. ¡Pero hablemos de otra cosa! Cuando dejé Hertfordshire, Felix había salido de la cama por primera vez, y estaba jugando a las cartas con Jessamy. También expresó un profundo deseo de comerse una chuleta de cordero. Así que no tardará mucho en volver a casa.
Charis forzó otra sonrisa, pero desprovista de alegría, y casi con desgana murmuró:
—¡Oh, pobre Felix! ¡Cuánto me alegro!
Alverstoke la encontró tan irritante que se vio obligado a reprimir una de sus irónicas respuestas. Solo habría conseguido hacerla llorar, y las mujeres lloronas se encontraban a la cabeza de su lista de aversiones. Pensó que lo más prudente sería marcharse sin contarle sus planes de traslado a Alver. Era evidente que aquella estúpida muchacha se había enamorado con locura de su igualmente estúpido primo, y si se enteraba de que pronto sería apartada del círculo de Endymion, seguramente sucumbiría a un ataque de nervios.
El marqués se sentía inclinado a pensar que Endymion no se había planteado casarse. Como ignoraba que los demás le atribuían el deseo de concertar un matrimonio ventajoso para su heredero, no podía entender por qué el idiota de Endymion (si efectivamente quería casarse con Charis) no había solicitado su ayuda. Su heredero siempre le consultaba todos sus problemas, y debía saber que la influencia de su primo era de extrema importancia. Seguramente había sucumbido a uno de sus enamoramientos, y pronto se le pasaría. Pero Charis parecía haberse enamorado de verdad, y era la clase de chica capaz de venirse abajo si veía frustradas sus esperanzas. Cuanto antes se olvidara del asunto, mejor. Alverstoke decidió que dejaría caer unas palabras de advertencia a su primo.
Como era la primera vez que hacía algo así, esta desviación de la norma causó una profunda impresión en su heredero, pero lejos de la intención del marqués. Endymion comunicó la noticia de su intervención a Charis, que se puso tan pálida como su vestido.
—¡Lo sabía! —exclamó—. ¡Quiere separarnos! ¿Oh, qué vamos a hacer?
—¿Y qué si lo hace? —dijo Harry, al que los problemas y las indecisiones de la pareja estaban empezando a aburrir—. Tú no dependes de él, Endymion.
—No… Bueno, es verdad que me concede una generosa asignación, ¿sabes? Yo dispongo de una renta de dos mil libras anuales. Y lo que me corresponda por mi herencia, claro. Aunque, para ser sincero, nunca he prestado demasiada atención al dinero. Además, ¿quién dice que no vaya a casarse?
—¡Oh, no creo! —dijo Harry—. ¡Y menos a su edad! Y si no se casa, no puede desheredarte, ¿verdad? Tampoco podría enviarte al extranjero de la noche a la mañana. ¡Así que no entiendo a qué vienen tantos nervios!
—No es eso —protestó Endymion—. El primo Vernon no me da miedo. Las que me dan miedo son sus hermanas, y mi madre, y Frederica. Tú no lo entiendes.
Esta confusa llamada a la comprensión suscitó las simpatías de Harry. Nunca se había enfrentado a las dificultades de Endymion, pero su instinto masculino le hacía temer los arrebatos de furia de las mujeres.
—¡No había pensado en eso, por Júpiter! —exclamó, muy asustado—. ¡Seguro que organizarán un escándalo!
Endymion le miró con expresión de gratitud.
—Desde luego. Mi madre, no —añadió con meticulosidad—. Ella no organiza escándalos precisamente.
—Bueno, en ese caso…
—Lo que hace es meterse en la cama —prosiguió Endymion—. Le dan síncopes, porque tiene el corazón muy débil. Si le dijera que voy a casarme con Charis, seguramente sería víctima de fuertes convulsiones. Siempre le pasa cuando alguno de nosotros se atreve a llevarle la contraria. Entonces la prima Harriet llamaría a ese maldito médico suyo, Halford, y los dos me echarían una reprimenda, como si fuera un asesino. Es muy desagradable, ¿sabes? No se debe disgustar a una madre. Es muy feo. Además no pienso hacerlo, porque la quiero mucho.
—¡Oh, no! —se apresuró a decir Charis—. ¡No lo permitiría por nada del mundo! Pobre señora Dauntry. ¿Qué culpa tiene ella de ponerse así? ¡Oh, qué pena me da!
Endymion, que se sintió profundamente conmovido, le cogió la mano y se la besó con fervor, diciéndole que era adorable. Su hermano se mostró menos entusiasta, y le recomendó que no fuera tan sensiblera. A Endymion, que enseguida salió en defensa de su amada, le dijo que no opinaría lo mismo cuando Charis empezara a compadecerle a él también.
—¡Que es lo que hará, ya lo verás! —le dijo—. A ti te parecerá adorable estar siempre intentando complacer a todo el mundo, y sentir lástima por aquellos a los que no puede complacer. ¡Pero a mí, no! ¡A mí me parece una muestra de estupidez!
—¡Oh, no! —exclamó Charis en tono de súplica.
—¡Oh, sí! —respondió Harry—. ¡Te lo he dicho mil veces! Como no tengas cuidado, Charis, un día terminarás compadeciéndote de ti misma. ¡Y todo por tu falta de carácter! ¿Qué más da que la señora Dauntry y Frederica se enfaden? ¡Ya se les pasará! Y no me mires con esa cara de perro, Endymion, porque es mi hermana, y pienso decirle lo que me parezca.
En ese momento fueron interrumpidos por Charis que, ofendida por aquella desagradable descripción del noble comportamiento de su amado Endymion, salió en su defensa con una energía inusual. Durante la pelea que siguió, Endymion cedió a Harry sus derechos fraternales, y se sumió en una profunda reflexión de la que emergió más tarde, sorprendiendo a los combatientes con estas palabras:
—¡Es verdad! ¡Ya se les pasará! —Viendo que los dos hermanos Merriville le miraban sin entender, añadió—: ¡Tienes razón, Harry! ¡Frederica y mi madre terminarán por aceptarlo! Es más, su pudiéramos casarnos sin que ninguna de las dos lo supiera, habríamos solucionado el problema. Quiero decir que no tiene sentido organizar un escándalo, ni provocar síncopes a nadie. Ahora que lo pienso, tampoco tiene sentido que me trasladen, ni que me envíen a una dichosa misión, ni nada de eso. ¡No es necesario!
Los dulces ojos de Charis resplandecieron de admiración ante aquella extraordinaria muestra de inteligencia, pero Harry no estaba tan impresionado.
—No, y tampoco tiene sentido hacer castillos en el aire. ¿Cómo demonios vais a casaros sin que se entere todo el mundo? Si lo que pretendes es fugarte con Charis, te advierto que no pienso consentirlo. Y si crees que voy a ayudar a mi hermana a arruinar su reputación, es que tienes una idea muy equivocada de mí.
—¡Nunca haría una cosa así! ¡Nunca! —declaró Charis.
—¡No me refiero a eso! —exclamó Endymion, poniéndose colorado—. Y tú también tienes una idea muy equivocada de mí si me consideras capaz de fugarme con tu hermana, Harry. ¡Hay que ver qué carácter! Me sorprende que me dejes venir a visitarla.
—¡Oh, tranquilízate, Endymion! —dijo Harry—. Ya sé que no serías capaz de hacer una cosa así. Pero si no vas a fugarte, ¿qué piensas hacer? Porque no se me ocurre otra forma de casarse en secreto.
—No —reconoció Endymion con tristeza.
—¿Entonces?
—No se me ocurre nada más —le explicó Endymion—. Solo estaba pensando que sería maravilloso que pudiéramos casarnos.
Afortunadamente (porque Harry, que estaba resoplando, presentaba síntomas alarmantes de dejarse llevar por las emociones), la conversación llegó a su fin cuando el reloj de la repisa, que dio la hora de forma inexorable, recordó a Endymion el cumplimiento de sus obligaciones militares. El joven se despidió de forma apresurada y se marchó.
—¡Hay que ser imbécil! —explotó Harry—. ¡«Solo estaba pensando que sería maravilloso que pudiéramos casarnos»! ¡Sí, y también sería maravilloso que alguno de los dos tuvierais un poco de sentido común! El problema es que no lo tenéis, y eso no tiene remedio.
Al escucharlo, Charis rompió a llorar.